Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Escritos de Jorge Livraga R.

Magia iniciática en el Egipto antiguo

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EGIPTO_SE_MANTIENE_Vajarayana_Bloggipto se mantiene ante nosotros, y aun ante los especialistas que nos hemos dedicado al estudio de su Historia, como un gran enigma, algo que no podemos entender. Tenemos que buscar, entonces, no solamente con nuestra mente racional, sino también en otras vías, el motivo de su extensa continuidad como Civilización. Egipto se va a proyectar, a través de los primeros Maestros Iniciáticos, hasta Grecia, llegando hasta su Siglo de Oro, de donde va a saltar al Imperio Romano; sus elementos, a través de todos los pueblos que se ponen en contacto con el Imperio, van a llegar, por medio de alquimistas y astrólogos, hasta nuestros días.

Hay un hecho francamente curioso que yo he visto varias veces. Cuando uno va al Louvre, al British Museum o al Metropolitan, se encuentra con un turismo masivo que marcha detrás de un guía; y mientras éste va mostrándoles las obras de Arte, las personas hablan, conversan entre ellas, se preguntan cosas… pero de golpe, deja de oírse ese murmullo, el guía ya no explica prácticamente nada y la gente camina en silencio, mira, observa... es que han llegado a la Sala Egipcia.

Incluso en el Museo de El Cairo se puede ver cómo entra la gente turísticamente, y a medida que se van internando, que ven esas grandes moles, esos ojos extraños que les miran desde las maderas, esos metales raros, van bajando la voz, se van callando y van penetrando en un sendero de misterio y enigma donde se preguntan a sí mismos qué es lo que están viendo.

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El Destino, las Moiras, la Suerte, como se quiera llamar, me ha permitido visitar muchos lugares en el mundo en donde se dice que se ha plasmado una Fuerza metafísica, y he podido ver de qué forma, en Aquello que hoy llamamos Egipto, esa Fuerza metafísica se plasmó de tal manera que no solamente tuvo una enorme continuidad histórica a través de su propia evolución, es decir, desde lo que podríamos llamar un Egipto Arcaico o Predinástico hasta el Egipto terminal, en la época de los Ptolomeos y los romanos, sino que todavía hoy tiene influencia.

Para hablar de dicha influencia, tal vez convenga definir lo que es la Magia. Es muy difícil definir algo que es eminentemente vital y espiritual. Todos podemos definir fácilmente cualquier objeto material, pero si tuviésemos que definir la vida, la muerte o el amor, el problema sería más complicado. Si bien todos sabemos lo que es el amor, cada uno tiene el suyo, y habría tan solo un común denominador que diferenciaría el amor del odio.

Así, cuando hablamos de Magia, lo primero que hemos de hacer es no identificarla con sacar un conejo de una chistera. Eso no es Magia, sino prestidigitación, o un recuerdo de algo que acaso una vez ocurrió.

A veces quedan recuerdos en los pueblos de cosas que sucedieron; como esos recuerdos que tenemos de cuando éramos niños, pero que no podemos situar exactamente, que no podemos decir dónde comienzan y dónde acaban, y que sin embargo influencian nuestra vida y sobrecargan incluso nuestra expresión y nuestro lenguaje.

Así, Magia no es ese conjunto de hechos más o menos fenoménicos, de prestidigitaciones, de cosas más o menos extrañas, que se pueden hacer para divertir al público. La verdadera Magia, la única que hay, no es para divertir al público, sino que es la Magna Ciencia, es el espíritu de las cosas, allí donde realmente se encuentran.

Nosotros amamos el Arte, la Ciencia, una forma de vida, una manera de ser; en ese lugar, en esa encrucijada donde se encuentran nuestros amores, donde se halla lo mejor de nosotros mismos, donde está el corazón de la vida, allí está la Magia.

Esa es la Magna Ciencia, ese es el Conocimiento, el interior esotérico de todas las cosas; es la semilla de todos los frutos, el motor que movió todos los mecanismos de la Historia, aquello que todos tenemos dentro, aunque no sepamos tal vez definirlo con palabras.

Los franceses lo llaman “charme”, nosotros podemos hablar de simpatía, y otros lo llamarán de mil modos distintos. Es aquello que tenemos dentro, que está más allá de nuestra cultura o incultura, de nuestra edad o de nuestra forma de vestir; es aquello que tenemos muy cerca del corazón, del Alma, lo que nos permite realizar prodigios, avanzar en la vida, hacer cosas; lo que nos permite, de alguna manera, ser quienes somos. Allí, en el corazón de la vida de cada uno de nosotros, está esa chispa que es la Magia.

Desde el comienzo de todos los tiempos, desde que la Humanidad lo es, parece ser que esa chispa que todos llevamos dentro, quiso, en algunos, en los más espirituales, unirse y conformarse, para constituir una fuerza espiritual de ayuda a todos los hombres.

Los viejos textos dicen que hemos sido ayudados por los Dioses para obtenerla; que estos Dioses, o Seres superiores, llegaron a los primeros hombres y les dieron esa chispa, así como la posibilidad de aplicarla en la Ciencia y en el Arte, de configurar los esquemas culturales y civilizatorios y de posibilitar ese contacto con lo invisible, más allá de la periodicidad histórica.Gallery_Mummies_Museum_Blog_Vajarayana

Si nos encontramos con los hechos religiosos que han sucedido a lo largo de la Historia, vamos a ver que el hombre en determinado momento se postra ante una concha marina, por ejemplo, en las costas de Africa, o ante un cráneo de oso en Centroeuropa, o ante un obelisco en Egipto, pero eso son formas exteriores. Hay algo anterior a todo eso.

DICEN_LOS_ANTIGUOS_Vajarayana_Blogicen los antiguos libros que hace millones de años, de alguna manera, vino la Magia al mundo. Los hombres se iniciaron y fueron Adeptos de esa Magia, de esa capacidad de encontrar todas las cosas, de tener la llave que puede abrir las diferentes puertas de la Naturaleza, empezando por aquellas que tenemos nosotros mismos.

Así, el hombre empezó a conocerse a sí mismo, a comprender que era algo más que un poco de carne, que estaba constituido por cuerpos mucho más sutiles; que el Universo no era tampoco un simple fenómeno hostil, sino un Macrobios, un gran Ser vivo, y que había una unión física y metafísica entre el Universo, es decir, la parte que podríamos llamar exterior a nosotros mismos, y este microcosmos que es el ser humano.

Así fueron naciendo las Ciencias, como la Astrología, por ejemplo, que relaciona las posiciones de los astros con las personas, no solamente en el momento del nacimiento, sino en el de la gestación, y también con aquello que les puede ocurrir en la vida, así como marca su naturaleza y características.

 

Tal vez habréis visto camafeos dedicados al Emperador Augusto. Augusto pertenecía astrológicamente al signo de Virgo, pero en todos sus camafeos aparece el símbolo de Capricornio. Esto es porque en la Antigüedad se hacía el horóscopo del momento en que la persona era gestada, y otro secundario del momento en que se le cortaba el cordón umbilical. En realidad, existe aun una tercera forma horoscópica, que se refiere a la individualización de la persona, en otros planos de conciencia y hace millones de años.

Estas antiguas magias fueron trasladándose de uno a otro lugar. Dicen los viejos libros que antiguamente la Tierra tenía otra conformación; esto se está comprobando hoy a través de medios científicos. Los continentes siguen las leyes de la balanza isostática; se han elevado, han bajado, se han desplazado y han cambiado varias veces. Incluso varió su relación con la eclíptica -ese plano donde teóricamente giran los planetas alrededor del Sol-, de tal suerte que hoy se han encontrado restos de carbón en la Antártida.

De manera que lo que hoy es el continente helado, donde sólo hay musgo, fue alguna vez un lugar con bosques y grandes animales, cuyos cadáveres se petrificaron y llegaron a convertirse en carbón. El mundo modificó varias veces su posición en cuanto al plano de la eclíptica, y varias veces cambió también su temperatura.

La Doctrina Secreta, por ejemplo, menciona continentes de los cuales nos llegan tan sólo, a través de la cultura occidental, los recuerdos de sus últimos fragmentos, como el continente atlante.

A través de las anotaciones de Platón, que dice haber recibido estos conocimientos de los egipcios, sabemos de la existencia del último resto del continente atlante, que él llamaba Poseidonis, y que se habría hundido hace unos once mil quinientos años, en el Océano Atlántico.

Las comisiones científicas francesas lograron detectar, desde el año cincuenta, una serie de elementos en medio del Océano Atlántico, que demuestran la anterior existencia de un continente. Se han encontrado, por ejemplo, restos de lava que se petrificaron en contacto con el aire, y también pequeños restos de peces de agua dulce debajo del mar.

Así pues, hoy día, la existencia de la Atlántida como continente está demostrada. Lo que no está demostrado científicamente, bien porque no tenemos material, bien porque no sabemos interpretar el que tenemos, es que haya existido una civilización dentro del continente. Pero si aun en las pequeñas islas del Pacífico, si aun en cualquiera de los lugares del globo, vamos a encontrar hombres que han poblado las tierras, tenemos que deducir, por lógica, que si hubo tan gran continente a no muchos kilómetros de lo que hoy es América, y a no muchos tampoco de lo que hoy es Europa y Africa, este continente tuvo que haber estado poblado también. Además, es mencionado y con datos bastante coincidentes, tanto por los pueblos históricos de América, como por los de Europa y Africa y aun de Asia, pues en los libros de la India, aparece con el nombre de Lanka, o sea, la Gran Isla.

Se dice que cuando este continente desapareció, o a medida que iba desapareciendo -ya que antes del hundimiento de Poseidonis pasaron miles de años de convulsiones, durante las cuales se fue destrozando el gran continente madre-, los Misterios, la Magia, esa Magia esencial que unía la Voluntad (Primer Rayo) con la Magia ceremonial (Séptimo Rayo), que se plasma en la Armonía por oposición (el Cuarto Rayo, el de color verde) fue trasladada al viejo Egipto, que no se llamaba así, porque “Egipto” es una palabra que ha derivado de otra griega que significa “Lugar Secreto”, “Lugar de los Misterios”.

Parece ser que Egipto, según lo que podemos percibir, se llamaba Kem, la Tierra quemada, la Tierra negra. Algunos dicen que esto es porque el sol quemaba la tierra, y otros porque el barro del Nilo, que es oscuro, empezó realmente a construir Kem o Egipto.

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Hoy se han confirmado viejas tradiciones. Sabemos que Egipto no tuvo siempre la misma conformación geográfica; por el contrario, en su parte norte, lo que conocemos como el delta del Nilo, y a partir de la última catarata hacia el norte, Egipto se ha levantado en épocas bastante cercanas a nosotros. Y lo que llamamos desierto, o Sáhara en árabe, es nada más que el fondo de un mar. Por eso se encuentran todavía, en sus arenas, fósiles de peces y animales marinos. Los anales esotéricos dicen que Egipto tuvo su comienzo hace unos setenta mil años, con los Grupos Iniciáticos que estaban en la parte sur, en los lugares donde se encuentran Luxor, Tebas, Abydos y otras ciudades; la parte de Nubia.

Al norte existían algunas islas, que todavía hoy se ven como tal en medio de la arena, donde se elevaron las misteriosas Pirámides y la Esfinge.

 

Los libros dicen que la Gran Pirámide contiene en su interior el cartucho con los jeroglíficos de Keops, que la datarían como mucho más moderna. Lo que no dicen normalmente los libros es el lugar donde está ese cartucho. Dicho cartucho no existe en ninguna parte de piedra de la Pirámide, sino que está en unas juntas de escayola que hay sobre las piedras de descarga de la, hoy llamada, cámara del Rey. Es, pues, algo que puede ser bastante posterior. Además, hay otro pequeño problema, y es que tampoco dice Keops, sino Kem. Ha sido interpretado como Keops a partir de los viajes de Herodoto y otros griegos, fundamentalmente Manetón, que fueron los que nos dejaron las relaciones de lo que hoy conocemos como Dinastías reales, y de Faraones. Así es que esta interpretación no la debemos a ningún documento egipcio, y salvo a partir del Egipto de las nuevas Dinastías, especialmente de la XVIII, es muy difícil de poder constatar y aun afirmar absolutamente nada.

Así pues, la vieja Magia, el viejo Conocimiento Integral, ese Conocimiento Secreto, pasó a través de distintas manos hasta llegar al Egipto histórico, el que nosotros podemos conocer, por lo menos relativamente.


¿Cómo es que hubo esa continuidad en el Misterio? ¿Cómo es que permaneció tanto tiempo esa Magia? ¿De qué manera?


Es muy fácil decir que los egipcios, en las primeras Dinastías, estaban prácticamente en una edad neolítica, y que de repente construyeron las pirámides, los templos y todo lo demás. Pero esto es algo completamente irracional. Las medidas científicas tomadas en la Gran Pirámide, por ejemplo, revelan una perfección técnica que solamente hoy podemos alcanzar; o tal vez ni siquiera eso, porque a medida que el hombre avanza va descubriendo más prodigios sobre la colosal construcción. Veamos un ejemplo.

 

La Pirámide era admirada en el siglo pasado, cuando se aplicaban los primeros teodolitos, por la exactitud que tenía; pero cuando se aplicó la cinta de Invar, se vio que era mucho más exacta. Y hoy, que ha llegado a ser medida con sistemas electrónicos, se ha descubierto una exactitud superior aún. Esto debería sobrecogernos, y hacernos pensar que tal vez en el futuro, si desarrollamos técnicas superiores a las actuales, podamos apreciar un nivel de perfección aun superior. Si observamos que sólo su revestimiento llevaba veinticinco mil bloques, y que cada uno de ellos tenía la misma perfección que la que puede tener un gran espejo parabólico de los que se utilizan para las observaciones astronómicas, es difícil creer en un hombre que está con una piedra tallando otra.

Los que hayan visitado las ruinas de Menfis (lo poco que queda), tal vez hayan visto a un hombre sentado en el suelo, que con una piedra está tallando otra. Hace muchos años que ese hombre está allí con la misma piedra, y cuando pasan los turistas, los guías afirman que así se hicieron todas las piedras de Menfis. Francamente, todavía hoy tendrían que estar trabajando en el Muro de las Cobras, sobre todo considerando que la población del Egipto antiguo nunca sobrepasó los doce o catorce millones de habitantes.

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MAGIA_PUES_ES_Blog_Vajarayanaagia, pues, no es sacar un conejo de una chistera, o hacer aparecer una moneda en el aire. Magia es un conjunto de conocimientos que abarcan desde lo metafísico, como el conocimiento de encarnaciones anteriores, el contacto con el Alma o saber donde radican nuestras virtudes y defectos, hasta la aplicación en el aquí y el ahora de la parte científica o de la artística. Egipto a través de esta Magia, de este conocimiento, obró prodigios. Por ejemplo la diorita, una piedra cuya dureza puede ser sólo superada por el diamante, los egipcios la cortaban como si fuese mantequilla.

En el Metropolitan Museum de Nueva York existe un gran cánope, en que se muestra que lo que cortó la diorita -que no sabemos lo que es-, avanzaba diecisiete veces más de lo que puede avanzar un diamante, o sea, tenía una dureza diecisiete veces superior a un diamante. Pero hay un problema: los egipcios no conocían los diamantes. Y hay otro problema: se ha hecho un análisis espectrográfico sobre los cortes y aparece cobre, y está claro que el cobre no puede cortar la diorita.

En el Museo Rodrigo Caro existe un pequeño vaso isíaco que contuvo agua del Nilo. Está hecho de una aleación de cobre, estaño y otros materiales que darían cierto bronce, pero ante el tensionómetro da una dureza de hierro. Todo esto son muestras de lo que se podía hacer con un conocimiento íntimo de la Naturaleza.

Mucho antes de que se hablase de la Física atómica, cuando se pensaba que el mundo estaba hecho de moléculas solamente, cuando se despreciaban las teorías de los griegos de la época de Demócrito, que nos hablan de los átomos, y aun de lo que está más allá de lo que nosotros hoy llamamos átomos, puesto que “a-tomo” significa “lo que no se puede partir”, las pequeñas partículas que permiten que no solamente pueda haber diferenciaciones en cuanto a las cosas físicas sino que los elementos mismos puedan ser transmutados y cambiados, ya existía la vieja Alquimia, que algunos hacen derivar de una palabra árabe, que sería alcemún, y otros del antiguo nombre de Egipto, “Kem” o “Kemur”, aquello que está quemado, aquello que es negro.

Sabemos también, que los egipcios mantuvieron a través de los siglos una serie de conocimientos técnicos. Ver al natural un bloque de mil toneladas en un lugar cerrado, que no tenga ni una marca de algo que lo haya movido, es algo increíble. Hay solamente dos posibilidades: que hayan poseído instrumentos completamente desconocidos por nosotros, de los que no ha quedado ni rastro, o que hayan podido desgravitar de alguna forma las grandes masas de piedra, cosa que hoy sabemos no sería un imposible desde el punto de vista científico. Los egipcios mantuvieron estos conocimientos secretos y poderosos a través del tiempo.

 

Muchos se han quejado de que el arte egipcio es un arte petrificado. Y dicen, en parte con razón y en parte sin ella, que el arte egipcio en las primeras Dinastías es prácticamente el mismo que podemos encontrar en la época saíta. Para los especialistas no es exactamente igual, ya que se distingue perfectamente un jeroglífico de las primeras Dinastías de otro del Imperio Nuevo, leyéndose además de manera diferente. Los primeros son jeroglíficos gráficos que se leen por conceptos, luego van a ser silábicos, y después alfabéticos. Más tarde pasan a ser la llamada escritura demótica (de “demos”, pueblo), y esto a su vez será origen de lo que hoy se conoce como el árabe, que se escribe de derecha a izquierda.

Estos jeroglíficos tenían otra característica, y es que el color también tenía significado. En un escarabajo del Museo Rodrigo Caro, hay unos jeroglíficos en negro y rojo, y no significa lo mismo lo que dicen los negros que lo que dicen los rojos. Se trata de un encantamiento para evadir las serpientes físicas y también las metafísicas, las serpientes de la luz astral, una especie de Elementales que nos pueden atacar en los momentos en que nuestras defensas psicológicas están bajas.

Todo esto que encontramos a mediados o fines del Imperio Nuevo, lo encontramos también a comienzos de las primeras Dinastías. Y es que el arte, aunque tenga pequeñas diferencias, en líneas generales sigue siendo el mismo a través de miles de años.

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Si nos fijamos en la representación de una de las Tríadas divinas que existieron en Egipto, Osiris, Isis y Horus, vemos que se dan unos colores rituales que son específicos en su representación. Isis tiene que ir sobre una banda roja, Osiris sobre una azul (en estado funerario) y Horus sobre una amarilla o dorada solar. En Egipto no hay nada casual, los colores tienen su significado, hecho que nosotros descubrimos recientemente, en el siglo XVIII, cuando se logró dividir la luz en sus distintos espectros, y se supo, algo más tarde, que había espectros de luz invisibles al ojo humano, tales como el ultravioleta o el infrarrojo.

 

Los egipcios ya sabían todo eso, tal como puede constatarse en los restos de sus papiros e inscripciones; algunos de ellos hablan sobre sus luces visibles y las luces invisibles, y de qué manera las visibles están rechazando lo que nosotros vemos, y no son del color que apreciamos. Así, si vemos una pintura de color azul, eso significa que dicha pintura retiene todos los colores menos el azul, que es el que devuelve, y ese es el que se ve.

Estos conocimientos, cuyo redescubrimiento fue reciente, por el avance de la técnica, eran ya conocidos por los egipcios.

¿Por qué no cambió el arte egipcio, y los pies figuran de costado y los ojos de frente, y todo parece tan artificial? No es artificial, sino que simplemente obedece a determinados cánones de relaciones secretas que conocen aquellos que están Iniciados.

Si nosotros presentamos, por ejemplo, un circuito impreso a alguien que no conozca nada de electricidad, se preguntará por qué es así, por qué tiene colores diferentes y para qué sirve. Es obvio que nosotros hacemos lo mismo ante elementos que desconocemos. La representación pictórica egipcia es una Ciencia perdida, un Arte perdido. Al menos, públicamente.

 

 

 

EL_ARTE_LITERATURA_EGIPCIA_ANTIGUA_Vajarayanal Arte y la Literatura egipcia presentan variaciones sobre un mismo tema, lo que demuestra también una permanencia de lo que llamamos lo mágico, el corazón de las cosas. Esto obedece a cierta apreciación propia de los egipcios, que a través de los griegos podemos recoger nosotros. Cuando llegamos a la perfección de las cosas, hay que aprovecharlas sin modificar. Por ejemplo, si alguien camina para llegar a la cima de una montaña, si cuando llega a lo más alto sigue caminando, baja; así pues, el hombre que es inteligente, cuando llega arriba, no camina más; puede girar sobre sí mismo, pero ya no desciende.

Lo que muchos se preguntan es, si esta Magia no tiene nada de diabólico o inmoral, ¿por qué no es conocida por todos? Por lo mismo que hoy no son conocidos una serie de fenómenos sobre las explosiones atómicas: porque es demasiado peligroso.

Utilizar la Magia, poder dominar la voluntad, no solamente la propia, sino también la de los demás, traería una serie de desgracias para nosotros, provocadas por los que hicieran uso de este gran Conocimiento sin escrúpulos y de forma inmoral.

Lo que ha tratado de salvar siempre el sentido mágico ha sido la posibilidad de caer en manos de hombres de mala voluntad. De ahí las Pruebas de Iniciación, en las que sólo los que las superaban podían ser dueños, podían entrar en contacto con los elementos de la Magia, que permitían, ante todo, tener un concepto de lo que es este mundo en su integridad.

Lo primero que podemos hacer sobre este tema es tratar de ver qué relaciones existen entre las distintas partes del Universo y nosotros mismos, qué relaciones se dan en nuestro interior y qué relaciones existen dentro del Universo; y no sentirnos solos, ni angustiados, ni pensar que entre cada uno de nosotros hay una barrera, sino darnos cuenta de que formamos parte de una gran Unidad, de una gran Vida, de algo que está dirigido, obviamente, por la voluntad de Dios, de lo que está más allá de nosotros; poder cultivar la voluntad interior, la voluntad de ser, aquí y en cualquier parte.

 

Decía una de las grandes Iniciadas del siglo pasado, H.P. Blavatsky, que todos somos inmortales, pero que muchos al morir fallecen realmente, porque de alguna forma se convencen de que no son inmortales. Haría falta llegar con la humildad de los viejos viajeros, de aquellos peregrinos que iban a Santiago con los pies desnudos, y ver estas viejas figuras, estas viejas muestras de un conocimiento perdido, y tratar de preguntar humildemente qué significan, qué son, qué es lo que permitió a través de miles y miles de años mantener una forma de Cultura y Civilización, cuando las nuestras están cambiando íntegramente con los choques generacionales y con la tecnificación que hoy nos agobia y destruye.

 

Tenemos que reencontrar el hilo de esa continuidad mágica para poder conformar un mundo unido, un mundo de manos juntas, un Mundo Nuevo, un Mundo Mejor, donde no rechacen ese Mágico Mundo Viejo. Recordemos siempre los símbolos de Osiris, el látigo y el gancho. Son las dos Fuerzas de la Naturaleza, la que atrae y la que rechaza. Eso no lo inventaron los egipcios, está tomado de la Naturaleza. En todas las cosas hay una fuerza que rechaza y otra que atrae. Nuestro planeta da vueltas alrededor del Sol porque hay una fuerza centrípeta que atrae y una fuerza centrífuga que rechaza. Entre estas dos fuerzas está el equilibrio y la marcha.

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Nosotros estamos siempre entre dos fuerzas. Tratemos de entender los símbolos del Antiguo Egipto; no son decorativos. En Magia no hay símbolos decorativos. En la mesa ceremonial egipcia, los agujeros y distintos canales no son decorativos (¡no son tampoco para que corra la sangre de las víctimas!); son como el circuito impreso del que os hablaba, son lugares para que pasen las energías. Cada energía precisa de un color, de una forma. No podemos atraer a un pez de la misma forma que a un gato o a un perro; cada uno tiene su forma, su idioma, su tentación. Así también, las Fuerzas de la Naturaleza, las que se mueven a través nuestro y a nuestro alrededor tienen su forma y tienen su tentación para marchar.

El Mago no las invoca, sino que las evoca. El Mago conoce los caminos de las Fuerzas y rige esos caminos, y hace que Ellas, en unión con él mismo, realicen prodigios para bien de la Humanidad.

Ese es el verdadero Mago y lo demás es mentira, es para distraer los ocios; o son viejos recuerdos, como el de la señora que mira las cartas o lee las líneas de las manos. Está haciendo algo sin saber por qué, simplemente tiene cierta sensibilidad y acierta muchas veces. Pero son Ciencias perdidas que existían en la Antigüedad. Las líneas de nuestras manos, de nuestros pies, y la forma de nuestro rostro y sus expresiones, tienen un significado mágico, como lo tiene el vuelo de los pájaros, o la voz del viento o las aguas cuando corren. Así, todo el mundo es susceptible de convertirse en un Gran Libro, en una inmensa Biblia, en donde podemos leer los Designios de Dios.

Cuando lleguemos a contactar con la Magia, podremos leer dichos Designios divinos.

Eso no da felicidad; da simplemente Sabiduría. La Felicidad, como dijo Pitágoras, no es planta de la Tierra.

 

 

 


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Esoterismo o Ficción

Esoterismo_o_Ficcion_Vajarayana_BlogPor_las_propias_Caracteristicasor las propias características que produce el advenimiento de la Era de Acuario y el derrumbe paulatino de la sociedad materialista, todo aquello que tenga relación real o ficticia con lo espiritual, y especialmente con lo “oculto”, se desarrolla de manera explosiva, sobre todo entre los más jóvenes.

Este “boom” de las llamadas “Ciencias Ocultas”, o mejor dicho de cosas que se les parecen, ha atraído a los comerciantes de siempre que buscan aprovechar económica y psicológicamente todas las “modas”, promoviéndolas aún más en relación directa a las ganancias que ellas les reporten.

Así, con el correr del siglo XX en general, y luego de la Segunda Guerra Mundial en especial, han proliferado, a partir de la Europa Central, una gran cantidad de libros que tratan de convencernos de que todo es esotérico, mientras que, en nombre de la libertad, clavan dogmas en las manos y en los pies de unas generaciones castigadas ya por todo tipo de violencia e intoxicación.

 

A_esta_explosion_intelectualoide esta explosión intelectualoide se ha sumado, por otra parte, un aluvión de corrientes “espiritualistas” venidas de Oriente, especialmente de India, la que exporta “Gurús”, por lo general personas que simplemente escapan del hambre y la miseria y son canalizadas por algún buen promotor de ventas occidental u oriental y lanzadas al mercado con nombres exóticos y leyendas adosadas. Tampoco faltan chinos y japoneses, vietnamitas y coreanos que, en el más puro estilo de “Hollywood”, hacen demostraciones de artes marciales, llenan las vanidades de los incautos y los bolsillos de los atrevidos.

Evidentemente, entre tanta arena, el río trae también algunos granos de auténtico oro, pero, desgraciadamente, éste es poco y muchas veces se pierde, confundido entre los manotazos de las multitudes que tratan de coger a puñados las “Cosas Ocultas”.

