Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Enseñanzas de Manly Palmer Hall

El Simbolismo del Cuerpo Humano

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l más antiguo, el más profundo, el más universal de todos los símbolos es el cuerpo humano. Los griegos, los persas, los egipcios y los hindúes consideraban que el análisis filosófico de la naturaleza trina y una del hombre era una parte indispensable de las enseñanzas éticas y religiosas. Los Misterios de todas las naciones enseñaban que las leyes, elementos, y poderes del universo se resumían en la constitución humana; que todo lo que existía fuera del hombre tenia su análogo dentro del hombre.


El universo, siendo inmensurable en su inmensidad e inconcebible en su profundidad, estaba más allá de la estimación mortal. Hasta los mismos dioses comprendían solo una parte de su inaccesible gloria que era su fuente. Cuando está temporalmente impregnado con entusiasmo divino, el hombre puede trascender por un breve momento las limitaciones de su propia personalidad y contemplar en parte ese celestial resplandor en el que se baña toda la creación. Pero aún en sus períodos de mayor iluminación el hombre es incapaz de imprimir en la sustancia de su alma racional una imagen perfecta de la expresión multiforme de la actividad celestial.

Reconociendo la inutilidad de tratar de poder intelectualmente con aquello que transciende la comprensión de las facultades racionales, los primeros filósofos desviaron su atención de la inconcebible Divinidad al hombre en sí mismo, dentro de los estrechos confines de cuya naturaleza encontraron manifestados todos los misterios de las esferas externas.

Como resultado natural de esta práctica se fabrico un sistema teológico secreto en el cual se considero a Dios como el Gran Hombre y, viceversa, al hombre como el pequeño dios.

Continuando esta analogía, el universo fue considerado como un hombre y, por el contrario, el hombre como un universo en miniatura. El universo mayor fue denominado el Macrocosmo-el Gran Mundo o Cuerpoy la Vida Divino o entidad espiritual que controla sus funciones fue llamada el Macroprosophus.

El cuerpo del hombre, o el universo humano individual, fue llamado el Microcosmo, y la Vida Divina o entidad espiritual que controla sus funciones fue llamada Microprosophus. Los Misterios paganos se ocupaban primariamente de instruir neófitos en la verdadera relación que existe entre el Macrocosmo y el Microcosmo, en otras palabras, entre Dios y el hombre. Por consiguiente, la clave de estas analogías entre los órganos y funciones del hombre Microcósmico y las del Macrocosmo constituyó la posesión más preciada de los primeros iniciados.

En Isis Sin Velo, H. P. Blavatsky resumió el concepto pagano del hombre de la siguiente manera:

“El hombre es un mundo pequeño -un microcosmo dentro del gran universo. Como un feto, está suspendido, por sus tres espíritus, en la matriz del macrocosmos; y mientras su cuerpo terrestre está en constante armonía con su madre tierra, su alma astral vive al unísono con el anima mundi sideral. El es en ello, como ello es en él, ya que el elemento que penetra el mundo llena todo el espacio, y es el espacio mismo, sólo que ilimitado e infinito.

Con respecto a su tercer espíritu, el divino, qué es sino un rayo infinitesimal, una de las incontables radiaciones que proceden directamente de la Más Alta Causa-la Luz Espiritual del Mundo? Esta es la trinidad de naturaleza orgánica e inorgánica-la espiritual y la física, que son tres en una, y de la cual Proclus dice:

“La primera mónada es el Dios Eterno; la segunda, la eternidad; la tercera, el paradigma, o patrón del universo; los tres que constituyen la Triada Inteligible.”

Mucho antes de la implantación de la idolatría en la religión, los primeros sacerdotes hicieron que la estatua de un hombre se colocara en el santuario del templo. Esta figura humana simbolizaba el Poder Divino en todas sus intrincadas manifestaciones. De esta manera los sacerdotes de la antigüedad aceptaron al hombre como su libro de texto, y a través del estudio de el aprendieron a entender los misterios más grandes y más abstrusos del plan celestial del cual ellos eran una parte. No es improbable que esta figura misteriosa que vigilaba los altares primitivos fuera realizada algo así como un maniquí y, como ciertas manos emblemáticas en las escuelas de Misterios, fue cubierta con jeroglíficos tallados o pintados. La estatua puede haberse abierto, de manera que mostraba las posiciones relativas de los órganos, huesos, músculos, nervios, y otras partes.

Después de siglos de investigación, el maniquí se convirtió en una masa de jeroglíficos intricados y figuras simbólicas. Todas las partes tenían su significado secreto. Las medidas formaron un estándar básico por medio de las cuales era posible medir todas las partes del cosmos. Era un emblema glorioso compuesto por todo el conocimiento poseído por los sabios y hierofantes.

Luego vino la era de la idolatría. Los Misterios decayeron desde adentro. Los secretos se perdieron y nadie conoció la identidad del hombre misterioso que vigilaba el altar. Se recordó solamente que la figura era un símbolo sagrado y glorioso del Poder Universal, y finalmente llegó a ser admirado como un dios-el Uno en cuya imagen se hizo el hombre.

Habiendo perdido el conocimiento del propósito por el cual se construyó originalmente el maniquí, los sacerdotes rindieron culto a esta efigie hasta que al final su falta de comprensión espiritual tumbó el templo en ruinas sobre sus cabezas y la estatua se desmoronó con la civilización que había olvidado su significado.

Originándose en esta suposición de los primeros teólogos que el hombre es realmente ideado a la imagen de Dios, las mentes iniciadas de edades pasadas erigieron la estupenda estructura de la teología sobre la base del cuerpo humano. El mundo religioso de hoy es casi totalmente ignorante del hecho de que la ciencia de la biología es la fuente primera de sus doctrinas y principios. Muchos de los códigos y leyes que los modernos divinos creen haber sido revelaciones directas de la Divinidad son en realidad el fruto de años de paciente ahondar en los intrincados detalles de la constitución humana y las maravillas infinitas reveladas por dicho estudio.

En casi todos los libros sagrados del mundo se puede rastrear una analogía anatómica. Esto es más evidente en sus mitos de la creación. Cualquiera que esté familiarizado con la embriología y obstetricia no tendrá dificultad en reconocer la base de la alegoría con respecto a Adán y Eva y el Jardín del Edén, los nueve grados de los Misterios Eleusinos, y la legenda brahmánica de las encarnaciones de Vishnu.

La historia del Huevo Universal, el mito escandinavo de Ginnungagap (la grieta oscura en el espacio en la cual se sembró la semilla del mundo), y el uso del pez como el emblema del poder generador paterno—todo muestra el verdadero origen de la especulación teológica. Los filósofos de la antigüedad se dieron cuenta que el hombre mismo era la clave del acertijo de la vida, porque era la imagen viva del Plan Divino, y en las eras futuras la humanidad también llegará darse cuenta más en detalle la importación solemne de aquellas antiguas palabras: “El verdadero estudio de la humanidad es el hombre.”

Tanto Dios como el hombre tienen una constitución doble, de la cual la parte superior es invisible y la inferior visible. En ambos hay también una esfera intermedia, marcando el punto donde esas naturalezas visible e invisible se tocan. Como la naturaleza espiritual de Dios controla Su forma universal objetivaque es en realidad una idea cristalizadaasí la naturaleza espiritual del hombre es la causa invisible y el poder controlador de su personalidad material visible. De esta manera es evidente que el espíritu del hombre guarda la misma relación con su cuerpo material que Dios guarda con el universo objetivo.

Los Misterios enseñaban que el espíritu, o la vida, era anterior a la forma y que lo que es anterior incluye todo lo que es posterior a sí mismo. El espíritu siendo anterior a la forma, la forma esta por lo tanto incluida dentro del reino del espíritu. Es también una declaración o creencia popular que el espíritu del hombre está dentro de su cuerpo. De acuerdo con las conclusiones de la filosofía y la teología, sin embargo, esta creencia es errónea, ya que el espíritu primero circunscribe un área y luego se manifiesta dentro de ella. Hablando filosóficamente, la forma, siendo una parte del espíritu, está dentro del espíritu; pero el espíritu es más que la suma de la forma, como la naturaleza material del hombre es en consecuencia dentro de la suma del espíritu, entonces la Naturaleza Universal, incluyendo todo el sistema sideral, está dentro de la esencia que todo lo penetra de Dios-el Espíritu Universal.



De Libri Apologetici de Böhme

El Tetragrámaton, o el Nombre de cuatro letras de Dios, aquí esta dispuesto como un tetractys dentro del corazón humano invertido. Abajo, el nombre Jehovah se muestra transformado en Jehoshua por la interpolación de la radiante letra hebrea סה , Shin. El dibujo en su conjunto representa el trono de Dios y Sus jerarquías dentro del corazón del hombre. En el primer libro de su Libri Apologetici, Jacobo Böhme describe de esta manera el significado del símbolo:

“A causa de que nosotros los hombres tenemos un libro en común que señala a Dios. Cada uno lo tiene dentro de sí mismo, que es el Nombre inapreciable de Dios.

Sus letras son las llamas de Su amor, que El de Su corazón en el Nombre inapreciable de Jesús ha revelado en nosotros.

