Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Sensei, maestro (III)

“El que conoce a los demás es inteligente.

El que se conoce a sí mismo es iluminado.

El que vence a los demás es fuerte.

El que se vence a sí mismo es la fuerza.”

Lao Tsé


s necesario haber viajado y practicado en numeroso dojos de Occidente para darse por convencido de que la concepción del maestro es frecuentemente errónea. Este uso abusivo de la palabra Maestro proviene ciertamente del concepto de gurú hindú. Tradicionalmente el gurú es aquel que ha llegado al dominio de su arte (frecuentemente algún yoga) y que, voluntariamente, toma uno o más discípulos ya avanzados en el sendero para conducirlos hacia la meta final: Maestro, sin embargo, no es un titulo que puede ser conferido a alguien.

No es tampoco una función atribuida por cualquier organización religiosa o semioculta. Es un estado de perfección y es apropiado al respecto citar a Rober J. Godet:

“El sensei es el metro de sus discípulos. Por el miden su propio universo. El es la medida común, y es por ello que no puede ser mensurado. Tened por regla no medir al verdadero maestro. Se mide la cantidad, se estima la cualidad, pero qué más podemos hacer sino adorar al Ser.” (1)

Todo esto es verdad, ya que el maestro no lo es más que en el ejercicio de sus poderes interiores y espirituales. Así podemos decir que el maestro no tiene nada que ver con nuestro espacio-tiempo de tres dimensiones, y he aquí por que es una vanidad intentar calificar al Sensei por el color de su cinturón o por el número de sus danes. El maestro evoluciona en una dimensión que trasciende la apariencia y la forma y, si el es maestro de nuestro mundo físico, su acción causal no abandona jamás los niveles elevados de armonía universal.


El fenómeno del falso profeta (o del falso maestro) no es un problema de hoy, pero toma en nuestros días, y sobre todo en Occidente, una amplitud que si bien no puede ser condenada, debe, por lo menos, ser denunciada. Este fenómeno, por otra parte, prueba la necesidad de una dirección espiritual entre los estudiantes que aspiran a elevarse en el dominio personal. Es también una comprobación más del fracaso de los sistemas de educación, incluidos los religiosos, que no responden a la intensa demanda que hay hoy en día de un reconocimiento de la verdad inmanente en cada uno de nosotros, que el maestro ha realizado y se supone puede transmitir a sus discípulos.


En nuestra civilización materialista es fácil imitar al maestro tal como el loro puede hablar de sabiduría, sin comprender su sentido. Esta búsqueda del maestro es igualmente la toma de conciencia de nuestra propia debilidad con relación a aquello que buscamos, más o menos conscientemente, adquirir. En una palabra, todas estas condiciones han permitido a algunos seres sin escrúpulos, poseedores de algunos conocimientos intelectuales y, sobre todo de mucha imaginación, asegurarse un buen tren de vida y una gran reputación.

Dinero, gloria, honores, he aquí lo que caracteriza a los seudo-maestros.

No hay más que abrir los ojos y observar cómo se comportan estos maestros de Zen o de Budō, de Yoga o de meditación, para comprender su verdadera identidad y sus motivos vergonzosos, hábilmente disfrazados. Por otra parte, y para alivio de algunos instructores japoneses, la culpa de esta idolatría proviene generalmente de los propios alumnos. Solicitados por alguna federación, algunos se transforman rápidamente en expertos y en maestros, adjudicándose danes por doquier.

Por si esto fuera poco, adulados como dioses, los pobres no mantienen por mucho tiempo sus equilibrios mentales y decaen con facilidad bajo el yugo de la gloria y del dinero en detrimento de la vía de la pureza, difícil y penosa, que exige el dominio de las tendencias instintivas y egocéntricas.


Uno siente tristeza al imaginar lo que pensaría el Maestro Ueshiba, quien humildemente se vestía de una simple hakama negra y un cinturón del mismo color, él que había llegado a la pureza del blanco absoluto. ¡Si viese a los karatekas y judokas de nuestros días ceñirse un cinturón blanco y rojo! (2)

Cuántos son los maestros japoneses sorprendidos y entristecidos de escuchar a algunos europeos decir que sus danes han sido ganados en campeonatos, así como de verlos ponerse al mismo nivel que los viejos maestros, para los cuales la adquisición de danes era un asunto de poca importancia. Es tiempo ya de que se informe a los debutantes y no debutantes, y de que aprendan a no ver en cada profesor a un maestro, ya que ellos son tan culpables como el pretendido Sensei.

