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Algo sobre Avatar

ucho se está hablando y escribiendo sobre Avatar. Su impacto mundial sorprende a todos, sobre todo a los ‘expertos’ y a los críticos. Pero poco o nada se ha dicho de las verdaderas razones que causan tal impacto, porque de lo que más se habla es de la técnica empleada en la película que, parece ser, revolucionará el mundo del cine. En otras palabras, la tecnología es la ‘culpable’ de todo. Pero no es así.


Cuando la película termina y uno se queda soldado a la silla, con una sensación indescifrable dentro, con una emoción incontenible que no sabes exactamente a qué se debe y con una voz gritando dentro pidiendo que no se acabe, todo ello no tiene nada que ver con la nueva técnica de 3D ni con la belleza, es justo reconocerlo, de las imágenes que dicha técnica nos transmite.


Hay un algo más que tiene mucho que ver con el mundo donde se desarrolla la historia, Pandora, nombre que por cierto está relacionado en la mitología griega con la primera mujer, quien, al igual que Eva, fue “culpable” de todos los males que sufre la humanidad. ¡Que casualidad!


En ese mundo, Pandora, hay algo que el espectador conoce, que le resulta familiar, que a lo largo de la película te va capturando y que al final te posee, como le sucede al protagonista humano. Ese algo tiene que ver con el pasado de la humanidad y también con su futuro. Sólo es cuestión de atar cabos.


También toca muy dentro y remueve sensaciones dormidas la presencia de lo sagrado en los habitantes de Pandora. Lo sagrado está presente en su relación con la Naturaleza, con la Vida, en su veneración y sincronización con la Madre.

Forman una red entre ellos y con todas las vidas que les rodean. Su respeto a la Vida es absoluto, su espiritualidad no está dirigida por fantoches ni falsos sacerdotes, más bien es consustancial a ellos mismos y se respira por todas partes. Son una prolongación de la Vida del planeta. Pero ello no impide que sean a la vez bravos guerreros, orgullosos y dignos, dispuestos a luchar hasta el fin por defender su planeta y lo sagrado de sus vidas.


Esa combinación de espiritualidad y guerrero permanece dormida, latente, en el interior del espectador, porque la humanidad, en sus ancestros, la poseía. Avatar la despierta, nos la recuerda. Por eso la película nos transmite la sensación de algo conocido.


Existe una perfecta, natural y sabia combinación entre pureza, bravura, sensibilidad, ternura, fiereza, dignidad y belleza que remueve el interior del espectador porque le toca la fibra de sus orígenes y hace vibrar todo aquello que la mal entendida “evolución” hizo olvidar.


El espectador acaba, al igual que el protagonista humano, uniéndose a los habitantes de Pandora en su lucha contra el invasor. Pero lo hace sin pararse a pensar que está luchando contra su propia humanidad, contra los suyos. Sólo que en esos momentos ya no se siente humano. De alguna forma también ha “renacido”, al pie del árbol mágico, en un nuevo cuerpo, en un nuevo mundo.


Y eso precisamente es lo que más cuesta, que después de haberte convertido en uno de ellos, cuando se apagan las luces tienes que volver a ser humano y sustituir la majestuosa y mágica selva por las calles de tu ciudad y el ruido infernal del tráfico, tienes que salirte del cuerpo y de la mente pura de un na´vi y entrar en la cruda realidad en la que vives. El choque es muy fuerte.


Esa es la magia de la película, que te “roba” tu condición de humano hasta el punto de que no quieres recuperarla al final. Al fin y al cabo nos “roba” lo que nos sobra, aquella parte de nosotros con la que no nos encontramos a gusto. Pero, sobre todo, te muestra algo que sabes, que conoces, que ya has vivido o que has soñado alguna vez.


Todos aspiramos a un mundo real, puro, auténtico. Todos soñamos con una vida diferente, lejos de esta absurda mentira que nos han colado y que pasivamente aceptamos. Pandora y sus habitantes nos muestran, en imágenes, en sensaciones, nuestros sueños más profundos.


Es importante recordar aquí, que el director tuvo un sueño una vez, tomó nota de él y ahora nos hace partícipes a todos. Su sueño activó nuestros sueños.
Todo gira en torno al sueño, pero soñar es entrar en otra realidad, es “ver” en el espacio, fuera del tiempo, es la antesala del creador.


