Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Ocultismo Práctico de H.P.B.


hphblavatsky.jpg

 

 

II

INSINUACIONES PRÁCTICAS PARA LA VIDA DIARIA

 

 


 

PREFACIO

Las citas de que está compuesto este artículo no se entresacaron en un principio con el propósito de publicarlas; y por lo tanto pueden parecer algo deslavazadas.


Vieron primeramente la luz como una Miscelánea teosófica, con la esperanza de que el lector pudiera hacer las convenientes anotaciones para formar un dietario de extractos v tener un duradero registro de los libros leídos, de modo que obtuviera positivo provecho de su lectura. Siguiendo este método, el lector condensaría en un breve espacio todo cuanto la pareciera esencial en el libro.


También se insinúa como de valiosa ayuda para el estudiante aplicado, el método de leer cada mañana cierto número de citas, a fin de practicarlas durante el día y meditar sobre ellas en los ratos libres.

 

tus-suenos.jpg

I

Levántate temprano, tan luego como te despiertes, y no te quedes perezosamente en la cama medio despierto y medio soñando. Después ora fervorosamente por la regeneración espiritual del género humano, a fin de que cuantos luchan en el sendero de la verdad reciban positivo y vehemente aliento de tus oraciones, y para que tú te fortalezcas sin ceder al halago de los sentidos.

Represéntate en la mente la imagen de tu Maestro arrobado en samadhi. Ponla delante de ti con todos sus pormenores; piensa reverentemente en él, y ruega por el perdón de todos los errores de acción y omisión. Con esto te será más fácil concentrarte, purificar el corazón y hacer mucho más.

Reflexiona sobre los defectos de tu carácter, descubriendo por completo tus vicios y los fugaces placeres que te proporcionan, y determínate firmemente a hacer todo cuanto puedas para no ceder nuevamente a ellos.
Este autoanálisis, que te lleva ante el tribunal de tu propia conciencia, facilitará tu progreso espiritual en un grado que no podrías imaginar.

Mientras te laves o bañes, ejercita tu voluntad, deseando que las impurezas morales se eliminen al propio tiempo que las corporales. En tus relaciones con los demás observa atentamente las reglas siguientes.

1) Nunca hagas nada que no sea de tu deber; esto es, nada innecesario. Antes de hacer una cosa, reflexiona si debes hacerla.

2) Nunca hables “palabras ociosas”. Antes de pronunciarlas, piensa el efecto que pueden producir. Nunca quebrantes tus principios de conducta por consideraciones de amistad.

3) Que nunca ocupen, tu mente vanos o inútiles pensamientos. Esto es más fácil para dicho que para hecho. No es posible desalojar de golpe la mente. Así, en un principio, procura evitar los malos u ociosos pensamientos, ocupando tu mente en el examen de tus faltas o en la contemplación de los seres perfectos.

4) Durante la comida, ejercita tu voluntad, deseando que el alimento te aproveche para construir un cuerpo en armonía con tus espirituales anhelos, y no engendrar malas pasiones ni malignos pensamientos. Come únicamente cuando tengas hambre y bebe cuando tengas sed, y nunca de otro modo. Si algún manjar especial halaga tu paladar, no cedas a la tentación de comerlo tan sólo para satisfacer el gusto.

Acuérdate de que el placer que de ellos obtengas no existía algunos segundos antes, y cesará de existir algunos segundos después, porque es un placer transitorio que se invertirá en dolor si te rindes a la gula. Considera que sólo da placer a la boca, y si te dejas seducir por aquel manjar y te conturba el ansia de saborearlo, no te avergonzarás de cometer cualquier acción, para obtenerlo. Repara en que hay otras cosas que pueden darte felicidad eterna; y, por la tanto, es evidente locura concentrar tus afectos en las transitorias.

Advierte que tú no eres el cuerpo ni los sentidos; y por consiguiente no pueden afectarte realmente los placeres y dolores que el cuerpo goce o padezca. Practica la misma serie de razonamientos en el caso de cualquier otra tentación; y aunque a menudo fracases, acabarás por lograr éxito seguro. No leas mucho.

Si lees durante diez minutos, reflexiona durante algunas horas. Acostúmbrate a la soledad ya permanecer a solas con tus pensamientos. Asimílate la idea de que nadie sino tú mismo puede ayudarte a desviar gradualmente tus afectos de todas las cosas. Antes de entregarte al sueño, ora como hiciste por la mañana.

Pasa revista a las obras del día, y echa de ver en qué has faltado, y resuelve que no volverás a incurrir en la misma falta al día siguiente.

 


II


El genuino motivo de anhelar el conocimiento de sí mismo pertenece al conocimiento y no al Yo. El conocimiento de sí mismo merece que lo anhelemos a causa de que es conocimiento, y no porque pertenezca al Yo. El principal requisito para adquirir el conocimiento de sí mismo es el amor puro. Anhela el conocimiento por puro amor, y el conocimiento coronará eventualmente el esfuerzo.

Cuando un estudiante se impacienta, es prueba segura de que obra por la recompensa, no por amor, lo cual demuestra también que no merece la gran victoria reservada a quienes verdaderamente obran por puro amor.

El Dios en nosotros, esto es, el Espíritu de amor y verdad, de justicia y sabiduría, de bondad y poder, ha de ser nuestro verdadero y constante amor; nuestra única confianza; nuestra única fe, que firme como una roca nos sirve de apoyo; nuestra sola esperanza, que nunca nos engañará aunque todo perezca; y el único logro a que aspiremos con nuestra paciencia, esperando gozosamente, hasta agotar nuestro mal karma, que la presencia del divino Redentor se revele en nuestra alma.

El contento es la puerta por donde ha de entrar el Redentor, porque quien está descontento de sí mismo lo está también de la ley que lo ha hecho tal como es; y siendo Dios de por Si, la ley, no podrá revelarse en quienes están descontentos de Él.

Si admitimos que nos hallamos en la corriente de evolución, debemos considerar que son para nosotros justas todas las circunstancias en que nos hallemos; y esta consideración será nuestro mayor auxilio cuando fracasemos en el cumplimiento del deber, pues no podemos adquirir de ningún otro modo la serenidad que tanto recomienda Krishna. Si todo nos saliere a la medida de nuestro deseo, no echaríamos de ver ningún contraste. También es posible que por estar nuestros planes ignorantemente y, en consecuencia, erróneamente trazados, la benéfica Naturaleza no permite que los realicemos.

No se nos vituperará por el plan; pero engendraremos mal karma si no nos resignamos a la imposibilidad de llevarlo a cabo. Si estáis por entero abatidos, será porque antes decayeron vuestros pensamientos. Puede un hombre estar encarcelado, y, sin embargo, trabajar en favor de una causa. Así os exhorto a que eliminéis de vuestra mente todo disgusto por las circunstancias en que os veáis, y si conseguís considerarlas según las miras de vuestro Yo superior, no sólo vigorizarán vuestros pensamientos, sino que se reflejarán en vuestro cuerpo y lo fortalecerán.

Obrad activamente cuando sea hora de obrar, y entretanto esperad con paciencia que llegue esta hora. Colocaos en concordancia con el flujo y reflujo de los negocios de la vida, a fin de que, apoyados en la naturaleza y en la ley con la verdad y la bondad por faro, seáis capaces de obrar maravillas. La ignorancia de esta ley tiene por consecuencia alternativas de irreflexivo entusiasmo, por una parte, y del abatimiento y desconsuelo, por otra, siendo así el hombre esclavo de la marea de la vida cuando debiera ser su dueño.

Como dice “La voz del Silencio”: Ten paciencia, candidato, y no temas el fracaso ni solicites el éxito.

La energía acumulada no puede aniquilarse, sino que se transmuta en otras modalidades de actuación; y como no es posible que permanezca por siempre inactiva, continúa existiendo. Por lo tanto, es inútil resistir a una pasión que no podemos dominar. Si no derivamos por otros conductos su acumulada energía, se irá robusteciendo hasta que prevalezca contra la voluntad y la razón. Para dominarla es preciso conducirla por otro canal superior a aquel por el que iba.
Así la afición a una cosa vulgar puede transmutarse en afición a una cosa elevada, y el vicio puede revertirse a virtud con sólo invertir el propósito.

La pasión es ciega; va a donde se la lleva, y la razón es para ella mucho mejor guía que el instinto. La cólera reconcentrada o el amor reprimido han de encontrar un objeto en que verter su energía, pues de lo contrario amenazan estallar con peligro de su poseedor.

La calma sigue a la tormenta. Los antiguos decían que la naturaleza tiene horror al vacío.