Intentaremos, pues, según la vía tradicional del Budō, demostrar el enorme abismo que separa el estado de alumno al de maestro.

Existen cinco estados antes de alcanzar la perfección en la vía del Budō, perfección que esta más allá de estos cinco estados. Daremos una breve explicación de este último estado que es, de alguna manera, el resultado de de todos los senderos. La ilustración permitirá al lector visualizar mejor los diferentes estados de progresión.

Notemos también que en la tradición secreta (Hi-Den) se hace mención, para definir las diferentes etapas de evolución espiritual, el simbolismo del stupa (gorín) japonés, constituido por cinco elementos y por cinco figuras geométricas cada una de ellas constituyendo un medio de identificación entre la forma y su esencia o entre el hombre y la divinidad universal. Este sistema está aún vigente en nuestros días para instruir a aquellos que se preparan para enseñar.

El Estudiante

asta el primer dan, aquel que se entrena en un dojo no es mas que un simple estudiante, un alumno aun poco integrado a la vida del grupo del dojo. Es durante este período que se elimina la mayor parte de los alumnos para los cuales el Budō no es la vía a seguir. Estos alumnos son probados y su carácter fortalecido. Es sobre ellos que recae la tarea de limpiar el tatami y el dojo.

Durante el noviciado, su moralidad es sometida a numerosas pruebas. El instructor o sensei requiere de sus discípulos la igualdad de humor, el silencio, el coraje, la perseverancia, la amabilidad, la paciencia. Es una etapa de prueba durante la cual el cuerpo es domado y después moldeado. Se aprende a caminar, a equilibrarse, a respirar, hasta llegar a obtener una salud fuerte y dinámica.

Hasta aquí, sólo las bases del arte escogido son enseñadas a través de la diversidad de las técnicas (waza). Como para todo debutante, la percepción (llamada sen) es lenta y basada únicamente sobre lka percepción objetiva de los cinco sentidos, las defensas son realizadas con la fuerza muscular (chikara) y no tiene ninguna coordinación aún (iki-Ai).


Discípulo

Al segundo dan, el discípulo ya no es un novicio, puesto que voluntariamente ha aceptado las reglas de disciplina y la enseñanza, algunas veces será del sensei. Aquello que éste ordena será cumplido por su discípulo sin que una palabra de replica salga de sus labios. Tal es la ley del Budō, ya que una confianza absoluta debe establecerse entre el sensei y su discípulo.

El discípulo es elevado del estado bruto de la tierra hacia el elemento de la emoción, donde insistirá el sensei a fin de que sea firme ante el miedo, la agresividad, la critica, la timidez y, en definitiva, ante los sentimientos perturbadores que asaltan al practicante durante los combates libres (ju-kumite y ju-randorí).

Cuando ha llegado a purificar (o controlar) sus diferentes reacciones emocionales, el discípulo recibe una atención particular por parte del sensei. Su sentido del combate se agudiza y sus defensas, esquivas, tajos, proyecciones, etcétera, son proporcionales a los ataques. Por otra parte, es capaz de hacerse uno con el adversario partiendo al mismo tiempo que él. En este grado y para desarrollar su poder dinámico (Kime) y su intuición, la práctica de la meditación (zazen) llega a ser indispensable.


Discípulo Aceptado

Al tercer dan, el discípulo es reconocido y cualificado para que un día pueda llegar a ser instructor. Al llegar a este grado se convierte en discípulo aceptado por el sensei y le son confiadas instrucciones personales. Algunas veces trabaja con el sensei para demostrar a los otros alumnos ciertos principios técnicos. Puede también supervisar el entrenamiento de los estudiantes menos avanzados. Se beneficia de ciertos privilegios debidos exclusivamente a su supervivencia y a sus cualidades morales.

En las enseñanzas del antiguo Budō está escrito que el tercer dan no es adquirido sino a través de diez largos años de dura labor. Antiguamente, un discípulo debía tener dominio perfecto de su mente (el elemento fuego) durante la acción.


Renshi

Este título comprende tres grados: cuarto, quinto y sexto dan. Renshi (literalmente, instructor) es una etapa capital, puesto que a partir de este momento el prácticamente está autorizado a tener su propio dojo. Antes de haber adquirido el grado de Renshi en una disciplina, un profesor es incompetente y peligroso. Es también a partir de este grado cuando una enseñanza le es conferida por el sensei, concerniente a los puntos vitales y la estructura nerviosa del cuerpo humano.


