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Apuntes de un Apéndice Editorial

Subba Row, en su artículo: “Las Enseñanzas Esotéricas Aria-Arhats sobre el Principio Septenario del Ser Humano”, impreso en el “Theosophist” de Enero de 1882, enuncio ciertas declaraciones; acerca de las cuales H. P. B. agregó unos comentarios titulados: “Apuntes de un Apéndice Editorial”, que insertó al final del artículo mencionado. A cada uno de estos cinco apuntes de H. P. B. lo antecede, entre paréntesis, la declaración de Subba Row a la cual se refiere.





[Subba Row: ahora bien, es extremadamente difícil determinar si los tibetanos derivaron su doctrina de los antiguos Rishis de la India o si los brahamanes antiguos aprendieron su ciencia oculta de los adeptos del Tíbet o, también, si los adeptos de ambos países profesaron, originalmente, la misma doctrina, derivándola de una fuente común. ]


n esta coyuntura, vale la pena encauzar la atención del lector al hecho de que: el país que los chinos llaman “Si-dzang” y los geógrafos occidentales, Tíbet, es mencionado en los libros más antiguos preservados en la provincia de Fo-kien (el centro principal de los aborígenes chinos), como el gran asiento de aprendizaje oculto de las eras arcaicas.

Según estos archivos, ahí habitaron los “Maestros de Luz”, los “Hijos de la Sabiduría” y los “Hermanos del Sol.” Según se estima, el Emperador Yu el “Magno” (2207 A. de C.) un místico piadoso, obtuvo de Sidzang su sabiduría oculta y el sistema de teocracia que estableció, la autoridad temporal.

Este sistema era idéntico al que encontramos entre los egipcios y los caldeos antiguos y sabemos que existía en el período brahmánico indo y ahora es vigente en el Tíbet; es decir: todo el saber y el poder, tanto temporal como la sabiduría secreta, se concentraban dentro de la jerarquía de sacerdotes y estaban circunscritos a su casta.

Actualmente, ningún etnógrafo puede contestar, correctamente, a la interrogante: ¿Quiénes eran los aborígenes del Tíbet? Todo lo que sabemos de ellos es que practican la religión Bhon, su secta precede y se opone al budismo y se aglomeran, principalmente, en la provincia de Kam. Aun esto justificaría la suposición de que son los descendientes muy degenerados de antepasados poderosos y sabios.

Su tipo étnico muestra que no son turanios puros y, según algunas declaraciones, sus ritos, ahora los de la hechicería, de los encantamientos y del culto de la naturaleza, son más el eco de los ritos babilonios, como se observa en los archivos preservados de los cilindros exhumados, que de de las practicas religiosas de la secta china Tao-sse, (una religión basada en la razón pura y la espiritualidad).

Por lo general, casi no se hace distinción entre los Bhons y las dos sectas budistas rivales de los casquetes Amarillos y Rojos, aun por parte de los misioneros de Kyelang que se entremezclan con esta gente en las fronteras del Lahoul británico; aunque deberían tener más discernimiento.


Los Casquetes rojos Rojos se han opuesto a la reforma de Tzong-ka-pa desde el principio, adhiriéndose siempre al antiguo budismo que ahora se ha entreverado con las prácticas bhons. Si nuestros orientalistas tuviesen más conocimiento acerca de ellos y compararan el antiguo culto de Bel o Baal babilonio con los ritos de los bhons, descubrirían un nexo innegable entre los dos. Aquí no viene al caso empezar una argumentación para probar que el origen de los aborígenes del Tíbet esta relacionado con una de las tres grandes razas que se sucedieron en Babilonia, ya sea que las llamemos akadios (términos inventados por F. Lenormant) o los turianos primitivos caldeos y asirios. A pesar de todo, es plausible llamar caldeo-tibetana a la doctrina esotérica trans-himalayica.

Además, al tener presente que los Vedas procedieron, según todas las tradiciones, del lago Manssorowa, en Tíbet y que los mismos brahmines venían del norte lejano, estamos justificados a considerar a las doctrinas esotéricas de todas las poblaciones que las tuvieron o aún las tienen, como procedentes de la misma única fuente. Por ende podemos llamarla: la doctrina “Aria-Caldea-Tibetana” o la Religión SABIDURÍA Universal.

“Busquen la Palabra Perdida entre los hierofantes de la Tartaria, la China y el Tíbet”, aconsejaba Swedenborg, el vidente.

Monasterio budista sobre Shigatsé.

El mayor monasterio Gelugpa en la región de Tsang se encuentra en Shigatsé, la segunda ciudad del Tíbet. Aquí se ubica el monasterio Tashilumpo, la sede tradicional del Panchen Lama, el segundo más alto linaje tulku del rango en la jerarquía budista tibetana Gelugpa, después de el Dalai Lama y fue creada por Gedun Drup, un discípulo de Tsongkhapa, el fundador de la secta Gelungpa. (Gedun Drup más tarde fue reconocido como el primer Dalai Lama.)

El monasterio fue construido antes del 1447 y ampliado continuamente por el Panchen Lama. La escuela Ngagpa (Colegio Tántrico), una de sus cuatro universidades monásticas, fue la residencia permanente de los Panchen Lamas. La imagen más impresionante que se puede ver en el interior de este monasterio es la estatua del gigante Maitreya (el futuro Buda) construido por el 9 º Panchen Lama en 1914, y tardando cuatro años en su construcción.


Mapa con la ubicación de Shigatsé o Xigazê, situado en el Tíbet central, es el centro de una pequeña pero densamente poblada planicie fluvial cerca del río Yarlung Zangbo (Brahmaputra).





[Subba Row: su aserción en “Isis sin Velo”, según la cual el sánscrito era el idioma de los habitantes de dicho continente (Atlántida), puede inducirnos a suponer que, probablemente, los Vedas se originaron ahí; ¿dónde más podría ser el lugar nativo del esoterismo ario?]


osotros decimos que no es necesariamente así. Los Vedas, el brahmanismo y el sánscrito fueron importados a lo que hoy consideramos la India. Jamás fueron oriundos de ahí. Hubo un tiempo en que las naciones antiguas occidentales incluían, bajo el nombre genérico de India, a muchos países asiáticos que ahora tienen otros nombres. Existía una India superior, inferior y occidental aun durante el periodo relativamente reciente de Alejandro y, en algunos clásicos antiguos, a la Persia o Irán, se le llama India occidental. Ellos consideraban que los países cuyos nombres eran Tíbet, Mongolia y Gran Tartaria eran parte de la India.

Por lo tanto: cuando decimos que la India ha civilizado al mundo y había sido el Alma Madre de las civilizaciones, las artes y las ciencias de todas las naciones (incluyendo Babilonia y, quizá, también Egipto, nos referimos a la India arcaica y prehistórica. La India del período en el que el gran desierto de Gobi era un mar y la “Atlántida” perdida formaba parte de un continente ininterrumpido que empezaba en los himalayas, extendiéndose a lo largo de la India del sur, Ceilán, Java hasta la lejana Tanzania.

Rishis, los “videntes” de la antigua India.

Fueron los progenitores de los linajes tántricos que floreció en el Tíbet a partir del siglo séptimo. Con barba y pelo largo y vestido con pieles de animales o envolturas, estos adeptos del sendero tántrico representan un estado liberado más allá de las normas sociales y no comprometido por las posesiones materiales. En varias de las figuras se les ve usando el “cinturón de la meditación” que se cruzan en sus hombros.


En el camino del Dzogchen, la mente se ve directamente en su naturaleza esencial, reconociendo en ella que no es diferente de la mente de Buda.





