Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Esoterismo y Psicologia

La Cultura de la Mente (II)

Escrito original de MANLY PALMER HALL
Del Libro: La Cultura de la Mente



minerva.gif

II Parte


LA FACULTAD DE COMPARAR


Francisco Bacon declaró que la facultad de comparación es una de las expresiones más elevadas de la actividad mental. Que Bacon fue correcto en ello, es evidente, porque en todas partes vemos métodos basados en la comparación. Una cosa es llamada buena porque es mejor que alguna otra; grande porque es mayor que otra, o pequeña porque es insignificante con relación a lo que le rodea.

Se dice que ciertas tribus que habitan las regiones de los Himalayas, viven en valles. Los valles tibetanos tienen una altura igual a las montañas más altas de las Rocosas y de las Sierras. Los valles tibetanos están, actualmente, a unos 15.000 pies sobre el nivel del mar, pero son llamados valles porque los rodean montañas que se alzan a miles de pies sobre ellos. Por eso, la falacia de la comparación resulta evidente. Asimismo, en una pequeña aldea, un hombre que tenga cincuenta mil pesos es considerado opulento, pero si se lo compara con los reyes de la finanza de Wall Street, será considerado como abatido por la pobreza.

El progreso es medido por comparación. Nos comparamos con los bárbaros y muy complacientes decimos que nuestra raza es civilizada. Para el filósofo, sin embargo, las cosas no deben ser consideradas en relación con otras sino consigo mismas. Decir que un hombre es más grande que otro, fijando como norma la de comparar una sandía con una uva y declarando que la sandía es un producto más excelente porque tiene mayor tamaño, no es correcto.

Ni Dios ni la naturaleza, es evidente, nos da uvas en tamaños tan generosos como los de la sandía, de modo que cada cosa debe ser medida de conformidad con su tipo.

Dos hombres, cada uno poseyendo un talento diferente en grado, pueden ser colocados a la par con el propósito de compararlos. Uno de ellos, diremos, tiene una mente excelente que ha cultivado con sumo cuidado; el otro, sólo posee un intelecto mediocre, habiendo sido forzado, por la presión de las circunstancias, a descuidar el entrenamiento de sus limitadas dotes mentales. Es obvio que los dos individuos no pueden ser medidos con la misma vara, sino que se les debe considerar de acuerdo con las cualidades de sus propios vehículos y el uso hecho de las oportunidades que se les ha presentado en la vida. Un hombre que ha tenido cien oportunidades y se ha aprovechado de noventa de ellas, es nueve décimos perfecto.

Otro, que tuvo sólo diez oportunidades y aprovechó nueve de ellas, es también nueve décimos perfecto. En consecuencia, al juzgar a la gente, debemos estimarla por su propio “standard” y no por el nuestro. Tenemos propensión a ponernos nosotros mismos como “standard” o modelo, aceptando o rechazando a la gente conforme ella responde a nuestro tipo establecido. Este método de tasar cada cosa o individuo, es, ostensiblemente, injusto y antifilosófico. Cada individuo es sincero cuando lo es consigo mismo.

Reconociendo el infinito número de individualidades – cada una en diferente etapa de desarrollo de sus propias potencialidades divinas -, el filósofo comprende que cada hombre o mujer, leño o piedra, es una ley en si y debe ser considerado como un proceso individual. Ninguna ley planeada hasta ahora es justa tanto para el individuo como para la masa. Si se es justo con el individuo se es injusto para con la masa, y viceversa. De acuerdo con esto, es el pensador quien debe decidir si debe enfocar su atención sobre el individuo o la masa. Cada caso es un problema en si, completo y separado.



LOS ORÍGENES DEL CONOCIMIENTO


Los elementos del conocimiento son aceptados por la naturaleza mental a través de tres canales directos del mundo externo y un canal directo del mundo interno o superfísico. El método último es denominado inspiración, y los otros tres métodos físicos son llamados: experiencia, observación y experimentación. La experiencia, la cual tiene su correlación con la institución religiosa, es el más antiguo y venerable maestro del hombre. La religión ha buscado siempre enseñar al hombre haciéndole sentir y experimentar, dentro de su propio corazón y alma, las acciones y reacciones de las doctrinas por ella promulgadas.

La religión continuamente destaca el hecho de que el hombre es parte del proceso que ella enseña; pinta el cielo en brillantes colores y el infierno en tonos más vívidos aun, intentando inspirar al hombre en la búsqueda del primero por su proximidad con el último.

Sin embargo, la observación y experimentación tienen más éxito cuando el observador o experimentador puede mantenerse a si mismo separado del tema de su búsqueda. Próxima a la experiencia, en antigüedad y veneración, está la observación. Los más grandes pensadores de antaño, tenían el hábito de observar. Como ejemplo podemos citar los griegos, quienes fueron los primeros en establecer las clínicas médicas, en las cuales se reunían los médicos a vigilar durante horas los pacientes, buscando familiarizarse con los más pequeños detalles de cada enfermedad. Para los griegos, el cuerpo humano era demasiado sagrado para someterlo a la disección. En consecuencia, no eran anatomistas; su conocimiento derivaba de la inducción más que de la experimentación.

El más gran observador del mundo moderno fue Paracelso de Hohenheim, quien declaró que la naturaleza es un gran libro y que el que mejor lee en sus páginas es aquel que las recorre con sus propios pies. Siguiendo su propio consejo, Paracelso viajo a pie por casi toda Europa y Cercano Oriente, catalogando cuidadosamente el resultado de sus investigaciones. Así como la experiencia está directamente relacionada a la religión, la observación lo está a la filosofía.

La experimentación es el más reciente camino por el cual se deriva el conocimiento. Mientras el observador y vigila y estima los fenómenos naturales, el experimentador produce el fenómeno a voluntad. Alcanza el mismo fin que el observador, pero simplifica, considerablemente el proceso, y lo trae dentro de los confines de un laboratorio apropiadamente equipado. La escuela experimental ha descubierto mucho de valor para el mundo, y sus investigaciones han aportado una inestimable contribución a la salud y bienestar de la raza humana.

La experimentación es un método peculiarmente relacionado a la ciencia y constituye el verdadero basamento de la investigación científica moderna. La naturaleza produce el acaecer de las cosas; el científico las fuerzas a que ocurran, preparándose, primero, para derivar en la mayor medida el beneficio de sus experimentos, conducidos en las más ideales condiciones.