Renshi 4° Dan

El grado de Renshi hace de un buen practicante un experto. Es aquí donde desgraciadamente (frecuentemente ocurre en occidente), por interés o por orgullo, muchos se hacen pasar por maestros, sea por que hayan adquirido algunos títulos en campeonatos, sea porque enseñan en regiones poco informadas sobre el verdadero Budō. Algunos Renshi se inclinan hacia la enseñanza y otros hacia la competencia. Sin embargo, tanto los unos como los otros deben entrenarse sobre otros niveles de conciencia y desarrollar en ellos Kokoro, un estado de espíritu cercano a la vacuidad, donde toda acción es percibida en la unidad de la esencia universal.

Es a partir de este grado y únicamente si son dignos que les pueden ser desvelados en profundidad ciertos ritos y técnicas espirituales (himitsu) en vistas a una integración mas profunda entre el alma y la personalidad. Sin este esfuerzo de integración la personalidad puede degenerar por el deseo de poder, lo que ha ocurrido con numerosos expertos que han llegado a Europa.


Renshi 5° Dan

Tal experto posee (o debería poseer) el dominio de su personalidad constituida por un cuerpo físico, por un cuerpo emocional y por un cuerpo mental. Cuando esta triplicidad es purificada y alienada, una fusión puede ser realizada con los planos de conciencia espirituales, a fin de acceder a este estado que los japoneses llaman Iro-kokoro.

Alcanzando este objetivo, el Renshi percibe el fin verdadero de su vida y el plan subyacente en la vida universal. Su voluntad propia es entonces reemplazada por la voluntad divina. Esta entrada en la corriente ascensional le permite experimentar ciertas experiencias espirituales como aquellas realizadas por el maestro Morihei Ueshiba, que le revelaron la vía del Aiki-do.


Renshi 6° Dan

Hay muy poco que decir sobre este grado, sino que éste mejora sin cesar el dominio del arte por el dominio de si mismo, y muy numeroso son aquellos que en Europa deberían sentir vergüenza de semejante impostura.



Kyoshi

Este título es concedido a los séptimos y octavos danes. No es ni técnico ni honorífico, sino que corresponde a un grado de perfección interior. Raros son aquellos que alcanzan estos grados y solamente un autentico Maestro puede discernirlos, es decir, un Maestro con visión interior que ha sobrepasado el mundo de las apariencias y ha pasado por todas las etapas anteriores.

En el estado de kyoshi no existe ningún espíritu de venganza, de lucha, de codicia, de crítica, de agresividad, de mentira, de pereza ni de debilidad. El buen grano, por innumerables sufrimientos y duros esfuerzos, es separado de la cizaña. Tal personaje no es utopista, idealista o extremista, al contrario, es profundamente realista, percibe los conflictos humanos y ha decidido remediarlos. Aunque aún está muy lejos de ser un sabio, el Kyoshi ha cavado un abismo entre él y el mortal común. Tales seres existen y aportan amor, conocimiento y luz a la humanidad.

Un plano de experiencia interior. Es por lo que un kyoshi no hablara jamás sobre él mismo y no hará jamás ostentación de su maestría o de sus títulos, si los tiene, ya que numerosos son los que llegados a este grado, han desdeñado los danes, demostrando así su verdadera identidad espiritual.


Shihan

Shihan es un título honorífico dado a los Maestros por sus alumnos en señal de respeto, ya que jamás un verdadero Maestro se atrevería a tal honor. El shihan no puede ser etiquetado. Algunas veces silencioso, otras ruidoso, dulce hoy, duro mañana, se adapta con justicia a todas las circunstancias y trata en perfecta armonía con toda manifestación viviente.

El shihan puede ser comparado al gurú hindú, al cual los discípulos han confiado sus vidas sin condición. El shihan, siendo un hombre divino, se acerca al estado puro de la divinidad. Su conocimiento no es intelectual, sino que radia de su yo espiritual superior.

El shihan domina la vida temporal por lo espiritual, así es dado a estos seres conocer los pensamientos de otros, curar por imposición o por oración y dominar todo obstáculo destructor. Veamos algunos nombres de los shihan más conocidos entre los practicantes del Budō:


Maestro Mirihei Ueshiba, fundador del Aikido

Maestro Muso Gon No Suke Katsuyoshi (Jo-jutsu).

Maestro Jigoro Kano, fundador del Judo.

Maestro Gichin Funakoshi y Sigueru Egami (Karate do)

Maestro Takano (Kendo).