[Subba Row: …los antiguos adeptos de la India aprendieron el conocimiento de los poderes ocultos de la naturaleza que poseían los habitantes de la Atlántida perdida y lo integraron a la doctrina esotérica que los residentes de la Isla sagrada enseñaban.]


ara dirimir estas cuestiones tan debatidas, se debe examinar y estudiar los sagrados anales históricos chinos, un pueblo cuyo origen se remonta casi a 4600 años (2697 A. de C.) Se debería confiar en los archivos de esta población tan meticulosa; ya que anticiparon, conocían y usaban, millares de años antes de que los europeos volvieran a descubrirlas, algunas de las invenciones europeas más importantes, de las cuales la ciencia moderna tanto se ufana, véase: la brújula, la pólvora, la porcelana, el papel, la estampa, etc.

A partir de Lao-tze, hasta Hiouen-Thsang, su literatura está salpicada de alusiones y referencias a esa isla y a la sabiduría de los adeptos himaláyicos. En: “La Cadena de las Escrituras Budistas de los Chinos”, escrito por el Rev. Samuel Beal, se encuentra un capitulo sobre “La Escuela Budista Tian-Ta’I”, que nuestros opositores deberían leer.

El autor traduce las reglas de la escuela y secta china más celebrada y sagrada, fundada por Chin-che-Khae, llamado Che-chay (el sabio), en el año 575 de nuestra era. Sin embargo, el autor y traductor pone, justamente, un signo de interrogación al final de la siguiente frase: “Eso que se refiere al atuendo (inconsútil) de los Grandes Maestros de las Montañas Nevadas, la escuela de los Haimavatas” (pag. 256) Los datos estadísticos de la escuela de los “Haimavatas” o de nuestra Hermandad Himaláyica, no son localizables en los archivos Generales del Censo de la India. Además, Beal traduce una regla que se refiere a: “los grandes instructores del orden superior, los cuales viven en las anfractuosidades de las montañas, remotas para los seres humanos”, los Aranyakas o ermitaños.

Así, con respecto a las tradiciones referentes a esta isla y aparte de los archivos que para (ellos) son históricos y se preservan en los Libros Sagrados chinos y tibetanos, la leyenda sigue vigente entre las poblaciones del Tíbet. La hermosa isla ya desapareció, sin embargo, el país donde en un tiempo prospero aun existe y el lugar es consabido por algunos de los “grandes maestros de las montañas nevadas”, a pesar de que el tremendo cataclismo dejó la topografía del territorio alterada e imbricada. Según se cree, cada séptimo año, estos maestros se reúnen en Sham-cha-lo, la “tierra feliz” y la creencia general la sitúa en la parte norte occidental del Tíbet.

Algunos la colocan en las regiones centrales inexploradas, inaccesibles hasta para las intrépidas tribus nómadas; mientras otros la ponen en el sur y en el norte, entre la cadena de las montañas Gangdisri y el margen septentrional del desierto de Gobi, mientras al occidente y oriente hay las regiones más pobladas de Khoondooz y Kashmir, de Gya-Pheling (la India británica) y la China, proporcionando a la mente curiosa una latitud muy amplia para ubicarla. Otros más la sitúan entre Namur Nur y las montañas Kuen-Lun; sin embargo, todos creen, firmemente, en Scham-bha-la y hablan de ella como una tierra fértil y maravillosa. En un tiempo era una isla, mientras hoy es un oasis de belleza sin paralelo; el lugar donde se congregan los herederos de la sabiduría esotérica de los habitantes similares a los dioses de la Isla legendaria.

En relación con la leyenda arcaica del Mar Asiático y el Continente Atlántico, no es, quizá, provechoso notar un hecho que todos los geólogos modernos conocen, que las vertientes himaláyicas proporcionan una prueba geográfica que la sustancia de estas cumbres elevadas, en un tiempo era parte de un estrato oceánico.

Canción de Shambhala”  Nicholas Roerich (1943)

Tempera on canvas. 79 x 137 cm. Museo Estatal de Arte Oriental, Moscú.




[Subba Row: Según usted, en casos donde las tendencias mentales de un ser humano son completamente materiales y todas las aspiraciones y los pensamientos espirituales están ausentes de su mente, el séptimo principio lo deja antes de la muerte o en el momento del fallecimiento y el sexto principio desaparece con el séptimo. Aquí, la mera proposición de que las tendencias mentales del individuo en cuestión son completamente materiales, sobreentiende la aserción de que en él no hay inteligencia espiritual o Ego espiritual. Usted hubiera debido decir que cada vez que la inteligencia espiritual cesa de existir en cualquier individuo particular, el séptimo principio deja de existir completamente para el individuo en cuestión. Es obvio que no va a ningún lugar; ya que jamás puede haber algo análogo a un cambio de posición en el caso de Brahamam.]


s cierto, desde el punto de vista del Esoterismo ario y de los Upanishads; pero hay una divergencia en el caso de la doctrina esotérica Arhat o tibetana. Según nuestro conocimiento, este es el único punto en la que las dos enseñanzas discrepan. Sin embargo, la diferencia es muy insignificante; ya que estriba sólo en los dos distintos métodos de considerar la misma cosa desde dos aspectos diferentes.

Ya indicamos que: según nosotros, la diferencia entre la filosofía budista y vedanta consiste en que la primera era un tipo de Vedantismo Racionalista y la segunda puede considerarse como Budismo Trascendental. Si el esoterismo ario atribuye el término jivatama al séptimo principio, el espíritu puro e inherentemente inconsciente, es porque la filosofía Vedanta, al postular tres clases de existencias (1) paramarthika (la verdadera y única real), (2) vyavaharika (la practica) y (3) pratibhasika (la vida aparente o ilusoria), considera la primera vida o jiva la unica verdaderamente existente.


Bramha o el Ser de un individuo, es su único representante en el universo, siendo la Vida universal completa, mientras las otras dos son sólo sus “apariencias fenoménicas”, imaginadas y creadas por la ignorancia y por las ilusiones totales que nuestros sentidos ciegos nos sugieren. En cambio: los budistas niegan, ya sea la realidad subjetiva u objetiva, incluyendo la Existencia del Ser uno. Buda declara que no hay Creador ni ser Absoluto. El racionalismo budista se había percatado de la dificultad insuperable para admitir una conciencia absoluta; ya que, en las palabras de Flint: “Dondequiera que hay conciencia, hay relación y dondequiera que hay relación, hay dualismo.


La vida Una es “Mukta” (absoluta e incondicionada), sin nexo con nada y nadie o es “Baddha” (vinculada y condicionada); entonces no se le puede llamar el Absoluto. Además: la condicionada necesita otra deidad tan poderosa como la primera para explicar todo el mal en este mundo. Por lo tanto: la doctrina secreta Arahat, acerca de la cosmogonía, admite sólo un absoluto, indestructible, eterno y una Incosciencia increada (por traducirla de alguna forma), de un elemento (por falta de un mejor término), absolutamente independiente de cualquier otra cosa en el universo. Un algo omnipresente o ubicuo, una Presencia que siempre ha sido, es y será; ya sea que haya un Dios, dioses o nadie y a pesar de que haya un universo o ningún universo; ya que existe durante los ciclos eternos de los Maha Yugas, los Pralayas y los períodos de Manvantara.


Este es el Espacio, el campo para la operación de las Fuerzas eternas y de la Ley natural, la base (como lo define justamente nuestro corresponsal) sobre la cual tienen lugar las eternas intercorrelaciones de Akasa-Prakriti, guiadas por las pulsaciones regulares e inconscientes de Sakti, el aliento o poder de una deidad consciente, según los teístas y la energía eterna de una Ley perenne e inconsciente, según los budistas. Entonces: el Espacio o “Fan, Bar-nang” (Maha Sunyata) o como lo define Lao-tze: “Vacío”, es la naturaleza del Absoluto budista. (véase: “La Alabanza Al Abismo”, de Confucio). Por lo tanto: Los Arahats jamás podrían atribuir la palabra jiva, al Séptimo Principio; ya que es sólo mediante su correlación o contacto con la materia que Fohat (la energía activa budista) puede desarrollar la vida consciente activa.

