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Sensei, maestro (III)

“El que conoce a los demás es inteligente.

El que se conoce a sí mismo es iluminado.

El que vence a los demás es fuerte.

El que se vence a sí mismo es la fuerza.”

Lao Tsé


s necesario haber viajado y practicado en numeroso dojos de Occidente para darse por convencido de que la concepción del maestro es frecuentemente errónea. Este uso abusivo de la palabra Maestro proviene ciertamente del concepto de gurú hindú. Tradicionalmente el gurú es aquel que ha llegado al dominio de su arte (frecuentemente algún yoga) y que, voluntariamente, toma uno o más discípulos ya avanzados en el sendero para conducirlos hacia la meta final: Maestro, sin embargo, no es un titulo que puede ser conferido a alguien.

No es tampoco una función atribuida por cualquier organización religiosa o semioculta. Es un estado de perfección y es apropiado al respecto citar a Rober J. Godet:

“El sensei es el metro de sus discípulos. Por el miden su propio universo. El es la medida común, y es por ello que no puede ser mensurado. Tened por regla no medir al verdadero maestro. Se mide la cantidad, se estima la cualidad, pero qué más podemos hacer sino adorar al Ser.” (1)

Todo esto es verdad, ya que el maestro no lo es más que en el ejercicio de sus poderes interiores y espirituales. Así podemos decir que el maestro no tiene nada que ver con nuestro espacio-tiempo de tres dimensiones, y he aquí por que es una vanidad intentar calificar al Sensei por el color de su cinturón o por el número de sus danes. El maestro evoluciona en una dimensión que trasciende la apariencia y la forma y, si el es maestro de nuestro mundo físico, su acción causal no abandona jamás los niveles elevados de armonía universal.


El fenómeno del falso profeta (o del falso maestro) no es un problema de hoy, pero toma en nuestros días, y sobre todo en Occidente, una amplitud que si bien no puede ser condenada, debe, por lo menos, ser denunciada. Este fenómeno, por otra parte, prueba la necesidad de una dirección espiritual entre los estudiantes que aspiran a elevarse en el dominio personal. Es también una comprobación más del fracaso de los sistemas de educación, incluidos los religiosos, que no responden a la intensa demanda que hay hoy en día de un reconocimiento de la verdad inmanente en cada uno de nosotros, que el maestro ha realizado y se supone puede transmitir a sus discípulos.


En nuestra civilización materialista es fácil imitar al maestro tal como el loro puede hablar de sabiduría, sin comprender su sentido. Esta búsqueda del maestro es igualmente la toma de conciencia de nuestra propia debilidad con relación a aquello que buscamos, más o menos conscientemente, adquirir. En una palabra, todas estas condiciones han permitido a algunos seres sin escrúpulos, poseedores de algunos conocimientos intelectuales y, sobre todo de mucha imaginación, asegurarse un buen tren de vida y una gran reputación.

Dinero, gloria, honores, he aquí lo que caracteriza a los seudo-maestros.

No hay más que abrir los ojos y observar cómo se comportan estos maestros de Zen o de Budō, de Yoga o de meditación, para comprender su verdadera identidad y sus motivos vergonzosos, hábilmente disfrazados. Por otra parte, y para alivio de algunos instructores japoneses, la culpa de esta idolatría proviene generalmente de los propios alumnos. Solicitados por alguna federación, algunos se transforman rápidamente en expertos y en maestros, adjudicándose danes por doquier.

Por si esto fuera poco, adulados como dioses, los pobres no mantienen por mucho tiempo sus equilibrios mentales y decaen con facilidad bajo el yugo de la gloria y del dinero en detrimento de la vía de la pureza, difícil y penosa, que exige el dominio de las tendencias instintivas y egocéntricas.


Uno siente tristeza al imaginar lo que pensaría el Maestro Ueshiba, quien humildemente se vestía de una simple hakama negra y un cinturón del mismo color, él que había llegado a la pureza del blanco absoluto. ¡Si viese a los karatekas y judokas de nuestros días ceñirse un cinturón blanco y rojo! (2)

Cuántos son los maestros japoneses sorprendidos y entristecidos de escuchar a algunos europeos decir que sus danes han sido ganados en campeonatos, así como de verlos ponerse al mismo nivel que los viejos maestros, para los cuales la adquisición de danes era un asunto de poca importancia. Es tiempo ya de que se informe a los debutantes y no debutantes, y de que aprendan a no ver en cada profesor a un maestro, ya que ellos son tan culpables como el pretendido Sensei.

Intentaremos, pues, según la vía tradicional del Budō, demostrar el enorme abismo que separa el estado de alumno al de maestro.

Existen cinco estados antes de alcanzar la perfección en la vía del Budō, perfección que esta más allá de estos cinco estados. Daremos una breve explicación de este último estado que es, de alguna manera, el resultado de de todos los senderos. La ilustración permitirá al lector visualizar mejor los diferentes estados de progresión.

Notemos también que en la tradición secreta (Hi-Den) se hace mención, para definir las diferentes etapas de evolución espiritual, el simbolismo del stupa (gorín) japonés, constituido por cinco elementos y por cinco figuras geométricas cada una de ellas constituyendo un medio de identificación entre la forma y su esencia o entre el hombre y la divinidad universal. Este sistema está aún vigente en nuestros días para instruir a aquellos que se preparan para enseñar.

El Estudiante

asta el primer dan, aquel que se entrena en un dojo no es mas que un simple estudiante, un alumno aun poco integrado a la vida del grupo del dojo. Es durante este período que se elimina la mayor parte de los alumnos para los cuales el Budō no es la vía a seguir. Estos alumnos son probados y su carácter fortalecido. Es sobre ellos que recae la tarea de limpiar el tatami y el dojo.

Durante el noviciado, su moralidad es sometida a numerosas pruebas. El instructor o sensei requiere de sus discípulos la igualdad de humor, el silencio, el coraje, la perseverancia, la amabilidad, la paciencia. Es una etapa de prueba durante la cual el cuerpo es domado y después moldeado. Se aprende a caminar, a equilibrarse, a respirar, hasta llegar a obtener una salud fuerte y dinámica.

Hasta aquí, sólo las bases del arte escogido son enseñadas a través de la diversidad de las técnicas (waza). Como para todo debutante, la percepción (llamada sen) es lenta y basada únicamente sobre lka percepción objetiva de los cinco sentidos, las defensas son realizadas con la fuerza muscular (chikara) y no tiene ninguna coordinación aún (iki-Ai).


Discípulo

Al segundo dan, el discípulo ya no es un novicio, puesto que voluntariamente ha aceptado las reglas de disciplina y la enseñanza, algunas veces será del sensei. Aquello que éste ordena será cumplido por su discípulo sin que una palabra de replica salga de sus labios. Tal es la ley del Budō, ya que una confianza absoluta debe establecerse entre el sensei y su discípulo.

El discípulo es elevado del estado bruto de la tierra hacia el elemento de la emoción, donde insistirá el sensei a fin de que sea firme ante el miedo, la agresividad, la critica, la timidez y, en definitiva, ante los sentimientos perturbadores que asaltan al practicante durante los combates libres (ju-kumite y ju-randorí).

Cuando ha llegado a purificar (o controlar) sus diferentes reacciones emocionales, el discípulo recibe una atención particular por parte del sensei. Su sentido del combate se agudiza y sus defensas, esquivas, tajos, proyecciones, etcétera, son proporcionales a los ataques. Por otra parte, es capaz de hacerse uno con el adversario partiendo al mismo tiempo que él. En este grado y para desarrollar su poder dinámico (Kime) y su intuición, la práctica de la meditación (zazen) llega a ser indispensable.


Discípulo Aceptado

Al tercer dan, el discípulo es reconocido y cualificado para que un día pueda llegar a ser instructor. Al llegar a este grado se convierte en discípulo aceptado por el sensei y le son confiadas instrucciones personales. Algunas veces trabaja con el sensei para demostrar a los otros alumnos ciertos principios técnicos. Puede también supervisar el entrenamiento de los estudiantes menos avanzados. Se beneficia de ciertos privilegios debidos exclusivamente a su supervivencia y a sus cualidades morales.