Lean estas letras en sus corazones y espíritus y Uds. tienen suficientes libros. Todos los escritos de los hijos de Dios te dirigen a ese libro único, porque en él yacen todos los tesoros de la sabiduría. * * * Este libro es Cristo en Uds.

De acuerdo con otro concepto de la sabiduría antigua, todos los cuerpos-sean espirituales o materiales-tienen tres centros, llamados por los griegos el centro superior, el centro medio, y el centro inferior. Se notará aquí una aparente ambigüedad. Es imposible diagramar o simbolizar apropiadamente las verdades mentales abstractas, porque la representación gráfica de un aspecto de las relaciones metafísicas puede ser una contradicción real de algunos otros aspectos. Mientras que eso que está arriba se considera generalmente superior en dignidad y poder, en realidad aquello que esta en el centro es superior y anterior tanto a aquello que se dice estar arriba y aquello que se dice estar abajo. En consecuencia, debe decirse que lo primero-que se considera que esta arriba-esta realmente en el centro, mientras que los otros (que se dice están arriba o abajo) están en realidad abajo.

Este punto puede ser simplificado más si el lector considerara arriba como que indica el grado de proximidad a la fuente y abajo como que indica el grado de distancia desde la fuente, la fuente que está situada en el centro real y distancia relativa que son los varios puntos a lo largo del radio desde el centro hacia la circunferencia. En asuntos concernientes a la filosofía y la teología, arriba puede considerarse hacia el centro y abajo hacia la circunferencia.

El centro es el espíritu; la circunferencia es la materia. En consecuencia, arriba está hacia el espíritu junto a una escala ascendente de espiritualidad; abajo está hacia la materia junto a una escala ascendente de materialismo. El último concepto está expresado en parte por el vértice de un cono que, cuando es visto desde arriba, se ve como un punto en el centro exacto de la circunferencia formada por la base del cono.

Estos tres centros universales-el arriba, el abajo, y el vinculo que los une-representan tres soles o tres aspectos de un sol-centros de resplandor. Estos también tienen sus analogías en los tres grandes centros del cuerpo humano, que, como el universo físico, es una fabricación demiúrgica. “El primero de estos [soles],” dice Thomas Taylor, “es análogo a la luz cuando se la ve subsistiendo en su fuente el sol; la segunda a la luz que inmediatamente procede del sol; y la tercera al esplendor comunicado a otras naturalezas por esta luz.”

Debido a que el centro superior (o espiritual) esta en el medio de los otros dos, su análogo en el cuerpo físico es el corazón-el órgano espiritual y misterioso en el cuerpo humano. El segundo centro (o el vínculo entre los mundos superior e inferior) se eleva a la posición de la más grande dignidad física-el cerebro. El tercer centro (o inferior) está relegado a la posición de menor dignidad física pero la mayor importancia física-el sistema generativo.

De esta manera el corazón es simbólicamente la fuente de vida; el cerebro el vínculo por el cual, a través de la inteligencia racional, se unifica la vida y la forma; y el sistema generativoo creador infernal-la fuente de ese poder por el cual se producen los organismos físicos. Los ideales y aspiraciones del individuo dependen en gran medida sobre los cuales estos tres centros de poder predominan en alcance y actividad de expresión. En el materialista el centro inferior es el mas fuerte, en el intelectualista el centro superior; pero en el iniciado el centro medio-bañando los dos extremos en una inundación de resplandor espiritual-controla saludablemente tanto la mente como el cuerpo.

Como la luz da testimonio de vida-que es su fuente-así la mente da testimonio del espíritu, y la actividad en un plano aún más inferior es testigo de la inteligencia. De esta manera la mente da testimonio del corazón, mientras que el sistema generativo, a su vez, da testimonio de la mente. Por consiguiente, la naturaleza espiritual es simbolizada más comúnmente por el corazón; el poder intelectual por un ojo abierto, que simboliza la glándula pineal o el ojo cíclope, que es el Jano de dos caras de los Misterios paganos; y el sistema generativo por una flor, un cayado, una copa, o una mano.

Mientras que todos los Misterios reconocían al corazón como el centro de la conciencia espiritual, con frecuencia decididamente ignoraron este concepto y usaron el corazón en su sentido exotérico como el símbolo de la naturaleza emocional. En esta disposición el centro generativo representaba el cuerpo físico, el corazón el cuerpo emocional, y el cerebro el cuerpo mental. El cerebro representaba la esfera superior, pero después de que los iniciados hubiesen pasado a través de los grados más bajos, se les instruía que el cerebro era el poder de la llama espiritual que vive en los recovecos más recónditos del corazón.

El estudiante de esoterismo descubre antes que pase mucho tiempo que los antiguos con frecuencia recurrían a varios subterfugios para esconder las verdaderas interpretaciones de sus Misterios. La sustitución del cerebro por el corazón era una de esos subterfugios.

Los tres grados de los Misterios antiguos eran dados, con pocas excepciones, en cámaras que representaban los tres grandes centros de los cuerpos humano y Universal. Si era posible, el templo mismo era construido con la forma del cuerpo humano.

El candidato entraba entre los pies y recibía el grado más alto en el punto correspondiente al cerebro.

De esta manera el primer grado era el misterio material y su símbolo era el sistema generativo; elevaba al candidato a través de varios grados de pensamiento concreto.

El segundo grado se daba en la cámara correspondiente al corazón, pero representaba el poder medio que era el vínculo mental. Aquí el candidato era iniciado en los misterios del pensamiento abstracto y se elevaba tan alto como la mente era capaz de penetrar.

Luego pasaba a la tercera cámara, que, análoga al cerebro, ocupaba la posición más alta en el templo pero, análoga al corazón, era de la mayor dignidad. En la cámara del cerebro se daba el misterio del corazón. Aquí el iniciado primera vez comprendía el significado de esas palabras inmortales: “Como un hombre piensa en su corazón, así es él.”

Como hay siete corazones en el cerebro así hay siete cerebros en el corazón, pero este es un asunto de suprafísica de lo cual poco se puede decir en el momento actual.

Proclus escribe sobre este tema en el primer libro de Sobre al Teología de Platón: “En realidad, Sócrates en el (Primer) Alcibiades correctamente observa, que el alma que entra dentro sí misma contemplará todas las otras cosas, y la deidad misma. Por tender a su propia unión, y al centro de toda la vida, dejando de lado la multitud, y la variedad de todos los poderes múltiples que ella contiene, asciende a los ofrecimientos de la atalaya más alta.

Y como en el más santo de los misterios, dicen, que los místicos al principio se encontraron con la multiforme, y muchos géneros de formas, que son lanzados ante los dioses, pero al ingresar al templo, impasibles, y custodiados por los ritos místicos, genuinamente recibían en sus pechos [corazón] iluminación divina, y despojados de sus vestimentas, como ellos dirían, participaban de una naturaleza divina; el mismo modo, como me parece a mi, sucede en la especulación de los todos.

Para el alma cuando mira las cosas posteriores a sí misma, contempla las sombras e imágenes de seres, pero cuando ella misma se convierte en ella misma evoluciona su propia esencia, y las razones que contiene.

Y al principio realmente, ella es como si solamente se contempla a sí misma; pero, cuando penetra más profundamente en el conocimiento de sí misma, encuentra en sí misma tanto el intelecto como los órdenes de los seres. Cuando ella sin embargo, procede en sus recovecos interiores, y dentro del ádito como si fuera del alma, percibe con el ojo cerrado [sin la ayuda de su mente inferior], el género los dioses, y las unidades de los seres. Ya que todas las cosas están en nosotros físicamente, y a través de esto somos naturalmente capaces de conocer todas las cosas, excitando los poderes y las imágenes de todos que contenemos.”



De un grabado antiguo, cortesía de Carl Oscar Borg.

Sobre las doce falanges de los dedos, aparecen las imágenes de los Apóstoles, cada una portando su propio símbolo.

En el caso de aquellos que sufrieron el martirio el símbolo significa el instrumento de muerte. De esta manera, el símbolo de San Andrés es una cruz; de Santo Tomas, una jabalina o una escuadra de constructor; de Santiago el Menor, una maza de batanero; de San Felipe, una cruz; de San Bartolomé, un cuchillo largo o cimitarra; de San Mateo, una espada o lanza (a veces un monedero); de San Simón, una maza o un serrucho; de San Matías, un hacha; y de San. Judas, una alabarda.

Los Apóstoles cuyos símbolos no exaltan su martirio son San Pedro, que lleva dos llaves cruzadas, una de oro y una de plata; Santiago el Mayor, que lleva el cayado de un peregrino y un caparazón de una venera; y San Juan, que sostiene una copa de la cual parte milagrosamente el veneno en forma de serpiente. (Ver Manual de Simbolismo Cristiano.)

La figura de Cristo sobre la segunda falange del pulgar no sigue el sistema pagano de asignar la primera Persona de la Triada Creativa a esta Posición. Dios el Padre debería ocupar la segunda Falange, Dios el Hijo la primera falange, mientras que a Dios el Espíritu Santo se asigna la base del pulgar.- También, de acuerdo con la disposición filosófica, la Virgen debería ocupar la base del pulgar, que es consagrado a la luna.