Proliferan los “astrólogos”, los “quirománticos”, los “alquimistas”, los “curanderos” y toda una fauna que, como las ratas, se meten entre las grietas del Mundo Occidental que se derrumba. Explotan la esperanza y el miedo.

 

Los verdaderos Esoteristas y Filósofos vemos con horror esta peste y es nuestro deber intentar encaminarla de manera que cause el menor mal posible, empezando por nuestra propia Asociación, pues al canalizar miles de jóvenes, no faltan los que se sienten atraídos por esa suerte de “esoterismo-ficción”, desde luego mucho más fácil de aprender y con más hojarascas terrenales y reflejos psíquicos que el verdadero.

 

Queremos_dejar_bien_claroueremos dejar bien en claro que, sin negar la existencia de líneas de investigación simbólica esotérica, éstas suelen quedar sepultadas por lo que llamamos “esoterismo-ficción”, donde escritores tal vez bien intencionados, pero impregnados de la fantasía fácil de inscribir complicadas figuras geométricas y relaciones en cuanta ventana de templo medioeval o columna griega o egipcia encuentran, muestran cual nuevos dogmas de fe elementos inciertos que se eslabonan unos a otros en base a una verdadera cadena de sofismas que, a la larga, promoverán nuevas formas de ateísmo y escepticismo.

Y no descartamos la promoción inconsciente de deformaciones, sectarismos y verdaderas locuras colectivas que sobrecargan a un mundo ya muy tensionado, inclinándolo hacia demagogias intelectuales cuyos alcances son imprevisibles.

En lo estrictamente místico pasa algo parecido, y se presentan como fáciles logros de “liberación espiritual” lo que no es, en realidad, otra cosa que engaños y trucos psicológicos anclados en lo fenoménico, que promueven vanidades hipotéticas de un pseudo comunismo espiritual, donde se entremezclan las pasiones de la carne con fantasiosos vuelos espirituales, estériles y propensos a crear sectas fanáticas cuyos peligros ya se hacen sentir, desacreditando lo realmente bueno que puedan aportarnos las raíces tradicionales de Oriente y Occidente.

 

Ponemos_asi_en_estado_de_alertaonemos así en estado de alerta a nuestros jóvenes lectores sobre estas tentaciones contrarias al verdadero Espíritu Acropolitano, que promueve Lo Justo, Lo Bueno y Lo Bello como elementos imprescindibles para una real renovación saludable de la Humanidad, recordando, una vez más, lo recomendado por Helena Petrovna Blavatsky:

“NO HAY NADA SUPERIOR A LA VERDAD”.

 

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El arte de encontrar a Dios


a Humanidad jamás hubiese dominado la materia natural de su entorno si no hubiese sido por un hecho aparentemente sobrenatural que es la intuición de Dios. Esto y no otra cosa la diferenció definitivamente de las bestias.


Según las más antiguas tradiciones –que no contradicen a las últimas investigaciones de la ciencia- el que habitualmente se llama “Homo Sapiens” no fue el comienzo de la Humanidad, sino los restos de una forma anterior cuya cultura y civilización fue destruida, generando otra nueva, la actual.


Lo característico de este “Homo Sapiens”, y lo que le diferencia del degenerado humanoide al que se denomina “Homo Habilis”, es que desde el principio, toda su vida, reflejada en los restos de sus obras, está impregnada de magia, es decir, de una instrumentación metafísica al servicio de un contacto, más o menos misterioso, entre su propia identidad espiritual y lo Divino.


Los cultos a la Gran Madre o al Padre Oso no son más que formas externalizadas de una percepción viva y permanente de un “Algo” que está más allá de lo estrictamente visible, con un número indeterminado de intermediarios, desde los Espíritus de la Naturaleza hasta los grandes Dioses que rigen el destino de los astros, incluyendo nuestra propia Tierra.


A través de los centenares de milenios, de los ciclos y de las vicisitudes de todo tipo, el Hombre trató de comprender más o menos intelectualmente esa Intuición Instintiva de sus antepasados. Y así como algunos se especializaron en el manejo de la madera o de la piedra, otros lo hicieron respecto a lo metafísico y al resumen de los conocimientos más elevados, una Magna Ciencia que se conoció luego como Magia.


Pero la internalización de estos conocimientos espirituales fue diferenciando, en el contexto de cada pueblo, la casta de los sacerdotes. Éstos pronto comprendieron que sus vivencias espirituales no eran transferibles a las masas si no lo hacían a través de parábolas, cuentos anecdóticos, reglas morales y un ceremonial que ayudase a los menos favorecidos en sus contactos con lo Divino a percibirlo aunque fuese esporádicamente. Así nacieron todas las religiones. Pues Aquel que había recibido la Chispa Divina en Su Seno y la posibilidad de expresarla de manera sencilla y codificada, se convirtió en el fundador de una religión.


A pesar de las terribles pérdidas que la ignorancia y vocación por la destrucción que aún sienten casi todos los seres humanos han provocado, nos quedan los restos más o menos enteros de las últimas religiones que en el Mundo ha habido.
Estos restos se adaptan al momento histórico y al lugar geográfico en que fueron emitidos, y así es lógico entender que un Sidarta Gotama Buda, en el siglo VI antes de la Era Corriente, no pudo haber dado el mismo Mensaje que un Jesús el Cristo, quinientos o seiscientos años más tarde en otro tiempo y otro lugar.


En el mundo actual existen millones de aparentes ateos y también millones de creyentes de alguna de las grandes religiones, como ser el Brahmanismo, el Budismo, el Cristianismo, el Judaísmo o el Islamismo. Junto a ellas existen miles de sectas de estas mismas creencias y otras de origen confuso.


¿Por qué decimos “aparentes ateos”?
Porque si bien los hay que legítimamente no creen ni perciben a Dios de ninguna manera, y hasta proclaman que éste es un concepto completamente artificial creado a la sombra del terror que inspira la muerte, la mayor parte rechaza, no tanto la posibilidad de una Inteligencia Cósmica movida por una necesidad o Voluntad Superior, sino las formas infantiloides con que las religiones en general presentan los grandes misterios que acucian al Hombre desde su origen.


os extraordinarios avances tecnológicos y las vías de conocimiento científico que se han abierto a la experiencia humana en los últimos dos o tres siglos, han hecho insostenibles las más populares creencias sobre un Universo creado hace menos de 7.000 u 8.000 años, los infiernos y paraísos físicos, la resurrección de la carne o los mares que se abren para que pasen los pueblos elegidos y se cierran para ahogar a sus enemigos.


Hoy hay muchas personas que viven con el corazón o el hígado injertado a partir de un cuerpo ajeno, vuelan en aparatos que superan largamente las más altas montañas y dan la vuelta al mundo, y existen otros artefactos fabricados por manos humanas que han sobrepasado todos los “cielos” que figuraron durante milenios en los Libros Sagrados. Y junto a estos éxitos indudables, como tantos otros que sería tedioso mencionar, el Hombre va descubriendo que el planeta en el que se asienta es como un ser vivo más, y que sus habitantes, sean vegetales, animales o humanos, tienen cuerpos maravillosamente diseñados, con índices de rendimiento, supervivencia y reproducción que ninguna máquina puede lograr.


Sin embargo, el materialismo imperante hace que esas maravillas no pasen de ser objeto de curiosidad, y que en lo religioso se siga exigiendo a los viejos textos, tantas veces distorsionados, las respuestas a todas las preguntas, entre ellas, la muy fundamental del arte de encontrar a Dios.

Y cuando no se hallan, no se niega el texto o se buscan sus simbolismos, sino que se niega la existencia del Ser Divino, con su secuela de angustia, depravaciones y maldades.
Este error es funesto para la calidad del Hombre y lo bestializa, haciéndole “caer hacia atrás” en el ateísmo más estúpido o en el fanatismo más cerrado.


Proponemos otra vía, que es la filosófica a la manera clásica.
Esta vía puede, con relativa facilidad, llevarnos al encuentro con Dios en nosotros y en todo nuestro entorno.


Si detenemos nuestra inercia materialista, nuestro “peso” de angustias, ignorancias y cegueras, descubriremos de manera sencilla que todas las cosas, desde las estructuras subatómicas hasta los nidos de galaxias, pasando por los diseños artístico-funcionales de las alas de un insecto hasta el esqueleto que sustenta nuestras carnes mortales, están pensadas y calculadas con sobrehumana precisión. Que es evidente una ecología funcional que relaciona todos los elementos universales, regidos por leyes cíclicas sapientísimas.


A short movie inspired on Number, Geometry and Nature.

From:  Etérea Estudios.




Ved la armonía maravillosa que encierran los pétalos de una flor o las estructuras cristalinas. Ellas, de por sí, jamás pudieron “pensarse” de manera de volverse tan perfectas y asombrosas. Tiene que haber “Algo” que las pensó y diseñó, y ese Pensamiento necesita de una Voluntad que lo genere y justifique.


Un sano “Panteísmo Filosófico” demuestra a los humanos inteligentes y libres de prejuicios la presencia de un “Algo Superior” al que bien podemos llamar Dios, y que expresado a través de innúmeros intermediarios, plasmó tales maravillas. Ese “Algo” no ha olvidado a nadie ni a nada. Todo está inteligentemente vivo y es eficaz.

No es pérdida de tiempo, sino todo lo contrario la contemplación activa de esos prodigios que se dan en los múltiples ojos de una mosca o en la estructura aerodinámica de una golondrina.


Los materialistas dicen que todo esto es fruto de la evolución, de la casualidad, etc. Los nombres no interesan… una evolución inteligente que aprovecha las experiencias, y una casualidad que no tiene nada de “casual” sino que es un eslabonamiento de causas y efectos, demuestran que nuestro Universo y nosotros mismos estamos dentro de un “Macrobios”, de un Super-Ser que ha motivado una super-existencia de funcionalidad prodigiosa. Y en ella estamos inmersos y ella está en nosotros, en todos nuestros aspectos y planos de conciencia.



Pues si así no lo fuese, si una sola mota de polvo estuviese carente de Dios, esta mota de polvo limitaría a Dios y esto es una aberración ya que el atributo esencial de Dios es, por fuerza, la omnipresencia en todo y todas las cosas y seres, los que, si no existiese Dios, tampoco existirían. Esa mota de polvo de nuestro ejemplo, vista a través de un poderoso microscopio, se nos revelará como un micro-universo tan armónico, vivo y eficaz como el Sistema Solar.


Si recobramos el actualmente casi perdido arte de encontrar a Dios, nos liberaremos de muchas limitaciones, racismos y fanatismos. Nos liberaremos de la angustia y seremos naturalmente voluntariosos, buenos y justos.


Dios no es un juez severo, ni un padre, ni una madre, ni un verdugo… Dios es simplemente DIOS… Quien lo encuentra, lo sabe.


Fuente: O.I.N.A. Chile.






Horizonte sin límites

 

“La altura de un Hombre no está dada
por su estatura física,
sino por la dimensión de sus sueños
y su horizonte no la marcan las
montañas
sino la fe en si mismo”.

Jorge Á. Livraga Rizzi

 



Bogando contra corriente

 

stas palabras las escuché de sus labios en mi ya lejana juventud. La frase no formaba parte de ninguno de sus discursos y no sé si la insertó en alguno de sus libros. Surgió espontáneamente en una conversación.

He meditado mucho sobre ella y a la hora de plasmar los más elevados Ideales en una Escuela de Filosofía a la manera clásica la parábola del tronco y de la barca estampó su sello en todo pensamiento, sentimiento y actividad.

Por lo general los hombres y las mujeres son como troncos que han sido lanzados al río de la vida y, primero enteros y secos, luego golpeados y humedecidos, derivan siempre en el sentido de la corriente o de los brazos de esa corriente que han desviado los poderosos del Mundo… ¡Allá van!… entrechocándose en inútiles violencias, sucios y embarrados, sin rumbo ni puerto fijo, hasta que se deshacen en astillas y desaparecen de la superficie en este río que no cesa de correr, que no sabemos de dónde viene ni hacia dónde va.

¡Meros troncos, desgajados, cortados, arrastrados de un lado a otro y apenas oponiendo la resistencia de su propio peso a la corriente! La oscura majada se desliza balando crujidos en su andar incansable y, sin embargo… ¡tan cansado!

De día, el sol hace ver la oscura podredumbre de las cortezas y de noche, el tumulto de sombras corre siempre horizontal y sólo por excepción alguno levanta un extremo hacia las lejanas estrellas.

¡El río de los troncos!

Cada vez son más y unos con otros se entrechocan, se lastiman, se despedazan… ¡el río de los troncos!… ¡Cuánto he meditado sobre esto!


Pero año tras año aprendí las casi olvidadas técnicas de ir vaciando y aliviando la mole de madera… esa madera de la cual estamos hechos todos. Rápidos golpes de azada en la superficie y carbones encendidos luego, que se renuevan constantemente. La experiencia, aunque se inspire en los grandes Maestros de la Humanidad, es siempre dolorosa e infinitamente larga.

Hay que cavar en lo más hondo, donde los egoísmos y las cobardías entrelazan sus fibras retorcidas, y la ilusión te hace creer que tú eres el tronco y que te estás destrozando a tí mismo. Pero el constante trabajador, impulsado por su voluntad superior a todos los quejidos de la materia semipútrida, sigue su tarea.

Poco a poco el otrora basto tronco se va convirtiendo en una embarcación. Se perfilan la aguzada proa y la redonda popa. La otrora herida, cavidad es ahora; un pulido receptáculo para el Alma Viajera.

Con los restos se han hecho los flexibles remos que, según como se manejen, serán impulsores y a la vez timón. Y con inmensa paciencia se van puliendo los toscos costados hasta que se convierten en bordas livianas y sólidas.

Y… ¡así hemos hecho la barca!

La multitud de troncos la mira con mezcla de asombro y de repulsa; le parece vacía, inconsistente, innecesaria, cómica, peligrosa, desechable. Pero es que no es un tronco… ¡Es una barca! Y, por si fuera poco, suele bogar contra la corriente. ¡Esto ya es imperdonable! ¿No estar a la moda, no cambiar de color según el barro que viene? ¿Tener color propio y bogar por encima del lodo, rozándolo apenas?… ¡Inconcebible!


¿Y sus extraños tripulantes?


icen éstos que no somos todos iguales, que si lo fuésemos nos podríamos equivocar todos juntos sin esperanza de ayuda de uno a otro, que la igualdad no existe en la Naturaleza ni es cosa posible ni deseable.

Que las sanas diferencias embellecen el conjunto y lo arrancan del aburrimiento y del espíritu de majada. También, que las diferentes religiones son adaptaciones en el espacio y en el tiempo de un mismo Mensaje y que, por lo tanto, no hay una mejor ni peor que la otra, ya que, aparte de ese breve Mensaje, todo lo demás lo aportaron los humanos con sus ignorancias y sus apetitos… Y que se fueron copiando los unos a los otros a través de los miles de años.

Afirman que no creen en Dios, sino que saben de Su Existencia y que ésta es evidente. Basta con conocer y andar las vías para su descubrimiento. Que el Alma es inmortal e incorrupta y que no hay que confundirla con los ropajes y disfraces que adopta periódicamente.

Que, si es que hay perdón, éste está más allá de la redención según la ley de acción y reacción y que esas son leyes mecánicas de la Naturaleza: que el que siembra trigo siempre recoge, tarde o temprano, trigo, y el que sembró espinos sólo espinos obtendrá.

El milagro no existe como tal, sólo existen planos de conocimiento. Lo fenoménico es secundario; el sacerdote babilónico que deslumbraba con sus pequeños relámpagos artificiales que le saltaban de una mano a la otra, hoy sería un simple electricista. Y San Patricio un químico que sabría qué ocurre cuando echamos agua sobre el fósforo blanco o la cal viva.

El tripulante de la barca no necesita muletillas de engaños. Busca y encuentra, paulatinamente, la verdad. Pone su esfuerzo en los remos y distingue cosas que los demás no ven, pues rema contra corriente.

Va escalando el agua hacia sus fuentes puras y descontaminadas. Hay entusiasmo en su Alma y gusta de la risa y de las cosas bellas.

Le molestan los ruidos cacofónicos y gusta de las hermosas melodías de Strauss, de las catedrales de luces y sombras de Wagner y de las íntimas sonatas de Mozart. No finge ver panoramas más allá de la mezcolanza de ojos, narices y rabos de los modernistas y prefiere caminar por la nieve con Goya, mirar los cielos grises velazqueños, sorprender las lágrimas cristalinas de un Greco o perderse en las calles fantásticas de los murales de Pompeya.

No cree que las drogas sean un bien, pues los que de ellas abusan se convierten en bestias degeneradas, que roban y matan para seguir consiguiéndolas.

Tampoco en la sucia borrachera del grito alto y el eructo bajo.


Sí cree en el orden armónico y vital, que sobrepasa al mecanismo ciego de programas ya manufacturados por otros.

Cree en la libertad en la medida en que haya personas que la aprecien y respeten la de los demás.

Cree en la voluntad, en la bondad y en la justicia, y que un mundo sin esas virtudes es una bola de barro a la que hay que dar formas armónicas, venciendo toda la resistencia de la materia bruta.

Cree en un mundo nuevo y mejor… pero para que aparezca en nuestro horizonte, debe haber muchos remeros nuevos y mejores.

Los que se abandonan al río de la vida en medio de debilidades y lamentos son inexorablemente arrastrados a su destrucción física, psíquica y mental.

Cree en una ciencia al servicio del Hombre, del animal, del vegetal y, sobre todo, del Planeta en sentido global, pues es nuestra casa cósmica y la estamos derrumbando y desequilibrando.

Cree que las estructuras ya viejas e inútiles deben dejar paso, en la renovación natural de la vida, a otras jóvenes y fuertes, sin complejos y limitaciones que huelen ya a podrido, pues son cadáveres a los que la fuerza galvánica del dinero y del poder hace que se contraigan y muevan sus miembros en un horrendo simulacro de vida.


Y… sobre todo… los tripulantes creen en ellos mismos; en la barca que han fabricado.

Cuando pasan remontando el río de la vida, muchos hombres y mujeres de corazón joven y mente despierta se ponen a trabajar y a convertir troncos en naves, para conocer la maravillosa aventura espiritual de bogar contra corriente.

 

 

 

 


Estructura de la Tierra…


orrían los años finales de la década de los 80 del siglo XIX, y H.P. Blavatsky decidió comunicar a sus discípulos más directos ciertas enseñanzas y tradiciones recogidas en sus viajes, especialmente por India, Bhután, Nepal, Tíbet y China Himaláyica.

Para ello, tanto en Adyar como principalmente en Londres, aportó oralmente muchos elementos que no figuran en su gran obra, de varios tomos, la Doctrina Secreta. Obra inacabada, como su Glosario Teosófico.

Por razones de espacio y de mejor comprensión a quienes leen este artículo, hemos omitido voluntariamente muchas de sus partes.

Deseamos que los amables lectores tengan a tomarlo como una hipótesis más sobre la estructura global de nuestro planeta. No podemos ofrecer una bibliografía, de la cual es tan gustoso el estudiante actual aunque sea insegura o repetitiva. Tampoco queremos que se tome como un “dogma de fe”, pues no responde a ninguna Fe, que si es cierta o no, obviamente no nos corresponde señalarlo.


Desde la más remota antigüedad, los sabios conocieron la forma general de la tierra y, según cuando y donde, su naturaleza estructural. Todos la consideraron como un Ser vivo, balanceado por ecosistemas vitales y capaz de enfermar y recobrar la salud por sus propios mecanismos programados por su Creador. Este Ser Vivo o Macrobios como lo llamaba el neoplatónico Marción era a la vez una célula en el tejido que conformaba sistemas y órganos cósmicos de miríadas de mundos, visibles e invisibles. Por poseer este último conocimiento y publicarlo, Giordano Bruno fue quemado vivo a instancias de la Inquisición, el 17 de febrero de 1600, en Roma.


El que la tierra sea un Ser Vivo, como nosotros, no significa que su cuerpo sea y se comporte igual que el nuestro. También un coral, un pino o una gaviota son seres vivos y no se comportan, formalmente, como el hombre. No hay que confundir la Vida Una  con sus transitorios envases. El Gran Aguador escancia su Agua Celeste en diferentes recipientes, de barro o de cristal. Si éstos, al usarse, se rompen y se derrama el agua, no hacen que el agua desaparezca, sino que, tras sus ciclos de evaporación y condensación, vendrá otra vez a la manifestación concreta y llenara nuevos contenedores…los que a su vez tienen una vida limitada que será igual, aunque no idéntica, a la de sus predecesores.


Según las antiguas enseñanzas, la tierra es más joven que la luna. La tierra se fue plasmando y condensando a medida que la luna se convertía en un cadáver espacial donde la vida perdura en su propia desintegración, hasta su extinción por involución. En la tierra, la vida se va expresando cada vez con más riqueza, pues esta en evolución. Ese procesos, en líneas generales, ha cesado en el presente, y su ciclo actual, basado en la mecánica estructural del Carbono empieza a marchar hacia su fin, si bien ello no ocurrirá hasta dentro de cientos de millones de años.


Desgraciadamente, los factores contaminantes, provocados especialmente por la superpoblación humana y la extinción de cientos de especies de los reinos vegetal y animal, pueden acelerar el proceso de degradación, y forzar al Planeta a tomar medidas que le salven de esta “enfermedad” en que se ha convertido el Hombre.


La estructura anatómica de la Tierra, según las antiguas enseñanzas, esta basada en los esquemas del Triple Logos, como lo llamó Platón. El Logos es la forma en que los humanos podemos entender al Dios que nos rige. Nuestra mente es dual, tiene un programa binario y sólo puede entender lo dual y su producto. Especialmente su producto, el tres, que en lo geométrico se expresa como el triangulo. La única figura cerrada que podemos pensar de manera dual es el círculo, relacionando la circunferencia y el punto central. El punto central no tiene dimensión; la circunferencia no tiene principio ni fin en sí. Sólo el triángulo, lo trino o trinidad, facultad dialéctica de lo trino, nos es comprensible e inteligible normalmente.


a estructura interna de la Tierra puede expresarse pedagógicamente bajo este aspecto. Y así fue enseñado:

1) Un núcleo metálico en el que predomina el hierro, pero con una estructura íntima más densa que el hierro superficial que todos conocemos. Un hierro de mucho mayor peso y una enorme capacidad magnética; sus átomos están “comprimidos” sobre sí mismos, es más sólido y, por lo tanto, tiene un grado de dureza de tipo cristalino.

En la vieja terminología de Oriente, se le llamó el “Huevo de Hierro” porque su forma general no es totalmente esférica. Su tamaño es, aproximadamente, de una cuarta parte del esferoide de la tierra. Es altamente radiactivo, aunque este término moderno no concuerde exactamente con su naturaleza real, pues por “radiactivo” entendemos hoy una amplia gama de “atractores” que, por serlo, emiten energía.

2) Los rodea una masa equivalente a dos tercios del tamaño del Planeta. La estructura de esta masa es muy compleja, con arborizaciones en forma radial, metálicas, por lo que los antiguos la llamaron zona de “los Árboles Grises” que, como tales, tendrían sus raíces en contacto con el núcleo y se irían expandiendo hacia la superficie.


3) La corteza, con un espesor aproximado de un cuarto del tamaño del global del Planeta. En ella ocurren fenómenos potentísimos de calor y electricidad y es como un escudo envolvente, protector, fértil, muy capacitado para absorber y trasmutar los rayos cósmicos que la penetran, algunos muy profundamente. Su superficie fue comparada por los sabios de Egipto con la piel de un cocodrilo, pues tiene placas que le otorgan flexibilidad; son los hoy llamados “Escudos Continentales”.

En lo etérico, la Tierra se consideraba como un gran imán. Las corrientes van de polo a polo, como curvas, desde el polo Norte magnético hasta el polo Sur magnético, cual una fuente que bañase la superficie de la Tierra; por el Sur se internan y, envolviendo el Huevo Negro, llegan otra vez al Norte.


Se cita además un aura de la tierra que abarca, desde su superficie, una distancia equivalente a unos tres radios terrestres. También se menciona un grueso anillo etérico-magnético que oscila ligeramente sobre la perpendicular del eje magnético, y que los últimos iniciados de Roma llamaron “El Cinturón de Venus”, el lugar donde habitan, dormidas, las almas próximas a encarnar. Desde allí, y esto lo recoge claramente Platón, sus inconscientes deseos de volver a tener un cuerpo de carne, empujan formas mentales que son el fundamento del sexo, el deseo de procrear.

Por eso la Escuela de Platón sostenía que el amor es generado por los muertos, afirmación muchas veces mal interpretada. Según el karma o el destino, las almas van a habitar los fetos de unas u otras familias, en uno u otro lugar de la tierra.


La ciencia actual (y más, la futura inmediata) ya esta constatando algunos de estos aciertos, por lo que, de una manera formal, dejan de ser “secretos” a criterio del autor de estos reglones.


Es  de esperar que cuanto más conozcamos sobre nuestro bello Planeta y las criaturas que lo poblamos, se acentúe la tendencia hacia un respeto saludable por su naturaleza que nos permita proseguir nuestra vida en la tierra, según lo planeado, y sin traumas siempre dolorosos.


Sin embargo, es triste comprobar que los hombres, o mejor, los ineptos políticos y religiosos que los rigen, se precipitan en concepciones medioevales, alimentadas por fanatismos, racismos, venganzas cíclicas e interminables. Es fundamental no seguirles el juego y trabajar para un Mundo Nuevo y Mejor.




A la Busqueda de una Civilización Natural

Una-Civilizacion-NaturalArtículo de Jorge  Livraga R.


LAa preocupación política, o sea referente a la conducción de los grupos humanos, es una de las más antiguas. El hombre ha sido y es un Ser social por naturaleza y no sabemos que jamás haya dejado de serlo. Todos los testimonios tradicionales y arqueológicos confirman, cada vez con más intensidad, la preocupación sociopolítica de los seres humanos; tan temprana como la religiosa y la de supervivencia individual a través del sexo.

Las comunidades humanas han tratado, desde los más antiguos tiempos, dentro de lo que sabemos, de convivir con la Naturaleza. Se sentían parte de la misma y la figura mental de la madre física se trasfundió siempre con la de la Madre del Mundo; siendo así las Deidades femeninas más antiguas que las masculinas en cuando a la importancia de sus Culto. Un “secreto Instinto” avisaba al hombre, desde las mismas entrañas de su consciencia, que su imperio sobre los minerales, vegetales, animales, distancias y tiempos, estaba atado inexorablemente a su entorno cósmico y que su propio cuerpo y psique eran también componentes de esa naturaleza, cuyo origen ontológico no era otra cosa que Aquello superior a toda dualidad y a todo razonamiento discursivo que hoy llamaos Dios. Así, Dios-naturaleza-Humanidad formaron la Primera Tríada de todos los Cultos, desde los predinásticos Egipcios hasta el mismo Cristianismo.

El Culto a los dólmenes y “Piedras del Cielo”, al Árbol de la Vida, a las formas animales es, asimismo, patrimonio espiritual de toda la Humanidad, de todos los tiempos. El Sol, la Luna, las Estrellas, los Ríos, el Mar, las Montañas, los Abismos, figuran siempre asociados con los Dioses y con los primeros hombres.