Si, como muchos creemos, formamos parte del Sueño de un Creador, tal vez Avatar nos esté mostrando un futuro donde nuestros sueños se harán realidad, donde la humanidad no sea la invasora, sino algo más parecido a la que existe en Pandora, formas aparte.


Porque, repito, lo que nos impactó de Avatar es que removió lo más profundo de nosotros, lo que somos, lo que un día fuimos y lo que un día seremos.
Gracias al director por el regalo.




Fuente del artículo “Avatar”: Revista Fusión



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A la Busqueda de una Civilización Natural

Una-Civilizacion-NaturalArtículo de Jorge  Livraga R.


LAa preocupación política, o sea referente a la conducción de los grupos humanos, es una de las más antiguas. El hombre ha sido y es un Ser social por naturaleza y no sabemos que jamás haya dejado de serlo. Todos los testimonios tradicionales y arqueológicos confirman, cada vez con más intensidad, la preocupación sociopolítica de los seres humanos; tan temprana como la religiosa y la de supervivencia individual a través del sexo.

Las comunidades humanas han tratado, desde los más antiguos tiempos, dentro de lo que sabemos, de convivir con la Naturaleza. Se sentían parte de la misma y la figura mental de la madre física se trasfundió siempre con la de la Madre del Mundo; siendo así las Deidades femeninas más antiguas que las masculinas en cuando a la importancia de sus Culto. Un “secreto Instinto” avisaba al hombre, desde las mismas entrañas de su consciencia, que su imperio sobre los minerales, vegetales, animales, distancias y tiempos, estaba atado inexorablemente a su entorno cósmico y que su propio cuerpo y psique eran también componentes de esa naturaleza, cuyo origen ontológico no era otra cosa que Aquello superior a toda dualidad y a todo razonamiento discursivo que hoy llamaos Dios. Así, Dios-naturaleza-Humanidad formaron la Primera Tríada de todos los Cultos, desde los predinásticos Egipcios hasta el mismo Cristianismo.

El Culto a los dólmenes y “Piedras del Cielo”, al Árbol de la Vida, a las formas animales es, asimismo, patrimonio espiritual de toda la Humanidad, de todos los tiempos. El Sol, la Luna, las Estrellas, los Ríos, el Mar, las Montañas, los Abismos, figuran siempre asociados con los Dioses y con los primeros hombres.


La Civilización, como arquetipo de la plasmación de la Cultura, fue concebida entonces, en colaboración y no en lucha contra la Naturaleza, lo contrario de esto se tuvo siempre por suicidio colectivo y por peligrosísimo desafío al Destino.

Tal vez convenga diferenciar el concepto vulgar de “Salvaje” del de “Natural”, dado que el primero encierra la actitud pasiva de hombres movidos por su entorno y el segundo de hombres que se mueven modificando el entorno, pero sin oponerse a él, sino colaborando activamente con él.

La más grande Civilización de que tenemos un recuerdo detallado es la Romana. No quiero decir con esto que haya sido la más importante, ni menos la más antigua, sino que de ésta tenemos elementos a la mano en número y calidad tal, que nos permiten una reconstrucción bastante ajustada de sus características.

Su misma costumbre de narrarlo todo; su alineación histórica, nos permite hoy saber más sobre lo que se habló en el Senado en épocas de Cicerón o de las campañas y muerte de Julio César, que sobre la entrevista de Yalta o el asesinato del presidente Kennedy. Aunque esto parezca un absurdo es auténticamente cierto y no creemos que toda la responsabilidad de nuestra ignorancia de hechos tan reciente la tengan “Secretos de Estado”, sino una forma de mentalidad diferente que ha restado valor al detalle en los actos del Hombre.


ESTAsta Civilización Romana, a pesar de los politicastros que la atacan en base a abstracciones, es para los historiadores un verdadero modelo de “Civilización Natural”, dentro de las posibilidades que hasta ahora ha demostrado la humanidad. O sea, que dejando de lado las utopías debemos reconocer que, en la práctica, fue un modelo de Civilización multinacional bellamente injertada en la Naturaleza.

