Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Henry Steel Olcott

Lecciones de la vida y obra de H. S. Olcott

Los poderes de la verdad y el descontento: Lecciones de la vida y obra de H. S. Olcott

Por Anton Lysy



“¿Qué me hace decir esto que con la mayor seriedad y total conocimiento de esa verdad he dicho? ¿Qué es lo que me hace sentir no sólo satisfecho sino orgulloso de ser, al menos por este breve momento, el vocero y cabeza de este movimiento, arriesgándome al abuso, a la tergiversación y a cada vil asalto?

Es el sentir, dentro de mi alma, que detrás de nosotros, detrás de nuestro pequeño grupo, detrás de nuestra organización débil y acabada de nacer, hay un GRAN PODER al que nada puede resistírsele: ¡el poder de la VERDAD!”

(Cita tomada del discurso inaugural de H. S. Olcott, pronunciado en la ciudad de Nueva York, el 17 de noviembre de 1875.)



ucho antes de que el Coronel Henry Steel Olcott (HSO) conociera a Helena P. Blavatsky (H.P.B.) en el lugar donde ocurrían fenómenos espirituales en Chittendon, Vermont, en 1874, ya él venía desarrollando su pensamiento crítico en diversas áreas.

Antes de la Guerra Civil, Olcott trabajó en agricultura experimental y publicó un libro o folleto sobre el sorgo y el imphee, las variedades china y africana de la caña de azúcar. Aunque tales estudios eran esenciales dentro del creciente desarrollo del método científico durante este período de su vida, ello también nos permite vislumbrar las cualidades que definían a Olcott.

Su estudio y el conocimiento del proceso de refinación de la caña requerían discernimiento y sensibilidad para aislar las variedades en el trabajo experimental. Su intuición reflejaba también su esperanza humanitaria de poder ayudar al desarrollo de la economía de los pobres, enseñándoles a cultivar estas plantas foráneas.


Durante la Guerra Civil, Edwin M. Stanton, entonces Secretario de Guerra, nombró a Olcott como investigador de un fraude en los abastecimientos militares. El éxito de Olcott para recopilar evidencias de lo que luego se denominó como “El Carnaval del Fraude”, le confirió fama de ser un reformador competente, detallado y justo. Con esos elogios dentro de ese campo, fue designado como miembro de una comisión especial en la Oficina de Justicia Militar, y escogido para examinar la pretendida conspiración detrás del asesinato del presidente Abraham Lincoln, en 1865.


Después de la guerra, Olcott estudió leyes y aplicó las formas legales de razonamiento a asuntos de seguros e impuestos. Estableciéndose profesionalmente en la ciudad de Nueva York, retornó a su antiguo interés en el espiritismo, como periodista investigativo del diario The New York Sun.

Cuándo vio a H.P.B. por primera vez en la granja Eddy, en Chittendon, estaba preparando pruebas para averiguar si había fraude en los fenómenos espiritistas que allí acontecían. Marcó, por ejemplo, algunos gabinetes con cinta adhesiva para medir la altura de las apariciones, y registró todo el lugar para asegurarse de que no hubiera algún compartimiento secreto debajo del piso, detrás de las paredes, o en el techo, que pudiera utilizarse para simular los fenómenos. También anotó los intervalos de tiempo que había entre una aparición y otra.


Estas precauciones metódicas y sus experiencias en Vermont se recopilaron y describieron luego en People from the Other World (Personas de Otro Mundo). Olcott obviamente se sintió tranquilo con la colorida variedad de apariciones que encontró allí, y hasta describió una ocasión en que llenó su pipa de tabaco para complacer a una aparición, que era una mujer india llamada Honto que quería fumar.

… Allí estaba una humeante squaw ante nosotros, con todas sus características, con su traje, con la complexión típica de su raza, y con una apariencia espiritual que no superaba la de las mujeres que estaban en el cuarto sentadas allí y mirándola con asombro. (194)


Un indicio aún mayor del compromiso de Olcott con un amplio concepto de objetividad científica y verificación, se aprecia en la dedicatoria de su libro, a dos destacados científicos ingleses que mostraron interés en el espiritismo, Alfred R. Wallace y William Crookes.

El encuentro con H.P.B., sin embargo, llevaría a Olcott a un territorio aún más recóndito, más allá de los temas de leyes, impuestos, seguros, filosofía y ciencia. El contacto entre ambos produjo una chispa, y su química “creó un fuego aún más grande y permanente”, según el propio Coronel.

Ambos juntos personificaban dos polos contrastantes del ser: la energía, la experiencia y la intuición reunidas en esa danza alquímica; ella representando la parte esotérica, y él, el hombre de mundo.


Después de varios años como alumno de H.P.B., Olcott describiría un encuentro con el cuerpo astral de un Adepto en su libro Old Diary Leaves, de una forma totalmente distinta de sus reacciones a la ligera ante la presencia de Honto y su grupo:

… sus ojos brillaban con el fuego del alma. Su mirada era benévola y penetrante al mismo tiempo. Eran los ojos de un mentor y un juez, suavizados por el amor del padre que contempla a su hijo necesitado de consejo y guía. Era un hombre tan elevado, tan lleno de la majestuosidad de la fuerza moral, con una luz espiritual tan grande, tan evidentemente por encima de la humanidad promedio, que me sentí avergonzado en su presencia, bajé mi cabeza, e hice una genuflexión, como mismo uno lo hace ante un Dios o un personaje divino. (379)


Claramente, determinar la verdad era extremadamente importante para Olcott.

Ello parecía más bien ser parte de su carácter como buscador, y no meramente una política a seguir. Juntos, Olcott y Blavatsky formarían el híbrido corazón del núcleo de un gran plan para el desarrollo humano, que tomaría siglos para su completo florecimiento, a medida que nuestras especies vayan evolucionando lentamente para llegar a ser cuanto pueden ser. En el acto de conocerla y de aprender de ella y a través de ella, se creó un fuego entre ellos cuya chispa se propagaría a través de la sociedad que estaban a punto de crear.


Olcott comenzó a aprender con más profundidad de las singulares experiencias de su amiga rusa. Los viajes guiados de ella por todo el mundo le habían proporcionado experiencias de primera mano sobre las tradiciones esotéricas y exotéricas. A través de la gnosis que irradiaba de su presencia, una visión sin precedentes de interconexiones globales e interdependencias, comenzó lentamente a manifestarse en la interacción entre estos dos seres humanos, nacidos ambos bajo el signo astrológico de Leo. Los poderes latentes en Olcott florecerían luego viajando por el mundo por la Teosofía y el Budismo.


Esta gnosis de trascendencia se basaba en una distinción entre la comprensión de una verdad absoluta y la percepción de una verdad relativa. Conocer esta diferencia de primera mano era producto del entrenamiento esotérico que H.P.B. había recibido.

Ella posteriormente explicó esta diferencia en un artículo titulado “¿Qué es la Verdad?”, publicado en la revista Lucifer, en febrero de 1888.