La Civilización, como arquetipo de la plasmación de la Cultura, fue concebida entonces, en colaboración y no en lucha contra la Naturaleza, lo contrario de esto se tuvo siempre por suicidio colectivo y por peligrosísimo desafío al Destino.

Tal vez convenga diferenciar el concepto vulgar de “Salvaje” del de “Natural”, dado que el primero encierra la actitud pasiva de hombres movidos por su entorno y el segundo de hombres que se mueven modificando el entorno, pero sin oponerse a él, sino colaborando activamente con él.

La más grande Civilización de que tenemos un recuerdo detallado es la Romana. No quiero decir con esto que haya sido la más importante, ni menos la más antigua, sino que de ésta tenemos elementos a la mano en número y calidad tal, que nos permiten una reconstrucción bastante ajustada de sus características.

Su misma costumbre de narrarlo todo; su alineación histórica, nos permite hoy saber más sobre lo que se habló en el Senado en épocas de Cicerón o de las campañas y muerte de Julio César, que sobre la entrevista de Yalta o el asesinato del presidente Kennedy. Aunque esto parezca un absurdo es auténticamente cierto y no creemos que toda la responsabilidad de nuestra ignorancia de hechos tan reciente la tengan “Secretos de Estado”, sino una forma de mentalidad diferente que ha restado valor al detalle en los actos del Hombre.


ESTAsta Civilización Romana, a pesar de los politicastros que la atacan en base a abstracciones, es para los historiadores un verdadero modelo de “Civilización Natural”, dentro de las posibilidades que hasta ahora ha demostrado la humanidad. O sea, que dejando de lado las utopías debemos reconocer que, en la práctica, fue un modelo de Civilización multinacional bellamente injertada en la Naturaleza.

No nos detendremos en la mención de sus caminos, que generalmente corren por debajo de los actuales; ni de sus acueductos que daban a Roma ocho veces más agua por habitante que en la actualidad, ni en tantas cosas extraordinarias, desde sus conceptos artísticos a los filosóficos. Tampoco en sus defectos, que también los tenían y de los cuales ningún grupo humano se ha mostrado carente.

Simplemente queremos destacar, a la luz de los últimos descubrimientos arqueológicos, que la Civilización Romana transformaba los elementos naturales, pero sin destruirlos y sin contaminar el medio ambiente. Desde sus templos de madera y piedras que mansamente vuelven de la Madre Tierra de donde han salido, hasta sus baños y gabinetes higiénicos en los cuales no se echaban papeles que hoy motivan las talas de los bosques y la putrefacción de las tierras, sino esponjas de larga utilización, gracias a ser lavadas cada vez que se usaban, en aguas corrientes y vinagre.

Sus carros se movían por tracción animal y si bien menos veloces y menos cómodos que los nuestros, sus “motores” consumían pasto, los que eran luego abonados con sus desechos…para que crecieran nuevos pastos.

Las chatarras de sus metalurgias, al basarse en metales naturales o en aleaciones simples, vuelven hoy a la Naturaleza sin contaminarla. Sus buques eran movidos por los vientos, que no se ensuciaban por ello y por remeros que hacían su gimnasia, voluntaria o involuntaria, pero siempre útil a la Comunidad, cosa que tanto contrasta con las individuales gimnasia estériles y a las contracciones por descarga eléctrica que endurecen los músculos y tornan elásticas las arterias de nuestros contemporáneos, sin más beneficio que para el que lo hace.

Sus fuentes lanzaban sus chorros de agua cristalina a muchos metros de altura sin recurrir a otro motor que los vasos comunicantes que llevan, por la fuerza de la gravedad, a la estabilización de los líquidos.

Sus relojes lo eran de sol, o hidráulicos, o de pesas.

Sus taxímetros, aplicados a carruajes y a naves, eran simples bolitas que caían en un recipiente según las distancias recorridas…y servían para cargar el aparato otra vez.

Sus expendedores de agua lustral y de bebidas automáticos se basaban en una poco complicada maquinaria, que al peso de una moneda en el extremo de una barra, dejaba por el otro lado salir una cantidad calculada de liquido, hasta que la moneda resbalaba al deposito y la expedición se cerraba, al volver el mecanismo a la posición original.

Sus armas mataban al enemigo, pero sin contaminar la Tierra ni el Cielo y las destrucciones de floras y faunas estaban estrictamente controladas y eran compensadas con largueza.

Su sistema monetario no era muy apto para inflaciones. Y una única unidad económica abarcaba a la tercera parte de los habitantes del mundo de aquel entonces. Así como también le abarcaban sus leyes y un mando unificado político que permitía convivir a cientos de pueblos de diferentes colores de piel, creencias y lenguas.

Su eclecticismo en materia de filosofía y religión eran extremos. La tan mentada luego persecución de los primeros cristianos se debió a que éstos, que por ese entonces se sentían tan sólo una suerte de secta de los hebreos, querían imponer su creencia a todo el mundo, aún de manera violenta, como podemos constatar por lo que hizo “San” Chirlillo de Alejandría con la Filósofa Hipatya.


No creemos que debamos extendernos. Tan sólo hemos dado unos esbozos de lo que fue una forma de Civilización Natural. Sabemos que no fue perfecta, ni mucho menos. Pero la Civilización actual es peor.




Severn Cullis-Suzuki nació y se crió en Vancouver, Canadá. A los nueve años (mientras asistía a la escuela primaria) fundó la Organización Infantil del Medio Ambiente (Environmental Children’s Organization – ECO), un grupo de niños dedicados a enseñar a otros jóvenes diversos temas sobre medio ambiente. En 1992, a la edad de 12 años, Suzuki-Cullis recaudó dinero con los miembros de la ECO para asistir a la Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo “The Earth Summit”, celebrada por la ONU en Río de Janeiro.

Video visto originalmente en la web Ética Universal.



NUESTROSuestros medios de transporte se mueven en base a un combustible irreemplazable: el petróleo y el carbón. Además, sus detritus contaminan el medio ambiente y estamos provocando la esterilización del Planeta, tan sólo por querer llegar más rápido a lugares donde luego perderemos el tiempo lastimosamente sin saber qué hacer o recurriendo a viles distracciones para no aburrirse.

Nuestros desperdicios, especialmente los plásticos, son prácticamente indestructibles y ya llenan buena parte de playas, campos y “vaciaderos”, que no son otra cosas que hermosos valles convertidos en cubos de basura. En el mar se vierten constantemente residuos radioactivos en envases que no presentan mayores índices de seguridad para las generaciones futuras.

Nuestras fuentes urbanas mueven una y mil veces la misma agua reciclada gastando para ello electricidad costosamente producida.

Nuestros aparatos necesitan de pilas, motores, cohetes, etc. Todo esto es más o menos contaminante y hay que fabricarlo continuamente, pues continuamente se destruye o deteriora.

Nuestras armas de guerra afectan no sólo a los hombres y sus edificios, sino que modifican toda la naturaleza y pueden llegar, si son atómicas, a destruir el Planeta mismo.

Nuestra estúpida idea de la competencia ha fragmentado el mundo ya no en Naciones naturales, sino en artificiales Países y hay cien monedas en puja. El concepto de Unidad Natural se ha olvidado totalmente y se confunde la cosa, pues ya no nos semejamos con definiciones, sino con injurias, y a todo aquel que quiera retornar a una unidad planetaria o por lo menos de una zona, se le llama “Imperialista”, “Fascista”, etc.

Hemos perdido contacto con la Naturaleza y realizamos esfuerzos inútiles que harán reír a las futuras gentes, como esos de las bicicletas fijas, de las bandas vibradoras, de los juegos con pesas.

Pero si esos mismos esfuerzos lo hiciésemos en algo útil desfalleceríamos diciendo que no aguantamos tanto trabajo. Somos débiles y artificiales.

Nuestra forma civilizatoria produce y consume constantemente y lo más rápido que puede, sumiéndonos a todos en una loca carrera.

Todo lo que hacemos es poco duradero; así lo podemos reemplazar más rápido. No se busca lo bueno, sino lo nuevo. No importa tanto la calidad como la cantidad. El voto de dos imbéciles vale más que el de un genio.

Existe una realidad: no nos salvarán las lamentaciones ni las reprimendas a la manera de la farsa que llamamos ONU. Nos salvara nuestro propio reencuentro con la Naturaleza; con nosotros mismos y con el entorno.


Así, nuestra Filosofía Acropolitana propone un retorno a la naturaleza. Pero no al salvajismo ni a las posiciones exteriores más o menos exóticas, como dejarse el pelo a lo africano o vestirse de chino. Nos referimos a algo mucho más “Interior” y Espiritual. Y que se refleje en todo lo que el hombre haga y deshaga.

Tenemos sed de bellos paisajes, de bosques frondosos, de hermosos mármoles tallados, de música sin aditivos electrónicos, de cuadros sin clisés de serigrafía ocultos bajo la pintura, de aire puro, de aguas puras…y de hombres y mujeres puros.

Que las drogas las tomen los enfermos para mitigar sus dolores, pero no los jóvenes para llenar sus ocios. Que no se vea al trabajo como una maldición sino como una de las mejores herramientas pedagógicas.

Que el hombre crea en Dios y en sí mismo. Y que para ello no haya que hacer un referéndum… ni consultar una computadora.

Seamos Naturales; seamos nada más…ni nada menos que NOSOTROS MISMOS.




¿Por qué tiembla la Tierra?

Jorge-Livraga

A poco de mi llegada a Lima he tenido la experiencia, si bien no nueva para mí, de sentir temblar la tierra. Ante éste, como ante cualquier otro fenómeno natural más o menos impresionante, nuestra endoculturación materialista nos trae explicaciones más empíricas que filosóficas, y así el estudio final y las causas profundas mueren confortablemente arropadas en razones mecánicas que si bien explican los medios, jamás los fines ni los principios.


¿Por qué tiembla la tierra?


Sin ser expertos geólogos, conocemos las actuales teorías sobre deslizamientos en la franja del geosinclinal andino y de las contrapresiones explicadas por la teoría de Wogoner sobre el frente-sial del macizo de los Andes, sin descartar la acción de los fuegos subterráneos que, según los más modernos aparatos, no están en el centro del esferoide terrestre como hasta ahora se creía, sino bastante más cercanos a la superficie. Pero todas estas explicaciones no responden en profundidad a la pregunta anterior:

¿Por qué tiembla la tierra?, atiéndase bien que no preguntamos ¿Cómo? sino ¿Por qué?


Si un carro se traslada, por ejemplo, desde Lima al Cuzco, la explicación del porqué de su traslado estaría en relación con los seres inteligentes y vivos que le manejan y el cómo, con el juego de compresión de gases que trasladarían sus impulsos, a través de una maquinaria motora, a las ruedas que giran apoyándose en el suelo y provocando el movimiento del carro sobre la carretera.


Así la segunda explicación, puramente mecánica es cierta y explica lo estrictamente mecánico, pero no basta para solucionar el problema de porqué va ese carro de Lima a Cuzco y no a Callao o a Nazca o a cualquier otra parte. Tampoco explicaría, la pura razón mecánica, porqué se puso en marcha, ya que la ignición es “en cadena” pero algo exterior a ella tuvo que provocarla o iniciarla. Y todo esto viene a colación de lo que sigue:

Los científicos a la moda se conforman con las explicaciones mecánicas sobre los temblores de tierra, deteniéndose en los cómos, sin llegar jamás a los porqués. Es evidente que la tierra mantiene una ecología termomecánica, por no hilar demasiado fino, que es propia a todos los seres vivos. Cómo éstos acusan oscilaciones periódicas de temperatura, desde las diarias a las glaciaciones, seguidas por alzas que a manera de fiebres le acometen con intervalos de muchos miles de años.


Ha sido niña y ahora envejece, endureciendo su piel y cargándolo de arrugas. Ostenta las cicatrices de sus choques con el mundo circundante en cráteres meteoritos. Ha cambiado varias veces su inclinación referente al plano de la eclíptica tal cual un ser vivo lo hace, aún cuando duerme en el suelo.


La tierra para los filósofos platónicos y neoplatónicos fue siempre definido como un Macrobios, o sea, como una gran unidad viviente, semejante a un animal. Las representaciones arcaicas hindúes que muestran a los hombre levantando sus palacios sobre el lomo de un monstruo cósmico y que hoy se interpretan como meras formas de ignorancia, tenían más esotéricas acepciones y estaban más cerca de la verdad, que los científicos contemporáneos. La tierra es un ser vivo.


Nuestro planeta, se estremece, sufre enfermedades, envejece y un día morirá. Su cadáver se desmenuzara en polvo cósmico tal cual el cuerpo de cualquier otro ser vivo lo hace sobre el polvo terrestre. Como en los intersticios de nuestra piel portamos millones de microbios, así nos lleva la Madre Tierra sobre la piel de sus “Escudos Continentales”. Paralelo no significa identidad. Semejanza no es igualdad.


Nos adelantamos a las críticas aceptando desde ya las diferencias que nuestros ejemplos contienen, pero como filósofos pedimos que se medite, asimismo, sobre las semejanzas. Y pedimos que se medite, no por un simple afán especulativo ó sensacionalista, sino porque, al entender y percibir que la tierra es un ser vivo nos llevara inexorablemente a una cosmovisión diferente, aclarándose para nosotros muchos enigmas, confortándose nuestros corazones al percibir que no somos simples “casualidades” viviendo porque sí en una roca muerta que gira estupidamente en el vacío inerte, sino seres humanos en el mejor sentido de la palabra, enlazados por leyes de causa y efecto a nosotros mismos, a nuestros semejantes y a todos los seres que habitan el universo, tengan la forma y dimensiones que tengan.


Y la tierra es uno de ellos. Un ser vivo del cual nos alimentamos y en el cual vivimos, un compañero de viaje, finalmente, en este aventurero andar de los caminos del tiempo y del espacio, al que debemos cuidar de no envenenar con nuestros detritus artificiales y contaminantes, pues la suerte de la humanidad, por muchos miles de años está aún ligada a la suerte de la Tierra. Y porque debemos respetar y no destruir inútilmente ninguna forma de vida, sea un planeta o una hormiga.


¿Por qué tiembla la Tierra?

Por lo mismo que, ocasionalmente, tiemblas tú, lector…

La tierra es un ser vivo.




Las edades esotéricas del hombre

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“¿Por qué hemos nacido en este mundo, en este momento y no en otro?

Porque es lo justo, bien sea por necesidad personal de experiencia, o por necesidad de ayudar a los demás en base a la experiencia que podemos haber acumulado en otros tiempos.

Es probable que hayamos vivido muchas veces, en muy variadas circunstancias, algunas buenas y otras no tanto, pero en cada oportunidad hay algo que aprender y algo que hacer…

Nosotros hemos nacido en el momento más apropiado: aquí y ahora, exactamente cuando y donde nos corresponde actuar… Estamos allí donde nos ha conducido nuestra propia alma inmortal.”

***

En este, como en tantos otros temas, es temerario generalizar. Cada ser humano tiene su destino particular que es como una cuerda hecha con muchísimos hilos de diferentes colores, resistencias, longitudes y ciclos de vida.

Influyen asimismo las decisiones que cada uno toma ante todas las oportunidades y también factores misteriosos que están por encima de todos los «horóscopos», circunstancias y educación. En todas las Religiones Mistéricas de la Antigüedad, desde la Sumeria a la Etrusca, ese «factor X» -que así lo han llamado diferentes pensadores del siglo XX- no es mensurable ni previsible… Sabemos que existe por sus efectos evidentes, pero no sabemos lo que es.

Según Homero y Virgilio, esta Voluntad Ultérrima estaba por encima, no sólo de los hombres, sino también de los Dioses y de todo aquello que podamos concebir… el mundo de lo inteligible, por paradoja, tiene raíz irracional… o pararracional, que en la práctica es lo mismo.

Pero para facilitar ciertas comprensiones, el esoterismo diferencia los años que un hombre puede vivir en ciclos de siete.

Hasta los 7 años

Existe un descenso paulatino de los Principios espirituales, mentales y psicológicos en general. Existe una especie de «Ángel de la Guarda» que vigila la entrada del Alma en la encarnación y «suaviza» sus choques con el mundo en el que le toca vivir. Padres, familia y educadores tienen gran importancia. El niño es, salvo excepciones, un ser plástico que responde a los acicates del castigo y la recompensa; necesita autoridad y control permanente que le permitan un aprendizaje instrumental. Si nace en familia cristiana, será cristiano y si en judía, judío, etc. Su contacto con el medio social es una «vacuna» que le permitirá sobrevivir a futuros embates. Necesita cariño, que no es debilidad ni gazmoñería.

Hasta los 14 años

Habiendo sobrevivido a la niñez, entra en una etapa «gozne» y, a través de la fantasía y de la imaginación, se introduce el ser humano en el mundo de los adultos que no acepta ni rechaza totalmente. Está probando. Necesita que le dejen, controladamente, acertar y equivocarse. Su propio Espíritu empieza a manifestarse y crea las imágenes de aparentes rebeldías.

Hasta los 21 años

Pasada la etapa anterior, el Espíritu se manifiesta más fuertemente y se perfila la personalidad y las posibilidades definitivas. Se entra en la plenitud… inmadura. Los roles sexuales se afirman.

Hasta los 28 años

El Espíritu se ha manifestado y el camino para toda la vida se hace evidente. Todo toma formas concretas y se tiende a imponer la propia naturaleza en todos los órdenes.

Hasta los 35 años

Se llega a todas las formas definitivas y la espiritualidad vence o fracasa; ya no habrá cambios de fondo al respecto. Se camina por sendas elegidas y lo que puede variar ahora es la velocidad, aparte de pequeños desplazamientos de los focos de interés y centros de invento. Aunque pueda no parecerlo, la posibilidad de cambios ha quedado atrás y tan sólo se pueden afirmar o debilitar los elementos de la personalidad según la fuerza del Espíritu. Se está en la mitad de la esperanza de vida, en la cumbre de la montaña de esta vida y se empiezan a percibir más claramente paisajes y fuerzas, lo que provoca acción y curiosidad. Los elementos ya existentes se combinan y recombinan en una «segunda juventud».

Hasta los 42 años

Los efectos de la que llamamos «segunda juventud» se hacen perceptibles y se instrumentalizan. Son necesarios logros, conquistas, adquisiciones. Al final del ciclo se empieza a bajar «la montaña biológica» y aparecen conflictos entre el Espíritu, el Alma y la Personalidad. Aquí se definen los valerosos y los cobardes. El desafío de la vida se plantea y replantea.

Hasta los 49 años

Un sentimiento que permaneció casi en latencia se manifiesta: el apuro por plasmar cosas, y éstas serán según la naturaleza de cada uno y su grado de espiritualidad o materialismo. La experiencia individual se ha decantado e influencia fuertemente en los actos, sentimientos e ideas. El cuerpo, por su parte, presenta las características propias de la perdida juventud. Esto no siempre es aceptado y ello hace que esta edad sea especialmente peligrosa para el equilibrio fisiológico y mental.

Hasta los 56 años

Se inicia una doble fuga psicológica hacia atrás y hacia adelante. Se recuerdan los «buenos tiempos» y se proyecta con fuerza para el futuro. El presente se evidencia efímero y débil. Hace falta afianzarlo para cogerse fuertemente a algo. Las posiciones se radicalizan y maduran. Si se ha tomado el camino espiritual, se entra en un período muy fructífero y si no, en un simulacro de nuevas creaciones… que son las mismas de antes, pero mucho más definidas, sólidas… y estáticas.

Hasta los 63 años

El «ocaso» de la vida se hace evidente y todos, de una manera u otra tratan de dejar «cosas hechas» que otorguen seguridad colectiva e individual. Depende de la cultura, carácter y espiritualidad, el grado en que la radicalización de las creencias se plasme en obras realmente útiles. La convivencia se torna cada vez más difícil y se la rechaza a la vez que se la necesita, a veces de manera traumática.

Hasta los 70 años

Según se hayan ejercitado, algunos principios espirituales se retiran o se afirman. Es el final, el «broche» que puede ser de oro o de hierro. El cuerpo entra en deterioro que pone a prueba la templanza. La idea de la muerte, en sus diversas acepciones, se hace constante. Para algunos, ésta es un último incentivo y para otros la puerta de la desesperación, de la resignación, de la rebeldía (ahora sí auténtica) lo que puede provocar un enfrentamiento consigo mismo y con el entorno físico, psíquico, mental o espiritual.

Si se sobrepasa esta edad, todo pronóstico se hace aventurado, pues los ancianos pueden convertirse en rocas sólidas de maravillosos ejemplos… o en empecinados enemigos de todos y de todo. Por lo general se experimenta una gran soledad, dorada u opaca. La mayor parte no entienden a los más jóvenes y se enfrentan con ellos, envidiando de alguna manera su juventud. Ahora, todo dependerá de la vida que se ha dejado atrás. Leyes de la Naturaleza, absolutistas y dogmáticas, hacen cosechar apresuradamente lo que se ha plantado de forma inexorable.

Si el fin sobreviene por una enfermedad especialmente larga, suelen reaparecer características netamente infantiles. Si no, o si la fuerza espiritual es muy grande, el Espíritu dará sus más bellos esplendores como despedida final, penetrando de nuevo en una realidad íntima y misteriosa, como la de los niños pequeños. Aun estando en este mundo ya no se vive en él.

Intencionalmente, hemos evitado los análisis psico-físicos a la moda y la terminología de nuestro tiempo. No creemos en el psicoanálisis mientras no se reencuentren las claves de una psicosíntesis reconstituyente, optimista y veraz.

Por otra parte, todo lo anterior, si bien obedece en líneas generales a la marcha del tiempo en la vida del Hombre -englobando ambos sexos para abreviar-, insistimos en que es muy esquemático pues no se puede masificar y cada ser humano es un mundo, un misterio, una realidad propia e irrepetible, absolutamente singular.

Esto no descarta la reencarnación, pero confirma que si la cadena es una, sus eslabones son innúmeros, diferentes y que la asociación de los mismos no quita la flexibilidad del conjunto; por eso lo comparamos a una cadena y no a una barra rígida. Espacio y tiempo son coordenadas que se entrelazan pero que no se funden entre sí, pues aunque tienen un Ser idéntico, son a la vez un existir maravillosamente diferente, enfrentado y complementario.

Pero tales son las Viejas Enseñanzas que, bien meditadas, pueden ser útiles a aquellos que, siendo filósofos, buscan conocerse en profundidad.

Escrito de Jorge A. Livraga R.
Fuente: Nueva Acrópolis Argentina


Per Aspera Astra…

 

“Soñemos en ese Hombre nuevo
que siendo de diferente piel,
de diferente raza,
vestido de manera diferente
y en diferentes pueblos,
se salude otra vez
con alguna palabra
que se refiera a Dios,
con algún signo
que señale el horizonte.”

 

J.A.L.

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Una figura enigmática: H. P. Blavatsky

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En estos tiempos en que la disolución de las diferentes formas del Materialismo del siglo XIX, han llevado al gran público a un interés enorme por las antiguas doctrinas del Esoterismo y la Magia, me ha parecido conveniente escribir sobre ese verdadero enigma que, en el siglo pasado, constituyó Helena Petrovna Blavatsky.

Cierto es que, en los límites de brevedad impuestos a esta obra, no han de caber muchas interesantes características de tan extraña personalidad y aún menos su colosal obra de recopilación e interpretación hecha sobre textos antiguos de Oriente y Occidente.


Una vida fuera de lo común

Nació en Ekaterinoslav, ciudad situada en la orilla derecha del río Dnieper, que lleva sus aguas al Mar Negro, frente a Odessa, Rusia. En la medianoche que va del 30 al 31 de julio de 1831. Es curioso que esta noche, para el pueblo ruso, es la equivalente a la “Noche de San Juan” en otras regiones de Europa Occidental… Una noche mágica.

Fue primogénita de una noble familia. Por línea paterna, hija del Coronel Pedro Hahn y nieta del Teniente General Alexis Hahn de Rotenstern, de Macklemburgo, Alemania, establecido en Rusia; y por parte de madre, de la pariente del Zar, Helena Fadeff. Su abuela fue la Princesa Helena Dolgorouki. Fue bautizada según los ritos de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Nacida prematuramente, su salud fue endeble desde muy niña. Creció reconcentrada en sí misma y silenciosa. Dotada de innegables poderes parapsicológicos innatos, el ambiente que la rodeaba, exageradamente inclinado a la superstición ya calificar de “brujería” todo aquello que fuese desacostumbrado, la aisló aún más en el seno de su aristocrática familia,
prefiriendo la compañía de los servidores de su casa o de los niños pastores y errantes que llegaban a su puerta. Paseándose por el museo natural del palacete de sus padres, frente a cada animal disecado, improvisaba largas charlas sobre las características de ese animal en vida y lo que había visto.
Se hizo especialmente odiosa al predecir, con absoluta certeza, el día de la muerte de algunos viejos parientes y amigos que frecuentaban sus salones. Lo hacía con la inocencia de una niña, pero al verse cumplidos los presagios, todos comenzaron a temerla.

Sus ayas de Ucrania la entretenían hablándole de hadas, gnomos y hechizos, pero pronto sintieron ante la niña verdadero terror, pues ella les anticipaba lo que le pensaban decir, leyendo sus pensamientos y provocando risas, ruidos y vientos a voluntad en las habitaciones solitarias. Tenía para ese entonces 4 años.

Recibió la educación básica de una dama de la nobleza rusa de aquella época: leer y escribir en ruso, rudimentos de inglés y de francés. También estudió música y demostró una gran aptitud para ejecutar en el piano.

Muerta su madre, a los 11 años fue a vivir con su abuela, en Seratow, donde su abuelo era Gobernador Civil. De carácter difícil y salud tan endeble que frecuentemente se la veía como moribunda, vivía, según cuenta la misma H. P. B., “empapada en Agua Bendita”. Su abuela tenía un museo, de los más prestigiosos en Rusia en cuanto a Historia Natural, y la niña reencontró su infantil pasión por hablar sobre esas piezas, aún de las correspondientes a animales prehistóricos de los cuales se sabía en ese entonces más bien nada que poco.

También a los 11 años la sorprendemos cabalgando a horcajadas, cosa prohibida para una señorita de encumbrada familia. A los 14 cayó de su silla de montar y ante la vista de varios testigos se mantuvo en el aire, suspendida de manera increíble hasta volver al asiento.

Todo ello inclinó a la familia a casarla lo antes posible. Así y pese a sus protestas, la desposaron a los 16 años con un anciano de 70, Nicforo Blavatsky, Subgobernador de la Provincia de Erevan, en Transcaucasia.
Tres meses más tarde, la extraordinaria jovencita que llevaría por el resto de su vida el apellido de Blavatsky en memoria de aquel bondadoso hombre que pudo haber sido su abuelo, se escapó de palacio a caballo y luego, de grumete, embarcó hacia Alejandría. Tardó diez años en volver a Rusia, para que su matrimonio fuese legalmente nulo.