Así pues, la religión, filosofía y ciencia son métodos para acumular el conocimiento, así como también, instituciones para la circulación de los dogmas y aserciones. Su valor, sin embargo, como canales del conocimiento es muchísimo mayor que el de promulgar nociones o ideas.

Galeno y Avicena, encadenando la mente humana al dogma, paralizaron el progreso científico durante la Edad Media. El progreso actual en los dominios de la ciencia material es debido, grandemente, a la observación y experimentación; y así como estos factores han contribuido tan eficazmente al logro del conocimiento físico, pueden ser adaptados, con igual beneficio a los fines de la filosofía.



CONCILIACION DE LOS OPUESTOS


A través de la naturaleza nos vemos enfrentados con el principio de la dualidad. Hablamos de bien y mal, arriba y abajo, adentro y afuera, luz y oscuridad, amor y odio, crecimiento y decadencia, y una enormidad de otras polaridades contrarias. Nosotros hemos creído siempre en la realidad de estas polaridades, siendo que, por el contrario, no tienen una existencia verdadera fuera de la ignorante mente individual. “Pero”, – el lector podrá protestar – “la vida seguramente existe, y la muerte también, porque yo he visto gente venir al mundo y he visto también a los que dejan el mundo”.

En la antigüedad había una escuela de filosofía célebre por su método de conciliación o transposición de los opuestos. La declaración: “Dios es el bien”, puede ser invertida y ser igualmente cierta, así’: “El bien es Dios”. Con igual propiedad, podemos decir: “La vida es muerte”, y también: “La muerte es vida”.

El nacimiento físico representa una transición de lo divino al estado humano. Eso que nosotros eufemísticamente denominamos el comienzo de la vida es, realmente, el descenso del principio divino en una forma corpórea, en donde, durante la llamada vida, debe estar sujeto a restringidos límites de la forma. Aquí las facultades divinas encontrarán medios inadecuados de expresión y pasarán por el invariable ciclo de enfermedad, sufrimiento y muerte. Por lo tanto, desde el punto de vista puramente espiritual, el nacimiento físico es muerte espiritual, y, a la inversa, cuando el espíritu se libera del cuerpo – lo cual el hombre llama muerte – es, realmente, el renacimiento del espíritu, el retorno a su estado eterno.

Pero, el lector notará que los opuestos: “nacimiento y muerte”, aun subsisten después de la transposición. Sin embargo, esto tampoco es verdadero, porque el que vosotros llaméis al proceso muerte o vida no depende del proceso en si, sino más bien de la posición que se adopte con respecto al proceso. Tomad, por ejemplo, los aspectos “bien” y “mal”. Entre estos dos pares de opuestos, en la parte media, hay un punto neutral que puede ser llamado la condición tal como es realmente.

Si nosotros estamos en armoniosa conexión con la cosa tal como es, llamamos a esto “bien”, porque disfrutamos las reacciones de la armonía. En cambio, si estamos en desarmonía con la cosa en si, lo llamamos “’mal”, porque estamos sufriendo la experiencia engendrada por la falta de armonía. Independientemente de la manera como pueda ser considerada por nosotros la cosa, su naturaleza esencial permanece siempre incambiable.

Algunas veces encontramos un individuo que está sufriendo por alguna imprudencia. Podrá decirnos, con ligereza, que ha roto una ley natural y está sufriendo el resultado de su transgresión. Pero, con sólo pensarlo un poco, la persona inteligente se convencerá que ningún individuo tiene jamás el poder o prerrogativa de romper una ley natural. En realidad, es la ley natural la que produce el impacto en el individuo cuando intenta cambiar la inevitable secuencia de sus reacciones.


Cada aspirante a la libertad mental debería realizar la ilusoria existencia del llamado bien y mal, ya que cada poder y fuerza de la naturaleza está cooperando, consecuentemente, para el ultérrimo logro de la perfección. El mal existe únicamente en el sentido de que no hubo un ajuste adecuado a esos poderes o fuerzas de la naturaleza, los cuales se convierten en agentes de destrucción (esto es: mal), cuando el individuo trata de emplearlos equivocadamente, y que asumen el aspecto benéfico (bien) sólo cuándo el individuo retoma la actitud correcta, o sea una manera normal o racional de vivir.



OPTIMISMO VERSUS PESIMISMO


Las conocidas leyes de expansión y contracción, tan fundamentales en el campo de la física, tiene su analogía filosófica en las cualidades de optimismo y pesimismo. En el plano ético, el optimismo es la expresión de la ley de expansión, y el pesimismo, de la ley de contracción.

Hay dos tipos distintos de optimista. Uno, es aquel que es feliz porque nunca asumió sus responsabilidades; el otro, aquel que es feliz enfrentándolas, y viendo el resultado de las responsabilidades dispone de ellas en forma satisfactoria. Ambos son optimistas – el primero, decididamente objetable; el segundo, glorioso y deseable. Uno, es el hombre que ríe cuando juega, y el otro, quien ríe cuando trabaja. La única diferencia entre el trabajo y el juego consiste en la actitud mental. El trabajo, es la cosa que tenemos que hacer; el juego es la cosa que hacemos por nuestro gusto. Por eso, cuando un individuo ama a su trabajo, éste se convierte, realmente, en juego. Pero esa actitud se encuentra raramente.

Hay, igualmente, dos tipos de pesimista. El primero, es el individuo cuyo ánimo está destrozado por los golpes del destino. El segundo tipo, es aquel que, a pesar de no haber experimentado reales infortunios, ¡esta lleno de temor de que los llegue a sufrir! Hubo un pesimista de este tipo, del cual se dijo que tenía un dicho así: “Si tu fuerza es capaz de mover montañas, ¡puede ser que muevas un grano de mostaza!”.


Como regla, el optimista se desliza sobre la superficie de la vida, en tanto que el pesimista tiene la particularidad de arrastrarse hasta el fondo de todo agujero o foso que encuentra en su camino. Ambos, el optimista y el pesimista, se asemejan a los caballeros antiguos, tocados con su coraza de hierro, estando el optimista fortalecido en su actitud contra las tinieblas y el pesimista contra cada simple rayo de sol. Sin embargo, ni el optimista ni el pesimista conocen realmente la vida tal como es.

