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El Camino de la Sinceridad

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Enfrentar lo que te gusta con lo que te disgusta
es la enfermedad de la mente.

No persigas las complicaciones externas.
Mora en el vacío interno.
Cuando la mente reposa serena en la unidad de las cosas,
el dualismo se desvanece de por sí solo.

Cuando te esfuerzas por ganar la quietud,
deteniendo el movimiento,
la quietud así ganada está siempre en movimiento.

Mientras te demores en el dualismo,
¿cómo puedes realizar la unidad?

Verbalismo e intelección…
cuando más nos acompañamos de ellos,
más nos descarriamos.
Por tanto, fuera el verbalismo y la intelección
y no habrá lugar al que no puedas pasar libremente.

Cuando retornamos a la raíz, ganamos el significado.
Cuando perseguimos los objetos externos, perdemos la razón.

En el instante en que nos iluminamos por dentro,
trascendemos el vacío y el mundo que nos enfrenta.
Las transformaciones que se suceden
en el mundo vacío que nos enfrenta
parecen reales en su totalidad debido a la Ignorancia.
No intentes buscar la verdad,
deja tan sólo de tener opiniones.

No mores en el dualismo,
evita cuidadosamente perseguirlo.
Tan pronto estableces lo correcto y lo erróneo,
sucederá la confusión, y la Mente se perderá.

La dualidad existe debido al uno,
pero ni siquiera te aferres a este uno.
Cuando la mente única no está perturbada,
las diez mil cosas no ofrecen ofensa.
Cuando ellas no ofrecen ofensa, es como si no existieran,
cuando la mente no es perturbada,
es como si no hubiese mente.

El sujeto se aquieta cuando el objeto cesa,
el objeto cesa cuando el sujeto se aquieta.
El objeto es un objeto para el sujeto,
el sujeto es un sujeto para el objeto:
Has de saber que la, relatividad de los dos reposa,
en última instancia, en un solo Vacío.
En la unidad del vacío los dos son uno,
y cada uno de los dos contiene en sí
la totalidad de las diez mil cosas.
Cuando no se efectúa discriminación entre esto y aquello,
¿cómo puede surgir un criterio unilateral y prejuicioso?.

El Gran Método es calmo y de espíritu amplio,
nada es fácil, nada es difícil.

Obedece a la naturaleza de las cosas
y estarás en concordia con el Método,
calmo, cómodo y libre de molestias.
Mas cuando tus pensamientos están atados,
te apartas de la verdad,
se tornan más pesados y torpes,
y de ningún modo son sensatos.
Cuando no son sensatos, el alma se altera.
¿De qué sirve entonces ser parcial y unilateral?

Si quieres recorrer el curso del Vehículo Único,
no seas prejuicioso contra los seis objetos sensorios.
Cuando no tienes prejuicios
contra los seis objetos sensorios,
entonces eres uno con la Iluminación.
Los sabios son no-activos,
mientras los ignorantes se atan.

Mientras en el Dharma mismo no hay individuación,
ignorantemente se apegan a los objetos particulares.
Son sus propias mentes las que crean ilusiones,
¿no es esa la máxima de las contradicciones?.

Los ignorantes abrigan la idea de reposo y desasosiego.
Los iluminados no tienen gustos ni disgustos.
Todas las formas de dualismo
son inventadas por la misma ignorancia de la mente
se parecen a visiones y flores en el aire.
¿por qué debemos perturbarnos tratando de agarrarlas?.
Ganancia y pérdida, correcto y erróneo,
¡Fuera con ellos de una vez por todas!

Si el ojo nunca se duerme
todos los sueños desaparecerán.

Si la mente retiene su unidad,
las diez mil cosas son de una sola talidad.
Cuando se sondea el hondo misterio de la talidad única,
de repente olvidamos las complicaciones externas.
Cuando las diez mil cosas se ven en su unidad
volvemos al origen
y permanecemos donde siempre estuvimos.

Todo es vacío, lúcido, y auto-iluminador.
No hay ejercicio, ni derroche de energía…
Esto es donde el pensamiento nunca llega.
Esto es donde la imaginación no logra medir.
En el reino superior de la Talidad verdadera
no hay “yo” ni “otro”:

La Razón Absoluta está más allá del tiempo y del espacio
en ella un instante es diez mil años.

Las cosas infinitamente pequeñas son tan enormes
como las cosas enormes pueden serlo,
pues aquí no subsisten condiciones externas.

Las cosas infinitamente enormes son tan pequeñas
como las cosas pequeñas pueden serlo,
pues aquí los límites objetivos no se consideran.

Lo que es lo mismo como lo que no lo es,
Lo que no lo es, es lo mismo que lo que es.
Donde este estado de cosas no logra subsistir,
Ciertamente, no hay que detenerse allí.

Uno en Todo,
Todo en Uno…
Si sólo se comprendiese esto,
¡No te preocuparías más por no ser perfecto!

 

 

Sosan.

 

 

 

 

 

 

 

 Hikari_Shugendoo_Vajarayana_Blog

 

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I Ai Do (I)

I tiene el sentido de ser. AI el de unidad. IAI es la realidad y el medio de alcanzarla.

El DO japonés es lo que conduce al hombre a esta realidad. En cierto sentido, el IAIDO es SHIN JUTSU, el arte de controlar la mente.


ue en China donde el arte del sable, apoyándose en la filosofía, toma una dimensión excepcional. Durante el período Heian (794-1191), la filosofía china fue introducida en Japón y la práctica de las artes marciales fue momentáneamente relegada, a excepción del arte del sable, que representaba un medio único de supervivencia en estos tiempos tumultuosos.

A finales del siglo XII se constituye una nueva clase de tendencia aristocrática, la de los samurais, que jugó un papel importante a lo largo de la historia nipona tanto en la vida social como en la política. El samurai seguía un código de vida ideal llamado BUSHIDO o camino del guerrero, que daba amplia acogida a las actividades artísticas (pintura, poesía), a la filosofía y a la práctica de las armas.

Durante los períodos Kamakura y Muromachi (1.190-1.570), el sable tomó un auge excepcional y fue venerado como símbolo de la virilidad, de la pureza y del valor de los samurais. Siendo indispensable para defender la vida, llegó a representar el alma del guerrero. Además, el sable fue incorporado a los ritos religiosos del Shinto y adquirió un lugar de honor en la vida del Estado. Pero habrá que esperar al período Muramachi (1.337-1.570) para que el sable, llamado katana en japonés se convierta en un arte de vivir y en un medio de elevación espiritual.