En las enseñanzas del antiguo Budō está escrito que el tercer dan no es adquirido sino a través de diez largos años de dura labor. Antiguamente, un discípulo debía tener dominio perfecto de su mente (el elemento fuego) durante la acción.


Renshi

Este título comprende tres grados: cuarto, quinto y sexto dan. Renshi (literalmente, instructor) es una etapa capital, puesto que a partir de este momento el prácticamente está autorizado a tener su propio dojo. Antes de haber adquirido el grado de Renshi en una disciplina, un profesor es incompetente y peligroso. Es también a partir de este grado cuando una enseñanza le es conferida por el sensei, concerniente a los puntos vitales y la estructura nerviosa del cuerpo humano.


Renshi 4° Dan

El grado de Renshi hace de un buen practicante un experto. Es aquí donde desgraciadamente (frecuentemente ocurre en occidente), por interés o por orgullo, muchos se hacen pasar por maestros, sea por que hayan adquirido algunos títulos en campeonatos, sea porque enseñan en regiones poco informadas sobre el verdadero Budō. Algunos Renshi se inclinan hacia la enseñanza y otros hacia la competencia. Sin embargo, tanto los unos como los otros deben entrenarse sobre otros niveles de conciencia y desarrollar en ellos Kokoro, un estado de espíritu cercano a la vacuidad, donde toda acción es percibida en la unidad de la esencia universal.

Es a partir de este grado y únicamente si son dignos que les pueden ser desvelados en profundidad ciertos ritos y técnicas espirituales (himitsu) en vistas a una integración mas profunda entre el alma y la personalidad. Sin este esfuerzo de integración la personalidad puede degenerar por el deseo de poder, lo que ha ocurrido con numerosos expertos que han llegado a Europa.


Renshi 5° Dan

Tal experto posee (o debería poseer) el dominio de su personalidad constituida por un cuerpo físico, por un cuerpo emocional y por un cuerpo mental. Cuando esta triplicidad es purificada y alienada, una fusión puede ser realizada con los planos de conciencia espirituales, a fin de acceder a este estado que los japoneses llaman Iro-kokoro.

Alcanzando este objetivo, el Renshi percibe el fin verdadero de su vida y el plan subyacente en la vida universal. Su voluntad propia es entonces reemplazada por la voluntad divina. Esta entrada en la corriente ascensional le permite experimentar ciertas experiencias espirituales como aquellas realizadas por el maestro Morihei Ueshiba, que le revelaron la vía del Aiki-do.


Renshi 6° Dan

Hay muy poco que decir sobre este grado, sino que éste mejora sin cesar el dominio del arte por el dominio de si mismo, y muy numeroso son aquellos que en Europa deberían sentir vergüenza de semejante impostura.



Kyoshi

Este título es concedido a los séptimos y octavos danes. No es ni técnico ni honorífico, sino que corresponde a un grado de perfección interior. Raros son aquellos que alcanzan estos grados y solamente un autentico Maestro puede discernirlos, es decir, un Maestro con visión interior que ha sobrepasado el mundo de las apariencias y ha pasado por todas las etapas anteriores.

En el estado de kyoshi no existe ningún espíritu de venganza, de lucha, de codicia, de crítica, de agresividad, de mentira, de pereza ni de debilidad. El buen grano, por innumerables sufrimientos y duros esfuerzos, es separado de la cizaña. Tal personaje no es utopista, idealista o extremista, al contrario, es profundamente realista, percibe los conflictos humanos y ha decidido remediarlos. Aunque aún está muy lejos de ser un sabio, el Kyoshi ha cavado un abismo entre él y el mortal común. Tales seres existen y aportan amor, conocimiento y luz a la humanidad.

Un plano de experiencia interior. Es por lo que un kyoshi no hablara jamás sobre él mismo y no hará jamás ostentación de su maestría o de sus títulos, si los tiene, ya que numerosos son los que llegados a este grado, han desdeñado los danes, demostrando así su verdadera identidad espiritual.


Shihan

Shihan es un título honorífico dado a los Maestros por sus alumnos en señal de respeto, ya que jamás un verdadero Maestro se atrevería a tal honor. El shihan no puede ser etiquetado. Algunas veces silencioso, otras ruidoso, dulce hoy, duro mañana, se adapta con justicia a todas las circunstancias y trata en perfecta armonía con toda manifestación viviente.

El shihan puede ser comparado al gurú hindú, al cual los discípulos han confiado sus vidas sin condición. El shihan, siendo un hombre divino, se acerca al estado puro de la divinidad. Su conocimiento no es intelectual, sino que radia de su yo espiritual superior.

El shihan domina la vida temporal por lo espiritual, así es dado a estos seres conocer los pensamientos de otros, curar por imposición o por oración y dominar todo obstáculo destructor. Veamos algunos nombres de los shihan más conocidos entre los practicantes del Budō:


Maestro Mirihei Ueshiba, fundador del Aikido

Maestro Muso Gon No Suke Katsuyoshi (Jo-jutsu).

Maestro Jigoro Kano, fundador del Judo.

Maestro Gichin Funakoshi y Sigueru Egami (Karate do)

Maestro Takano (Kendo).

Maestros Sonobe y su esposa (Naginata).

Maestros Awakanzo, Matsui y Anzawa (Kyudo).


Cuando el discípulo está preparado, el Maestro llega. Esta frase es frecuentemente mal interpretada, su verdadero significado es el siguiente: cuando el estudiante se ha disciplinado, se convierte en discípulo, quedando entonces en su libre juicio el quedarse independiente o buscar un instructor. Si lo encuentra, este instructor tendrá por finalidad preparar al discípulo para que encuentre al Maestro Interior (el Alma o el Yo real). Cuando este Yo se convierte en una realidad, ilumina la personalidad, confiriéndole voluntad, amor e inteligencia. Es entonces cuando el instructor (o la escuela) es abandonada y el verdadero Maestro aparece.

El Maestro al cual nos estamos refiriendo no es ya humano sino divino. Es aquel que la tradición Oriental llama un Maestro de sabiduría o Boddhisatva. Tales seres nos son bien conocidos a lo largo de la Historia: Confucio, Shankharacharya, Apolonio de Tiana, Platón, Pitágoras, Nagarjuna, Kukai, Budha, Krishna, Jesús…

He aquí la definición del estado de sabiduría o de adepto por un maestro tibetano, habiendo adquirido él mismo este estado.


“Un sabio ha realizado una tal expansión de conciencia que incluye el reino espiritual. Ha trazado su vía a través de los cuatro reinos inferiores, el mineral, el vegetal, el animal y el humano. Por la meditación y el servicio ha desarrollado su centro de conciencia hasta incluir el plano del Espíritu.

El sabio ha transmutado el mental inferior en pura inteligencia y sin mezclar el deseo, en intuición, irradiando su conciencia con la luz del Puro Espíritu.

La disciplina de la meditación es la sola vía en la cual esto puede ser cumplido. Un Maestro de Sabiduría es aquel que, por el conocimiento adquirido por medio de sus cinco sentidos, ha aprendido la existencia de la síntesis y ha fusionado estos cinco sentidos en las dos vías sintéticas (divinas) que marcan la meta en el sistema solar.

Por la meditación el sentido geométrico de proporción es ajustado, el sentido de los valores es claramente percibido y por este ajustamiento y este reconocimiento, la ilusión es disipada y la realidad conocida.

La meditación llama la atención de la conciencia sobre el valor y el verdadero empleo de la forma. Por este medio la realidad es contactada y los tres mundos ya no tienen poder alguno sobre él.”


Estas definiciones nos hacen sentir la complejidad de tal estado. Puedan darnos un poco más de sabiduría y asomar en nosotros el discernimiento de nuestro estado real. Que esta utilización inconsiderada del título de Maestro dé lugar a más humildad. Equivocar a los otros es equivocarse a sí mismo y éste no es el objetivo del Budō. Advierto por tanto a los candidatos al titulo de Maestro que la responsabilidad es bien pesada, siendo ya duro ser simplemente un hombre entre los demás hombres.