Si vosotros tendríais que elegir entre uno y otro, sed optimistas; porque es casi seguro que el pesimismo tendrá como resultado: reumatismo, anquilosis prematura, disminución o endurecimiento de las arterias, y una legión de otros males físicos. El pesimismo es una actitud, que fundamentalmente, nos retrae, limita, estrecha y enceguece, mientras que el optimismo, a menudo, expande la naturaleza física, y siempre, la mental. Pero, entre ambos, está el punto de equilibrio – la posición más perfecta que puede la mente ocupar.

El hombre deriva del optimismo no sólo la creencia en la universalidad de la bondad sino también el coraje de seguir adelante para lograr el triunfo. Del pesimismo proviene no sólo la franca revelación de su propia flaqueza sino también un excesivo grado de cautela que vampiriza toda iniciativa. El optimismo es impulsivo; el pesimismo rechaza, repele.

Las zonas frígidas pueden ser relacionadas con el espíritu del pesimismo. En él todo se contrae y la vida es una interminable lucha para subsistir. El optimismo tiene una analogía similar a la zona tórrida, en donde todas las responsabilidades quedan reducidas al mínimo y en cada árbol hay colgando un vale para comida. Los pensadores del mundo, sin embargo, no están constituidos ni por el esquimal ni por el hotentote, sino más bien por las razas que habitan las zonas templadas, en donde se mezcla el enervante calor del sur con los paralizantes fríos del norte. Así como el gran trabajo del mundo es hecho por aquellos que viven en climas templados, así también, por analogía, los pensamientos universales alcanzan verdadera y plena expresión en las mentes templadas.



RELACION DEL PENSAMIENTO CON LOS CUATRO ELEMENTOS PRIMARIOS


Siguiendo el ejemplo de los caldeos, enseñaron los griegos, egipcios y hebreos que el universo inferior consistía de un compuesto de los cuatro elementos primarios: tierra, agua, fuego y aire. Los egipcios encarnaron estos elementos en el símbolo de la esfinge, como lo habían hecho antes, con similar intento, los asirios al fabricar su monstruo mitológico, el hombre toro.

Los hebreos, también, fabricaron una extraña bestia, llamada cherubin, que tenía cuatro cabezas, una de hombre, otra de león, otra de águila y la última de toro. A estas cuatro cabezas se asignaron los signos fijos del zodíaco: también, los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Con relación a los cuatro elementos, el toro se asignó a la tierra, el águila, al agua, el fuego al león, y el aire a la cabeza humana. Sobre la cruz, compuesta de estos cuatro elementos, fue crucificado el Cristo-hombre, o Alma del Mundo. El prototipo tierra, agua, fuego y aire de los antiguos, devino el carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno de la ciencia moderna – las cuatro sustancias primarias que son la base de toda estructura corpórea.


No sólo el cuerpo físico del mundo tiene esta constitución cuaternaria primaria, pues también encontramos en el reino del pensamiento cuatro elementos tan indispensables como aquéllos para la naturaleza mental. Por ejemplo, en el plano del pensamiento, el elemento tierra se manifiesta como practicidad, el elemento agua como versatilidad, el elemento fuego como impetuosidad y el elemento aire como idealidad. En consecuencia se puede decir que es perfecta la mente en la cual se encuentran estos cuatro elementos en proporciones iguales.


Cuando los griegos construían una ciudad, elegían un sitio en el cual estuvieran reunidos armoniosamente estos cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire). Si había demasiada agua, la humedad hacía peligrar la salud; si demasiado calor, se quemaría la vitalidad. La tierra se consideraba la polaridad del frío; el agua, la polaridad de la humedad, y el aire, la polaridad de la sequedad. Así como la armonía de estos elementos producía el ambiente ideal para el desarrollo de la cultura, la armonía de las analogías mentales de estos elementos producía un ambiente ideal para el desarrollo y bienestar mental.

Si la mente es demasiado práctica, la naturaleza deviene fría como la tierra. Si es demasiado impetuosa, la razón se ofusca como si estuviera rodeada por un consumidor fuego. Cuando el elemento terreno del pensamiento (practicidad) predomina, se produce el materialista: cuando el elemento ácueo del pensamiento (versatilidad) predomina, tenemos al inconstante; cuando el elemento ígneo del pensamiento (impetuosidad) predomina, nace el fanático; cuando el elemento aéreo del pensamiento (idealidad) predomina, el idealista sin sentido práctico, o el soñador se produce. Sin embargo, cuando todo se mezcla de modo adecuado, la idealidad es controlada por la practicidad, la impetuosidad es dirigida por la idealidad, y la naturaleza rígida de la practicidad brilla por la influencia de la versatilidad.

Si después de analizar cuidadosamente su equipo mental, el individuo encuentra deficiencias en algunas de esas cualidades mentales, deberá comenzar de inmediato a cultivar ese elemento particular hasta el punto en que la deseada armonía de su expresión mental sea establecida. Así considerados, estos cuatro constituyentes pueden ser denominados los elementos primarios del pensamiento humano.


orden1a.jpg

EL PENSAMIENTO EN SU CORRELACIÓN CON LAS ÓRDENES DE LA ARQUITECTURA GRIEGA


Vitrovius, describiendo los templos de los antiguos griegos, en su famosa obra sobre arquitectura, nota que en su construcción fueron empleados tres tipos distintos de arquitectura. A los dioses superiores y héroes erigieron edificios del orden dórico; porque siendo sólidos pero simples, eran considerados apropiados para las divinidades masculinas. A las diosas y deidades menores, erigieron estructuras del orden jónico; mientras que a las más etéreas y graciosas deidades – tales como Venus, Flora y las ninfas – se consideraba adecuado la erección de templos corintios.

Para los griegos, el templo representaba el símbolo del orden Universal. Los tres tipos de columnas diseñadas para soportar los techos de los templos, tipifican el triple poder de la mente que lo sostiene – el orden racional del mundo -. La tríada pitagórica de Padre, Madre e Hijo, como se presenta comúnmente en el problema N° 47 de Euclides, tiene correspondencia con estos tres órdenes de pilares. El Padre, es el poderoso e imponente orden dórico, la Madre es el orden jónico, cuyas estrías representan los pliegues de su falda; el Hijo es el orden corintio, cuya adolescencia es representada por la sutil simetría de la columna.