La vida de los jóvenes guerreros nacidos en familias de rango imperial estaba marcada por dos acontecimientos importantes:

“El primero era la ceremonia de iniciación durante la cual se le daba un primer sable, el mamori-katana que el pequeño llevaba hasta la edad de cinco años. La segunda ceremonia era el Genbuku que marcaba el comienzo de su vida adulta. Recibía entonces un sable verdadero y una armadura, después se le peinaba como a un adulto. Desde entonces debería especializarse en las funciones reservadas a su rango, pero sin dejar de lado jamás la práctica del sable definida por el código militar como “el alma del samurai”.


El sable es mencionado en los archivos del Japón en conjunción a la historia de los dioses, y esto mucho antes del advenimiento de Jimmu Tenno, el primer emperador nipón.

La religión shintoista remonta el origen del sable al dios Izagami. Esta tradición cuenta que Izagami no Mikoto “sacando la espada (de empuñadura larga) de diez puños (de largo) que tenía augustamente ceñida, cortó el cuello de su hijo Kagutsuchi.”

El sable de los orígenes tenía diferentes apelativos como “espada violenta que mata la serpiente gigante” o “celeste cortador de gigantes” y es fácil descubrir en estos mitos la génesis misma del mundo, similar, con pocas diferencias, a la de otras religiones. Recordemos los mitos vinculados al sable en nuestras propias tradiciones occidentales, el de Excalibur, la espada del rey Arturo, o de Durandal, la de Roldán, y muchas más todavía…


A causa de la veneración que se tenía al sable (katana), el oficio de fabricante de sables se convirtió en una profesión religiosa que incorporó un gran número de dones filosóficos y sobre todo esotéricos. Cada escuela de forjadores poseía sus propias técnicas, descubiertas después de exhaustivas experimentaciones.

El descubrimiento de ciertas aleaciones, alcanzados a veces por inspiración, dio lugar a una verdadera alquimia, sobre todo por su estrecha relación con el chamanismo Shinto y con el budismo esotérico cuyos conocimientos tocaban la esencia misma de la materia y el control por el poder del espíritu.

Esta vinculación a las doctrinas místicas se nota por ejemplo en las hojas de sable donde a veces se gravaban signos esotéricos del Ju-ji (diez letras sagradas), como se puede ver en una de las hojas de Hiroyoshi de Yamashiro (Kyoto), célebre familia de forjadores de sables.

Tal como los alquimistas de la Edad Media, el forjador, además del trabajo en el horno, se entregaba a una intensa preparación espiritual que consistía en rezos y abluciones de agua fría. La pureza mental y física era de primera importancia, pues se suponía que la hoja tomaba las cualidades y los defectos de la personalidad del forjador.

Citemos, a modo de ejemplo, los sables del gran maestro Masamune (1.330) que tenían, además de su excelente calidad, el poder de dar a sus propietarios suerte en el combate así como pensamientos puros y elevados; por el contrario, Senzo Muramasa (1.550), hombre respetable pero violento, construyó sables por los que fueron heridos dos emperadores. Estas hojas fueron entonces buscadas y destruidas.

La leyenda ha hecho su efecto, hasta hoy ha quedado la imagen de Muramasa como un forjador maldito que vive en alguna ermita de montaña.

Verdaderamente muchos forjadores fueron alquimistas religiosos, y algunos de entre los más grandes acabaron sus vidas como monjes en monasterios.


Buen número de forjadores tuvieron revelaciones sobre la manera de fundir los metales, por efecto de la oración y la meditación. Lo mismo ocurrió con ciertos maestros de sable que descubrieron eficaces técnicas por el mismo método. Y fue así como el secreto se mantuvo y pocas cosas se saben acerca de la fabricación del katana.

Sin entrar en detalles, primero hay que extraer de la tierra el mineral de hierro magnético y de arena ferruginosa, y es aquí donde interviene el conocimiento alquímico que permite obtener hojas dotadas de cualidades excepcionales. La construcción de ciertas hojas se realizaba en la montaña.

En efecto, las cumbres estaban consideradas en los ritos Shinto como la morada de los grandes kami que propiamente inspiraban al forjador. Estas diferentes etapas, resultado de una ciencia misteriosa para el no-iniciado, dan a las hojas de katana un poder, una resistencia y una belleza que nunca fueron igualadas por ninguna otra nación del mundo.

Algunos filos podían incluso, en manos de expertos, cortar limpiamente el cañón de un fusil o abrir en dos el casco de un samurai.

“Desde los ardientes talleres de fragua hasta las feroces escuelas de lucha, se desvela el misterioso proceso detrás de la creación de la espada que muchos especialistas consideran la más eficaz del mundo.

Generaciones de herreros y guerreros han trabajado durante siglos para perfeccionar este proceso de arte y química, prueba y honor, disciplina y devoción, todos encarnados en la afiladísima hoja de la katana.”

 Video from:  National Geographic Channel.

El entrenamiento con katana en el seno del clan era muy peligroso y, con el fin de evitar todo riesgo inútil, se utilizaba un sable de madera (Bokkuto), lo que permitió una considerable evolución de la estrategia del sable, a tal punto que, en manos de un experto, el Bokkuto era tan peligroso como el katana.

Fue así como, desde el siglo IX hasta el fin de la dictadura Tokugawa, se pueden contar más de doscientas escuelas de ken-jutsu (ken = sable). Esta disciplina fue la más popular en esta época.

Fue el resultado de antiguas técnicas que habían sido codificadas por Chosai y Jion en 1.350.


En el campo de batalla, el samurai sacaba su espada y se precipitaba al combate. Por el contrario, el la vida cotidiana, eran frecuentes los ataques por sorpresa. Fue así como el arte de desenvainar se convirtió en una parte importante de la técnica del katana. Este método fue innovado por Shigenobu Heyashikai.

Se trataba de presentir el ataque antes de que fuera ejecutado (genshin), y este motivo es el que finalmente transformará el iai jutsu en iaido. El primero promovía una eficacia guerrera, el segundo buscaba una eficacia de paz.

La palabra IAI se compone de dos ideogramas:

-el primero, I, de iru, significa: estar presente, -el segundo, AI, de awaresu, significa: unir.

IAI es entonces la via que permite, por el acto espiritual, estar presente, es decir despierto en su Yo superior, y así poder unirse al pensamiento y a la acción de los adversarios.



Esta evolución de la estrategia del jutsu (técnica de guerra) al do (vía espiritual) afecta igualmente al ken jutsu y se transforma en el kendo o la vía del sable. Al convertirse en un arte de paz y de desarrollo personal, el ken fue reemplazado por el shinai (sable de bambú ligero). Los practicantes deben vestir una armadura que sin embargo permite una gran libertad de movimientos.