No nos detendremos en la mención de sus caminos, que generalmente corren por debajo de los actuales; ni de sus acueductos que daban a Roma ocho veces más agua por habitante que en la actualidad, ni en tantas cosas extraordinarias, desde sus conceptos artísticos a los filosóficos. Tampoco en sus defectos, que también los tenían y de los cuales ningún grupo humano se ha mostrado carente.

Simplemente queremos destacar, a la luz de los últimos descubrimientos arqueológicos, que la Civilización Romana transformaba los elementos naturales, pero sin destruirlos y sin contaminar el medio ambiente. Desde sus templos de madera y piedras que mansamente vuelven de la Madre Tierra de donde han salido, hasta sus baños y gabinetes higiénicos en los cuales no se echaban papeles que hoy motivan las talas de los bosques y la putrefacción de las tierras, sino esponjas de larga utilización, gracias a ser lavadas cada vez que se usaban, en aguas corrientes y vinagre.

Sus carros se movían por tracción animal y si bien menos veloces y menos cómodos que los nuestros, sus “motores” consumían pasto, los que eran luego abonados con sus desechos…para que crecieran nuevos pastos.

Las chatarras de sus metalurgias, al basarse en metales naturales o en aleaciones simples, vuelven hoy a la Naturaleza sin contaminarla. Sus buques eran movidos por los vientos, que no se ensuciaban por ello y por remeros que hacían su gimnasia, voluntaria o involuntaria, pero siempre útil a la Comunidad, cosa que tanto contrasta con las individuales gimnasia estériles y a las contracciones por descarga eléctrica que endurecen los músculos y tornan elásticas las arterias de nuestros contemporáneos, sin más beneficio que para el que lo hace.

Sus fuentes lanzaban sus chorros de agua cristalina a muchos metros de altura sin recurrir a otro motor que los vasos comunicantes que llevan, por la fuerza de la gravedad, a la estabilización de los líquidos.

Sus relojes lo eran de sol, o hidráulicos, o de pesas.

Sus taxímetros, aplicados a carruajes y a naves, eran simples bolitas que caían en un recipiente según las distancias recorridas…y servían para cargar el aparato otra vez.

Sus expendedores de agua lustral y de bebidas automáticos se basaban en una poco complicada maquinaria, que al peso de una moneda en el extremo de una barra, dejaba por el otro lado salir una cantidad calculada de liquido, hasta que la moneda resbalaba al deposito y la expedición se cerraba, al volver el mecanismo a la posición original.

Sus armas mataban al enemigo, pero sin contaminar la Tierra ni el Cielo y las destrucciones de floras y faunas estaban estrictamente controladas y eran compensadas con largueza.

Su sistema monetario no era muy apto para inflaciones. Y una única unidad económica abarcaba a la tercera parte de los habitantes del mundo de aquel entonces. Así como también le abarcaban sus leyes y un mando unificado político que permitía convivir a cientos de pueblos de diferentes colores de piel, creencias y lenguas.

Su eclecticismo en materia de filosofía y religión eran extremos. La tan mentada luego persecución de los primeros cristianos se debió a que éstos, que por ese entonces se sentían tan sólo una suerte de secta de los hebreos, querían imponer su creencia a todo el mundo, aún de manera violenta, como podemos constatar por lo que hizo “San” Chirlillo de Alejandría con la Filósofa Hipatya.


No creemos que debamos extendernos. Tan sólo hemos dado unos esbozos de lo que fue una forma de Civilización Natural. Sabemos que no fue perfecta, ni mucho menos. Pero la Civilización actual es peor.




Severn Cullis-Suzuki nació y se crió en Vancouver, Canadá. A los nueve años (mientras asistía a la escuela primaria) fundó la Organización Infantil del Medio Ambiente (Environmental Children’s Organization – ECO), un grupo de niños dedicados a enseñar a otros jóvenes diversos temas sobre medio ambiente. En 1992, a la edad de 12 años, Suzuki-Cullis recaudó dinero con los miembros de la ECO para asistir a la Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo “The Earth Summit”, celebrada por la ONU en Río de Janeiro.

Video visto originalmente en la web Ética Universal.



NUESTROSuestros medios de transporte se mueven en base a un combustible irreemplazable: el petróleo y el carbón. Además, sus detritus contaminan el medio ambiente y estamos provocando la esterilización del Planeta, tan sólo por querer llegar más rápido a lugares donde luego perderemos el tiempo lastimosamente sin saber qué hacer o recurriendo a viles distracciones para no aburrirse.