Por analogía, encontramos la razón humana sostenida por tres pilares. Correlacionado con el orden del saber, la columna dórica o masculina representa la ciencia; cuando la correlacionamos con los métodos de lograr seguridad en el conocimiento, es observación; y cuando lo hacemos con los procesos de la mente, es pensamiento. Similarmente, la columna jónica, o femenina, representa, en el campo del conocimiento, la filosofía; con relación a los métodos de obtener el conocimiento, es la razón; y con relación a los procesos de la mente, es intuición. En el orden del saber, la columna corintia, o adolescente, representa la religión; relacionada a los métodos de obtener el conocimiento, es la fe; y con relación a los procesos de la mente, es la imaginación.

En el simbolismo masónico, los tres órganos de las columnas griegas son referidas a la Sabiduría, Fuerza y Belleza – tres cualidades esenciales para la expresión armoniosa del alma humana -. La Casa Universal está sostenida por la Sabiduría, Fuerza y Belleza. La Sabiduría representa el desarrollo de la mente al estado de realización y entendimiento. La Fortaleza significa la perfección de la estructura física y el asentamiento de la voluntad sobre los seguros cimientos de la iluminación y el orden. La Belleza significa el ajuste armonioso de las partes, dando simetría a la estructura total y encontrando su más natural respuesta a través de las emociones y percepciones sensorias.

Además, las tres columnas masónicas declaran que la Casa Universal está sostenida por el trino y único basamento de una mente iluminada, una mano poderosa y un corazón puro. La mente tiene como antiguo símbolo, el aire; la mano, la tierra o el agua; el corazón, el fuego. El nombre Chiram o Hiram, familiar a los estudiantes de los símbolos masónicos, está compuesto por tres caracteres antiguos que significan: aire, fuego y agua.


Por eso, el corazón, la mente y la mano, unidos en una causa común y personificados por el arquitecto y el artesano, se convierten en los constructores del Templo de Salomón – esa Divina Morada que la razón del universo está gradualmente erigiendo como un permanente tributo a esa Causa Desconocida, que es su origen.



EL RITMO COMO FACTOR EN EL PENSAMIENTO


Somos deudores a la ética de Lao-tsé de nuestro más notable concepto sobre la teoría y práctica del ritmo. Hasta cierto punto, el ritmo es el fluir natural de las cosas siguiendo el curso desde su origen; ritmo es, por lo tanto, la expresión natural e irresistible de una agencia causal. Opuesto al ritmo natural, cuyo ejemplo tendríamos en la rompiente de las olas sobre la playa, el murmullo del viento entre las copas de los árboles, o ese interminable canto que es la voz de la naturaleza, hay un falso “standard” de ritmo, el cual, creado por el hombre, muy a menudo está desprovisto de sentido estético.

Se ha dicho que la naturaleza piensa y se mueve en curvas, mientras que el hombre piensa y se mueve en ángulos. Los ángulos son abruptos, las curvas son graduales. A este respecto, es así como el hombre se diferencia de la naturaleza. Los griegos y orientales intentaron expresar el ritmo de la naturaleza por medio de la danza; porque, como tan bien comprendiera Havelock Ellis, los antiguos consideraban la vida como comparable a una danza. Comparando el ritmo e influencia de la estética griega con lo grotesco de los modernos devotos de Terpsícore, se verá en la danza una expresión profunda de las sensibilidades de nuestra raza, una verdadera clave del ritmo de nuestra alma. Mientras el ritmo de la antigüedad está mejor expresado por la curva, por su gracia y dignidad de expresión, cada reacción de la danza moderna es angular.

Consideremos de igual modo el ritmo del pensamiento. En la simple, agradable dignidad de la verdadera inteligencia, puede ser visto lo que podría llamarse la curva estética, en tanto que en la desorganización característica de la mente moderna encontramos la falsa y angular cultura con que hemos sustituido los antiguos ideales.

Varios pensadores griegos eminentes, consideraban la danza como indispensable a la filosofía. Hay muchos relatos de Pitágoras conduciendo a sus discípulos en rítmicas danzas. No les enseñaba ciertos pasos arbitrarios, sino más bien aquel ritmo que era como un impulso natural del cuerpo, despertado por la música, cuando alguna ennoblecedora armonía era arrancada de la lira. Eso era una forma de expresión corpórea, que significaba que el alma no era sólo capaz de recibir lo bello y verdadero, sino también de expresar, por medio del cuerpo, aquellos impulsos rítmicos y armoniosos que la acción de la música hacía despertar del estado latente a la expresión consciente.

El mero entrenamiento intelectual no producirá nunca un filósofo, como no hará al artista una caja de colores. Un filósofo es aquel cuya vida está tan enteramente en armonía con el ritmo natural – tan penetrado con la realización y entendimiento del orden natural del cual es parte -, que involuntariamente sus pensamientos son verdaderos y su lógica segura.

Es muy difícil imaginar un científico moderno danzando en la cima de alguna montaña, en las primeras horas de la mañana. Sin embargo, si él pudiera hacer el experimento, podría descubrir, posiblemente, que uno de los modos más rápidos y seguros de comprender la naturaleza es permitir a ella que fluya a través nuestro.

Un antiguo filósofo dijo, cierta vez, que hay algunas cosas que sólo pueden ser entendidas yendo hacía ellas y permaneciendo en su presencia silenciosamente. Después de un tiempo, la cosa que deseamos entender fluirá dentro de nuestra conciencia y se convertirá en parte de nosotros mismos. Cuando nosotros y la cosa que deseamos conocer se identifiquen en esa forma, entonces – y sólo entonces – nos revelara su naturaleza real.



EL AMOR COMO FACTOR EN EL PENSAMIENTO CIENTÍFICO


Sólo cuando la mente confronta los problemas con humildad, reverencia y amor, puede lograr su solución perfecta. La ciencia moderna no comprende que la actitud del investigador influencia profundamente el resultado de la investigación. La simpatía no debe confundirse con entendimiento. La simpatía es una emoción superficial; el entendimiento es el sentimiento más hondo que el hombre es capaz de experimentar. Toda la naturaleza abre su corazón a un alma comprensiva. Los más profundos secretos del universo serán revelados al intelecto noble e inteligente; en cambio, para el cínico, el materialista o el que sólo cree en el hecho material, los arcanos de la vida permanecerán ocultos.