Los iniciados de antes advertían a sus discípulos que una imagen no es una realidad sino meramente la objetivación de una idea subjetiva. La imagen, de los dioses no fue diseñada para ser objetos de culto sino eran para ser considerados meramente emblemas o recordatorios de poderes y principios invisibles.

De manera similar, el cuerpo del hombre no debe ser considerado como el individuo sino solamente como la casa del individuo, de la misma manera que el templo era la Casa de Dios. En un estado de pesadez y perversión el cuerpo del hombre es la tumba o prisión de un principio divino, en un estado de desarrollo y regeneración es la Casa o Santuario de la Deidad por cuyos poderes creativos fue ideado. “La personalidad está suspendida en un hilo de la naturaleza del Ser,” declara el trabajo secreto.

El hombre es en esencia un principio permanente e inmortal; solamente sus cuerpos pasan a través del ciclo de nacimiento y muerte. Lo inmortal es la realidad; lo mortal es la irrealidad. Durante cada período de vida terrestre, la realidad de esta manera mora en la irrealidad, para ser liberada de ella temporalmente por la muerte y permanentemente por la iluminación.

Mientras que en general se los consideraba politeístas, los paganos ganaron esta reputación no porque rendían culto a más de un Dios sino mas bien porque personificaban los atributos de este Dios, creando de tal modo un panteón de deidades posteriores cada una manifestando una parte de lo que el Dios Único manifestaba como un todo.

Los varios panteones de las religiones antiguas en consecuencia realmente representaban los atributos catalogados y personificados de la Deidad. En cuanto a esto se corresponden con las jerarquías de los Cabalistas Hebreos.

Todos los dioses y diosas de la antigüedad consecuentemente tienen sus analogías en el cuerpo humano, como también lo tienen los elementos, planetas, y constelaciones que fueron asignadas como vehículos adecuados para estos celestiales. Se asignan cuatro centros corporales a los elementos, los siete órganos vitales a los planetas, las doce partes y miembros principales al zodiaco, las partes invisibles de la naturaleza divina del hombre a varias deidades supermundanas, mientras que se declaraba que el Dios escondido se manifestaba a través de la médula en los huesos.

Para muchos es difícil darse cuenta de que ellos son universos reales; que sus cuerpos físicos son una naturaleza visible a través de la estructura de la cual incontables ondas de vida que evolucionaba están desarrollando sus potencialidades latentes. Sin embargo a través del cuerpo físico del hombre no solo son un mineral, una planta, y un reino animal evolucionando, sino también clasificaciones y divisiones de vida espiritual invisible desconocidas, lo mismo que las células son unidades infinitesimales en la estructura del hombre, así el hombre es una unidad infinitesimal en la estructura del universo.

Una teología basada en el conocimiento y apreciación de estas relaciones es tan profundamente justa como es profundamente verdadera.

Como el cuerpo físico del hombre tiene cinco extremidades distintas e importantes-dos piernas, dos brazos, y una cabeza, de las cuales la última gobierna las primeras cuatro-la numero 5 ha sido aceptada como el símbolo del hombre. Por sus cuatro esquinas la pirámide simboliza los brazos y las piernas, y por su vértice la cabeza, de esta manera indicando que un poder racional controla cuatro esquinas irracionales. Las manos y los pies se usan para representar los cuatro elementos, de los cuales los dos pies son tierra y agua, y las dos manos fuego y aire.

El cerebro entonces simboliza el quinto elemento sagradoéterque controla y unifica los otros cuatro. Si los pies son colocados juntos y los brazos extendidos, el hombre entonces simboliza la cruz con el intelecto racional como la cabeza o miembro superior.

Los dedos de la mano y de los pies también tienen una importancia especial. Los dedos de los pies representan los Diez Mandamientos de la ley física y los dedos de la mano los Diez Mandamientos de la ley espiritual. Los cuatro dedos de cada mano representan los cuatro elementos y las tres falanges de cada dedo representan las divisiones del elemento, de manera que en cada mano hay doce partes de los dedos, que son análogas a los signos del zodiaco, mientras que las dos falanges y la base de cada pulgar suponen la triple Deidad. La primera falange corresponde al aspecto creativo, la segunda al aspecto preservativo, y la base al aspecto generativo y destructivo. Cuando se juntan las manos, el resultado es los veinticuatro Mayores y los seis Días de la Creación.

En el simbolismo el cuerpo esta dividido verticalmente en mitades, la mitad derecha se considera la luz y la mitad izquierda la oscuridad. Para aquello no familiarizados con los verdaderos significados de luz y oscuridad, la mitad de la luz fue denominada espiritual y la mitad izquierda material.

La luz es el símbolo de la objetividad; la oscuridad de la subjetividad.

La luz es una manifestación de la vida y es en consecuencia posterior a la vida. Aquello que es anterior a la luz es oscuridad, en la cual la luz existe temporalmente pero la oscuridad permanentemente. Como la vida precede a la luz, su único símbolo es la oscuridad, y la oscuridad es considerada el velo que debe esconder eternamente la verdadera naturaleza del Ser abstracto e indiferenciado.

En tiempos antiguos los hombres peleaban con sus brazos derechos y defendían sus centros vitales con sus brazos izquierdos, sobre los cuales llevaban el escudo protector. La mitad derecha era considerada por lo tanto ofensiva y la mitad izquierda defensiva.

Por esta razón también el lado derecho del cuerpo era considerado masculino y el lado izquierdo femenino.

Varias autoridades son de la opinión de que el actual uso generalizado de la mano derecha en la raza es el resultado de la costumbre de sostener la mano izquierda limitada a propósitos defensivos. Además, como la fuente del Ser esta en la oscuridad primordial que precedía la luz, si la naturaleza espiritual del hombre está en la parte oscura de su ser, ya que el corazón esta en el lado izquierdo.

Entre las curiosas ideas equivocadas que surgen de la falsa práctica de asociar la oscuridad con el mal hay una por la cual varias naciones antiguas usaban la mano derecha para todas las labores constructivas y la mano izquierda sólo para aquellos propósitos denominados impuros e impropios para la vista de los dioses.

Por la misma razón con frecuencia se refería a la magia negra como el sendero de la izquierda, y se decía que el cielo estaba a la derecha y el infierno a la izquierda. Algunos filósofos además declaraban que había dos métodos de escritura: uno de izquierda a derecha, que era considerado el método exotérico; el otro de derecha a izquierda, que era considerado esotérico. La escritura exotérica era aquella que se hacia hacía fuera o alejándose del corazón, mientras que la escritura esotérica era aquella que-como el hebreo antiguo-se escribía hacia el corazón.

La doctrina secreta declara que todas las partes y miembros del cuerpo están resumidos en el cerebro y, a su vez, que todo lo que esta en el cerebro esta resumido en el corazón. En el simbolismo la cabeza se usa con frecuencia para representar la inteligencia y el auto-conocimiento.

Como el cuerpo humano en su totalidad es el producto mas perfecto conocido en la evolución de la tierra, fue empleado para representar a la Divinidad-el estado o condición apreciable más alta. Los artistas, al tratar de retratar la Divinidad, con frecuencia sólo muestran una mano emergiendo de una nube impenetrable. La nube supone la Divinidad Incognoscible-ocultada del hombre por limitación humana.

La mano significa la actividad Divina, la única parte de Dios que es conocible a los sentidos inferiores.


Redibujado de Theosophia Práctica de Gichtel.

Johann Georg Gichtel, un profundo Filósofo y místico, el más iluminado de los discípulos de Jacobo Böhme, secretamente circuló los diagramas anteriores entre un pequeño grupo de amigos y estudiantes devotos.

Gichtel volvió a publicar los escritos de Böhme, ilustrándolos con numerosas figuras notables. De acuerdo con Gichtel, los diagramas anteriores, representan la anatomía del hombre divino (o interno), y estableció gráficamente su condición durante sus estados humano, infernal, y divino. Las placas en la edición de William Law de los trabajos de Böhme están basadas aparentemente en los diagramas de Gichtel, que siguen en todos los esenciales.

Gichtel no da una descripción detallada de sus figuras, y las letras en los diagramas originales aquí traducidas del alemán es la única pista para la interpretación de los diagramas.

Las dos figuras del extremo representan el anverso y reverse del mismo diagrama y son denominadas Tabla Tres.

Son “diseñadas para mostrar la Condición del Hombre en su totalidad, con respecto a sus tres Partes esenciales, Espíritu, Alma, y Cuerpo, en su Estado Regenerado.” La tercer figura de la izquierda se llama Segunda Tabla, y establece “la Condición del Hombre en su Estado anterior, caído, y corrupto; sin ningún respeto a, o consideración de su renovación por regeneración.” La tercera figura, sin embargo, no corresponde a la Primera Tabla de William Law. La Primera Tabla presumiblemente representa la condición de la humanidad antes de la Caída, pero la placa de Gichtel pertenece al tercer estado, o estado regenerado de la humanidad.

William Law de esta manera describe el propósito de los diagramas, y los símbolos sobre ellos: “Estas tres tablas se diseñaron para representar al Hombre en su triple Estado diferente: el Primero antes de su Caída, en Pureza, Dominio, y Gloria: el Segundo después de su Caída, en Contaminación y Perdición: y el Tercero en su ascenso de la Caída, o en el Camino de la regeneración, en la Santificación y Tendencia a su última Perfección.” El estudiante de Orientalismo reconocerá inmediatamente en los símbolos sobre las figuras los chakras hindús, o centros de fuerza espiritual, las mociones y aspectos varios que revelan la condición de la naturaleza divina interna del discípulo.