Convertido en una forma de vida, el Kendo está muy reglamentado. Tiene por objeto el desarrollo de facultades naturales en el hombre, tanto físicas como psíquicas, siempre permitiendo una integración correcta de la personalidad. La eficacia del kendo reside en el control de si mismo y en la posibilidad de hacer progresar al compañero, como con gran acierto señaló el maestro Ueshiba, fundador del Aikido, una disciplina que hunde sus raíces en el arte del sable:

“La verdadera vía de las armas consiste no solamente en neutralizar al enemigo, sino también en dirigirle de tal manera que voluntariamente abandone su espíritu hostil.”

Se puede resumir toda la disciplina del sable en tres etapas inseparables unas de otras: El ken jutsu

Por su práctica, el estudiante asimila el aspecto puramente estratégico y técnico bajo la forma de kata, o serie de movimientos, permitiendo el estudio de las posturas, del equilibrio, de la centralización ventral, de los encadenamientos, etc.

La eficacia es aquí lo importante. Se insiste entonces en la coordinación del cuerpo y de la respiración. Por descontado que una seria enseñanza ética se imparte dentro y fuera del entrenamiento. El ken jutsu permite, entre otras cosas, un perfecto control del cuerpo y la adquisición de cualidades de carácter como la paciencia, la resistencia, la modestia, la humildad y el espíritu de grupo.

En el plano de su mentalidad, la vía del ken permanece profundamente vinculada al espíritu Shinto, a sus reglas de honor y a su devoción por las fuerzas de la naturaleza.


A continuación viene el iaido, la vía del sable, donde uno aprende a utilizar un verdadero katana. El entrenamiento se hace más frecuentemente en solitario. Se trata de adquirir un perfecto dominio de las emociones y de la mente. Otros aspectos se desarrollan paralelamente, como la estética, la intuición, la vitalidad.

La práctica mental se dirige a alcanzar ese estado de conciencia llamado MUSHIN, el vacío mental. Se alcanza este estado practicando una decena de movimientos sentados y de pie. El estudiante debe visualizar condiciones de ataque de tal suerte que sus paradas y contraataques se conviertan en reales y que en algunos instantes de concentración todas las sensaciones provenientes del dojo (estudiantes, instructor, ruidos, calor, etc.) desaparezcan.

El arte del iaido está siempre precedido de un ritual cuyo objetivo es poner la mente en una condición de perfecto apaciguamiento y de receptividad hacia la sensación de “ser” (ushin), para finalmente esperar en el vacío absoluto (mushin) una solicitación agresiva. Cuando la razón ya no razona más y cuando todo pensamiento se calla, entonces aparece la “vacuidad”.


La mentalidad del practicante de iaido está influida sobre todo por el espíritu del Zen. El Zen (Vacuidad), muy practicado durante el período Kamakura, se enseñaba como disciplina indispensable para el arte del sable. Permitía a los soldados vencer el miedo y la muerte. Enseñaba también a percibir intuitivamente los ataques.

Esta actitud Zen de no-pensamiento fue lo que Takuan, maestro Zen reputado, enseñó a Yagyu Tajima no Kami, que se convirtió en uno de los esgrimistas de mayor reputación del Japón. Hizo lo mismo con el célebre Miyamoto Mushashi, fundador de la escuela Nitoryu. Una de las actitudes mentales más `propicias para vencer se llamaba FUDOSHIN, y consistía en guardar un espíritu calmo y sereno frente a las situaciones más graves.


Gracias a las protecciones que llevan sus practicantes, el kendo permite encuentros libres, ya que e temor a herir al compañero ya no existe. Esto hace posible la armonización de nuestro espíritu con el del adversario y la anticipación de sus ataques, lo que es mucho más difícil en ken jutsu.

Estas confrontaciones rápidas y poderosas van siempre seguidas de kiai, grito que permite la liberación del ki con ocasión de un ataque en el que se requieren todas las fuerzas mentales y físicas. El ki, que se va desarrollando en el iaido, se manifiesta sobre todo en el kendo. La velocidad de los ataques deja muy poco tiempo al razonamiento; conviene únicamente presentir el instante en el que el adversario ofrece una posible abertura, sea ésta técnica o mental.

En este instante reside la esencia del do, que permite al practicante, por medio de una experiencia directa, llegar a la realidad de la vacuidad más allá de la forma y de la apariencia, y de realizar esa extraordinaria percepción interior que los maestros del budo llaman MUGA.

Aquí llegan únicamente los que han sabido unir en un todo armonioso la técnica del sable y la de la meditación. En esta unión de cuerpo y espíritu uno alcanza la realidad absoluta.

La disciplina del sable es una vía sagrada tanto del cuerpo como del espíritu, cuya filosofía el maestro Risuke Otake resume así:

“Si uno comienza a batirse, hay que ganar. Pero batirse no es el objetivo. El arte del guerrero es el arte de la paz, el arte de la paz es más difícil: hay que ganar sin batirse.”


ara terminar esta introducción, quisiera precisar algunos hechos que conciernen a lo que yo debo de haber podido profundizar en la esencia de este arte sin par. Durante mi estancia de algunos años en Japón, principalmente en la región de Shizuoka, tuve a menudo la ocasión de encontrar expertos del budo tradicional.

Pocos de estos expertos se elevaban sobre la técnica de su arte, pocos incluían una dimensión espiritual. Tuve, sin embargo, el privilegio de encontrar algunos maestros auténticos, pero nunca recibí de ellos una enseñanza personal, incluso en el caso del maestro Matsui Masakichi, décimo dan de Kyudo, quien supervisó mi instrucción por intermediación de un experto.

Por el contrario, situándome únicamente en la óptica espiritual, el encuentro con dos personajes fuera de lo común ha transformado profundamente mi manera de concebir el budo haciéndome pasar del mundo de la filosofía mística a la práctica directa de la vacuidad.

Esto fue primero con el sensei Masahiko Tokuda, experto de Kyudo (tiro con arco) en el dojo vinculado al budokan de Shizuoka, y después un maestro de iaido bajo cuya dirección estudié la doctrina del despertar en el arte del sable durante casi un año. Su doctrina se parecía a un abismo profundo, vertiginoso, rápido y terriblemente directo.


“¿Cuál puede ser el apoyo del que se lanza al vacío?”

Esta es la pregunta que le hizo una vez uno de sus alumnos. El maestro respondió enseguida: “¡Ninguno!”. El alumno pensaba en la necesidad de vencer el miedo a la muerte, en un eventual apoyo frente a este miedo. El maestro fue más lejos:

“Siendo la muerte inexistente ¿cómo el hecho de suprimir el miedo puede convertirse en un apoyo?”: El alumno, instruido en el Zen, usó el mismo tono:
“¿No es el sable este apoyo?”

El maestro le responde sin una sombra de reflexión:

“El abismo sólo es abismo si está rodeado de tierra. Mientras no se alcance el vacío de uno mismo, hay que pasar por el sable. Cuando el vacío se alcanza, no se ve más el sable ni la ausencia de sable.”