Con respecto a la pregunta: “¿Cómo puede la Inconsciencia generar la conciencia?”, contestaremos: “Fue la semilla que generó a un Bacon o a un Newton autoconscientes?”





[Subba Row: Por lo general, nuestros filósofos atribuyen el término Jivatma al séptimo principio cuando se le distingue de Paramatma o Parabrahamam.]


sí, el Parabrahmam impersonal es fundido o separado en un “jivatma” personal o el dios personal de toda criatura humana. Nuevamente, ésta es una diferencia precisada por la creencia brahmánica en un Dios, ya sea personal o impersonal; mientras los Arahats budistas, rechazando tal idea completamente, no reconocen otra deidad separada del ser humano.

En el caso de nuestros lectores europeos, quizá engañados por la similaridad fonética, no deben pensar que el nombre “Brahmán” es idéntico, en esta coyuntura, con Brahma o Iswara, el Dios personal. Los “Upanishads”, las escrituras vedantas, no hacen mención de tal Dios y uno buscaría en vano, en ellas, algunas alusión a una deidad consciente. Brahmam o Parabrahm, el Absoluto de los vedantinos, es neutro e inconsciente, inconexo con el Brahma masculino de la Tríada hindú o Trimurti. Según la creencia correcta de algunos orientalistas, el nombre deriva del verbo “Brih”, crecer o incrementar y ser, en este caso, la fuerza universal expansiva de la naturaleza, el principio o poder vivificante y espiritual que penetra el universo y que, en su colectividad, es la Absoluteza una, la Vida una y la única Realidad.

Continuará


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El Tíbet Antiguo (I)

a amplia meseta tibetana, de más de 750.000 kilómetros cuadrados, tiene una altitud promedio de 3.900 metros sobre el nivel del mar. Está rodeada de montañas y es casi inaccesible. Al contrario de la opinión corriente que supone una región siempre cubierta de nieves, el Tíbet se distingue por su clima continental muy seco: es relativamente caluroso en verano y muy frío en invierno, con grandes tormentas eléctricas, pero escasas precipitaciones en forma de lluvias o nieve.

El Tíbet se encuentra rodeado por elevadas cordilleras montañosas. Al sur, los Himalayas, con los picos más altos del mundo, lo separan de la India, Nepal, Bhutan y Mianamar. Al oeste los Karakoram, de Kachemira, Pakistán y la U.R.S.S.; al norte, los Kunlums de la China continental.

El Tíbet es también la fuente de los ríos más importantes del Asia, como el Brahmaputra, el Indio, el Salween, el Ganges, el Yangtze, el Río Amarillo y el Mekong.


Este carácter de encierro y gran altura parece estar muy en relación con la cultura que se desarrolló en las tierras de los lamas. Sin embargo, no es la geografía el único factor determinante de las costumbres de este pueblo. Los escasos registros nos hablan de una vida muy vinculada a lo espiritual, introspectiva e influida fundamentalmente por el budismo originario de la India y el aporte racial y de costumbres provenientes de Mongolia y China.

Si bien la historia oficial del Tíbet es relativamente reciente-el propio Dalai Lama la hace partir desde dos mil años atrás-, existen restos arqueológicos y tradiciones que hablan sobre un glorioso pasado que se hunde en las brumas de la Prehistoria. Muy pocos datos históricos existen sobre la vida que se desarrolló allá a través de esos milenios.



¿Una civilización milenaria?

l registro histórico nos remite a crónicas tibetanas del siglo VII, que hablan de una federación política de principados, por su parte, el último Dalai Lama menciona como primer rey a Nya Tri Tsenpo, en el año 127 después de Cristo. Sin embargo, en el siglo XIX un explorador ruso, el general N. M. Przewalsky, encontró las ruinas de dos inmensas ciudades, la más antigua de las cuales, según la tradición local, fue destruida hace más de tres mil años por un héroe gigante, habiéndolo sido la otra por los mongoles en el siglo X de nuestra era.

El siguiente es el relato sorprendente de Przewalsky, quien, al referirse a restos descubiertos al norte del Tíbet, en la cuenca del Tarim, no habla precisamente de vestigios de “pueblos primitivos”.


“El emplazamiento de ambas ciudades hállase cubierto ahora, por virtud de las arenas movedizas y el viento del desierto, de reliquias extrañas y heterogéneas; fragmentos de porcelana, utensilios de cocina y huesos humanos. Los indígenas encuentran con frecuencia monedas de cobre y de oro, lingotes de plata fundida, diamantes y turquesas, y, lo que es todavía más notable, vidrio roto…Ataúdes de un material o madera incorruptible también, donde se encuentran cuerpos embalsamados y conservados admirablemente…Las momias de los hombres revelan individuos de una estatura y robustez extraordinarias, y con ondeadas cabelleras…Se encontró una bóveda con doce cadáveres.

Otra vez en un ataúd separado, encontramos el de una muchacha. Sus ojos estaban cerrados con discos de oro, y sus mandíbulas fuertemente sujetas por un aro de oro que le cogía la barba hasta la parte superior de la cabeza. Estaba vestida con túnica de lana, ceñida, tenía el pecho cubierto de estrellas de oro y los pies desnudos.”

A esto añade el viajero que durante todo el camino a lo largo del río Cherchen, llegaron a sus oídos leyendas referentes a veintitrés ciudades sepultadas hace mucho tiempo por las arenas movedizas del desierto. La misma tradición existe en el Lob-nor y en el oasis de Kenya.

Las huellas de tal civilización juntamente con estas y parecidas tradiciones dan derecho a conceder crédito a otras leyendas, autorizadas por indios y mongoles educados y eruditos, que hablan de inmensas bibliotecas salvadas de las arenas, y de otros varios restos de un antiguo “saber mágico”, todo lo cual se hallaría depositado en lugares secretos.

Estos descubrimientos de Przewalsky, junto con otros, como los del sueco Sven Hedin, que halló otra ciudad aparentemente abandonada antes de la llegada de los misioneros mahometanos en el siglo VII, hicieron afirmar a la investigadora rusa H. B. Blavatsky que se trata de “las huellas de una civilización inmensa, indudablemente prehistórica”. Presume luego la misma autora que esta civilización ha de haber contado con obras literarias y un saber inmemorial. En el párrafo sobre literatura tibetana nos referiremos a estos textos.

De acuerdo a tales hallazgos, no sería exactamente la India, como algunos creen, la que alimento culturalmente al Tíbet. De acuerdo a las tradiciones tibetanas, hubo desde muy antiguo centros de formación espiritual en este “techo del mundo”. Algunos eruditos sostienen que existía intercambio entre ambas culturas y que las dos recibieron el aporte ario proveniente del Asia central.


Dejando para investigadores y arqueólogos del futuro la dilucidación de estos misterios, saboreemos por ahora las verdades que puedan contener las tradiciones al respecto. Éstas hablan acerca de un budismo anterior a Siddharta Gautama (S. V antes de C.), del cual este avatar (envíado) había sido sólo un representante. Según dicho budismo primitivo, el conocimiento adquirido, a través del proceso de la “iluminación” y del despertar de una capacidad humana de intuición superior denominada budhi, había sido celosamente guardado en las criptas tibetanas por la llamada Logia Blanca.

