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El Tíbet Antiguo (I)

a amplia meseta tibetana, de más de 750.000 kilómetros cuadrados, tiene una altitud promedio de 3.900 metros sobre el nivel del mar. Está rodeada de montañas y es casi inaccesible. Al contrario de la opinión corriente que supone una región siempre cubierta de nieves, el Tíbet se distingue por su clima continental muy seco: es relativamente caluroso en verano y muy frío en invierno, con grandes tormentas eléctricas, pero escasas precipitaciones en forma de lluvias o nieve.

El Tíbet se encuentra rodeado por elevadas cordilleras montañosas. Al sur, los Himalayas, con los picos más altos del mundo, lo separan de la India, Nepal, Bhutan y Mianamar. Al oeste los Karakoram, de Kachemira, Pakistán y la U.R.S.S.; al norte, los Kunlums de la China continental.

El Tíbet es también la fuente de los ríos más importantes del Asia, como el Brahmaputra, el Indio, el Salween, el Ganges, el Yangtze, el Río Amarillo y el Mekong.


Este carácter de encierro y gran altura parece estar muy en relación con la cultura que se desarrolló en las tierras de los lamas. Sin embargo, no es la geografía el único factor determinante de las costumbres de este pueblo. Los escasos registros nos hablan de una vida muy vinculada a lo espiritual, introspectiva e influida fundamentalmente por el budismo originario de la India y el aporte racial y de costumbres provenientes de Mongolia y China.

Si bien la historia oficial del Tíbet es relativamente reciente-el propio Dalai Lama la hace partir desde dos mil años atrás-, existen restos arqueológicos y tradiciones que hablan sobre un glorioso pasado que se hunde en las brumas de la Prehistoria. Muy pocos datos históricos existen sobre la vida que se desarrolló allá a través de esos milenios.



¿Una civilización milenaria?

l registro histórico nos remite a crónicas tibetanas del siglo VII, que hablan de una federación política de principados, por su parte, el último Dalai Lama menciona como primer rey a Nya Tri Tsenpo, en el año 127 después de Cristo. Sin embargo, en el siglo XIX un explorador ruso, el general N. M. Przewalsky, encontró las ruinas de dos inmensas ciudades, la más antigua de las cuales, según la tradición local, fue destruida hace más de tres mil años por un héroe gigante, habiéndolo sido la otra por los mongoles en el siglo X de nuestra era.

El siguiente es el relato sorprendente de Przewalsky, quien, al referirse a restos descubiertos al norte del Tíbet, en la cuenca del Tarim, no habla precisamente de vestigios de “pueblos primitivos”.


“El emplazamiento de ambas ciudades hállase cubierto ahora, por virtud de las arenas movedizas y el viento del desierto, de reliquias extrañas y heterogéneas; fragmentos de porcelana, utensilios de cocina y huesos humanos. Los indígenas encuentran con frecuencia monedas de cobre y de oro, lingotes de plata fundida, diamantes y turquesas, y, lo que es todavía más notable, vidrio roto…Ataúdes de un material o madera incorruptible también, donde se encuentran cuerpos embalsamados y conservados admirablemente…Las momias de los hombres revelan individuos de una estatura y robustez extraordinarias, y con ondeadas cabelleras…Se encontró una bóveda con doce cadáveres.

Otra vez en un ataúd separado, encontramos el de una muchacha. Sus ojos estaban cerrados con discos de oro, y sus mandíbulas fuertemente sujetas por un aro de oro que le cogía la barba hasta la parte superior de la cabeza. Estaba vestida con túnica de lana, ceñida, tenía el pecho cubierto de estrellas de oro y los pies desnudos.”

A esto añade el viajero que durante todo el camino a lo largo del río Cherchen, llegaron a sus oídos leyendas referentes a veintitrés ciudades sepultadas hace mucho tiempo por las arenas movedizas del desierto. La misma tradición existe en el Lob-nor y en el oasis de Kenya.

Las huellas de tal civilización juntamente con estas y parecidas tradiciones dan derecho a conceder crédito a otras leyendas, autorizadas por indios y mongoles educados y eruditos, que hablan de inmensas bibliotecas salvadas de las arenas, y de otros varios restos de un antiguo “saber mágico”, todo lo cual se hallaría depositado en lugares secretos.