Para resumir la idea respecto de las verdades absoluta y relativa, sólo podemos repetir lo que dijimos antes. Fuera de un cierto estado de ánimo sumamente espiritual y elevado, durante el cual el Hombre es uno con la MENTE UNIVERSAL, en la tierra lo único que el hombre puede alcanzar es la verdad, o verdades, relativas de cualquier filosofía o religión.


En su discurso inaugural, H.S.O. aludió a la necesidad de elevar el estado de conciencia, en lo que probablemente fue un aparte comprendido solamente por H.P.B.:

Ciertamente, la Sociedad Teosófica no puede compararse a una antigua escuela de teurgia, porque escasamente uno de sus miembros sospecha apenas que la obtención del conocimiento oculto requiere muchos más sacrificios que cualquier otra rama del saber.


Posteriormente, en su Discurso Inaugural, Olcott expresó su comprensión del acercamiento crítico y sistemático inherente a la nueva Sociedad Teosófica:

“Si yo emprendo correctamente nuestro trabajo, es para ayudar a liberar la mente pública de la superstición teológica y de una mansa subordinación ante la arrogancia de la ciencia.

No, nosotros somos… simplemente investigadores, con un propósito serio y una mente sin prejuicios, que estudiamos todas las cosas, comprobamos todo, y retenemos cuanto es bueno…

Buscamos, preguntamos, no rechazamos algo sin una causa, ni aceptamos algo sin tener pruebas. Somos estudiantes, no maestros.”


El Poder de la Verdad


atorce años después, siendo aún el presidente de la Sociedad Teosófica, Olcott, ya maduro, evaluaría el progreso de la misma en su artículo “Applied Theosophy” (Teosofía Aplicada):

Lo que la Sociedad ha hecho hasta ahora, su gran mérito ante los ojos de algunos y su terrible defecto, según otros, es hacer que las personas piensen. Nadie puede pertenecer largo tiempo a la Sociedad Teosófica sin empezar a hacerse preguntas.

Comenzará a preguntarse: “¿Cómo puedo saber eso? ¿Por qué creo en esto? ¿Qué razón tengo para estar tan seguro de que yo estoy en lo cierto y que mis vecinos están equivocados? ¿Qué me autoriza a declarar que tal acción o tal práctica es buena, o que por el contrario es mala?”


El mismo aire de la Teosofía está impregnado del espíritu de indagación. No es un espíritu “escéptico”, ni tampoco es “agnóstico”. Es un verdadero deseo de saber y conocer la verdad, hasta donde le sea posible a cualquier criatura tan limitada en sus capacidades e influenciada por sus prejuicios, como lo es el hombre. Eso es lo que ha elevado a la Sociedad Teosófica sobre el nivel de todas las demás organizaciones o agrupaciones humanas, y mientras los hermanos se abstengan del dogmatismo, la mantendrán en un plano más alto.


El hecho es que la Sociedad Teosófica atrae a personas que tienen una disposición innata para examinar, analizar y reflexionar, y cuando esa tendencia no existe, cuando las personas se hacen miembros de la Sociedad porque simpatizan con uno o más de sus objetivos, muy pronto comienzan a ponderar sobre los problemas de la existencia, porque se hallan involuntaria e instintivamente sometiendo sus propias teorías favoritas y sus debilidades compartidas, al proceso de examen que es el lema de la Sociedad.


Cuando H. P. H. murió en 1891, el gran poder de la verdad se revelaba en estas tres expresiones:

1. No hay religión más elevada que la Verdad.

(El lema de la Sociedad Teosófica)

2. Lealtad a la Verdad.

(El credo de la Sociedad Teosófica)

3. Honrar cada Verdad con su uso.

(El ritual de la Sociedad Teosófica)


Entonces, desde sus comienzos, la Sociedad Teosófica ha estado preocupada con una comprensión global de la “verdad” que permita hacer ajustes para los diferentes idiomas, mitos, religiones, filosofías, ciencias y teorías que han emergido en el pasado siglo de la historia humana. La tradición reconoce la importancia de las prácticas esotéricas espirituales que permiten “develar” la verdad haciendo que ésta salga a relucir internamente, y no que sea algo meramente descubierto por los sentidos.

Debemos entonces transformarnos conscientemente, uno por uno, si el mundo ha de alcanzar alguna vez la paz, la sabiduría, y el conocimiento que contemplamos como el fruto de la Fraternidad.


La importancia de la verdad ha continuado propagándose a través de muchas disciplinas surgidas desde finales del siglo diecinueve. La Sociedad Teosófica fue uno de los grupos que participó en el Parlamento Mundial de Religiones celebrado en Chicago, en 1893. Un siglo después, la Sección Americana de la Sociedad Teosófica estaba activa planeando su centenario, el Parlamento de las Religiones del Mundo.


Muchas cosas han cambiado en los últimos cien años, pero la importancia del gran poder de la verdad no ha disminuido. Los líderes espirituales del mundo que asistieron presentaron una ética global para firmar como un compromiso universal.

La Verdad estuvo contemplada como una de las “Cuatro Directivas Irrevocables” de la Ética Global:

1. Compromiso a una cultura de paz y respeto a la vida.

2. Compromiso a una cultura de solidaridad y justo orden económico.

3. Compromiso a una cultura de tolerancia y a vivir con la verdad.

4. Compromiso a una cultura de igualdad de derechos y sociedad entre hombres y mujeres.


El gran poder que el Coronel Olcott sintió en Nueva York en el año 1875, fue amplificado en Chicago 118 años más tarde, y compilado en un libro escrito por el Dr. Hans Kung, titulado Una Ética Global: La Declaración del Parlamento de Religiones del Mundo:

Un sinnúmero de mujeres y hombres de todas las regiones y las religiones luchan para vivir vidas honestas y verdaderas. Sin embargo, en el mundo entero encontramos mentiras y decepción, estafa e hipocresía, ideología y demagogia:

Los políticos y los negociantes mienten para lograr el éxito.

En las grandes y antiguas tradiciones éticas de la humanidad encontramos como directiva: ¡No mentirás! O en términos positivos: ¡Habla y actúa con la verdad!

Las comunicaciones de masa difunden propaganda ideológica, en vez de proporcionar informaciones precisas; desinformación en vez de información; un cínico interés comercial, en vez de lealtad a la verdad…

Reflexionemos nuevamente sobre las consecuencias de la antigua directiva: Ningún hombre o mujer, ninguna institución, estado, iglesia o comunidad religiosa tiene derecho a mentirle a otros seres humanos…

Los jóvenes deben aprender en su casa y en la escuela a pensar, hablar y actuar con veracidad. Ellos tienen derecho a la información y a la educación para poder tomar las decisiones que forjarán sus vidas. Sin una formación ética, difícilmente podrán distinguir lo importante de lo que es poco importante.

En la inundación diaria de información, los estándares éticos los ayudarán a discernir cuando las opiniones estén reflejadas como hechos, intereses velados, tendencias exageradas y hechos torcidos. … Debemos cultivar la veracidad en todas nuestras relaciones, en vez de la falta de honradez, el disimulo y el oportunismo… (29)


El Poder del Descontento


n su Discurso Inaugural, Olcott también declaró:

“…encontramos esta Sociedad en la muestra de nuestro descontento con las cosas tal y como son, e intentando crear algo mejor…El descontento con la vida ha sido una poderosa fuente motivadora a través de la historia.”