“No amar el magisterio ni la materia de los mortales, y aparentar ignorancia siendo iluminado, éste es el secreto de toda maravilla.”

Lao Tsé


“El Maestro sólo es maestro porque, olvidándose de si mismo, ha transmitido su saber a sus alumnos, y a través de ellos a todos los que vendrán más tarde. El discípulo sólo es discípulo porque se entrega totalmente a su maestro.”

Morihei Ueshiba


El Secreto de los Maestros

“Buddha’s Hand, Sukhotha.”Photographer: Oksana Perkins



esde que el hombre existe y desde que debe luchar para sobrevivir, el trabajo es el centro de todas sus preocupaciones. La inmensa tecnología contemporánea, con sus numerosas repercusiones cotidianas sobre nuestros más simples gestos, si bien aligera considerablemente nuestras tareas, tiende a hacernos olvidar fácilmente que en todos los tiempos, en buen o mal año, los medios de acrecentar sus fuerzas han sido siempre buscados por el hombre, y de alguna manera, lo ha conseguido.


En un medio fundamentalmente hostil, asegurar la regularidad de su subsistencia no difiere muy sensiblemente del sentido que puede aportar a su persona física. Y cuando pensamos en términos de supervivencia, la eficacia queda siempre como la palabra maestra.

Desde siempre los hombres se han dedicado a poner a punto las técnicas dedicadas a fortificarlos. De un punto a otro del globo, a pesar de las diferencias especificas de cada país, todos ellos se han dedicado a los estudios empíricos sobre las condiciones de la eficacia. Pero en Japón, así como en todo el extremo oriente, esta búsqueda ha sido llevada directamente al desarrollo de ciertas facultades mentales.

El Yoga es tan conocido en Occidente que sería inútil hablar de él, pero lo que generalmente ignoramos es que en Japón, el Budō no ha sido sino una de esas técnicas para desarrollar las facultades mentales y, esta ignorancia tiende generalmente del hecho de no hablar sino del aspecto físico de las artes marciales, juzgando su eficacia en términos de combate.

El Budō, en todo el sentido de la palabra, es una búsqueda de perfección, y la eficacia, tal como es generalmente concebida, no es sino una de sus consecuencias. Como el Yoga, por otra parte, el Budō prevé diferentes caminos que el discípulo escoge según su temperamento y, que de igual manera, le permite elevarse a las más altas esferas de perfección. Es seguro que en sus orígenes, las artes marciales han sido destinadas a fines estratégicos.


Pero esto sería olvidar completamente la parte esencial, eliminando la aportación de los grandes maestros que supieron darle un empuje inimitable y rico en posibilidades.

Si bien el término budō significa La vía del guerrero, Budō significa también literalmente la paz del Ser y alrededor del Ser, pero esto se ignora casi siempre. Cualquiera que sea el estilo o las opiniones personales de un profesor de artes marciales, cada uno de ellos pone la eficacia en primer término, aunque esta eficacia no sea siempre visible a los ojos del neófito.


En numerosos dojos, tanto en Europa como en Japón, se hace patente que una vez pasada la adquisición de las técnicas de base, los profesores repiten incansablemente esta frase: ¡Sentir, es preciso sentir el ataque! Esta consigna se convierte en un motivo de su existencia, y esto es justo: la percepción, ver la anticipación del ataque del adversario, es la mas grande cualidad de las artes marciales. Y si lo enuncio así puede sorprender, pero recordemos a los samurai, quienes tenían buenas razones para batirse y saber hacerlo. Seria difícil abusar de consideraciones pseudos-místicas, porque todos ellos ponían el acento siempre sobre la eficacia.


Por otro lado, la parte fundamental del entrenamiento iba dirigido generalmente hacia el desarrollo de las cualidades intuitivas. Pero ¿qué significa eficacia? ¿Ganar? Sí, pero no cualquier manera. Para la mayor parte de los practicantes, la eficacia reside en la rapidez de ejecución, y en otros casos, el estar atento al comportamiento de su adversario. Se le observa atentamente, pensando en todo lo eventual.

Esta disposición del espíritu corresponde al primer estado de desarrollo de las facultades mentales que exige el Budō. Se le llama gono-sen. Pero ella, en síntesis, no es más que el acto de unión de nuestros cinco sentidos y, por otra parte, el tiempo de reacción es siempre largo.

Examinemos las diferentes fases de esta actitud para sentir su lentitud: pensamos febrilmente el nombre de la técnica decontra más apropiada y nos disponemos después a hacerla. ¡Esto resulta, en efecto, una perdida de tiempo! Todos estos gestos vienen de la conciencia y es necesario entonces esperar que el cerebro ordene el comportamiento adecuado. Así, por poco que tengamos fatigados los nervios, veremos entonces desaparecer toda oportunidad de vencer.


En competición esto no tiene nada de dramático, pero si en la realidad. Si además el adversario es un combatiente rápido las posibilidades de esquivar son casi reducidas a cero, ya que se trata de esquivar y no de blocaje. El blocaje sirve a las personas que no saben irse antes del ataque y que no sienten nada. Es una solución de desesperados. Por otra parte, el blocaje es siempre doloroso, igualmente para el que lo ejecuta, y el espíritu mismo del Budō proscribe su empleo:

no se opone jamás de frente a una fuerza antagonista, sino que se le rodea.


En un segundo estado, que equivale a un progreso cierto en el combate libre (Ju-Kumité), el practicante no espera el ataque de su adversario para contraatacar. Desde que él lo siente partir, su defensa se mueve. Es éste el nivel esperado después de algunos años de entrenamiento asiduo. Este nivel es el de la mayor parte de los competidores de élite. El tiempo entre el ataque y la defensa se ve considerablemente reducido pero la verdadera eficacia va más allá del tiempo de reacción, ya que este tiempo debe ser suprimido porque en este estado, los cinco sentidos participan todavía en la defensa.


Lo que nosotros llamaríamos el tercer estado, equivale al grado de percepción de numerosos expertos, a los que se les suele llamar maestros, siendo estos últimos muy escasos. En este nivel se es capaz de anticipar al ataque del adversario, antes mismo de que se haya visto en él la mayor intención. Esta percepción hiperagudizada del combate procede de la telepatía. Es quizás el origen de la reputación del karate, según la cual éste sería un arte de ataque.

Los observadores que han dado esta versión han sido victimas de esos grandes expertos. Viendo a éstos golpear muy rápido y antes que su adversario, creían que eran ellos quienes tomaban la iniciativa en el ataque. La realidad es evidentemente otra, estos expertos no hacían otra cosa que defenderse.


Pero he aquí una pregunta que puede hacerse el lector: ¿Cómo pueden adivinar lo que ocurre en la cabeza de su adversario, sin recurrir a los cinco sentidos?.

Es éste evidentemente el todo de la cuestión, y es precisamente esta pregunta la que aparece cuando se habla de Budō. Pero, antes de continuar, es preciso tomar ciertas precauciones. Nuestros propósitos pueden ser fácilmente deformados, asimilados a elucubraciones ocultistas; para los partidarios de la eficacia física pura, si los descubrimientos científicos recientes no vinieran a confirmarlo definitivamente.

El hombre irradia alrededor de él, como toda cosa viviente, un campo electro-magnético. El cerebro produce ondas de frecuencias diferentes que corresponden algunas veces a representaciones de acciones.

Todo lo que se hace en el cuerpo, pasa por esta especie de codificación inconsciente. Nuestros cinco sentidos nos dan la percepción de las cosas físicas, cuyas frecuencias vibratorias son muy bajas. El oído humano no recibe los ultrasonidos, y la vista precisa de un sistema ocular complejo para registrar la luz y transmitirla al cerebro en forma de información. De la misma manera y teniendo en cuenta todas las consideraciones, las imágenes mentales del atacante son transmitidas al campo magnetico del adversario, que puede percibirlas entonces.

Es esta cualidad, aparentemente sobrehumana, la que hace de los maestros grandes combatientes. Ellos poseen, por alguna causa, un sexto sentido.