Estos descubrimientos de Przewalsky, junto con otros, como los del sueco Sven Hedin, que halló otra ciudad aparentemente abandonada antes de la llegada de los misioneros mahometanos en el siglo VII, hicieron afirmar a la investigadora rusa H. B. Blavatsky que se trata de “las huellas de una civilización inmensa, indudablemente prehistórica”. Presume luego la misma autora que esta civilización ha de haber contado con obras literarias y un saber inmemorial. En el párrafo sobre literatura tibetana nos referiremos a estos textos.

De acuerdo a tales hallazgos, no sería exactamente la India, como algunos creen, la que alimento culturalmente al Tíbet. De acuerdo a las tradiciones tibetanas, hubo desde muy antiguo centros de formación espiritual en este “techo del mundo”. Algunos eruditos sostienen que existía intercambio entre ambas culturas y que las dos recibieron el aporte ario proveniente del Asia central.


Dejando para investigadores y arqueólogos del futuro la dilucidación de estos misterios, saboreemos por ahora las verdades que puedan contener las tradiciones al respecto. Éstas hablan acerca de un budismo anterior a Siddharta Gautama (S. V antes de C.), del cual este avatar (envíado) había sido sólo un representante. Según dicho budismo primitivo, el conocimiento adquirido, a través del proceso de la “iluminación” y del despertar de una capacidad humana de intuición superior denominada budhi, había sido celosamente guardado en las criptas tibetanas por la llamada Logia Blanca.

Esta fraternidad o jerarquía, de acuerdo a las tradiciones, ha venido velando por el desenvolvimiento del mundo y contempla conflictos humanos de todo tipo como “juegos de niños”, aunque a veces muy peligrosos, como son actualmente ciertas aplicaciones atómicas de la doctrina de Demócrito.

Desgraciadamente, sobre estos “ancianos” (ancianos en cuanto a experiencia vital) existe gran cantidad de versiones de dudosa seriedad, como es el caso de las proporcionadas por el novelista inglés Lobsang Rampa, que llega al atrevimiento de presentarse como “reencarnación” consciente de un lama tibetano.

Sin embargo, hay textos tibetanos, como el Libro de Dzyan y el Bardo Todol-bastante coincidente con los Vedas de la India, el primero, y con el tratado egipcio De la Oculta Morada, el segundo-, que contienen teorías sobre el origen del cosmos, conocimientos de numerología y un pensamiento metafísico elaborado y antiguo.

El lenguaje por ellos utilizado habría sido el senzar, más antiguo que el sánscrito, cuyo origen atribuyen a la divinidad, como un aporte de seres superiores a la evolución humana.


Durante siglos el misterioso reino budista del Tíbet, encerrado tras las más altas montañas, ha atraído como un imán la imaginación de los occidentales. Qué tiene, por qué ha fascinado siempre tanto el Tíbet?

“Los hombres de hoy obligados a abandonar sus sueños, incompatibles con su existencia prosaica los trasladan a regiones ideales más en armonía con ellos y el Tíbet presenta todos los caracteres de las tierras maravillosas descritas en los cuentos…”

“Cómo explicar el poder magnético del Tíbet? Ninguna descripción puede dar idea de la serena majestad, de la grandeza, del encanto hechicero de los paisajes tibetanos.” _Alexandra David-Neel.


Religión prebúdica del Tíbet

e lo poco que se conoce del Tíbet, una de las cosas que han llegado al conocimiento de Occidente es el tantrismo tibetano. Al efectuar un estudio comparado de las diversas corrientes que confluyeron en la religiosidad de este pueblo, aparece éste como la búsqueda de una cosmovisión o explicación del cosmos, muy vinculada a los aspectos fenoménicos, lo cual hace pensar que se trata de un resto bastante deformado moralmente de la magia primitiva.

Otra vertiente de religión tibetana es la de los “bon”, probablemente originaria de Nepal y vinculada a prácticas chamánicas que en algunos casos decayeron en simple hechicería.