No podemos destruir o aniquilar una pasión, pues si la sofocamos vendrá a substituirla otra influencia elemental. Por lo tanto, no intentemos destruir lo inferior sin sustituirlo por algo superior: el vicio por la acrisolada virtud, y la superstición por el recto conocimiento. (7)

magiaestaenti.jpg

III


Sabed que contra el deseo, la apetencia de recompensa y la miseria de la ambición no hay otro remedio que fijar: la vista y aplicar al oído a la invisible e insonoro. (8)

Debe el hombre creer en su congénita facultad de progreso y no atemorizarse al considerar su naturaleza superior ni dejarse arrastrar por la inferior. (9)

La experiencia demuestra que las dificultades no han de abatir al hombre, ni mucho menos desesperanzarlo, pues de lo contrario el mundo no gozaría de las maravillas de la civilización. (10) Esforzarse en seguir adelante es la primordial necesidad del que ha entrado en el Sendero. ¿De dónde extraer la fortaleza? Mirando alrededor, no es difícil echar de ver en dónde encuentran otros hombres su fortaleza. Dimana de la profunda convicción. (11)

Hay que abstenerse, por ser de justicia el abstenerse, no con el solo intento de mantenerse uno limpio. (12)

Para pelear contra sí mismo y vencer en la batalla es preciso que el hombre conozca que en la pelea está haciendo lo que debe hacer. (13)

“No resistáis al mal”; es decir, no os quejéis ni irritéis contra los inevitables infortunios de la vida. Olvidaos de vosotros mismos al trabajar en beneficio de los demás. Si alguien nos ultraja, persigue o injuria, ¿a qué resistir? Con la resistencia provocaríamos mayores males.
En toda obra, sea la que fuere, hemos de considerar el mandato imperativo del deber, y no su relativa importancia o insignificancia. El mejor remedio para el mal no es reprimir sino eliminar el deseo; y esto puede con mayor eficacia cumplirse manteniendo la mente de continuo fija en las cosas divinas.

El conocimiento del Yo superior queda invalidado cuando la mente se complace en los objetos de los de!;enfrenados sentidos. (14)
Nuestra naturaleza es tan ruin, soberbia, ambiciosa, concupiscente y entercada en sus juicios y opiniones, que si las tentaciones no la restringiesen se arruinaría por completo. En consecuencia, nos acomete la tentación a fin de que aprendamos a conocernos y seamos humildes.

La mayor tentación es no tener tentaciones, y así debemos alegrarnos al vernos tentados, para con resignación, calma y constancia resistir a la tentación. (15)

Considerad que no debéis hacer nada sólo para vos mismo, sino que habéis de cumplir los deberes prescritos por Dios. Anhelad encontrar a Dios y no busquéis lo que Dios os puede dar. (16)

Haced todo cuanto hayáis de hacer; pero no con el propósito de recibir el fruto de la acción. (17)

Si cumplís todas vuestras acciones con el pleno convencimiento de que no os han de allegar provecho personal, sino que las hacéis porque es vuestro deber y está en vuestro temperamento el hacerlas, se debilitará gradualmente la personalidad egoísta hasta que, por completo apaciguada, brille en todo su esplendor el verdadero Yo y lo conozcáis.(18)

No debéis consentir que la alegría ni la pena os desvíen de vuestro resuelto propósito.

Hasta que el Maestro os acepte, trabajad abnegadamente por el progreso y adelanto de la humanidad. Esto es lo único que proporcionará verdadera satisfacción.

El conocimiento aumenta en razón directa de su uso; esto es, cuanto más enseñamos, más aprendemos. Por lo tanto, busquemos la verdad con la confianza de un niño y la voluntad de un iniciado, comunicando nuestro conocimiento a quien de él carezca, para confortarlo en su peregrinación.

El discípulo debe reconocer plenamente que los derechos individuales son el resultado ponzoñoso de la serpiente del egoísmo. Nunca puede recriminar ni censurar a nadie ni levantar la voz para defenderse o disculparse.

Ningún hombre es nuestro enemigo ni nuestro amigo. Todos son por igual nuestros instructores (19) No hay que trabajar por apego al provecho temporal o espiritual, sino para cumplir la ley de la vida, que es la recta voluntad de Dios. (20)


IV


No viváis en lo presente ni en lo futuro, sino en lo eterno. La gigantesca hierba (del mal) no puede florecer allí. Esta mancha de la existencia se limpia en la atmósfera del pensamiento en la eternidad.

Para lograr el “Conocimiento del Espíritu” es requisito indispensable la pureza de corazón, que puede alcanzarse por dos medios principales: desechando persistentemente todo mal pensamiento y manteniendo el ánimo sosegado en toda circunstancia, sin jamás agitarse ni irritarse por nada. Estos dos medios de purificación reciben su mayor estímulo de la devoción y la caridad. No hemos de desmayar en nuestros esfuerzos, aunque nos sintamos todavía impuros.

Que cada cual aspire a la pureza y se esfuerce en alcanzarla por el recto camino cuya primera etapa es la pureza de corazón.

La mente ha de purificarse también cuando uno siente cólera o dice falsedades o sin necesidad descubre las faltas ajenas o dice y hace algo con propósito de lisonja, o cuando alguien queda engañado por la insinceridad de palabra u obra. (21)
Quienes deseen salvarse han de evitar la lujuria, la cólera y la, codicia; obedecer fielmente las Escrituras, estudiar la filosofía espiritual y perseverar en su realización práctica. (22)

Quien obra por motivos egoístas no puede entrar en un cielo donde no existe el egoísmo. Quien no ansía el cielo, sino que está contento donde se halla, está ya en el cielo, mientras que el descontento clamará en vano por él. Libre y feliz es quien carece de personales deseos, y el “cielo” no puede significar otra cosa que un estado de liberación y felicidad. Quien hace las buenas obras con esperanza de recompensa no es feliz hasta recibirla, y en cuanto la recibe, cesa su felicidad. No caben descanso y felicidad permanentes mientras haya qué hacer y cumplir. El cumplimiento del deber lleva en sí su propia recompensa. (23)

Quien se cree más santo que otro y se jacta de no tener talo cual vicio o flaqueza, y presume de sabio y de superior en algo a sus prójimos, es incapaz del discipulado. El hombre ha de volverse como niño para entrar en el reino de los cielos. Sublimes tesoros son la virtud y la sabiduría; pero si engendran orgullo y el sentimiento de separatividad respecto a los demás, serán las serpientes del egoísmo reaparecidas en distinta forma. La primera regla consiste en la entrega y sacrificio del corazón del hombre con todas sus emociones, lo cual significa el logro de un equilibrio inalterable por las emociones personales.

Poned sin demora en práctica tan buenas intenciones y no dejéis ni una solo en propósito. Nuestro único procedimiento verdadero consiste en que el motivo de la acción esté en la misma acción y nunca en su recompensa. No ha de incitarnos a la acción la esperanza del resultado ni tampoco hemos de mantenernos en la inacción.
“Por medio de la fe (24) se purifica el corazón de la insensatez y de las pasiones, con lo que se domina el cuerpo y por fin se consigue la subyugación de los sentidos.” (25)

madrugar-y-desarrollarte.jpg

 

 

Las características del sabio iluminado son:

1) Carencia de todo deseo, y conocimiento de que sólo el verdadero Ego o supremo Espíritu es felicidad y que todo lo demás es dolor.
2) Carencia de apego o repulsión a cuanto pueda sucederle, pues obra sin cálculo egoísta.

Finalmente llega la subyugación de los sentidos, que no aprovecha gran cosa sin la primera característica, y es inútil y con frecuencia nociva, por engendrad ora de hipocresía y orgullo espiritual, sin la segunda característica. (26)

Quien no practica el altruismo y no es capaz de compartir su último bocado con el más pobre o desvalido que él; quien se niega socorrer a su prójimo de cualquiera raza, nación o creencia, siempre y dondequiera lo vea sufriendo; quien cierra los oídos al clamor de las miserias humanas; quien oye calumniar al inocente y no lo defiende como se defendería a sí mismo, no es teósofo.


 

V


Nadie obra bien si descuida los inconfundibles deberes de la vida resumidos en el divino mandamiento. Quien cumple con su deber pensando que de no cumplirlo le resultará perjuicio, o que su cumplimiento le allanará las dificultades que se les presenten en el camino, obra con la vista puesta en el resultado.

Hemos de cumplir con nuestro deber tan sólo porque lo manda Dios, quien puede en cualquier instante dispensarnos de su cumplimiento. Mientras no apacigüemos la inquietud de nuestra na­turaleza, debemos obrar consagrando a Dios los frutos de nuestra acción y atribuirle el mérito de nuestras obras. La verdadera vida del hombre consiste en identificarse con el supremo Espíritu. Pero esta vida verdadera es del todo independiente de nosotros, porque es en sí la real verdad y no la actualiza ninguna de nuestras acciones.