Como un reformador en India, Olcott trabajó arduamente y sin egoísmo alguno para unificar las ramas del budismo. Diseñó una bandera budista y escribió un catecismo con los principales postulados de la tradición budista. Trabajó asimismo para crear escuelas para los niños de la casta intocable de India, los “panchazas” que estaban desatendidos. Había mejoras que hacer en todas los aspectos de la vida, y él siempre estaba listo para iniciar la reforma dondequiera que ésta fuese necesaria.


Celebrando este año la vida del Coronel Olcott, ¿sentimos el gran poder de la Verdad detrás de la Sociedad Teosófica tan fuertemente como él lo sintiera en 1875? Los desafíos de la vida cotidiana podrían requerir que nosotros reconsideremos nuestras ideas sobre la verdad de muchas cosas.


Pero la visión de la fraternidad basada en la verdad tiene aún el gran poder de hacernos trabajar para cambiarnos a nosotros mismos, y para ayudar a los niños y ancianos, y a todos los seres que comparten con nosotros el planeta.


Si se requiere de la conciencia humana para engendrar la próxima etapa de nuestra evolución como especie, somos cada vez más las personas que necesitamos hacer un compromiso a largo plazo, para alcanzar una visión de cooperación y paz que no vacile cuando encuentre una inevitable resistencia. La transformación no llegará fácilmente, conque no es sabio ser insensatamente optimista, pero como tampoco nos llegará sin un sostenido esfuerzo que requiere valor y persistencia, es también imprudente ser pesimistas.


H. S. Olcott y H. P. Blavatsky nos dejaron un elevado estándar para seguir, con sus actos, palabras y escrituras. Honrémoslos siendo simplemente seres honestos, amables, compasivos y altruistas que saben en sus corazones que:

“Toda la vida es Una, y hasta las formas

más humildes encierran divinidad.”

El presente artículo se publicó en la Revista Quest, edición de Enero-Febrero del 2007.

Traducido y redactado por: Eulalia M. Díaz


Referencias:

(Títulos en inglés)

  • Blavatsky, H. P. “What Is Truth?Lucifer, febrero de 1888.
  • Kung, Hans y Karl-Josef Kuschel. A Global Ethic: The Declaration of the Parliament of the World’s Religions, New York: Continuum, 1994.

  • Olcott, Henry Steel. “Applied Theosophy.” The Theosophist, junio de 1889.

  • Old Diary Leaves, Vol. 1. Adyar: Theosophical Publishing House, 1895.

  • People from the Other World. Hartford, CT: American Publishing Co., 1875.

  • Sorgho and Imphee: The Chinese and African Sugar Canes. A Treatise Upon Their Origin, Varieties, and Culture. Nueva York: A.O. Moore, 1857.
  • Prothero, Stephen. The White Buddhist: The Asian Odyssey of Henry Steel Olcott. Bloomington, IN: Indiana University Press, 1996.

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Día del Loto Blanco


Una fecha conmemorativa


El día del Loto Blanco es una fecha en el calendario pero también es una fecha sagrada.

La fecha en el calendario del 8 de mayo día del Loto Blanco rememora el pasaje de H. P. Blavatsky de las penas, dolores y tribulaciones de este mundo hacia un estado de mayor Vida, Luz y Amor. El nombre del aniversario de la muerte de H. P. B. fue sugerido por su ‘gemelo teosófico’ Henry S. Olcott.

El Coronel recuerda el origen de la conmemoración en su libro “Old Diary Leaves” (IV. 26, pp. 452-44, inglés) Historia de la Sociedad Teosófica de la siguiente manera:


“Como hemos estado recordando el aniversario de la muerte de H. P. B. ya por ocho años y, como sin lugar a dudas, la ceremonia continuará, es bueno que quede registrada la Nota del Ejecutivo del 17 de abril de 1892 que se refería a la observancia del acontecimiento. Se redactó de la siguiente forma:

‘En su último Testamento, H. P. Blavatsky expresó el deseo de que anualmente en el aniversario de su muerte, algunos de sus amigos ‘se reunieran en la sede de la Sociedad Teosófica y leyeran un capítulo del libro La Luz de Asia y algunos extractos del Bhagavad Gita; y como se espera que los colegas que le sobrevivan debieran mantener fresca la memoria de sus servicios a la humanidad y amor devoto a nuestra Sociedad, el que abajo suscribe sugiere que el aniversario sea reconocido entre nosotros como Día del Loto Blanco, y emite la siguiente orden y recomendación :


1._ A medio día el 8 de mayo de l892 y en el mismo día en cada año subsiguiente se celebrará una reunión conmemorativa en la sede en la que se ofrecerán extractos de los trabajos arriba mencionados, y algunas breves pláticas por quien coordine la reunión y otros que se ofrezcan.

2._ En nombre de H. P. B. se ofrecerá alimento a los pobres pescadores de Adyar y sus familias.

3._ La bandera se mantendrá a media asta desde la salida hasta la puesta del sol y el salón de la Convención se decorará con flores de Lotos Blancos.

4._ Los miembros que vivan fuera de Madras pueden encargar su comida solicitándola al Secretario Archivero por lo menos con una semana de anticipación.

5._ El que abajo suscribe recomienda a todas las Secciones y Ramas del mundo entero que se reúnan anualmente en el día del aniversario y, de una forma simple, sin sectarismos pero digna, evitando todo tipo de adulación y cumplidos vacíos, expresen el sentimiento general de consideración amorosa hacia ella quien nos trajo el diseño del Sendero ascendente que conduce a la cima del Conocimiento.


Copias de todo esto se enviaron inmediatamente a las sedes de Londres y Nueva York, para desde ahí enviarse a las Ramas y ahora, presumo, que en cada una de los cientos de Ramas nuestras a través del mundo entero anualmente se renueva el recuerdo del carácter y los servicios de H. P. B.”

Esto es lo que la fecha calendario significa. Es un tiempo de conmemoración cuando los teósofos a través del todo el mundo recuerdan a H. P. Blavatsky y sus logros, su carácter y sus servicios.



Un período sagrado


¿En qué sentido, sin embargo, podemos también considerar el Día del Loto Blanco como un «período sagrado»? La forma de enfocar el acontecimiento no está directamente asociada con H. P. B. El Coronel mostraba especial ansiedad de que la Sociedad evitara cualquier tipo de ‘adoración hacia un héroe’ con respecto a cualquiera de los Fundadores u otras personas. Más bien, ‘lo sagrado’ está asociado con el significado simbólico del Loto Blanco y con una comprensión correcta de lo que ‘sagrado’ significa.


Consideremos primeramente el último punto. Nuestro enfoque común y corriente de ‘sagrado’ lo conecta con religión organizada, divinidad, devoción y piedad. Pero en el caso de esta palabra, como en muchas otras, es de utilidad poner atención a su etimología. El término ‘etimología’ viene del Griego antiguo y significa literalmente, ‘el estudio de lo que es verdadero’. Así pues, ¿qué es verdadero con respecto a ‘sagrado’?