La cara consiste en una trinidad natural: los ojos que representan el poder espiritual que comprende; los orificios nasales que representan el poder preservativo y vivificante; y la boca y las orejas que representan el poder demiúrgico del mundo inferior.

La primera esfera es eternamente existente y es creativa; la segunda esfera pertenece al misterio de la ruptura creativa; y la tercera esfera a la palabra creativa. Por la Palabra de Dios el universo material fue fabricado, y los siete poderes creativos, o sonidos vocales-que habían sido traídos a la existencia por la expresión de la Palabra-se convirtieron en los siete Elohim o Deidades por cuyo poder y ministerio se organizó el mundo inferior. Ocasionalmente la Deidad es simbolizada por un ojo, una oreja, una nariz, o una boca. Por la primera, se da significado a la conciencia Divina; por la segunda, al interés Divino; por la tercera, a la vitalidad Divina; y por la cuarta, a la orden Divina.

Los antiguos no creían que la espiritualidad hacia a los hombres justos o racionales, sino más bien que la justicia y la racionalidad hacían espirituales a los hombres. Los Misterios enseñaban que la iluminación espiritual se lograba solamente trayendo la naturaleza inferior hasta determinado estándar de eficiencia y pureza. Los Misterios por lo tanto fueron establecidos con el propósito de desarrollar la naturaleza del hombre de acuerdo con ciertas reglas fijas que, cuando se seguían fielmente, elevaban la conciencia humana hasta un punto donde era capaz de conocer su propia constitución y el verdadero propósito de la existencia.

Este conocimiento de cómo la constitución múltiple del hombre podía ser regenerada más rápida y completamente al punto de que la iluminación espiritual constituía la doctrina secreta, o esotérica, de la antigüedad. Determinados órganos y centros físicos son en realidad los velos o envolturas de los centros espirituales. Cuáles eran y cómo podían ser desarrolladas nunca fue revelado al no regenerado, porque los filósofos se dieron cuenta que una vez que entiende el funcionamiento complete de cualquier sistema, un hombre puede lograr un fin prescrito sin estar calificado para manipular y controlar los efectos que ha producido. Por esta razón se impusieron largos períodos de prueba, para que el conocimiento de como convertirse como los dioses pudiera permanecer como la única posesión de los merecedores.

Para que ese conocimiento no se perdiera, sin embargo, fue ocultado en alegorías y mitos que no tenían sentido para el profano pero eran obvios para aquellos familiarizados con esa teoría de redención personal que fue el fundamento de la teología filosófica.

Se puede citar al mismo Cristianismo como ejemplo. Todo el Nuevo Testamento es en realidad una exposición ingeniosamente ocultada de los procesos secretos de la regeneración humana.

Los personajes por tanto tiempo considerados hombres y mujeres históricas son realmente la personificación de ciertos procesos que tienen lugar en el cuerpo humano cuando el hombre comienza la tarea de liberarse conscientemente de la esclavitud de la ignorancia y la muerte.

Las vestimentas y ornamentaciones supuestamente usadas por los dioses también son claves, porque en los Misterios la ropa era considerada sinónimo de forma. El grado de espiritualidad o materialismo de los organismos se denotaba por la calidad, belleza, y valor de las vestimentas usadas. El cuerpo físico del hombre era admirado como la toga de su naturaleza espiritual; en consecuencia, cuanto más desarrollados eran sus poderes supersubstanciales más glorioso era su ropa. Por supuesto, la ropa era usada originariamente como adorno más que como protección, y dicha práctica aún prevalece entre muchos pueblos primitivos.

Los Misterios entendían que los únicos ornamentos duraderos del hombre eran sus virtudes y sus características valiosas; que se vestía en sus propios logros y se adornaba con sus logros. De esta manera la toga blanca era simbólica de pureza, la toga roja de sacrificio y amor, y la toga azul de altruismo e integridad. Ya que se decía que el cuerpo era la toga del espíritu, las deformidades mentales o morales eran descriptas como deformidades del cuerpo.

Considerando el cuerpo del hombre como la regla de medición del universo, los filósofos declararon que todas las cosas se parecen en constitución-si no en forma-al cuerpo humano. Los griegos, por ejemplo, declararon a Delfos el ombligo de la tierra, ya que el planeta físico era admirado como un ser humano gigantesco que estaba enrollado en la forma de una pelota.

En contra distinción a la creencia de la Cristiandad que la tierra es una cosa inanimada, los paganos consideraban no sólo a la tierra sino también a todos los cuerpos siderales criaturas individuales que poseían inteligencias individuales.

Ellos fueron tan lejos como para ver los varios reinos de la Naturaleza como entidades individuales. El reino animal, por ejemplo, considerado como un ser-un compuesto de todas las criaturas que componen ese reino. Esta bestia prototípica era personificación mosaica de todas las inclinaciones animales y dentro de su naturaleza existía todo el mundo animal como la especie humana existe dentro de la constitución del Adán prototípico.

De la misma manera, las razas, las naciones, las tribus, las religiones, los estados, las comunidades, y las ciudades eran vistas como entidades compuestas, cada una constituida por números variables de unidades individuales. Todas las comunidades tienen una individualidad que es la suma de las actitudes individuales de sus habitantes.

Todas las religiones son un individuo cuyo cuerpo está constituido por una jerarquía y una vasta multitud de adoradores individuales. La organización de cualquier religión representa su cuerpo físico, y sus miembros individuales la vida celular que constituye este organismo.

Por consiguiente, las religiones, las razas, y las comunidades–como los individuos– atraviesan las Siete Edades de Shakespeare, ya que la vida del hombre es un estándar por el cual se estima la perpetuidad de todas las cosas.

De acuerdo con la doctrina secreta, el hombre, a través del refinamiento gradual de sus vehículos y la siempre creciente sensibilidad resultante de ese refinamiento, esta gradualmente superando las limitaciones de la materia y se esta desenredando de su rollo mortal. Cuando la humanidad haya completado su evolución física, la cáscara vacía del materialismo dejada atrás será usada por otras ondas de vida como escalones para su propia liberación. La tendencia del crecimiento evolutivo del hombre es siempre hacia su propia Personalidad esencial.

En el punto de materialismo más profundo, en consecuencia, el hombre está a la distancia más grande de Sí mismo. De acuerdo con las enseñanzas de los Misterios, no toda la naturaleza espiritual del hombre encarna en la materia. El espíritu del hombre se muestra gráficamente como un triángulo equilátero con una punta hacia abajo.

Este punto inferior, que es un tercio de la naturaleza espiritual pero en comparación a la dignidad de los otros dos es mucho menos que un tercio, desciende a la ilusión de la existencia material por un breve espacio de tiempo.

Aquello que nunca se viste en la envoltura de la materia es el Anthropos Hermético-el Hombre Superior- análogo a los Cíclopes o demonios guardianes de los griegos, el ángel de Jacobo Böhme, y la Supra- Alma de Emerson, “esa Unidad, esa Supra-Alma, dentro de la cual está contenido el ser particular de todos los hombres y se hace uno con todo lo otro.”

En el nacimiento solamente una tercera parte de la Naturaleza Divina del hombre se disocia temporalmente de su propia inmortalidad y se encarga del sueno del nacimiento y la existencia física, animando con su propio entusiasmo celestial un vehículo compuesto de elementos materiales, parte de y atado a la esfera material. En la muerte esta parte encarnada despierta del sueño de existencia física y se reúne una vez más con su condición eterna.

Este descenso periódico del espíritu en la material se denomina la rueda de la vida y la muerte, y los principios desarrollados son tratados en detalle por los filósofos bajo el tema de metempsicosis. Por la iniciación en los Misterios y un cierto proceso conocido como teología operativa, transciende esta ley de nacimiento y muerte, y durante el curso de la existencia física esa parte del espíritu que está dormida en forma se despierta sin la intervención de la muerteel Iniciador inevitable-y es conscientemente reunificada con el Anthropos, o la sustancia dominante de sí mismo. Este es al mismo tiempo el propósito primario y el logro consumado de los Misterios: que el hombre se haga consciente y conscientemente se reunifique con la fuente divina de sí mismo sin probar la disolución física.



De las Figures de Law de Jacobo Böhme.

Así como el diagrama que representa la vista de frente del hombre ilustra sus principios divinos en su estado regenerado, así la vista de atrás de la misma figura establece la condición inferior, o “noche,” del sol. Desde la Esfera de la Mente Astral una línea asciende a través de la Esfera de la razón en aquella de los Sentidos.

La Esfera de la Mente Astral y de los Sentidos está llena de estrellas para significar la condición nocturna de sus naturalezas. En la esfera de la razón, lo superior y lo inferior están reconciliados, la Razón en el hombre mortal correspondiente al Entendimiento Iluminado en el hombre espiritual.



De las Figures de Law de Jacobo Böhme.