En estos combatientes, las cuestiones de rapidez en la ejecución son naturalmente trascendidas, carecen de importancia ya que el ataque es percibido antes mismo de que sea anunciado. Esto es lo que los grandes maestros enseñan en sus dojos bajo el nombre de arte de no obrar.

¿Cómo llegar a tal sensibilidad? Es una verdad muy simple. Hay que liberar el espíritu de todo pensamiento extraño a la situación, de todo afecto, y quedarse como la superficie de un lago (Mizu-No-Kokoro). La gran calma que registra el menor movimiento. Técnicamente hablando, esto seria un bloqueo voluntario de ondas mentales. La practica cotidiana de la meditación Zen conjugada con el control de la respiración, permite acceder a tal estado.


Un maestro me contó la historia siguiente: Dos jóvenes hermanos campesinos que habitaban una pequeña villa sitiada por numerosos bandidos, se encontraron con que casi toda la población había sido masacrada. Los bandidos tendieron una emboscada a los sobrevivientes. Uno de los hermanos se precipito en socorro de sus parientes. Después de un combate en el que dio muerte a más de un enemigo, sucumbió; la diferencia de fuerzas era demasiado desproporcionada.

El hermano menor, retenido más lejos por sus trabajos del campo, tuvo el presentimiento de que una gran desgracia acababa de ocurrir, y que el deber le dictaba ir a asistir a sus compañeros.Se dirigió hacia el pueblo, llegado a la gran puerta de la villa, se detuvo bruscamente. La intuición de un suceso funesto le había llegado al espíritu. Sin presentir la amenaza, él supo que no debía entrar en el pueblo y se echo a correr, ocultándose en una cueva. Sin saberlo, había evitado la emboscada de los bandidos.

Entonces, el maestro hizo la pregunta siguiente: “¿Cuál de los dos hermanos ha demostrado mayor eficacia?”



Autores del presente escrito:

Michel Coquet & Carmelo Ríos




Notas: (1)._Le Judo de ľ esprit, Robert Godet. (2)._Sexto Dan.


Temario:

  • I) Shugendo, la vía de los poderes.
  • II) El esoterismo en el Budō.
  • III) Sensei, maestro.
  • IV) Mudra, la magia del gesto.
  • V) El Maestro Kukai (Kobo Daishi).
  • VI) Shingon, la vía del ser completo.


Shugendo, La Vía de los Poderes (I)

A todos aquellos que a través del sendero espiritual del Budō buscan silenciosa y pacientemente la verdad.


Autores del presente escrito: Michel Coquet & Carmelo Ríos.

Temario:

* * *

“Arduo hallaras caminar por el filo de la navaja.”

Mundaka-Upanishad

“¿De qué sirve contemplar la mar, si lo que deseamos es encontrar la perla?”

Djalat-Do-Din-Rûmi

“Es necesario tener el coraje de entrar en las peligrosas olas que aterrorizan a los hombres, para hallar el pez excepcional.”

Ingen Zenji, Maestro Zen

fudo-myo-o

Fudo-Myo-Ô, divinidad

as Artes Marciales y el pensamiento oriental han despertado un inusitado interés en las últimas décadas, debido no sólo a la necesidad de autodefensa ante la violencia reinante en las grandes ciudades, para lo cual las técnicas de Extremo Oriente parecen aportar una panacea, por lo demás discutible, sino por una causa mucho más importante: la necesidad imperiosa del hombre de hoy de encontrar respuesta a los grandes enigmas de su existencia.

Frente a un mundo de eterna dualidad, el hombre occidental mira hacia Asia en espera de una respuesta que satisfaga su sed, no sólo de conocimiento real, sino de calma y de serenidad interior, ese extraño estado que, aparentemente, sigue siendo patrimonio de los grandes sabios de Oriente.


Hace algún tiempo, un periodista entrevistaba a un antiguo sacerdote europeo que durante más de treinta años había sido misionero en la India. Este hombre singular, promotor de grandes obras humanitarias en beneficio del pueblo indio, era también un profundo conocedor de la historia y la mística de los adeptos brahamanes y amante de la filosofía de oriente. El periodista, ávido de sensaciones, pregunto al humilde genio: “¿Que prefiere usted más, Europa o Asia?”. La insólita respuesta, que posiblemente dejara perplejo al profanador de templos, no se hizo esperar: “Cuando cierro los ojos, es Oriente; cuando los abro, es Occidente…”

Esta magistral declaración llevaba implícita una sobrecogedora y profunda enseñanza. En efecto, al igual que en las perlas, la parte más pura de un hombre es su oriente. Ese mundo interior es la dirección que inexorablemente es preciso tomar en un determinado en el estudio de cualquier ciencia, arte o filosofía. El secreto sigue siendo la entrada en sí mismo.


El meditante muere dos veces al día, nos dice la tradición sufí. El artista, el místico, el filósofo o el adepto de las artes marciales-un poco de todo ello- debe esforzarse en saber morir a cada momento de su existencia, fundirse en cada gesto, proyectarse en cada flecha o cortarse a sí mismo en cada tajo del sable. Encontrar en su propio interior la fuente única del verdadero conocimiento trascendental y la inspiración.

Esta es la ley básica del verdadero progreso y la enseñanza mil veces repetida y jamás del todo comprendida de los grandes maestros de la vida. La lucha exterior es siempre la consecuencia visible de la propia guerra interior, la eterna batalla del alma por la conquista de sí misma.


Las Artes Marciales, a condición de ser estudiadas dentro de un marco espiritual, aparecen como técnicas de una extraña eficacia en la búsqueda del equilibrio y la paz interior. El lector no iniciado en la práctica de esta ciencia milenaria de la evolución, se preguntará con toda justicia cómo se puede llegar a la paz a través de la violencia. Por respuesta, evocaríamos el antiguo principio paracélsico de la medicina homeopática: simila similibus curantur! Lo similar se cura con lo similar.

Es necesario buscar en uno mismo las raíces de la guerra, de la injusticia o de la ignorancia y combatirlas con una singular terapia: un poco de violencia en el momento oportuno, en la dirección oportuna, con la dosis oportuna. Hacer estallar la guerra exterior con un poco de guerra interior. Llegados a este nivel de comprensión, seria preciso entonces modificar la antigua máxima del César, que sigue siendo el leit-motiv con el que actúan los estados, las religiones, las economías y los hombres: si quieres paz prepárate para la guerra.


Las Artes Marciales son la homeopatía de la violencia. Esta declaración tomará por sorpresa a numerosos practicantes del Budō en Occidente, que sin saberlo se han estado entregando durante largos años a una verdadera autocuración que nos lleva al reencuentro de la perdida unidad del ser.

El Japón, pueblo profundamente dualista, sumergido ahora en una hiperindustrialización que, con seguridad, será la causa de no pocos desequilibrios en su inmediato futuro, sigue siendo, no obstante, el guardián de grandes tradiciones esotéricas, ocultistas y místicas.

Incluso si el Budismo Zen, convertido en Occidente en una especie de misticismo para materialistas, ha sido la vía más aceptada en nuestro hemisferio, no debemos olvidar otros senderos reservados generalmente a una minoría de iniciados, que son celosamente preservados de las profanaciones del mundo exterior por monjes, magos, chamanes y adeptos japoneses. Estas vías secretas se encuentran en ciertas ramas del Vajrayana, como las sectas Shingon y Tendai, y otras menos ortodoxas pero plenas de enseñanzas esotéricas, de las cuales el Shugendo sigue siendo la más inaccesible.


El portal hacia estas vías ocultas permanece escrupulosamente cerrado a los no iniciados y su acceso reservado a una élite de seres, verdaderos atletas de la evolución, llenos de pureza moral y sincero deseo de servicio a la Humanidad, dispuestos a pasar las terribles pruebas de todo aspirante a la verdadera iniciación. El precio a pagar es alto, no necesariamente en riquezas mundanas, sino de sacrificio del ego ilusorio, de aspiraciones egoístas, deseos de poder o la ambición del progreso rápido.

Aquello que es preciso depositar simbólicamente a la puerta del templo o a los pies del maestro no es en modo alguno comparable a lo que se recibe: sabiduría, serenidad, visión universal, compasión infinita, comunión o éxtasis en algunos casos; un poder psíquico inconcebible para la mente moral, en otros.