Esta fraternidad o jerarquía, de acuerdo a las tradiciones, ha venido velando por el desenvolvimiento del mundo y contempla conflictos humanos de todo tipo como “juegos de niños”, aunque a veces muy peligrosos, como son actualmente ciertas aplicaciones atómicas de la doctrina de Demócrito.

Desgraciadamente, sobre estos “ancianos” (ancianos en cuanto a experiencia vital) existe gran cantidad de versiones de dudosa seriedad, como es el caso de las proporcionadas por el novelista inglés Lobsang Rampa, que llega al atrevimiento de presentarse como “reencarnación” consciente de un lama tibetano.

Sin embargo, hay textos tibetanos, como el Libro de Dzyan y el Bardo Todol-bastante coincidente con los Vedas de la India, el primero, y con el tratado egipcio De la Oculta Morada, el segundo-, que contienen teorías sobre el origen del cosmos, conocimientos de numerología y un pensamiento metafísico elaborado y antiguo.

El lenguaje por ellos utilizado habría sido el senzar, más antiguo que el sánscrito, cuyo origen atribuyen a la divinidad, como un aporte de seres superiores a la evolución humana.


Durante siglos el misterioso reino budista del Tíbet, encerrado tras las más altas montañas, ha atraído como un imán la imaginación de los occidentales. Qué tiene, por qué ha fascinado siempre tanto el Tíbet?

“Los hombres de hoy obligados a abandonar sus sueños, incompatibles con su existencia prosaica los trasladan a regiones ideales más en armonía con ellos y el Tíbet presenta todos los caracteres de las tierras maravillosas descritas en los cuentos…”

“Cómo explicar el poder magnético del Tíbet? Ninguna descripción puede dar idea de la serena majestad, de la grandeza, del encanto hechicero de los paisajes tibetanos.” _Alexandra David-Neel.


Religión prebúdica del Tíbet

e lo poco que se conoce del Tíbet, una de las cosas que han llegado al conocimiento de Occidente es el tantrismo tibetano. Al efectuar un estudio comparado de las diversas corrientes que confluyeron en la religiosidad de este pueblo, aparece éste como la búsqueda de una cosmovisión o explicación del cosmos, muy vinculada a los aspectos fenoménicos, lo cual hace pensar que se trata de un resto bastante deformado moralmente de la magia primitiva.

Otra vertiente de religión tibetana es la de los “bon”, probablemente originaria de Nepal y vinculada a prácticas chamánicas que en algunos casos decayeron en simple hechicería.

Cabe aquí hacer la salvedad de que una es la naturaleza de los núcleos internos de los templos donde se guardaba la tradición del budismo primitivo y muy otra de las diversas sectas. Debió haber habido notables diferencias entre el simple monje que vestía el hábito, asumiendo luego las costumbres de la comunidad de una manera no siempre muy sabia, y el lama iniciado, que por un acto consciente y voluntario se sometía a una serie de estudios y pruebas que lo convertían en “otro”; vale decir, que a través de un proceso pedagógico efectuado mediante ritos llamados angkur, tomaba conciencia de su cuerpo, sus emociones, su mente y sobre el rol que le correspondía desempeñar en el cosmos.

Estos iniciados tienen que haber obrado con un gran sentido de responsabilidad no sólo en relación a sus entorno inmediato, la lamasería, sino también a la humanidad toda y a los seres sensibles en general, ya que se sentían depositarios de una sabiduría que les permitía controlar sus procesos vitales y mentales, no con un fin personal, sino de beneficio común.

Desgraciadamente, casi toda la literatura sobre prácticas y conocimientos religiosos previos al budismo ha llegado hasta nosotros mezclada con este último, que hizo su ingreso durante el siglo VII después de Cristo de manera generalizada, si bien es posible que haya sido llevado algunos siglos antes a través de los Himalayas por los filósofos Nagaryuna y Aryasanga.


Los textos reflejan, sin embargo, ciertas constantes del pensamiento tibetano. Debemos destacar en este punto que el interés de los cronistas antiguos, como el de  muchos  otros pueblos  de la antigüedad, no residía en un relato de carácter cronológico; al presentar los hechos, los enlazaban con elementos míticos que percibían como cargados de sentido trascendente, como cumplimiento de su destino. Es lo que se ha llamado carácter transhistórico de estos pueblos, en oposición al sentido histórico del pensamiento contemporáneo, que se caracteriza por tomar como eje el tiempo, el espacio y lo comprobable por medio de los sentidos y del raciocinio.

Para los antiguos, lo importante era el espacio sagrado y el tiempo sagrado. Mediante los mitos y su puesta en practica a través del rito, sacralizaban el espacio.

Así, sin cuidado les tenia la ubicación del Shangrí-La, el lugar donde los lotos no se cierran jamás; si importaba comprender que en algún lugar del Tíbet existían hombres cuya virtud y clarividencia no se cerraba ante ninguna pasión humana, ante ninguna crisis de ningún estilo. Estos hombres habrían, por así decirlo, superado la etapa humana, transformándose en arhats perfectos.

Esto implicaba que el hombre tenia un destino trascendente, debía arribar algún día a ese Shangrí-La, como lo era para los griegos llegar a la mesa de los dioses en el Olimpo, o para Ulises arribar a su lejana patria, Itaca.


Para muchos orientales, Tíbet es el ombligo del mundo, su centro espiritual, antena de conexión con seres espirituales superiores en evolución. Es el lugar de los yoguis de las montañas blancas, los cuales, protegidos por los Himalayas, desarrollaron características particulares que influyeron en la vida del pueblo que hábito esos alejados lugares. Así, el tibetano no especulo sobre las verdades metafísicas: las vivió. Al pensamiento de la India le quito su dulce y paternal envoltura.

Sus parajes helados no se prestaban para el romanticismo, sino para hacer realidad aquello de que el hombre pende entre el espíritu y la materia, entre el cielo y la tierra, que allí, en el Tíbet, están muy cerca…

También en el Tíbet hubo, indudablemente, poesía, pero no exuberante; sólo para dejar traslucir la belleza propia de las cosas, como lo que escribió el rey Ti Srong, de Tsen.



Los primeros reyes

l último dalai lama, que actualmente reside en la India, luego que su país fuera ocupado por China, menciona el año del tigre de madera (127 después de Cristo) como punto de partida de la historia política del Tíbet. Nya Tri Tsenpo logró la fusión de trece principados, en los cuales vivía una mezcla de mongoles, arios y elementos indígenas.

A este rey lo sucedieron otros cuarenta. Durante los reinados de los primeros veintisiete, la religión bon floreció en el país junto con otras creencias tántricas (prácticas mágicas). Probablemente, como se dijo, hayan sido los filósofos indios Aryasanga y Nagaryuna quienes introdujeron el budismo en los primeros siglos de la era cristiana, pero sólo durante el reinado del vigésimo octavo soberano, Lha-Dho-Ri-Nyen-Tsen, comenzó su propagación generalizada, fuera de las lamaserías, luego que un texto budista llegó a las manos de ese gobernante.

Según algunas versiones, arysanga habría fundado un monasterio y predicado el budismo en el Tíbet.

El trigésimo tercer rey, Song-Tseng-Gampo, fue realmente el primer soberano budista. Sobre él contamos con más datos. Nació en el año del toro de tierra (629 después de Cristo o 1109 después de Buda); durante su juventud mandó a su primer ministro Thonmis-Sam-Bhota a estudiar a la India. De regreso a su patria, el funcionario esbozó el actual alfabeto tibetano.

Song-Tsen-Gampo, por su parte, reformó las costumbres espirituales y materiales, formulando diez reglas para los servicios religiosos y dieciséis para la conducta pública.