Cabe aquí hacer la salvedad de que una es la naturaleza de los núcleos internos de los templos donde se guardaba la tradición del budismo primitivo y muy otra de las diversas sectas. Debió haber habido notables diferencias entre el simple monje que vestía el hábito, asumiendo luego las costumbres de la comunidad de una manera no siempre muy sabia, y el lama iniciado, que por un acto consciente y voluntario se sometía a una serie de estudios y pruebas que lo convertían en “otro”; vale decir, que a través de un proceso pedagógico efectuado mediante ritos llamados angkur, tomaba conciencia de su cuerpo, sus emociones, su mente y sobre el rol que le correspondía desempeñar en el cosmos.

Estos iniciados tienen que haber obrado con un gran sentido de responsabilidad no sólo en relación a sus entorno inmediato, la lamasería, sino también a la humanidad toda y a los seres sensibles en general, ya que se sentían depositarios de una sabiduría que les permitía controlar sus procesos vitales y mentales, no con un fin personal, sino de beneficio común.

Desgraciadamente, casi toda la literatura sobre prácticas y conocimientos religiosos previos al budismo ha llegado hasta nosotros mezclada con este último, que hizo su ingreso durante el siglo VII después de Cristo de manera generalizada, si bien es posible que haya sido llevado algunos siglos antes a través de los Himalayas por los filósofos Nagaryuna y Aryasanga.


Los textos reflejan, sin embargo, ciertas constantes del pensamiento tibetano. Debemos destacar en este punto que el interés de los cronistas antiguos, como el de  muchos  otros pueblos  de la antigüedad, no residía en un relato de carácter cronológico; al presentar los hechos, los enlazaban con elementos míticos que percibían como cargados de sentido trascendente, como cumplimiento de su destino. Es lo que se ha llamado carácter transhistórico de estos pueblos, en oposición al sentido histórico del pensamiento contemporáneo, que se caracteriza por tomar como eje el tiempo, el espacio y lo comprobable por medio de los sentidos y del raciocinio.

Para los antiguos, lo importante era el espacio sagrado y el tiempo sagrado. Mediante los mitos y su puesta en practica a través del rito, sacralizaban el espacio.

Así, sin cuidado les tenia la ubicación del Shangrí-La, el lugar donde los lotos no se cierran jamás; si importaba comprender que en algún lugar del Tíbet existían hombres cuya virtud y clarividencia no se cerraba ante ninguna pasión humana, ante ninguna crisis de ningún estilo. Estos hombres habrían, por así decirlo, superado la etapa humana, transformándose en arhats perfectos.

Esto implicaba que el hombre tenia un destino trascendente, debía arribar algún día a ese Shangrí-La, como lo era para los griegos llegar a la mesa de los dioses en el Olimpo, o para Ulises arribar a su lejana patria, Itaca.


Para muchos orientales, Tíbet es el ombligo del mundo, su centro espiritual, antena de conexión con seres espirituales superiores en evolución. Es el lugar de los yoguis de las montañas blancas, los cuales, protegidos por los Himalayas, desarrollaron características particulares que influyeron en la vida del pueblo que hábito esos alejados lugares. Así, el tibetano no especulo sobre las verdades metafísicas: las vivió. Al pensamiento de la India le quito su dulce y paternal envoltura.

Sus parajes helados no se prestaban para el romanticismo, sino para hacer realidad aquello de que el hombre pende entre el espíritu y la materia, entre el cielo y la tierra, que allí, en el Tíbet, están muy cerca…

También en el Tíbet hubo, indudablemente, poesía, pero no exuberante; sólo para dejar traslucir la belleza propia de las cosas, como lo que escribió el rey Ti Srong, de Tsen.



Los primeros reyes

l último dalai lama, que actualmente reside en la India, luego que su país fuera ocupado por China, menciona el año del tigre de madera (127 después de Cristo) como punto de partida de la historia política del Tíbet. Nya Tri Tsenpo logró la fusión de trece principados, en los cuales vivía una mezcla de mongoles, arios y elementos indígenas.

A este rey lo sucedieron otros cuarenta. Durante los reinados de los primeros veintisiete, la religión bon floreció en el país junto con otras creencias tántricas (prácticas mágicas). Probablemente, como se dijo, hayan sido los filósofos indios Aryasanga y Nagaryuna quienes introdujeron el budismo en los primeros siglos de la era cristiana, pero sólo durante el reinado del vigésimo octavo soberano, Lha-Dho-Ri-Nyen-Tsen, comenzó su propagación generalizada, fuera de las lamaserías, luego que un texto budista llegó a las manos de ese gobernante.