De algún modo misterioso, el leño, la piedra o la brizna de hierba sienten a aquel que los ama y sirve, y es a quien revelarán su naturaleza oculta. En estos últimos años, un gran hombre de ciencia hindú ha descubierto que las plantas realmente sienten, sufren y aman. Tenemos todavía que realizar que toda naturaleza vive y que sus secretos deben serle delicadamente evocados por el conjuro del amor, y no tratar de arrancarlos en la torpeza del entendimiento materialista.

La sabiduría es más grande que el intelectualismo, porque la sabiduría ha visto detrás del velo, en tanto que el intelecto es sólo capaz de analizar la urdimbre externa de la vestimenta. Lutero Burbank llevó a cabo aparentes milagros con sus plantas en razón de que no las consideraba cosas inanimadas, sino entidades vivientes, con las cuales podía conversar. Como un padre arguye con sus hijos, así el argüía con sus flores, y ellas conocían su voz y la obedecían.

Debe considerarse todo problema con reverencia, porque cuando el hombre resuelve los misterios, ha levantado el velo del Maestro de los Misterios. Cada vez que su mente atraviesa el caparazón de la ignorancia y encuentra una verdad de oro oculta dentro, ha abierto una nueva puerta en el camino que lo conduce al trono de la Divinidad. Para pensar con éxito, amad las cosas sobre las cuales pensamos – no con amor egoísta porque son vuestros pensamientos o vuestras cosas, sino con amor inegoísta, porque cada pensamiento es un pensamiento divino y cada cosa es una cosa divina.

La ciencia, armada con su telescopio y microscopio, busca arrebatar los secretos de la creación de los altos cielos y de las profundidades de la tierra. Pero edad tras edad van quedando los secretos del cielo y de la tierra inviolados. El alma de la naturaleza hace su llamado al científico, pero éste no lo escucha, porque sólo el alma puede oír la voz del alma. Por lo tanto, si el hombre desea descubrir el lado invisible de la naturaleza, debe invocar la ayuda de la parte invisible de él mismo. Lo visible discierne lo visible; lo invisible, lo invisible.

Si buscáis esa iluminación de las facultades de la mente que perciba con mayor claridad los supremos secretos del origen y destino humanos, estad seguros, primero, de que vuestros corazones albergan sólo los más elevados motivos, la más inegoísta de las aspiraciones.

No dejéis nunca de tomar cada labor con una mente amplia y los ojos abiertos. Si tenéis una noción mezquina de vosotros mismos, la voz débil de la hierba será inaudible. Sin embargo, si vosotros os mantenéis muy tranquilos íntimamente, escuchando muy cerca, hablando suavemente y preguntando con humildad, recibiréis la respuesta – respuesta que escapará por siempre al discernimiento del científico dogmático, quien no puede “volverse como un niño” y escuchar la voz de la naturaleza a través de su legión de partes, las cuales, en su conjunto, elaboran la vida del universo.



LOS TRES PLANOS DEL PENSAMIENTO


Los antiguos dividían el universo en tres partes: los mundos Supremo, Superior e Inferior. El Mundo Supremo era la morada de la Deidad y sus emanaciones inmediatas. El Mundo Superior era la morada de los espíritus supermundanos – no solamente aquellas deidades que, aunque de origen divino, tienen algo de sustancia natural sino también aquellos héroes que, aunque hijos de la tierra, han alcanzado el estado de deidades en razón de sus trascendentales obras. Estos dos últimos grupos eran considerados respectivamente como Mortales Inmortales e Inmortales Mortales. El tercero, o Inferior era el Mundo del universo físico, que es la morada de los espíritus terrestres, los cuatro reinos de la naturaleza (minerales, plantas, animales y el hombre), deidades subterráneas (elementales), y espíritus tutelares.

En virtud de su triple constitución, el hombre vive en todos estos tres mundos. Su principio espiritual reside en la esfera suprema, su intelecto mora en la segunda, o mundo medio, porque éste participa de las cualidades humanas y divinas, en tanto que el cuerpo funciona en el mundo físico y está compuesto de los reinos elementales, que constituyen las fuerzas de este mundo.

La mente, también, fue susceptible de una división en tres partes correspondientes. La mente divina del hombre es capaz de ascender a la realización de su principio espiritual; su mente animal es capaz de descender a los abismos de su naturaleza física inferior; y entre ellas, en el mundo medio, está su mente humana – la cualidad conciliadora que une los dos extremos. La mente animal está destinada sólo a la gratificación de las percepciones sensorias. Por eso, ella proyecta y lucha por conseguir comodidad corpórea; ignora las responsabilidades de la vida, y al ser gobernada por esta faz de la naturaleza mental, los iniciados griegos declararon que era espiritualmente muerta.

En el simbolismo antiguo, el Mundo Supremo era representado como la esfera blanca, el superior como la esfera gris, y el inferior como la esfera negra. Sirviéndose del simbolismo pagano, los cristianos metamorfosearon estas tres esferas en cielo, tierra e infierno. El cielo estaba representado por el blanco, porque la luz representa la condición de la iluminación espiritual que acompaña al perfecto desarrollo de las facultades.

De la esfera gris central fue inferida la naturaleza mental, la cual es una mezcla de luz y oscuridad, ya que aún en los más evolucionados intelectos hay, todavía, en cierto grado, ignorancia mezclada con la sabiduría. La plena oscuridad de la tercera esfera significa tristeza, incertidumbre, aflicción y pena, las cuales prevalecen cuando falta la iluminación.

Muy pocos comprenden que el cielo, tierra e infierno son condiciones de la conciencia y no lugares o localidades. El cielo, tierra e infierno se ínter penetran, ocupando todos el mismo lugar en el mismo tiempo, y el hombre funciona y existe en cualquiera de estos tres estados, con los cuales armoniza según su punto de vista espiritual, intelectual y ético.