Este período de su vida es muy oscuro. Contactó con espiritistas (que en aquel entonces estaban tan de moda como hoy los ufólogos o los santones) y recorrió numerosos países de Europa, África y América. Su familia, como el conde de Vitte, la hizo víctima de grandes ataques y burlas. Su espíritu andariego y su juventud la llevaron, disfrazada de muchacho, a ser reportero de guerra en las tropas de Garibaldi en las luchas del Río de la Plata, entre el Imperio Portugués y los nuevos Países hispanoparlantes. Una “reportera” de guerra en aquel tiempo era algo tan inusual que cuando se supo sufrió prisión por eso.


Fue una viajera incansable a pesar de su mala salud que le hacía sufrir tormentos y angustias. Pero siempre al borde de la muerte, curaba rápidamente sin auxilios médicos y proseguía su marcha.

De carácter frecuentemente irascible, dotada de gran carisma y autoridad, no temía meterse en las más atrevidas aventuras en los lugares más remotos e incivilizados del mundo. Poseía el “don de lenguas” y así, no sólo comprendía y hablaba los más extraños dialectos, sino que leía jeroglíficos egipcios, sánscrito, griego, latín y cuanto signo gráfico hubiese dejado el hombre a través del tiempo.

Sus poderes parapsicológicos se acentuaron con sus viajes, y shamanes y faquires llegaron a admirar sus proezas, que ella realizaba muy de vez en cuando y sólo si le venía en gana hacerlo, defraudando así la curiosidad de muchos periodistas y espantando otras veces a gentes desprevenidas.


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Sus artículos, casi siempre con seudónimo, llenaron las páginas de los principales periódicos de la época Victoriana, en la que se vivía un clima propenso a la aventura y al exotismo de los lugares casi inexplorados que recorría H.P.B.

En 1875, a los 44 años de edad y luego de haber conocido al entonces famoso periodista, el Coronel Olcott, funda en New York la Sociedad Teosófica. Se cuenta que en la sesión inaugural, se materializó a la vista de todos un misterioso anillo en su dedo, que luego sería transmitido de mano en mano por todos los Presidentes de la Sociedad Teosófica. El autor de esta nota lo vio y tocó. Su piedra es extraña, tiene grabados signos parecidos al sánscrito y cambia de color frecuentemente.

Contrariamente a lo que se cree, aunque H.P.B. fuese cofundadora de la Sociedad Teosófica y trabajase para ella el resto de su vida, su primer Presidente fue Olcott, y ella manifestó de inmediato que, habiendo cumplido su misión, no se le considerase ya como Miembro de dicha Sociedad, pues no quería dañarla con lo que ella hiciese ni tampoco sentirse atada a compromisos con la gente.

Esta Sociedad resultó un éxito y se extendió rápidamente por todo el Globo, teniendo su capitalidad en Adyar, India, gracias a una importante donación hecha por el Rajá de Benarés.

Acosada por las críticas y por su estado de salud cada vez más malo que le impedía, entre otras cosas, controlar los fenómenos paranormales que la rodeaban a toda hora, se dedicó a escribir sus Obras; éstas llegaron a tener
tal éxito, que su Isis sin Velo se vendió totalmente en su primera edición antes de que saliese de máquinas, debiendo reimprimirse y durando la segunda edición en inglés 24 horas.

La “Teosofía”, que marchaba a hombros de la Sociedad Teosófica, impregnó a millones de personas, especialmente las de alto rango y condición artística, científica y filosófica, aunque siempre contó con la oposición de las instituciones oficiales, especialmente las inglesas, y con la aversión de la Iglesia Católica y de anglicanos. También, más tarde, la combatiría la Masonería, el Espiritismo y los Brahmanes de la India. H.P.B. tuvo gran cantidad de enemigos personales que la denigraron; el principal: R. Guénon.
Sus críticas a los anarquistas y al gobierno de las mayorías, la hicieron también odiosa ante la vista de importantes medios de comunicación.

En 1885 decide residir en Londres, donde se pone en contacto con Annie Besant, la Condesa Wachtmeister y las Duquesas de Adlemar y de Pomar. H.P.B. es llamada entonces “la mujer más sabia de su tiempo”, y se dedica a su monumental obra: La Doctrina Secreta, basada en gran parte en apuntes de sus anteriores viajes. Sus distinguidas y cultas acompañantes cuentan cosas extraordinarias de ella, como lectura de libros a distancia, conversaciones a dos voces con seres invisibles, cartas llegadas de remotos lugares por medios extraordinarios y escritas en signos indescifrables aún para los peritos del Museo Británico, a los que, con extraño sentido de humor H.P.B. les enviaba a veces alguna parte de su correspondencia.

Esta mujer, que había predicho el descubrimiento de Troya por Schliemann y afirmaba que en el siglo XX la gente vería a través de nuevos “espejos mágicos”, televisores, ya no podía retener el Alma en el cuerpo.
Ella misma afirmó, alguna vez, que sus misteriosos Maestros le habían dado 5 años de vida “extra”, para terminar su obra. y la terminó, aunque el “Séptimo Libro” de Doctrina Secreta quedara en apuntes manuscritos recopilados luego para una “Sección” o “Escuela Esotérica” de la Sociedad Teosófica que funcionó hasta 1950.

En los últimos cuatro años de su vida logró controlar y suprimir los fenómenos paranormales que le habían acompañado en toda su existencia.

Su actividad y ritmo de trabajo se volvieron febriles. Mientras la Sociedad Teosófica se había convertido en una potencia mundial desde todo punto de vista, ella se mantenía lo más aislada posible con las damas mencionadas y de este período sabemos muy poco. Su casa de Lansdowne Road fue llamada la Blavatsky Lodge. Su figura se hizo tan mítica que se internalizó, terminando su vida, muy envejecida y enferma, carente de muchos cuidados elementales ya que ni a sus compañeras de casa dejaba que colaborasen con ella, sentada en una silla y con un lápiz en la mano.

Era el 8 de mayo de 1891. El médico que certificó su defunción la atribuyó a un tipo de gripe y al mal clima londinense. Su cadáver fue cremado y la casi totalidad de las cenizas se aventaron sobre el Támesis.

Su último fenómeno: los médicos la habían declarado fuera de peligro a las 11 de la mañana de ese 8 de mayo… Ella esperó que se fuesen, se levantó de la cama, se sentó en su mesa de trabajo y murió tal cual lo había predicho días antes. Tan suavemente, que quienes estaban a su lado no se dieron cuenta por largo rato.


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Escudos Invisibles de Protección

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Las Formas Mentales

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“El Universo es mente, todo es Mental”.
El Kybalion.

Esta antigua -y siempre actual- afirmación que los griegos extrajeron de más viejos aforismos egipcios y que nos ha llegado a través de las versiones que los neoplatónicos de Pérgamo y Alejandría conservaron, y cuyos fragmentos han sido comentados y recomentados muchas veces con mayor o menor fortuna, guarda una verdad que rebasa el campo de lo metafísico para llegar hasta lo cotidiano, lo que nos afecta a todos en cualquier momento.
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Cada uno de nosotros y nuestro entorno cobra realidad sensible según como es pensado. Esto no cambia los Arquetipos que nos aguardan al final del Sendero, tal cual Platón explicó genialmente, pero nuestra intención en este artículo es referirnos, no al Logos o Idea Divina que cual timonel rige la marcha del Universo de manera inteligente y que se refleja en las estrellas y en los átomos, sino a la parte humana que nos toca vivir, personalmente, en los límites de nuestro espacio-tiempo.

No debemos ser egoístas, pero no podemos evitar el ser egocéntricos.
Protágoras dijo que “El Hombre es la medida de todas las cosas” y con ello se refería no sólo a la conciencia humana y al universo, sino hasta a su cuerpo físico, que le da noción de lo pequeño y de lo grande, de lo cercano y lo lejano. El Hombre-microcosmos es en Sí una imagen viviente de ese Dios-macrocosmos en el cual Es y Está.

Todo valor capaz de ser entendido y vivido, realmente vivido por cada uno de nosotros, entraña no tanto una ascesis a las Escondidas Fuentes de la Verdad, sino a relaciones entre nuestro Yo y lo que podemos llamar nuestro entorno.

Pero esto nos presenta un doble problema inicial: Cuando nacimos a esta vida es evidente que nuestro entorno ya existía, y así tomamos conciencia de creencias religiosas, políticas, científicas, artísticas; usos sociales según sexo y condición; expresión idiomática según la lengua del país y la familia en la cual nos desarrollamos. Apreciamos alimentos y bebidas. Aprendimos a manejar instrumentos, desde nuestro propio cuerpo hasta las máquinas y utensilios de propiedad o de uso que nos rodearon.

Pero… ante esta preexistencia del entorno nos podemos preguntar: ¿Y yo, existía antes de nacer? ¿Dónde? ¿Cómo?… Y si Yo no existía, ¿nací con mi cuerpo? ¿Mi Yo es sólo la suma y combinación de propiedades de la materia, algunas desconocidas aún científicamente?
El poder pensar percibiéndolo le otorga realidad a mi entorno. ¿No cabría, pues, que a medida que me fui pensando a mí mismo me fui otorgando también realidad? Y si esto fuese cierto, ¿no dependerá la existencia de mi Yo de la existencia de mi entorno?

Esta pregunta aparentemente lógica y que tanto preocupa a los materialistas es un burdo sofisma.

Si fuese cierto que comenzamos a existir con nuestro entorno y que nuestro Yo no es preexistente, todos los niños nacidos en parecidas condiciones serían por fuerza parecidos en todo. Pues siendo la única fuerza la del entorno, y siendo el Yo un producto de él, saldríamos todos iguales de las “líneas de montaje” de la Naturaleza, tal cual salen los coches o los aviones. Pero no somos cosas; somos Seres. Y las diferencias que se dan aun en personas criadas en un mismo hogar y ambiente -diferencias profundas y no tangenciales- nos demuestran la preexistencia de un Yo diferenciado para cada uno de nosotros. Pensamos diferente y por ende sentimos y somos diferentes. No hay una persona exactamente igual a otra.

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Así, al nacer, más allá del “hábitat” se manifiestan características propias de cada uno. Nuestro Yo es una complicadísima idea-forma que no tiene igual. Es razonable pensar que venimos modelados por experiencias diferentes, en vidas anteriores, en donde también habremos sido diferentes de todos los demás tras una acumulación de milenios experienciales.

Nuestros conocimientos de historia nos enseñan que los entornos de las distintas épocas y países han sido asimismo diferentes. Y siendo nosotros mismos, desde un remoto pasado distintos, hace que en la relación diferenciada con escenarios vitales diferentes, no podamos ser iguales los unos a los otros.

Sentada esta diferencia, el “nosotros” no es más que una relación más o menos armónica o conflictiva con los demás. De allí que Platón conciba la sociedad como una interrelación entre diferentes individuos. Cada uno de estos individuos tiene su propia concepción de sí mismo y de su entorno. Todo intento de masificación homogénea es artificial y doloroso.

Por eso debemos cuidar la pureza y la nobleza de nuestras formas mentales, pues cada pensamiento que albergamos o emitimos, tiene su propia dinámica emanada de la de nuestro Yo en relación al no-Yo o entorno.

Una ética profunda, una noción instintiva de lo bueno -fruto de la experiencia kármica acumulada- nos inclina a ser no sólo buenos, sino a rodearnos de todo lo mejor posible. Porque un entorno esencialmente y existencialmente bueno no nos perjudicará. No nos dañará ni dañaremos a nadie. Y ese entorno no comienza como aparentemente parecería, en los demás, sino dentro de nosotros mismos, en una forma de “sub entorno” que rodea al Yo Profundo.

Estamos habitados por miles de ideas-formas que originan goces, dolores, pasiones, distorsiones aberrantes, fallas en el cálculo del valor de las cosas y de los hombres.

Para mejor comprensión de los anteriores conceptos, es ventajoso recordar que el Esoterismo de todos los tiempos ha concebido al hombre como un perfecto robot en lo físico, pero a su vez obediente a factores biológicos, vitales, psicológicos, mentales, intuicionales y espirituales.

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Esta constitución septenaria hace que cada una de sus partes refleje el todo, es decir que cada uno de los vehículos del hombre es también septenario, con lo que nos encontramos con una Mente que, según el cuadro pedagógico de la gran ocultista H. P. Blavatsky, presentaría estas características:

MENTE SUPERIOR (MANAS)

(1) MANAS – ATMA: Espiritual
(2) MANAS – BUDHI: Intuicion
(3) MANAS – MANAS: Mente Superior

ANTAKARANA O Puente

MENTE INFERIOR (KAMA – MANAS)

(4) K.MANAS- K.MANAS: Mental sombrío. Mansión de las obsesiones
(5) K. MANAS – ASTRAL: Mental que da forma a deseos
(6) K. MANAS- PRANICO: Mental vigorizado por el aliento de Vida
(7) K. MANAS – DENSO: Mental referido a las cosas físicas

(1) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al violeta, formas geométricas netas y brillantes; duran de por si mucho tiempo y se refieren a temas heroicos y místico-filosóficos.

(2) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al plateado, formas geométricas netas y brillantes con vértices esfumados en brillante luz; duran menos tiempo que las anteriores y se refieren a temas religiosos.

(3) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al azul, formas geométricas netas, precisas y no muy brillantes; duran menos tiempo que las anteriores y se refieren a temas relacionados con el intelecto y la razón pura. Filosofía especulativa. Ciencias puras.

(4) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al verde, formas geométricas netas, sólidas y relativamente simples; duran menos tiempo que las anteriores y se refieren a temas especulativos concretos, técnicos y mecánicos. Ciencias aplicadas.

(5) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al rojo brillante, formas geométricas inestables y tendentes a revertirse sobre sí mismas; duran menos tiempo que las anteriores pero se repiten y se refieren a las exaltaciones, las emociones, las sensaciones y los dolores y placeres.

(6) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores vecinos al naranja combinados con el rojo sangre; sus formas tienden a la curva y a la espiral renovándose constantemente. Su duración temporal es poca, pero al renovarse y circular engendrándose unas a otras, dan sensación de continuidad, como la da a la distancia el agua de un río que corre. Dan vida y calor a las demás.

(7) Las formas mentales emanadas de este Sub-cuerpo son de colores cálidos oscuros que llevan a un entramado policromo, ya que, en verdad, son como cestas que contienen todas las demás energías mentales y las concretizan en formas geométricas que tienden a la estabilidad de una compensación mecánica. Duran poco tiempo, pero sus presencias son netas y bien definidas.


imaginacion.jpgComo las formas mentales sufren el efecto universal del “boomerang”, tienden a regresar al punto de donde partieron, especialmente si no dan en el “blanco” al cual estaban dirigidas. De allí las recomendaciones milenarias de alentar los buenos pensamientos y desalentar los malos, pues aparte de los impactos que puedan provocar en el entorno exterior, es inexorable que regresen y, muchas veces potenciadas, golpeen y aniden en el entorno interior, o sea, en la propia mente que las engendró. Los Orientales dirían que esto es Karma, pero no lo debemos entender como un Karma de tipo aritmético simple, sino vital.

Cuando se planta una semilla no deviene de ella otra semilla, sino un vegetal que contiene centuplicadas copias semejantes a la semilla que lo originó pues, imbricada en la tierra, absorbe de ella los elementos que la potencian. Es un eco múltiple del sonido original y singular.

Esta posibilidad de multiplicación hace que el Ego se vea asaltado por miles de formas mentales ajenas, propias y mixtas. La voluntad poco entrenada del individuo actual, lo convierte en juguete de estas formas mentales y así, desde la elección de una pasta dentífrica hasta la de una posición política o una forma de vida, se ve movido constantemente por las grandes oleadas de la marea multitudinaria que manejan las circunstancias, a la vez reflejos de combinaciones de situaciones previas, ya dadas cuando el individuo aparece en escena y de los poderes escondidos de voluntades que no son siempre humanas.

Tras los actos que aparentan ser puramente humanos se esconden fuerzas de la Naturaleza a la manera de grandes Elementales y es suicida debilitar la voluntad de los hombres. La férrea disciplina de los viejos monasterios y los viejos cuarteles militares no era tan tonta como hoy nos quieren hacer creer. Ella forjaba Hombres, en el mejor sentido de esta palabra. Una procesión o un ejército en marcha es la antítesis de la majada, del rebaño goloso que se detiene aquí y allá a mordisquear lo primero que sale del suelo abonado por sus propios excrementos.

El sentido de la Mística, de la exaltación de los valores éticos profundos, de la generosidad, del coraje y del manejo del cuerpo, crean formas mentales que, al revertirse sobre la sociedad y sobre sus propios proyectores, lo ennoblecen y purifican todo, alejando los espíritus nefastos que promueven las enfermedades físicas y metafísicas.

La carencia de estas disciplinas permite que se descuelguen como temibles vampiros las peores formas mentales, algunas dormidas durante siglos en los oscuros rincones de lo que hoy se llamaría “inconsciente colectivo” y ataquen a los más débiles de voluntad, debilitándolos más aún y envileciéndolos. De allí salen las tendencias al consumo de drogas, a la violencia irracional, a la angustia, a la incapacidad laboral y a la falta de potencia para tomar decisiones redentoras.

Los afectados, como niños pequeños, siempre están pidiendo algo pero jamás ofrecen nada. Descargados de vitalidad y vacíos de voluntad se arrastran y son arrastrados a la peor de sus esclavitudes, que es el servilismo hijo del terror y padre de los errores.

La verdadera libertad es la obediencia a las leyes armónicas que rigen la Naturaleza. Esa es la ecología, y no la politizada que vemos en las calles. Esa libertad es la fuente de las formas mentales superiores, las que, regresando sobre sus emisores, los nimban con aureolas de santidad y heroísmo. Estas características los vuelven bellos a la vista de los Dioses.

El escudo de fuerza y santidad protege de las larvas y de los engendros de la noche moral por la cual estamos transitando.

La espada de la voluntad corta la cabeza de los dragones del miedo, la corrupción y la miseria física y moral.
Del trabajo honrado, del valor para no sólo esgrimir los propios derechos sino de ofrecer los propios deberes, de la bondad y humildad de corazón, de la sana alegría que nos aleja de los alaridos de las bestias, de la oración que es hablar con Dios y del valor individual y colectivo frente a la adversidad, de la recta concentración en lo mejor de cada uno de nosotros, nacen las formas mentales más esplendorosas y benéficas.

Eso es ser Acropolitano: soñar y plasmar esa Ciudad Alta, esa Acrópolis, hecha con formas mentales de Voluntad, Amor y Justicia.

Escrito de Jorge Ángel Livraga


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Sidharta Gautama, el Budha

Autor: Jorge A. Livraga Rizzi


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“Por innumerables que sean los seres sensibles,
Prometo Salvarlos.

Por inagotables que sean las pasiones,
Prometo Extinguirlas.

Por inconmensurable que sea el Dharman,
Prometo Investigarlo.

Por incomparable que sea la verdad suprema,
Prometo Lograrla.”

idharta Gautama, el Budha, se llamó así, según H.P. Blavatsky, por ser el primero su nombre personal, y el segundo el sacerdotal, que mereciese de su familia Sankhya: de allí el epíteto de Sakhyamuni o el Santo de la familia Sankhya. La palabra Sidharta devendría de sus poderes paranormales y se refiere a los Sidhis: es “El Poderoso”, aquel que se ha completado a sí mismo.

Gautama tiene el significado literal de “Pastor de vacas”, pues en el hinduismo, la vaca Go es el símbolo del universo y también la Madre del Mundo. Budha significa “el Iluminado” y es un calificativo genérico otorgado a muchos grandes místicos anteriores y posteriores a él, en todas las lenguas de la Tierra. (Por ejemplo, no otra cosa significa “Christos” en griego, y así llamaron al Maestro galileo a partir del siglo IV-V).


Podemos considerar su existencia bajo dos claves: la histórica y la mítica o religiosa, no pudiendo evitar que ambas se confundan en la fe de los creyentes, como pasa en todas las religiones conocidas.


HISTÓRICA


Nació de familia noble, de la casta Chatrya o guerrera, en el actual Nepal, en el palacio real de Kapilavastu, a unos 150 Km. al NE de la ciudad de Benarés. Las investigaciones modernas nos dan la fecha del 563 a.C., que coincide aproximadamente con las tradiciones antiguas indias, que sitúan su nacimiento entre el 600 a.C. y el 543 a.C.

Su padre fue el rey Suddhodhana, y su madre, la princesa Maya proveniente de un país vecino. India, por aquel entonces, estaba pasando por uno de sus períodos de tipo feudal, o sea que estaba compuesta por pequeños Estados, a la manera de la Grecia clásica. Suddhodhana significa “Arroz puro”; y Maya o Mayadevi, “Ilusión luminosa”.

El niño nació en el equivalente de nuestro mes de mayo y se destacó inmediatamente por su belleza física e intelectual. Quedó huérfano de madre muy pronto y fue criado por su padre, que casó en segundas nupcias con la princesa Gautami, probable pariente cercano de Maya, tal vez su hermana menor. Sidharta fue educado, desde los 7 años de edad, por el maestro Vizvamittra y su Consejo de ancianos sabios.

El futuro Tathagata, “el Predicador”, mostró pronto un carácter introvertido. Uno de sus maestros lo describe así: “Los grandes ojos de este niño, que brillaban bajo una frente extraordinariamente abovedada, miraban el mundo con asombro. Había en esos ojos abismos de tristeza y de recuerdos. Pasó su infancia en el jardín suntuoso de su padre, en el lujo y el ocio. Todo le sonreía, pero nada podía alejar aquella sombra precoz que velaba su rostro: nada podía calmar la inquietud de su corazón. Era de aquellos niños que no hablan, porque piensan demasiado para su edad”.

Otros fragmentos de la época se refieren a que, forzado por las costumbres a participar en expediciones de caza, al ver volar las flechas, fijaba en ellas sus ojos y estas se desviaban en el aire, salvándose el animal. Estos y otros fenómenos que hoy llamaríamos parapsicológicos, unidos a su tendencia a una excesiva actitud meditativa, terminaron por alarmar al rey. En busca de un heredero más normal para la Corona, se propició apresuradamente un casamiento con la hija del rey de Coly, llamada Yashodara y también Gopa. Pero el padre de la elegida no quiso dar la mano de su bella hija a un “anormal”, pues tenía en vista otros muchos príncipes más amantes de la guerra y de las competiciones cinegéticas.


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El joven Sidharta era muy bien parecido, y en las pocas prácticas de artes marciales en las que se había visto obligado a participar, había sido siempre el mejor, pareciendo no necesitar maestros para nada, desde el uso del arco a la danza, y desde la supervivencia en la selva a la composición y ejecución musical. Pero para las costumbres de su época, resultaba muy raro que un príncipe tan joven estuviese siempre rodeado de filósofos y santones, científicos y poetas, despreciando los ropajes lujosos y las hermosas esclavas.

El rey Suddhodhana, desesperado y ofendido, se quejó ante su hijo de lo mucho que le hacía padecer. Este, como despertando de un largo sueño, le sonrió bondadosamente y prometió que cesarían sus penas. Aceptó medirse con todos los aspirantes a la mano de Gopa, en cualquier terreno.

Se formalizaron las justas en las cuales compitieron numerosos príncipes provenientes de diferentes reinos, pues la princesa era bellísima y muy rica. Comenzaron por disparar arcos, pero los de madera, comunes, se hacían astilla en las manos de Sidharta. Su propio padre hizo traer entonces el viejo arco de su abuelo, el gigantesco rey Sinhajanu, que estaba depositado en el templo, y que requería veinte hombres para transportarlo, dado su tamaño descomunal y los materiales pesados con que estaba construido.

Puesto en las manos de los príncipes, nadie alcanzó ni a sostenerlo y sólo Sidharta los hizo, con un solo dedo de la mano derecha. Luego lo tensó fácilmente y lo disparó, acertando a la diana a una distancia increíble. Ya nadie quiso competir con él y, tras la fiesta tradicional, se casó con Gopa. Para la pareja, bellísima y famosa, el rey Suddhodhana hizo construir tres palacios: uno de verano, otro de invierno y el tercero colgando en las faldas de los Himalayas, para la época malsana de las lluvias. (En la antigua India, como en la Grecia preclásica, las estaciones eran tres y no cuatro) Así vivieron cuatro años, al cabo de los cuales Gopa dio a luz un niño, al que su padre puso de nombre “Rahula”, es decir, Cadena o Amarra. Desde entonces, Sidharta volvió a su vida ascética y mandó decir a su padre, el rey, que había cumplido con su deseo: la dinastía no se perdería.

El rey escuchó esto con horror, pues la economía de su reino era muy precaria, debilitada por unos gastos que no podía permitirse, y además sus belicosos vecinos se estaban armando para una guerra entre coaliciones. Él mismo se sentía un poco viejo para conducir sus ejércitos, y teniendo un hijo tan excepcionalmente sabio y fuerte le pidió que volviese a la normalidad y se preparase para atacar a sus vecinos antes de que éstos fuesen demasiado fuertes.

Especialmente temía una invasión del reino de Kosala (cincuenta años después de la muerte del Budha, efectivamente, Kosala anexó por la fuerza todo el reino Sakhya): pero esta vez el príncipe no aceptó . la causa de esta negativa es vista de diferentes maneras por los historiadores, y oscila desde una razón meramente moral hasta el hecho de que el ejército de los Sakhya estaba preparado sólo para una acción defensiva, y que a ello se había dedicado, muy exitosamente, durante un siglo.

Sidharta se hizo, pues, monje peregrino (cosa que en principio no podía alarmar demasiado al rey, ya que era la moda de entonces entre los príncipes, tal como en 1987 es moda, entre los hijos de los millonarios, vestir como los vaqueros y rasparse sus ropas para que parezcan desgastadas o abrazar políticas izquierdistas. Aquel rey, como los padres actuales, pensó que pronto se le pasaría esa obsesión; pero su hijo no era un hombre como los otros y jamás volvió a la Corte). Cuando partió, en plena noche, de uno de sus palacios, tenía 29 años de edad.

Históricamente, su rastro se pierde y el mito lo sepulta. Era aquella una época de convulsiones políticas, sociales y religiosas en la India, y muchas corrientes pugnaban, destacándose el Jainismo y la lectura de los Upanishads.


Durante unos cuarenta y cinco años peregrinó Sidharta, y es probable que antes de fundar su propia Escuela místico-filosófica (que no pretendía ser una nueva religión) tuviese contacto con muchos sabios, desde el Himalaya hasta el Ganges, especialmente con yoguines y faquires, ya que eran estos los más numerosos. Por fin se decidió a fundar el Sangha (una cofradía mística) contando con no más de una docena de discípulos varones. Rápidamente creció este movimiento espiritual y tuvieron que aceptar también mujeres. Se cuenta que un comentario jocoso del Budha, al dar su aprobación, fue: “Ahora el Sangha durará quinientos años menos”.

Los datos históricos se hacen cada vez más escasos. No hay pruebas de que haya viajado fuera de la India, aunque su doctrina se expandió luego, principalmente en China. Se sabe que al aceptar mujeres en su Orden, cosa insólita en su época, lo acusaron de promover delitos sexuales, aunque su pureza de vida, su aguda dialéctica y su condición de ex-príncipe le salvaron más de una vez de la ejecución.