Según algunas versiones, arysanga habría fundado un monasterio y predicado el budismo en el Tíbet.

El trigésimo tercer rey, Song-Tseng-Gampo, fue realmente el primer soberano budista. Sobre él contamos con más datos. Nació en el año del toro de tierra (629 después de Cristo o 1109 después de Buda); durante su juventud mandó a su primer ministro Thonmis-Sam-Bhota a estudiar a la India. De regreso a su patria, el funcionario esbozó el actual alfabeto tibetano.

Song-Tsen-Gampo, por su parte, reformó las costumbres espirituales y materiales, formulando diez reglas para los servicios religiosos y dieciséis para la conducta pública.


Muchos templos, incluidos el de Jokhang en Lhasa, la capital, fueron construidos durante su administración y se comenzó a edificar el Potala, palacio de gobierno. Además de sus tres mujeres tibetanas-pues estos reyes no eran cébiles como lo fueron luego los Dalai Lama-, desposó con una princesa china y con otra de Nepal.

Quizás a instancias de éstas se trajeron dos imágenes de Buda de esos países, delante de las cuales oró el último Dalai Lama a la edad de cuatro años, según él mismo relata.

Durante el reinado de Song-Tsen-gampo, el Tíbet contemplo su sabiduría espiritual con la religión budista y junto con ésta incorporó una serie de  oficios hasta entonces desconocidos, mejorando notablemente su economía hacia fines del siglo VII después de Cristo.

En próximos capítulos se desarrollaran otros aspectos de la vida de este pueblo que habitó el techo del mundo, como la medicina, la agricultura, el arte. Los registros sobre ellos son posteriores al ingreso del budismo, por lo cual los hemos dejado para más adelante, para no caer en anacronismos.



Literatura tibetana prebudista

a lengua tibetana se usa en todo el territorio tibetano propiamente dicho; en las regiones fronterizas se hablan dialectos híbridos, mezcla de tibetano con las diversas lenguas de los países limítrofes.

La lengua tibetana está clasificada por los filólogos en la familia de las lenguas tibeto-birmanas; su estructura es mixta, aglutinante y monosilábica, y refleja las diversas culturas subyacentes en el Tíbet.

La investigadora rusa Helena Petrovna Blavatsky rescató en el siglo XIX uno de los manuscritos más antiguos que se conocen en el mundo. Se trata de las estancias del Dzyan, escrito en hojas de palmeras tratadas en forma especial para hacerlas indestructibles a través del tiempo. La obra relata los esfuerzos de las grandes inteligencias rectoras del universo para crear el macrocosmos y, dentro de él, ese microcosmos que es el hombre.

Se desconoce cuando fue escrita esta obra, guardándose el mismo secreto con respecto a su autor. Las frases son escuetas y la poesía esta ausente; sin embargo, aparece traspasada por un halito de misterio y verdad que va más allá de la simple poesía o narración.

Su primera estancia o capítulo se inicia con las siguientes palabras:

“El eterno Padre, envuelto en sus siempre invisibles vestiduras, había dormitado una vez más por siete eternidades.

El tiempo no existía, pues yacía dormido en el seno infinito de la duración.”


El Bardo Todol (oculta morada), traducido por el Lama Kasi Dawa-Samdup, es un tratado referente a las etapas por las que va pasando la conciencia del hombre al morir, en una clave de interpretación, y las etapas del alma en busca de la inmortalidad, la otra. Las versiones que se conocen en Occidente distan bastante de los originales y están fuertemente mutiladas.

Este tratado recoge enseñanzas sobre ritual funerario, anteriores al budismo; narra el pasaje del alma a su mansión celeste, en la que permanecerá más o menos tiempo. La obra dice que hay que aprender a morir y que, en vida, hay que conocer los laberínticos pasajes de la psiquis de cada uno para poder dominar el pavor ante lo desconocido y la soledad de la muerte. La conciencia, atrapada por la ilusión, teme a las vicisitudes de la vida y la muerte: en la obra se dice:

“Aparte de las propias alucinaciones, en realidad fuera de uno mismo no existen tales cosas como Señor de la muerte, o dios o demonio.”