Vive en el cielo aquel que realiza el eterno y todo penetrante poder del bien, y vive para servir a sus semejantes. Está en el infierno quien, ignorante del propósito de la vida, odia y teme, y lucha contra ese desconocido poder que modifica sus fines. Se denomina humano aquel en quien están combinados el gozo del cielo y el temor del infierno. La vida es una gradual ascensión en la cual el alma se eleva a si misma del pegajoso cieno terrenal hasta la clara luz blanca del entendimiento.



CÓMO DETERMINAR LA IMPORTANCIA RELATIVA DE UN ARTE O CIENCIA


Para desarrollar la facultad de discernir, Pitágoras planteó un método por el cual las cosas superficiales se eliminaban por un procedimiento simple y directo. Pitágoras declaró que las artes y ciencias como los números, pueden ser consideradas como emanando de una mónada primaria y, por lo tanto, su grado de importancia relativa podía ser determinado por la distancia que las separa de su principio. Así, pues, si tomamos los números 1, 2, 3 y 4, y aceptamos el 1 como mónada o principio, el 2 será inferior al 1 pero superior al 3 y 4, porque su poder esta cerca del 1, mientras que el 3 está desplazado más allá del 1, y el 4 todavía un lugar más. Además, el 4 es cuatro veces 1.

Quitando uno de estos 1, la constitución del 4, en consecuencia, es destruida, quedando el 3. Similarmente, quitando otro 1 del 3, la estructura del 3 es destruida y el 2 queda. Por una sustracción similar, la estructura del 2 es destruida y queda, solamente, el 1 o mónada de los números. El número 1 es, por lo tanto, el más grande, porque sobrevive a la destrucción de todos los otros números.

Por un proceso similar de eliminación, Pitágoras declaraba que la diferencia entre una ciencia fundamental y cualquiera de sus dependientes puede ser prontamente determinada, porque todas las dependientes pueden ser quitadas sin destruir la ciencia raíz o clave; pero si la ciencia raíz o clave es eliminada, las dependientes desaparecen con ella. Por ejemplo, si cortáis una rama, el árbol sigue viviendo; pero si arrancáis la raíz, todas sus ramas se mueren.

Pitágoras diferenciaba la ciencia raíz de sus ramas, con el siguiente simple método. Las matemáticas constituyen la raíz principal del árbol de la sabiduría, porque mientras todas las artes y ciencias dependen de ellas, las matemáticas no tienen ninguna dependencia. La matemática, por lo tanto, constituye el 1, o mónada del perfeccionamiento intelectual. Luego, en grado de importancia al 1 (matemática) está el 2, apropiadamente emblemático de las dos ciencias gemelas de la música y la geometría, seguido por el 3, denominado astronomía.

La astronomía es una ciencia subordinada porque, dado que depende de la geometría y la música, las últimas no dependen de aquélla. Quitemos la geometría y eliminamos la armonía sideral. Pero quitemos la astronomía y ni la geometría ni la música son afectadas. Lo que puede ser quitado sin destruir la integridad del todo, es una cosa dependiente. De aquí, pues, la astronomía depende de ambas, geometría y música.

Por idéntico proceso de eliminación, vemos que la geometría y música, ambas, a su vez, dependen de la matemática; porque quitando el factor matemático no sólo destruimos la razón y estructura de la música sino, también, el fundamento de la geometría. Siendo subordinadas a la matemática, ambas, geometría y música, pueden ser eliminadas, quedando, así, establecida la matemática como la primera y fundamental ciencia del intelecto humano, siendo todo otro arte o ciencia una mera expansión y adaptación a los principios matemáticos.

Se concluye de lo antedicho que todo aquel que desee ser filósofo debe ser primero matemático; porque la matemática entrena la mente en el principio de exactitud. Siendo la filosofía abstracta en su mayor parte, está más allá del alcance de la mente que no está entrenada para actuar con cautela y seguridad. La mayoría de los clarividentes han adquirido percepciones suprafísicas más por el estudio de las matemáticas que por cualquier otro arte o ciencia. Pitágoras, en consecuencia, desarrollaba por las matemáticas la facultad de la exactitud; por la geometría, la facultad de la proporción; por medio de la música, la facultad del ritmo, y por la astronomía, la realización de las inmensidades cósmicas.



Continuará…

humano.jpg


La Cultura de la Mente (I)

Escrito original de MANLY PALMER HALL

Del Libro: La Cultura de la Mente



“Venid aquí vosotros, los pocos
que gustáis de la filosofía; la
Vida Pitagórica os pertenece.”

figescapolo.jpg

I Parte



INTRODUCCION


El propósito del siguiente escrito es presentar al estudiante que aspira a educar su mente, una serie de hechos separados, aunque correlativos, que se refieren a este tema. La mente es la herramienta más afilada del hombre y teniendo el filo sutil de una navaja, puede herir a aquel que la maneja sin habilidad. La mente eleva al hombre de la oscuridad de la ignorancia a la luz de la verdad, rompe los grilletes que encadenan las manos mentales del esclavo y hace alcanzar a la aspirante humanidad una condición próxima a la Divinidad.


La misma mente ha creado, también, todos los esclavos del mundo; porque el astuto intelecto de los déspotas ha llenado la tierra de sufrimiento y desesperación. Aunque el hombre ha usado la mente para hacer su mundo más hermoso, la utiliza también, para abatir el espíritu y destrozar el alma de sus semejantes. La mente – el amigo más grande y verdadero – puede ser, también su peor y más destructivo enemigo. Su potencialidad, ya sea para el bien o para el mal, es difícil de ser concebida.

Nuestras escuelas, desgraciadamente, no enseñan a discernir; sus programas de estudio no incluyen la técnica para el desarrollo de las cualidades del alma. Ninguna educación o sistema de desarrollo intelectual es completo a menos que, edifique o desarrolle a la vez los valores o cualidades espirituales y éticas que ayuden a la mente a llegar a ser no sólo grande, sino verdadera, bella y pura.

El mundo está lleno de mediocres déspotas tiranos – Judas en potencia – que podrían ser grandes poderes del mal si tuvieran suficiente cerebro. Su impotencia mental es la protección del mundo. Hay también miles de filósofos y sabios mediocres – pequeños soñadores, poetas, artistas, músicos, reformadores, y maestros que serían grandes poderes para el bien si tuvieran el desarrollo mental suficiente. La falta de intelecto es una pérdida incalculable para la humanidad. No obstante, si el conocimiento fuera diseminado sin reservas entre toda la humanidad, no sólo fortalecería el bien para el logro de grandes fines, sino también reforzaría multiplicaría las obras del mal.