En el bosque de Kusinara, bajo árboles de sándalo, murió apaciblemente a la edad de 81 años. Tal vez, simplemente de viejo, aunque los documentos más antiguos hablan de una indigestión de carne de jabalí, y los investigadores actuales de disentería. (Cabe señalar que el jabalí, animal dedicado a Vishnú, era un símbolo de la Sabiduría Divina de la que el Budha habría “comido” demasiado para vivir en esta tierra).


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MÍTICA O RELIGIOSA


Hay tres textos, llamados “Evangelios” por los occidentales, que narran la vida del Budha: uno, el de Asvagosha Bodhisatva, también llamado Budacrita; otro, el Mahavastu (Gran Historia); y el tercero, Lalita-Vishtara, el más esotérico de todos, pues identifica al Budha con toda la Humanidad y así, narrando las anteriores reencarnaciones del gran sabio de manera mistérica, enseña sobre lo que fue la Humanidad en el más remoto pasado, cuando habitaba formas animales en un planeta que hoy se convirtió en satélite, la Luna. Existe así mismo una biografía escrita tardíamente por Dharmaraya en el 308 d.C.


Tomamos como fuente principal el escrito de Asvagosha, o la versión hindú. También hay versiones chinas, japonesas, coreanas y de la escuela Zen.

Sidharta nació el segundo día de la lunación de mayo del año 621 a.C., en el reino de Kapila-vastu. Su padre fue el rey Suddhodhana y su madre Maya, o Mahamaya (la gran ilusión), la que murió de parto a los siete días de nacer Sarvathasiddha (El Poderoso). La madre, antes de morir, hizo jurar al rey que se casaría con su tía, Mahaprajapati Gautami, y que cuidarían al niño que ya se conocía como excepcional, como un Avatara (portador de la Enseñanza Divina, receptáculo con apariencia humana de la Divinidad que vela por los hombres, Vishnú.)

El niño no había nacido como los demás hombres pues, aunque casados sus padres, no se había consumado el matrimonio por motivos rituales. La Virgen Maya tuvo la visión de una forma de Vishnú como hijo de Shiva: el dios de la Sabiduría, Ganesha; era un gran elefante blanco que le rozaba el hombro izquierdo diciéndole que así quedaba preñada y que sería madre de un Budha. Cumplidos los nueve meses dio luz al Niño. Este, apenas nació, se irguió robusto y dio siete pasos hacia cada uno de los puntos cardinales. Los místicos brahmanes hallaron en su cuerpo los treinta y dos signos de la perfección.

Conocida la noticia, vinieron a adorarlo magos y reyes de lejanos países. Los profetas y astrólogos coincidían en que había nacido un Avatara y los viejos textos nos hablan de la lucha interior del joven príncipe, forzado a vivir la vida de la corte.

Un capítulo de este Evangelio, llamado “Tedio y tristeza”, nos dice que el rey, para alegrara a su hijo y evitar que abandonara el mundo por piedad hacia los hombres, hacía engalanar las ciudades que visitaba y retiraba de su vista a los enfermos, tullidos y ancianos. Tampoco se le permitía ver un muerto. A su paso, todo resplandecía de felicidad, juventud, salud y riqueza.

El Maestro Viswamitra (¿Viswakarman, el Ensamblador de todas las cosas?) ya no tiene que enseñarle y el joven insiste en visitar una ciudad de su reino. Alertado, el rey manda que toda ciudad que esté en su camino, se muestre siempre como un paraíso terrenal, limpia y llena de gente joven y bella. Pero un Devarishi (una forma de ángel sabio) salvará a Gautama del engaño. De improviso, se presenta ante su carro de guerra como un viejo achacoso; el príncipe pregunta a su auriga qué era ese hombre encorvado, arrugado y vacilante. “es un viejo, Señor”, le responde. Luego de corta reflexión, el Budha le pregunta nuevamente si ese estado es normal, si su padre y él mismo llegarán a esa decrepitud. Ante la respuesta afirmativa, el joven se sume en oscuras meditaciones.

Luego, el astuto Deva se le presenta como un hombre buboso, achacoso, con el rostro deformado por horrendas cicatrices de viruela y la piel cayéndosele por la lepra. Sobre esta escena nuevamente pregunta horrorizado el príncipe. El auriga, inspirado por los Dioses, se lo explica y le dice que nadie está a salvo de la enfermedad, que cercena la vida antes de llegar a viejo. El príncipe, ante su segunda crisis, permanece de nuevo ensimismado.

El Deva, poco más adelante, hace pasar una caravana mortuoria que lleva a un hombre a la hoguera de la cremación. Otra vez Sidharta le pregunta al auriga por lo que ve: si el hombre duerme y por qué está tan pálido, seguido de plañideras y parientes llorosos. Le contesta que es un muerto y le explica que tal es el fin de todo ser viviente. Ante la respuesta afirmativa, tiene el joven su tercera crisis y pregunta: “¿Por qué existen viejos, enfermos y muertos?” El auriga no sabe contestarle satisfactoriamente y entonces el futuro Budha -pues aún no estaba Iluminado- le dice que sólo ve ignorancia en él y que su conocimiento no le sirve para nada.

Cuando el rey se entera de lo ocurrido, hace construir tres palacios maravillosos con la intención de borrar de su mente tales experiencias; son los palacios Suba, Surama y Rama. Y busca para él una esposa bellísima que le distraiga de sus meditaciones, llamada Yashodara, hija del rey de un Estado vecino, Dandapani. En las pruebas de competencia con otros robustos príncipes, Sidharta los vence a todos con el arco mágico Sinhahanu (tal vez el dios-león, Indra) que desde hacía muchos milenios no se usaba, desde la época de los gigantes.

Domó un caballo negro por la persuasión, sin usar el látigo (el caballo es símbolo de los Poderes Cósmicos), y también cruzó, más rápido que ninguno, nadando, un inmenso estanque lleno de lotos. Finalmente lo tientan unas bellísimas formas femeninas, llamadas Apsaras, y el responde: “Saquen esos sacos de podredumbre que están enfrente mío”. Un sabio brahmán trata de rebatir sus nuevas ideas, pero él lo enmudece con su gran sapiencia.

Se casa, tiene un hijo al que llama “Cadena” y, cumplidas sus obligaciones, pasando las Pruebas de la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego, parte una noche desde uno de sus palacios, en su caballo Chandaka, el que luego vuelve ante el rey y, antes de morir, pronuncia trabajosamente estas palabras: “Ha nacido un Budha”. (Chandaka o Kandaka es el nombre de su caballo y también el del auriga que antes lo había acompañado).

Sidharta se entrega entonces a un interminable peregrinar y cae en los más terribles ascetismos. Ya próximo a la extinción, pasa frente a él una tocadora de vina (tipo de guitarra con el árbol muy largo y caja en forma de laúd), que canta: “La cuerda floja no da sonido, y si está muy tensa quiebra nuestras esperanzas; en su justo medio es cuando nos da su armonía.” Sidharta la oye y comprende el mensaje de los Dioses: se alimenta de arroz y leche y sale de su postración.

Luego, pide a un segador un manojo de hierba (la sagrada hierba kusha) y se sienta sobre ella, debajo de un gran árbol bo (emblema del Árbol de la Vida). Allí, en vigilia perpetua, llega a su Verdadero Estado de Liberación, fuertemente comprometida con la Naturaleza y la Humanidad. Ve las causas del dolor, las doce Nidanas, y también su remedio.

Es imposible, por razones de espacio, dar otra cosa que un descarnado resumen. Un elemento fundamental es el Ariya-atthangika-magga, al que llamamos el Noble Óctuple Sendero, que consta de:

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Fundado el Sangha, dio a los “monjes” diez Paramitas (virtudes trascendentes) y seis para los laicos.


SU ENSEÑANZA


Enseñó que hay diez vicios capitales: tres del cuerpo, cuatro de los labios y tres de la mente. Estos son: matar, robar y fornicar; mentir, calumniar, insultar y decir palabras correctas con intención incorrecta; el odio, la envidia y el ateísmo.

Su doctrina, que se resume en el Sermón de Benarés, se basa en la autorrealización del hombre. Ni los demonios pueden, realmente, rebajarlo, ni los dioses elevarlo, salvo con la complicidad o colaboración del propio ser humano. No existe en el Budismo la idea de una “salvación” ni tampoco la de un “Dios personal”.

El hombre está atado tan sólo por su ignorancia, que le hace equivocarse y reencarnar miles de veces buscando la experiencia que le falta. Dios no baja hasta los hombres, sino que éstos deben elevarse hacia lo divino, donde la Luz es permanente y los lotos no cierran sus pétalos (Nirvana o San-gri-lah). El Dammapadha (en sánscrito Dharmapadha) nos dirá: es más fuerte el hombre que se vence a sí mismo que el que vence a mil hombres en combate”.

Nirvana significa, literalmente, “salir del bosque”, o sea, salir de la confusión, las tinieblas y la pluralidad.- es la meta última del hombre como tal. Pero no es el fin de todo, pues, según el Budhismo Esotérico, más allá hay más y más misteriosos estados que se engloban en la expresión “Paranirvana Moksha”.


Para el Budha, la persona o cuaternario inferior es mortal por necesidad, pues está en el tiempo y “todo lo que nace debe morir”. Lo inmortal es el espíritu, que está más allá del yo mental egocentrista y egoísta. El verdadero triunfo no radicaría, según este Avatara, en dominar sólo el cuerpo, sino el pensamiento y el separatismo del yo…tú…él, etc.

El hombre debe sentir la necesidad imperiosa de liberarse del ciclo vida-muerte para poder lograrlo realmente,. Mientras viva apegado a la sensación y a la ignorancia, es mejor dejar el trabajo de purificación a la moral mecánica de la Naturaleza a través de las reencarnaciones.

Así, el que más que fundador de una religión, fue un filósofo esotérico, creó dentro del Brahmanismo una revolución ideológica y de costumbres, pues los brahmanes, que estaban sujetos a un ceremonial muy estricto, a un sinnúmero de supersticiones y tabús, fueron fuertemente chocados por esta corriente de aire fresco que, sin negar la Tradición Interna, desaconsejaba pasar la vida haciendo ceremonias ya huecas de sentido esperando que los Dioses ayudasen al hombre. Como Sócrates, recomendó el “Conócete a ti mismo”.


Tras su muerte, sus discípulos fueron perseguidos por la “religión oficial”, y tan sólo siglos más tarde, como un Constantino oriental, surgió el emperador Asoka, llamado “el cruel” quien a mediados de su vida abrazó las enseñanzas del Budha y las impuso en el Imperio de una India que había superado una de sus épocas de feudalismo. Pero no duraría mucho esta situación, pues en el siglo VIII sobrevendrá la invasión musulmana y todo se fragmentará de nuevo.


El Budhismo, ahora dividido en Mahayana (el Gran Vehículo) e Hinayana (el Pequeño Vehículo), penetró profundamente en China y otros países de Oriente. Las nuevas investigaciones afirman que asimismo se expandió puntualmente hacia Occidente en el siglo III a.C. debido a los contactos establecidos por Alejandro el Grande, quien dejaría también su impronta en el pensamiento y en el arte hindú a través del período “Gupta”. Algunos filósofos budhistas y brahmines deambularon por Occidente, por lo menos hasta el siglo I-II d.C. y se les llamaba “gimnosofistas”.

El Budhismo se caracterizó y se caracteriza por no tener un Jefe Espiritual sino muchos, y por una gran libertad de expresión, que lo ha enriquecido, pero también lo ha debilitado. Hasta finales del siglo XIX y primer cuarto del XX, fue la religión con más adeptos en el mundo, pero la caída de China en la guerra civil y la posterior penetración de formas asimiladas del marxismo, así como la influencia occidental que se reforzó en Japón y en todo Lejano Oriente después de la Segunda Guerra Mundial, la ha dejado en un probable tercer lugar y, como todas las religiones actuales, salvo la musulmana, tiende a perder influencia.

No obstante, en sus veinticinco siglos de vida ha demostrado una capacidad de supervivencia y, salvo el ya muy lejano momento de Asoka, podemos afirmar que es la forma de fe menos inclinada a la violencia y al dominio del mundo material y alas riquezas. Salvo excepciones, como en el caso de los Khmer rojos, no se mezcló ni se mezcla en cuestiones políticas, pues prima el viejo espíritu de lo pasajero de las cosas y de la búsqueda individual de una paz interior a todo precio, unida a una gran humildad. Dijo el Budha: “Yo veré la espalda del último hombre que entre al Nirvana”.

Según H.P. Blavatsky, en sus orígenes el Budhismo no tuvo casi nada de original, pues Sidharta se habría limitado a exteriorizar una forma de Budhismo Primitivo, la Mística de la Luz o de la Iluminación, que existía desde hacía miles de años antes en la zona del Norte de la India, especialmente en el Tíbet. Ya es muy difícil, si no imposible, probar esto o negarlo. De cualquier manera, el Señor del Loto transmitió a la posteridad la religión que menos sangre ha hecho verter de todas las que conocemos. Y aunque fuese nada más que por eso, merece ser bendito.



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Información ofrecida por la Asociación Cultural Nueva AcrópolisMálaga


El arte de ser siempre filósofo

Es un arte prácticamente perdido. Hemos sido criados y educados en el bullicio y en la alienación de un cambio permanente, de una marcha perpetua bajo la amenaza del aburrimiento o de las fantasías de nuestra psiquis.


El «Mundo viejo» del cual todos provenimos está aún muy aferrado a nosotros, con sus costumbres vacías, sus concesiones, sus oscilaciones entre formas religiosas ya desprovistas de contenido y el materialismo bestializante.
Muchos carecemos de la capacidad de detenernos a observar nuestro entorno, que es una de las formas de observarnos a nosotros mismos, y caminamos y caminamos pisoteándolo todo, sin reflexión y sin participación real en el plan de la Naturaleza, que es la manifestación del Plan del Dios que nos rige.


También hemos perdido el amor por las cosas entrañables, nuestras y pequeñas, íntimas y propias, que afirman la mente y calientan el corazón. Creo necesario recobrar ese olvidado arte. Platón bajo el brazo, la Doctrina Secreta a nuestro alcance, una buena biblioteca para consultas es bueno…, pero… ¿es todo? ¿Es ser Filósofo el estudiar, dar clases, conferencias, recibir instrucción sobre las cosas escondidas? Sí… en parte. Hace falta vivir la Realidad y para eso no bastan tampoco las poses, ni las abstinencias, ni sus contrarios. Sé que hacen falta también otras pequeñas-grandes cosas.


Por eso, venciendo muchas vergüenzas e inhibiciones, os quiero contar una pequeña experiencia mía, tal vez intransferible, pero que os la ofrezco en la esperanza de que os sirva de algo. Estaba hace un par de meses en la isla de Mallorca, adonde fui a escribir mi próximo libro y a impregnarme de la antigua magia del mar. Mis acompañantes habían ido a hacer unas compras necesarias para todos, pero como no había lugar fijo para aparcar el coche, me quedé en él, para moverlo si era necesario. Atardecía.


La multitud de turistas desfilaba frente a mí por la calle principal del pueblecito de pescadores que, en verano, se convierte en un centro vacacional. Desde la ya oscura calle transversal en que me hallaba podía observarlo todo de manera anónima, como desde otra dimensión. Vi gente que se apresuraba en caminar hacia la derecha y otros que se les cruzaban yendo hacia la izquierda. Coches, bicicletas y motos transitaban como podían entre las corrientes humanas. Vi parejas de jóvenes embebidos los unos en los otros y también ancianos que compartían sus lentitudes y, tal vez, sus recuerdos. Algunos niños corrían entretenidos en esos juegos que, para los mayores, son un enigma.


Pensé que si la Verdad estuviese en alguna parte y a la vista, todos irían hacia ella en la misma dirección. Por lo tanto, las marchas encontradas de las personas me decían que no era la verdad lo que buscaban; tal vez cada uno trataba de acercarse a su propia verdad, su anhelo o lo que fuere. Vi las primeras estrellas marchar también en el cielo y un viejo velero, inmóvil y a la espera de nuevas singladuras en el astillero.
Una rara sensación se apoderó de mí.


Creo que pude hacer Filosofía sin recordar a Heráclito ni a Kant. Percibí, de alguna manera, la marcha constante de las cosas, de los seres, en una búsqueda que, aunque fuese probablemente inconsciente, no dejaba de ser válida. Dios mismo estaba en todos, en sus caminos, en sus esperanzas y en sus nostalgias. Hubiese sido un gran error perder la oportunidad de percibir a Dios y peor aún el haber dejado de ser Filósofo. Porque así pude darme cuenta de estas cosas que os cuento y de otras que me callo por no encontrar palabras para expresarlas.


Sentí una gran relación con todos… Como diría Nervo, todos eran, de alguna misteriosa manera, mis hermanos… Dios… yo mismo… la Vida… el Tiempo… el Espacio… Yo era niño y corría, joven, y paseaba embobado y ausente, viejo y arrastrando los pies por calles recorridas mil veces, hablaba alemán, inglés, francés, español, italiano, sueco. Yo estaba en el cielo con las estrellas y a la vez varado en forma de barco viejo, sobre el astillero. Sé que rocé, por pocos minutos, una gran verdad, una certeza inconmovible, una paz y una inquietud.


Y sé que fui Filósofo, más allá de los títulos, honores y libros. Sí… nada más que Filósofo… ¡Fue tan bello! Por eso os lo cuento. Y si muchos no entienden lo que arriba pongo, no deben preocuparse por ello. Yo tampoco entiendo. Simplemente os cuento una experiencia pequeña, entrañable, íntima, pero a la que intuyo como tremendamente importante. ¿Será parte de ese arte perdido de ser Filósofo en cualquier lugar y en cualquier momento? Francamente creo que sí.


Inténtalo alguna vez. No te arrepentirás de ello.



Jorge Ángel Livraga Rizzi.

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Formas mentales y cómo dominarlas

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Septiembre de 1980



Formas mentales…

Como la popularización del “esoterismo” (falacia: lo esotérico, al vulgarizarse y darse a conocer a muchos no suficientemente probados, pasa a ser “exotérico”; el Esoterismo real jamás será divulgado «a tontas y a locas») ha creado muchos conceptos y opiniones evidentemente deformadas y carentes de fundamento sólido, lo que, a la larga, beneficia solamente al materialismo y excepticismo históricos, y produce un creciente número de personas destrozadas psíquica y físicamente por los “aficionados” a las llamadas Ciencias Ocultas. Por ello, vamos a poner en claro algunos puntos fundamentales con una intencionalidad puramente profiláctica.



Una forma es siempre mental

La forma no es la materia que la refleja, contiene o expresa. Debajo de una hoja de papel ponemos un imán y sobre ella limaduras de hierro, veremos que el simple amontonamiento anárquico de estas partículas toma la forma de los husos magnéticos emitidos por el imán. La forma de los husos no proviene de la materia, sino de la orientación magnética e invisible que genera el imán. Así, la forma material responde siempre a una forma ya existente en los planos sutiles o energéticos.

La variedad de forma energética más sutil que conocemos es la forma mental, pues aun la forma del imán fue pensada, y su magnetismo responde a una modalidad de la Mente Cósmica, adaptada por la mente humana bajo la apariencia del imán. La mente humana es sólo una “cristalización” de la Mente Cósmica en la cual está inserta su voluntad de ser: lo que los indos llaman Manas Taihasi.

Por lo tanto, la forma material es siempre pasajera y perecedera; y vive tanto como la forma mental que la alienta.



Una forma mental tiene gran fuerza

Dada la plasticidad de los planos sutiles, una Idea-Forma tiene una gran efectividad, pues se adapta como Ser para plasmarse en la Substancia del mundo fenoménico, que es el que vulgarmente percibimos. Una forma mental, debidamente expresada y alimentada, produce inexorablemente cambios en la esfera de lo material, que siempre se deja arrastrar por ella, ya que la materia no tiene ni forma ni voluntad, fuera de su propia existencialidad.

Así se encadenan las corrientes de opinión, las modas, la propaganda. Son meras formas mentales dirigidas a obrar sobre la materia después de haber ejercido su poder sobre las mentes abúlicas de los hombres masificados. El llamado en España “chaquetero” no es más que una víctima de esas corrientes, debidamente apoyadas en la robotización de las formas materiales, pre-programadas por formas mentales.

Los colores, los sonidos y músicas, las actitudes, las maneras de vivir constituyen la “moral” del momento, o sea, la “costumbre” que rige a las masas. En la lucha de las formas mentales, la más organizada y fuerte se impone, y con los restos de las ideas vencidas construye refuerzos para su propia forma.



Una forma mental tiene gran fuerza pero no es invencible

Acabamos de ver, a grandes rasgos, el poder de una forma mental. ¿Se la puede vencer?

Sí; con otra forma mental de signo contrario y mayor fuerza, sobre todo espiritual, ya que los actos y voliciones expresados en los planos más sutiles tienen prioridad sobre los menos sutiles, que son más lentos y frágiles, por su propia “vitrificación”. Una Idea-Forma, motivada por el espíritu y bien delineada por una mente poderosa, puede sobreponerse a las ideas-forma de los vicios y de todo aquello que tenga que ver con el inestable mundo psicofísico.

Toda mujer, todo hombre, tienen en su seno espiritual la fuerza necesaria para plasmar y emitir formas mentales. La general debilidad de las emisiones se debe al desconocimiento de la técnica y a las dudas que en sus propias almas ha sembrado la deficiente educación actual, que entroniza la fragilidad, la duda y el capricho. Pero las mentes disciplinadas por el esfuerzo, la voluntad de ser, la carencia de vicios e ideas circulares que consumen energía sin salir de su órbita, ofrecen interesantes oportunidades de vencer toda forma de adversidad, transmutándola en experiencia positiva y en hechos exitosos.

Recordemos que, ultérrimamente, una forma mental se vence tan sólo con otra forma mental. La disciplina física, la higiene, las canciones, los bellos panoramas, los sentimientos altruístas son auxiliares invalorables en la lucha contra una mala forma mental. Son ayudas la oración y el trabajo, el sentido heroico de la generosidad hacia nuestros semejantes y la propia dignidad de la persona.



¿Cómo se domina definitivamente una forma mental?

Primeramente, venciéndola dentro de nosotros mismos.

Quien no se domine a sí mismo jamás podrá dominar su entorno, pues si bien lo analizamos, su primer entorno lo constituyen sus propios vehículos de conciencia en lo pasional, vital y físico.

Quien, sometido a circunstancias más o menos normales, no puede levantarse de la cama por las mañanas aun deseándolo firmemente, no sueñe con levantar ideologías ni tener seguidores, salvo que se trate de tontos. Quien se alza dentro de sí mismo y da la cara a la adversidad o al maleficio es el único que puede vencer esas circunstancias.

Quien no lo hace y se rodea de los insectos invisibles de la suciedad mental, es un muerto que camina… y pronto le alcanza la muerte física sin haber dejado en el mundo huella de su paso.


Lograda esta primera fase, la siguiente consiste en ponerlo en práctica de una manera sistemática, sin claudicaciones ni interrupciones. Sabemos que muchos estudiantes odian visceralmente toda forma de disciplina, pero este rechazo ha sido provocado artificialmente por oscuros intereses cuyos “testaferros” son los materialistas de cualquier signo o los pseudoespiritualistas de exóticas anarquías, atrapados por su propia campana magnético-biológica, que los bestializa.


Es fundamental no “dormirse en los laureles”, pues la forma mental nefasta pudo haber sido rechazada pero no transmutada. Si pensamos en la plasticidad de las formas mentales, veremos qué difícil es estar seguro de que las hemos dejado atrás. Esa seguridad la darán los cambios que ocurren en la vida de la persona que ha hecho el esfuerzo. Si física, vital, psíquica y mentalmente es más limpio y puro, es que ha triunfado. Si no ocurre eso, sino que se han reemplazado con drogas u obsesiones fanáticas, la vieja forma mental negativa sobrevive, con distinta apariencia.


Un ambiente puro, sanas compañías, rectos medios de vida. Evitar a los “santones” que dan “iniciaciones” en un cursillo de verano; son el más sano preventivo trabajar y estudiar activamente. No dar al sexo más importancia que la que tiene. Cultivar el Amor, la Generosidad, las Artes, Letras y Ciencias. Evitar excesos en el comer, beber y fumar.


Mantener todos los días, al acabar la jornada, un breve pero fecundo análisis de conciencia. Creer, no por costumbre, sino por convencimiento interior, en Dios y en la inmortalidad del Alma. Rechazar el mal venga de donde venga. Preferir siempre las músicas y ambientes espirituales a las desenfrenadas orgías. Todo ello conforma un seguro dispositivo vital que nos salvaguarda de caer en las redes de las formas mentales que nos son ajenas.


Quien vive de la forma arriba indicada, se transmuta, lenta pero inexorablemente. Vive a la vez un Tiempo Nuevo, pletórico de felicidad, rico en matices, cargado de posibilidades de triunfo en todos los planos. Nuestro concepto de “Acrópolis” o “Ciudad Alta” no es otro que el de conformar una sociedad mejor con individuos mejores.


A ellos no les afectan las formas mentales pasajeras y no se dejan llevar por catastrofismos. Saben que la Voluntad, cabalgando formas mentales nuevas, jóvenes y poderosas, lo vence todo. En cierto modo, ni la muerte existe para estos seres pues se han imbricado en la Vida-Una, la que no cesa jamás. Se renueva, pero no se detiene nunca, con la marcha misma de la Naturaleza.

Un Nuevo Reloj marca para ellos tan sólo horas felices; ellos marchan con el tiempo nuevo.


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Los Espíritus Elementales de la Naturaleza (I)


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En 1.930 en la ciudad de Buenos Aires nace Jorge Angel Livraga Rizzi. Doctor en Filosofía, Historia y Arqueología. Premio Nacional de Poesía en Argentina en 1951. Miembro Aca­démico de la Universidad Filo Bizan­tina. Caballero Cubicular de la Real Orden de San Ildefonso y San Atilano. Cruz de París en Ciencias, Artes y Letras. Director «Honoris Causa» del Museo Arqueológico «Rodrigo Caro” de España, son algunos de sus títulos.

Fundador y Primer Director Internacional de la Organización Nueva Acrópolis, ha realizado, dentro de su ingente labor cultural y humanística numerosos trabajos, ensayos, conferencias y char­las, así como numerosos cursos de Filosofía Esotérica.

De entre sus publicaciones podríamos, entre otras, mencionar:
Lotos (poemas), Móassy el Perro, Ankor el Discípulo, Cartas a Delia y Fernando, El Alquimista, Ideario (tomo I, II y III), Fun­damentos del Ideal Acropolitano…

Todas sus obras han sido tra­ducidas y publicadas en numerosos idiomas, entre ellos, español, inglés, alemán, italiano, griego, portugués…


PROLOGO

Según las reglas clásicas -que han durado miles de años porque son eficaces- existe en toda comunicación un método natural compuesto por tres partes vertebradas:

1) El Prólogo, en el cual el Autor explica el por qué y cómo va a tratar el tema.

2) El Tema en sí o Logos: lo que el Autor quiere decir al Lector, en el caso de un libro.

3) El Epílogo, que constituye el remate y justi­ficación final de lo tratado, el cual es a la vez resu­men y moraleja. .