Maestros Sonobe y su esposa (Naginata).

Maestros Awakanzo, Matsui y Anzawa (Kyudo).


Cuando el discípulo está preparado, el Maestro llega. Esta frase es frecuentemente mal interpretada, su verdadero significado es el siguiente: cuando el estudiante se ha disciplinado, se convierte en discípulo, quedando entonces en su libre juicio el quedarse independiente o buscar un instructor. Si lo encuentra, este instructor tendrá por finalidad preparar al discípulo para que encuentre al Maestro Interior (el Alma o el Yo real). Cuando este Yo se convierte en una realidad, ilumina la personalidad, confiriéndole voluntad, amor e inteligencia. Es entonces cuando el instructor (o la escuela) es abandonada y el verdadero Maestro aparece.

El Maestro al cual nos estamos refiriendo no es ya humano sino divino. Es aquel que la tradición Oriental llama un Maestro de sabiduría o Boddhisatva. Tales seres nos son bien conocidos a lo largo de la Historia: Confucio, Shankharacharya, Apolonio de Tiana, Platón, Pitágoras, Nagarjuna, Kukai, Budha, Krishna, Jesús…

He aquí la definición del estado de sabiduría o de adepto por un maestro tibetano, habiendo adquirido él mismo este estado.


“Un sabio ha realizado una tal expansión de conciencia que incluye el reino espiritual. Ha trazado su vía a través de los cuatro reinos inferiores, el mineral, el vegetal, el animal y el humano. Por la meditación y el servicio ha desarrollado su centro de conciencia hasta incluir el plano del Espíritu.

El sabio ha transmutado el mental inferior en pura inteligencia y sin mezclar el deseo, en intuición, irradiando su conciencia con la luz del Puro Espíritu.

La disciplina de la meditación es la sola vía en la cual esto puede ser cumplido. Un Maestro de Sabiduría es aquel que, por el conocimiento adquirido por medio de sus cinco sentidos, ha aprendido la existencia de la síntesis y ha fusionado estos cinco sentidos en las dos vías sintéticas (divinas) que marcan la meta en el sistema solar.

Por la meditación el sentido geométrico de proporción es ajustado, el sentido de los valores es claramente percibido y por este ajustamiento y este reconocimiento, la ilusión es disipada y la realidad conocida.

La meditación llama la atención de la conciencia sobre el valor y el verdadero empleo de la forma. Por este medio la realidad es contactada y los tres mundos ya no tienen poder alguno sobre él.”


Estas definiciones nos hacen sentir la complejidad de tal estado. Puedan darnos un poco más de sabiduría y asomar en nosotros el discernimiento de nuestro estado real. Que esta utilización inconsiderada del título de Maestro dé lugar a más humildad. Equivocar a los otros es equivocarse a sí mismo y éste no es el objetivo del Budō. Advierto por tanto a los candidatos al titulo de Maestro que la responsabilidad es bien pesada, siendo ya duro ser simplemente un hombre entre los demás hombres.


“No amar el magisterio ni la materia de los mortales, y aparentar ignorancia siendo iluminado, éste es el secreto de toda maravilla.”

Lao Tsé


“El Maestro sólo es maestro porque, olvidándose de si mismo, ha transmitido su saber a sus alumnos, y a través de ellos a todos los que vendrán más tarde. El discípulo sólo es discípulo porque se entrega totalmente a su maestro.”

Morihei Ueshiba


El Secreto de los Maestros

“Buddha’s Hand, Sukhotha.”Photographer: Oksana Perkins



esde que el hombre existe y desde que debe luchar para sobrevivir, el trabajo es el centro de todas sus preocupaciones. La inmensa tecnología contemporánea, con sus numerosas repercusiones cotidianas sobre nuestros más simples gestos, si bien aligera considerablemente nuestras tareas, tiende a hacernos olvidar fácilmente que en todos los tiempos, en buen o mal año, los medios de acrecentar sus fuerzas han sido siempre buscados por el hombre, y de alguna manera, lo ha conseguido.


En un medio fundamentalmente hostil, asegurar la regularidad de su subsistencia no difiere muy sensiblemente del sentido que puede aportar a su persona física. Y cuando pensamos en términos de supervivencia, la eficacia queda siempre como la palabra maestra.

Desde siempre los hombres se han dedicado a poner a punto las técnicas dedicadas a fortificarlos. De un punto a otro del globo, a pesar de las diferencias especificas de cada país, todos ellos se han dedicado a los estudios empíricos sobre las condiciones de la eficacia. Pero en Japón, así como en todo el extremo oriente, esta búsqueda ha sido llevada directamente al desarrollo de ciertas facultades mentales.