En la antigüedad, por lo tanto, se hacía toda clase de esfuerzos para evitar que el conocimiento llegara a aquellos que eran viciosos, egoístas, innobles y faltos de sinceridad. En el siglo veinte, sin embargo, se han abierto las compuertas del pensamiento y un verdadero torrente de conocimiento se ha esparcido por el mundo. Por esto, el pequeño tirano obtiene el poder para ser un gran tirano, y, el mediocre pensador el poder para ser un gran pensador. El bien y el mal están aumentando igualmente, por la revelación del conocimiento.

Esto presenta un grave problema a las masas, las cuales, careciendo de la capacidad para hacer grandes decisiones, se ven obligadas a seguir las huellas de aquellos que aparentan ser sabios. Hace algunos siglos, era peligroso ser un pensador; ahora, es peligroso no poder pensar.

Para protegerse contra el intelecto del vecino y al mismo tiempo, adquirir el discernimiento que lo capacita a reconocer lo real y lo falso, cada individuo debe desarrollar su propio intelecto Para el bien del mundo y de aquellos que necesitan su ayuda y comprensión.


REFINAMIENTO DEL ORGANISMO PENSANTE


El cerebro es el hogar de la mente. Así como el espíritu es reflejado a través del cuerpo y anima la materia inerte, así también, los pensamientos son impresos en las áreas sensitivas del cerebro y de ahí conducidos, por medio de los nervios, a todas las partes del cuerpo. La mente es la estación transmisora de radio, y el cerebro el aparato receptor.

Considerado objetivamente, la claridad de pensamiento depende de la cualidad orgánica del receptor. La Mente Universal está siempre trasmitiendo pensamientos, pero el hombre solamente sintoniza aquellos que le interesan. Un conocido magnate del seguro, después de haber estado conectado por muchos años con una de las más grandes compañías de seguros del mundo, decidió tomar unas vacaciones. Con unos compañeros turistas, en las galerías del Louvre, se pararon frente a un magnífico óleo.

Uno de la partida, con mucho entusiasmo, exclamó: ¡Oh Señor D!, ¿no sobran las palabras ante esto tan maravilloso?”. Después de un examen crítico, hecho con sus impertinentes, el Señor D respondió, con el tono del hombre que sólo se ajusta a los hechos: “¡Hum!, debería estar asegurado, pero la prima sería horriblemente alta. No hay una sola boca de incendio en tres manzanas.” Un definido estancamiento mental se produce cuando la mente ha estado concentrada, tan exclusivamente, en un solo tema, que llega a no responder a otro estímulo.

Así como el ejercicio apropiado fortalece al cuerpo físico, el ejercicio mental – cuando se dirige también de manera apropiada – desarrolla las células del cerebro y fortifica la mente. ¿Os habéis detenido alguna vez a pensar qué significa cualidad orgánica? ¿Sabéis en qué difiere el individuo culto del patán? Una analogía adecuada puede ser tomada del mundo animal. Notad las voluminosas líneas del caballo de tiro, atado al carro que reparte el hielo. Sus gruesas y peludas piernas, rústicos y pesados cascos gruesa crin y cabeza cuadrada, todo denota la fuerza física.

Tal animal puede arrastrar pesos casi inconcebibles. Puede ser dejado, también, en el campo, durante la noche, sin protección especial de los elementos. Basta darle abundante ración y agua para que trabaje reciamente por largos años y, salvo accidentes, llega a una edad avanzada. Por otra parte, el sangre pura árabe tiene finas y delicadas piernas y una crin y cola sedosa. Su fino temperamento nervioso lo hace estar haciendo cabriolas y tascar el freno, y está sujeto a males totalmente extraños para el caballo de tiro.

La cualidad orgánica es la clave para el poder intelectual y ejecutivo. Mientras más inferior es la cualidad orgánica más depende el individuo de la fuerza bruta. Entre más finos son los átomos que componen al cuerpo, mayor es su eficiencia como vehículo de la conciencia. Los cuadros hechos de pequeños mosaicos, se construyen colocando sobre una base de yeso de París diminutas piezas de piedra de diversos colores, y habilísimos operarios a veces, tardan muchos años para terminar un cuadro de la Virgen, hecho con piezas de vidrio y piedra que no exceden de un treinta y dos avos de pulgada cuadrada.

Las células individuales pueden ser asemejadas a esas piedras de los mosaicos, y la mente al operario que hace con ellas cuadros de pensamientos. Mientras más pequeñas y finas sean las células, más perfecto será el cuadro de los pensamientos. Esto explica porque los pensamientos de ciertas personas son claros y potentes, mientras que los de otras son turbios y débiles. El hombre puede cambiar la cualidad orgánica de las células de su cuerpo perfeccionando su manera de vivir y pensar. Debe ganarse el derecho de pensar claramente mejorando la cualidad orgánica de su cerebro, así podrá responder con agudeza y esmero a las sutiles emanaciones de lo invisible.



LA INFLUENCIA DEL MEDIO AMBIENTE SOBRE LA MENTALIDAD


Se ha demostrado, repetidamente, que los objetos extraños para el individuo producen o despiertan cierta definida reacción dentro de aquel que es expuesto a ellos.

Los griegos creían que el hombre era el producto – en parte al menos – del medio ambiente. Consideraban esencial, por lo tanto, que toda persona estuviera rodeada por cosas diseñadas con el objeto de estimular solamente los más elevados, y nobles sentimientos de su naturaleza. Probaron concluyentemente que la belleza en la vida podía ser producida rodeando la vida con belleza. Descubrieron que los cuerpos simétricos eran construidos por almas qué estaban siempre en presencia de ideales simétricos; que los nobles pensamientos eran producidos por mentes rodeadas de ejemplos de nobleza mental.

Creían que si un hombre se veía forzado a contemplar una edificación plebeya asimétrica, despertaría dentro de si sentimientos bajos y le provocaría el deseo de cometer actos innobles. Así pues, si se levantaban edificios mal proporcionados en el medio de la ciudad, nacerían niños deformes en esa comunidad; y los hombres y mujeres, viendo esa edificación asimétrica, vivirían, consecuentemente, una vida inarmónica.