Esto es un ejemplo de la forma de enseñar del maestro, pues era un maestro sin ninguna duda, varios de sus amigos, altas personalidades en todos los sentidos, me lo han confirmado. Era duro también, pero su compasión no tenía límites, ni tampoco debilidades. Tenía muy pocos alumnos (pero muchos amigos) y los escogía solamente cuando éstos estaban, como el mismo dice “al borde del abismo”.

Yo hubiera deseado, como había hecho con otros, darlo a conocer por el gran público. Pero él era la encarnación misma de su enseñanza y rechazaba todo lo que despertaba el orgullo y la personalización. Rechazó grandes honores con motivo de haber alcanzado altos grados en la práctica marcial. Se desentendía de agradecimientos por servicios prestados y nada en su doctrina satisfacía ningún ego.


He aquí lo que aconsejaba a sus alumnos:

“Debe ser alcanzada la indiferencia más total hacia la propia personalidad antes de que pueda abrirse el loto del corazón.”

DAI NIPPON BUTOKU KAI

With the sanction of Emperor Meiji, in 1895 there was established in Kyoto the Dai Nihon Butoku Kai, for the purpose of standardizing, promoting and preserving the classical traditions of the various major japanese martial arts.

This medal, which is one of several grades, is bestowed on those who have achieved a certain requisite level of excellence in the martial arts.

l término “maestro” en occidente está desprovisto de todo sentido real, espiritual y trascendente. Considero que este ser estaba en la dimensión de los que han alcanzado un estado en el que no necesitan el apoyo de un título. Sin embargo, yo me dirigía a él siempre con el término “sensei”, como hacían todos los que tuvieron la suerte de estar cerca de él.

La palabra “sensei” designa a alguien que enseña. Literalmente quiere decir “el que ha nacido antes”. Es entonces quien nos precede en el sendero de la evolución y que, por demás, es capaz de indicarnos la vía y de evitarnos, en lo posible, sus muchos obstáculos. Utilizaré la palabra sensei en este sentido elevado.


En cuanto a su nombre, he jurado no desvelarlo jamás. Algunos de mis amigos o alumnos íntimos quizá lo descubran, pero respetaré la palabra dada. El mensajero, en la medida que es auténtico, sólo busca una cosa: transmitir su mensaje. La alteración de filosofías y religiones viene a menudo de fieles que confunden en un todo el mensaje y el mensajero.

Por razones personales que tienen que ver con el afecto que nos ha unido profundamente, para este libro le voy a personalizar con el nombre simbólico de maestro “Takeuchi”, un nombre que representa bien la esencia de su doctrina.

A lo largo de mis numerosas visitas al maestro Takeuchi, he tomado gran número de notas, e incluso a veces he tenido la suerte de registrar su voz. Esto es lo que me ha permitido escribir esta obra. Las fechas no son precisas, pus en esta época no podía imaginar que alguna vez iba a tener la necesidad de escribir.

Como la mayor parte de nuestros encuentros estaban condicionados por los acontecimientos de la vida japonesa, es decir, a las muchas fiestas y festivales que jalonan las estaciones, he podido encontrar el hilo de la enseñanza y trazar bastante fielmente la historia de este excepcional período de mi vida en Japón.

He hecho muy pocos comentarios sobre la enseñanza en sí misma. Hubiera podido hacerlo, pues mi pensamiento ha evolucionado desde entonces, pero esto hubiera traicionado el sentido de las palabras del maestro, que me las dirigió en un momento preciso de mi vida, y ciertamente hoy hubiera recibido una enseñanza muy diferente.


Debo advertir que después de haber recibido esta enseñanza he dejado de aplicar sus principios en su totalidad y continué de alguna otra manera mi experiencia de budoka, en las alegrías y en los problemas. Sólo después de algunos años, después de mi encuentro con el más grande Maestro de nuestro siglo, que de nuevo la doctrina del maestro Takeuchi volvió a mi memoria.

A partir de todo este montón de notas he escrito “Budo esotérico”, y ahora brindo al lector “La Vía de la Liberación por la práctica del sable japonés”.

Deseo sinceramente que este libro aporte a todos los buscadores lo que me ha aportado.

Ojalá pueda demostrar que el iaido es menos un arte de matar al adversario que un arte de vencer el ego, y que es un medio altamente privilegiado para alcanzar la paz suprema y el despertar perfecto, y que pueda “desde el centro, donde todos los conflictos se anulan, brillar la luz del amor”, tal como el maestro Takeuchi me dijo antes de mi partida.

 

n una ocasión, un fiero samurái escuchó hablar de un asceta que vivía en el profundo bosque que rodeaba una montaña sagrada. Se decía de él que poseía el don de materializar de la nada una «espada de invulnerabilidad» que le concedía la victoria sobre cualquier adversario.

El samurai escaló la montaña y no tardó en encontrar al asceta. Orgulloso de su fuerza y de su habilidad, le preguntó al monje: ¿Es verdad que eres capaz de materializar una espada que concede la invulnerabilidad? El anciano, observando atentamente al guerrero, le respondió afirmativamente, a la vez que, mágicamente, hacía aparecer de la nada la misteriosa espada.

Asombrado, el samurai intentó esgrimirla impetuosamente, pero el monje lo detuvo con un gesto: «¡Detente, insensato, si la tocas ahora, morirás inmediatamente!».

Algo turbado, el samurái retrocedió unos pasos. El ermitaño le dijo entonces: «Si de verdad quieres poseer esta espada, debes hacer cuanto yo te diga.

Tienes que volver al mundo y durante veinte años, practicar la prudencia, la compasión hacia todas las criaturas, entregarte a largas horas de profunda meditación cada día; deberás también cantar cada mañana y cada tarde el Sutra del Corazón, llevar una vida sobria, casta, austera, huir de los combates y de los placeres del mundo; ser caritativo, hasta con tus enemigos, asumir las peores tareas, los penosos trabajos que los demás rechacen, y dedicarte en cuerpo y alma a purificar tu mente y tu espíritu.

¡Olvídate de ti mismo y sé una bendición para cuantos se te acerquen¡ Si lo haces, podrás volver aquí y materializaré para ti la “ espada de invulnerabilidad”.

El samurái comprendió y guardó silencio.


Descendió de la montaña y durante largos veinte años se consagró a poner en práctica, seguro de su ki, las enseñanzas del monje. Transcurrido ese tiempo, volvió a la montaña y encontró sentado al asceta. El anciano le miró profundamente.

El rostro del samurái, ya arrugado, reflejaba el paso de los años. Su cabello, encanecido, brillaba bajo la luz de la luna y sus párpados pendían, seguramente de tanto llorar.