Muchos templos, incluidos el de Jokhang en Lhasa, la capital, fueron construidos durante su administración y se comenzó a edificar el Potala, palacio de gobierno. Además de sus tres mujeres tibetanas-pues estos reyes no eran cébiles como lo fueron luego los Dalai Lama-, desposó con una princesa china y con otra de Nepal.

Quizás a instancias de éstas se trajeron dos imágenes de Buda de esos países, delante de las cuales oró el último Dalai Lama a la edad de cuatro años, según él mismo relata.

Durante el reinado de Song-Tsen-gampo, el Tíbet contemplo su sabiduría espiritual con la religión budista y junto con ésta incorporó una serie de  oficios hasta entonces desconocidos, mejorando notablemente su economía hacia fines del siglo VII después de Cristo.

En próximos capítulos se desarrollaran otros aspectos de la vida de este pueblo que habitó el techo del mundo, como la medicina, la agricultura, el arte. Los registros sobre ellos son posteriores al ingreso del budismo, por lo cual los hemos dejado para más adelante, para no caer en anacronismos.



Literatura tibetana prebudista

a lengua tibetana se usa en todo el territorio tibetano propiamente dicho; en las regiones fronterizas se hablan dialectos híbridos, mezcla de tibetano con las diversas lenguas de los países limítrofes.

La lengua tibetana está clasificada por los filólogos en la familia de las lenguas tibeto-birmanas; su estructura es mixta, aglutinante y monosilábica, y refleja las diversas culturas subyacentes en el Tíbet.

La investigadora rusa Helena Petrovna Blavatsky rescató en el siglo XIX uno de los manuscritos más antiguos que se conocen en el mundo. Se trata de las estancias del Dzyan, escrito en hojas de palmeras tratadas en forma especial para hacerlas indestructibles a través del tiempo. La obra relata los esfuerzos de las grandes inteligencias rectoras del universo para crear el macrocosmos y, dentro de él, ese microcosmos que es el hombre.

Se desconoce cuando fue escrita esta obra, guardándose el mismo secreto con respecto a su autor. Las frases son escuetas y la poesía esta ausente; sin embargo, aparece traspasada por un halito de misterio y verdad que va más allá de la simple poesía o narración.

Su primera estancia o capítulo se inicia con las siguientes palabras:

“El eterno Padre, envuelto en sus siempre invisibles vestiduras, había dormitado una vez más por siete eternidades.

El tiempo no existía, pues yacía dormido en el seno infinito de la duración.”


El Bardo Todol (oculta morada), traducido por el Lama Kasi Dawa-Samdup, es un tratado referente a las etapas por las que va pasando la conciencia del hombre al morir, en una clave de interpretación, y las etapas del alma en busca de la inmortalidad, la otra. Las versiones que se conocen en Occidente distan bastante de los originales y están fuertemente mutiladas.

Este tratado recoge enseñanzas sobre ritual funerario, anteriores al budismo; narra el pasaje del alma a su mansión celeste, en la que permanecerá más o menos tiempo. La obra dice que hay que aprender a morir y que, en vida, hay que conocer los laberínticos pasajes de la psiquis de cada uno para poder dominar el pavor ante lo desconocido y la soledad de la muerte. La conciencia, atrapada por la ilusión, teme a las vicisitudes de la vida y la muerte: en la obra se dice:

“Aparte de las propias alucinaciones, en realidad fuera de uno mismo no existen tales cosas como Señor de la muerte, o dios o demonio.”

Las frases contenidas en esta obra formaban parte del ritual chod, un drama místico que se representaba mientras se guiaba al alma por los senderos de ultratumba mediante un actor humano que convocaba las distintas presencias espirituales a que ayudaran al candidato.

El escenario escogido para realizar el rito era generalmente algún sitio terrible y salvaje, a menudo sobre montañas nevadas de doce mil o quince mil pies de altura o en la solitaria selva. Antes de juzgar apto al novicio y de permitirle cumplir el rito síquicamente peligroso, se requerían largos períodos de preparación bajo la supervisión de un maestro chod.


El ritual consta de danzas sobre una pista geométrica de baile, apropiadas palabras mántricas que se entonan, al igual, al ritmo de un tambor llamado damaru, alternado con el sonido de la trompeta evocadora de espíritus. Debe también conocerse el modo correcto de armar la tienda simbólica y de emplear el dorje, la campana y los diversos objetos complementarios.

Al principio, se orienta al celebrante para que visualice a la diosa de la sabiduría que-todo-lo-realiza, por cuya voluntad oculta recibe el poder místico. Luego se hace sonar  la trompeta, invocando a los gurús y a las diferentes órdenes de seres espirituales, y empieza la danza ritual, con la mente y energía consagradas por entero a comprender el supremo misterio. Luego siguen capítulos relativos a los fenómenos síquicos resultantes, tiempo de celebración, importancia de las imágenes mentales, visualización del esqueleto humano y de la iracunda Dákini, estado mental requerido, aplicación exitosa y meditación final.

Es probable que el rito fuera originalmente poco más que una danza ritual de exorcismo sacrificatorio. Los campesinos tibetanos aún la llaman La danza del demonio del Tigre-Rojo, deidad bon de historia prebudista.


“Lhasa: Situada en la meseta tibetana rodeada por las montañas del Himalaya. Cuenta con una población de alrededor de 250.000 habitantes. Se encuentra a una de altura de 3.650 metros sobre el nivel del mar, en el valle del río Brahmaputra siendo la ciudad más alta de Asia y una de las más altas del mundo.

La ciudad es la sede tradicional de los lamas y lugar donde se encuentran los palacios de Potala, Norbulingka y el Templo de Jokhang, incluidos en el Patrimonio de la Humanidad)[1] y es considerado por el budismo tibetano como el centro más sagrado en el Tíbet.”


Budismo tibetano

as distintas formas de budismo que se desarrollaron en el Tíbet son la síntesis del pensamiento del mahayana y del vajarayana; ambas fueron corrientes dadas en el norte de la India durante el período de mayor transmisión hacía el Tíbet, en los siglos VII al XI. Ambas tradiciones se influyeron recíprocamente.

La primera condensó una gradual comprensión de la doctrina, y la otra, un mayor uso de medios místicos para adquirir una transformación más rápida.

El budismo tibetano ha adoptado y modificado, además, muchos usos y creencias del culto bon, tales como los sacerdotes oraculares, algunas divinidades locales y una noción teocrática del poder.

En general, podemos decir que las diversas escuelas que se iban a desarrollar oscilarían entre el método (místico) y la doctrina (conocimiento para lograr la iluminación), poniendo el énfasis en uno u otro aspecto del sendero hacia la realización suprema.


Otra característica fundamental de la religión tibetana es el tantra, sistema de prácticas que tienden al aprovechamiento, con fines espirituales, del prana, energía de la naturaleza, latente en el hombre hasta que mientras no se la activa.

Al abusar de estos poderes, sin embargo, en algunos casos se resbaló hacia el ritualismo, el formalismo e incluso la grosería. El tantra-de origen indio-se amalgamó con bastante facilidad con los antiguos ritos bon, también de características chamánicas.

El tantra, que no fue muy importante en China ni en Japón, aunque existió en esos países, jugó en el Tíbet un rol importante. El budismo, luego de su introducción al Tíbet  en el siglo VII, sólo a mediados del siguiente siglo, con la llegada de Padmasambhava, un maestro tántrico de la India, comenzó a asimilar las prácticas chamánicas llamadas bon.

Fue en ese momento que los tibetanos decidieron seguir el budismo indio en vez del chino. Una curiosa mezcla de chamanismo, tantrismo y madhyamika indio, gradualmente se convirtió en el coro de los que iba a ser conocido como el lamaísmo, significando la religión de los superiores.