Este pequeño Manual se ceñirá a esas reglas porque pretende ser eficaz, dentro de las limitacio­nes del Tema y del Autor.

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A medida que se acerca el final del conflictivo siglo XX (el siglo de oro para los que lo soñaron, pero de hierro para los que tuvimos que vivirlo; en el cual estallaron las más pavorosas guerras, se derrumbaron los más altos edificios éticos, se con­taminó el habitáculo natural del Hombre -la Naturaleza- y, por lo tanto, el Hombre mismo) y se levantan del caos de la inconsciencia colectiva los monstruos milenarios del materialismo, el ateísmo y la maldad, ha surgido, por la vieja ley de la compensación, un interés redentor respecto a la Faz Oculta de la Vida.

Este interés, que puede ser motor de insospe­chadas transformaciones de la sociedad, se ha visto también afectado por el medio en el cual se desa­rrolla, y sobre Ciencias Ocultas se han puesto a opinar cuantos pudieron hacerla, olvidando que toda Ciencia, exotérica o esotérica, tiene también su propia Raíz, su propia Teoría y su propia Prác­tica.

Es dañoso improvisar, y si se quiere inventar, hay que hacerlo según las leyes naturales que rigen los inventos. Ignorar esta metodología básica lleva a un tipo de ciencia-ficción en donde se toma por real lo que no existe y se pasa de largo ante las realidades, siendo el resultado final un amasijo de ignorancia y desconcierto que provoca desplaza­mientos de la atención hacia lo instintivo y lo efímero, quemándose rápidamente, con mucho humo y poca llama, lo que pudo constituir un faro de esperanza y un foco de conocimiento alejado del intelectualismo que ha convertido al siglo XX en un fracaso, y en cámara de tortura para millones de hombres.

Ante este apogeo de la farsa disfrazada de Ver­dad, queremos aportar una pequeña pero verídica Luz. Y esta entrega no responde a ninguna finali­dad mezquina que espere premios de aprobación o de retribución; es un acto puro de Amor.

Haciendo honor a la verdad, jamás pensamos escribir esto y ponerlo a disposición pública. Pero visto tanto farsante que se ha puesto a fantasear sobre el tema y convertidas en zarzas sangrientas, impregnadas de diabolismo, las sublimes rosas cuyo perfume permite a las almas sensibles la per­cepción de éstas, aunque sea en las tinieblas, nos decidimos a levantar una diminuta punta del mile­nario velo. Velo que no era necesario cuando los Hombres vivían en contacto con los Mundos Suti­les y sus habitantes. Cuando no les temían. Cuando no pretendían utilizados instrumentándolos en beneficio de sus pasiones.

Este pequeño Manual es, entonces, un paso hacia la esperanza, hacia la creencia en un mundo nuevo y mejor.


El tema central, los Elementales o Espíritus de la Naturaleza, será tratado de la manera más senci­lla posible, a partir de una cosmovisión que per­mita descubrir, al lector espiritualmente preparado para ello, un mundo de seres que no son sobrenatu­rales sino que existen en su propia dimensión, sean percibidos o no por quienes están presos en su propia esfera centrada en los sentidos corporales.

El materialismo del siglo XIX no podía conce­bir la televisión y el sonido de la voz humana transmitida a distancia, cabalgando ondas de ener­gía para las cuales no existen los muros más espe­sos ni los obstáculos físicos. Tampoco, que se pudiesen ver los huesos de un ser vivo a través de su carne.

No queremos abrumar con ejemplos por todos conocidos, pero sí recordar que lo sobrenatu­ral lo es sólo para aquellos que tienen un concepto estrecho de lo que es natural. Los rayos ultraviole­tas e infrarrojos existen, aunque nuestro ojo desnudo no pueda percibirlos bajo formas e imágenes.

Los Elementales existen, aunque la enorme mayo­ría de los hombres haya perdido la capacidad de percibirlos. Esos seres llamados por el moderno esoterismo Elementales, por el hinduísmo Devas y por el cristianismo Ángeles, son tan variados y diferentes entre sí como pueden serio, sin dejar de ser vegetales, un ciprés de un trébol.

Hagamos un esfuerzo conjunto. Volvamos a ser niños, volvamos a creer y a entender. Dentro del gran fracaso del siglo XX conformemos un módulo de supervivencia que parta hacia un horizonte luminoso y verídico, dejando atrás los temores de la noche y los alientos corporizados de la Gran Bestia de la ignorancia, el intelectualismo estéril y la desesperación.


CAPITULO I


EL MEGACOSMOS

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Según los antiguos, existen ciclos tan largos en el Universo que a los humanos les merece, uno sólo de ellos, el nombre de Eternidad. Esta es una nominación evasiva, pues en verdad el hombre no puede concebir la Eternidad sino la Duración Constante. Y aun esta Duración padece de una conceptuación deficiente, pues no entendemos cuán­do comienza ni cuándo termina, sin dejar por ello de existir.

Todo intento de racionalización de este fenó­meno se nos escapa, como el agua entre los dientes de un tenedor. Tan sólo percibimos la mínima humedad que el paso del liquido dejó sobre el uten­silio. Pero es lo único que de ello podemos obtener y a esto nos aferramos para tener, aunque sea, un atisbo de conciencia de aquello que rebasa nuestra conciencia en si.


Lo que llamamos Megacosmos -por darle un nombre lo más apropiado posible- constituye el conjunto de galaxias separadas por millones de años-luz en lo material y todo aquello que por ser inmaterial tiene para el hombre una existencia evi­dente pero irreal para sus sentidos y para su inteli­gencia. Es… el Misterio. De ello jamás hablan los verdaderos esoteristas; y si se ven forzados, lo hacen de manera tal que no puedan extraerse defi­niciones que, por sus naturalezas, nieguen, limitán­dolo, aquello de lo cual tratan.

En el origen y la finalidad del Megacosmos están los Enigmas, todo lo que ignoramos e ignora­remos mientras estemos bajo nuestra humana con­dición. Ni siquiera podemos definirlo por negación, pues negar algo es ya darle una condición y abrir opinión.

Nuestra única seguridad interna es que en ello está Dios; pero no el Dios bueno, o con cualquier otro atributo humanizado. Simplemente Dios. Simplemente Misterio. Es lo que ignoramos, sacra­lizado por su dimensión sobrehumana, para-racional y totalmente fuera de nuestro alcance conceptual…

Los indos le llamaban la No-Cosa y lo mismo hicieron todos los esoteristas de todos los pueblos. Todo está allí y nada está allí. Y no nos excluimos nosotros mismos, los Seres Humanos.


EL COSMOS

De la primera Dualidad – Teos y Caos, Pu­rusha y Prakriti o como se la quiera llamar- nació el Cosmos Inteligible, el que tenemos posibilidad de entender. De la entropía eterna del Megacosmos pasamos ahora a otra entropía, el Cosmos, que es dinámico, que marcha, se transforma y en el gran Juego de Maya, enfrenta miles de espejos. En él nacemos y morimos y renacemos miríadas de veces.

El Cosmos es axiológico y tiene una estructura piramidal que procura la selección de los más aptos con el fin de que ayuden a los menos aptos. En este Mundo hay verdad y mentira, placer y dolor, vida y muerte. Los ciclos son definidos y definitorios; existe el Karma. Se hace mérito o demérito. El número de elementos que lo componen es fijo y siempre igual, pero sus combinaciones son tan numerosas que bien podemos llamarlas infinitas.

Aquí todo es válido, todo tiene propiedad, pero asimismo todo es relativo. Conocemos lo grande por comparación con lo pequeño, aquello que en presencia de algo aún mas chico se vuelve compa­rativamente grande. Tenemos idea del movimiento por relación entre dos o mas cuerpos; según en el que fijemos nuestra atención, diremos de él que está inmóvil. Si por ejemplo viajamos en un auto­móvil y nos concentramos en una montaña a la vera del camino, nos parecerá que es nuestro vehí­culo el que corre, pero bastaría con bajar los ojos y fijarlos en la guantera del coche para que la mon­taña se nos haga fugitiva.


Nuestra bendición y nuestra maldición en este Cosmos es que siempre, alguna- vez, alcanzamos lo que deseamos y damos veracidad a lo que creemos veraz, y viceversa. Percibimos a Dios si en El cree­mos; la fe es el corazón de toda inteligencia.

Este Cosmos, que nos es inteligible sin mas intermediarios, es nuestro propio habitáculo: la Galaxia a la cual pertenecemos, el Sistema Solar al cual pertenecemos, el Planeta al cual pertenece­mos, el País que habitamos y el suelo que pi­samos.

Nuestra excesiva consubstanciación con nues­tro cuerpo material y con su entorno nos ha muti­lado los sentidos para percibir, salvo como sensa­ciones primarias, toda vida que se desarrolle en una frecuencia vibratoria que escape, por debajo o por arriba, a nuestro estrecho espectro septenario, del cual tan sólo hemos desarrollado cuatro rayos, y en este cuarto estamos fijos, percibiendo los otros seis como extremidades extendidas de un Hexagra­maton que rodease un punto central.


EL MICROCOSMOS

En sentido amplio lo constituye el Hombre, y en sentido estricto cada hombre o mujer. El es­quema está planteado en la actualidad según una dualidad básica: Yo y mi Entorno. Yo soy el punto central de este esquema, Y mis otras seis posibilida­des de concienciar se reducen, al considerar el Huevo Aurico de mi Entorno, a cinco -que son mis cinco sentidos. Ha nacido el Pentagramaton. ¡He aquí al Hombre!

En el Hombre del siglo XX. las herramientas, por sofisticadas que sean, no pasan de ser extensio­nes de nuestros brazos o nuestros pies. La radio lo es de nuestras orejas. La televisión de nuestra vista. Un satélite artificial no es más que la trans­mutación de la piedra que lanza al aire un niño que juega.

Todas son extensiones de nuestras posibili­dades, pero no profundizaciones.

La cultura del siglo XX es una cultura hori­zontal, que se expande rápidamente como una masa de aceite, pero que, a medida que se expan­de, se adelgaza y se diluye en una fibrilación perimetral. Y aparecen huecos y desgarramientos en su propio seno. La sobreextensión la convierte en especular y sus características la fuerzan a jue­gos caleidoscópicos desconcertantes de surrealismo artístico, social, económico, psicológico y religioso. No hay raíces ni perspectivas. El sistema está bloqueado.

El Hombre desplaza velozmente su cuerpo, pero viaja atrapado en sí mismo, ciego y sordo, sin capacidad para el asombro filosófico y menos aún para la. proyección metafísica. No se concibe el bien, sino la beneficencia; no se aprecia la paz del corazón sino la comodidad de las nalgas; no se medita sino que se especula. El Mundo se ha trans­formado en una cesta de grillos presos que hacen mucho ruido pero que no pueden trascender las mallas de un parloteo desesperado, aturdidos todos por sus propias colisiones psicológicas.

La opción es cruelmente simple: o se muere loco o se guarda silencio y se trata de vivir plena­mente en todas las direcciones del Espacio-Tiempo.

Una buena apertura es el conocer otras dimen­siones, donde moran otros tipos de seres. Esos que, cuando el Hombre no estaba contaminado por su propia aglomeración exterior e interior, percibía.

Para ello es indispensable que el Hombre se sienta de nuevo parte del Universo; ni su dueño ni su esclavo, simplemente parte de ese Macrobios que es el Cosmos en el cual está insertado el Microcosmos o Antropos. Descartemos las contra­dicciones inventadas en la Cámara de los Espejos y vayamos a las armonizaciones que nos son naturales.


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CAPITULO II


EL UNIVERSO COMO SER VIVO


Esta no es una hipótesis de trabajo ni una teo­ría; es una realidad. La Vida-Una es y está en todo. Lo que se llama vulgarmente nacimiento y muerte es mera transfiguración, cambios de as­pecto según la perspectiva desde la cual se ob­serva.

La entropía que mencionamos anteriormente es una cualidad del Universo por la cual nada se pierde, nada se gana, todo se transforma, siendo los cuerpos meras sombras de los espíritus sobre la dimensión en que estos espíritus tienen sus con­ciencias.

Así, cuando el hombre tiene sed de cuerpo, renace físicamente pues su Karma acumulado cabalga sus deseos y sus temores. Se está siempre donde se desea o se teme estar.

Esto es posible porque, aunque la materia parezca discontinua, una gama riquísima de ener­gías lo une todo. La energía es continua y su conti­nuidad no merma con las diferencias de sentido e intensidad. El mar embravecido o tranquilo, en baja o alta marea, no deja de ser mar. No confun­damos el Ser con sus cualidades. Incluso la Exis­tencia es solamente la primera cualidad del Ser.

Dado que el Ser es, por propia definición, tam­bién Existe. O sea que vive. La vida del Ser o de Dios (de este Dios que sí podemos percibir e inter­pretar Sus Obras pues es Dios-En el Cosmos, o Dios Cósmico, o Anima Mundi) es el Jiva de los indos, el Mahaprana que es soporte de todos. los módulos pránicos, por pequeños que sean, modela­dos por la Inteligencia y sostenidos por la Vo­luntad.

Lo mineral, lo vegetal, lo animal, lo humano, lo heroico, el mundo de los dioses y la Columna de Luz que los Re-une, todo vive, todo alienta, todo vibra y se mueve o se aquieta.

Aquel que pudo abrir sus ojos a la Vida, lo per­cibe por doquier. Una Vida inteligente, volunta­riosa en su querer ser. Toma las formas y den­sidades que necesita. Se vuelve pez en las aguas, cervatillo en los bosques, roca en las montañas, relámpago en el cielo, beso en los labios, brillo en la espada, murmullos en el silencio, formas fugiti­vas tras lúcidas en las noches, voces que nos hablan desde dentro de nosotros mismos, música de piedra en los viejos templos y arquitectura inmaterial en Wagner.

Todo vive por siempre dentro de este Ciclo de Vida, dentro de este Macrobios cuyo Espíritu es Dios-Nuestro-Señor. La muerte no existe.


PLANOS DE VIBRACION EN EL UNIVERSO


Aun siendo la Substancia Una, esta Substancia vibra y es rica en matices que otorgan diferentes oportunidades de formas de vida. Dentro de nues­tro Universo, y más concretamente en nuestro Sistema Solar, existen diez planos de vibración según puede entenderlos el hombre. De los tres superio­res no vamos a escribir. Los siete restantes, que tienen importancia directa para el Hombre son, de arriba a abajo:


  • DE LA VOLUNTAD ESPIRITUAL, llamado por los indos Atma. Es el más elevado y está como in­sertado en el tercer Plano Cósmico de la Tríada o Logos Solar. De este Plano de la Voluntad Espi­ritual no se pueden dar características más detalla­das pues supera en mucho la capacidad humana de entender. Está más allá de la mente y aun de la intuición. Es el Gran Amenti de los egipcios; el vértice superior del Rombo de los Magos, del Cua­drado Mágico bañado en la Luz de Ammón, y es el Gran Azul, el Nilo Celeste donde navega la Barca de Millones de Años (una forma de mencionar a la Barca-Que-Boga-En-La-Eternidad).


  • DE LA INTUICION, llamado por los indos Budhi, el Plano de la Luz desde donde parten todas las Iluminaciones Espirituales, representadas por la aureola que nimba las cabezas de las imáge­nes de Cristo o de Buda. Es el Mundo de los Devas o Angeles y de aquellos que han llegado a la Gran Santidad. En este plano, la relación Sujeto-­Objeto-Cualidad se da simultáneamente, pues el Tiempo -por lo menos desde el punto de vista humano- no existe allí. Es la Mansión del Amor, de la Concordia. Allí está Shan-Gri-La, el Jardín Maravilloso donde los lotos jamás cierran sus péta­los, según la vieja creencia Bud de chinos y tibetanos.


  • DE LA MENTE, llamado por los indos Ma­nas. Aquí moran las series numéricas y los arqueti­pos. En este plano tiene el Hombre insertada su Chispa Mental o el llamado Cuerpo Causal, som­bra luminosa de sus potencias aún no desarrolladas en los dos planos que le son superiores. Es la Morada del Yo totalmente diferenciado o Ego. Es el Plano de los Ideales, de las Ideas Puras, del Ser Individual. Para los egipcios es Horus-En-El-­Horizonte. Es el plano del vehículo del Espíritu Santo y la Sustancia de la parte superior de la Copa o Graal.


  • DE LA MENTE CON DESEOS, llamada Ka­ma-Manas por los indos. Es la Sala de los Espe­jos. La sede de la multiplicidad y de la multipli­cación de las formas. Es el Cofre de las Alhajas. Del brillo o luz reflejada y de la oscuridad; la Man­sión de Pandora. La Esperanza y el Miedo. Es la Fragua de Vulcano donde se forjan los Artefactos. Donde las ideas se persiguen y se alcanzan, se unen y se separan. Los Mayavirupas o ideas­-formas nacen y se desarrollan antes de precipitarse o de elevarse. Aquí viven los deseos y se conoce la angustia.


  • DE LA PSIQUIS O DOBLES LUMINOSOS, es el mundo vibratorio en el cual los Arquetipos y los deseos toman formas orgánicas constituidas de materia sutil o energía polarizada. Muchas de estas formas tienen sus contrapartes en el mundo más denso, el físico; y aunque se las llama dobles, los verdaderos dobles son los robots orgánicos que son sus sombras. Por ello, los egipcios llamaban a los cuerpos humanos en este plano Kha o Doble Luminoso y le reconocían poderes sobre la mate­ria. Los hindúes llaman a los cuerpos hechos con esta materia psicológica Linga-Sharira, cuerpos inapresables por medios físicos. La energía polari­zada sobre arquetipos, y la que los sustenta, es lo que los cabalistas medioevales entendían como Luz Astral en su parte más burda, pues hay otra Luz Astral que no está en este plano, sino en el segundo, que es donde se desarrollan los Sambhogas de los Santos y Budas.


Como cada uno de estos Mundos tiene a su vez en si el reflejo de todos los demás, aparte del pro­pio (aunque los Anales de Recuerdos, llamados en India Anales Akáshicos no tienen su raíz aquí. pues necesitan de sustancia mental para regis­trarse), es en el subplano mental de este plano o Mundo Psíquico en donde se reflejan los recuerdos y hacen que las vidas pasadas de los hombres lle­guen hasta su conciencia y puedan verse.

Sin la Luz Astral serían como películas ya impresionadas pero que no se podrían, por transparencia, visuali­zar con la relativa facilidad con que logran impac­tar a muchas personas. También en este Mundo hay reflejos de las cosas que van a suceder, pues estando más cerca del Plano Causal, los impulsos pasan por aquí antes de llegar a la Tierra física.

Los sonidos, los colores y algunos perfumes, tienen en este Mundo su patria natural. Ya vere­mos más adelante cómo los Elementales extraen de este plano la raíz del armónico adorno con que vis­ten a la Naturaleza.

  • DE LA ENERGIA, llamado por los indos Plano Pránico, en donde los egipcios sitúan su Llave de la Vida en su más terrenal expresión, que se mani­festaba como Ankh. Aquí la energía se polariza constantemente y de manera muy compleja, y mediante una dinámica electrotérmica (por decirlo en términos actuales que se parecen en algo a lo que queremos realmente decir), y el mantenimiento de una densidad media de la materia, se regulan las relaciones de velocidad relativa, de distancia, de cooperación entre los vectores de fuerza. Los efec­tos de estas fuerzas son los que plasman los cuer­pos físicos, corno lo hacen las limaduras de hierro sobre el huso magnético de un imán. En este plano están los cuerpos más densos de los Elementales y en él efectuarán sus fenómenos corrientes.


  • DE LA MATERIA, donde los indos sitúan al Stula Sharira o cuerpo físico humano que, con su entorno físico, es lo que conforma el habitat nor­mal de los hombres, el soporte de todos sus actos. Es el Mundo de la Substancia, el Malkuth de los cabalistas, siempre movido y coloreado por el Seki­nah. Es, efectivamente, el mundo de la dualidad por excelencia. Si la definición clásica de Materia es la de todo aquello que puede ocupar un lugar en el espacio, hagamos la salvedad que ese espacio debe ser físico. Tan físico como la Materia, y ese espacio no es más que la Sombra de la Energía, la limitación de la Libertad -en cuanto le otorgue­mos a esta controvertida palabra el significado de atributo del Ser, más allá de la imagen restrictiva materialista de los seres como pluralidad dialéctica carentes de la suficiente Realidad para Ser en Sí.

La Energía desacelerada se convierte en Mate­ria visible a los ojos físicos. Atrapada y amonto­nada en nódulos gravitatorios, la energía se trans­forma en cosa, con sus propiedades, algunas in­trínsecas y otras que le vienen desde planos más sutiles corno en el vulgar caso de la radioactividad, expresión registrada de la actividad íntima de la Materia.

Pero eso que llamamos intimidad es a la vez profundización y escape de la cárcel estre­cha de la materia, cárcel en verdad tan sólo de barrotes, pues los vientos energéticos la traspasan continuamente. Y recordemos que los mismos barrotes no son más que viento detenido o desacelerado.


Para los esoteristas hay dos Mundos que no tie­nen realidad: el primero que mencionamos, por estar muy por encima de nuestra posibilidad de captación y al cual tan sólo hacemos referencia por habitar en él la cualidad de la Voluntad, sinónimo filosófico de Existencia; y el último o Físico, por ser sólo la sombra pasajera de Divinos Objetos, en marcha hacia Objetivos que no son perceptibles desde la perspectiva materialista.

Pero en esta irrealidad tenemos nuestro cuerpo carnal, con el cual nos hemos encariñado tanto los humanos, y nada más que por ello debemos darle importancia y validez, ya que las cosas tienen el valor que les otorgamos. Fuera del Valor Real que cada una pueda tener, para el Hombre esto es así. Imperioso y circunstancial. Cuando se está sediento en el desierto, vale más un vaso de agua que una tone­lada de diamantes o una pintura pompeyana. La vida es tenida por bien y la muerte por mal.

Todo se rige en base a esta primordial dualidad. La Vida-­Una no es percibida corrientemente.


CAPITULO III


QUE SON LOS ELEMENTOS

Según conceptos milenarios sobre la. constitu­ción del Cosmos, éste estaría constituido sobre la base de un solo Elemento. Esto respondería al con­cepto de unidad que prima sobre los posteriores procesos de armonización de las dualidades de los inteligibles. Pero siendo el Arquetipo uno, la Sus­tancia debe ser, por fuerza, una en esencia. A esto se referían las publicaciones de Demócrito sobre el átomo como parte indivisible sobre la que se asen­taba el Cosmos.

No es el llamado átomo, que desde hace medio siglo el Hombre desintegra, al que se refirieron los antiguos griegos. El que hoy llamamos átomo (que literalmente significa sin par­tes y por lo tanto indivisible) no pasa de ser una micromolécula integrada a su vez por muy variados elementos. El átomo de los clásicos está más allá de todo lo que conoce la ciencia actual.

Pero en el plano manifestado en que nos move­mos y nos es dado percibir y entender, podemos afirmar que existen cuatro Elementos: la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego. Estos cuatro forman dos cruces generativas interpenetradas, ya que la Tie­rra y el Aire tienen movimiento horizontal y el Agua y el Fuego, vertical. Así, la Tierra es fecun­dada por el Agua y el Aire es fecundado por el Fuego. De estos cruzamientos surgen elementos vitales que se caracterizan por su impulso y acción benefactora para el Hombre: la fertilidad material y la fertilidad energética.

No han de entenderse estos cuatro Elementos como la Tierra física, el Agua física, el Aire físico y el Fuego físico, sino como grupos mucho mayo­res que se representan exotéricamente por los cua­tro nombrados. Asimismo se corresponden con los cuatro planos inferiores de la Naturaleza: la Tierra con lo Físico, el Agua con lo Energético, el Aire con lo Psíquico y el Fuego con lo Mental.

En Alquimia son los cuatro estratos que se plasman en el interior del Atanor. En la base, la Sal; en el medio las dos formas de Mercurio, y en la parte superior el Azufre coronado por el Fénix de Fuego, forma de quinto Elemento que en estado natural es imposible hallar, pues es muy inestable al estar aún en su etapa formativa.

Los cuatro Elementos influyen en las caracte­rísticas de las cosas y así oímos hablar, aunque no siempre con conocimiento de causa, de vegetales de Agua, de piedras de Aire o de signos zodiacales de Fuego. En verdad, los cuatro Elementos son como cuatro impulsos o notas musicales fundamen­tales de nuestra Naturaleza, dentro de la tónica de Unidad Dinámica que la caracteriza, que permite que estas cuatro Modalidades se interpenetren y sean arquitecturadas por el Plan Divino que nos rige.


QUE SON LOS ELEMENTALES

Son Formas de Vida dentro de los Elementos. Obviamente es muy difícil explicar las característi­cas básicas que habrían de definidos, pues al no estar sus cuerpos en el plano estrictamente físico en que se desarrolla nuestro entorno visual y audi­tivo, o mejor expresado, al no estar sus cuerpos en la posición en que nos es fácil ver las cosas; aun­que puedan estar de alguna manera en lo físico, se nos aparecen como inexistentes fantasías de los hombres primitivos o de los niños desocupados.

Estas formas de vida tienen sus cuerpos en el Plano Pránico y no por debajo de éste. Pero como los Planos no están cortados como por navaja, sino que hay una gradación casi infinita entre ellos, y las circunstancias de la Naturaleza no son siempre las mismas (con variaciones que conocemos como el día y la noche, las épocas del año, la altura, la profundidad, la mayor o menor carga de electrici­dad estática, las diferentes presiones atmosféricas y las diversas temperaturas, los componentes pasaje­ros del aire como son las concentraciones de Agua, de Ozono, etc., sumado el todo terrestre a las influencias de los astros, especialmente del Sol y de la Luna), en ciertas ocasiones los Elementales caen en una mayor materialización que los hace sencillamente visibles. Pero aun en tan favorables condiciones no son observados normalmente.

Daremos un ejemplo: una hoja rígida de papel que estuviese sostenida a veinticinco metros de nuestros ojos, en pleno día, sería perfectamente visible si nos mostrase alguna de sus caras de manera perpendicular a nuestro ángulo de visión. Pero si estuviese de perfil e inmóvil, o se moviese al mismo tiempo que aquello que le sirve de fondo, sería en la práctica invisible para los que no estu­viesen a la espera de su presencia.

Difícilmente la podría percibir aquel que a priori negase la exis­tencia de esa hoja de papel y no pusiese ninguna atención en descubrirla. Esto explicaría -aunque luego tocaremos más extensamente el tema- por qué las páginas de los viejos libros, las tabletas de arcilla, los papiros y los pergaminos, están llenos de referencias a los Espíritus de la Naturaleza y en cambio los elementos culturales de nuestra forma de civilización materialista y positiva carezcan de esas referencias.

Para un conjunto humano que llega a negar alma a los vegetales y animales que vemos, toca­mos y devoramos; para quienes la fidelidad amo­rosa de un animal doméstico, o la presencia y compañía vivificadora de un árbol o un rosal no dice nada más allá de formas y colores que atri­buye a la casualidad o a más o menos inventadas leyes genéticas mientras los despoja sistemática­mente de todo atributo metafísico, es difícil expli­car la existencia y presencia de los Espíritus de la Naturaleza.