Sus ojos, esos ojos otrora vehementes, que antaño reflejaban el deseo, el orgullo y a menudo la cólera que caracteriza a los hombres de armas, a los guerreros, expresaban ahora una serena espera, una compasión cálida, una trémula ternura y una profundidad abismal.

Sin mediar palabra, el anciano monje materializó la mágica espada, que brilló iluminando la noche, y se la entregó al samurái. Este, desapegadamente, la sostuvo entre sus manos un instante, y sonriendo, la devolvió al monje diciendo: ¡ya no la necesito!


Continuará.


Sensei, maestro (III)

“El que conoce a los demás es inteligente.

El que se conoce a sí mismo es iluminado.

El que vence a los demás es fuerte.

El que se vence a sí mismo es la fuerza.”

Lao Tsé


s necesario haber viajado y practicado en numeroso dojos de Occidente para darse por convencido de que la concepción del maestro es frecuentemente errónea. Este uso abusivo de la palabra Maestro proviene ciertamente del concepto de gurú hindú. Tradicionalmente el gurú es aquel que ha llegado al dominio de su arte (frecuentemente algún yoga) y que, voluntariamente, toma uno o más discípulos ya avanzados en el sendero para conducirlos hacia la meta final: Maestro, sin embargo, no es un titulo que puede ser conferido a alguien.

No es tampoco una función atribuida por cualquier organización religiosa o semioculta. Es un estado de perfección y es apropiado al respecto citar a Rober J. Godet:

“El sensei es el metro de sus discípulos. Por el miden su propio universo. El es la medida común, y es por ello que no puede ser mensurado. Tened por regla no medir al verdadero maestro. Se mide la cantidad, se estima la cualidad, pero qué más podemos hacer sino adorar al Ser.” (1)

Todo esto es verdad, ya que el maestro no lo es más que en el ejercicio de sus poderes interiores y espirituales. Así podemos decir que el maestro no tiene nada que ver con nuestro espacio-tiempo de tres dimensiones, y he aquí por que es una vanidad intentar calificar al Sensei por el color de su cinturón o por el número de sus danes. El maestro evoluciona en una dimensión que trasciende la apariencia y la forma y, si el es maestro de nuestro mundo físico, su acción causal no abandona jamás los niveles elevados de armonía universal.


El fenómeno del falso profeta (o del falso maestro) no es un problema de hoy, pero toma en nuestros días, y sobre todo en Occidente, una amplitud que si bien no puede ser condenada, debe, por lo menos, ser denunciada. Este fenómeno, por otra parte, prueba la necesidad de una dirección espiritual entre los estudiantes que aspiran a elevarse en el dominio personal. Es también una comprobación más del fracaso de los sistemas de educación, incluidos los religiosos, que no responden a la intensa demanda que hay hoy en día de un reconocimiento de la verdad inmanente en cada uno de nosotros, que el maestro ha realizado y se supone puede transmitir a sus discípulos.


En nuestra civilización materialista es fácil imitar al maestro tal como el loro puede hablar de sabiduría, sin comprender su sentido. Esta búsqueda del maestro es igualmente la toma de conciencia de nuestra propia debilidad con relación a aquello que buscamos, más o menos conscientemente, adquirir. En una palabra, todas estas condiciones han permitido a algunos seres sin escrúpulos, poseedores de algunos conocimientos intelectuales y, sobre todo de mucha imaginación, asegurarse un buen tren de vida y una gran reputación.

Dinero, gloria, honores, he aquí lo que caracteriza a los seudo-maestros.

No hay más que abrir los ojos y observar cómo se comportan estos maestros de Zen o de Budō, de Yoga o de meditación, para comprender su verdadera identidad y sus motivos vergonzosos, hábilmente disfrazados. Por otra parte, y para alivio de algunos instructores japoneses, la culpa de esta idolatría proviene generalmente de los propios alumnos. Solicitados por alguna federación, algunos se transforman rápidamente en expertos y en maestros, adjudicándose danes por doquier.

Por si esto fuera poco, adulados como dioses, los pobres no mantienen por mucho tiempo sus equilibrios mentales y decaen con facilidad bajo el yugo de la gloria y del dinero en detrimento de la vía de la pureza, difícil y penosa, que exige el dominio de las tendencias instintivas y egocéntricas.


Uno siente tristeza al imaginar lo que pensaría el Maestro Ueshiba, quien humildemente se vestía de una simple hakama negra y un cinturón del mismo color, él que había llegado a la pureza del blanco absoluto. ¡Si viese a los karatekas y judokas de nuestros días ceñirse un cinturón blanco y rojo! (2)

Cuántos son los maestros japoneses sorprendidos y entristecidos de escuchar a algunos europeos decir que sus danes han sido ganados en campeonatos, así como de verlos ponerse al mismo nivel que los viejos maestros, para los cuales la adquisición de danes era un asunto de poca importancia. Es tiempo ya de que se informe a los debutantes y no debutantes, y de que aprendan a no ver en cada profesor a un maestro, ya que ellos son tan culpables como el pretendido Sensei.

Intentaremos, pues, según la vía tradicional del Budō, demostrar el enorme abismo que separa el estado de alumno al de maestro.

Existen cinco estados antes de alcanzar la perfección en la vía del Budō, perfección que esta más allá de estos cinco estados. Daremos una breve explicación de este último estado que es, de alguna manera, el resultado de de todos los senderos. La ilustración permitirá al lector visualizar mejor los diferentes estados de progresión.

Notemos también que en la tradición secreta (Hi-Den) se hace mención, para definir las diferentes etapas de evolución espiritual, el simbolismo del stupa (gorín) japonés, constituido por cinco elementos y por cinco figuras geométricas cada una de ellas constituyendo un medio de identificación entre la forma y su esencia o entre el hombre y la divinidad universal. Este sistema está aún vigente en nuestros días para instruir a aquellos que se preparan para enseñar.

El Estudiante

asta el primer dan, aquel que se entrena en un dojo no es mas que un simple estudiante, un alumno aun poco integrado a la vida del grupo del dojo. Es durante este período que se elimina la mayor parte de los alumnos para los cuales el Budō no es la vía a seguir. Estos alumnos son probados y su carácter fortalecido. Es sobre ellos que recae la tarea de limpiar el tatami y el dojo.

Durante el noviciado, su moralidad es sometida a numerosas pruebas. El instructor o sensei requiere de sus discípulos la igualdad de humor, el silencio, el coraje, la perseverancia, la amabilidad, la paciencia. Es una etapa de prueba durante la cual el cuerpo es domado y después moldeado. Se aprende a caminar, a equilibrarse, a respirar, hasta llegar a obtener una salud fuerte y dinámica.

Hasta aquí, sólo las bases del arte escogido son enseñadas a través de la diversidad de las técnicas (waza). Como para todo debutante, la percepción (llamada sen) es lenta y basada únicamente sobre lka percepción objetiva de los cinco sentidos, las defensas son realizadas con la fuerza muscular (chikara) y no tiene ninguna coordinación aún (iki-Ai).