Sólo unos pocos peregrinos de la senda divina han osado atravesar el portal de estas tradiciones auténticas, armados con un valor y paciencia admirables. Estos hombres universales, desconocidos en su mayoría, son las verdaderas luminarias en las que cada siglo se han visto reflejado.


hugendo es la búsqueda, gracias a prácticas y ejercicios específicos de índole mágico, de ciertos poderes sobrenaturales. Shugen es el conjunto de reglas, formas de entrenamiento y ascesis esotéricos necesarios para alcanzar el dominio de la fuerza interior. A los seguidores de esta vía se les conoce como Shugen-ja o Yamabushi-No-Gyoja (literalmente: monjes que duermen en las montañas). Sus moradas se encuentran tanto en el aislamiento de los espesos e impenetrables bosques de todo el Japón, como en la cima de ciertas montañas, célebres por la presencia de estos chamanes.


El Shugendo nunca ha sido una secta independiente, y su origen emana principalmente de las técnicas ocultas de los monjes Tendai y Shingon.

El Japón, pueblo muy vinculado a sus tradiciones religiosas, se ha visto también imperiosamente atraído hacia todo tipo de prácticas mágicas. Los Yamabushis son generalmente considerados como formando parte de hermandades de magos o brujos (notemos la notable diferencia entre ambos términos), es decir, adeptos de ciertas doctrinas y prácticas que conllevan al desarrollo de poderes o facultades suprahumanas que les permiten realizar proezas increíbles dignas del mejor fakir, de las cuales he sido testigo en numerosas ocasiones y que más adelante relataré.


ORIGEN

Fue probablemente en el año 538 cuando el Budismo fue introducido en el Japón. En esa fecha, el rey Syong envió al Emperador algunos presentes entre los que se encontraba una estatuilla de un Budha y algunos sûtras. A partir de entonces el Budhismo comenzó a formar parte de la vida del pueblo japonés, compartiendo un relevante lugar en su cultura junto a la religión oficial, el Shinto.

Como es habitual, una religión nueva es solamente aceptada si permite la continuación de otras prácticas, a menudo supersticiones, más antiguas. Tal es el caso de la propia historia del cristianismo, lleno todavía de creencias de índole mucho más mágico- e incluso necromántico- que religioso (la técnica de los ex votos es un vivo ejemplo).


El Shugendo, considerado por algunos estudiosos más como una desviación del Budismo esotérico que como una secta de éste, se vio notablemente influenciado por las corrientes de alquimia taoísta, magia shinto (Ko-Shinto) y arcaicas ceremonias cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Este esoterismo mezclado (Zo-Mitsu), convirtió el origen idealista de budismo, la vía del Boddhisatva, en una forma de chamanismo animista conocida como Ubasoku.


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En-No-Gyoja, El practicante austero

EN-NO-GYOJA

Incluso si el Shugendo no tuvo un fundador oficial, todos los yamabushi se dicen a sí mismos descendientes de un extraño personaje que fue conocido como En-NoGyoja (El practicante austero), quien es considerado como el líder espiritual de la secta. Su verdadero nombre parece haber sido En-No-Otsunu, también llamado En-No-Ubasoku. El Shoku-Nihongi nos dice al respecto: El 3º año, el 5º mes, día Hi-No-To-Ishi (30 de junio de 699), En-No-Otsunu fue exiliado a la isla de Izu. Habiendo vivido en el monte Katsugari, era muy conocido por su conocimiento de la magia. Al parecer, calumniado por uno de sus discípulos, consiguió que el mago fuera exiliado.

Otsunu dominaba un tipo de magia superior que le permitía invocar a los Kajin, espíritus de la Naturaleza, quienes extraían agua de los pozos y recogían leña para él. Este antiguo libro de crónicas japonesas nos dice en su capítulo 28: Sus acciones consistían en practicar el Kujaku-Myoo, para obtener poderes sobrenaturales extraordinarios tales que le permitían volar por los aires.

Originario de una familia de Kano, de la villa de Chihara, se dice que ya desde su nacimiento se revelo como un ser extraordinario lleno de inteligencia y discernimiento espiritual. La leyenda nos cuenta que cada noche ascendía en una nube de cinco colores y volando a través del espacio, en compañía de los guardianes del Palacio Celestial (Sen), se dirigía a los jardines de la Villa Eterna. Al cumplir cuarenta años, tras una vida consagrada por entero a la magia animista, se hizo ermitaño, habitando en una cueva, vistiéndose con hojas y arbustos y alimentándose con hojas y cortezas de pino; llevando a cabo ritos de purificación en los helados ríos de la montaña y limpiando su espíritu de cualquier escoria terrena.


Esta dura vida de asceta desarrollo aún más en él sus latentes capacidades, llegando a realizar las más asombrosas proezas psíquicas. Acusado de conspirar contra el Emperador, intentaron hacerle prisionero, pero merced a sus poderes extraordinarios no lograron capturarle. No pudiendo apresarlo, secuestraron a su madre; En-No-Otsunu se entregó voluntariamente, y fue exiliado a la isla de Izu. Se dice que en esa época ya era capaz de correr sobre las aguas, volar por los aires y posarse en la cima de las montañas.

Estas asombrosas hazañas de atletismo psíquico son también muy comunes a todos los pueblos y culturas de la tierra. Recordemos a los ascetas tibetanos practicantes del Tummo, o meditación sobre la nieve, quienes merced a una técnica de control respiratorio sudan hasta derretirla; o el ejercicio de Po-Wa o proyección psíquica, o las proezas de los chamanes de la India y Oriente Medio, quienes dicen ser poseídos por el espíritu de ciertos animales, y que realizan en estado de trance acciones increíbles.

Hechos similares han sido realizados por numerosos santos cristianos a los que se les atribuyen centenares de casos de levitación, estigmatización, bilocación, todavía más asombrosos que los relatos llegados de Oriente (a tal respecto sería interesante estudiar la vida de Francisco de Asís, Luisa Loteau, Santa Magdalena de Pazzi, o el célebre Padre Pío, entre otros, o los hechos maravillosos del gran yogui y santo tibetano Milarepa. Acciones parecidas, consecuencia de la experiencia mística, fueron también realizadas por el Maestro Ueshiba, fundador del Aikido, quien poseía grandes cualidades de clarividencia, clariaudencia y precognición, desarrolladas tras su experiencia de iluminación).


Al parecer, es condición sine qua non para la posesión de tales disposiciones psiquicas la adquisición de un particular estado espiritual.

En-No-Otsuno permanecía durante el día en su exilio, según la voluntad imperial, pero por la noche viajaba al santuario de Suruga, en el monte Fuji, donde se entregaba a sus prácticas mágicas. Condenado a la muerte, cuenta la leyenda que logró huir cuando la espada estaba a punto de caer sobre su cabeza. Durante tres años vivió oculto en el monte Fuji, lamentando su injusto destino, hasta un día en que escuchó la voz de la misericordia y tuvo una visión del Boddhisatva de la infinita compasión, Kannon (Avalokiteswara); alcanzando el más elevado estado de conciencia se elevó hacia el reino de los Boddhisatvas…

Más de cuarenta años después de su misteriosa transición, un ilustre monje japonés, Dosho, obedeciendo a una orden imperial, viajo a China para buscar el Dharma. Solicitado por más de quinientos paisanos, se dirigió a Sil-la, y en las montañas predicó el Hoke-Kyo, el Sutra del loto.


En una de sus públicas predicaciones, cuando atacaba duramente ciertas sectas al parecer desviadas del sendero búddhico y entre ellas el Shugendo y a su fundador, un extraño hombre elevó la palabra entre la masa, recriminando al monje por su falta de información real y haciendo pública la verdadera doctrina del Shugendo; de tal forma que el propio Dosho quedó admirado de la asombrosa elocuencia, profundos conocimientos y vivencias del enigmático personaje, quien, aunque esto fuera imposible, parecía conocer a fondo los mínimos detalles de la doctrina y las practicas shugen, a la par que poseía una información exacta de la vida y el pensamiento del mítico mago.