El reconocimiento de que cuanto se opone a esta verdad es ilusorio, es una nueva conciencia, y no una acción. La liberación de un hombre no está en modo alguno relacionada con sus acciones; porque las acciones son útiles en cuanto nos dan a conocer nuestra completa incapacidad para emanciparnos por nosotros mismos de la existencia condicionada. Transpuesta esta etapa, las acciones son más bien impedimentos que auxilios.

Quienes obran obedeciendo a los divinos mandamientos y saben que la facultad de obrar así es un don de Dios y no peculiar atributo de la conciencia personal del hombre, se libran de la necesidad de la acción. Entonces la verdad llena el purificado corazón y se percibe la identidad con Dios.

Lo primero que debe hacer el hombre es desechar la idea de que obra él de por sí, pues todas las acciones tienen por esfera las “tres cualidades naturales” y no en modo alguno el alma.

Reconocido esto, ha de ejecutar con devoción todas sus acciones; esto es, sacrificarlas en aras del Supremo y no de su persona. Ha de ofrecer el sacrificio a sí mismo o sea a su Yo superior, que equivale a sacrificarlas a Ishvara. Todos sus actos y aspiraciones han de estar consagrados así mismo o al Todo. Aquí interviene la importancia del motivo. Porque si ejecuta valerosas hazañas o benéficas acciones o adquiere conocimientos para auxiliar a la humanidad, ya ello le mueve el único deseo de lograr la salvación, obrará en tales casos por su propio beneficio, y, en consecuencia, se ofrecerá sacrificios, a sí mismo.

Así es que ha de consagrarse internamente al Todo, reconociendo que él no es el actor sino tan sólo el testigo presencial de la acción.

Como quiera que reside en cuerpo mortal, le conturba la duda; y esto denota su ignorancia de algo, por lo que ha de disipar la duda con “la espada del conocimiento”, pues si sabe responder a una duda, de seguro la disipará. Toda duda proviene de la naturaleza inferior y nunca de la superior. Así es que, a medida que aumente su devoción, será mayor el conocimiento que adquiera de su naturaleza sátvica.

Porque se ha dicho: “El perfecto de la devoción (o que perseverare en su ejercicio) adquiere con el tiempo, espontáneamente, conocimiento espiritual.” y también se ha dicho: “El hombre de mente dubitativa no goza de este mundo ni del otro, ni logra bienaventuranza final.” Esta última frase rebate la idea de que si existe en nosotros el Yo superior, acabará por triunfar de la necesidad de conocimiento, aunque seamos indolentes y recelosos, y nos conducirá a la bienaventuranza final con la colectiva corriente de la humanidad.

La verdadera oración consiste en contemplar todas las cosas sagradas o aplicadas a los actos de la vida diaria, acompañadas del vehemente y cordial deseo de que sea más intensa su influencia para enaltecer y mejorar nuestra conducta, y que se nos conceda algún con cimiento de ellas. Todos estos pensamientos deben entretejerse con el conocimiento de la suprema y divina Esencia de que dimanaron todas las cosas.

La cultura espiritual se logra por medio de la concentración, que debe ejercitarse diariamente, utilizándola en todo momento. Se ha definido la meditación diciendo que es “el cese de todo activo pensamiento externo”. Concentración es el enfoque de todo nuestro ser en determinado objeto. Por ejemplo, madre abnegada es la que ante todo y sobre todo vela por los intereses de sus hijos en todos sus aspectos, no la que piensa durante un día entero en una sola modalidad de los intereses filiales.

El pensamiento tiene potencia reproductiva, y cuando la mente se posa en una idea, queda coloreada por ésta, y todas las demás ideas, asociadas con la principal, brotan entonces de la mente. Por esta razón el místico acaba por conocer todo objeto en el que constantemente piensa con detenida contemplación; y así dijo Krishna con mucho acierto: “Piensa constantemente en mí. Confía sólo en mí y con seguridad llegarás a mí”.

La vida es el gran maestro. Es la gran manifestación del Ego, quien a su vez manifiesta al Supremo. De aquí que todos los métodos sean buenos y todos formen parte del sublime anhelo de la devoción, la cual, según el Bhagavad Gita, es “el éxito en las gestiones”.

Las facultades psíquicas, a medida que se vayan recibiendo, también deben emplearse porque nos revelan el conocimiento de algunas leyes; pero no hay que exagerar su valía ni tampoco desconocer sus riesgos. El que confía en sus facultades psíquicas es como quien se enorgullece y canta victoria por haber llegado a la primera estación de la cuesta que conduce a los picachos que se ha propuesto escalar.


VI


Es una ley eterna que el hombre no puede ser redimido por una potestad exterior a mismo. De ser esto posible, bastara con que hace muchísimo tiempo hubiera visitado la tierra un ángel que declarando verdades celestes y manifestando las facultades de la naturaleza espiritual, descubriese a la conciencia humana los mil hechos que ignoraba. (28)

El crimen lo mismo puede perpetrarse en pensamiento que en acción. Quien por cualquier causa odia a otro, que gusta vengarse y no perdona las injurias, está poseído del espíritu del homicidio, aunque no se dé cuenta de ello. Quien se doblega a falsas creencias y somete su conciencia a una institución humana, blasfema de su divino ser, y por lo tanto “invoca el nombre de Dios en vano aunque no preste juramento alguno.

Quien desea o simpatiza con los deleites sensuales, sea en el trato conyugal o fuera de él, es el verdadero adúltero. Quien no presta al prójimo los conocimientos, bondades y auxilios que prudentemente pudiera otorgarle, y vive para acumular riquezas materiales, es el verdadero ladrón. Quien difama, calumnia y rebaja el carácter de su prójimo en toda especie de falsedades, es también un ladrón y de la peor índole. (29)

Si los hombres fuesen buenos consigo mismos y benévolos con los demás, se operaría un formidable cambio en su estimación del valor de la vida y de las cosas se esta vida. (30)

vidaaiv.jpg

 

 

 

EDUCACIÓN DEL PENSAMIENTO


Concentrad todas las fuerzas de vuestra alma en el empeño de cerrar las puertas de vuestra mente a todo pensamiento, sin permitir la entrada más que a los que prometan revelaros la irrealidad de los sentidos y de la vida corporal y la paz del mundo interior.

Reflexionad noche y día sobre la irrealidad de cuanto os rodea y de vuestra misma personalidad. Los malos pensamientos no son tan nocivos como los ociosos e indiferentes, porque de los malos pensamientos podemos guardarnos cuando nos determinemos a combatirlos y vencerlos. Esta determinación robustecerá vuestra voluntad. Los pensamientos ociosos e indiferentes distraen la atención y malgastan energía.

La primera y mayor ilusión que se ha de vencer es la identificación con el cuerpo físico. Pensad que este cuerpo no es más que una casa donde habéis de vivir temporalmente, y así no volveréis a ceder a sus tentaciones procurad también dominar las prevalecientes flaquezas de vuestro carácter, dirigiendo el pensamiento por el camino más a propósito para extinguir las pasiones.

Después de los primeros esfuerzos, sentiréis un indescriptible vacío y desconsuelo en vuestro corazón; pero no os amedrentéis por ello, sino considerad lo como el suave crepúsculo precursor del naciente sol de la felicidad espiritual La tristeza no es un mal.

No os quejéis, porque los que os parecen sufrimientos y obstáculos suelen ser en realidad los misteriosos esfuerzos de la naturaleza para ayudaros en vuestra obra si sabéis aprovecharlos. Considerad todas las circunstancias con la gratitud de un discípulo. (31)

Toda queja es una rebelión contra la ley de progreso. Lo que hay que evitar es el dolor que todavía no ha sobrevenido. El pasado no puede mudarse ni enmendarse. Lo perteneciente a las experiencias presentes no puede ni debe evitarse; pero sí han de evitarse las preocupaciones sobre imaginarias desgracias o los temores acerca del porvenir, así como todo impulso o acción que puede causar presente o futuro dolor a nosotros o a los demás.(32)


VII


Nada más valioso para quienquiera que un excelso ideal hacia el que aspire de continuo ya él amolde sus pensamientos y emociones de suerte que regulen lo mejor posible su conducta. Si así se esfuerza para llegar a ser, más bien que a parecer como su ideal, no fracasará en el empeño de acercarse cada vez más a él. Sin embargo, habrá de luchar para este logro, y si su ideal es elevado y verdaderamente se encamina a alcanzarlo no se envanecerá, sino que, por el contrario, se humillará de su rectitud, pues al descubrir ante sí la posibilidad de mayor adelanto en planos todavía más elevados, no se engreirá de su progreso ni tampoco se entibiará su ardor.

Precisamente, el reconocimiento de las vastas posibilidades de la vida humana es nece­sario para disipar el tedio e invertir en celo la. apatía. Así la vida no es odiosa, sino aceptable, cuando comprendemos claramente su finalidad y estimamos sus espléndidas oportunidades.