Las frases contenidas en esta obra formaban parte del ritual chod, un drama místico que se representaba mientras se guiaba al alma por los senderos de ultratumba mediante un actor humano que convocaba las distintas presencias espirituales a que ayudaran al candidato.

El escenario escogido para realizar el rito era generalmente algún sitio terrible y salvaje, a menudo sobre montañas nevadas de doce mil o quince mil pies de altura o en la solitaria selva. Antes de juzgar apto al novicio y de permitirle cumplir el rito síquicamente peligroso, se requerían largos períodos de preparación bajo la supervisión de un maestro chod.


El ritual consta de danzas sobre una pista geométrica de baile, apropiadas palabras mántricas que se entonan, al igual, al ritmo de un tambor llamado damaru, alternado con el sonido de la trompeta evocadora de espíritus. Debe también conocerse el modo correcto de armar la tienda simbólica y de emplear el dorje, la campana y los diversos objetos complementarios.

Al principio, se orienta al celebrante para que visualice a la diosa de la sabiduría que-todo-lo-realiza, por cuya voluntad oculta recibe el poder místico. Luego se hace sonar  la trompeta, invocando a los gurús y a las diferentes órdenes de seres espirituales, y empieza la danza ritual, con la mente y energía consagradas por entero a comprender el supremo misterio. Luego siguen capítulos relativos a los fenómenos síquicos resultantes, tiempo de celebración, importancia de las imágenes mentales, visualización del esqueleto humano y de la iracunda Dákini, estado mental requerido, aplicación exitosa y meditación final.

Es probable que el rito fuera originalmente poco más que una danza ritual de exorcismo sacrificatorio. Los campesinos tibetanos aún la llaman La danza del demonio del Tigre-Rojo, deidad bon de historia prebudista.


“Lhasa: Situada en la meseta tibetana rodeada por las montañas del Himalaya. Cuenta con una población de alrededor de 250.000 habitantes. Se encuentra a una de altura de 3.650 metros sobre el nivel del mar, en el valle del río Brahmaputra siendo la ciudad más alta de Asia y una de las más altas del mundo.

La ciudad es la sede tradicional de los lamas y lugar donde se encuentran los palacios de Potala, Norbulingka y el Templo de Jokhang, incluidos en el Patrimonio de la Humanidad)[1] y es considerado por el budismo tibetano como el centro más sagrado en el Tíbet.”


Budismo tibetano

as distintas formas de budismo que se desarrollaron en el Tíbet son la síntesis del pensamiento del mahayana y del vajarayana; ambas fueron corrientes dadas en el norte de la India durante el período de mayor transmisión hacía el Tíbet, en los siglos VII al XI. Ambas tradiciones se influyeron recíprocamente.

La primera condensó una gradual comprensión de la doctrina, y la otra, un mayor uso de medios místicos para adquirir una transformación más rápida.

El budismo tibetano ha adoptado y modificado, además, muchos usos y creencias del culto bon, tales como los sacerdotes oraculares, algunas divinidades locales y una noción teocrática del poder.

En general, podemos decir que las diversas escuelas que se iban a desarrollar oscilarían entre el método (místico) y la doctrina (conocimiento para lograr la iluminación), poniendo el énfasis en uno u otro aspecto del sendero hacia la realización suprema.


Otra característica fundamental de la religión tibetana es el tantra, sistema de prácticas que tienden al aprovechamiento, con fines espirituales, del prana, energía de la naturaleza, latente en el hombre hasta que mientras no se la activa.

Al abusar de estos poderes, sin embargo, en algunos casos se resbaló hacia el ritualismo, el formalismo e incluso la grosería. El tantra-de origen indio-se amalgamó con bastante facilidad con los antiguos ritos bon, también de características chamánicas.

El tantra, que no fue muy importante en China ni en Japón, aunque existió en esos países, jugó en el Tíbet un rol importante. El budismo, luego de su introducción al Tíbet  en el siglo VII, sólo a mediados del siguiente siglo, con la llegada de Padmasambhava, un maestro tántrico de la India, comenzó a asimilar las prácticas chamánicas llamadas bon.