Discípulo

Al segundo dan, el discípulo ya no es un novicio, puesto que voluntariamente ha aceptado las reglas de disciplina y la enseñanza, algunas veces será del sensei. Aquello que éste ordena será cumplido por su discípulo sin que una palabra de replica salga de sus labios. Tal es la ley del Budō, ya que una confianza absoluta debe establecerse entre el sensei y su discípulo.

El discípulo es elevado del estado bruto de la tierra hacia el elemento de la emoción, donde insistirá el sensei a fin de que sea firme ante el miedo, la agresividad, la critica, la timidez y, en definitiva, ante los sentimientos perturbadores que asaltan al practicante durante los combates libres (ju-kumite y ju-randorí).

Cuando ha llegado a purificar (o controlar) sus diferentes reacciones emocionales, el discípulo recibe una atención particular por parte del sensei. Su sentido del combate se agudiza y sus defensas, esquivas, tajos, proyecciones, etcétera, son proporcionales a los ataques. Por otra parte, es capaz de hacerse uno con el adversario partiendo al mismo tiempo que él. En este grado y para desarrollar su poder dinámico (Kime) y su intuición, la práctica de la meditación (zazen) llega a ser indispensable.


Discípulo Aceptado

Al tercer dan, el discípulo es reconocido y cualificado para que un día pueda llegar a ser instructor. Al llegar a este grado se convierte en discípulo aceptado por el sensei y le son confiadas instrucciones personales. Algunas veces trabaja con el sensei para demostrar a los otros alumnos ciertos principios técnicos. Puede también supervisar el entrenamiento de los estudiantes menos avanzados. Se beneficia de ciertos privilegios debidos exclusivamente a su supervivencia y a sus cualidades morales.

En las enseñanzas del antiguo Budō está escrito que el tercer dan no es adquirido sino a través de diez largos años de dura labor. Antiguamente, un discípulo debía tener dominio perfecto de su mente (el elemento fuego) durante la acción.


Renshi

Este título comprende tres grados: cuarto, quinto y sexto dan. Renshi (literalmente, instructor) es una etapa capital, puesto que a partir de este momento el prácticamente está autorizado a tener su propio dojo. Antes de haber adquirido el grado de Renshi en una disciplina, un profesor es incompetente y peligroso. Es también a partir de este grado cuando una enseñanza le es conferida por el sensei, concerniente a los puntos vitales y la estructura nerviosa del cuerpo humano.


Renshi 4° Dan

El grado de Renshi hace de un buen practicante un experto. Es aquí donde desgraciadamente (frecuentemente ocurre en occidente), por interés o por orgullo, muchos se hacen pasar por maestros, sea por que hayan adquirido algunos títulos en campeonatos, sea porque enseñan en regiones poco informadas sobre el verdadero Budō. Algunos Renshi se inclinan hacia la enseñanza y otros hacia la competencia. Sin embargo, tanto los unos como los otros deben entrenarse sobre otros niveles de conciencia y desarrollar en ellos Kokoro, un estado de espíritu cercano a la vacuidad, donde toda acción es percibida en la unidad de la esencia universal.

Es a partir de este grado y únicamente si son dignos que les pueden ser desvelados en profundidad ciertos ritos y técnicas espirituales (himitsu) en vistas a una integración mas profunda entre el alma y la personalidad. Sin este esfuerzo de integración la personalidad puede degenerar por el deseo de poder, lo que ha ocurrido con numerosos expertos que han llegado a Europa.


Renshi 5° Dan

Tal experto posee (o debería poseer) el dominio de su personalidad constituida por un cuerpo físico, por un cuerpo emocional y por un cuerpo mental. Cuando esta triplicidad es purificada y alienada, una fusión puede ser realizada con los planos de conciencia espirituales, a fin de acceder a este estado que los japoneses llaman Iro-kokoro.

Alcanzando este objetivo, el Renshi percibe el fin verdadero de su vida y el plan subyacente en la vida universal. Su voluntad propia es entonces reemplazada por la voluntad divina. Esta entrada en la corriente ascensional le permite experimentar ciertas experiencias espirituales como aquellas realizadas por el maestro Morihei Ueshiba, que le revelaron la vía del Aiki-do.


Renshi 6° Dan

Hay muy poco que decir sobre este grado, sino que éste mejora sin cesar el dominio del arte por el dominio de si mismo, y muy numeroso son aquellos que en Europa deberían sentir vergüenza de semejante impostura.



Kyoshi

Este título es concedido a los séptimos y octavos danes. No es ni técnico ni honorífico, sino que corresponde a un grado de perfección interior. Raros son aquellos que alcanzan estos grados y solamente un autentico Maestro puede discernirlos, es decir, un Maestro con visión interior que ha sobrepasado el mundo de las apariencias y ha pasado por todas las etapas anteriores.

En el estado de kyoshi no existe ningún espíritu de venganza, de lucha, de codicia, de crítica, de agresividad, de mentira, de pereza ni de debilidad. El buen grano, por innumerables sufrimientos y duros esfuerzos, es separado de la cizaña. Tal personaje no es utopista, idealista o extremista, al contrario, es profundamente realista, percibe los conflictos humanos y ha decidido remediarlos. Aunque aún está muy lejos de ser un sabio, el Kyoshi ha cavado un abismo entre él y el mortal común. Tales seres existen y aportan amor, conocimiento y luz a la humanidad.

Un plano de experiencia interior. Es por lo que un kyoshi no hablara jamás sobre él mismo y no hará jamás ostentación de su maestría o de sus títulos, si los tiene, ya que numerosos son los que llegados a este grado, han desdeñado los danes, demostrando así su verdadera identidad espiritual.


Shihan

Shihan es un título honorífico dado a los Maestros por sus alumnos en señal de respeto, ya que jamás un verdadero Maestro se atrevería a tal honor. El shihan no puede ser etiquetado. Algunas veces silencioso, otras ruidoso, dulce hoy, duro mañana, se adapta con justicia a todas las circunstancias y trata en perfecta armonía con toda manifestación viviente.

El shihan puede ser comparado al gurú hindú, al cual los discípulos han confiado sus vidas sin condición. El shihan, siendo un hombre divino, se acerca al estado puro de la divinidad. Su conocimiento no es intelectual, sino que radia de su yo espiritual superior.

El shihan domina la vida temporal por lo espiritual, así es dado a estos seres conocer los pensamientos de otros, curar por imposición o por oración y dominar todo obstáculo destructor. Veamos algunos nombres de los shihan más conocidos entre los practicantes del Budō:


Maestro Mirihei Ueshiba, fundador del Aikido

Maestro Muso Gon No Suke Katsuyoshi (Jo-jutsu).