La palabra inglesa ‘holy’ (sagrado) viene de una raíz de la que también proceden las palabras ‘hale’, (saludable, robusto); ‘hallow’ (santificar, consagrar); ‘heal’ (curar, sanar); ‘health’ (salud); ‘healthy’ (saludable); ‘whole’ (entero, íntegro); ‘wholesome’ (sano, de ideas sanas).

Los estados de bienestar físico, emocional, mental y espiritual están todos interconectados y todos ellos dependen del grado en que nos hemos unificado dentro de nosotros mismos y unido a la bondad del universo. Este es también el punto hacia donde Yoga se dirige.


La palabra ‘Yoga’ que está directamente relacionada a la palabra inglesa ‘yoke’ (yugo, enyuntar, uncir) e indirectamente a través de la palabra Latina ‘jungere’ (unir), significa, literalmente, ‘unión’. Ser sagrado (holy) es haber alcanzado la finalidad de Yoga; estar ‘entero’ ‘íntegro’ y unificado dentro de uno mismo y con la gran Vida del cosmos.


El Loto Blanco, por sobre todo, es un símbolo de integridad, de unidad. La flor del loto es portadora de un mensaje en Hinduismo, Buddhismo y la religión Egipcia y en muchas otras partes alrededor del mundo. Debido a que tradicionalmente el loto se describe o se pinta como teniendo ocho pétalos, el mismo representa las ocho principales direcciones de los puntos cardinales y por lo tanto la totalidad o integridad del espacio, ya que ocho es el número de equilibrio cósmico.


Hay ocho rayos en la Rueda de la Ley Buddihsta, representando el Octuple Noble Sendero, y ocho trigramas (1) en el I Ching Chino. El ogdoad Gnóstico, o grupo de ocho, consiste de ocho seres divinos o eones. (2) En Shintoismo, se dice que hay ocho sabios del mundo. Todos estos grupos de ocho, como el mismo loto, representan integridad y universalidad.


En Hinduismo, Vishnu duerme sobre el cuerpo enrollado de la serpiente de eternidad, flotando en el océano cósmico. De su ombligo nace una planta de loto cuya flor produce el dios Brahma quien crea un nuevo mundo. El Buddha y los Bodhisattvas se sientan sobre lotos florecidos.


El mantra buddhista mani padme, ‘La Joya en el Loto’, representa la unión de opuestos: la flor de loto, pasajera y delicada, mientras que la joya de diamante es duradera y la más dura de las substancias. Ese mantra también es una percepción profunda ya que descubrimos lo eterno y lo real en el regazo de lo temporal e ilusorio. Nirvana y Samsara son una y la misma cosa. Universalidad está aquí; para siempre, es ahora.


En el simbolismo Egipcio, se dice que el loto representa sexualidad. Pero sexualidad es simplemente la manifestación más simple y mejor conocida del principio cósmico de polaridad. Todo en el universo se manifiesta como resultado de la interacción de los polos de opuestos, la dualidad de samsara. Así pues, el loto representa creatividad, vida y muerte, nacimiento y renacimiento, la promesa de la renovación y de la continuación.


Lo más conocido, quizás, es que el loto representa nuestra vida en los cuatro mundos humanos: el físico, el emocional, el mental y el espiritual. Las raíces del loto están en el cieno, fango físico, en el fondo del lago. El tallo del loto se eleva por sobre surgentes aguas de emoción. El loto florece y se abre ante el aire fresco de mentalidad. Y ese florecimiento enfoca su mirada hacia la ardiente luz del sol de inspiración espiritual que se derrama sobre él.


Así pues, el loto es un símbolo de integridad sagrada de la unión yoguica que combina todos los aspectos de nuestro ser en una unidad armoniosa. Se dice que las flores de lotos pueden ser rosadas, azules o blancas.

Lotos rosados o azules representan, respectivamente, el sol y la luna, es decir, todas las polaridades complementarias.

Pero así como a luz blanca combina y unifica todos los colores, así el Loto Blanco es un símbolo apropiado de la plenitud de la totalidad unificada de toda vida.


Tiempo y Santidad


El Día del Loto Blanco puede considerarse como una representación de la unificación de dualidades.

Por un lado, como una conmemoración de la vida y logros de H. P. B., en el aniversario de su fallecimiento, el Día del Loto Blanco representa tiempo e imperfección. H. P. B. fue una gran mujer, pero ella era humana y todos los seres humanos son imperfectos hasta que alcanzan el estado de evolución de la séptima ronda. El Coronel Olcott hizo énfasis en dos cosas: que H. P. B. era un ser humano con fallas e imperfecto y que era una gran maestra y exponente admirable del sendero hacia la santidad, es decir, el sendero hacia la Unidad de Ser.


Por otra parte, como un símbolo de esa Unidad misma de Ser hacia la que H. P. B. señaló, el Día del Loto Blanco representa lo eterno y la perfección. El Loto Blanco simboliza la santidad o integridad que es la meta que la evolución humana tiene que lograr. Al igual que la flor de loto, estamos enraizados en lo físico, a menudo una condición turbia, tenebrosa, repugnante.


Como esa flor, necesitamos extendernos hacia las alturas, con un tallo firme, resuelto, atravesando las aguas emocionales para poder florecer en el aire intelectual puro de la comprensión. No podemos todavía alcanzar en verdad el resplandeciente sol de espiritualidad, pero podemos abrirnos para recibir su calidez; podemos absorber su energía.


Así, en el Día del Loto Blanco, recordemos sin lugar a dudas, y respetemos esa Gran Alma, H. P. Blavatsky. Absorbamos también la lección del Loto Blanco en lo más íntimo de nosotros. Hagamos el esfuerzo, como ella lo hizo, en unificar los opuestos, en convertirnos todos nosotros en lo que estamos destinados a ser – íntegros y sagrados.


 

Breve artículo extraído de The Theosophist magazine, Mayo 2008.

La traducción al castellano corresponde a Dolores Gago, Adyar.


 

Sobre H. P. Blavatsky

(Video de la UNED)


 

 

 

 


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La Escritura de Isis sin Velo

H-Steel-Olcott-2009Por Henry Steel Olcott

Publicado en Old Diary Leaves, Vol. I, 1895

Traducción y Redacción: Eulalia M. Díaz



De la escritura de Isis Sin Velo, de Madame Blavatsky, veamos qué recuerdos nos trae la memoria, sacados del cuarto oscuro donde se guardan sus imperecederos negativos.

Si pudiéramos decir alguna vez que un libro hizo época, sería éste. Sus efectos han sido tan importantes en cierto sentido, como lo fueron los primeros trabajos de Darwin. Ambos fueron ondas de la marea dentro del pensamiento moderno, y ambos tendieron a barrer las crudezas teológicas y reemplazar la creencia en el milagro con la creencia en la ley natural. Sin embargo, nada podría haber sido más común y poco ostentoso que el comienzo de Isis.