Un árbol con sus raíces en el corazón se eleva del Espejo de la Deidad a través de la Esfera del Entendimiento para ramificarse en la Esfera de los Sentidos. Las raíces y el tronco de este árbol representan la naturaleza divina del hombre y puede llamarse su espiritualidad; las ramas del árbol son las partes separadas de la constitución divina y puede equipararse a la individualidad; y las hojas-debido a su naturaleza efímera-corresponden a la personalidad, que no comparte nada de la permanencia de su fuente divina.


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La Clara Virtud Del Zen

Autor: MANLY P. HALL

Traducido del inglés por: Alberto Fornes. Editorial KIER, Buenos Aires.

 

 

EL ESPÍRITU DEL ZEN

El Zen ha traído belleza y paz interior a las gentes de muchas naciones orientales. Ha inspirado un gran arte y suaves costumbres. Ha dado amplitud de mente y un corazón agradecido, promoviendo por doquier la afabilidad del espíritu y una fuerza de convicción.

El Zen es parte de un legado impagable de sabiduría, y ha sobrevivido a los siglos, porque los hombres lo han hallado de apoyo vital en generaciones de temor e incertidumbre. Como ahora vivimos en el período más crítico que jamás se haya registrado en la historia, experimentamos una necesidad apremiante por una mejor y más profunda comprensión de la vida.

Trataré pues, de explicar en sencillas palabras qué es lo que el Zen significa para mí, no como sistema de credo abstracto, sino como una inmediata guía de conducta. La búsqueda eterna del hombre es hallar su sereno Yo, escondido en las profundidades de su eterno Ser.

Hallar este Yo es descubrir el propósito de la existencia humana. Comprender este Yo, es conocer las leyes de la redención humana, y vivir en armonía con este Yo es gozar de una serena existencia. Así como la superficie del mar es agitada por los vientos, así también son agitadas las emociones y pensamientos de los hombres por las tormentas de la circunstancia. Pero la tempestad no llega a agitar las profundidades del mar, y en cada uno de nosotros yace una región de paz donde el Yo mora para siempre en bienaventuranza. Buda dijo del “Yo iluminado”: es profundo, inmensurable, insondable, como el gran océano.


Para la mayoría de los estudiantes de la filosofía Oriental, el Zen es una extraña y austera escuela de auto-disciplina, acuñada en el Oriente impenetrable, y completamente más allá de la comprensión del hombre Occidental. Parece ser una doctrina de contradicciones enseñada en enigmas.

Sin embargo es el camino sencillo y directo que conduce a acabar con el sufrimiento.

De esto Buda escribió: “Habiendo logrado serenidad, nos tornamos tranquilos de cuerpo, y tranquilos de mente”.

La historia del Zen comienza hace más de 25 siglos, cuando Gautama Buda, estaba predicando a sus discípulos por los caminos polvorientos del Indostán. Un día el gran sabio de la India llegó a un lugar denominado “Pico de Buitre” y haciendo una rueda con los estudiantes les habló del misterio de la gran Paz. Mientras hablaba, un foráneo se le adelantó para hacer una ofrenda, e inclinándose ante el Buda depositó en sus manos, una gloriosa flor de loto color dorado.

El sabio se quedó silencioso por un largo rato, contemplando serenamente a la hermosa flor. Al fin, uno de los discípulos se sonrió levemente, y el maestro dirigiéndose a él, le dijo:

“Percibo que tú solamente has recibido la doctrina”. Así, el darse cuenta del “modo sereno”, fue silenciosamente transmitido al corazón que aguarda del que buscaba la verdad.

No hay manera adecuada de definir al Zen, la palabra mismo significa “meditación abstracta”.


El Zen no es en verdad una religión, filosofía y ciencia como así interpretamos esos términos en el Occidente. Sin embargo busca la meta que todas éstas tratan de lograr. Es la experiencia inmediata de una existencia que va más allá de la mente, y por la cual todos los hábitos y actitudes del individuo pueden ser controlados y dirigidos a sus metas correctas, el conocer Aquello que es eternamente Verdad.

Bodhidharma fue el primer patriarca de la secta del Zen. En los comienzos del Siglo VI este severo monje budista, hizo la larga y peligrosa travesía de la India a la China. Sus enseñanzas lograron un profundo y duradero efecto en la cultura china, y a su tiempo fue transmitida al Japón, donde ha florecido desde entonces.


De acuerdo a lo que dijo Bodhidharma originalmente, el Zen es trasmitido sin ninguna referencia a las Sagradas Escrituras, pero deriva de ellas. Es un darse cuenta basado solamente en una experiencia Intima, y no depende de instrucción oral o escrita. Se ocupa en su totalidad de la vida interior del individuo, y conduce a la comprensión de la propia naturaleza de cada uno.

Debido a que el Zen no está basado en la autoridad de un maestro o enseñanza, debe resultar de descubrimientos que hacen las personas que reflexionan, cuando llegan a cansarse de las desgracias. Estos descubrimientos se llaman experiencias, y cada una de ellas nace de la que le precede, exceptuando la primera, que resulta sencillamente de darse cuenta que nos ha faltado el coraje y la comprensión para vivir vidas equilibradas.


Cada experiencia se comprueba al progresar, de manera que en ningún momento nos es requerido aceptar, idea o credo, que aún no hemos descubierto ser verdaderos. Así, en verdad, nos guiamos y nos conducimos nosotros mismos. Todo lo que necesitamos es sinceridad, y un poco de coraje, y éstos se tornarán más fuertes a medida que sentimos sus beneficios.

Nuestro descubrimiento de los valores prácticos del Zen, se desarrolla de acuerdo a un plan de diez pasos.

La primera experiencia es una necesidad apremiante de comprender más de lo que ahora comprendemos.

El segundo paso es la experiencia que nos es posible lograr de un grado de comprensión necesaria para nuestra seguridad interna.

El tercer paso es el darse cuenta que la paz interior puede ser lograda solamente a través del correcto control de nuestros pensamientos y emociones.

El cuarto paso es darse cuenta que no puede mejorarse el carácter sin auto-disciplina.

Quinto paso: la vida mental, emocional y física puede ser traída bajo el control de un propósito “iluminado”.

Sexto paso: es darse cuenta que el control sobre los pensamientos y emociones puede obtenerse sin énfasis y tensión de cualquier clase.

Séptimo paso: es la experiencia de que el correcto control, hace posible la condición de completa paz interior, reduciendo gradualmente el poder de los factores externos que alteran la paz interior. Octavo paso: es la experiencia de que a través de la quietud es posible tornarse receptivo a toda la belleza y sabiduría del Universo.

Noveno paso: es la experiencia de que existimos eternamente en el espacio, y que la verdadera felicidad y paz del alma nos llega por la completa aceptación del Plan Universal y sus Leyes.

Décimo paso: es la experiencia de que la consciencia pura, más allá de la voluntad propia, y auto-propósito, nos conduce a la unión con esa realidad innombrable.


El Zen empieza a tener especial significado para nosotros, cuando nos damos cuenta que la naturaleza nos ha dotado de todo recurso necesario para una serena existencia. Podemos ser seres bien equilibrados. Todo lo que se necesita es una tranquila determinación, sostenida diligentemente.

Eso se describe como “recto pensar”, que conduce a la completa libertad mental. Cuando nos liberamos de la tiranía de nuestros propios pensamientos y emociones, descubrimos a la verdadera felicidad. Los viejos hoscos maestros del Zen tenían poca paciencia con los tontos.


Ellos demostraban que todos tenemos el derecho de elegir. Y cuando elegimos vivir incorrectamente, también elegimos sufrir. No hay necesidad de tenerse uno mismo lástima, y no hay lugar para apiadarse de uno mismo en las enseñanzas del Zen. El jardinero tonto está triste porque tiene yuyos en el jardín, que solamente demuestran su negligencia. El jardinero sagaz, mantiene su jardín libre de malezas, y no tiene porqué estar descontento.


Los yuyos no se van solos, ni las malas costumbres se corrigen solas.

El Zen es una doctrina de acción directa, la clave es el Ahora. Este es el momento en que podemos obrar. Pero Vd. me dirá “este momento ya pasó, aún así hablando, el Ahora, se pasa al pasado”. Sin embargo, el Ahora nunca puede ser el pasado. El tiempo pasa pero el Ahora se queda siempre con nosotros.


El hombre es un ser que solamente puede vivir Ahora, todo lo demás es una invención psicológica. Lo que llamamos el pasado, es sencillamente el recuerdo que el hombre tiene del pasado Ahora. Lo que llamamos el Futuro, es la esperanza que tiene el hombre del futuro en este momento Ahora. Somos no-contemporáneos, solamente porque nos atamos a algo fuera de nosotros: El tiempo. Y el tiempo se torna el tirano más grande en nuestras vidas. Algunos dirán que necesitamos la instrucción moral del pasado, y el incentivo de la esperanza en el futuro para impelernos a adelantar en la vida.


El Zen no descarta del todo el pasado y el futuro, pero insiste en que la sola razón por la cual nos apoyamos tan pesadamente sobre ellos, es porque el presente es un vacío. Haz el presente dinámicamente correcto, y aquello que fue bueno en el pasado perdurará y lo demás cesará. Haz correctamente el presente y aquello que es necesario para el futuro vendrá.