Fue en ese momento que los tibetanos decidieron seguir el budismo indio en vez del chino. Una curiosa mezcla de chamanismo, tantrismo y madhyamika indio, gradualmente se convirtió en el coro de los que iba a ser conocido como el lamaísmo, significando la religión de los superiores.

Este auge del budismo recibió un activo entusiasmo de Tri Khri-srong-Ide-btsan, durante cuyo reinado (775-797) el primer monasterio fue construido en Samye. Siete monjes fueron entonces ordenados. Padmasambhava, aureolado de una imagen de poseedor de grandes sidhis (poderes), fue invitado desde la India. A él se le atribuye el hecho de subyugar los espíritus bon y los demonios, y de ponerlos al servicio del budismo.


Kamalaksila, discípulo de otro monje, contemporáneo de Padmasambhava, representó el punto de vista indio en el debate que se dio en el consejo de Samye (792-794) sobre diversas corrientes del budismo, indias y chinas. La corriente india (de acuerdo a un punto de vista ortodoxo) fue proclamada ganadora.

El budismo también entusiasmo a Ral-pakan (815-838), el tercero de los reyes budistas, tras de cuyo asesinato, en 838, sufrió un período de depresión e incluso persecución.

Padmasambhava, que luego alcanzaría un carácter semimítico, y figura en el alma de muchos tibetanos en segundo lugar después de Buda, creó la llamada escuela de los Bonetes Rojos o Rnyng-ma-pá (vieja orden). Al inaugurarla, hizo un llamado a conservar el más puro espíritu de las enseñanzas (siglo VIII). La escuela propició, más adelante, un mayor uso que otras sectas de un grupo de textos redescubiertos, que se decía habían estado escondidos durante el período de la persecución antibudista en el siglo IX.


Rnyng-ma-pá dividía en nueve los estados progresivos de autorrealización espiritual, y los subdividía de acuerdo a los tantras, separándose así de la clasificación tradicional.


Los seis grupos enumerados son:

1) Kriya o ritua;

2) Upa-yoga, convergencia de dos verdades y meditación en las cinco enseñanzas del Buda;

3)Yoga, la evocación de un dios y la identificación del ser con ese dios, a través de la meditación en un mándala (dibujo ritual);

4) Maha-yoga, meditación en los elementos (skandas) de la conciencia humana como las formas divinas;

5) Anu-yoga, iniciación secreta en la presencia del dios y de su consorte, meditación en los espacios vacíos para destruir la ilusión de las cosas, y

6) Ati-yoga, meditación en la unión del dios y de su consorte, hasta alcanzar la experiencia de la bienaventuranza.

Aquellos iniciados en el kriya-tantra demoran siete vidas en obtener el estado de buda; cinco, en el upa-yoga; tres vidas, en el yoga. El maha-yoga permite lograrlo en la próxima existencia; el anu-yoga, al morir, y el ati-yoga en la presente existencia.


En algunas de estas iniciaciones se utilizaban pinturas sagradas, a las que se atribuían poderes mágicos. Están realizadas sobre algodón, seda, papel y pieles de carnero, según ritos antiquísimos, usando unas especies de clichés hechos en los monasterios. Con tales pinturas se esperaba lograr una transferencia mágica. Los lamas pintores trabajaban recitando mantrams de manera continua, y salmodiando trozos de libros sagrados desconocidos para los demás.

Los discípulos iban mezclando los colores, y a veces un ayudante recitaba por él o lo acompañaba. Finalmente, tanto estas pinturas como los bronces eran consagrados en una compleja ceremonia que los cargaba de poderes chamánicos. Esta consagración, llamada ras-tu-gnas-pa, era una verdadera vivificación o encarnación, sobre la materia, de las fuerzas o poderes que se deseaba poseer.

Materializados estos fantásticos objetos, el sacerdote repetía 108 veces una formula que rezaba aproximadamente: “Ningún vicio se cometa; toda virtud debe ser practicada a la perfección; la mente debe ser por completo dominada; ésta es la enseñanza de todos los budas.”

Luego, reafirmando la voluntad de consagrar la imagen, la cubría de flores, la mojaba con agua sagrada y la manipulaba, pronunciando el AUM (¡om!) en tres partes, una de ellas síntesis de las otras dos. Finalmente, la imagen era tapada con una mantilla roja y cubierta de flores. Entonces, la estatuilla “humanizada” y tratada como un neófito, era iniciada en los misterios.