Un día, en el verano de 1875, H. P. B. me mostró algunas hojas manuscritas y me dijo: Escribí esto anoche por orden, pero no sé lo que será. Quizás sea para un artículo periodístico, o para un libro, o tal vez para nada. De todos modos, hice lo que me ordenaron.

Después lo guardó en una gaveta y nada más se dijo del mismo durante un tiempo. Pero en el mes de septiembre, si la memoria me es fiel, H. P. B. fue a Siracusa (N.Y.) a visitar a sus nuevos amigos, el Profesor y la Sra. Corson, de la Universidad de Cornell, y el trabajo prosiguió.

Me escribió diciéndome que sería un libro sobre la historia y la filosofía de las Escuelas Orientales, y su relación con las de nuestro tiempo. Dijo que estaba escribiendo sobre cosas que nunca antes había estudiado, y que estaba tomando citas de libros que jamás había leído en su vida

Para comprobar si esto era cierto, el Prof. Corson comparó sus citas con obras clásicas de la biblioteca de la Universidad y encontró que ella estaba en lo cierto.

Cuando regresó a la ciudad no estaba demasiado laboriosa al respecto, sino más bien escribía esporádicamente, y lo mismo sucedió durante la época en que vivió en Filadelfia. Pero un mes o dos después de la formación de la Sociedad Teosófica, ella y yo tomamos dos habitaciones en el 433 West 34 St., ella en el primer piso y yo en el segundo, y desde entonces la escritura de Isis comenzó sin parar y sin interrupción hasta completarse en 1877.

H. P. B. no había hecho labor literaria alguna en toda su vida; sin embargo, jamás yo conocí, ni siquiera a un periodista jefe de un diario, que pudiera comparársele por su tremendo aguante e incansable capacidad de trabajo. Pasaba desde la mañana hasta la noche en su mesa de trabajo, y rara vez nos íbamos a acostar antes de las 2:00 a.m.

Durante el día, yo tenía que atender mis labores profesionales, pero luego de una cena temprana, nos sentábamos juntos en nuestra gran mesa y trabajábamos como si nos fuera la vida en ello, hasta que la fatiga nos obligaba a parar.

¡Qué experiencia! La educación de una vida entera de lectura y pensamiento, de pronto se vio repleta y comprimida para mí en este período de menos de dos años. Yo no le servía únicamente como su amanuense o corrector de estilo, sino que me convirtió en su colaborador. Tal parecía que me hacía utilizar cuanto yo había leído o pensado, y estimulaba mi cerebro a pensar en nuevos problemas que me planteaba sobre ocultismo y metafísica, a los cuales mi educación nunca me había llevado, y que sólo pude comprender a medida que mi intuición iba desarrollándose bajo este proceso forzado. Ella no trabajaba con plan fijo alguno, sino que las ideas afluían a su mente como un perenne manantial cuyas aguas se derramaran.

En determinado momento estaba escribiendo sobre Brahma, y al minuto siguiente sobre el gato eléctrico meteórico de Babinet. A veces estaba citando con reverencia a Porfirio, y al instante siguiente estaba tomando una cita de un periódico o de algún panfleto moderno que yo acababa de traer a la casa. Podía estar adorando las perfecciones del Adepto ideal, y de pronto se distanciaba de ello para darle un porrazo al Prof. Tyndall o a alguna otra persona que no fuese de su agrado, con su crítica porra. De cualquier modo, como un arroyo incesante, cada párrafo completo continuaba viniendo, y podía ser cortado sin daño alguno del posterior o el precedente. Incluso como está ahora, después de todas sus numerosas revisiones, un examen del maravilloso libro mostrará que éste es el caso.

Si ella, a pesar de su conocimiento, carecía de plan de trabajo alguno, ¿no sirve eso para probar que ese trabajo no fue concebido por ella, sino que ella fue un canal por el cual esa oleada de fresca esencia vital se derramó sobre las estancadas aguas del pensamiento espiritual moderno?

Como parte de mi adiestramiento educacional, H. P. B. solía pedirme que le escribiera algo sobre un tema especial, y acaso me sugería los puntos más sobresalientes que debía contener, o me dejaba que yo hiciera lo mejor que pudiera con mis propias intuiciones. Cuando terminaba, si no le servía, usualmente imprecaba, y me soltaba unos cuantos improperios de esos que casi provocan un impulso homicida. Pero si yo estaba listo para romper mi desafortunada composición, ella me la quitaba de las manos y la dejaba a un lado para un posterior uso cualquiera después de acortarla un poco, y yo volvía a tratar de escribir algo de nuevo.

Su propio manuscrito con frecuencia era algo digno de ver. Estaba cortado, pegado, vuelto a recortar y a pegar de nuevo, de tal forma, que si uno lo miraba a trasluz, podía ver que tenía quizás seis, u ocho, o diez pedazos de papel cortados de otras páginas y pegados todos juntos, con el texto unido por palabras u oraciones interlineadas. Tan hábil se convirtió en hacer este trabajo, que con frecuencia se jactaba humorísticamente de esta capacidad suya ante los amigos presentes. Nuestros libros de referencia algunas veces sufrían igualmente en este proceso, porque el emplane de los textos se hacía sobre sus propias páginas, y hay volúmenes en las bibliotecas de la sede de Adyar y de Londres que aún portan las huellas.

Desde que hizo su primera aparición en el Daily Graphics en 1874, a través de su carrera americana, H. P. B. siempre estuvo rodeada de visitantes, y si entre ellos por casualidad había alguno que tuviera algún conocimiento especial de cualquier cosa conocida dentro de su campo de trabajo, invariablemente lo buscaba y, si era posible, hacía que escribiera sus puntos de vista o sus recuerdos para insertarlos en su libro.

Algunos ejemplos de esta clase son el recuento del Sr. O´Sullivan sobre un trance mágico que tuvo lugar en París; un interesante dibujo del Sr. Rawson de las iniciaciones secretas de los drusas del Líbano; las numerosas notas del Dr. Alexander Wilder con párrafos de texto en la Introducción y en ambos volúmenes, y otras más que añadieron valor e interés a la obra.

Conocí a un rabino judío que pasaba horas y noches enteras en compañía de H. P. B. discutiendo sobre la Cábala, y le escuché decir que, aunque él había estudiado la ciencia secreta de su religión durante treinta años, ella le había enseñado cosas con las que él ni siquiera soñaba, y le había dado una clara luz sobre pasajes que ni siquiera sus mejores maestros habían comprendido.

¿De dónde obtuvo ella este conocimiento? De que lo poseía no había duda alguna, ¿pero dónde lo obtuvo? No fue de sus institutrices en Rusia, ni de ninguna otra fuente conocida de su familia o sus amigos más íntimos, ni tampoco de los trenes o los barcos de vapor donde viajó cuando empezó a vagar por el mundo después de sus 15 años, ni de ninguna universidad porque jamás se matriculó en alguna, ni de las grandes bibliotecas del mundo.

A juzgar por sus conversaciones y sus hábitos antes de emprender esta enorme obra literaria, ella no había aprendido nada de esto, ni de una fuente ni de otra, pero cuando necesitaba la información la tenía a mano, e incluso en sus mejores momentos de inspiración –si el término es admisible– ella asombraba a los más eruditos por su conocimiento, como mismo asombraba a todos los presentes con su elocuencia y los deleitaba con su alegría y su burlón humorismo.