Nuestros desperdicios, especialmente los plásticos, son prácticamente indestructibles y ya llenan buena parte de playas, campos y “vaciaderos”, que no son otra cosas que hermosos valles convertidos en cubos de basura. En el mar se vierten constantemente residuos radioactivos en envases que no presentan mayores índices de seguridad para las generaciones futuras.

Nuestras fuentes urbanas mueven una y mil veces la misma agua reciclada gastando para ello electricidad costosamente producida.

Nuestros aparatos necesitan de pilas, motores, cohetes, etc. Todo esto es más o menos contaminante y hay que fabricarlo continuamente, pues continuamente se destruye o deteriora.

Nuestras armas de guerra afectan no sólo a los hombres y sus edificios, sino que modifican toda la naturaleza y pueden llegar, si son atómicas, a destruir el Planeta mismo.

Nuestra estúpida idea de la competencia ha fragmentado el mundo ya no en Naciones naturales, sino en artificiales Países y hay cien monedas en puja. El concepto de Unidad Natural se ha olvidado totalmente y se confunde la cosa, pues ya no nos semejamos con definiciones, sino con injurias, y a todo aquel que quiera retornar a una unidad planetaria o por lo menos de una zona, se le llama “Imperialista”, “Fascista”, etc.

Hemos perdido contacto con la Naturaleza y realizamos esfuerzos inútiles que harán reír a las futuras gentes, como esos de las bicicletas fijas, de las bandas vibradoras, de los juegos con pesas.

Pero si esos mismos esfuerzos lo hiciésemos en algo útil desfalleceríamos diciendo que no aguantamos tanto trabajo. Somos débiles y artificiales.

Nuestra forma civilizatoria produce y consume constantemente y lo más rápido que puede, sumiéndonos a todos en una loca carrera.

Todo lo que hacemos es poco duradero; así lo podemos reemplazar más rápido. No se busca lo bueno, sino lo nuevo. No importa tanto la calidad como la cantidad. El voto de dos imbéciles vale más que el de un genio.

Existe una realidad: no nos salvarán las lamentaciones ni las reprimendas a la manera de la farsa que llamamos ONU. Nos salvara nuestro propio reencuentro con la Naturaleza; con nosotros mismos y con el entorno.


Así, nuestra Filosofía Acropolitana propone un retorno a la naturaleza. Pero no al salvajismo ni a las posiciones exteriores más o menos exóticas, como dejarse el pelo a lo africano o vestirse de chino. Nos referimos a algo mucho más “Interior” y Espiritual. Y que se refleje en todo lo que el hombre haga y deshaga.

Tenemos sed de bellos paisajes, de bosques frondosos, de hermosos mármoles tallados, de música sin aditivos electrónicos, de cuadros sin clisés de serigrafía ocultos bajo la pintura, de aire puro, de aguas puras…y de hombres y mujeres puros.

Que las drogas las tomen los enfermos para mitigar sus dolores, pero no los jóvenes para llenar sus ocios. Que no se vea al trabajo como una maldición sino como una de las mejores herramientas pedagógicas.

Que el hombre crea en Dios y en sí mismo. Y que para ello no haya que hacer un referéndum… ni consultar una computadora.

Seamos Naturales; seamos nada más…ni nada menos que NOSOTROS MISMOS.




¿Por qué tiembla la Tierra?

Jorge-Livraga

A poco de mi llegada a Lima he tenido la experiencia, si bien no nueva para mí, de sentir temblar la tierra. Ante éste, como ante cualquier otro fenómeno natural más o menos impresionante, nuestra endoculturación materialista nos trae explicaciones más empíricas que filosóficas, y así el estudio final y las causas profundas mueren confortablemente arropadas en razones mecánicas que si bien explican los medios, jamás los fines ni los principios.


¿Por qué tiembla la tierra?


Sin ser expertos geólogos, conocemos las actuales teorías sobre deslizamientos en la franja del geosinclinal andino y de las contrapresiones explicadas por la teoría de Wogoner sobre el frente-sial del macizo de los Andes, sin descartar la acción de los fuegos subterráneos que, según los más modernos aparatos, no están en el centro del esferoide terrestre como hasta ahora se creía, sino bastante más cercanos a la superficie. Pero todas estas explicaciones no responden en profundidad a la pregunta anterior:

¿Por qué tiembla la tierra?, atiéndase bien que no preguntamos ¿Cómo? sino ¿Por qué?