De allí que este intento no está diri­gido a los pocos, ni tiene intenciones elitistas, sino que, ofreciéndose a todos, da por descontado que mientras no varíen aún más las características materialistas de inmediata herencia, serán sus pro­pios lectores los que se autoexcluirán de sus beneficios.


QUE ANTIGUEDAD REGISTRADA TIENEN LOS ELEMENTALES


Según las enseñanzas esotéricas, son más viejos aún que el Hombre mismo sobre la Tierra. Ellos ­-habitantes, guardianes y consubstanciados con los Elementos- existen como formas manifestadas desde que el Mundo existe. Cuando éste era tan sólo una masa de gases radioactivos y materia incandescente, los Elementales del Fuego lo vela­ron; al aparecer los gases estables en su composi­ción química y la época de los grandes vientos, los Elementales del Aire cuidaron que la evolución de esos incipientes gases y su estratificación sobre la recién consolidada corteza terrestre, se volviese cada vez más apta para las formas de vida física que estaban planeadas.

Cuando los gases se hicie­ron pesados y se precipitaron como las primeras aguas y éstas cubrieron la casi totalidad del pla­neta, dando lugar a las primeras formas realmente materiales de vida. los Elementales del Agua traba­jaron y fueron modificando el primitivo aspecto del líquido elemento, en aquel entonces fuertemente sobrecargado de materias pesadas en suspensión, cosa que le daba una característica casi coloidal en los asentamientos, mientras que las altas olas roza­ban con sus espumas aún no blancas las nubes bajas y compactas.

Más tarde, como inmensas tor­tugas aletargadas, surgieron los escudos continen­tales, y sobre ellos velaron los Elementales de la Tierra dándoles características de fertilidad y ayu­dando a la enorme población forestal que posibilitó formas de vida superiores y la plasmación de la Humanidad misma.

Cada cosa en el Universo tiene su Espíritu Guardián. El Planeta también lo tenía y a él obe­decían las jerarquías de los Espíritus de la Natura­leza cuando empezaron los días y las noches. Aún lo tiene y lo tendrá hasta su desaparición. Es el Dyan-Chohan del Libro tibetano de Dzyan, el Alma Resplandeciente que rige la Tierra, o el Anima Mundi de los latinos (pues anima y mueve, y no hay que confundirlo con el Espíritu o Ego Planetario del cual la Tierra física seria el cuerpo).

Este conocimiento es milenario y no sabemos cuándo empezó. Desde el mencionado libro tibe­tano hasta todas las demás referencias de la anti­güedad, nos hablan de estos procesos que a la sombra de nuestra alienación científica pueden parecemos cuentos para no dormir.

Pero los Elementales, como ésos que siendo pequeños y débiles, pueden entrar en relación con los hombres, también llenan los libros viejos. Desde Sumer hasta Egipto y desde China hasta lo poco que sabemos de las culturas de América y del África Negra, pasando por Polinesia y los habitan­tes de las zonas cercanas a los Polos, y llegando a los siglos que nos precedieron en la civilización de Europa, los Espíritus de la Naturaleza tienen papel relevante en aquellas formas de vivir menos conta­minadas y más naturales.

Narraciones sobre Genios, Gnomos, Ondinas, Elfos y toda la extensa gama de Elementales, ati­borran la Historia de la Humanidad de tal manera que sin ellos no sería igual su desarrollo ni su narración, como podemos comprobar desde el Mito de Enkídu y Gilgamesh, pasando por la Odisea homérica, las Sagas de Arturo y Merlín, hasta los que enseñaron a danzar a Isadora Duncan e inspi­raron los vidrios de Gallé.

Hasta hace muy poco, sus representaciones adornaron las proas de los navíos, y aún tienen cientos de estatuas en el mundo, bien en los par­ques, bien sobre las rocas que dan al mar.

Las abuelas (…en el tiempo en que los niños eran niños, los adultos adultos y los ancianos ancianos, bien estuviesen en posesión de títulos universitarios, de nobleza, o fuesen analfabetas) contaban a sus nietecitos, sobre los Espíritus de la Naturaleza, deliciosos cuentos donde los persona­jes eran ondinas, gnomos, hadas, elfos, de los que se describían características de forma y de vida, prodigios y apariciones.

La misma creencia católica en un Ángel de la Guarda que cuida a las criaturas hasta que cum­plen los siete años, tiene raíces mucho más anti­guas que el propio cristianismo, y desde la Arcadia hasta América todos creían que los niños, por su pureza y fragilidad, tenían un Espíritu Guardián que les evitaba muchos. accidentes y protegía de las fieras, dándoles asimismo orientaciones para volver a sus casas cuando estaban perdidos.

Lo más curioso de todo esto es. que en pueblos tan disímiles, los Espíritus de la Naturaleza se representan de manera semejante en sus distintas interpretaciones artísticas. En la tradición se habla de los mismos seres Elementales en la Europa Central del siglo XV que en el corazón de la India del segundo milenio A. C.

Si tenemos en cuenta que muchos de estos gru­pos humanos no se conocían ni sospechaban su mutua existencia, el que hayan tenido tantos pun­tos de coincidencia en la descripción de los Ele­mentales, nos lleva a márgenes que rebasan toda posible casualidad Es evidente que todos vieron las mismas o muy parecidas cosas y que obraban de las mismas maneras. Se los atraía, se los conju­raba, se los repelía o se los temía… pero siempre de la misma manera.

Esto reafirma que estaban, dife­rentes pueblos, ante un mismo tipo de fenómeno y que por lógica unicidad humana lo trataban de parecida forma. Como ante un no todos hicieron puentes más o menos sofisticados, pero puentes al fin. Y si todos los pueblos antiguos han hablado de los nos y de los puentes que construyeron sobre ellos, es evidente que los nos eran una presencia real. Lo mismo vale para los Elementales que eran para todos los pueblos antiguos una presencia real, que llega hasta nuestros días a través del folklore y los viejos tratados.

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CAPITULO IV


COMO SON LOS ELEMENTALES, SUS FORMAS Y MANIFESTACIONES

Dada la finalidad de este pequeño libro, nos referiremos ahora a las formas que asumen a la visión y percepción humanas los Elementales.

Anteriormente hemos dicho que los Espíritus de la Naturaleza tenían por cuerpos formas de energía y que no eran estrictamente físicos o mate­riales en la versión común del término, aunque la energía es también material y a diario nos muestra sus efectos en el plano más denso de acción.

El hecho de que la llamada electricidad sea energía y normalmente invisible, no quita que al correr por la superficie de un cable metálico produzca fenóme­nos materiales traducidos en movimiento de pesa­das piezas de una máquina, que a la vez mueve o traslada toneladas de materia. Y todos conocemos los fenómenos meteorológicos que se traducen en rayos y relámpagos, centellas y luces de San Telmo.

Por otra parte, la existencia de estados vibrato­rios intermedios entre la energía invisible y la materia visible, hace que según se rebasan esas fronteras, de arriba a abajo, la posibilidad de observación humana de los Elementales se poten­cie, aun sin proponérselo. Pero normalmente los E!ementales tienen su parte más densa o cuerpo en el Plano Energético, pudiendo en condiciones favo­rables, ya citadas, reflejarse hasta cierta corporei­dad en las zonas etéricas que son mezcla y enlace entre lo que podemos llamar energía -cuya carac­terística es la carencia de forma perceptible por nuestros sentidos -y la materia-cuyas características nos son evidentes y fácilmente registrables-.

De ello podemos colegir que los Elementales tie­nen como propiedad una plasticidad mucho más veloz que la nuestra, siendo sus formas más inesta­bles y dinámicas. Cuando esas formas se lentifican es cuando se corporizan y su visión se vuelve. más fácil, bien por factores naturales que mencionamos anteriormente, o bien por la voluntad de quien quiera verlos; voluntad que ha de ser fuerte pero no agresiva, pues cualquier inestabilidad en ella reper­cute en los Espíritus de la Naturaleza y los ahu­yenta hacia sus refugios energéticos y a los juegos ópticos propios de su extraordinario poder para disimularse en los mismos Elementos en que habitan.

Aunque sus variedades son prácticamente infi­nitas, como también lo son las de todos los seres vivos, podemos citar algunos ejemplos clásicos de Elementales:

LOS DE LA TIERRA: GNOMOS, HADAS y ENANOS.

Denominación extraída del Griego, genomos, o «el que vive dentro de la tierra». La variedad de estos Espíritus de los Elementos es, como en todos los demás, tan grande que abarca desde ciertos monstruos (que así podríamos llamarlos basándo­nos en el latín, en el sentido de prodigios o altera­ciones de lo normal, y siendo para ellos la tierra sólida el ámbito en el que se mueven, como para los humanos lo es el aire, no encuentran otra resis­tencia en las más duras rocas, que nosotros ante las ráfagas de viento), hasta los pequeños enanos que refleja el folklore de todos los pueblos.

De los pri­meros podemos decir que están en continuo movi­miento, en expansión y retracción, pudiendo alcan­zar tamaños semejantes al de los más grandes mamíferos conocidos. Los segundos, de aspecto humanoide, no suelen levantar del suelo más de un par de palmos.

Estos últimos son los más conocidos: enanos u hombrecillos inocentes, bondadosos y crueles co­mo los niños. Carecen de toda conciencia ética y no podríamos decir de ellos que son buenos ni malos.

Traviesos por naturaleza, gustan burlarse de quienes los buscan torpemente y son, en cambio, sumisos servidores de los verdaderos Magos. Aun­que los tiene que haber de ambos sexos, ni las narraciones ni mi propia observación registran hembras. El aspecto suele aparentar una edad madura, aunque no representa lo que nosotros lla­mamos edad, pues viven siglos y no conocen, como nosotros, los estados de niñez, adultez y vejez. Sus apariencias son siempre las mismas.

Salvo la cabeza, grande en relación al cuerpo como en el caso de los enanos humanos, son bien proporcionados.

Van siempre vestidos y parece ser que, sobre un patrón de ropa a la manera campesina, copian las modas humanas que les son contemporáneas cuan­do nacen, y así las guardan todos los siglos que duran sus vidas. No existe apariencia de desgaste en dichas ropas, aunque no dan la sensación de ser nuevas sino arrugadas y ajadas como si fuesen muy viejas, pero indestructibles.

Aun en los mayores grados de materialización, obtenidos tan sólo en condiciones especiales y en lugares no frecuentados por los humanos, no emi­ten sonidos ni los perciben.

Huyen del Sol y aman la luz de la Luna, de los pequeños candiles y de las luciérnagas.

Apacibles, suelen estar mucho tiempo inmó­viles.

Los hay no mayores que la altura de un puño, no más altos que un pulgar, como dicen los cuentos para niños. Estos son muy difíciles de percibir por los adultos, aunque ellos han de creer todo lo con­trario, pues en presencia o cercanía de los humanos se esconden tras las cosas, en los rincones menos iluminados o, aprovechando su poder de pasar a través de la materia, en los cajones de los muebles que no han sido abiertos en mucho tiempo.

Gustan de la cercanía de los niños y les sugieren lugares y posiciones para sus juguetes, bailes y cantos, ron­das y juegos de escondrijos. Traviesos, hacen encantamientos psíquicos que evitan a los adultos el hallar pequeñas cosas como ser lapiceros, gafas, agujas, clavos.

Retirado el velo, se divierten viendo cómo se encuentran las cosas perdidas, a veces en lugares distintos a los que estaban, lo que presu­pone en ellos una cierta posibilidad de traslación, aunque es mucho más corriente que sus propios encantamiento s, unidos a los desconciertos, angus­tias y apuros que provocan sus travesuras en los humanos, hagan que sean las mismas personas las que llevan el objeto en la mano y lo colocan en otras partes sin ser concientes de ello.

En las épocas de las Corporaciones Laborales, cuando el hombre no había automatizado su posibi­lidad de trabajo y cuando ponía verdadero interés en él -tal cual lo vuelven a poner los artesanos- ­los pequeños Gnomos eran sus invisibles compañe­ros de taller, sus ayudantes de tareas. En casos excepcionales, algunos ocultistas lograron con su magia hacer trabajar ejércitos de Gnomos, materia­lizados por lo menos en parte, en su auxilio; pero tal tipo de trabajos forzados desagradan a los Ele­mentales, los que gustan tener cierta iniciativa que es un equivalente al juego o diversión.


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También se han registrado en Oriente una variedad de Gnomos, o simplemente mutaciones de los mismos, que llegan a tener una apariencia humana normal y que ayudan a los viajeros en los caminos, pueden hablar y dar consejos, aunque no comen ni duermen como los humanos y tampoco envejecen.

En estos casos están siempre solos y son confundidos con monjes. La misma versión la encontramos en la antigua Grecia., pues los monakhós eran los emisarios de Hernies que, en las encrucijadas de los caminos, tenían sus escondrijos y cuidaban las primitivas ermitas.


Se decía de ellos que no comían ni amaban, ni hablaban casi, prefi­riendo hacerse entender por señales. La tradición quiere que tuviesen algo en su anatomía diferente a la de los humanos: las puntas de las orejas, lo que los emparentaba con otro tipo de Elementales de los bosques que luego fueron llamados Silvanos.

El típico gorro de Hermes servía para ocultar esta anormalidad, que muchas veces fue relacionada con el Mito del Rey con orejas de burro y dotado de poderes parapsicológicos, como Midas.


Los Gnomos u hombrecillos pueden, si lo desean, trasladarse con enorme velocidad y estar instantáneamente donde quieren estar. Y así, hacen pequeños servicios a los Magos que están en rela­ción de trabajo con ellos, como avisos en base a ligeros golpes dados en muebles, y otros que .vere­mos más adelante. A pesar de no tener un alma en grado de diferenciación, como la humana., logran la apariencia de ella bajo la influencia de un ocultista práctico que pueda comunicarse efectivamente con ellos.

Las Hadas son asimismo Elementales de la Tierra. aunque sus múltiples variedades y la tradi­ción literaria y popular las exalta de tal manera que, en numerosos países, la denominación es sinó­nimo de hechicera o maga, como en la versión de la Baja Edad Media y la Renacentista del Mito de Merlín en la Saga de Arturo, en donde Morgana aparece como un Hada.

De apariencia similar a la humana, sus tamaños varían entre el diminuto y el de una persona normal.

Regidas asimismo por la Luna, gustan reunirse en lugares alejados de toda presencia humana y bailar en círculos en los prados circundados de bosques. La especial forma de reproducción de las setas, que configura una expansión de la especie en forma de anillo, ha emparentado estos vegetales, en la tradición popular, con los círculos de la Hadas. Es que, ciertamente, son las Hadas muy expertas en el conocimiento de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales.

Hábiles en encantamientos, magias y hechicerías, inspiran a los curadores naturales sus extrañas y a la vez rudas artes, en donde se mezcla la intuición con el recuerdo mutilado de una ciencia perdida.

Cierta variedad está estrechamente ligada a los humanos, y en las viejas monarquías solían dar a los recién nacidos sus regalos en forma de bendi­ciones, o de maldiciones si había circunstancias negativas de por medio. Gustan de los niños en general, sugiriéndoles juegos y protegiéndolos de los peligros, e inspirándoles telepáticamente las acciones que los preserven vivos y alegres.

Son atraídas por las golosinas y dulces, cuyo perfume y doble las tienta a correr con la, para ellas no siempre grata, compañía humana. Gustan de los sonidos armónicos y de las figuras geométri­cas circulares. De aspecto femenino, no conozco si las hay varones. No son las contrapartes femeninas de los Gnomos, como vulgarmente se cree, pues sus características y naturalezas son distintas y se ignoran los unos a los otros, como pasa con anima­les de diferentes especies.


LOS DEL AGUA: SIRENAS, NEREIDAS, ONDINAS, NINFAS.

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Las llamadas Sirenas, lo son de la superficie del agua de mar. Sirenas, del latín Siren, del griego Seiren, son «las que encantan o seducen». Relacio­nadas con la música en la antigüedad, se las hacía hijas de Melpómene. Se las describe con cabeza de mujer y cuerpo de ave y también de pez. Alia­das de las formas elementales que rigen las brisas marinas, producen sonidos armoniosos muy pareci­dos a la voz humana, que pueden imitar por sus poderes telepáticos.

Podríamos colocarlas en la cúspide jerárquica de toda una gama de Elementa­les que, siendo de Agua, necesitan de la combina­ción con el Aire para vivir. En el otro extremo estarían las pequeñísimas criaturas que viven tan sólo en la espuma, que nacen y se disuelven con ella, sobre todo en las noches de Luna llena. Según la antigua medicina, tenían estas últimas la capaci­dad de realizar extraordinarias curaciones en quie­nes se bañaban en las aguas. También servían a los Magos que podían leer augurio s en la reflexión de la luz lunar o Camino de plata de la Luna Llena sobre el mar en calma.

Existe otra variedad de Sirenas que aparecen en las noches en que las olas se vuelven fosfores­centes al estar saturadas de formas animales, como las llamadas Noctilucas. Traen malos presagios y peores recuerdos. Están relacionadas con el anti­guo misterio de la Luna Sumergida del cual no hablaremos.

Las Nereidas son poderosos Espíritus de la Naturaleza femeninos que servían de escolta a Afrodita, la Nacida de la Espuma. Pueden alcan­zar grandes profundidades y habitan en grutas sumergidas. Su alta jerarquía las hacía también compañeras de Anfitrite, la esposa de Poseidón, Rey del Mar y de las Grutas Subterráneas, antiguo Señor de los Terremotos, y de los Caballos, por lo que las espumas rizadas que alzan las olas se identifican con las crines de los caballos de Posei­dón.

Tradicionalmente relacionadas con la realeza y el señorío, se las hace proteger las difíciles maniobras de los antiguos barcos de vela de los reyes y los emperadores. Sus contrapartes masculi­nas son los Tritones, también del séquito de Nep­tuno; responden al Trino Poder del Reflejo del Logos sobre el Gran Espejo o Cristal Negro de ori­gen Terrestre e Igneo, guardado en Thule para la Corona del Rey del Mundo. Tienen, como las Nereidas, el cuerpo en su mitad superior semejante al humano, y en su mitad inferior como de pez alargado, a la manera de la serpiente de mar.

Ataviados con algas y corales, perlas y conchas, tocan supersónicas caracolas etéreas anunciando el paso de los triunfadores. Conocen el secreto de los tesoros sumergidos y en ocasiones se los representa como violentos ejecutores de la voluntad de su Amo, que con su tridente mágico, bien mantiene a los barcos sobre las aguas, o los empuja a las rocas y los desfonda. En épocas pasadas aconsejaban a los humanos viajeros en Ciencias perdidas, prove­nientes de Continentes sumergidos.

Las Ondinas deben su nombre al latín, unda, literalmente: «ola», Habitan en los ríos, especial­mente en las regiones donde corren entre rocas y producen cascadas y espumas rumorosas. Otras variedades son marinas y viven en las costas y pla­yas, siempre en lugares recogidos, donde haya oquedades. Su forma se parece a la de una mujer en su parte superior, teniendo indefinido el cuerpo de cintura para abajo o semejando lienzos siempre húmedos que lo recubriesen.

De muy largos cabe­llos, nadan a enorme velocidad y en muchas oca­siones se confunden con las Nereidas. Las tra­diciones las pintan peinando sus largas cabelleras en actitudes muy femeninas y en general dan una sensación de debilidad y fragilidad si las compara­mos a la pujante y orgullosa fuerza de las Nerei­das. En la antigüedad se atribuía a estas criaturas el tratar de encantar a los viajeros que, en parajes solitarios, se detenían junto a los torrentes; los invi­taban a sus grutas a beber un licor mágico .que les hacía enfrentarse con sus propios engendras inte­riores. Sólo los puros y fuertes podían vencer y liberarse de peligrosos pactos con las Ondinas, de ojos hipnóticos y dueñas de ciertas joyas, probable­mente anillos, que ofrecían con la intención de que el caballero que las aceptase quedara de ellas prendado y rendido.

Las Ninfas -cuyo nombre proviene del latín lynpha, «agua», y del griego nymphe en relación con las fuentes y manantiales- son Elementales de apariencia femenina, bellísimas, que habitan en lagos y en aguas tranquilas. Son asimismo guardia­nas de los manantiales escondidos en la foresta. A las Ninfas se les atribuye un aspecto totalmente humano hasta el extremo de no diferenciarse de las mujeres. En la antigüedad se les atribuía el ser guardianas de los remolinos y ser tanto maléficas como benéficas, mostrando un carácter caprichoso y delicioso a la vez que podía tentar a los mismos Dioses.

De aquellos tiempos nos llega muy vivida la imagen enjoyada de Aretusa, reflejada en las cerámicas de culturas helenísticas de la Magna Grecia, generalmente recipientes en relación con el agua, bien sola o mezclada con vino. Es característico su complicado tocado de perlas y cintas sobre los trabajados cabellos.

En la Saga de Arturo, emparentada con la del Rey del Mundo y el Mago Merlín, es una Ninfa la que devuelve de los lagos las espadas mágicas que darán fe de realeza a los galantes caballeros. Asimismo aparecen en la lla­mada mitología germánica en relación con Tann­hauser. Emblemas de belleza venusíaca, las Ninfas están relacionadas con el amor sublimado y celoso, y contrario al amor carnal.

Sus venganzas contra los caballeros que les son infieles suelen ser terri­bles. Eternamente hermosas y jóvenes, poseen ese secreto de la continua juventud a la que están con­denadas, y castigan otorgando la tan discutida gra­cia de no morir. Pero su inmortalidad no es la espiritual y conciente, sino la deshumanizada, y la tradición quiere que sus intentos amorosos tengan por fin el humanizarse y adquirir un sentido huma­no de la vida y de la muerte. Criaturas enigmáticas, son expertas en encantamientos, en metales mági­cos y en piedras preciosas en el seno de las cuales se pueden ver cosas lejanas, pasadas y futuras.

LOS DEL AIRE: SILFOS y ELFOS.

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El nombre de las criaturas Elementales que denominamos Silfos es de difícil raíz etimológica, probablemente galorromana y derivada de los soni­dos que producían los vientos en las arpas druídi­cas que, como las eólicas griegas, solían suspen­derse colgando de los árboles sagrados, para inter­pretar una música no humana.

Estos Espíritus de la Naturaleza se caracterizan por vivir exclusiva­mente en el aire; son muy difíciles de percibir dada su naturaleza inestable, fluídica, dotada de muy veloces movimientos de tal modo que el investiga­dor debe clavarlos en algo que no se mueva para poder hacer el más somero estudio.

Este sistema enfurece a los Silfos y les causa dolor. No tanto por la sujeción en sí, sino porque se les priva de movimiento, sin el cual desfallecen y llegan a morir. Es su necesidad constante el correr y trasla­darse. Tan sólo tienen apariencia humana en su cabeza, pues el resto del cuerpo, de difícil estudio, es parecido a la imagen que tenemos de los ánge­les, pero menos apacibles y no siempre con sólo dos alas.

Tampoco estas alas, en los casos de Ele­mentales del nivel en que los estamos describiendo, son tan blancas, agradables ni emplumadas como las de las imágenes griegas, romanas y cristianas. Estas han sido extraídas de tipos de Elementales superiores de los cuales haremos referencia más adelante.

Los Elfos (del celta Faeries) son Elementales de formas muy bellas y muy pequeñitas. A la manera de mariposas etéreas, viven en las cerca­nías y en la corola de las flores. Sus cuerpos son antropomorfos y los hay de figuras femeninas o masculinas, aunque ello no tenga estricta relación con su reproducción, pues copian formas humanas.

Sus vestidos son a la manera de túnicas cortas y livianas. Sus movimientos constantes son semejan­tes a los de las abejas cuando liban en las flores. Extremadamente energéticos, tienen grandes pode­res curativos aunque en ese tipo de trabajo se exte­núan hasta morir. Su radio de acción llega hasta donde lo hace el perfume de la flor.

Las flores sin perfume no tienen Elfos de este tipo. Son, en algu­nas de sus variedades, muy afectos a los humanos, sobre todo a los niños y a los que tengan inocencia y sensibilidad artística. La luz los excita y la oscu­ridad los apacigua. Gustan de los sonidos suaves, de los colores y de la luz reflejada en los espejos no muy pulidos.

Sus graciosas figuritas se completan con pequeñas alas parecidas a las de las libélulas y mariposas, pero más hermosas, etéreas y en cons­tante movilidad, a la manera de los colibríes. Uni­dos de las manos suelen hacer aros de danzas y promueven los encantamientos benéficos. Sus ta­maños varían entre un palmo de altura hasta menos de un centímetro. A veces se aquietan, como si durmiesen, en actitudes muy dulces. Otras, parecen estar pensativos u oyendo lo que los humanos no pueden oír. Son la gracia angelical personificada.


LOS DEL FUEGO: LAS SALAMANDRAS.

Estos Elementales son los más alejados en sus formas a la humana. El nombre que reciben tiene un oscurísimo origen etimológico oriental, de apor­tación árabe, que los relaciona con la famosa uni­versidad de Salamanca, que en el Bajo Medioevo europeo gozaba del esplendor de la plenitud del Islam. Ciertamente, allí se efectuaron estudios y trabajos sobre Alquimia, y bajo este término gené­rico se cobijan multitud de conocimientos, entre ellos los de los Espíritus de la Naturaleza, en especial los que calientan y también coronan el Atanor.

En el fuego de las chimeneas se les puede ver a la manera de serpientes negras, preferentemente en posición vertical, que se mueven velozmente y se retuercen sobre sí mismas.

El tamaño de las Salamandras varía, desde el de pequeñas lombrices que se mueven en los fogo­nes y hogueras, hasta las enormes que plasman las curiosas formas de los relámpagos y los rayos.

Nadie que no tenga santidad y experiencia debe atreverse a intentar algún contacto con estos podero­sos Seres, pues también rigen los impulsos electro biónicos que corren por el sistema nervioso humano.

Hay metales que las adormecen y contienen, de manera que pueden colaborar en la eficacia de un amuleto con formas de Magia demasiado peligro­sas para ser comentadas sin los previos compromi­sos que hacen a los hombres incorruptibles.

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OTRAS VARIEDADES DE ELEMENTALES.


Aunque este tema será desarrollado en otro Capítulo, creo prudente señalar que los Espíritus de la Naturaleza que hemos descrito, son sólo los ejemplos más típicos de aquellos que se han refle­jado fuertemente en el llamado folklore y en la tra­dición de los humanos.

La gama de Elementales es inmensa, desde los Regentes de los Planetas y aun de las estrellas, hasta los que mantienen con su vida la de los átomos.

En los Misterios de la antigüedad se hacía refe­rencia a ellos. Se los representaba con figuras geo­métricas, palabras sin aparente significado y cifras numéricas hoy incomprensibles. Las referencias son veladas e indirectas. Es imposible encasillados en uno sólo de los Elementos.

Son los que rigen los momentos del nacimiento y de la muerte de todos los Seres manifestados y también de las cosas; el traspaso de las Almas por los distintos umbrales. Los que se mueven en un espacio-tiempo que no es el que conocemos y en el que vivimos.