Este auge del budismo recibió un activo entusiasmo de Tri Khri-srong-Ide-btsan, durante cuyo reinado (775-797) el primer monasterio fue construido en Samye. Siete monjes fueron entonces ordenados. Padmasambhava, aureolado de una imagen de poseedor de grandes sidhis (poderes), fue invitado desde la India. A él se le atribuye el hecho de subyugar los espíritus bon y los demonios, y de ponerlos al servicio del budismo.


Kamalaksila, discípulo de otro monje, contemporáneo de Padmasambhava, representó el punto de vista indio en el debate que se dio en el consejo de Samye (792-794) sobre diversas corrientes del budismo, indias y chinas. La corriente india (de acuerdo a un punto de vista ortodoxo) fue proclamada ganadora.

El budismo también entusiasmo a Ral-pakan (815-838), el tercero de los reyes budistas, tras de cuyo asesinato, en 838, sufrió un período de depresión e incluso persecución.

Padmasambhava, que luego alcanzaría un carácter semimítico, y figura en el alma de muchos tibetanos en segundo lugar después de Buda, creó la llamada escuela de los Bonetes Rojos o Rnyng-ma-pá (vieja orden). Al inaugurarla, hizo un llamado a conservar el más puro espíritu de las enseñanzas (siglo VIII). La escuela propició, más adelante, un mayor uso que otras sectas de un grupo de textos redescubiertos, que se decía habían estado escondidos durante el período de la persecución antibudista en el siglo IX.


Rnyng-ma-pá dividía en nueve los estados progresivos de autorrealización espiritual, y los subdividía de acuerdo a los tantras, separándose así de la clasificación tradicional.


Los seis grupos enumerados son:

1) Kriya o ritua;

2) Upa-yoga, convergencia de dos verdades y meditación en las cinco enseñanzas del Buda;

3)Yoga, la evocación de un dios y la identificación del ser con ese dios, a través de la meditación en un mándala (dibujo ritual);

4) Maha-yoga, meditación en los elementos (skandas) de la conciencia humana como las formas divinas;

5) Anu-yoga, iniciación secreta en la presencia del dios y de su consorte, meditación en los espacios vacíos para destruir la ilusión de las cosas, y

6) Ati-yoga, meditación en la unión del dios y de su consorte, hasta alcanzar la experiencia de la bienaventuranza.

Aquellos iniciados en el kriya-tantra demoran siete vidas en obtener el estado de buda; cinco, en el upa-yoga; tres vidas, en el yoga. El maha-yoga permite lograrlo en la próxima existencia; el anu-yoga, al morir, y el ati-yoga en la presente existencia.


En algunas de estas iniciaciones se utilizaban pinturas sagradas, a las que se atribuían poderes mágicos. Están realizadas sobre algodón, seda, papel y pieles de carnero, según ritos antiquísimos, usando unas especies de clichés hechos en los monasterios. Con tales pinturas se esperaba lograr una transferencia mágica. Los lamas pintores trabajaban recitando mantrams de manera continua, y salmodiando trozos de libros sagrados desconocidos para los demás.

Los discípulos iban mezclando los colores, y a veces un ayudante recitaba por él o lo acompañaba. Finalmente, tanto estas pinturas como los bronces eran consagrados en una compleja ceremonia que los cargaba de poderes chamánicos. Esta consagración, llamada ras-tu-gnas-pa, era una verdadera vivificación o encarnación, sobre la materia, de las fuerzas o poderes que se deseaba poseer.

Materializados estos fantásticos objetos, el sacerdote repetía 108 veces una formula que rezaba aproximadamente: “Ningún vicio se cometa; toda virtud debe ser practicada a la perfección; la mente debe ser por completo dominada; ésta es la enseñanza de todos los budas.”

Luego, reafirmando la voluntad de consagrar la imagen, la cubría de flores, la mojaba con agua sagrada y la manipulaba, pronunciando el AUM (¡om!) en tres partes, una de ellas síntesis de las otras dos. Finalmente, la imagen era tapada con una mantilla roja y cubierta de flores. Entonces, la estatuilla “humanizada” y tratada como un neófito, era iniciada en los misterios.

Cuando se trataba de una imagen con cavidades, los ritos finales incluían la colocación de rollitos de papel con escritos mágicos en su interior.

Las últimas aspersiones se hacían sobre la imagen de la estatua reflejada en un espejo también mágico. Muchos de estos espíritus  titulares, representados bajo formas feroces, como protectores, han sido tomados por los occidentales por “diablos”, cuando en realidad eran todo lo contrario.

Algunas de estas deidades eran representadas con sus contrapartes femeninas; Yab-yum o “dios-diosa” era el nombre asignado a la pareja cuando la unión se hacía íntima. No eran pornográficos, sino que significaban el sacrificio de la unidad personal en bien de la unidad total, simbolizada al principio y al fin de los tiempos por la pareja primordial, donde el yo y el tú se conjugan y desaparecen. Una deidad poderosísima, Yamantaka, aparecía a veces en ese acto de danza-apareamiento con su contraparte. A veces representaba esta unión la lanza y un espejo.

“Las enseñanzas del Buda incluyen tanto sutras como tantras. Los sutras presentan los temas básicos de la práctica para obtener la liberación de problemas incontrolablemente recurrentes (sct. samsara) y, más allá, para alcanzar el estado iluminado de un Buda, con la habilidad de ayudar a los demás tanto como sea posible. Los temas incluyen métodos para desarrollar auto disciplina ética, concentración, amor, compasión y un correcto entendimiento de cómo existen las cosas realmente. Los tantras presentan prácticas avanzadas basadas en los sutras.

La palabra sánscrita tantra significa la urdimbre de un telar, o la hebra de una trenza. Como los hilos de un telar, las prácticas del tantra sirven como una estructura para entrelazar los temas del sutra para tejer la alfombra de la iluminación. Más aún, el tantra combina expresiones físicas, verbales y mentales de cada práctica y las entreteje creando un sendero holístico de desarrollo. Como no se puede integrar y practicar simultáneamente todos los temas del sutra sin previamente haberse entrenado en cada uno individualmente, la práctica del tantra es extremadamente avanzada.

La raíz de la palabra tantra significa estirar o continuar sin descanso. Enfatizando esta connotación, los académicos tibetanos tradujeron el término como gyu (rgyud), que significa continuidad ininterrumpida. Aquí, la referencia es a la continuidad sobre el tiempo, como en una sucesión de momentos en una película; más que la continuidad en el espacio; como una sucesión de segmentos de pavimento. Más aún, las sucesiones que se discuten en el tantra son como películas eternas: no tienen principio ni fin.

No hay dos películas iguales, inclusive dos copias idénticas de la misma película nunca pueden ser el mismo rollo de película. Similarmente, las sucesiones interminables siempre mantienen su individualidad. Más aún, los cuadros de la película corren uno a uno, y todo cambia en cada cuadro. De la misma manera, los momentos en las sucesiones interminables son efímeros, con un sólo momento ocurriendo a la vez y sin nada sólido que perdure a través de las sucesiones.”   Alexander Berzin


Durante esta primera época de los celebres Bonetes Rojos se incrementó el poder político del Tíbet y los territorios vecinos bajo su dominio aumentaron.

Relata el último Dalai Lama:

En el reinado del cuadragésimo rey, Nga-Thag-Tri Ral, nacido en el año del perro de fuego (866 después de Cristo y 1.346 años desde la muerte de Buda), el número de monjes del Tíbet había aumentado grandemente. De nuevo hubo guerra con China durante este reinado y de nuevo los tibetanos se apoderaron de grandes zonas de ese país. Pero tanto los lamas tibetanos como los monjes chinos, conocidos como hansangs, actuaron de mediadores y consiguieron la paz.