Perplejo, desconcertado y rodeado de una masa de atónitos espectadores, el monje preguntó al desconocido erudito: ¿Quién eres tú que conoces tan a fondo la vida y la enseñanza del practicante austero? Y una voz, como proveniente de otro mundo, y tan profunda que dejó helados los corazones de los presentes, contestó: Soy yo, En-No-Gyoja. Cuando los aterrados asistentes y el propio Dosho quisieron acercarse al peregrino, éste había desaparecido.


PRACTICAS SHUGEN

Hoy en día es prácticamente imposible trazar el origen de las enseñanzas del Shugendo, ciencia que comporta una sabia mezcla de doctrinas taoístas, traídas de china, el chamanismo Shinto y los elaborados rituales del Budismo esotérico (Mikkyio), aunque de una forma ciertamente alterada de su fundamento real.

Una de las ciencias asociadas al Shugendo es aquélla del Ommyo-Do, enseñanza de las fuerzas Yin y Yang, con objeto de alcanzar la longevidad. Recordemos que los taoístas, alquimistas adeptos de esta ciencia sagrada, eran llamados en China Lo-Han, inmortales, y se dice que habitan todavía en las cumbres de inaccesibles montañas.

La ciencia del Shugendo estaba compuesta por elevados estudios de astrología, ejercicios psíquicos, similares a los yogas superiores de la India (Kriya, Laya, Raja, etcétera), adivinación, magia chamánica, y sobre todo el uso de los sonidos (Mantras) en forma de letanías (Daranis).


El Shugen-ja, generalmente aislado en las montañas, se entregaba a complicados rituales, terribles entrenamientos e inhumanas austeridades. La información que ha llegado hasta nosotros demuestra que la ascesis del shugendo era extremadamente difícil y penosa. En el plano alimenticio, ni la carne ni los cereales estaban permitidos. Su alimento consistía (y consiste aún en nuestros días) en hojas, hierbas, agujas de pino y la segunda corteza de este árbol.

Personalmente he visto a grupos de shugen-ja caminando descalzos sobre la nieve, salmodiando una misma letanía, cubiertos por un simple koromo (túnica budista) y un gran sombrero plano de paja. Estos practicantes se entregaban a la terrible ascesis del Keiho-gyo, la marcha sobre la montaña, que consiste en caminar del alba al ocaso, recitando un mismo mantra, semidesnudos, incluso durante el duro invierno, por espacio de seis años.

Con rostros desencajados, sus manos llagadas por la ejecución mil veces repetidas de un mismo mudra, con los pies desollados, a través de las desoladas montañas de Hiei-Zan, es una imagen verdaderamente fantasmagórica, de un dramatismo sobrecogedor.


Aparte de otras practicas igualmente terribles, el shuguen-ja ejecuta complicados rituales como el de Homa o Goma, la ceremonia del fuego, y la marcha sobre las brasas ardientes. Todo ello forma parte de las ascesis de la montaña, Sengaku-Shugyo. Algunos de sus ritos son de una rara severidad, como la practica de nueve días de continua meditación, durante los cuales el shuguen-ja, en total inmovilidad, no puede comer ni beber, ni dormir. Los ermitaños de esta secta viven aislados en grutas de la montaña y semidesnudos.


El sufrimiento y las austeridades del shuguen-ja, lejos de tratarse de un masoquismo enfermizo, tienen por objeto hacer sobrepasar la naturaleza humana; son un medio de purificar el propio karma, las deudas adquiridas en esta vida o en las precedentes.

Todo esto es simbólicamente representado por la entrada en la montaña (Nyo-Bu). Aislado del mundo, el yamabushi asume en sí mismo, en vida, los tormentos de las diez vías del más allá (similares prácticas son realizadas por los lamas adeptos a la ciencia del Bardo-Thödol a fin de ser liberados tras la transición).


Durante los ejercicios de meditación, los ascetas shugen han de identificarse con divinidades -un tanto alteradas- del panteón buddhico, tales como Fudo-Myo-O, Dai-Nichi-Nyorai o Zao-Konguen. Otro tipo de meditación creativa –técnicas de visualización por casi todas las ramas del Buddhismo, a excepción del Zen-consiste en sentarse sobre una roca y visualizar –ver interiormente- combates mentales (dojitsu-sempo) con animales cada vez más feroces.

La imagen mental llega a ser de tal realidad que el asceta evidencia agotamiento, abundante sudoración, o convulsiones, llegando en casos extremos a la pérdida de cono cimiento y la catalepsia. Estas y otras muchas técnicas, unidas al conocimiento de las hierbas y la medicina, la astronomia, la astrología y la psicología, fueron enseñadas por los yamabushi, como ya vimos, a los ahora excesivamente célebres ninjas, quienes, afortunadamente, han perdido en la actualidad la llave de tales misterios.


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Cuerpo automomificado de un Yamabushi

as prácticas ascéticas de los monjes de la montaña alcanzaron su cota más elevada cuando algunos yamabushi decidieron una última y terrible ascesis: la automomificación. Movidos por un sentimiento de gran compasión hacia todos los seres, estos yamabushi se autoinmolaron de forma increíble-un enterramiento en vida-en espera de la llegada de Moroku Bosatsu, el Bodhisatva Maitreya, quien según la tradición, llegaría al final del presente siglo.

La automomificación se realizaba de la forma siguiente: aparte de la repetición de una misma plegaria, las abluciones de agua helada (Mizuyari) y una estricta forma de alimentación, en el primer período de tres años y tres meses, se prohibían la carne, los cereales y legumbres, alimentándose exclusivamente de frutos salvajes y bellotas. Más tarde sólo comerían cortezas de árboles.


El objeto de este régimen era lograr una progresiva atrofia de los músculos y las vísceras. Se dice que en los últimos tiempos de la vida del asceta, éste se alimentaba únicamente de hortigas y su piel se volvía de color verde. De esta forma, el cuerpo se resecaba como el cuero y comenzaba la momificación.

Cuando el monje intuía que se acercaba su última hora, cavaba un agujero de la altura de un hombre y se sentaba en él en postura de meditación, con su rosario y su campanilla. El hueco era tapado cuidadosamente con ramas, hojas y tierras por un discípulo, que colocaba una caña de bambú como única entrada de aire. Inmóvil, en meditación, sin alimento ni agua, hacia sonar de vez en cuando su campanilla para indicar que todavía estaba vivo. Esta lenta agonía podía durar varios meses. Una vez que el discípulo dejaba de escuchar el sonido de la campanilla, debía esperar tres meses hasta exhumar el cuerpo.


El desarrollo de ciertas facultades psíquicas, así como el dominio absoluto de su mente, permitía al asceta abandonar su envoltura física, mucho antes de producirse la definitiva transición. Este hecho es igualmente constatado en los Bonzos, que como protesta, se incineran vivos, sin dar la menor muestra de dolor o sufrimiento. Es también la forma habitual de muerte de los grandes meditantes. Tal es el caso de numerosos lamas del Himalaya, Tomo Geshe Rimpoche entre otros, o ciertos verdaderos maestros del Zen.

La posibilidad de desdoblamiento o proyección de conciencia de conciencia hacia mundos interiores o dimensiones diferentes a las habituales, erróneamente conocido como viaje astral, no posee nada de extraordinario. Los adeptos del Vajrayana tibetano conocen bien esta técnica, que llaman transferencia de conciencia (Po-Wa). De igual forma, esta ciencia era utilizada en antiguas y secretas escuelas del budō japonés, donde el adepto era iniciado de la siguiente forma: una vez que éste había concluido un largo y penoso proceso de estudio y purificaciones, el maestro lo estrangulaba literalmente con presiones en determinados puntos de la garganta y la columna vertebral, provocándole artificialmente el desdoblamiento psíquico.


El propio maestro, quien conocía y dominaba perfectamente las sucesivas etapas de la iniciación, debido a su propia experiencia, se proyectaba a si mismo de forma voluntaria. Cuando el discípulo había tenido su experiencia espiritual, generalmente personificada en la visión de una divinidad protectora (Dhyani Buddha), era reanimado de su trance por medio de un método de presiones en puntos secretos, conocido como Kwappo o Kassei-Ho. Idénticos procedimientos iniciativos pueden ser encontrados en las tradiciones egipcias, del Tíbet, India, e incluso en los indios de Norte y Sudamérica.