El Yoga es tan conocido en Occidente que sería inútil hablar de él, pero lo que generalmente ignoramos es que en Japón, el Budō no ha sido sino una de esas técnicas para desarrollar las facultades mentales y, esta ignorancia tiende generalmente del hecho de no hablar sino del aspecto físico de las artes marciales, juzgando su eficacia en términos de combate.

El Budō, en todo el sentido de la palabra, es una búsqueda de perfección, y la eficacia, tal como es generalmente concebida, no es sino una de sus consecuencias. Como el Yoga, por otra parte, el Budō prevé diferentes caminos que el discípulo escoge según su temperamento y, que de igual manera, le permite elevarse a las más altas esferas de perfección. Es seguro que en sus orígenes, las artes marciales han sido destinadas a fines estratégicos.


Pero esto sería olvidar completamente la parte esencial, eliminando la aportación de los grandes maestros que supieron darle un empuje inimitable y rico en posibilidades.

Si bien el término budō significa La vía del guerrero, Budō significa también literalmente la paz del Ser y alrededor del Ser, pero esto se ignora casi siempre. Cualquiera que sea el estilo o las opiniones personales de un profesor de artes marciales, cada uno de ellos pone la eficacia en primer término, aunque esta eficacia no sea siempre visible a los ojos del neófito.


En numerosos dojos, tanto en Europa como en Japón, se hace patente que una vez pasada la adquisición de las técnicas de base, los profesores repiten incansablemente esta frase: ¡Sentir, es preciso sentir el ataque! Esta consigna se convierte en un motivo de su existencia, y esto es justo: la percepción, ver la anticipación del ataque del adversario, es la mas grande cualidad de las artes marciales. Y si lo enuncio así puede sorprender, pero recordemos a los samurai, quienes tenían buenas razones para batirse y saber hacerlo. Seria difícil abusar de consideraciones pseudos-místicas, porque todos ellos ponían el acento siempre sobre la eficacia.


Por otro lado, la parte fundamental del entrenamiento iba dirigido generalmente hacia el desarrollo de las cualidades intuitivas. Pero ¿qué significa eficacia? ¿Ganar? Sí, pero no cualquier manera. Para la mayor parte de los practicantes, la eficacia reside en la rapidez de ejecución, y en otros casos, el estar atento al comportamiento de su adversario. Se le observa atentamente, pensando en todo lo eventual.

Esta disposición del espíritu corresponde al primer estado de desarrollo de las facultades mentales que exige el Budō. Se le llama gono-sen. Pero ella, en síntesis, no es más que el acto de unión de nuestros cinco sentidos y, por otra parte, el tiempo de reacción es siempre largo.

Examinemos las diferentes fases de esta actitud para sentir su lentitud: pensamos febrilmente el nombre de la técnica decontra más apropiada y nos disponemos después a hacerla. ¡Esto resulta, en efecto, una perdida de tiempo! Todos estos gestos vienen de la conciencia y es necesario entonces esperar que el cerebro ordene el comportamiento adecuado. Así, por poco que tengamos fatigados los nervios, veremos entonces desaparecer toda oportunidad de vencer.


En competición esto no tiene nada de dramático, pero si en la realidad. Si además el adversario es un combatiente rápido las posibilidades de esquivar son casi reducidas a cero, ya que se trata de esquivar y no de blocaje. El blocaje sirve a las personas que no saben irse antes del ataque y que no sienten nada. Es una solución de desesperados. Por otra parte, el blocaje es siempre doloroso, igualmente para el que lo ejecuta, y el espíritu mismo del Budō proscribe su empleo:

no se opone jamás de frente a una fuerza antagonista, sino que se le rodea.


En un segundo estado, que equivale a un progreso cierto en el combate libre (Ju-Kumité), el practicante no espera el ataque de su adversario para contraatacar. Desde que él lo siente partir, su defensa se mueve. Es éste el nivel esperado después de algunos años de entrenamiento asiduo. Este nivel es el de la mayor parte de los competidores de élite. El tiempo entre el ataque y la defensa se ve considerablemente reducido pero la verdadera eficacia va más allá del tiempo de reacción, ya que este tiempo debe ser suprimido porque en este estado, los cinco sentidos participan todavía en la defensa.