Si un carro se traslada, por ejemplo, desde Lima al Cuzco, la explicación del porqué de su traslado estaría en relación con los seres inteligentes y vivos que le manejan y el cómo, con el juego de compresión de gases que trasladarían sus impulsos, a través de una maquinaria motora, a las ruedas que giran apoyándose en el suelo y provocando el movimiento del carro sobre la carretera.


Así la segunda explicación, puramente mecánica es cierta y explica lo estrictamente mecánico, pero no basta para solucionar el problema de porqué va ese carro de Lima a Cuzco y no a Callao o a Nazca o a cualquier otra parte. Tampoco explicaría, la pura razón mecánica, porqué se puso en marcha, ya que la ignición es “en cadena” pero algo exterior a ella tuvo que provocarla o iniciarla. Y todo esto viene a colación de lo que sigue:

Los científicos a la moda se conforman con las explicaciones mecánicas sobre los temblores de tierra, deteniéndose en los cómos, sin llegar jamás a los porqués. Es evidente que la tierra mantiene una ecología termomecánica, por no hilar demasiado fino, que es propia a todos los seres vivos. Cómo éstos acusan oscilaciones periódicas de temperatura, desde las diarias a las glaciaciones, seguidas por alzas que a manera de fiebres le acometen con intervalos de muchos miles de años.


Ha sido niña y ahora envejece, endureciendo su piel y cargándolo de arrugas. Ostenta las cicatrices de sus choques con el mundo circundante en cráteres meteoritos. Ha cambiado varias veces su inclinación referente al plano de la eclíptica tal cual un ser vivo lo hace, aún cuando duerme en el suelo.


La tierra para los filósofos platónicos y neoplatónicos fue siempre definido como un Macrobios, o sea, como una gran unidad viviente, semejante a un animal. Las representaciones arcaicas hindúes que muestran a los hombre levantando sus palacios sobre el lomo de un monstruo cósmico y que hoy se interpretan como meras formas de ignorancia, tenían más esotéricas acepciones y estaban más cerca de la verdad, que los científicos contemporáneos. La tierra es un ser vivo.


Nuestro planeta, se estremece, sufre enfermedades, envejece y un día morirá. Su cadáver se desmenuzara en polvo cósmico tal cual el cuerpo de cualquier otro ser vivo lo hace sobre el polvo terrestre. Como en los intersticios de nuestra piel portamos millones de microbios, así nos lleva la Madre Tierra sobre la piel de sus “Escudos Continentales”. Paralelo no significa identidad. Semejanza no es igualdad.


Nos adelantamos a las críticas aceptando desde ya las diferencias que nuestros ejemplos contienen, pero como filósofos pedimos que se medite, asimismo, sobre las semejanzas. Y pedimos que se medite, no por un simple afán especulativo ó sensacionalista, sino porque, al entender y percibir que la tierra es un ser vivo nos llevara inexorablemente a una cosmovisión diferente, aclarándose para nosotros muchos enigmas, confortándose nuestros corazones al percibir que no somos simples “casualidades” viviendo porque sí en una roca muerta que gira estupidamente en el vacío inerte, sino seres humanos en el mejor sentido de la palabra, enlazados por leyes de causa y efecto a nosotros mismos, a nuestros semejantes y a todos los seres que habitan el universo, tengan la forma y dimensiones que tengan.


Y la tierra es uno de ellos. Un ser vivo del cual nos alimentamos y en el cual vivimos, un compañero de viaje, finalmente, en este aventurero andar de los caminos del tiempo y del espacio, al que debemos cuidar de no envenenar con nuestros detritus artificiales y contaminantes, pues la suerte de la humanidad, por muchos miles de años está aún ligada a la suerte de la Tierra. Y porque debemos respetar y no destruir inútilmente ninguna forma de vida, sea un planeta o una hormiga.


¿Por qué tiembla la Tierra?

Por lo mismo que, ocasionalmente, tiemblas tú, lector…

La tierra es un ser vivo.