Cuando se trataba de una imagen con cavidades, los ritos finales incluían la colocación de rollitos de papel con escritos mágicos en su interior.

Las últimas aspersiones se hacían sobre la imagen de la estatua reflejada en un espejo también mágico. Muchos de estos espíritus  titulares, representados bajo formas feroces, como protectores, han sido tomados por los occidentales por “diablos”, cuando en realidad eran todo lo contrario.

Algunas de estas deidades eran representadas con sus contrapartes femeninas; Yab-yum o “dios-diosa” era el nombre asignado a la pareja cuando la unión se hacía íntima. No eran pornográficos, sino que significaban el sacrificio de la unidad personal en bien de la unidad total, simbolizada al principio y al fin de los tiempos por la pareja primordial, donde el yo y el tú se conjugan y desaparecen. Una deidad poderosísima, Yamantaka, aparecía a veces en ese acto de danza-apareamiento con su contraparte. A veces representaba esta unión la lanza y un espejo.

“Las enseñanzas del Buda incluyen tanto sutras como tantras. Los sutras presentan los temas básicos de la práctica para obtener la liberación de problemas incontrolablemente recurrentes (sct. samsara) y, más allá, para alcanzar el estado iluminado de un Buda, con la habilidad de ayudar a los demás tanto como sea posible. Los temas incluyen métodos para desarrollar auto disciplina ética, concentración, amor, compasión y un correcto entendimiento de cómo existen las cosas realmente. Los tantras presentan prácticas avanzadas basadas en los sutras.

La palabra sánscrita tantra significa la urdimbre de un telar, o la hebra de una trenza. Como los hilos de un telar, las prácticas del tantra sirven como una estructura para entrelazar los temas del sutra para tejer la alfombra de la iluminación. Más aún, el tantra combina expresiones físicas, verbales y mentales de cada práctica y las entreteje creando un sendero holístico de desarrollo. Como no se puede integrar y practicar simultáneamente todos los temas del sutra sin previamente haberse entrenado en cada uno individualmente, la práctica del tantra es extremadamente avanzada.

La raíz de la palabra tantra significa estirar o continuar sin descanso. Enfatizando esta connotación, los académicos tibetanos tradujeron el término como gyu (rgyud), que significa continuidad ininterrumpida. Aquí, la referencia es a la continuidad sobre el tiempo, como en una sucesión de momentos en una película; más que la continuidad en el espacio; como una sucesión de segmentos de pavimento. Más aún, las sucesiones que se discuten en el tantra son como películas eternas: no tienen principio ni fin.

No hay dos películas iguales, inclusive dos copias idénticas de la misma película nunca pueden ser el mismo rollo de película. Similarmente, las sucesiones interminables siempre mantienen su individualidad. Más aún, los cuadros de la película corren uno a uno, y todo cambia en cada cuadro. De la misma manera, los momentos en las sucesiones interminables son efímeros, con un sólo momento ocurriendo a la vez y sin nada sólido que perdure a través de las sucesiones.”   Alexander Berzin


Durante esta primera época de los celebres Bonetes Rojos se incrementó el poder político del Tíbet y los territorios vecinos bajo su dominio aumentaron.

Relata el último Dalai Lama:

En el reinado del cuadragésimo rey, Nga-Thag-Tri Ral, nacido en el año del perro de fuego (866 después de Cristo y 1.346 años desde la muerte de Buda), el número de monjes del Tíbet había aumentado grandemente. De nuevo hubo guerra con China durante este reinado y de nuevo los tibetanos se apoderaron de grandes zonas de ese país. Pero tanto los lamas tibetanos como los monjes chinos, conocidos como hansangs, actuaron de mediadores y consiguieron la paz.

En la frontera chino-tibetana, en la zona llamada Khung-Khu-Meru, la frontera quedó marcada con una columna de piedra; y otras similares se erigieron frente al palacio del emperador chino y frente al Jokhang, en Lhasa. En los tres pilares se grabó idéntica plegaria, en caracteres chinos y tibetanos; en ella se decía que ni uno ni otro país debían traspasar las fronteras señaladas.