En la frontera chino-tibetana, en la zona llamada Khung-Khu-Meru, la frontera quedó marcada con una columna de piedra; y otras similares se erigieron frente al palacio del emperador chino y frente al Jokhang, en Lhasa. En los tres pilares se grabó idéntica plegaria, en caracteres chinos y tibetanos; en ella se decía que ni uno ni otro país debían traspasar las fronteras señaladas.

Sin embargo, en el año del pájaro de hierro (901 después de Cristo y 1.381 años después de la muerte de Buda) ascendió al trono el cuadragésimo primer soberano, de nombre Lang-Dar-Mar, cuyo reinado se caracterizó por el afán en deshacer lo que habían hecho sus antecesores. Tanto él como sus ministros se esforzaron en destruir la religión de Buda y en cambiar las costumbres del Tíbet. Tras un indigno reinado, que duró seis años, murió asesinado.

Por tanto, habían transcurrido más de mil años desde que reinara el primer monarca tibetano hasta la muerte del cuadragésimo primero. Durante este tiempo, el país había ido acrecentando incesantemente su poder material y espiritual. Pero tras la muerte de Lang-Dar-Mar, el reino se disgrego.

El rey tenía dos esposas y dos hijos, uno de los cuales no era realmente hijo suyo. Las reinas se enfrentaron, los ministros tomaron partido por una o por otra, y el Tíbet quedó finalmente dividido entre los dos príncipes. Esta secesión condujo a posteriores subdivisiones y el Tíbet pasó a convertirse en una tierra de pequeños reinos. Así permanecería durante 347 años.


El renacimiento del budismo en el Tíbet tuvo lugar a fines del siglo X. Los nobles que gobernaban en el territorio occidental promovieron los viajes de tibetanos a la India, en procura de maestros y traducciones de textos sagrados. Uno de los grandes traductores de entonces fue Ring-Tseng-Sang-po. Con el arribo, en 1042, del renombrado maestro indo Atisha, el budismo recupero su calidad de religión dominante del Tíbet.

Atisha, al igual que los otros maestros mahayanas, enfatizó la importancia de la disciplina monástica y la transmisión directa de la doctrina de maestro a discípulo (“boca a oído”).

La escuela fundada por Atisha y continuada por Brom-ston, su principal discípulo, fue la Bka-gdams-pa (la de “aquéllos regulados por preceptos”), que, como lo dice su nombre, imponía una austera disciplina. La practica central de esta secta, absorbida en el siglo XV por la secta de los Dgelug-pa, era la purificación de la mente, que requería la eliminación de todo defecto, tanto intelectual como moral, para obtener una clara visión del vacio (shunyata). La enseñanza descansaba en los Prallna paramita y otros textos; también hacía uso de los mantrams.


En esta misma época, siglos XI-XII, floreció otra importante escuela, la Bkargyut-pa, la cual, como resultado de un movimiento reformista, se separo de los Bonetes Rojos. Bkargyut-pa, la “orden transmitida”, acentuaba la transmisión directa de la enseñanzas esotéricas de maestro a discípulo, sin la cual estas enseñanzas se hubieran perdido.

Esta orden hacia remontar su linaje espiritual al maestro indio Tilota, que había transmitido sus enseñanzas al yogui indio Naropa, quien a su vez había sido maestro de Marpa, el preceptor de Milarepa (1040-1123).

Este gran asceta es el más celebrado poeta del Tíbet; sus últimos cantos, generalmente muy difíciles de entender, son la profunda expresión de sus experiencias espirituales. El seguidor de Milarepa, Sgam-po-pa (1079-1153), tuvo varios discípulos, que establecieron diversas subescuelas separadas, basadas en sus enseñanzas; una de ellas fue la karma-pa, que tanto influyó en lo sucesivo.


La Bkargyut-pa fijó como su meta suprema el maha mudra (gran sello); es decir, la dicotomía del pensamiento en pleno nirvana. Esta secta, que hacia referencias frecuentes a las “seis enseñanzas de Naropa”, empleó, entre otras técnicas, los ejercicios del hatha-yoga (yoga que enfatiza la respiración y posturas especiales). Con estas y otras técnicas inducía una serie de experiencias encaminadas a obtener la iluminación en esta vida, o en el momento de la muerte:

1) El calor autoproducido.

2) El cuerpo ilusorio.

3) Sueños.

4) La experiencia de la luz, en la mente.

5) Los estados de la existencia intermedia entre la muerte y el nacimiento descritos en el Bardo Todol, y

6) El paso de una existencia a la otra.


Continuará.


Monjes Tibetanos realizando estudio de los Sutras


 

 

 


El Árbol Sagrado de Kum Bum

I.- Las Enseñanzas Tibetanas
II.-
Las Doctrinas de los Santos “Lha”
III.- El Árbol Sagrado de Kum Bum
IV.- Las Reencarnaciones en el Tíbet


The Sacred Tree of Kum Bum

Reivindicando la veracidad de lo que dijo el Abate Huc, que fue puesto en entredicho por un visitante más reciente del monasterio de Kum Bum, Huc un misionero Lazarista, en su Viajes en la Tartaria, el Tibet y la China; escribió que había visto aparecer caracteres tibetanos perfectos en las hojas de un Árbol que, según la leyenda, había brotado de la cabellera de Tsong-ka-pa. HPB puntualiza que las inscripciones que crecían en las células y en los tejidos de las hojas eran en Sensar.

(The Theosophist, marzo de 1883)

Hace 37 años, dos misioneros lazaristas valientes, miembros de la Misión Católica Romana establecida en Pekín, emprendieron la hazaña desesperada de penetrar en el territorio del Tibet, llegando hasta Lhassa, para predicar el cristianismo entre los budistas sumidos en la ignorancia. Se llamaban Huc y Gabet; la narrativa de su viaje muestra su valentía y entusiasmo extremos.

El volumen más interesante apareció en París, hace más de 30 años y, desde entonces, se tradujo al inglés dos veces y, quizá, a otros idiomas.

En esta coyuntura no nos importan sus méritos generales; sino que limitaremos nuestra consideración a la parte del libro (Vol. II, pago 84, de la edición americana de 1852) donde el autor, Huc, describe el maravilloso “Arbol de las diez mil Imágenes”, que ellos vieron en la Lamasería o Monasterio de Kum Bum o Koun Boum.

Huc nos dice que, según la leyenda tibetana, cuando la madre de Tsong-Ka-pa, el famoso reformador budista, lo entregó a la vida religiosa, siguiendo la tradición: “cortó su pelo y lo arrojó. Donde cayó, nació un árbol, cuyas hojas llevaban inscritos caracteres tibetanos.” La traducción inglesa de Hazlitt (Londres 1856) es más literal (aunque no sea la exacta) versión del original. Sin embargo, hemos entresacado (Pág.324-6.) los siguientes particulares interesantes:

Sobre cada una de las hojas, transpiraban caracteres tibetanos bien formados. Todos eran verdes, algunos más oscuros y algunos más claros que la hoja misma.

Nuestra primera impresión fue sospechar un fraude por parte de los Lamas; pero, al examinar minuciosamente todo detalle, no pudimos descubrir el más mínimo engaño. A nuestro juicio, todos los caracteres nos parecieron parte integrante de la hoja, recorridos por las mismas venas y nervios. La posición no era la misma en todas. En unas hojas los caracteres se encontraban en la parte superior, en otras en el medio y, en otras más, en la base o a un lado.

Las hojas más jóvenes representaban los caracteres sólo en un estado de formación parcial. También la corteza y las ramas, que se parecen a las de un árbol ordinario, están cubiertas con estos caracteres. Si se remueve un trozo de la vieja corteza, la nueva, que está detrás, exhibe los bosquejos individuales de los caracteres en un estado embrionario y, lo que es particular, a menudo, estos nuevos caracteres son distintos de los que remplazan.