¿Pero cómo puede el individuo liberarse del ayer y del mañana, para que pueda vivir Ahora? El Zen contesta esto con el concepto de la dinámica aceptación.

Generalmente pensamos en la aceptación como un resignarse a lo inevitable, significando que debemos aguantar nuestras cargas con triste dignidad; pero en la dinámica aceptación del Zen, hay un fuerte elemento de actividad. La palabra dinámica implica una cierta ansia, como de una criatura explorando el mundo del saber; es aceptar que todo el programa es positivo. Pues es un movimiento hacia el mejoramiento de uno mismo.


La aceptación dinámica, interpretada por el Zen, es una aventura en aceptación. Es el descubrimiento de no sólo lo que necesitamos saber, sino de lo que queremos saber. Nos provee con más sabiduría y comprensión, dándonos el poder de vivir vidas más ordenadas y placenteras.

Hay también un Zen de la correcta observación, y éste revela lo que debe ser aceptado, fortalece la resolución y la comprensión. Aprendemos a su debido tiempo, que el medio de la Ley Universal siempre es el mejor camino. Comprender esta noble ley, es ser sabio, y obedecer esta ley es ser virtuoso. A través de la serena práctica de la correcta observación, nos tornamos más atentos a los acontecimientos diarios, descubriendo la verdad, no en lo extraordinario, sino en lo corriente.


La aceptación del Zen nos permite actuar con sencillez, desenredarnos de complicaciones.

Cuando aceptamos los cambios de la vida, como nos son revelados por nuestros sentidos de percepción, logramos una nueva relación con la vida. Todos los procesos naturales van hacia el cumplimiento de sus propósitos con magnífica certitud.


La naturaleza en su asombrosa obra sostiene una infinidad de actividades diversas, pero jamás en verdad es complicada. La complicación yace en nosotros; y resolvemos esta complicación, por la sencilla y bondadosa voluntad de ser, y con amor aceptar las realidades obvias, que están dentro de nuestra comprensión. Hay un poder misterioso que resuelve, que se allega a nosotros cuando aceptamos lo correcto del propósito divino. No es fácil, sin embargo, hacer esta aceptación con sentido, sino hemos logrado un estado de quietud interior. Y esta paz interna, es algo que parece ser especialmente difícil de encontrar en nuestra manera de vivir.

 

“Calligraphy on Red Daruma”. De TOREI ENJI (1721-1792)

Derechos Imagen Belinda Sweet ©

Estamos constantemente rodeados por el ruido de tránsito o industria. Confundidos por las demandas de amigos y adversarios, y cargados con obligaciones y responsabilidades. En el medio de este torbellino cada uno de nosotros deberá hallar su camino, hacia una quietud de espíritu. Primeramente hemos de recordar que no es necesario hacernos de esta confusión, porque existe alrededor nuestro.

Podemos movernos a través de ella y más allá de ella, hacia valores que siempre perduran. El discípulo del Zen logra esto con una sencilla declaración que merece nuestra más ponderada consideración. Enfrentando la turbación mundana, él dice, “Esto no soy yo, y porque no es yo, no puede molestar mi conciencia a no ser que yo lo permita”.


A través de la aceptación, poco a poco nos vamos dando cuenta de las lecciones de la vida, y más que nada, qué es lo que significan estas lecciones para nosotros. Nos vamos dando cuenta de las realidades de estas leyes, y principios, operando eternamente en el mundo que nos rodea y en el mundo dentro de nosotros. A través de estos descubrimientos, llegamos a tener una base sólida de fe. Aprendemos a amar leyes que antes teníamos. Sentimos el Universo como hermoso y legítimo, y hallamos esa seguridad que llega a aquéllos que hallan refugio en la Ley.

La práctica del Zen por consiguiente, nos ayuda a vivir en la ley, y finalmente en perfecta fe, permitir que la ley nos mueva a nosotros, de acuerdo a su voluntad.


Para comprender las leyes que gobiernan la vida, debemos aceptar el concepto Zen del movimiento Universal. El movimiento se revela siempre a través del cambio y como el movimiento es eterno, el cambio es inevitable. El hombre es un ser que eternamente cambia en un mundo que cambia eternamente; sin embargo con su mente él teme y rechaza el cambio.

La comprensión Zen, nos ayuda a enfrentar los cambios de la vida con gracia y esclarecimiento. En nuestro diario vivir este concepto de movimiento nos da una nueva perspectiva de la vida, y aunque no signifique un cambio obvio en lo que hacemos, sí significa un cambio en la actitud detrás de lo que hacemos.


Si creemos en un Universo cambiable y si creemos que es perfectamente correcto que las cosas cambien, nos liberamos del desesperado esfuerzo de prevenir experiencias que no pueden ser impedidas. Una manera de comprender el movimiento en lo que se aplica a nuestras cosas, es de acordarse de la manera en que vivíamos hace 20 ó 30 años atrás, la casa en que vivíamos, las personas que conocíamos y las normas que formaban nuestras amistades y familiares. Así visualizando aquellos días, vemos muchas caras en nuestra mente, que ya no están con nosotros en este mundo. Situaciones que se han deshecho y desaparecido.

Viejas casas que han sido volteadas para dar lugar a auto-pistas, jardines tranquilos donde ahora yacen grandes edificios.

Día tras día, el irresistible movimiento de la vida ha llevado a cabo estos cambios. El Zen indica que en esta esfera mundana lo nuevo tiene que llegar, y lo viejo tiene que irse, pues no hay nada incambiable, sino cambio en sí.


Así como el monje Zen se acuerda de caras que ya no ve, se da cuenta que un día su cara estará entre las que ya no se ven. No se entristece por este pensamiento, pero lo acepta con perfecta fe, como correcto, necesario y bueno. Este constante aparecer y desaparecer de las cosas, no es un espectáculo sin fin de tristezas y pérdidas, pero es evidencia continua del perfecto cumplimiento de la Ley Universal.

En un mundo de eterno movimiento, el hombre no puede quedarse parado, en una tierra con todas sus criaturas, que se mueve a través del tiempo y espacio, de un comienzo desconocido hacia un fin desconocido. Está en un estado de siempre lograr aquello que aún no ha llegado a ser, y siempre dejando atrás aquello que ya logró.

El hombre crece porque el ser dentro de él crece y este Ser se torna un poquito más sabio cada día.

Estaría en una triste condición, si el ritmo de la vida no le impulsara a moverse en el camino que lleva más allá de las estrellas.


Las filosofías Occidentales, han considerado por lo general, al ego o ser, como una consciente y permanente entidad a la cual ocurren todas las experiencias. De esa manera, el mundo alrededor del hombre cambia siempre, pero el ser interior está siempre igual.


Tal concepto lleva naturalmente, a una actitud agresiva —hacia la vida. El énfasis es sobre el logro individual, aún a expensas del bien común. Siendo capitán de su destino, cada hombre con toda artimaña a su disposición, trata de timonear su pequeño barco hacia un puerto albergado a través del revoltoso mar de la vida. En la mayoría de los casos, sin embargo, el viaje termina en una confusión psicológica, que se puede asemejar a un mareo cósmico. Hay algo de triste en esta idea de un solitario superhombre, en desesperado esfuerzo por adelantar sus propósitos: en un Universo que ni puede conquistar ni comprender.


El Zen no acepta el concepto de un ego fijo e incambiable. Lo que llamamos el ser es la suma de nuestras propias experiencias que constantemente se van desarrollando. No somos los mismos de hace 10 años, o aun de ayer. Porque somos parte de una fuerza viva en movimiento, el movimiento de conciencia no tiene límites fijos, siempre estamos libres para ajustarnos a situaciones nuevas.

Logramos paz mental, reduciendo las demandas del ego, y relajándonos y alejándonos de la presión de esos propósitos que nos predisponen al dolor y problemas.

En vez de pensar del ser, como dividido de todos los otros seres, es ser más sagaz reajustar nuestro pensar y buscar medios de unirnos y ser uno con el eterno movimiento de toda vida, a través del tiempo y espacio.


Hay una tendencia de asumir que todo cambio lleva a la muerte, y que más allá de la muerte, hay sólo incertidumbre. En el pensar Zen, sin embargo, la muerte no es el fin. Sino el librarse de la restricción contra el cambio; es la libertad, la restauración del movimiento.

El ser, que una vez más se libera de la barrera temporaria del “situarse” que retorna al estado infinito del espacio que es su hogar natural.

Si por consiguiente, aceptamos este concepto Zen, lograremos sobreponemos a uno de los grandes obstáculos para la paz mental. Nos daremos cuenta que el cambio es el portal de la oportunidad infinita, el liberarse de viejas limitaciones, que nos traen nuevas amistades y nueva experiencias.


El Zen nos enseña también, que la naturaleza mental no es el fiel sirviente de alguna entidad inmortal que yace encerrada dentro de nosotros, la mente humana es una bendición mezclada, resiste el cambio, cae en caprichos, recuerda viejos rencores, y nos ata a las opiniones erradas del pasado.

Cada persona tiene una mente, hay igual número de proyectos privados en el mundo. Y cuando todos tratan desesperadamente de imponer sus deseos sobre los demás, el resultado es frustración y descontento.