Lo que nosotros llamaríamos el tercer estado, equivale al grado de percepción de numerosos expertos, a los que se les suele llamar maestros, siendo estos últimos muy escasos. En este nivel se es capaz de anticipar al ataque del adversario, antes mismo de que se haya visto en él la mayor intención. Esta percepción hiperagudizada del combate procede de la telepatía. Es quizás el origen de la reputación del karate, según la cual éste sería un arte de ataque.

Los observadores que han dado esta versión han sido victimas de esos grandes expertos. Viendo a éstos golpear muy rápido y antes que su adversario, creían que eran ellos quienes tomaban la iniciativa en el ataque. La realidad es evidentemente otra, estos expertos no hacían otra cosa que defenderse.


Pero he aquí una pregunta que puede hacerse el lector: ¿Cómo pueden adivinar lo que ocurre en la cabeza de su adversario, sin recurrir a los cinco sentidos?.

Es éste evidentemente el todo de la cuestión, y es precisamente esta pregunta la que aparece cuando se habla de Budō. Pero, antes de continuar, es preciso tomar ciertas precauciones. Nuestros propósitos pueden ser fácilmente deformados, asimilados a elucubraciones ocultistas; para los partidarios de la eficacia física pura, si los descubrimientos científicos recientes no vinieran a confirmarlo definitivamente.

El hombre irradia alrededor de él, como toda cosa viviente, un campo electro-magnético. El cerebro produce ondas de frecuencias diferentes que corresponden algunas veces a representaciones de acciones.

Todo lo que se hace en el cuerpo, pasa por esta especie de codificación inconsciente. Nuestros cinco sentidos nos dan la percepción de las cosas físicas, cuyas frecuencias vibratorias son muy bajas. El oído humano no recibe los ultrasonidos, y la vista precisa de un sistema ocular complejo para registrar la luz y transmitirla al cerebro en forma de información. De la misma manera y teniendo en cuenta todas las consideraciones, las imágenes mentales del atacante son transmitidas al campo magnetico del adversario, que puede percibirlas entonces.

Es esta cualidad, aparentemente sobrehumana, la que hace de los maestros grandes combatientes. Ellos poseen, por alguna causa, un sexto sentido.

En estos combatientes, las cuestiones de rapidez en la ejecución son naturalmente trascendidas, carecen de importancia ya que el ataque es percibido antes mismo de que sea anunciado. Esto es lo que los grandes maestros enseñan en sus dojos bajo el nombre de arte de no obrar.

¿Cómo llegar a tal sensibilidad? Es una verdad muy simple. Hay que liberar el espíritu de todo pensamiento extraño a la situación, de todo afecto, y quedarse como la superficie de un lago (Mizu-No-Kokoro). La gran calma que registra el menor movimiento. Técnicamente hablando, esto seria un bloqueo voluntario de ondas mentales. La practica cotidiana de la meditación Zen conjugada con el control de la respiración, permite acceder a tal estado.


Un maestro me contó la historia siguiente: Dos jóvenes hermanos campesinos que habitaban una pequeña villa sitiada por numerosos bandidos, se encontraron con que casi toda la población había sido masacrada. Los bandidos tendieron una emboscada a los sobrevivientes. Uno de los hermanos se precipito en socorro de sus parientes. Después de un combate en el que dio muerte a más de un enemigo, sucumbió; la diferencia de fuerzas era demasiado desproporcionada.

El hermano menor, retenido más lejos por sus trabajos del campo, tuvo el presentimiento de que una gran desgracia acababa de ocurrir, y que el deber le dictaba ir a asistir a sus compañeros.Se dirigió hacia el pueblo, llegado a la gran puerta de la villa, se detuvo bruscamente. La intuición de un suceso funesto le había llegado al espíritu. Sin presentir la amenaza, él supo que no debía entrar en el pueblo y se echo a correr, ocultándose en una cueva. Sin saberlo, había evitado la emboscada de los bandidos.

Entonces, el maestro hizo la pregunta siguiente: “¿Cuál de los dos hermanos ha demostrado mayor eficacia?”



Autores del presente escrito:

Michel Coquet & Carmelo Ríos




Notas: (1)._Le Judo de ľ esprit, Robert Godet. (2)._Sexto Dan.


Temario:

  • I) Shugendo, la vía de los poderes.
  • II) El esoterismo en el Budō.
  • III) Sensei, maestro.
  • IV) Mudra, la magia del gesto.
  • V) El Maestro Kukai (Kobo Daishi).
  • VI) Shingon, la vía del ser completo.

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