A nuestro juicio, el árbol de las Diez mil Imágenes era vetusto. Su tronco, que tres hombres casi no podían abrazar, no supera los ocho pies. Las ramas, en lugar de crecer hacia arriba, se expanden en la forma de un penacho de plumas particularmente densas, algunas están muertas. Las hojas son siempre verdes y la madera, que es de un tinte rojizo, emite un aroma exquisito, similar a la canela. Los Lamas nos informaron que, durante el verano, alrededor de la octava luna, el árbol produce flores rojas gigantescas y extremadamente hermosas.

El mismo abate Huc, describe lo antedicho más enfáticamente. “Estas letras son tan perfectas que los caracteres tipográficos de Didot, no tienen nada que las supere.” Que el lector tenga presente tal afirmación, porque tendremos ocasión de recurrir a ella.

El vio en las hojas, no sólo simples letras; sino: “oraciones religiosas” ¡que la naturaleza había auto impreso en la clorofila, en las células y en la fibra de madera! La superficie, interna y externa, estrato tras estrato, de las hojas, las ramitas, las ramas y del tronco, estaban inscritos por las letras maravillosas y no había dos caracteres idénticos, superpuestos.

“No se imaginen que estos estratos sobrepuestos repitan la misma impresión. Al contrario; ya que, al levantar cada hoja, se nos presenta un tipo distinto. ¿Cómo es posible, entonces, sospechar un fraude? Me he esmerado, en esa dirección, para descubrir la más mínima huella de asechanza humana y mi mente, desconcertada, no pudo encontrar la más pequeña sospecha.”

¿Quién dice esto? Un devoto misionero cristiano que fue intencionalmente al Tíbet con el objeto de probar que el Budismo era falso y el Cristianismo verdadero; por lo tanto, se hubiera aferrado, ansiosamente, a la más mínima prueba que corroborase su posición, exhibiéndola delante de los oriundos.

En Tíbet, él vio otras maravillas y las describe; aunque la edición americana las omite y algunos de sus críticos ortodoxos más viscerales, las atribuyen al diablo. En Isis sin Velo, especialmente en el primer volumen, (versión inglesa), se describen y se discuten algunos de estos prodigios, tratando de mostrar su reconciliació n con la ley natural.

El tema del árbol de Kum Bum ha vuelto a nuestra mente gracias a una reseña en la revista Nature, por A. H. Keane, sobre la Relación, recientemente publicada, de Herr Kreitner, acerca de la expedición al Tíbet en 1877-80, por parte del Conde Szechenyi, un noble húngaro.

El grupo dio un paseo de Siningfu hasta el monasterio de Kum Bum: “con el propósito de verificar el relato extraordinario de Huc acerca del famoso árbol de Buda. No encontramos ninguna imagen [del Buda en las hojas] ni las letras, sino una sonrisa burlona en los labios del anciano sacerdote que nos guiaba. Al contestar a nuestras preguntas, nos dijo que, hace mucho tiempo, el árbol producía realmente hojas con la imagen de Buda; sin embargo, ahora, tal prodigio ocurría raramente. Sólo unos pocos hombres, favorecidos de Dios, tuvieron el privilegio de descubrir tales hojas.”

Para este testigo, lo antes dicho es suficiente: a un sacerdote budista, cuya religión le enseña que no hay personas favoritas por algún Dios, que no existe un ser tal que llamamos Dios que otorga favores y que cada ser humano cosecha lo que siembra, ni más ni menos, se le hace decir tal insensatez.

¡Esto muestra lo que vale el testimonio de este explorador para su adorada ciencia escéptica! Sin embargo, parece que hasta el sacerdote, con la sonrisa burlona, les haya dicho que los hombres buenos pueden ver y, en realidad, ven las maravillosas hojas con las letras; entonces, Herr Kreitner, a pesar de sus esfuerzos, avala, en lugar de desacreditar, la narrativa del abate Huc.

Si nunca hubiéramos podido verificar, personalmente, la veracidad de la historia, deberíamos admitir que las probabilidades facilitan su aceptación; ya que los peregrinos han llevado las hojas del árbol Kum Bum a todo rincón del imperio chino (hecho reconocido aun por Herr Kreitner); por lo tanto, si todo el asunto era un fraude, los adversarios chinos contra el budismo, cuyo nombre es Legión, lo hubieran denunciado sin piedad.

Además: la naturaleza ofrece muchas analogías que confirman lo descrito. Según se dice, ciertas conchas del Mar Rojo tienen impresas las letras del alfabeto hebraico y sobre ciertos saltamontes son visibles las del alfabeto inglés. Además en la revista The Theosophist, Vol. 11., pago 91, un corresponsal inglés traduce un relato de Sheffer, titulado “Luz y más Luz”, que habla de las características particulares de ciertas mariposas alemanas (Vanissa Atalanta) que llevan inscritas las cifras del año 1881.

Los muebles de los entomólogos modernos pululan con ejemplares que muestran que la naturaleza produce, continuamente, animales con características miméticas, asumiendo el aspecto de vegetales. Por ejemplo: hay orugas que se parecen a la corteza de un árbol, al musgo o a ramas muertas, e insectos que no pueden distinguirse de las hojas verdes, etc. Hasta las rayas del tigre es mimetismo de los tallos de la hierba de la jungla donde él hace su guarida.

Todos estos hechos separados contribuyen a que la historia de Huc del árbol Kum Bum, sea un hecho probable; ya que muestran que la misma naturaleza, sin intervención milagrosa, es capaz de producir vegetales en la forma de caracteres legibles.

Esto es también el punto de vista de otro corresponsal de Nature, W. T. Thiselton Dyer, quien, en el número del 4 de Enero de esta estimable revista, después de sumar las pruebas, llega a la conclusión de que: “en el tiempo de Huc, hubo un árbol cuyas hojas llevaban inscritos ciertos caracteres, sin embargo, la imaginación del piadoso abate, lo indujo a asociarlos a las letras tibetanas.” ¿Piadoso? Deberíamos recordar que su testimonio no procedía de un piadoso y crédulo budista tibetano, sino de un enemigo abierto de esa fe, M. Huc, quien se fue a Kum Bum para denunciar el fraude y que se esmeró “en esa dirección, para descubrir la más mínima huella de asechanza humana”; sin embargo, su mente desconcertada: “no pudo encontrar la más pequeña sospecha.”

Así, hasta que Herr Kreitner y Dyer puedan mostrar que el cándido motivo del Abate era el de mentir en detrimento de su religión, debemos exonerarlo de los acusados, considerándolo un testigo irrecusable e importante. Sí; el árbol de las letras tibetanas es un hecho, además, las inscripciones en las células de las hojas están en Sensar o el idioma sagrado usado por los Adeptos y, en su totalidad, constituyen todo el Dharma del budismo y la historia del mundo.

En lo que atañe a alguna similaridad fantástica con caracteres alfabéticos reales, la confesión de Huc, según el cual son tan hermosamente perfectos: “que los caracteres tipográficos de Didot (famosa tipografía parisiense) no tienen nada que los supere”, dirime la cuestión de manera perentoria. Con respecto a la aserción de Kreitner, que el árbol pertenece a la especie de lila, la descripción que Huc hace del color, de la fragancia de canela emitida por su madera, y de la forma de las hojas, lo confirman sin duda.

Quizá, el viejo monje burlón conocía el mesmerismo común y “biologizó” al grupo del Conde Szechenyi, haciéndole ver y no ver, lo que a él se le antojaba, así como el difunto profesor Bushell hizo imaginar, a sus sujetos indos, cualquier cosa que él desease que vieran.