Maestro Jigoro Kano, fundador del Judo.

Maestro Gichin Funakoshi y Sigueru Egami (Karate do)

Maestro Takano (Kendo).

Maestros Sonobe y su esposa (Naginata).

Maestros Awakanzo, Matsui y Anzawa (Kyudo).


Cuando el discípulo está preparado, el Maestro llega. Esta frase es frecuentemente mal interpretada, su verdadero significado es el siguiente: cuando el estudiante se ha disciplinado, se convierte en discípulo, quedando entonces en su libre juicio el quedarse independiente o buscar un instructor. Si lo encuentra, este instructor tendrá por finalidad preparar al discípulo para que encuentre al Maestro Interior (el Alma o el Yo real). Cuando este Yo se convierte en una realidad, ilumina la personalidad, confiriéndole voluntad, amor e inteligencia. Es entonces cuando el instructor (o la escuela) es abandonada y el verdadero Maestro aparece.

El Maestro al cual nos estamos refiriendo no es ya humano sino divino. Es aquel que la tradición Oriental llama un Maestro de sabiduría o Boddhisatva. Tales seres nos son bien conocidos a lo largo de la Historia: Confucio, Shankharacharya, Apolonio de Tiana, Platón, Pitágoras, Nagarjuna, Kukai, Budha, Krishna, Jesús…

He aquí la definición del estado de sabiduría o de adepto por un maestro tibetano, habiendo adquirido él mismo este estado.


“Un sabio ha realizado una tal expansión de conciencia que incluye el reino espiritual. Ha trazado su vía a través de los cuatro reinos inferiores, el mineral, el vegetal, el animal y el humano. Por la meditación y el servicio ha desarrollado su centro de conciencia hasta incluir el plano del Espíritu.

El sabio ha transmutado el mental inferior en pura inteligencia y sin mezclar el deseo, en intuición, irradiando su conciencia con la luz del Puro Espíritu.

La disciplina de la meditación es la sola vía en la cual esto puede ser cumplido. Un Maestro de Sabiduría es aquel que, por el conocimiento adquirido por medio de sus cinco sentidos, ha aprendido la existencia de la síntesis y ha fusionado estos cinco sentidos en las dos vías sintéticas (divinas) que marcan la meta en el sistema solar.

Por la meditación el sentido geométrico de proporción es ajustado, el sentido de los valores es claramente percibido y por este ajustamiento y este reconocimiento, la ilusión es disipada y la realidad conocida.

La meditación llama la atención de la conciencia sobre el valor y el verdadero empleo de la forma. Por este medio la realidad es contactada y los tres mundos ya no tienen poder alguno sobre él.”


Estas definiciones nos hacen sentir la complejidad de tal estado. Puedan darnos un poco más de sabiduría y asomar en nosotros el discernimiento de nuestro estado real. Que esta utilización inconsiderada del título de Maestro dé lugar a más humildad. Equivocar a los otros es equivocarse a sí mismo y éste no es el objetivo del Budō. Advierto por tanto a los candidatos al titulo de Maestro que la responsabilidad es bien pesada, siendo ya duro ser simplemente un hombre entre los demás hombres.


“No amar el magisterio ni la materia de los mortales, y aparentar ignorancia siendo iluminado, éste es el secreto de toda maravilla.”

Lao Tsé


“El Maestro sólo es maestro porque, olvidándose de si mismo, ha transmitido su saber a sus alumnos, y a través de ellos a todos los que vendrán más tarde. El discípulo sólo es discípulo porque se entrega totalmente a su maestro.”

Morihei Ueshiba


El Secreto de los Maestros

“Buddha’s Hand, Sukhotha.”Photographer: Oksana Perkins



esde que el hombre existe y desde que debe luchar para sobrevivir, el trabajo es el centro de todas sus preocupaciones. La inmensa tecnología contemporánea, con sus numerosas repercusiones cotidianas sobre nuestros más simples gestos, si bien aligera considerablemente nuestras tareas, tiende a hacernos olvidar fácilmente que en todos los tiempos, en buen o mal año, los medios de acrecentar sus fuerzas han sido siempre buscados por el hombre, y de alguna manera, lo ha conseguido.


En un medio fundamentalmente hostil, asegurar la regularidad de su subsistencia no difiere muy sensiblemente del sentido que puede aportar a su persona física. Y cuando pensamos en términos de supervivencia, la eficacia queda siempre como la palabra maestra.

Desde siempre los hombres se han dedicado a poner a punto las técnicas dedicadas a fortificarlos. De un punto a otro del globo, a pesar de las diferencias especificas de cada país, todos ellos se han dedicado a los estudios empíricos sobre las condiciones de la eficacia. Pero en Japón, así como en todo el extremo oriente, esta búsqueda ha sido llevada directamente al desarrollo de ciertas facultades mentales.

El Yoga es tan conocido en Occidente que sería inútil hablar de él, pero lo que generalmente ignoramos es que en Japón, el Budō no ha sido sino una de esas técnicas para desarrollar las facultades mentales y, esta ignorancia tiende generalmente del hecho de no hablar sino del aspecto físico de las artes marciales, juzgando su eficacia en términos de combate.

El Budō, en todo el sentido de la palabra, es una búsqueda de perfección, y la eficacia, tal como es generalmente concebida, no es sino una de sus consecuencias. Como el Yoga, por otra parte, el Budō prevé diferentes caminos que el discípulo escoge según su temperamento y, que de igual manera, le permite elevarse a las más altas esferas de perfección. Es seguro que en sus orígenes, las artes marciales han sido destinadas a fines estratégicos.


Pero esto sería olvidar completamente la parte esencial, eliminando la aportación de los grandes maestros que supieron darle un empuje inimitable y rico en posibilidades.

Si bien el término budō significa La vía del guerrero, Budō significa también literalmente la paz del Ser y alrededor del Ser, pero esto se ignora casi siempre. Cualquiera que sea el estilo o las opiniones personales de un profesor de artes marciales, cada uno de ellos pone la eficacia en primer término, aunque esta eficacia no sea siempre visible a los ojos del neófito.


En numerosos dojos, tanto en Europa como en Japón, se hace patente que una vez pasada la adquisición de las técnicas de base, los profesores repiten incansablemente esta frase: ¡Sentir, es preciso sentir el ataque! Esta consigna se convierte en un motivo de su existencia, y esto es justo: la percepción, ver la anticipación del ataque del adversario, es la mas grande cualidad de las artes marciales. Y si lo enuncio así puede sorprender, pero recordemos a los samurai, quienes tenían buenas razones para batirse y saber hacerlo. Seria difícil abusar de consideraciones pseudos-místicas, porque todos ellos ponían el acento siempre sobre la eficacia.