En Zen, la tolerancia no es la mezquina admisión que los otros puedan tener razón, sino una clara realización, que nosotros podemos estar equivocados. El místico Oriental se da cuenta con plenitud que el único reformador que es popular, es el que se está mejorando a sí mismo.

Podemos eludirnos de las consecuencias negativas de la voluntad propia, interés propio, y autoconmiseración, únicamente si nuestro instrumento mental está correctamente disciplinado.

Lleva una porción de coraje lograr separarse de la tiranía del centralizarse alrededor del ser, pero la victoria vale la pena lo que cuesta.


De manera que la mente funcione correctamente, debe ser traída bajo la disciplina del propósito Universal. Los sabios antiguos nos han dado la fórmula: Si el cuerpo no es controlado, las emociones no pueden ser reguladas. Si las emociones no son reguladas, la mente no puede ser gobernada, y si la mente no puede ser gobernada, no puede haber liberación del sufrimiento.

Así, debemos cambiar constantemente hacia lo mejor, si deseamos vivir en armonía con el propósito Universal. Que tenemos el poder de cambiar, es en verdad el secreto de nuestra salvación, y por este poder debemos estar siempre agradecidos.

 

VERSOS PARA VIVIR CON ATENCIÓN

 


Al despertarse

Despertándome con una sonrisa,

sé que tengo 24 horas nuevas para mí.

Prometo vivirlas con plenitud,

y ver a todos, con los ojos de la compasión.


Preparando las verduras

En estos vegetales frescos

veo un sol verde.

Todos los Dharmas se juntan

para hacer posible la vida.


Sirviendo la comida

En esta comida

veo claramente la presencia

de todo el universo

manteniendo mi existencia.


Las cinco contemplaciones

Esta comida es el regalo de todo el universo –

la Tierra, el cielo y mucho trabajo duro.

Que comamos con atención de manera

de ser dignos de recibirla.

Que transformemos nuestros estados mentales poco

hábiles y aprendamos a comer con moderación.

Que sólo tomemos alimentos que nos nutren

y previenen enfermedades.

Aceptamos esta comida para llevar a cabo

el camino del entendimiento y el amor.


Contemplando la comida

Este plato de comida,

tan aromático y apetitoso,

también contiene mucho sufrimiento.


Empezando a comer

Con el primer bocado, prometo ofrecer alegría.

Con el segundo, prometo ayudar a aliviar el sufrimiento de los demás.

Con el tercero, prometo ver el gozo ajeno, en el mío propio.

Con el cuarto, prometo aprender el camino de desapego y ecuanimidad.


Terminando mi comida

El plato está vacío.

Mi hambre satisfecha.

Prometo vivir,

por el beneficio de todos los seres.


Tomando té

Esta taza de té en mis dos manos

¡la atención se mantiene

en posición vertical!

Mi mente y cuerpo moran

en el aquí y el ahora.


Lavando los platos

Lavar los platos,

es como bañar un Buda bebé.

Lo profano es lo sacro.

La mente diaria es la mente del Buda.

 

(Enseñaza de Thich Nat Hanh)

 

Hace mucho tiempo, un código práctico, dando las reglas básicas para la conducta iluminada fue dado al mundo. A medida que avanzamos a través del camino de la disciplina., este código nos ayudará a comprender la dignidad serena de la vida Zen. Se ha escrito: la base de la seguridad personal, es la armonía.

Cuando los individuos cultivan la amistad entre ellos, la concordia resultante hace posible la inmediata solución de todos los problemas, y el rápido avance de todos, cuando los hombres trabajan unidos… ¡qué no puede lograrse!


Cuando el supremo objeto de la fe es noble, suficiente y aceptable, provee un refugio en el corazón contra toda corrupción. Reverencien, por consiguiente, esta justa ley, y así obrando, revelen la nobleza de sus propios caracteres y de sus convicciones. Que el significado de la conducta honorable sea considerada con profundidad, todas las cosas han de ser hechas en honor y por honor, o no perdurarán.


Si las personas observan buena fe unas con otras, ningún desastre debe ser temido. Es correcto constantemente tener presente, las virtudes y habilidades de los demás. Estad siempre alerta, por consiguiente, que no se desperdicie ni la habilidad ni la sabiduría, porque Vd. no lo ha observado en otra persona. Estén contentos cuando es su privilegio recompensar a otro, porque lo merece.


Todos los hombres deberán vivir y pensar moderadamente, para que no sean inspirados a avanzar sus propiedades explotando los privilegios o tratando incorrectamente a otros. Tratad con imparcialidad y con rectitud de corazón a los que les rodean, y no se dejen influenciar por los bienes y los honores mundanos de sus asociados. Si ocurre que envidiamos a otros, ellos a su vez serán estimulados a envidiarnos a nosotros. Los resultados malos de estas envidias son sin límite.


Busquemos diligentemente aquellos de más inteligencia que la nuestra, pues ellos son los protectores del bien común. Tened cuidado por consiguiente, de apreciar a aquellos que lo merecen.

Puede ocurrir que nos contengamos de ayudarnos mutuamente por motivos egoístas; esto conduce a muchas dificultades, y debilita los lazos de la amistad entre los hombres.


Cuando, hablamos, es bueno expresar, pero nunca con intento de impresionar; las palabras son mensajeros, no soldados. Cuando hablamos de lo que hicimos, hablamos de lo muerto. Cuando hablamos de lo que haremos, hablamos de lo que no nació aún. Revelemos el presente por la conducta, y no por palabras. Jamás hemos de demandar lo irrazonable, y siempre mostrar interés por la felicidad y seguridad de aquellos que nos rodean. Es una seria falta ser descuidados con el humilde.


Cómo podemos adjudicarnos el poder distinguir entre lo absolutamente correcto de lo absolutamente incorrecto; somos uno con el otro; el sabio y el tonto, como un anillo sin fin. Si, pues, otros dan lugar a su ira o resentimiento, hemos de temer más nuestras faltas y estar ansiosos de corregirlas, que cambiar la manera de ser de otros.

A primera vista, estas viejas normas, con su énfasis sobre las virtudes básicas de la correcta conducta, pueden parecer no especialmente profundas. Pero recordad que el Zen es un camino de acción inmediata, por vía de la cual la conducta lleva a la iluminación. No es un camino para el desilusionado, un escape para el neurótico o una fascinante aventura para el intelectual aburrido.


Es un camino recto que lleva a la solución de los problemas de la ignorancia humana y la infelicidad. El Zen comienza con el más sencillo y difícil de todos los códigos, el código del auto-control. Aunque la maestría del Zen es la labor de toda una vida, la experiencia del Zen es posible a cualquier individuo, que es capaz de lograr tranquilidad de corazón y mente.

Lo que es más necesario es una continua aceptación de la eterna belleza y sabiduría del mundo y dentro de nuestros corazones. Así como el carácter del Zen se fortalece dentro de nosotros, experimentamos una hermosa hermandad con todo lo que vive. En esa perfecta quietud que es la verdadera meditación, nuestra fe es renovada y sabemos con certidumbre de conciencia, el propósito de nuestra existencia y nuestro lugar en el Plan sin tiempo.

 

El espíritu del Zen confirma esta certidumbre de lo bueno, que ayuda a la vida a ser un amigable y pacífico recorrer de años. Liberando a la mente de la carga de pequeños pensamientos, hay más tiempo y energía para el logro de cosas que tienen más valor.

El corazón ya no se inquieta por el temor y el remordimiento, y puede gozar de la rica experiencia de la verdadera amistad y afecto. Es natural que el pájaro cante y que la flor florezca, y es igualmente correcto que nosotros brindemos felicidad a nosotros mismos y a otros.

 

Hay una antigua leyenda de un monje santo que solía caminar por el bosque y por donde pisaba, crecían violetas. Que algo de este misterio nos toque a cada uno.

Que nuestros caminos a través de los años estén marcados con la belleza del alma, que no sólo es muestra de nuestro logro, sino guía de los pasos de los que vienen detrás.

Vivir en concordia con nuestro vecino, compartir la benévola sabiduría del cielo y de la tierra, estar impulsado a servir lo bueno y enfrentar todos los cambios con serenidad y esperanza; vivir así, cada día, es morar en el Espíritu del Zen.

 

 

 

 


Continuará

 

 

 

 


Las lámparas perennes

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Referencia: “Las Enseñanzas Secretas de todas las Edades”
Del capítulo: “Maravillas de la Antigüedad”


Era una práctica común entre los primeros egipcios, griegos, y romanos sellar los sepulcros de sus muertos con lámparas encendidas como las ofrenda al Dios de la Muerte. Posiblemente también se creía que el difunto podría usar estas luces encontrando su camino a través del Valle de la Sombra. Luego, cuando la costumbre se estableció, no sólo se enterraron con el muerto las lámparas reales sino también miniaturas de ellas en terracota.

Algunas de las lámparas eran colocadas en vasos redondos para protección; y hay casos en que el aceite original que se encontró en ellas estaba en un perfecto estado de preservación, después de más de 2,000 años. Hay muchas pruebas que estas lámparas, que estaban ardiendo cuando los sepulcros fueron sellados, todavía estaban encendidas cuando las bóvedas se abrieron centenares de años después. La posibilidad de preparar un combustible perenne fue fuente de controversia considerable entre los autores del período medieval.