El más recto y seguro camino para llegar a este elevado plano de conciencia es el ejercicio del altruismo, tanto en pensamiento como en acción. Estrecho es, en efecto el campo visual limitado a la personalidad, que mide todas las cosas con la vara del interés egoísta, porque en semejante limitación no es posible que el ego conciba elevados ideales ni se acerque a los planos superiores de existencia. Las condiciones de adelanto están dentro y no fuera, y por fortuna son independientes de las circunstancias y condiciones de la vida terrena. Por lo tanto, a todos se les depara la ocasión de ir escalando cumbre tras cumbre, y cooperar así con la naturaleza en el cumplimiento de la evidente finalidad de la vida. (33)

Si creemos que el objeto de la vida es la satisfacción y bienestar de la personalidad, y que el bienestar material confiere la suprema dicha, confundiremos lo inferior con lo superior y la ilusión con la verdad. Nuestra modalidad material es consecuencia de la constitución material de nuestros cuerpos. Somos “gusanos de la tierra” porque nuestras aspiraciones se arrastran por la tierra; pero si entráramos en un sendero de evolución donde fuésemos menos materiales y más etéreos, tomaría muy distinto cariz la civilización. Muchas cosas que ahora nos parecen indispensables y necesarias dejarían de serlo; y si pudiéramos transferir nuestra conciencia de un extremo a otro del globo con la velocidad del pensamiento, serían inútiles los actuales medios de comunicación.

Cuanto más profundamente nos hundimos en la materia, más medios de comodidad material necesitamos; pero el esencial y potente dios interno del hombre no es material ni depende de las restricciones peculiares de la materia.

¿Cuáles son las verdaderas necesidades de la vida? La respuesta está en relación con lo que cada cual crea necesario. Los ferrocarriles, los buques de vapor, la luz eléctrica, etc., nos son ahora necesarios; y sin embargo, millones de gentes han vivido largo tiempo felices sin conocerlos. Para uno serán necesarios una docena de palacios; para otro, un carruaje; para otro, una pipa o una botella de ron.

Pero todas las necesidades de esta índole. son ficticias, constituyen el estado en que el hombre se encuentra satisfecho y le incitan a permanecer en él, sin desear algo superior, por lo que pueden ser estorbo más bien que impulso en su evolución. Si nos eleváramos a un estado más alto, en el que no se exigiese nada artificioso, todas las cosas ficticias dejarían de ser necesarios y no las desearíamos; pero la apetencia de placeres groseros, en los que tiene fijo su pensamiento, le impide al hombre entrar en la vida superior.(34)

 

atardecer.jpg

*********

 


I

IMPORTANTE PARA LOS ESTUDIANTES


Hay muchos que ansían instrucciones prácticas de Ocultismo; y, por lo tanto, es necesario dejar sentado de una vez para siempre:

1) La especial diferencia entre el Ocultismo teórico o Teosofía y el Ocultismo práctico o Ciencias Ocultas.

2) La índole de las dificultades que entraña el estudio del Ocultismo práctico.

Es muy fácil ser teósofo, pues puede serlo cualquiera de medianas facultades intelectuales, aficionado a la metafísica, de conducta pura e inegoísta, que mayormente se goza en prestar que en recibir auxilio, que siempre está dispuesto a privarse de su gusto en bien de los demás, y sea amante de la verdad, la bondad y la sabiduría en sí mismas y no por el provecho que prometan allegar.

Pero muy distinto es entrar en el sendero que conduce al conocimiento de lo que debe hacerse, discerniendo acertadamente entre el bien y el mal; y también conduce al hombre al punto en que le es posible hacer cuanto bien desea, sin ni siquiera a veces levantar en apariencia un dedo de la mano.

Además, hay un importante hecho que le conviene conocer al estudiante, y es la enorme y casi ilimitada responsabilidad asumida por el instructor en beneficio del discípulo. Desde los gurús orientales hasta los pocos cabalistas de países occidentales que enseñan los rudimentos de la ciencia sagrada, ignorantes muchas veces del riesgo a que se exponen, todos los instructores están sujetos a la misma ley inviolable.

En cuanto empiezan a enseñar de veras y confieren tal o cual poder o facultad a sus discípulos, sea de índole física, psíquica o mental, cargan sobre sus hombros todos los pecados del discípulo, ya de omisión, ya de comisión, que se refieren a las ciencias ocultas, hasta el momento en que el discípulo llega a Maestro, y es directamente responsable. Hay una mística y fatal ley religiosa que reverencian y observan los cristianos de la Iglesia griega, que tienen medio olvidada los de la romana y está absolutamente abolida entre los protestantes.

Data de los primeros días del Cristianismo, y es símbolo y expresión de aquella otra ley oculta a que antes nos referimos acerca de las relaciones entre Maestro y discípulo.
Consiste en que el padrino y la madrina de la criatura en las fuentes bautismales contraen parentesco espiritual entre sí y con su ahijado (1).


Los padrinos toman tácitamente sobre sí todos los pecados del ahijado (2) hasta que éste tiene uso de razón para conocer el bien y el mal, y es responsable de sus actos. Esto explica por qué los Maestros son tan escrupulosos, y por qué a los discípulos se les exigen siete años de prueba para demostrar su aptitud y adquirir las cualidades requeridas por la seguridad de Maestro y discípulo.

El Ocultismo no es magia. Resulta relativamente más fácil aprender las artimañas del hechizo y los procedimientos para valerse de las sutiles pero todavía materiales fuerzas de la naturaleza física, porque muy luego se despiertan las potencias del alma animal del hombre y prontamente se desarrollan las energías actualizadas por su amor, su odio y sus pasiones. Pero esto es magia negra o hechicería, pues únicamente del motivo depende que el ejercicio de una facultad sea maligno y negra magia o bien magia blanca y provechoso.

Cuando en el actuante queda la más leve huella de egoísmo, no es posible utilizar las energías espirituales, porque la intención no es absolutamente sincera, y la energía espiritual se transmutará en psíquica, obrando en el plano astral con tal vez funestos resultados.

Las potencias y energías de la naturaleza animal, lo mismo puede utilizarlas el egoísta y vengativo, que el abnegado e indulgente. Las potencias y energías del espíritu sólo cederán al ma­nejo de quien tenga perfectamente puro el corazón. Esto es magia divina.

Así pues, ¿qué condiciones se requieren para ser estudiante de la Sabiduría divina? Porque conviene advertir que no es posible instrucción alguna sobre este punto a menos que durante los años de estudio se satisfagan y rigurosamente se cumplan determinadas condiciones. Éste es un requisito indispensable y sine qua non. Nadie sabrá nadar si no se arriesga en aguas profundas.
Ninguna ave puede volar antes que le crezcan las alas y disponga de espacio para moverlas y de valor para lanzarse al aire. Quien quiera manejar una espada de dos filos debe saber esgrimir a la perfección el florete para no herirse, o lo que es peor, dañar a otros al primer intento.

Todo instructor oriental posee “reglas privadas” con el objeto de facilitar con toda seguridad el estudio de la Sabiduría divina; y esto dará aproximada idea de las condiciones en que se ha de proseguir dicho estudio, para que la magia divina no se invierta en magia negra. Los pasajes siguientes están escogidos de entre gran número de ellos y se continúa su explicación entre paréntesis:

01) El lugar elegido para recibir instrucción debe ser tal, que no se distraiga la mente y esté lleno de objetos magnéticos de “estimuladora influencia”. Entre otras cosas, han de estar reunidos en un círculo los cinco colores sagrados. El lugar debe hallarse libre de toda influencia maligna que se cierna en el ambiente.

[El lugar ha de servir exclusivamente para la instrucción, y apartado de propósito. Los “colores sagrados” son los matices del espectro, dispuestos en determinado orden, pues son muy magnéticos. Por “influencias malignas” se entiende toda perturbación, disputa, altercado, malos sentimientos, etc., que se imprimen inmediatamente en la luz astral, esto es, en la atmósfera del lugar y se difunden “por el aire”. Esta primera condición parece a primera vista muy fácil de cumplir, pero bien considerada resulta una de las más difíciles de obtener.]

02) Antes que se le permita al discípulo estudiar “cara a cara”, ha de adquirir conocimientos preliminares en una selecta compañía de otros discípulos legos (upasakqs), cuyo número necesariamente debe ser impar.

[“Cara a cara” significa en este caso un estudio independiente o separado de los demás;
cuando el discípulo adquiere la instrucción cara a cara de sí mismo (su divino YO superior) o de su gurú. Entonces recibe cada cual su debida información según el uso que haya hecho del conocimiento recibido. Esto sólo puede acaecer al término del ciclo de instrucción.]