Uno creería, viendo las numerosas citas de Isis Sin Velo, que ella las escribió en una alcoba del Museo Británico o de la Biblioteca Astor en Nueva York. La realidad es, sin embargo, que nuestra biblioteca completa contenía escasamente unos 100 libros de referencia.

De vez en cuando, el Sr. Sotheran, el Sr. Marble, u otros amigos le traían un libro, y posteriormente ella le pidió prestado algunos más al Sr. Bouton. De algunos libros hizo gran uso, por ejemplo, Gnostics, de King; Rosicrucians, de Jennings; Sod and Spirit History of Man, de Dunlop; Hindu Pantheon, de Moor; de los furiosos ataques contra la magia, el mesmerismo, el espiritualismo, etc. hechos por Mousseaux, todos los cuales él denunció como obra del diablo; de varios trabajos de Eliphas Levi; de los 27 volúmenes de Jacolliot, y de las obras de Max Muller, Huxley, Tyndall, Herbet Spencer, y otros grandes autores de más o menos fama, pero que no pasaban de un centenar, diría yo.

Entonces, ¿qué libros consultó, y a qué biblioteca tuvo acceso? El Sr. W. H. Burr le preguntó al Dr. Wilder en una carta abierta enviada a la publicación Truth-Seeker, si el rumor que corría era cierto de que él había escrito Isis para H. P. B., a lo cual nuestro querido y viejo amigo respondió que ese rumor era realmente falso, y que él había hecho tanto por H. P. B. como yo había indicado anteriormente, que le había dado muchos buenos consejos, y que, por consideración, había preparado el enorme Índice, de unas 50 páginas, a partir de las pruebas de plana que le enviaron para tal finalidad. Eso fue todo.

Y también carece de fundamento alguno la historia, frecuentemente repetida, de que fui yo quien escribió el libro y ella fue quien le dio el toque final. Fue exactamente lo opuesto. Yo corregí cada página del manuscrito varias veces, e incluso revisé las pruebas. Escribí muchos párrafos para ella, que con frecuencia contenían solamente sus propias ideas, ya que ella incluso entonces (unos 15 años antes de su muerte, al igual que antes de su completa carrera como escritora de literatura inglesa) no podía a veces estructurar las ideas en inglés de una forma que fuese de su agrado. Yo la ayudaba a encontrar las citas y realizaba otros trabajos puramente auxiliares. Pero el libro es de ella sola en lo que a personalidades en este plano de manifestación se refiere, y ella debe recibir todos los elogios y todas las culpas que por ello merezca.

Ella hizo época con su libro y, durante su preparación, me convirtió a mí en su alumno y ayudante, tan adecuado como haya podido hallárseme realizando el trabajo teosófico durante estos pasados veinte años.

Entonces, ¿de dónde H. P. B. sacó los materiales con los cuales compuso Isis, que no pueden acreditarse a las fuentes literarias que ella tenía a su alcance para sacar las citas?

De la Luz Astral, a través de su intuición, y de sus Maestros, los “Hermanos”, “Adeptos”, “Sabios”, “Maestros”, todas las diversas maneras en que han sido llamados. ¿Cómo lo sé? Porque trabajé dos años con ella en Isis, y muchos más en otros trabajos literarios.

Verla trabajar era una experiencia insólita e inolvidable. Usualmente nos sentábamos en lados opuestos de una gran mesa, desde donde yo observaba todos sus movimientos. Su pluma iba volando sobre las páginas cuando de pronto ella paraba, se quedaba mirando al espacio con esa vaga mirada del clarividente, enfocaba su vista como para ver algo invisible que estuviera flotando en el aire delante de ella, y comenzaba a copiar en el papel lo que veía. Cuando la cita terminaba, sus ojos asumían de nuevo su expresión natural, y luego ella continuaba escribiendo hasta que de nuevo se detenía para realizar otra interrupción similar.

Recuerdo dos ocasiones en que también yo pude ver, e incluso tocar, libros de cuyos duplicados astrales ella había copiado citas para su manuscrito, cuando H. P. B. se vio obligada a “materializarlos” para mí, para yo poder corroborar las referencias cuando estuviera leyendo las pruebas, y rehusé aprobar las páginas tal y como estuvieran, a menos que mis dudas sobre la exactitud de su copia quedasen satisfechas. Uno de ellos era un trabajo francés sobre fisiología y psicología. El otro, también de un autor francés, era sobre una rama de la neurología. El primero estaba escrito en dos volúmenes, encuadernado en piel, y el otro en papel. Por entonces, vivíamos en el 302 West 47th Street, la famosa “lamasería” y sede ejecutiva de la Sociedad Teosófica.

Le dije: “No puedo dejar pasar esta cita así, porque estoy seguro de que no puede ser como está escrita.” Ella me contestó: “Ah, no te preocupes, así está bien, déjala pasar”. Rehusé hacerlo, hasta que finalmente me dijo: “Bueno, espérate un minuto y trataré de buscarla”. La mirada distante vino de nuevo a sus ojos, y al momento ella me señaló una esquina lejana de la habitación donde había un estante con algunos adornos, y con una voz hueca me dijo: “¡Allí!”, y entonces volvió a ser ella misma.

¡Ve allí, ve a buscarla allí” Fui hasta allí y encontré los dos volúmenes que quería, a pesar de que yo, hasta ese momento, no tenía conocimiento alguno de que los mismos estuviesen en la casa.

Comparé el texto con la cita de H. P. B., y le mostré que yo estaba en lo cierto respecto de mi sospecha de que había un error, hice la corrección en la prueba y entonces, a petición suya, volví a colocar los dos volúmenes en el mismo sitio sobre el estante del cual los había tomado. Regresé a mi asiento a trabajar, y al poco rato, cuando volví a mirar hacia allí, ¡los libros habían desaparecido! Después de narrar esta historia (absolutamente cierta), los escépticos e ignorantes pueden sentirse en completa libertad para dudar de mi salud mental. Espero que les asiente. Lo mismo pasó en el caso de otro aporte de otro libro, pero éste no desapareció, sino que se encuentra en posesión nuestra en estos momentos.

La “copia” de H. P. B. presentaba las más marcadas faltas de parecido en distintos momentos. Pese a que la escritura en general tenía una característica peculiar que hacía que quienes estuvieran familiarizados con ella la reconocieran siempre como una página escrita por H. P. B., cuando uno examinaba las hojas cuidadosamente, descubría por lo menos tres o cuatro variaciones en el estilo, y cada una de ellas se mantenía a lo largo de varias páginas, dando paso luego a otras variantes caligráficas. Vale decir que casi nunca –o nunca, según ahora recuerdo—había más de dos estilos en una misma página, e incluso dos solamente cuando un mismo estilo prevalecía a lo largo del trabajo de una noche, o quizás de la mitad de la noche, y luego cedía el paso súbitamente a otro, que continuaba durante el resto de la noche, o durante la noche entera, o hasta la “copia” de la mañana.