Según la leyenda, el propio Kobo-Daishi (Kukai) se momifico vivo a la edad a la edad de sesenta y dos años. Su momia es celosamente guardada por los monjes shingon en su santuario de Koya-San. Siguiendo el ejemplo de su Maestro, otros ascetas yamabushi realizaron esta última ascesis. Trece momias en la región de Senizawa han sido encontradas hasta el momento. Personalmente he visto varias de ellas en el transcurso de mi peregrinación a los todavía existentes santuarios del Shugendo en Japón.

Los Yamabushi celebran, una vez por año un Festival de los Poderes (Genkurabe), al que asisten ascetas y magos de todo el país, quienes realizan acciones sorprendentes: meditar dentro de un bidón de agua hirviente, caminar sobre brasas, ascender descalzos por una escalera hecha con hojas de katana, o incluso matar a un hombre por medio de un síncope y volverlo después a la vida. Las experiencias de adivinación, telequinesia (mover objetos a distancia) o invisibilidad, son por demás comunes en estas reuniones. He visto a un chamán adepto del Shugendo elevarse varias veces del suelo, a más de dos metros de altura, en el transcurso de un gran rito de Goma (ceremonia del fuego).


La realización completa del Yamabushi comporta tres etapas:

* La ascesis, que consiste en un retiro del mundo durante un período de tiempo predeterminado, generalmente según la tradición buddhista, un mínimo de tres años, tres meses y tres días. En este período se somete al asceta a extremos entrenamientos. La naturaleza inferior, deseos, recuerdos, pasiones, etcétera, es totalmente aniquilada, para dar paso a la segunda etapa.

* La identificacióncon los espíritus o elementos de la Naturaleza, con el maestro instructor, y por fin, después del largo período de preparación, la iniciación que lleva a la identificación con la divinidad tutelar. En este instante se produce la verdadera entrada en el sendero, generalmente precedida por el rito de Kanjo (Sank. Abhiseka). La identificación es la meta de la primera etapa y la preparación para la última.

* Las obras, que consiste en descender al valle de lágrimas del mundo, a fin de, una vez adquirido el poder real, ayudar a los necesitados, a los sufrientes, a los oprimidos (los yamabushi se hicieron también célebres por su carácter revolucionario), gracias a sus facultades psíquicas, ahora extraordinariamente desarrolladas (curación, exorcismo, adivinación, etcétera). Esta tercera etapa fue a menudo olvidada por los chamanes shugen, quienes prefirieron dedicarse a desarrollar aún más sus poderes ocultos.


PEREGRINACIÓN

Existen varios tipos de peregrinación a los altos lugares del Shugendo, que son realizados tanto por yamabushi como por laicos, llamados Entrada en la Montaña. Incluso los neófitos pueden realizarlos una vez preparados. Son guiados por un Sendatsu, un yamabushi experto, quien conoce perfectamente el itinerario a seguir a través de profundos y peligroso bosques, donde siempre han desaparecido algunos peregrinos (en 1981 uno de ellos, que quiso aventurarse solo, no volvió a ser visto).

En el curso de esta peregrinación se veneran algunas divinidades localizadas en enclaves que permiten realizar ciertos ejercicios especiales. La duración del trayecto es de unas pocas semanas hasta varios meses. Los centros más activos aún hoy en día son los de Kimbusen-ji, situado en Yoshino y los del monte Ominé, quince kilómetros más al sur.

En el año 1983 me decidí a llevar a cabo una de estas peregrinaciones. Esto no es fácil para un occidental, pero hablar japonés es un verdadero salvoconducto, sobre todo si se ha llevado a cabo antes una buena preparación y si se conoce en profundidad el esoterismo japonés.


El primer estudio serio lo llevé a cabo en el santuario de kimbusen dónde conocí al Maestro Gojo-Kaku-Yu, gracias al cual pude realizar fotografías hasta ahora inéditas, y tomar buen número de notas. En este templo es adorado Zao-Kongen, una divinidad sintética formada por Miroku (Maitreya), Shaka-Nyorai (sakyamuny) y Kanzeon-Bosatsu (divinidad similar a Avaloki-teswara).

El responsable del templo, comprendiendo mi deseo sincero de una participación menos teórica que practica, me aconsejo que fuera al monte sanjo-ga-take (1.720 m.) que, según él, sigue siendo el núcleo más importante de las practicas del Shugendo. A partir de esa montaña inicié un gran recorrido que me llevó hasta el Santuario de Kumano, único en Japón que todavía conserva la muy antigua tradición de Nyonin-Kinsei, es decir, la prohibición de entrada a las mujeres. (En Occidente la mayor parte de los monasterios perpetúan esta arcaica costumbre.)


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Ceremonia del Fuego (Goma); en la imagen se observa a los Yamabushi portando sus elementos rituales


AL PIE DE LA MONTAÑA

Al día siguiente me encontré a los pies de esta montaña sagrada, sin saber qué camino tomar. Afortunadamente me encontré con un Yamabushi laico que había venido a realizar esta misma peregrinación. Menos ascéticos que hace algunos siglos, visten un llamativo atuendo blanco, llevan un minúsculo sombrero ritual (Tokio) sobre la frente y un amplio sombrero plano de paja, como sus antecesores, para protegerse de la lluvia, la nieve o el sol. Llevan todos un manto de ciervo (Hishiki) que les sirve como protección del frío y la humedad durante la noche y el pectoral buddhista o Kesa, compuesto por seis pompones de colores vivos.


Los Yamabushis jamás se separan de sus objetos rituales, y transportan a la espalda un altar completo: velas (generalmente de pino), incienso, cetro (vajra), campanilla ritual (Kané), rosario de 108 cuentas (Nenju), pequeños recipientes en cobre para las ofrendas, y otros atributos más relacionados con el Shinto que con el buddhismo, por ejemplo, un Kamizama, u hogar simbólico de la divinidad en madera, un espejo (Kegami), etcétera. Otro atributo muy característico de los yamabushi es una enorme caracola (Hora) que hacen sonar hábilmente y que, aparte de su uso ritual, es utilizado para comunicarse a través de los bosques de la montaña.

Antes de toda ceremonia, ascesis o entrenamiento, el asceta agita varias veces su bastón de exorcismo (shakujo) para hacer huir los demonios del miedo, la pereza, la dispersión, el orgullo, etcétera. En un pequeño cofre (Oi) lleva algunos textos sagrados de la secta, y camina siempre acompañado de su inseparable bastón de peregrino, que en el pasado fue también utilizado como arma.

Por regla general, el peregrinaje ha de hacerse con un itinerario determinado. Los Yamabushi iniciaron el sendero llevando un hacha ritual como atributo. Detrás de él va un portador del Hora, haciéndolo sonar con ritmo largo y cadencioso. Detrás, otros llevan un pequeño Gorin (Stupa) y cofres con textos rituales (generalmente algunos sûtras). El director de la peregrinación va más atrás, acompañado por monjes más antiguos (Doshui) y por algunos principiantes (Shinkakui).

La marcha a través de la montaña puede durar varios días o semanas; la idea simbólica y alegórica es atravesar el infierno, el mundo de la oscuridad y de la ignorancia, hasta llegar al Reino de la Luz o de Buda, después de haber purgado los sufrimientos del mundo. El sendero iniciativo esta marcado por los numerosos santuarios, en los que son realizados los ejercicios, las purificaciones y las oraciones.


EL ASCENSO

La ascensión del monte Sanjo no me pareció muy difícil, salvo por el hecho de sentirme imperiosamente atraído por el esplendor del valle de mil colores, de sus bosques salvajes y sus sonidos maravillosos, que llegaron a fascinarme de tal forma que estuve a punto de caer en el vacío; varias veces rodé con grave peligro de romperme los huesos. Mi amigo se detenía en cada estación y junto recitábamos delante de las imágenes de En-No-Gyoja las letanías y los mantras requeridos.