Sin embargo, en el año del pájaro de hierro (901 después de Cristo y 1.381 años después de la muerte de Buda) ascendió al trono el cuadragésimo primer soberano, de nombre Lang-Dar-Mar, cuyo reinado se caracterizó por el afán en deshacer lo que habían hecho sus antecesores. Tanto él como sus ministros se esforzaron en destruir la religión de Buda y en cambiar las costumbres del Tíbet. Tras un indigno reinado, que duró seis años, murió asesinado.

Por tanto, habían transcurrido más de mil años desde que reinara el primer monarca tibetano hasta la muerte del cuadragésimo primero. Durante este tiempo, el país había ido acrecentando incesantemente su poder material y espiritual. Pero tras la muerte de Lang-Dar-Mar, el reino se disgrego.

El rey tenía dos esposas y dos hijos, uno de los cuales no era realmente hijo suyo. Las reinas se enfrentaron, los ministros tomaron partido por una o por otra, y el Tíbet quedó finalmente dividido entre los dos príncipes. Esta secesión condujo a posteriores subdivisiones y el Tíbet pasó a convertirse en una tierra de pequeños reinos. Así permanecería durante 347 años.


El renacimiento del budismo en el Tíbet tuvo lugar a fines del siglo X. Los nobles que gobernaban en el territorio occidental promovieron los viajes de tibetanos a la India, en procura de maestros y traducciones de textos sagrados. Uno de los grandes traductores de entonces fue Ring-Tseng-Sang-po. Con el arribo, en 1042, del renombrado maestro indo Atisha, el budismo recupero su calidad de religión dominante del Tíbet.

Atisha, al igual que los otros maestros mahayanas, enfatizó la importancia de la disciplina monástica y la transmisión directa de la doctrina de maestro a discípulo (“boca a oído”).

La escuela fundada por Atisha y continuada por Brom-ston, su principal discípulo, fue la Bka-gdams-pa (la de “aquéllos regulados por preceptos”), que, como lo dice su nombre, imponía una austera disciplina. La practica central de esta secta, absorbida en el siglo XV por la secta de los Dgelug-pa, era la purificación de la mente, que requería la eliminación de todo defecto, tanto intelectual como moral, para obtener una clara visión del vacio (shunyata). La enseñanza descansaba en los Prallna paramita y otros textos; también hacía uso de los mantrams.


En esta misma época, siglos XI-XII, floreció otra importante escuela, la Bkargyut-pa, la cual, como resultado de un movimiento reformista, se separo de los Bonetes Rojos. Bkargyut-pa, la “orden transmitida”, acentuaba la transmisión directa de la enseñanzas esotéricas de maestro a discípulo, sin la cual estas enseñanzas se hubieran perdido.

Esta orden hacia remontar su linaje espiritual al maestro indio Tilota, que había transmitido sus enseñanzas al yogui indio Naropa, quien a su vez había sido maestro de Marpa, el preceptor de Milarepa (1040-1123).

Este gran asceta es el más celebrado poeta del Tíbet; sus últimos cantos, generalmente muy difíciles de entender, son la profunda expresión de sus experiencias espirituales. El seguidor de Milarepa, Sgam-po-pa (1079-1153), tuvo varios discípulos, que establecieron diversas subescuelas separadas, basadas en sus enseñanzas; una de ellas fue la karma-pa, que tanto influyó en lo sucesivo.


La Bkargyut-pa fijó como su meta suprema el maha mudra (gran sello); es decir, la dicotomía del pensamiento en pleno nirvana. Esta secta, que hacia referencias frecuentes a las “seis enseñanzas de Naropa”, empleó, entre otras técnicas, los ejercicios del hatha-yoga (yoga que enfatiza la respiración y posturas especiales). Con estas y otras técnicas inducía una serie de experiencias encaminadas a obtener la iluminación en esta vida, o en el momento de la muerte:

1) El calor autoproducido.

2) El cuerpo ilusorio.

3) Sueños.

4) La experiencia de la luz, en la mente.

5) Los estados de la existencia intermedia entre la muerte y el nacimiento descritos en el Bardo Todol, y

6) El paso de una existencia a la otra.


Continuará.


Monjes Tibetanos realizando estudio de los Sutras


 

 

 

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