03) Antes que tú (el instructor) comuniques a tu lanú (discípulo) las buenas (santas) palabras del LAMRIN, o le permitas “disponerse” para Dubjed, debes tener cuidado de que su mente esté por completo purificada y en paz con todos, en especial con sus otros Yoes. De la contrario las palabras de Sabiduría y de la buena Ley se dispersarán arrastradas por los vientos.
[“Lamrin” es un tratado de instrucciones prácticas escrito por Tson-kha-pa. Consta de dos partes: una, con fines eclesiásticos y exotéricos, y otra para uso esotérico. “Disponer” para Dubjed es preparar los objetos usados en la videncia, como espejos y cristales. Los “otros Yoes” se refieren a los condiscípulos. A menos que entre los estudiantes reine la mayor armonía, no será posible el éxito. El instructor ha de hacer la selección según las magnéticas y eléctricas naturalezas de los estudiantes, aproximando y ajustando con sumo cuidado los elementos positivo y negativo.]

04) Durante el estudio deben los upasakas mantenerse unidos como los dedos de la mano. Les enseñarás que todo cuanto perjudique a uno ha de perjudicar a los demás; y si lo que uno alegue no encuentra eco en el pecho de los demás, denotará que faltan las requeridas condiciones y será inútil seguir adelante.
[Difícilmente sucederá esto si la elección preliminar se hizo con los requisitos magnéticos. De otro modo, los discípulos, aunque parezcan aptos para recibir la verdad, habrán de esperar muchos años, a causa de su temperamento y de la imposibilidad que experimentan de ponerse en armonía con sus compañeros.]

05) El gurú debe armonizar a los condiscípulos como si fueran cuerdas de un laúd (vina), que, aunque cada una distinta de las demás, emiten concertados sonidos. Colectivamente constituyen un teclado que responde en todas sus partes al más ligero toque (el toque del Maestro). Así sus mentes se abrirán a las armonías de la Sabiduría, vibrando en modulaciones de conocimiento en todas y en cada una de ellas, con efectos placenteros para los dioses que presiden (ángeles tutelares o custodios) y provecho para el discípulo. También así quedará la Sabiduría por siempre impresa en sus corazones, sin que jamás se quebrante la armonía de la ley.

06) Quienes deseen adquirir el conocimiento que conduce a lo siddhis (poderes ocultos) han de renunciar a todas las vanidades del mundo y de la vida. (Aquí sigue la enumeración de los siddhis)

07) Nadie puede continuar siendo upasaka si se cree diferente de sus condiscípulos y superior a ellos diciendo: “Soy el más sabio”, “Soy el más santo, y más grato al Maestro o a mi comunidad que mi hermano”, etc. Los pensamientos del upasaka han de estar predominantemente fijos sobre su corazón, eliminando de él todo pensamiento hostil a cualquier ser viviente, y llenándolo del sentimiento de su unidad con los demás seres y con todo cuanto en la naturaleza existe. De lo contrario, no es posible el éxito.

08) Un Lanú (discípulo) sólo ha de rehuir las influencias externas (las emanaciones magnéticas de las criaturas vivientes). Por lo tanto, aunque en unidad con todo en su interna naturaleza, ha de tener cuidado de apartar su cuerpo externo de toda influencia extraña. Nadie sino él ha de comer en su plato y beber en su vaso.
Debe evitar el contacto corporal (esto es, tocar o que lo toquen) con seres humanos o con animales.
[Ni siquiera se permite tener animales domésticos, como perros, gatos, canarios, etc., ni tampoco tocar ciertos árboles y plantas. El discípulo ha de vivir, por decirlo así, en su propia atmósfera, a fin de individualizarla con ocultistas propósitos].

09) La mente debe permanecer embotada para todo menos para las universales verdades de la naturaleza, so pena de que la “Doctrina del Corazón” se reduzca a la escueta “Doctrina del Ojo” (esto es, el vano ritualismo exotérico) .

10) El discípulo no debe tomar alimentos de índole animal, ni nada que tenga vida. Tampoco ha de beber vino ni licores, ni usar opio, pues todas estas cosas son como los espíritus malignos (lhamayin) que se aferran al incauto y devoran el entendimiento.
[El vino y los licores conservan y contienen el siniestro magnetismo de cuantas personas contribuyen a elaborarlos. La carne conserva las características psíquicas del animal de que procede.]

11) Los medios más eficaces de adquirir conocimiento y disponerse a recibir la sabiduría superior son la meditación, la abstinencia, el cumplimiento de los deberes morales, los pensamientos apacibles, las palabras amables, las buenas acciones y la benevolencia hacia todo, con entero olvido de sí mismo.

12) Únicamente por la observancia de las regIas anteriores puede esperar el lanú la adquisición, a su debido tiempo, de los siddhis de los arhates, cuyo desenvolvimiento lo conducirá gradualmente a la unidad con el Todo Universal.

Estos doce pasajes están entresacados de unas 73 reglas cuya enumeración resultaría inútil, porque ningún significado tendrían en Europa.
Sin embargo, por pocos que sean, bastan para indicar las inmensas dificultades con que en su sendero ha de tropezar el aspirante a upasaka, nacido y educado en países occidentales. (3)

Todos los métodos de educación en Occidente, y más todavía en Inglaterra, se apoyan en el principio de emulación y porfía. A cada educando se lo excita a aprender más rápidamente, adelantar a sus compañeros y sobrepujarlos en todo lo posible. Se cultiva asiduamente la equivocadamente llamada “rivalidad amistosa”, y este mismo espíritu se alimenta y vigoriza en todas las modalidades de la vida.

Con tales ideas, inculcadas desde su niñez, ¿cómo puede relacionarse un occidental con sus discípulos “como lo están los dedos de la mano”? Además, aquellos condiscípulos no son de su. propia elección, o escogidos por él, llevado de personal simpatía y estimación. Los escoge su instructor en muy distintos puntos, y quien desee ser estudiante debe tener primero la fortaleza suficiente para matar en su corazón todo sentimiento de aversión y antipatía hacia los demás. ¿Cómo pueden los occidentales ser capaces ni siquiera de intentar esto ardientemente?

Por otra parte, los pormenores de la conducta diaria y la prescripción de no tocar ni aun la mano de las personas más íntimas y queridas, ¡cuán opuestos son a las ideas occidentales sobre el afecto y los buenos sentimientos! ¡Cuán frío y duro parece todo ello! Habrá quien tilde de egoísmo de abstenerse de complacer al prójimo, a fin de progresar uno mismo. A los que así opinen, dejémoslos que difieran hasta otra encarnación el intento de entrar fervorosamente en el sendero. Sin embargo, no consintamos que se jacten de su imaginario inegoísmo, pues en realidad les engañan las apariencias y convencionalismos basados en las emotivas efusiones de la llamada cortesía, que pertenecen a la vida ficticia y no a los dictados de la verdad.

Pero aun prescindiendo de estas dificultades, que cabe considerar como “externas”, si bien no deja de ser grande su importancia, ¿cómo podrán los estudiantes occidentales encuadrarse en la requerida armonía? En Europa y América es la personalidad tan vigorosa, que cuantos profesan las letras o las artes se envidian y aun se odian mutuamente. El odio y la envidia entre los de una misma profesión han llegado a ser proverbiales, y los hombres procuran lucrar a toda costa, hasta el punto que los modales urbanos y la cortesía social no son más que una hipócrita máscara de los demonios del odio y de la envidia.

En Oriente, el espíritu de la inseparabilidad se le inculca a la niñez con tanta firmeza como en Occidente el espíritu de la rivalidad.
Allí no se fomenta la ambición personal ni los sentimientos y deseos egoístas. Cuando el terreno es naturalmente fértil, se cultiva en debida forma, de suerte que el niño, al llegar a hombre, está acostumbrado vigorosa y potentemente a subordinar el yo inferior al Yo superior. En Occidente predomina la creencia de que el principio guiador de la conducta es el gusto y disgusto que inspiren los demás hombres y cosas, aunque no lleguen a convertir dicho principio en norma de vida ni traten de imponerlo a nadie.

Quienes se quejan de haber aprendido poco en la Sociedad Teosófica, fijen su atención en la siguiente sentencia entresacada de un artículo publicado en la revista Path, de febrero de 1888: “En cada uno de los grados, la clave está en el mismo aspirante.”

No es “el temor de Dios” el principio de la Sabiduría, sino que el conocimiento del Yo es la Sabiduría misma. Al estudiante de Ocultismo que ya practica alguna de las reglas precedentes, se le representa, grande y verdadera, la respuesta del oráculo de Delfos a todos cuantos anhelaban oculta sabiduría, y que el sabio Sócrates repitió corroborándola varias veces: HOMBRE, CONOCETE A TI MISMO.