Son los que vigilan la marcha del Reloj de la Historia desde afuera de esa maquinaria de causas y efectos encadenados de manera lógica. Los que cuidan de los Anales en donde se puede leer el pasado y el futuro.

Son Ángeles y Demonios. También los Drago­nes cuyo aliento calienta la Tierra. Las almas de los cristales geológicos que reinan sobre la estratifi­cación de los minerales y que han condensado la luz de estrellas desaparecidas a nuestra vista. Los Genios de las joyas. Otros, aprisionados en formas mentales de los Dioses, a través de los eones espe­ran el momento de comandar las delicadas opera­ciones del nacimiento y de la muerte de las galaxias: son los que habitan los cometas, ya sea los que fecundan determinadas zonas del espacio para que nazcan nuevos mundos, o los que quedan como último resto de otros astros pasados y deri­van hacia los cementerios de estrellas. Asimismo, los más simples cometas que enlazan, como elec­trones de valencia, un sistema solar con otro.

Y más cerca nuestro, son los que moran en las entrañas de los volcanes y de las nubes. Los que manejando invisibles pinceles, pintan los ama­neceres y los atardeceres. Los que despiertan la vegetación en Primavera y la adormecen cuando se acerca el Invierno. Los que rigen la suerte en los cruces de caminos, en grutas encantadas y en mon­tañas mágicas.

Son los Genios que dan y quitan dones. Los que tocan la frente de los elegidos y los que hacen resbalar los pies de los que cayeron en desgracia.

Quien escribe esto sabe que en nuestro materia­lista siglo XX lo que acaba de mencionar suena a cuento para niños o a ciencia-ficción. Y así debe ser, pues estos conocimientos vienen del pasado y del futuro. Son desconocidos e ignorados en el pre­sente. Pero, sin embargo, se refieren a realidades, algunas de las cuales se hacen sentir nítidamente en la vida e inspiración de muchas personas, aun­que la educación recibida les bloquee la capacidad de percibir o imaginar las causas, y aceptan lo que pasa con estólida resignación con la característica amargura o la animalesca alegría que surge de estar sometidos a la enanocracia.

Quien no pueda salir de la jaula del materialismo, jamás podrá percibir estas maravillas ocultas en la Naturaleza ni verá las huellas de los Pasos de Dios sobre la Tierra.


CAPITULO V

COMO VIVEN LOS ELEMENTALES. SUPERVIVENCIA, SOCIEDAD Y RELIGION


Aunque más adelante lo explicaremos más lar­gamente, debemos partir de la base de que toda observación y estudio de los Elementales por los humanos, refleja las características de los primeros aunque fuertemente teñidas y deformadas por las características propias de los segundos.

Podríamos pensar que al no tener el Hombre actual conciencia de la existencia de los Elementa­les, éstos hacen su vida libremente según sus pro­pias naturalezas. Esto es falso. Cuando los hom­bres ignoraban la existencia de las bacterias, al someter sus alimentos a temperaturas altas me­diante la inmersión en agua hirviendo o a la exposi­ción directa de una fuente de calor, destruían los microorganismos y los modificaban obligándolos a encapsularse, sin importarle al fenómeno la con­ciencia que de ese fenómeno tengan cualquiera de las partes afectadas.

De la misma manera los Hombres, con sus diferentes formas de vida, más o menos mecaniza­das e intoxicantes, con sus desperdicios propios y los de sus actividades laborales, con sus ansias y sus temores, con sus cambios de formas religiosas en. ciclos de tiempo relativamente cortos para los Elementales, les afectan profundamente. También los Elementales modifican las vidas de los Hom­bres, pues intervienen en los fenómenos climáticos, en la fauna y en la flora, especialmente la no doméstica, y aun en las formas de sentimiento y pensamiento individual y colectivo de los Seres Humanos.


SUPERVIVENCIA Y FORMAS DE REPRODUCCION.


Al referimos a los Elementales de una forma tan genérica como lo estamos haciendo, no pode­mos establecer promedios mínimos ni máximos en la vida de éstos, pues es tan grande su variedad que algunos -como los ya mencionados de la espuma­se manifiestan durante pocos segundos o aun frac­ciones de segundos, y otros, gigantescos habitantes de los abismos marinos o de los macizos montaño­sos, viven docenas de miles de años.

Si profundiza­mos un poco más el tema y consideramos que son Elementales los que rigen las variaciones de las órbitas de los elementos subatómicos y de los lla­mados Nidos de Galaxias – ya que configuran la Inteligencia Elemental de toda forma de energía­ nos encontramos con que los límites anteriormente mencionados son simples muestras en medida humana para que podamos entender algo sin per­demos en lo insondable de lo infinitamente pe­queño y lo infinitamente grande, ya que toda cuestión de tamaño es relativa para nuestra concepción; y para el Hombre, tal como dijese Protá­goras, el Hombre es la medida de todas las cosas.

Es probable que el lector, cada vez que se men­cionan los Elementales en cuanto rectores de las Fuerzas de la Naturaleza -como las que se mani­fiestan en el constante marchar de las cosas, ya sea de las corrientes eléctricas, las atracciones gravita­torias o la circulación de la sangre- piense que estamos corporizando e inventando espíritus y seres en donde tan sólo existen relaciones entre masas de materia o de energía.

Desde el punto de vista materialista eso es cierto, pues quiere esta visión particular y restrin­gida del Mundo medir y pesar todos los aspectos y exteriorizaciones, las propiedades y los atributos, desentendiéndose del porqué en la constante alie­nación del cómo. Así, nadie puede definir lo que es Fuerza si no es por los efectos que la hacen per­ceptible, aunque para la mentalidad exotérica esto basta. Y si no basta, se recurre a la muletilla de la casualidad y se la pone en la cabecera del desfile de los acontecimientos.

Gracias al desarrollo de la técnica en la especialidad de computación, pode­mos hoy hacer en segundos, cálculos que miles de hombres no habrían podido hacer consumiendo todas sus vidas en ello, y tenemos comprobado que la suma de casualidades con que se quieren expli­car los fenómenos naturales es imposible.

Al con­trario, queda cada vez más demostrado que existe una causalidad con una evidente cascada de cau­salidades que dan sentido a la Vida y a sus movi­mientos, puesto que las computadoras, después de todo simples ábacos perfeccionados que son pro­gramados según la capacidad inteligente de quienes las manejan, muestran que con lo poco que sabe­mos ya basta para negar la casualidad de los fenó­menos naturales, y que existe un sentido de la Vida, un inmenso plan, un ritmo como de danza en el Universo y asimismo, que si consideramos tan sólo materia y energía como dos formas menos y más sutil de una misma cosa, el Universo se de­tendría, pues en su ecosistema hacen falta elementos inteligentes y sensibles que prevengan en lo posible los accidentes, que activen a manera de invisibles catalizadores determinados procesos, y que justifiquen una forma de psiquismo de la Naturaleza que vamos descubriendo.

A ese factor X, como gustan llamado algunos científicos de avanzadas concepciones, nosotros le llamamos Elementales o Moradores de los Elementos. Este es un conocimiento viejo como el mismo Hombre y sus restos se conservan en el folklore de todos los pueblos, más o menos deformado por la supersti­ción y la fantasía, por las costumbres y por las necesidades; pero es básicamente cierto.

Tal vez, por dar un ejemplo cualquiera, los Red Caps no sean como los narran los campesinos escoceses, siempre buscando nueva sangre para colorear sus gorros y encaramados en las ruinas de los castillos; pero es inevitablemente cierto que donde hubo grandes batallas y matanzas, y donde han quedado restos de osamentas y armas que estuvieron mojadas en sangre, en los teatros de esos cruentos encuentros en los que la desesperación y el terror hicieron mella en tantos hombres y animales, se conserven por un tiempo formas men­tales y psíquicas que impregnen de alguna manera el entorno, cosa que cualquier persona sensible puede percibir aunque no sea exactamente lo que se llama un médium.

Descartar esta posibilidad a prior es bastante anticientífico, y más aún antifilosófico. Donde hubo fuego, queda por un tiempo la tibieza de los rescoldos. y por donde corrió el agua se percibe humedad. Los actuales métodos técnicos basados en la percepción de los rayos infrarrojos delatan, por la mancha de frío completamente invi­sible a nuestros ojos, dónde estuvo aparcado un automóvil en un lejano día de sol. Pero los briosos caballos de la técnica muerden el freno de un auriga casi ciego que es la Ciencia actual.

Recurramos pues a la Vieja Ciencia, a las Tra­diciones y al Conocimiento Esotérico en búsqueda de la verdad, de la cual una gota vale mas que un océano de mentiras por muy codificadas y publica­das que estén.

Así, los Elementales nacen, viven y mueren como todas las cosas manifestadas. La Ley es una para todos Y Dios sabrá por qué es así. Lo que resulta evidente para nosotros es que todo lo que entra en lo que llamamos existencia, se desgasta y modifica hasta hacer peligrar sus características originales.

La Inteligencia que nos rige ha optado por la renovación de las formas en preservación de lo más interno e importante, así como nosotros cambiamos la ropa usada por otra nueva cuando lo consideramos necesario y nos es posible hacerlo. Pero aun este ejemplo doméstico requiere una per­cepción del desgaste y un cálculo de posibilidades de reemplazo y de las modalidades del mismo a la luz de la experiencia anterior y de la capacidad presente de renovar.

Debemos tener en cuenta nuestra tendencia más o menos subconsciente de antropomorfizarlo todo y extender los detalles de nuestro ciclo vital a los demás seres, cosa generalmente falsa, pues cada forma de vida tiene, por fuerza de su propia naturaleza, características que le son propias más acá de la Ley única que nos rige.

Que todo se renueve no quiere decir que forzosamente lo haga de la misma manera y en el mismo lapso de tiempo. Si bien los Elementales que están más cerca de los hombres, o sea los que éstos pueden percibir más fácilmente y viceversa, tienden a una antropomorfia, por ser el hombre un arquetipo, dentro de su cápsula evolutiva difieren en muchas características.

Hay Elementales que son parecidísimos a los hombres, y por tanto, parecidas son sus formas de nacer, vivir y morir. Incluso en circunstancias favo­rables han llegado a corporizarse tanto que, trans­formando su energía en materia (nada milagroso: de la misma manera se transforma la energía potencial de una piedra suspendida, en el cúmulo de fenómenos físicos de su caída; se hacen visibles y se cristalizan los gases pasando del estado invisi­ble al liquido y al sólido; o las grasas y proteínas se transforman en tejido adiposo visible y tangible en el cuerpo humano) han convivido con las personas, y hasta mantuvieron con ellas amoríos y guerras.

En algunos de los casos han sido detectados como Espíritus de la Naturaleza, bien por su extraordina­ria longevidad, por parir las hembras sin necesidad de cordón umbilical o por la sangre de otro color que la de los humanos. Asimismo se han visto rodeados por los fenómenos que hoy llamamos parapsicológicos que la cuidadosa observación de nuestros antepasados no ha dejado de registrar, como ser el dar evidente vivificación a los pastos con sólo danzar sobre ellos, o poder señalar con toda seguridad el lugar exacto de tesoros escondi­dos, vetas de metales preciosos o aguas subterrá­neas.

La vieja afirmación de que algunas Casas Reales tuvieron sus orígenes en el cruce de un humano con un Espíritu de la Naturaleza, o con un semidiós, o con un dios mismo, no es tan descabe­llada como hoy nos parece al ver los restos petrifi­cados de esas otrora dinámicas y creativas Casas Reales. Pero la Ley de los Ciclos es inexorable, y si los antiguos reyes hacían prodigios, los actuales necesitan de la aprobación figurativa de sus pueblos.

Otros Elementales son tan simples como un pequeño tejido energético, sin forma definida ni capacidad para hacer otra cosa que flotar en las cercanías de los rincones de las casas. o bajo las raí­ces de los árboles. La reproducción de éstos nada tiene que ver con la humana y mas bien la podría­mos comparar con la partenogénesis celular.

Son simples jirones de vida que no pueden ni quieren vencer el magnetismo del suelo cerca del cual se arrastran. Con ellos juegan frecuentemente los gatos domésticos, enganchándolos en las proyec­ciones magnéticas de las puntas de sus uñas. Los hay, también. que son verdaderos desperdicios eté­ricos que abundan y se amontonan en los lugares donde hay malos olores, miasmas, aires sobrecar­gados de las opacas emanaciones de los cuerpos enfermos, o perfumes venenosos de drogas y de plantas maléficas.

La reproducción de éstos es rápida. a la manera de los esporos en los hongos, y se los ahuyenta haciendo correr aire yagua limpios, haciendo penetrar la luz del Sol y aumentando toda forma de higiene física, desde el muy simple jabón hasta las nubes del incienso y la mirra o el estora­que quemados sobre una plancha caliente o carboncillos. Los populares palillos de incienso tienen poca eficacia pues están confeccionados comercialmente con mezclas inadecuadas de productos in­nobles.

Como sería inacabable mencionar las diferentes formas de supervivencia y reproducción de los Elementales, daremos un ejemplo de una forma media de vida, en un habitat restringido. Nos referimos a los Gnomos que habitan los lugares poblados de pinos. Son éstos criaturas tímidas, que por su gran longevidad (comparada a la nuestra) llevan copias de las ropas que usaban los campesinos de pasados siglos.

Carecen aparentemente de toda sexualidad re productiva, aunque son víctimas de una gran sen­sibilidad, de manera que cualquier emoción que tenga una mota de violencia los espanta y los hace desaparecer, sutilizando sus formas y mimetizán­dose en las ramas y cortezas.

Se alimentan de las excrecencias áuricas de las resinas de los árboles y de sus perfumes, por lo que suelen aceptar obsequios altamente perfumados (entiéndase por aceptar el acercarse a ellos y ab­sorber sus emanaciones).

No gustan de la compañía de los hombres aun­que su innata curiosidad hace que jamás estén ale­jados de ellos y los observen frecuentemente. Incluso les gastan bromas, que es una forma infan­til de comunicación, produciendo ruidillos en la noche, tendiendo engaños psíquicos que hagan difi­cultoso el hallazgo de pequeños objetos justamente cuando son necesarios, o materializándose muy fugazmente a lo lejos de manera que dejan a los hombres y mujeres, preferentemente jóvenes, con­fusos y temerosos.

Pero las concentraciones huma­nas los aterran y los dobles de los hombres aplastan los suyos y los emponzoñan hasta produ­cirles terribles enfermedades y la propia muerte, que es para ellos, como para nosotros, el abandono de sus vehículos más densos, con la diferencia que en el caso de los Elementales la conciencia indivi­dual desaparece como acto, fundida en el Alma Grupal de su Pueblo o Grupo Etnico.

Tienen instinto de supervivencia, pero no les desespera la muerte pues tampoco tienen imaginación como para verse en otra situación que en la que en ese momento se ven. Les cuesta recordar y hay casi que forzarlos a ello, y aunque saben muchas cosas de manera innata sobre las propiedades de las plantas y las relaciones de los astros con los fe­nómenos terrestres, sólo contestan si se les pregunta y si se les sabe preguntar muy pacientemente, vol­viendo al mismo tópico mil veces si es necesario.

Al no poderse materializar jamás de manera completa, están incapacitados de hablar, si bien oyen, aun en gamas que escapan a nuestros oídos. Así se comunican con los humanos que gozan de su amistad, y en cierta forma imperan sobre ellos, en base a señas y esbozos telepáticos, haciendo la comunicación dificultosa y al principio muy lenta y desalentadora.

Sus apariencias son siempre como de viejecitos, aunque entre ellos notan las diferencias que les da la edad.

En determinadas épocas del año, cuando hay humedad y la Luna se ve tan sólo ocasionalmente a través de las nubes, en horas cercanas a la media­noche, se los ve pulular en las ramas de los pinos. En otras ocasiones, de las axilas que esas ramas forman con los troncos o con otras ramas mayores, ellos extraen su prole, que creció dentro de una forma de saco amniótico etéreo del color de la resina.

Siendo muy pequeños, los recién nacidos son en forma y proporción idénticos a sus mayores, y su desarrollo se percibe tan sólo por el aumento de tamaño, mas no por otras variaciones que se puedan apreciar dentro de las especiales condiciones en que, se comprenderá, son observados.


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SOCIEDAD Y RELIGION. SISTEMAS DE GOBIERNO.

Como no nos cansaremos de recordar al lector, la cantidad de variedades de los llamados Espíritus de la Naturaleza o Elementales, es tan grande como la que podríamos registrar en Reino Ani­mal; difieren las costumbres de las jirafas y de las tortugas, las de los perros y las de los peces. Ante un problema de igual magnitud, nos encontramos con el agravante de que, siendo los Elementales seres cuya corporización normal se da en el plano de la energía, y son por lo tanto inmateriales e invi­sibles para la inmensa mayoría de los Humanos -y cuando visibles, lo son de manera restringida-, toda generalización está condenada al fracaso.

Así, prefiriendo una pequeña verdad a una gran mentira, nos vamos a referir otra vez a un caso específico: los Gnomos que habitan en los pinares.

Viven en sociedad, en tribu, formando una familia extendida en donde cada uno guarda su individualismo, aunque está y se siente plenamente unido al resto de la comunidad. Como compara­ción pueden valer las relaciones que se establecen espontáneamente entre los niños humanos antes de haber sido contaminados por la educación (o mejor dicho, antieducación) a que hoy los someten los mayores.

Para un niño, el que otro tenga alguna diferencia de color de piel, sea tartamudo o cojo, puede ser motivo de broma, pero jamás de segrega­ción del grupo. Se lo invitará y hasta se lo forzará a mantenerse cerca y se lo tendrá en cuenta para todo. En donde los niños y los Elementales pueden mostrarse individualistas es tan sólo en pequeños secretos y travesuras que no quieren comunicar a los otros, como si de algo mágico se tratase.

Esta sociedad no es comunitaria, a la manera de la que propone Platón y la casi totalidad de los sociólogos de una manera u otra, tal vez porque no cabe en las expectativas de los Elementales la noción de progreso y no pueden concebir un Estado, en el verdadero sentido y según la defini­ción platónica del mismo.

Cada Elemental trabaja y vive para sí pero en apretado compañerismo con los demás, y aparte de algunas cómicas rencillas, sabe que puede contar con todos, aunque se cuidará mucho de no interfe­rir la labor de los otros sin necesidad.

Si bien tienen el alimento aparentemente asegu­rado, por lo menos en lo inmediato, y no se nota desgaste en sus ropas y saben prepararse sus propias medicinas, se los ve constantemente ocupados.

No se entienda por esto que están en febril movi­miento a la manera de las abejas de una colmena. pero el espíritu es el mismo, aunque el ritmo apa­rezca como mucho más apacible y libre. Más ade­lante escribiremos sobre sus ocios y juegos. Ahora lo hacemos del trabajo, aunque en los Elementales todas las formas de actividad y modos de vida están de alguna manera eslabonados y es difícil saber dónde termina una para empezar la siguiente.

Los Elementales están muy relacionados con el Reino Vegetal, el Animal, y aun el Humano, si les permitiésemos, con una vida más cercana a la Naturaleza, acercarse a nosotros. Velan incansa­bles sobre labores tales como las de repasar el aura de las plantas, hoja por hoja, y de los pastos brizna por brizna. Refuerzan con inyecciones energéticas las partes poco vigorosas, y mediante formas de excitaciones de unas fibras sobre otras alcanzan a modificar la orientación de una rama o de una hoja para que realicen mejor los fenómenos fotoquími­cos y físicos que permiten vivir a los vegetales y ayudar al entorno con sus exhalaciones.

Magnetizan a los animales, los atraen o los espantan según las conveniencias. También tratan de hacer lo mismo con los seres humanos, especial­mente con los niños muy pequeños, pero son recha­zados por los ruidos destemplados de las maqui­narias, por los olores de los insecticidas y por los vapores alcohólicos, y muy especialmente por las formas astrales de cólera y por las ideas-forma de maldad, usurpación o asesinato.

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Los Elementales de los pinares, salvo en las difíciles excepciones en que alguno de ellos entre en relación y brinde obediencia a un humano, no se alejan jamás de 1m área restringida, normalmente alrededor de un árbol cada grupo y de un bosque todos juntos.

Su forma de sociedad es semejante a una Teo­cracia, pues cada grupo tiene un monarca, pero éste cumple con funciones que podríamos llamar religiosas y su mandato no emana de elecciones ni consensos sino de la Gracia otorgada por el Espí­ritu, Genio o Totem de la tribu.

El sistema de gobierno es absolutamente natu­ral, o sea piramidal y popular. una jerarquía ina­movible, proba, ejemplar, que trabaja y se preo­cupa más por su pueblo que por sí misma, no negando sus atenciones a nadie. Los pocos culpa­bles por faltar a la observación de esta ley milena­ria de la costumbre tradicional, son apresados, amonestados y puestos a trabajar en tareas vigila­das hasta que poco a poco se reintegran a una comunidad que no les recordará jamás sus delitos, si así podemos llamar a lo que más bien parecen simples olvidos o productos de interferencias psico­lógicas que tan sólo hallarían en lo humano para­lelo con algunas formas de locura obsesiva no peligrosa.

El rey es el rey como el agua es el agua y la Luna es la Luna. A ningún Elemental se le ocurri­ría discutir eso o ponerlo en duda. No teniendo una mente como la nuestra, no conciben los cambios ni las revoluciones. Están sanamente contentos con lo que conocen y, por las dudas, no aspiran a conocer nada más.

Muchas veces, reflexionando sobre ellos, me ha sorprendido la inmensa sabiduría mi­lenaria de sus sistemas y lo grandemente constructi­vos que son para el Plan de la Naturaleza, y las muchas bondades que otorgan sin esperar por ello recompensa alguna, ni concebir siquiera una forma de pago por su dación al todo. Si a veces sienten inclinación por alguna golosina o por la presencia de algún humano que los haya encantado, no tie­nen en su sentimiento ningún afán posesivo ni pasión alguna; simplemente se acercan a ellos como el caminante se acerca a un fuego, a veces más por curiosidad y por la busca de un dulce y suave placer que por otra cosa.

Los Elementales tienen sus secretos, equivalen­tes a nuestros secretos de Estado, y no sé por qué el rey “es el rey ni por qué sus ayudantes son elegi­dos por él de entre los muchos del grupo. Sí sé que el conjunto los respeta definitivamente y que, a su manera, pueden dar mil razones de la mayor mag­nitud de sus gobernantes… Pero no de dónde ellos provienen.

Se reúnen en periódicas asambleas, en noches de Luna llena, en las que forman verdaderas comi­siones de trabajo, se mantienen informados de la marcha de toda la comunidad, de quiénes murieron y quiénes nacieron y de cualquier otra novedad, todo con un espíritu de gran paz y experiencia, como quien realiza un rito millones de veces repetido.

Aunque todos parecen iguales y no conozco escuelas que los diferencien, algunos son más sabios que otros en determinados temas y mutua­mente se consultan. Se atienden. Se ayudan. Ante un humano aceptado por ellos, le llevarán de uno a otro para tratar de contestar sus preguntas ante las que hay que estar siempre preparado para lentísi­mas y fraccionarias respuestas que luego habrá que encajar unas con’ otras, para lo cual los Elementa­les parecen totalmente incapaces.

El humano que haya logrado entrar en su encantamiento y se haya hecho amigo de uno de ellos, se convertirá automáticamente en su amo, pues otra forma de relación que el mando y la obe­diencia no entienden. Su mismo sentido de compa­ñerismo entre ellos no es más que el compartir determinadas ordenanzas y deberes, obligaciones y derechos. Así, obedecerán al humano mientras éste a su vez respete sus naturalezas y no les obligue a hacer nada que esté en contra de sus costumbres y aceptaciones.

En estos casos, se esfuerzan muchísimo en ser útiles y hasta llegan a materializarse puntualmente para hacer sonar fuertemente una puerta o golpear un mueble, adelantando la llegada de su amo a su casa, por ejemplo. Es tan armónica la forma de sociedad que mantienen que, cuando por excepción, alguno de ellos está bajo la influen­cia de un humano, otros le hacen sus trabajos pen­dientes y le ayudan en todo lo posible a que cumpla bien su nueva tarea. De alguna manera es para todos una inocente y dulce alegría que alguien del Reino Humano, al que admiran mucho, se com­porte benéfica y respetuosamente con alguno de ellos.

Cada uno tiene un nombre y por él se recono­cen, aunque por razones rituales lo cambian periódicamente.

De sus respuestas se extrae que son muy conocedores de todas las ciencias naturales, incluyendo la medicina y la astrología. Pero su sapiencia es heredada, práctica, y no sabrían teorizar sobre los fenómenos registrados y evidentes. Llevan el Arte intrínsecamente y gustan de bailar y hacer Sonar rústicos instrumentos astrales, así como de combi­nar las vibraciones que nosotros reconocemos como colores una vez plasmadas en las cortezas, las hojas y las raíces.

Ya narraremos algunas labores de otras varie­dades de Elementales.

La religión de los Elementales que habitan los pinos es una forma de Naturalismo que se centra en el culto al Espíritu del árbol que los cobija; a El hacen ofrendas de danzas y de aportes de energía astral y energética. Como sumo sacerdote actúa el rey, pero todos participan de manera activa, no debiendo entender al rey-sacerdote como un inter­mediario sino como un maestro de'” ceremonias.

Tienen sus épocas para estos cultos, así como tie­nen épocas pata nacer y épocas para morir. Una sola alarma, que yo sepa, los congrega a deshora, y es la aparición sobre la superficie de la tierra de unos enormes monstruos Elementales que habitan en las profundidades, y que estirando una trompa succionadora los tragan, alimentándose aparente­mente de ellos, en gran cantidad. No he registrado medios de defensa contra la amenaza, sino la sim­ple evasión y prevención.

Un árbol no muere hasta que no muere su raíz. Cuando ello. ocurre, sus Elementales servidores y devotos hacen una compleja ceremonia para trasplan­tar el Genio o Espíritu del árbol -que fuera de su con­tenido material, asume en los pinos una extraña forma alta, alargada y casi humanoide- a una semilla o retoño.

Todo el pueblo, ayudado por los demás pueblos Elementales del bosque, si los hubiese, ayudarán en la ímproba tarea de que el nuevo árbol crezca sano y libre de plagas, depredacio­nes e incendios. Cuando llegue a un cierto número de años y cobre una forma adulta, lo convertirán en el Centro Religioso del grupo, y el ciclo recomienza.

Más allá de este totemismo que a los humanos puede parecer estrecho, los Elementales tienen una sensación religiosa superior, como de Algo que fuese el Dios del Árbol y del Universo todo, al que ven como un inmenso árbol cuajado de estrellas, coincidiendo misteriosamente con las tradiciones del Árbol Luminoso que aún recogen el Cristia­nismo, el Brahmanismo y los cabalistas hebreos. Pero evitan referirse a Ello demostrando una pru­dencia y practicidad mística de la cual los humanos suelen estar desprovistos.

Así, supervivencia individual, Sociedad, Reli­gión y esbozo de Estado, se funden en una sola forma, o mejor dicho, sentido de vivir, sin mayor conciencia de la inmortalidad, pero no concibiendo la muerte como nada definitivo sino como una expresión más de los ciclos de la Naturaleza inexo­rable y, dentro de sus alcances, inmutable.


Continuará…

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