Una de estas letras de H. P. B. era muy pequeña, pero plana; otra era fuerte y libre; otra, plana y de mediano tamaño, pero muy legible, y otra eran unos garabatos muy difíciles de leer, con extrañas letras a, x y e. También había una enorme diferencia en el inglés utilizado en estos diversos estilos. Algunas veces yo tenía que hacer varias correcciones en cada línea, mientras que otras veces podía pasar varias páginas sin que hubiera una falta idiomática o gramatical que necesitara corrección. Los manuscritos más perfectos de todos eran los que se escribían mientras ella dormía. El comienzo del capítulo sobre la civilización del Antiguo Egipto (vol. I, cap. XIV) es una ilustración.

Habíamos parado de trabajar allí la noche antes alrededor de las 2:00 a.m., como era lo usual, y ambos estábamos demasiado cansados para pararnos a fumar y conversar antes de separarnos. Ella prácticamente se quedó dormida en su silla cuando yo le estaba dando las buenas noches, conque me apresuré a irme a mi habitación. A la mañana siguiente, cuando bajé luego de tomar mi desayuno, ella me mostró una pila de por lo menos treinta o cuarenta páginas bellamente escritas para el manuscrito de H. P. B. que, según me dijo, fueron escritas para ella por… bueno, por un Maestro, cuyo nombre nunca ha sido tan degradado como los de otros. Eran perfectas en todo sentido y se fueron a la imprenta sin más revisión.

Ahora, un hecho curioso era que cada cambio en el manuscrito de H. P. B. estaba precedido por la salida de ella de la habitación un momento, o por la entrada en ese estado de trance o abstracción, cuando su mirada se tornaba inexpresiva y parecía mirar al espacio que estaba más allá de mí, y luego regresar casi de inmediato a su estado normal. Después había un evidente cambio de personalidad, o más bien de rasgos personales en su forma de andar, en la voz, en la vivacidad de sus maneras y, sobre todo, en su temperamento.

El lector de su libro Caves and Jungles of Hindustan (Las Cuevas y Selvas de Indostán) recordará cómo la pitonisa salía a cada rato y regresaba bajo el control, como alegaba, de una diosa diferente. Así mismo ocurría con H. P. B. Salía de una habitación como una persona y regresaba a ella como otra. No es que fuese otra en algún cambio visible de su cuerpo físico, sino en cuanto a su forma de moverse, de hablar y a sus maneras, con una distinta agudeza mental, con diferentes puntos de vista, con un distinto dominio de la ortografía en inglés, del idioma y la gramática, y un control muy distinto de su temperamento, que en sus momentos más alegres era casi angelical, y en otros era lo contrario. Algunas veces, mi estúpida incapacidad para redactar las ideas como ella deseaba que yo las escribiera, las tomaba con paciente benevolencia.

Otras veces, quizás ante errores más ligeros, ¡parecía estar lista para estallar de furia y aniquilarme en el acto! Esos accesos de ira eran, sin duda, explicables a veces por su estado de salud y de aquí que fuesen normales. Pero esta teoría no sería suficiente para explicar algunas de sus crisis.

A. P. Sinnett la describe admirablemente en una carta privada como una mística combinación de diosa y tártara, y observando sus cambios de conducta dice al respecto:

“Ella no tenía ciertamente ninguno de los atributos superficiales que uno puede esperar de un maestro espiritual. Y el hecho de cómo ella podía ser tan filosófica como para dar el mundo entero a cambio del avance espiritual, y ser al mismo tiempo igualmente capaz de entrar en un apasionado frenesí por cualquier molestia común, constituyó un profundo misterio para nosotros durante largo tiempo…” (174). (1)

Pero con la teoría de que, cuando su cuerpo era ocupado por un sabio ella tenía que actuar con la tranquilidad del sabio, y cuando no, pues no, el rompecabezas queda resuelto. Su bien amada tía, la señora N. A. F., quien la quería mucho y a quien ella quiso con pasión hasta el día de su muerte, le escribió al Sr. Sinnett que su extraño temperamento excitable –una de sus más marcadas características–siempre se hizo evidente desde su juventud.

Incluso por entonces le daban arrebatos ingobernables, y mostraba una enorme tendencia a rebelarse contra cualquier clase de autoridad o control.

H. P. B., hablando sobre sí misma en una carta familiar (Op. Cit., p. 157), se refirió a su experiencia física cuando escribía su libro:

“Cuando escribía Isis, la escribía muy fácilmente, tanto que ciertamente no era trabajo alguno, sino un verdadero placer. ¿Por qué he de ser elogiada por ello? Cuando me dicen que escriba, me siento y obedezco, y puedo escribir fácilmente de casi cualquier cosa: metafísica, psicología, filosofía, religiones antiguas, zoología, ciencias naturales, y de qué no. Nunca me pregunto: “¿podré escribir sobre este tema?” o “¿estoy apta para esta tarea?”, sino que simplemente me siento y escribo. ¿Por qué? Porque alguien que lo sabe todo me lo dicta: mi Maestro, y ocasionalmente otros a quienes conocí en mis viajes hace años.

Por favor no se imaginen que he perdido mis facultades. Ya les he hablado con anterioridad ligeramente sobre ellos…, y les digo sinceramente que cuando escribo sobre un tema, sé muy poco o nada del mismo. Yo simplemente me entrego a Ellos y uno de Ellos me inspira, o por ejemplo, me permite sencillamente copiar lo que escribo de otros manuscritos, e incluso de materiales impresos que pasan en el aire por delante de mis ojos, durante un proceso en el cual nunca he estado inconsciente ni un solo instante.”

Una vez le escribió a su hermana Vera sobre el mismo asunto: su forma de escribir.

“Podrás no creerme, pero te aseguro que al decirte esto estoy diciéndote la verdad. Yo estoy ocupada, no sólo con la escritura de Isis, sino con Isis misma. ¡Vivo en una especie de encantamiento permanente, una vida de visiones y visitaciones con los ojos abiertos, y sin posibilidad alguna de ser engañada por mis sentidos!

Me siento y observo a la clara diosa constantemente, y según ella despliega ante mí el significado oculto de sus secretos, largo tiempo perdidos, y el velo se torna más fino cada hora y más transparente, éste gradualmente se cae ante mis ojos y yo contengo el aliento y difícilmente puedo dar crédito a mis sentidos!

Durante varios años, para no olvidarme de lo que aprendí en otros sitios, me hacían tener permanentemente delante de mis ojos todo lo que necesitaba ver. Así, noche y día, las imágenes del pasado siempre están desfilando ante mi ojo interno. Lentamente, y deslizándose en silencio como las imágenes de un panorama encantado, siglo tras siglo aparece ante mí… Y yo tengo que conectar esas épocas con ciertos sucesos históricos, y yo sé que no habrá error. Razas y naciones, países y ciudades, emergen en siglos pasados, luego se desvanecen y desaparecen durante otro, y luego me dicen la fecha precisa…

Las mayor antigüedad da paso a períodos históricos, los mitos se explican con hechos reales y personajes que existieron en la realidad, y cada acontecimiento importante o no importante, cada revolución, es una nueva hoja que se pasa en el libro de la vida de las naciones, con su incipiente curso y consecuencias naturales, y permanecen fotografiados en mi mente como si se hubiesen quedado impresos en colores indelebles… Cuando veo y observo mis pensamientos, éstos aparecen ante mí como si fuesen pequeños trozos de madera de varias formas y colores de un rompecabezas.