 

 

 

 

 

 


 

 

EL OCULTISMO EN OPOSICIÓN A LAS ARTES OCULTAS

 



A menudo oí decir, pero nunca lo creí hasta ahora, que hay quien por medio de poderosos encantos mágicos rinde a su determinado propósito las leyes de la Naturaleza.

(Milton)

 


 

El periódico Correspondencia de mayo de 1888 insertó varias cartas que atestiguan la profunda emoción que causó en algunos ánimos nuestro trabajo publicado en abril del mismo año 1888 bajo el título de Ocultismo práctico, Dichas cartas comprueban y refirman dos conclusiones lógicas, a saber:

1) Que muchos más hombres cultos y de buen entendimiento de los que pudieran figurarse los materialistas creen en el ocultismo y la magia. (4)

2) Que la mayor parte de ellos (incluso muchos teósofos) no tienen claro concepto de la índole del Ocultismo y lo confunden con las ciencias ocultas en general, sin exceptuar la magia negra.

Las ideas que se forjan de las facultades que el Ocultismo confiere al hombre y de los medios que han de emplearse para adquirirlas son tan variadas como caprichosas. Algunos se figuran que para igualar a Zanoni sólo es necesario un maestro en el arte, que enseñe el camino. Otros creen que para emular a Roger Bacon, o al conde de Saint Germain, no tienen más que atravesar el canal de Suez e ir a la India. Muchos toman por ideal a Margrave con su siempre renovada juventud, y no cuidan del alma que se ha de entregar en cambio.

No pocos confunden con el Ocultismo la hechicería, al estilo de la pitonisa de Endor, que “a través de la bostezante tierra evoca a los flácidos espectros desde la estigiana lobreguez a la luz del día” y los disputa por aparecidos adeptos.

La “magia ceremonial”, según las reglas burlonamente expuestas por Eliphas Levi, es otro imaginario alter ego de la filosofía de los antiguos arhates. En resumen, los prismas a cuyo través miran el Ocultismo los filósofos cándidos, son tan variados y multicolores como cabe en la humana fantasía.

¿Se indignarán estos candidatos a la sabiduría y al poder si decimos la pura verdad? No solamente es útil, sino que ahora es ya necesario desengañarlos antes que sea demasiado tarde. La verdad sobre este punto puede declararse en pocas palabras: Entre los centenares que en Occidente se llaman ocultistas, no hay ni media docena que tengan ni siquiera idea aproximada de la genuina naturaleza de la ciencia que tratan de dominar.

Con pocas excepciones, están todos en pleno camino de la hechicería; pero dejémoslos restablecer algún tanto el orden en aquel caos que predomina en su mente, antes que protesten contra, esta afirmación. Que conozcan primero la verdadera relación entre las ciencias ocultas y el Ocultismo, así como la diferencia entre una y otro, y entonces se indignarán si todavía creen estar en lo cierto. Entretanto, digámosles que el Ocultismo difiere de la magia y demás ciencias ocultas; como el esplendente sol difiere de un candil, y como el inmutable e inmortal espíritu del hombre (reflejo del absoluto, infinito y desconocido TODO) difiere de la mortal arcilla del cuerpo humano.

En nuestra refinada civilización occidental, donde las lenguas modernas han ido evolucionando con la formación de palabras expresivas de nuevas ideas y pensamientos, no se sentía la necesidad de nuevos vocablos para expresar conceptos que tácitamente se tildaban de “supersticiones”, pues toda nueva modalidad mental aparecía materializada en la fría atmósfera del egoísmo de Occidente y el incesante afán tras los dioses de este mundo.

Dichos vocablos únicamente hubieran podido expresar ideas que a duras penas eran capaces de albergar en su mente los hombres cultos, para quienes la magia es sinónimo de prestidigitación; la hechicería equivalente a crasa ignorancia y el Ocultismo la triste reliquia de los desequilibrados filósofos medievales del fuego, como Jacobo Boehme y Saint Martin; expresiones todas que se consideran más que suficientes para abarcar el campo entero de un “dedal de costura”.

Tanto la palabra magia como las palabras hechicería y Ocultismo se usan en Occidente en sentido despectivo, y por lo general para designar las escorias residuales de los tiempos del oscurantismo y los perversos siglos del paganismo. Por lo tanto, no hay en nuestro idioma palabras que definan y maticen la diferencia entre las referidas facultades anormales, o entre las ciencias que conducen a su adquisición, con la exactitud y fijeza con que las definen y matizan los idiomas orientales y sobre todo el sánscrito.

Si las autoridades reconocidas en la materia dan a las palabras “milagro” y “hechizo” el mismo significado, en cuanto les atribuyen la idea de operar prodigios quebrantando las leyes de la naturaleza (!) , ¿qué significarán para quienes las oyen o pronuncian? El cristiano, no obstante “quebrantar las leyes de la naturaleza” al creer firmemente en milagros, porque dice que los obró Dios por medio de Moisés, desdeñará los hechizos o encantamientos de los magos de Faraón, o los atribuirá al demonio.

Nuestros piadosos enemigos relacionan al demonio con el Ocultismo, mientras que sus impíos adversarios, los infieles, se ríen de Moisés, de los magos y de los ocultistas, y se sonrojarían de prestar seria atención a semejantes “supersticiones”. Todo esto ocurre por no haber adecuadas palabras para expresar la diferencia entre lo sublime y verdadero y lo absurdo y ridículo, ni señalarse los claroscuros límites que los separan. Lo absurdo y ridículo son las teológicas interpretaciones que hablan del “quebrantamiento de las leyes de la naturaleza” por el hombre, Dios o el demonio.

Lo sublime y verdadero son los científicos milagros y encantamientos de Moisés y los magos, de conformidad con las leyes naturales. Tanto Moisés como los magos egipcios estaban versados en la sabiduría aprendida en los santuarios (que eran las academias y corporaciones científicas de aquellos días) y en el verdadero Ocultismo.

La palabra Ocultismo induce seguramente a error, tal como está traducida de la palabra compuesta Gupta-Vidya., que significa “conocimiento secreto”. Pero ¿conocimiento de qué? Algunos términos sánscritos nos ayudarán a responder.

Entre otros muchos nombres de la diversas clases de ciencia esotérica que aparecen en los Puranas esotéricos, citaremos por más notables los cuatro siguientes:

1) Yajña-Vidya. (5) es el conocimiento de las ocultas fuerzas de la naturaleza, puestas en acción por la práctica de ciertos ritos y ceremonias religiosas.

2) Mahâvidyâ, que significa “gran conocimiento”. Es la magia de los cabalistas y del culto tántrico, aunque suele degenerar en hechicería de la peor especie.

3) Guhya Vidyâ, o conocimiento de las mismas fuerzas del sonido (éter); y por lo tanto, de los mantras cantados en las oraciones y encantamientos, cuya eficacia depende del ritmo y la melodía. También se define diciendo que es una práctica mágica fundada en el conocimiento y correlación de las fuerzas de la naturaleza.

4) Atma-Vidyâ, que los orientalistas traducen literalmente por “Conocimiento del alma” o verdadera Sabiduría, pero que significa mucho más.

El Atma-Vidya es la única clase de Ocultismo a que debe aspirar todo prudente e inegoísta teósofo admirador de Luz en el Sendero. Las demás modalidades de Ocultismo son ramificaciones de las ciencias ocultas, esto es, artes basadas en el conocimiento de la última esencia de todas las cosas en los reinos de la naturaleza (mineral, vegetal y animal) . Quien conoce esta última ciencia conoce también el reino material de la naturaleza, por invisible que sea dicha esencia y por mucho que hasta ahora haya escapado a las investigaciones científicas.

La alquimia, astrología, fisiología oculta y quiromancia tienen su razón de ser en la naturaleza, y las ciencias que acaso por su inexactitud se llaman exactas en esta época de paradójicas filosofías han descubierto algunas de estas artes.
Pero la clarividencia, simbolizada en la India por el “Ojo de Siva” y llamada en el Japón “Visión infinita”, no es el hipnotismo, ni el mesmerismo, ni se adquiere por medio de tales artes. Todas las demás modalidades del ocultismo pueden dominarse y obtener de ellas resultados buenos, malos o indiferentes; pero el Atma-Vidya no les da mucho valor, pues a todas incluye y aun a veces las utiliza con benéficos propósitos después de eliminar las escorias y tener cuidado de que no quede ni el menor elemento egoísta.

Expliquemos la cuestión. Toda persona puede estudiar cualquiera de las mencionadas “artes ocultas” sin preparación especial, sin restringir demasiado su género de vida ni depurar gran cosa su moralidad; pero en este caso, el noventa por ciento de los estudiantes que se hayan distinguido en una razonable modalidad de magia se precipitan desaprensivamente en la negra.