Debemos considerar, pues, la posibilidad de que los antiguos sacerdotes-químicos fabricaran lámparas que ardieran, si no indefinidamente, por lo menos largos períodos de tiempo.

Numerosas autoridades han escrito sobre el asunto de lámparas perennes. W. Gin Westcott estima el número de escritores que han hablado sobre esto en más de 150, y H. P. Blavatsky en 173.

Mientras las conclusiones alcanzadas por los autores varían, la mayoría admite la existencia de estas lámparas fenomenales. Sólo algunos mantuvieron la afirmación que las lámparas quemarían para siempre, pero muchos estaban deseosos de creer que ellas podrían permanecer encendidas durante varios siglos sin recambio de combustible.

Algunos consideraron a las luces perpetuas como artificios de astutos sacerdotes paganos, mientras que otros, admitiendo que las lámparas realmente existían, agregaban la afirmación que era el Diablo quien estaba usando este milagro para atrapar al crédulo, llevando su alma a la perdición.

En este asunto el sabio jesuita Athanasius Kircher, normalmente fidedigno, exhibe argumentos de una inconsistencia llamativa. En su OEdipus Ægyptiacus él escribe:

“Estas lámparas las de la luz perenne, son verdaderamente dispositivos diabólicos, (…) y afirmo que todas las lámparas que se encontraron en las tumbas de los gentiles dedicadas al culto de ciertos dioses, era de este tipo, no por su ardor, o supuesto ardor de llamas perennes, sino porque probablemente el diablo las puso allí, pensando malévolamente en obtener la creencia en un culto falso”.

Habiendo admitido que autoridades fidedignas defienden la existencia de las lámparas de luz perenne, y que incluso el Diablo se presta a su fabricación, Kircher mismo declaró que la teoría entera era imposible, identificándola con el movimiento perpetuo y la Piedra Filosofal.

Ya habiendo resuelto una vez el problema a su satisfacción, Kircher lo resuelve de nuevo–pero de forma distinta en las siguientes palabras: “En Egipto hay ricos depósitos de asfalto y petróleo. ¡Lo que hicieron estos hermanos diestros [los sacerdotes] fue conectar a un depósito de aceite por un conducto secreto una o más lámparas, con mechas de asbesto! ¿Cómo sino las tales lámparas podrían arder perpetuamente?” (…) “En mi opinión ésta es la solución del enigma de las lámparas perennes y sobrenaturales de la antigüedad”.

Montfaucon, en sus Antiquities, está de acuerdo en lo principal con las posteriores deducciones de Kircher, pensando que las lámparas perpetuas legendarias de los templos eran ingeniosas invenciones mecánicas. Él agrega que la creencia en las lámparas perennes de las tumbas fue el resultado de que en algunos casos, al entrar en bóvedas recientemente abiertas un poco de polvo se asemeja a humo. Al descubrir luego las lámparas esparcidas en el suelo, se asumía que ellas eran la fuente de los humos.

Hay varias historias interesantes acerca de los descubrimientos de las lámparas perennes, en varias partes del mundo. En una tumba en la vía Appia que se abrió durante el papado de Pablo III, se encontró una lámpara ardiente que había permanecido encendida en una bóveda herméticamente sellada durante casi 1,600 años. Según un registro escrito por un contemporáneo, el cuerpo de una muchacha joven y bonita con largo cabello dorado se encontró flotando en un líquido transparente desconocido conservada también como si la muerte hubiera ocurrido pero unas horas antes!.

En el interior de la bóveda se hallaron varios objetos significativos, entre ellos varias lámparas, y una de ellas encendida. Aquéllos que entraron en el sepulcro, declararon que al abrir la puerta se apagó la luz y la lámpara, no pudo ser encendida nuevamente.

Kircher reproduce un epitafio, “el TULLIOLAE FILIAE MEAE”, supuestamente encontrado en la tumba, pero que Montfaucon declara que nunca existió. Generalmente se creía que el cuerpo de la chica era el de Tulliola, la hija de Cicerón.

Se han descubierto las lámparas perennes en todas las partes del mundo. No sólo en los países mediterráneos sino también en India, Tíbet, China, y Sudamérica se han hallado noticias de lámparas que ardieron continuamente sin combustible.

Los ejemplos que siguen están tomados al azar y seleccionados de la imponente lista de lámparas perpetuas encontradas en épocas diferentes.

Plutarco escribió de una lámpara que ardió encima de la puerta de un templo a Júpiter Ammon; los sacerdotes declararon que había permanecido encendida durante siglos sin usar combustible.

San Agustín describió que una lámpara perpetua estaba en un templo a Venus en el sagrado Egipto y ni el viento ni el agua podrían extinguirla. Él creyó que era una obra del Diablo.

Una lámpara perenne se encontró en Edessa, o Antioquía, durante el reino del Emperador Justiniano. Estaba en un nicho encima de la verja de la ciudad, debidamente resguardada para protegerla de los elementos. La fecha inscripta en el nicho revelaba que la lámpara había estado encendida por más de 500 años. Fue destruida por los soldados.

Durante la temprana Edad media, una lámpara se encontró en Inglaterra que había estado ardiendo desde el tercer siglo después de Cristo. Se creía que el monumento que lo contenía era la tumba del padre de Constantino el Grande.

La antorcha de Pallas fue descubierta cerca de Roma en D.C. 1401. Se encontró en el sepulcro de Pallas, hijo de Evander, inmortalizado por Virgilio en su Eneida. La lámpara fue colocada a la cabecera del cuerpo y había ardido con una luz firme por más de 2,000 años.

En 1550 D.C. en la isla de Nesis, en la Bahía de Nápoles, una bóveda jaspeada magnífica fue abierta y allí se encontró una lámpara que seguía prendida y qué se había puesto allí antes de la Era cristiana.

Pausanias describió una hermosa lámpara áurea en el templo de Minerva que estuvo encendida firmemente durante un año sin repostar o tener la mecha arreglada. La ceremonia de llenar la lámpara tuvo lugar anualmente, lo cual era realizado en una ceremonia.

Según la Fama Fraternitatis, la cripta de Christian Rosencreutz, cuando se abrió 120 años después de que su muerte, fue encontrada brillantemente iluminada por una lámpara perpetúa suspendida del techo.
Numa Pompilius, el Rey de Roma y mago de poder considerable, creó una luz perpetua para arder en el domo de un templo que él había creado en el honor de un ser elemental.

En una tumba curiosa de Inglaterra se encontró un mecanismo automático que movía ciertas piedras en el suelo de la bóveda al ser pisadas por un intruso. En ese momento la controversia de los Rosacruces estaba en su punto más alto y se creía que la tumba era la de un iniciado Rosacruz. El lugareño que descubrió la tumba encontró el interior de la misma iluminado por una lámpara que colgaba del techo. Al caminar, su peso movió algunas de las piedras del suelo. Enseguida una figura sentada en una armadura pesada empezó a moverse. Mecánicamente golpeó la lámpara con un bastón férrico, destruyéndola completamente, y evitando así el descubrimiento de la sustancia secreta que mantuvo la llama encendido. No se sabe cuánto tiempo la lámpara había ardido, pero ciertamente había sido un considerable número de años.

También se afirma que estas lámparas han sido halladas en tumbas cerca de Memphis y en templos brahmánicos de la India, junto a cámaras selladas y vasos, pero la exposición súbita al aire las ha extinguido y causado que su combustible se evaporase.

Se cree ahora que las mechas de estas lámparas perpetuas eran hechas de trenzas tejidas de asbesto, llamado “piel de salamandra” por los alquimistas, y que el combustible era uno de los frutos de la investigación alquímica. Kircher intentó extraer aceite del asbesto, convenciéndose que como la propia sustancia era indestructible por el fuego, un aceite extraído de ella proporcionaría una lámpara con un combustible indestructible.
Después de pasarse dos años trabajando infructuosamente, él concluyó que la tarea era imposible de lograr.

Varias formulas para la fabricación del combustible para las lámparas han sido en preservadas. En Isis sin Velo, H. P. Blavatsky reimprime dos de estas fórmulas, de los antiguos autores Tritenheim y Bartolomeo Korndorf. Una de ellas bastará para comprender el proceso:

“Se toman cuatro onzas de sulfuro y alumbre y se subliman en flores hasta dos onzas. Añádase una onza de polvo de borax cristalino de Venecia y sobre estos ingredientes se vierte espíritu de vino muy rectificado, para que se dirigieran en él. Se evapora después en frío y se repite la operación hasta que puesto el sulfuro sobre un plato de bronce se ablande como cera sin despedir humo. Así se obtendrá el pábulo. En cuanto al pabilo se prepara como sigue: Tómense hebras de amianto del grueso del dedo del corazón y largo del meñique y pónganse en un vaso de Venecia recubriéndolas con el pábulo.

Déjese el vaso durante 24 horas dentro de arena lo bastante caliente para que el pábulo hierva todo este tiempo, y una vez embadurnado así el pabilo se le pone en un vaso de forma de concha, de manera que el extremo de las hebras sobresalga de la masa del pábulo. Colóquese entonces el vaso sobre arena caliente para que, derretido el pábulo, se impregne el pabilo y una vez encendido éste arderá con llama perpetua que se podrá llevar a cualquier sitio.


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