Voy cogiendo las piezas, una por una, y las voy poniendo a un lado hasta que encuentro la pieza que encaja con la otra, y al final siempre aparece algo geométricamente correcto… Yo ciertamente rehúso atribuir eso a mi propio conocimiento o a mi memoria, porque yo nunca podría llegar sola a ninguna de esas premisas o conclusiones. Te digo muy seriamente que estoy siendo ayudada. Y quien me ayuda es mi gurú.” (Op. Cit., 157-8).

Los lectores a quienes les gusta comprobar estos asuntos psíquicos tan únicos llevándolos hasta el final, no dejarán de comparar las explicaciones anteriores que ella da sobre sus estados de conciencia, con una serie de cartas enviadas a su familia que comenzaron a imprimirse en la revista Path (N.Y., 144 Madison Ave.), en diciembre de 1894. En ellas, H. P. B. admite francamente que su cuerpo era ocupado en esos momentos, y el trabajo literario era hecho por otras entidades que me enseñaron a través de sus labios y que entregaron un conocimiento que ella misma no poseía en modo alguno en su estado normal.

Tomada en forma literal, tal y como se lee, esta explicación difícilmente sea satisfactoria, pero si los pensamientos disgregados de su rompecabezas psíquico siempre encajaban juntos como para hacer el mapa de su rompecabezas estrictamente geométrico, entonces su trabajo literario debería estar libre de errores, y sus materiales seguir un esquema ordenado de lógica y secuencia literaria. Ni falta hace decir lo opuesto en este caso, que incluso cuando Isis Sin Velo salía de la prensa de Trow, después que Bouton gastó más de $ 600 en hacer las correcciones y los cambios requeridos en las pruebas de galera, en las páginas, y en las pruebas de las placas (2), eso era, y sigue siendo hasta hoy día, algo sin un definido plan literario.

El volumen I dice estar dedicado a asuntos de Ciencia. El volumen II, al tema de la Religión, pero hay muchas partes dentro de cada volumen que corresponden a otro sitio, y la Srta. Kislingbury, quien hizo un esquema del Índice del volumen II la misma noche en que yo estaba haciendo el del volumen I, puede dar testimonio de las dificultades que ambos confrontamos tratando de determinar características que nos permitieran trazar un plan concreto para cada uno de nuestros volúmenes.

Entonces, de nuevo, cuando el editor se negó rotundamente a invertir más capital en esta aventura, ya habíamos preparado suficiente material para hacer un tercer volumen, pero éste fue rudamente destruido antes de que abandonáramos América. H. P. B. ni soñaba que pudiera llegar a utilizarlo en la India, en momentos en que el Theosophist, la Doctrina Secreta y otras posteriores producciones literarias ni siquiera habían sido pensadas. ¡Con cuánta frecuencia ella, y también yo, nos lamentamos por todo aquel valioso material que desperdiciamos sin pensarlo!

Habíamos trabajado en el libro durante varios meses y ella ya había entregado las 870 páginas del manuscrito, cuando una noche me preguntó si yo estaría dispuesto y de acuerdo (para complacer a nuestro Paramagurú), ¡en empezarlo todo de nuevo!

Recuerdo bien la impresión que me llevé al pensar que todas esas semanas de ardua labor, de tormentas psíquicas y de enredos arqueológicos que le rompían a uno la cabeza, debían contar –como yo, en mi tremenda e ignorante ceguera imaginaba– para nada. Sin embargo, como mi amor, reverencia y gratitud hacia este Maestro, y hacia todos los Maestros por darme el privilegio de compartir este trabajo suyo no tenía límites, consentí en ello y pusimos manos a la obra.

Fue bueno para mí que así lo hice, porque habiendo probado mi firmeza de propósito y mi lealtad a H. P. B., obtuve una amplia recompensa espiritual. Los principios me fueron explicados, me dieron numerosas ilustraciones de la forma en que operan los fenómenos psíquicos, y recibí ayuda para experimentar por mí mismo.

Se me permitió conocer y beneficiarme del haber conocido a varios Adeptos hasta donde estaba apto para ello –tanto como mi enorme terquedad y autosuficiencia mundana práctica me lo permitían– para el entonces insospechado futuro trabajo público que desde entonces fue historia.

Muchas personas con frecuencia han pensado que era muy extraño, de hecho incomprensible, que de todos aquellos que ayudaron al movimiento teosófico, con frecuencia a costa de sus mayores sacrificios, yo fuese el único más favorecido con experiencias personales con los Mahatmas, y el hecho de que su existencia sea para mí tan real como la de mis propios parientes o amigos más íntimos. La razón no sabría explicarla. Yo sé lo que sé, pero no por qué muchos de mis colegas no saben lo mismo.

Pero, por lo visto, muchas personas me dicen que su fe en los Mahatmas comenzó después de mi testimonio firme y resuelto, que complementa las declaraciones de H. P. B. Probablemente fui tan bendecido porque tenía que impulsar esa nave llamada “Teosofía” con H. P. B. y los Maestros de H. P. B. adentro, y guiarla a través de muchos remolinos y ciclones, cuando nada menos que el actual conocimiento de la sólida base de nuestro movimiento, me habría impulsado a mantenerme firme en mi puesto.


“…La muerte no existe, y el hombre jamás

sale de la vida Universal. Aquellos a quienes

creemos muertos, viven todavía en nosotros,

como nosotros vivimos en ellos…Cuanto más

uno vive por sus semejantes, tanto menos temor

debe tener en morir. El que vive por la humanidad

hace más aún que aquel que por ella muere.”

(H. P. Blavatsky – Isis sin Velo)

Isis-cover

Notas:

(1). Sinnett, A. P. Incidentes en la Vida de Madame Blavatsky. Londres: Theosophical Publishing House, 1913.

“… La más ligera contradicción provocaba una explosión de pasiones, casi un ataque de convulsiones.” (Ibid. 19).

(2). [Bouton] me escribe el 17 de mayo de 1887: “Las correcciones ya han costado alrededor de $ 280.00 y, a ese paso, para cuando el libro se publique se verá afectado por un costo tan alto, que cada copia de los primeros 1,000 ejemplares costarán mucho más que lo que obtendremos por ellos, lo cual, en principio, es algo muy desalentador.

El costo de la composición del primer volumen solamente (con el mecanografiado) asciende a $ 1,359.69, y esto es por un volumen nada más, ¡sin contar el papel, la impresión y la encuadernación! Queda de usted, sinceramente, J. W. Bouton.”

No sólo ella hizo un sin fín de correcciones en el texto mecanografiado, sino que después de quemadas las placas, hizo que las cortaran para eliminar el material viejo y sustituirlo con nuevas cosas que se le habían ocurrido, o que se le ocurrieron durante su lectura.