Pero ¿que les importa? También los vudús y los dugpas comen, beben y se alborozan en las hecatombes de víctimas de sus infernales artes, y otro tanto, en diverso sentido, hacen los amables caballeros que practican la vivisección y los hipnotizadores diplomados por las Facultades de Medicina. La única diferencia entre ambos consiste en que los vudús y los dugpas son hechiceros conscientes y los vivisectores de la taifa de Charcot y Richet lo son inconscientes.

Pero como unos y otros han de cosechar los frutos de sus acciones en el arte negra, los practicantes occidentales no dejarán de obtener gozoso provecho aunque luego reciban su castigo porque el hipnotismo y la vivisección, tal como se practican en Occidente, son pura y simple hechicería, menos el conocimiento que poseen los vudús y dugpas, y que ningún Charcot ni Richet puede adquirir en medio siglo de arduos estudios ni experimental observación.

Por lo tanto, que se queden sin Atma-Vidyia o verdadero ocultismo quienes lo desdeñan para chapucear en la magia, consciente o no de su índole, y rechazan por demasiado rigurosas las reglas impuestas a los estudiantes. Dejémoslos que sean magos por cualquier medio, aunque durante las diez encarnaciones siguientes no pasen de vudús y dugpas.

Sin embargo, el interés del lector se concentrará probablemente, en quienes sienten invencible atracción hacia el Ocultismo, aunque todavía no hayan subyugado sus pasiones ni mucho menos sean verdaderamente inegoístas. ¿Cómo proceder con estos desgraciados a quienes así desgarran por mitad fuerzas antagónicas?

Porque demasiadas veces se ha dicho para que haya que repetirlo, y es cosa evidente para cualquier observador, que una vez despertado de veras en el corazón del hombre el anhelo por el Ocultismo, no le queda esperanza de paz ni lugar de descanso y consuelo en el mundo.

Una incesante y roedora inquietud, que no puede apaciguar, lo empuja a las más desoladas y ásperas circunstancias de la vida. Su ánimo es demasiado pasional y egoísta para permitirle el paso por las Puertas de Oro, y no halla paz ni descanso en la vida ordinaria. Así pues, ¿ha de caer inevitablemente en hechicería y magia negra y acumularse durante muchos años un karma terrible? ¿No hay otro camino?

Seguramente lo hay. No aspire a mayores cosas que las que se sienta capaz de cumplir. No eche sobre sus hombros una carga demasiado pesada. Aunque no llegue a ser un Mahatma, un Buddha o un gran santo, si estudia la filosofía y la ciencia del alma podrá ser un modesto bienhechor de la humanidad, por más que carezca de facultades “sobrehumanas”, pues los siddhis o facultades del arhat se reservan únicamente para los capaces de consagrar su vida al cumplimiento al pie de la letra de los terribles sacrificios que su adquisición requiere.

Ha de saber y recordar para siempre que el verdadero Ocultismo o Teosofía es la incondicional y absoluta renunciación de la personalidad en pensamiento y obra. Es altruismo, y quien lo practica queda enteramente escogido de entre las filas de los vivientes, tan luego como se entrega a la obra, porque “no vive para él sino para el mundo”.

Mucho se le dispensa durante los primeros años de prueba; pero tan pronto como pasa a ser discípulo “aceptado” debe desvanecer su personalidad y convertirse en una fuerza benéfica de la naturaleza. Desde entonces se abren a su paso dos caminos opuestos: ha de ascender trabajosamente, pasa a paso, durante numerosas encarnaciones, sin intervalo devacánico, por la áurea escala que conduce al arhatado; o al dar el primer paso en falso, resbalará escala abajo, rodando hasta el fondo de la magia negra.

Todo esto se ignora o se ha olvidado enteramente en nuestros días. En efecto, quien sea capaz de observar la silente evolución de las preliminares aspiraciones de los candidatos echará de ver que suelen preocuparles extrañas ideas.
Los hay cuyas racionales facultades torcieron ajenas influencias hasta el punto de figurarse que las pasiones animales pueden sublimarse y elevarse de modo que todo su ardor se dirija hacia adentro, a fin de mantenerlas encerradas en el pecho hasta que, en vez de estallar su energía, se invierta en dirección a lo alto con santos propósitos; es decir, hasta que la colectiva fuerza de las reprimidas pasiones capacite al hombre para entrar en el verdadero santuario del alma y permanecer allí en presencia de su Maestro, del Yo superior. A este fin no luchan con sus pasiones ni las matan, sino que mediante un violento esfuerzo de voluntad las reprimen y mantienen en jaque, dejando sus brasas en rescoldo.

Se someten gozosamente a la tortura del joven espartano que consentía que la zorra le devorase las entrañas antes que deshacerse de ella. ¡Oh, pobres ciegos visionarios! Sería esto lo mismo que si a una cuadrilla de deshollinadores, grasientos de su labor, se les encerrara en un santuario adornado de blanquísimos lienzos, y en vez de convertirlos con su contacto en un montón de sucios pingajos, se adueñaran del sagrado recinto y salieran de él tan inmaculados como los lienzos. De igual suerte cupiera imaginar que una docena de tejones encerrados en la pura atmósfera de un monasterio (dgon-pa) pudieran salir de él impregnados de los perfumes del incienso. ¡Extraña aberración de la mente humana! ¿Es posible que así sea? Discutámoslo.

En el santuario de nuestra alma, el “Maestro” es el “Yo superior”, el divino Espíritu cuya conciencia deriva y se funda en la Mente (por lo menos durante la vida mental del hombre), a la que llamamos alma humana o alma personal (pues el alma espiritual es vehículo del Espíritu). A su vez el alma personal está constituida en su aspecto superior por aspiraciones espirituales, voliciones y amor divino; en su aspecto inferior, por deseos animales y pasiones terrenas, comunicadas por su contacto con el cuerpo astral que es el asiento de todas ellas. Por lo tanto, el alma personal es el enlace o eslabón entre la naturaleza animal del hombre, que la razón procura dominar, y la naturaleza espiritual hacia la que aquella propende cuando logra ventaja en su lucha con la naturaleza animal.

Esta última es la instintiva alma animal, madriguera de las pasiones que el imprudente entusiasmo arrulla en su pecho en vez de matar. ¿cómo esperar que la cenagosa corriente de la cloaca animal se convierta en el cristalino manantial de las aguas de la vida? ¿A qué terreno neutral pueden relegarse las pasiones, sin que afecten al hombre? Las violentas pasiones de amor y lujuria se mantienen vivas en su cuna, es decir: en el alma animal porque tanto el aspecto superior como el inferior de la mente o alma humana rechazan a semejantes huéspedes, aunque no puedan evitar el rozarse con ellos como vecinos.

El Yo superior o Espíritu es tan impermeable a los malos sentimientos como incapaz el agua de mezclarse con el aceite o cualquier otro líquido impuro y grasiento.

El único lazo con el hombre y el Yo superior es la Mente, la única que puede contaminarse y está en incesante riesgo de que las; adormecidas pasiones despierten en cualquier momento y la arrastren al abismo de la materialidad. ¿Cómo puede concertarse con la divina armonía del Yo superior, si esta armonía está quebrantada por la presencia de las pasiones animales en el santuario?

¿Cómo es posible que la armonía prevalezca y triunfe, cuando la mente está contaminada y turbada por el torbellino de las pasiones y los terrenales deseos de los sentidos corporales y del hombre astral?

Porque el cuerpo astral no es compañero del Yo superior, sino del cuerpo terreno. Es el lazo entre el manas inferior y el cuerpo físico; el vehículo de la vida transitoria, no de la inmortal. Como sombra proyectada por el hombre, sigue servil y mecánicamente sus movimientos e impulsos, propendiendo, por lo tanto, a la materia, sin ascender jamás hacia el Espíritu.

La unión con el Yo superior sólo puede cumplirse cuando anulada la fuerza de las pasiones, quedan trituradas y aniquiladas en la retorta de una inflexible voluntad; cuando no sólo han muerto las concupiscencias y ansias de la carne, sino que, muerta asimismo la personalidad, se invalida el cuerpo astral, que refleja al hombre triunfante y no a la codiciosa y egoísta personalidad. Entonces el brillante Augoeides, el divino Yo, vibra en consciente armonía con los dos polos de la entidad humana: El hombre de purificada materia y la siempre pura alma espiritual. El hombre permanece en presencia y para siempre se une íntimamente con el Yo superior, con el Maestro, el Cristo de los gnósticos (6).

Así pues, ¿cómo le sería posible al hombre entrar por la angosta puerta “del Ocultismo”, estando sus cotidianos pensamientos ligados a todas horas con las cosas terrenas, con deseo de poderío, concupiscencias, ambiciones y deberes que, si bien honrosos, no dejan de ser terrenos?