Habíamos realizado ya la etapa mas larga de la ascensión cuando mi compañero me señalo un lugar muy peligroso que debíamos también franquear. Este punto estaba totalmente cubierto por la niebla; el ambiente era realmente fantasmagórico y un paso en falso podía acarrear graves consecuencias. Caminábamos sobre losas de piedras resbaladizas, y el decorado cambiaba cada minuto. Simbólicamente, ¡habíamos llegado al infierno!


El canto de los pájaros había cesado completamente, salvo el de algunos cuervos, y a la anterior emoción de plenitud y alegría espiritual se había sucedido una extraña sensación de inquietud y desasosiego y la intuición de estar en un territorio peligroso. Los árboles muertos, sumergidos en la espesa niebla, parecían espectros prestos a atacarnos, en medio de la semi oscuridad, y sobre todo del impenetrable silencio.

Todo este ambiente parecía estar hecho para infundir temor y hacer huir a los peregrinos impíos o indignos, cuyo corazón no estuviera lleno de justas intenciones y un deseo sincero de alcanzar la luz de la sabiduría en beneficio de la humanidad sufriente. A mi memoria acudían las visiones infernales de Dante en La Divina Comedia, y comprendí el secreto objetivo de esta entrada en el propio infierno interior. Poco después llegamos a un albergue para peregrinos donde un té caliente nos esperaba.


Los pocos ascetas que guardaban este lugar sagrado se extrañaban mucho de vernos. Por fin uno de ellos se decidió a conducirme a uno de los templos, inmenso privilegio, ya que, como más tarde supe, éste iba a ser demolido pocos meses después y construido un poco más lejos. El templo, arcaico edificio construido con madera del viejo bosque, estaba saturado del aroma del incienso y de las vibraciones espirituales de miles de ascetas.

En el centro se encontraba el altar de las ceremonias del fuego (Goma), rodeado de estatuas. En la bruma misteriosa que rodeaba al templo, me pareció ver formas extrañas…El monje me hizo una señal para que entrara y me propuso pasar la noche en aquel lugar.

Más tarde pude ser presentado al abad de aquellos santuarios, un hombre que, al parecer, estaba dotado de grandes poderes yóguicos (Siddhis), adquiridos tras largos y penosos años de entrenamiento. Sus ojos meditativos y cansados, aunque llenos de una extraña profundidad, brillaban con la luz de las velas. Me escuchó paciente y atentamente, confiándome su inquietud, ya que, según él, los jóvenes ya no se sienten atraídos por la rápida y dura vía del Shugendo. Sus espíritus y sus cuerpos son débiles, y a causa del miedo que mora en su corazón, su fe muere lentamente. Había en aquel hombre una extraña mezcla de sobriedad, ascetismo y un amago de tristeza ante la posible extinción de esta tradición milenaria.


El Shugendo impone, es cierto, un duro entrenamiento dirigido a sobrepasar las limitaciones humanas y las inercias o tendencias del ego. Es cierto también que las prácticas rituales son menos duras que antaño. Sin embargo, esta vía ascética solo puede convenir a seres de una voluntad férrea y un corazón liberado de todo deseo egoísta.

La noche llego rápidamente y debí dejar aquel templo de un extraño atractivo que parecía evocarme viejos recuerdos…Decididamente, este lugar no me resultaba desconocido, al contrario, sentía una profunda familiaridad con los monjes, los templos y el ambiente misterioso de la montaña. No hubiera tenido mucha dificultad en quedarme a vivir con los ascetas, separado del mundo y dedicado a una vida de prácticas ascéticas, meditación, silencio y armonía interior.

El destino me ha hecho nacer en otro lugar…!quién sabe! Quizás algún día…El maestro pareció leer en mi pensamiento. Con una sonrisa y sin pronunciar palabra alguna me hizo acompañarle hacia una visión extraordinaria. Atravesamos un largo pasadizo oculto detrás del altar principal, y ante mí, cara a cara, apareció la imagen sobrecogedora de En-No-Gyoja. Por sí sola, esta visión justificaba todo el penoso peregrinaje a la montaña mágica de los Yamabushi.


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Yamabushis en las cercanías del Fuji san.

Fotografía© Prometeo Media.

Habiendo tomado por arco la gran arma de los Upanishads, se dispone la flecha puntiaguda para el homenaje y que cubre por medio de su espíritu que alcanza la entidad. Has de saber, mi amigo, que esa es la diana a alcanzar.

La silaba OM es el arco; el Alma (Ser) es la flecha, el Brahma (la Divinidad en el Ser) es la diana, enseñaban. Es preciso llegar sin distraerse. Es preciso parecerse a la flecha.


La Vida es como un arco;

el Alma como una flecha;

el Espíritu Absoluto

como Diana a traspasar…


Markandya Purana

CONCLUSIÓN

ras un periplo que me llevó del sur al norte de Japón y a realizar un estudio sobre el pueblo Aino de Hokkaido, me dirigí al dojo del Maestro Otake, cuya escuela de Budo tradicional, lejos de estar vinculada al Zen, posee numerosas enseñanzas emanadas del Shugendo, donde pude continuar el estudio de esta escuela secreta. Quisiera matizar el hecho de que aquello que a los occidentales hace esbozar una irónica sonrisa, en Oriente es considerado como un asunto de vital importancia, pues yo mismo he podido ser testigo de la realidad y eficacia de estas practicas, a menudo tomadas como supercherías.

También quisiera poner en guardia a los principiantes y amantes de las sensaciones exóticas, acerca del peligro inherente que conllevan tales practicas en un ser poco desarrollado, egocéntrico o débil, sin un guía adecuado, una preparación minuciosa y una salud física y mental a toda prueba. la vía del Shugendo puede ser extremadamente peligrosa, pudiendo llevar al desdichado aprendiz de brujo a serios e irreversibles problemas psicológicos y desequilibrios de toda índole.

Quiero en especial referirme a las nuevas versiones del Nin-jutsu, dirigidas por aventureros de lo oculto, de escasa preparación, moral dudosa y objetivos de difícil calificación. Una vez más se impone la seriedad y el más estricto discernimiento, ya que lo que está en juego no es otra cosa que la propia cordura y la salud de nuestro cuerpo. Es necesario estar bien alerta ante tales falsos maestros, fácilmente reconocibles por su modo de vida y comportamiento en el dojo de la existencia cotidiana.


Esta ciencia arcaica, ahora también agonizante en el Japón, amenaza con una total extinción-como el Budo actual- a falta de estudiantes sinceros, capaces de liberarse de los espejismos que caracterizan al profano– aquel que se encuentra aún en el exterior del templo- decididos a entregarse de corazón a esta vía dura y, a veces, peligrosa.

El Shugendo, no obstante, en un sendero lleno de profundidad, historia, doctrina y prácticas espirituales, dirigidas a hacernos realizar aquello que los maestros de Extremo Oriente llaman el Buda Secreto, un poder maravilloso, que una vez conquistado ha de ser dirigido hacia la humanidad sufriente, sumida en el bosque de la ignorancia.

Su doctrina y sus prácticas mágicas y de alquimia mística tienen como principal objetivo, a pesar de la utilización oscura que algunos de sus seguidores hicieron de ella, llevar al adepto a tomar conciencia de su naturaleza interior, que en crisálida vive en el corazón y en la mente de todo buscador de la senda divina.

La enseñanza real del Shugendo podría resumirse en las magistrales palabras de su místico inspirador, el gran Maestro Kobo Daishi: Sokushin Jobutsu!Llegar a ser un Buda en esta vida, con este cuerpo


Video SHUGENDO, relatado en Nihongo (duración 30 mtos.)


* * * *

Continuará

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Camino del Yamabushi

“Todos los Seres, todos los acontecimientos

de tu Vida están allí porque tu los has convocado.

De Ti depende lo que resuelvas hacer con ellos”


Toma fotográfica en las cercanías del Monte FUJI.


En la imagen se observa a los monjes Yamabushi después de haber realizado la ceremonia llamada: “Caminata por el Fuego” y que se lleva a cabo en algunas zonas geográficas del Japón días antes de la llegada del equinoccio de primavera.