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Ojo Filosófico…

De creencias, verdades e ilusiones

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Y_ahi_iba_Pedro ahí iba Pedro, masajeando el pectoral izquierdo mientras paseaba acompañado por su mundo virtual de pensamientos, creencias y verdades aprendidas en un diálogo imparable solo detenido por su decisión consciente. Pedro, mi amigo gurú de gimnasio, suele ser el consejero al que todos acuden en busca de ese norte que se escapa de la brújula personal.


Llegando a unos de los codos de su propia vida se encontró con La Ilusión disfrazada de Sabio Todoconocedor y decidió acompañar su viaje por alguien que le hiciera más liviana la mochila. Con sus altibajos compartían impresiones sobre las escenas cotidianas.

En cierta ocasión caminaban por la arbolada San Isidro cuando vieron ante ellos a un joven corredor inclinado en el cordón de la vereda tratando de recoger algo. Pedro le preguntó a La Ilusión, que para entonces ya lo acompañaba sin descanso:

“Qué le pasa al chico, busca algo?”

“Sí, claramente, está buscando su porción de Verdad,” respondió La Ilusión.

“¿Y qué piensas de esa búsqueda?”, repreguntó Pedro provocando a La Ilusión.

“Haré mi parte permitiendo que aquello que encuentre lo haga una creencia religiosa que guíe su vida”, respondió La Ilusión.


Mientras Pedro terminaba el relato de su epifanía desde el caminador de la derecha, cambié la inclinación de la cinta y me quedé pensando que una creencia religiosa es como un poste indicador que señala el camino hacia la Verdad. Pero cuando la gente, obstinadamente se adhiere al poste se ve impedida de avanzar hacia la Verdad, puesto que tienen la sensación de que ya la poseen.

Cada uno posee solo una porción de la verdad, un aspecto o versión que nos permite ordenar el mundo interno y la relación con el mundo externo y los demás. Pero cuando esa creencia que se vive como verdad tiñe cada una de las percepciones hemos construido nuestra propia prisión conceptual.


“Eres libre de elegir las creencias que quieras tener pero, ten cuidado, aquellas que escojas, dominarán tu vida.” Anónimo.

 

 

Texto original: Tiempo y Espacio confluir.

 

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Índices positivos


uando todos los índices apuntan a la baja por los efectos del torbellino de la crisis, es muy conveniente no fiarse solo de esos índices, sino también de los positivos, porque existen, a pesar de que la gente tienda a pasarlos por alto.

Es paradójico contemplar cómo el sistema nervioso acaba afectando nuestra manera de percibir lo que está ocurriendo y, por consiguiente, a las decisiones que tomamos. Vale la pena recordar que una serie de estímulos biológicos, adquiridos unos y heredados otros, afectan el funcionamiento de nuestro sistema nervioso. En función del impacto recibido por este sistema nervioso se percibe de una u otra manera la naturaleza de la crisis. Y solo a raíz de esa percepción se toma una decisión determinada.


Lo interesante es constatar la variabilidad del grado de optimismo o pesimismo provocado. Para empezar, en promedio, la gente hace gala de cierto optimismo que el desarrollo de los acontecimientos no siempre justifica. Las personas suelen creer que son ellas las últimas que van a perder el trabajo o que sus hijos serán los últimos en no ser admitidos en la escuela elegida. En otras palabras, a lo largo de la evolución se puede percibir un sobreoptimismo que –según el parecer de muchos científicos– es lo que ha permitido a la especie humana sobrevivir.

 

Ese sobreoptimismo latente y continuado en promedio se ha conjugado con un pesimismo empedernido por parte de la gran mayoría enfrentada a hechos insólitos o trascendentes, como el impacto de la tecnología o la previsión del futuro inmediato.

Me gusta citar la opinión generalizada en el Londres del siglo XIX de que el exceso de excrementos depositados en las calles por los numerosos caballos –que facilitaban los medios de transporte– amenazaba la supervivencia de la civilización londinense, cuyos días estaban contados por las dificultades de sanear el ambiente urbano.

La mayoría, incluidos algunos científicos, subestimaba todo lo que la tecnología podía hacer para cambiar radicalmente la situación de un potencial envenenamiento colectivo.

 

La otra muestra de pesimismo empedernido es la incapacidad de la mayoría para digerir los grandes hitos en el camino del progreso social, como el aumento actual de la esperanza de vida de la especie humana: dos años y medio cada década, lo que inevitablemente implicará que, en lugar de ser el reparto de la riqueza el principal problema –esa ha sido la historia de los últimos siglos–, lo será la distribución del trabajo, con los consiguientes cambios en el comienzo y final del compromiso laboral.

 

Ahora estamos enfrentados a un pesimismo empedernido de esta última calaña. La crisis provocada por el sobreendeudamiento y la corrupción de países como España les parece a algunos la etapa final de la marcha incierta hacia el progreso. No es cierto. A pesar de los alaridos de muchos, a las políticas de ajuste sucederán pronto las de crecimiento; desgraciadamente, solo los profesionales de la economía parecen ser conscientes de que no se pueden impulsar por separado esas políticas.

 

La duración de la crisis dependerá, precisamente, de la medida en que la sociedad acepte que la expansión no es posible recuperarla sin saneamiento paralelo.

Aunque ahora parezca extraño, el segundo factor que determinará la duración de la crisis será, como siempre, nuestra predisposición a aceptar el cambio: saber conjugar la mayor capacidad de concentración con la multiplicidad de soportes digitales, la manera de gobernar, de educar, de innovar, de colaborar en lugar de competir, de recurrir a la creatividad no solo para pintar, de echar por la ventana los procedimientos que entorpecen el progreso.

 

Autor: Eduard Punset

 


Fuente original del video©: GrupoPunset.com

 “El pasado fue siempre peor, y no hay duda de que el futuro será mejor.” Ese mensaje orienta el Viaje al optimismo al que nos invita Eduardo Punset.

Los constantes avances científicos, que recorreremos con el autor, justifican abordar con entusiasmo el futuro.

En este viaje, Punset desmiente que la crisis sea planetaria, proclama la obligada redistribución del trabajo mientras la esperanza de vida aumenta dos años y medio cada década, y recuerda que ya no es posible vivir sin las redes sociales.

Hoy, afirma, “la manada reclama el liderazgo de los jóvenes”, es más necesario que nunca “aprender a desaprender” y debemos asumir que la gestión de las emociones es una prioridad inexcusable.