Aun el amor a la familia, el más puro e inegoísta de los afectos humanos, es un obstáculo para el verdadero Ocultismo. Porque si ponemos por ejemplo el santo amor maternal o el conyugal, aún en estos mismos sentimientos analizados a fondo y enteramente cernidos, encontraremos egoísmo personal en la madre y egoísmo dual en los cónyuges. ¿Qué madre no sacrificaría sin vacilar cien y mil vidas que tuviera por el hijo de sus entrañas? ¿y qué amante marido no satisfaría los deseos de su amada esposa aun a costa de la dicha ajena?

Se nos dirá que esto es lo natural; pero, aunque lo sea según el código de los humanos afectos, no lo es según el código del divino amor universal. Porque mientras el corazón palpite de amor tan sólo por unos cuantos seres, los más queridos e inmediatos, ¿cómo podrá el resto de la humanidad estar en nuestras almas? ¿Qué resto de amor y solicitud quedará en nosotros para profesarlo a la “gran huérfana”? ¿y cómo se hará oír “la tenue y callada voz” en un alma enteramente ocupada en sus predilectos deudos? ¿Qué lugar se deja allí para las necesidades de la humanidad en conjunto, de modo que el corazón las sienta ya ellas responda fácilmente?

Con todo, quien aspire a aprovecharse de la sabiduría de la mente universal, ha de lograrlo mediante la humanidad entera sin distinción de raza, temperamento, creencia, ni condición social. Sólo el altruismo, no el egoísmo, ni aun en su más noble y legítimo concepto, puede conducir al hombre a identificar su individual Yo con el Yo universal.

El verdadero discípulo del verdadero Ocultismo ha de consagrarse a la obra de satisfacer las necesidades de la humanidad si quiere adquirir la Theo-Sophia o Sabiduría divina y Conocimiento.

El aspirante ha de escoger absolutamente entre la vida del mundo y la vida del Ocultismo. Inútil y vano intento es conciliarlas, porque nadie puede servir a dos señores y complacer a ambos. Nadie puede servir a su cuerpo ya su Yo superior, ni cumplir los deberes de familia, al propio tiempo que los de la humanidad entera, sin privar a una o a otra de sus derechos; porque si presta oído a la “tenue y callada voz” no podrá escuchar el clamor de sus pequeñuelos; o si atiende a las necesidades de éstos, quedará sordo a la voz de la humanidad. El casado que intentase seguir el verdadero Ocultismo práctico en vez de la filosofía teórica habría de sostener una incensante y desatentada lucha, porque continuamente vacilaría entre la voz del impersonal divino amor a la humanidad y la del amor personal y terreno, lo cual sólo podría conducirlo al fracaso en uno u otro o tal vez en ambos deberes.

No sería esto lo peor, pues quienquiera que después de haberse comprometido en el Ocultismo, ceda al halago de un amor, experimentará por casi inmediata consecuencia el verse irresistiblemente atraído del divino estado impersonal al inferior plano de materia. El deleite sensual, aún sólo de pensamiento, entraña la inmediata pérdida del discernimiento espiritual. La voz del Maestro no podrá distinguirse entre la de las pasiones, como tampoco se distinguirá la de un dugpa, porque en semejantes circunstancias no es posible distinguir lo justo de lo injusto y la sana moralidad del estéril nominalismo.
El fruto del Mar Muerto es la más apropiada alegoría mística, porque se vuelve ceniza en los labios y acíbar en el corazón, resultando en “cada vez más profundas tinieblas, loco por sabiduría, culpable por inocencia, ansioso de éxtasis y desesperado por esperanza”.

Pero una vez engañados y después de obrar según su engaño, muchos hombres se niegan a reconocer su error y se hunden más y más en el fango. Aunque de la intención deriva principalmente el que la magia sea blanca o negra, los resultados de la hechicería involuntaria e inconsciente no pueden por lo menos que augurar mal karma. Bastante se ha dicho en demostración de que la hechicería es toda especie de maligna influencia ejercida sobre otras personas que sufren o hacen sufrir en consecuencia. El karma es una piedra que chapoteada en las tranquilas aguas de la vida levanta ondulaciones cada vez más amplias hasta el infinito. Las causas engendradas han de producir efectos evidenciados en la justa e inquebrantable ley de retribución.

Muchos de estos defectos podrían evitarse si las gentes se abstuviesen de prácticas cuya naturaleza e importancia desconocen. Nadie espere sobrellevar una carga superior a sus fuerzas y facultades. Hay magos congénitos, místicos y ocultistas de nacimiento, a causa de la directa herencia de una serie de encarnaciones y siglos de sufrimientos y fracasos. Están ya a prueba de pasiones.

Ningún fuego de origen terreno puede inflamar sus sentidos ni sus deseos. Ninguna voz humana halla respuesta en sus almas, excepto el ruidoso clamor de la humanidad. Son los únicos que tienen asegurado el éxito. Pero son rarísimos y pasan por las estrechas puertas del Ocultismo porque no llevan la personal impedimenta de los transitorios sentimientos humanos. Se han desprendido de los afectos de la naturaleza inferior, paralizando la animalidad astral, y ante sus pasos se abre la estrecha pero áurea puerta.

No les sucede lo mismo a quienes todavía han de llevar durante varias encarnaciones la carga de los pecados cometidos en pasadas y aun en la presente vida. A menos que procedan con suma precaución, la áurea puerta de Sabiduría puede transmutarse para ellos en la ancha puerta y el espacioso camino que “conduce a la perdición”, y por la tanto “muchos son los que entran por ella”. Esta ancha puerta es la de las artes ocultas practicadas con motivos egoístas, sin la restrictiva, previsoras y benéfica influencia del Atma-Vidyâ.

Estamos en la edad de Kali, cuya letal influencia es mil veces más poderosa en Occidente que en Oriente. De aquí las fáciles presas que las Potestades tenebrosas hacen en este ciclo de lucha, y las muchas ilusiones en que hoy día se agita el mundo, entre ellas la relativa facilidad con que los hombres se figuran que pueden llegar a la “Puerta” y cruzar el umbral del Ocultismo sin grandes sacrificios. Tal es el sueño de algunos teósofos, inspirados por el afán de poderío y egoísmo personal; pero estos sentimientos no los conducirán a la ambicionada meta, pues como dijo uno de quien se cree que se sacrificó por la humanidad:

“Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la hallan”.

Tan estrecha es, en efecto, que a la simple mención de algunas de las preliminares dificultades, los espantados candidatos occidentales vuelven la espalda y se marchan tambaleantes y temblorosos.
Dejemos que se queden aquí, sin que su mucha flaqueza les consienta mayor intento, porque ¡ay! de ellos si al volver la espalda a la puerta estrecha, los arrastra su ansia de Ocultismo a dar un paso en dirección de las anchas y halagadoras puertas del áureo misterio que centellea a la luz de la ilusión.
Los conducirá a la magia negra, y con seguridad desembocarán muy luego en el fatal camino del Infierno, a cuya entrada leyó el Dante estas palabras:

Per me si va nella città dolente
Per me si va nell`eterno dolore
Per me si va tra la perduta gente

 

 

 

 


 

 

Notas:


(6) Quienes se inclinan a ver tres Egos en el hombre denotarán su incapacidad para advertir el metafísico significado de esta afirmación. El hombre es una trinidad de cuerpo, alma y espíritu; pero, sin embargo, el hombre es uno y seguramente no es su cuerpo físico o transitoria vestidura. Los tres Egos son los tres aspectos del hombre en los planos astral, mental y espiritual.
(7) Véase Magia blanca y negra por Franz Hartmann
(8) Véase Luz en el Sendero
(9) Véase Comentarios a Luz en el Sendero
(10) Mabel Collins, Por las Puertas de Oro
(11) Por las Puertas de Oro.
(12) Luz en el Sendero
(13) Por las Puertas de Oro
(14) Bhagavad Gita
(15) Molinos, Guía Espiritual
(16) Bhagavad Gita
(17) Bhagavad Gita
(18) Comentarios a Luz en el Sendero
(19) Luz en el Sendero
(20) Bhagavad Gita
(21) Luz en el Sendero, Regla 4.
(22) Bhagavad Gita
(23) Bhagavad Gita
(24) Hartmann, Magia blanca y negra
(25) Se entiende aquí por fe el conocimiento adquirido mediante el ejercicio del altruismo y la benevolencia.
(26) Bhagavad Gita
(27) Bhagavad Gita
(28) Spirit of the New Testament, pág. 508.
(29) Spirit of the New Testament, pág. 513.
(30) Theosophist, julio de 1889, pág. 590
(31) Theosophical Siftings. Nº 3, vol. 2-89.
(32) Patanjali, Aforismos del Yoga.
(33) J. Buck, Man, pág 106.
(34) Hartmann, Magia blanca y negra

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s