Por otro lado, la parte fundamental del entrenamiento iba dirigido generalmente hacia el desarrollo de las cualidades intuitivas. Pero ¿qué significa eficacia? ¿Ganar? Sí, pero no cualquier manera. Para la mayor parte de los practicantes, la eficacia reside en la rapidez de ejecución, y en otros casos, el estar atento al comportamiento de su adversario. Se le observa atentamente, pensando en todo lo eventual.

Esta disposición del espíritu corresponde al primer estado de desarrollo de las facultades mentales que exige el Budō. Se le llama gono-sen. Pero ella, en síntesis, no es más que el acto de unión de nuestros cinco sentidos y, por otra parte, el tiempo de reacción es siempre largo.

Examinemos las diferentes fases de esta actitud para sentir su lentitud: pensamos febrilmente el nombre de la técnica decontra más apropiada y nos disponemos después a hacerla. ¡Esto resulta, en efecto, una perdida de tiempo! Todos estos gestos vienen de la conciencia y es necesario entonces esperar que el cerebro ordene el comportamiento adecuado. Así, por poco que tengamos fatigados los nervios, veremos entonces desaparecer toda oportunidad de vencer.


En competición esto no tiene nada de dramático, pero si en la realidad. Si además el adversario es un combatiente rápido las posibilidades de esquivar son casi reducidas a cero, ya que se trata de esquivar y no de blocaje. El blocaje sirve a las personas que no saben irse antes del ataque y que no sienten nada. Es una solución de desesperados. Por otra parte, el blocaje es siempre doloroso, igualmente para el que lo ejecuta, y el espíritu mismo del Budō proscribe su empleo:

no se opone jamás de frente a una fuerza antagonista, sino que se le rodea.


En un segundo estado, que equivale a un progreso cierto en el combate libre (Ju-Kumité), el practicante no espera el ataque de su adversario para contraatacar. Desde que él lo siente partir, su defensa se mueve. Es éste el nivel esperado después de algunos años de entrenamiento asiduo. Este nivel es el de la mayor parte de los competidores de élite. El tiempo entre el ataque y la defensa se ve considerablemente reducido pero la verdadera eficacia va más allá del tiempo de reacción, ya que este tiempo debe ser suprimido porque en este estado, los cinco sentidos participan todavía en la defensa.


Lo que nosotros llamaríamos el tercer estado, equivale al grado de percepción de numerosos expertos, a los que se les suele llamar maestros, siendo estos últimos muy escasos. En este nivel se es capaz de anticipar al ataque del adversario, antes mismo de que se haya visto en él la mayor intención. Esta percepción hiperagudizada del combate procede de la telepatía. Es quizás el origen de la reputación del karate, según la cual éste sería un arte de ataque.

Los observadores que han dado esta versión han sido victimas de esos grandes expertos. Viendo a éstos golpear muy rápido y antes que su adversario, creían que eran ellos quienes tomaban la iniciativa en el ataque. La realidad es evidentemente otra, estos expertos no hacían otra cosa que defenderse.


Pero he aquí una pregunta que puede hacerse el lector: ¿Cómo pueden adivinar lo que ocurre en la cabeza de su adversario, sin recurrir a los cinco sentidos?.

Es éste evidentemente el todo de la cuestión, y es precisamente esta pregunta la que aparece cuando se habla de Budō. Pero, antes de continuar, es preciso tomar ciertas precauciones. Nuestros propósitos pueden ser fácilmente deformados, asimilados a elucubraciones ocultistas; para los partidarios de la eficacia física pura, si los descubrimientos científicos recientes no vinieran a confirmarlo definitivamente.

El hombre irradia alrededor de él, como toda cosa viviente, un campo electro-magnético. El cerebro produce ondas de frecuencias diferentes que corresponden algunas veces a representaciones de acciones.

Todo lo que se hace en el cuerpo, pasa por esta especie de codificación inconsciente. Nuestros cinco sentidos nos dan la percepción de las cosas físicas, cuyas frecuencias vibratorias son muy bajas. El oído humano no recibe los ultrasonidos, y la vista precisa de un sistema ocular complejo para registrar la luz y transmitirla al cerebro en forma de información. De la misma manera y teniendo en cuenta todas las consideraciones, las imágenes mentales del atacante son transmitidas al campo magnetico del adversario, que puede percibirlas entonces.

Es esta cualidad, aparentemente sobrehumana, la que hace de los maestros grandes combatientes. Ellos poseen, por alguna causa, un sexto sentido.

En estos combatientes, las cuestiones de rapidez en la ejecución son naturalmente trascendidas, carecen de importancia ya que el ataque es percibido antes mismo de que sea anunciado. Esto es lo que los grandes maestros enseñan en sus dojos bajo el nombre de arte de no obrar.

¿Cómo llegar a tal sensibilidad? Es una verdad muy simple. Hay que liberar el espíritu de todo pensamiento extraño a la situación, de todo afecto, y quedarse como la superficie de un lago (Mizu-No-Kokoro). La gran calma que registra el menor movimiento. Técnicamente hablando, esto seria un bloqueo voluntario de ondas mentales. La practica cotidiana de la meditación Zen conjugada con el control de la respiración, permite acceder a tal estado.


Un maestro me contó la historia siguiente: Dos jóvenes hermanos campesinos que habitaban una pequeña villa sitiada por numerosos bandidos, se encontraron con que casi toda la población había sido masacrada. Los bandidos tendieron una emboscada a los sobrevivientes. Uno de los hermanos se precipito en socorro de sus parientes. Después de un combate en el que dio muerte a más de un enemigo, sucumbió; la diferencia de fuerzas era demasiado desproporcionada.

El hermano menor, retenido más lejos por sus trabajos del campo, tuvo el presentimiento de que una gran desgracia acababa de ocurrir, y que el deber le dictaba ir a asistir a sus compañeros.Se dirigió hacia el pueblo, llegado a la gran puerta de la villa, se detuvo bruscamente. La intuición de un suceso funesto le había llegado al espíritu. Sin presentir la amenaza, él supo que no debía entrar en el pueblo y se echo a correr, ocultándose en una cueva. Sin saberlo, había evitado la emboscada de los bandidos.

Entonces, el maestro hizo la pregunta siguiente: “¿Cuál de los dos hermanos ha demostrado mayor eficacia?”



Autores del presente escrito:

Michel Coquet & Carmelo Ríos




Notas: (1)._Le Judo de ľ esprit, Robert Godet. (2)._Sexto Dan.


Temario:

  • I) Shugendo, la vía de los poderes.
  • II) El esoterismo en el Budō.
  • III) Sensei, maestro.
  • IV) Mudra, la magia del gesto.
  • V) El Maestro Kukai (Kobo Daishi).
  • VI) Shingon, la vía del ser completo.