Muy poco comprendemos nosotros del efecto profundo, o de largo alcance que nos producen las discordancias. En forma potencial, el hombre contiene dentro de si todo lo que existe con relación a él en la naturaleza. Todas las cosas con las que tiene contacto externamente, evocan una correspondencia interna. Por eso es posible cambiar el modo de vivir con algo trivial, como el color o diseño del papel de las paredes de la propia habitación o algún elemento discordante del ambiente que nos rodea a diario.

Un criminal que por mucho tiempo había eludido la ley, fue perseguido y, finalmente, capturado por la marca especial con qué el firmaba. Como bravata, este hombre dibujaba siempre tres pequeños cuadrados en el depósito o caja de caudales donde robaba. La policía, estando en el apartamento de un individuo sospechoso, se encontró que, mirando desde la sala había enfrente una alta pared de ladrillo, en la cual había tres ventanas distribuidas en la misma forma que la característica firma del criminal.

Estas tres ventanas hicieron tal impresión en la mente del individuo que, involuntariamente, comenzó a firmar con un diseño semejante.

En el siglo veinte, particularmente, vivimos una vida discordante en lo arquitectónico, musical y artístico. Los edificios están amontonados en extraño diseño cubista; instrumentos musicales que no tienen nada en común, son ejecutados a la vez; y el artista moderno ha encontrado fórmulas de color que no tienen su contraparte ni en el cielo, la tierra o el infierno.


La barahúnda y confusión generada por esta civilización no podía dejar de producir efectos perjudiciales sobre la triple constitución del individuo – mental, moral y física. En consecuencia, su mente es tan desorganizada como su arquitectura; su moral tan discordante como su música, y su cuerpo físico tan desagradable como su arte.

Si queremos producir una raza de hombres y mujeres capaces de tener pensamientos racionales e inteligentes – una nueva orden de superhombres y supermujeres – debemos rodearlos de ejemplos de estabilidad y proporción, los cuales evoquen esos mismos principios latentes en el alma humana. Grecia comprendió profundamente que sus filósofos eran el producto directo de los nobles ideales de música, arte, estética y arquitectura los cuales habían establecido como modelo o “standard” de su sistema cultural.



CAPACIDAD MENTAL


Un gran número de gente sufre de indigestión mental porque están tratando de asimilar pensamientos demasiado grandes para su capacidad intelectiva. Deslumbrados por la magnitud de alguna realidad cósmica, esas mentes, parcialmente desarrolladas, no son capaces de funcionar.

Por eso, debemos dar énfasis, previamente, al problema de la capacidad mental. En lugar de gastar nuestro tiempo en tratar de llenar nuestra mente con un vasto surtido de pensamientos, es imperativo que la capacidad mental sea desarrollada, de manera que los nuevos pensamientos que sean admitidos no se desparramen y, pierdan.
La mente debe, ser preparada para el influjo de grandes pensamientos. Debe volverse amplia, así podrá recibir y considerar sin perjuicio cualquier declaración o relato por más asombroso o improbable que parezca, y luego aceptarlo o rechazarlo por la facultad de razonar y no por la emociones.


La mente puede ser comparada a una corriente, y para su protección o seguridad es esencial que los procesos mentales fluyan constantemente. El pensamiento puede ser relacionado al agua. El agua en movimiento es pura; el pensamiento, aunque posiblemente incompleto, es también, en parte, limpio. El agua estancada y el pensamiento estancado, ambos son una amenaza para el bienestar público. El agua estancada puede serlo por una obstrucción en la corriente; el pensamiento estancado se encuentra, habitualmente en una mente “cerrada”, en la cual, alguna noción preconcebida, ocasiona la obstrucción e impide el natural fluir.

Si la mente es amplia, como debe serlo, y abierta en sus dos extremos, está siempre pasando a través de ella una corriente de pensamientos vivientes, hermosos y plácidos. Si en cambio se cierran todas las puertas de entrada, la mente pronto queda vacía, porque el río de los pensamientos sigue corriendo y no vuelve a llenarse. Esto es lo que ocurre, precisamente, con la persona que teme una nueva idea y rechaza su admisión.


Por otra parte, si cerramos toda salida de la mente para que no se nos vaya algún precioso pensamiento, el río del pensamiento al entrar rápidamente desborda y por el deseo de conservar un solo pensamiento, cien más no encuentran lugar. Si cerramos toda entrada y salida, tendremos pensamientos estancados y decadentes, los cuales, al final, incubarán sus propios característicos males. La mente que no recibe ni produce nuevas ideas, pronto queda vacía y su propietario se vuelve un insensato en el mundo de la Mente.

Por todo ello, es evidente lo esencial que es mantener la mente continuamente renovada; que nuevos pensamientos deben dejarse entrar y dar salida a los viejos; que ninguna mente puede desarrollarse, a menos que cambie diariamente los métodos de satisfacer las necesidades que le crea un mundo en crecimiento continuo.


Tampoco debemos almacenar pensamientos. Nuestro poder mental consiste en el desarrollo y ejercicio de la facultad de pensar y no en almacenarlos. Es igual que el carpintero haciendo una silla. Cuando termina la silla, comienza a hacer otra más; porque es más precioso que la silla en si, el conocimiento de hacer sillas. ¡Ah del carpintero intelectual que, habiendo hecho una silla, se sienta en ella por el resto de sus días!



ENTRENAMIENTO DE LA MENTE EN EL CAMINO QUE DEBE SEGUIR


Cierta vez un antiguo filósofo judío, declaró que el Señor ha colocado en el rostro humano las instrucciones para alcanzar la inmortalidad. De acuerdo con normas artísticas, el rostro está dividido, horizontalmente, en cuatro partes. La sección inferior, desde la barba hasta la base de la nariz, representa la parte material de la naturaleza. De la base de la nariz hasta el puente de ella, están los elementos vitales, o acuosos, correspondientes al éter, o aliento.

Del puente de la nariz al nacimiento del cabello están las facultades aéreas, o intelectuales; y desde la línea del cabello hasta la coronilla está lo ígneo, o poderes espirituales. El rabino daba énfasis, particularmente, al hecho de que hay siete aberturas en la cabeza humana; dos ojos; dos oídos, dos ventanas de la nariz, y una boca.

De las siete, seis están dedicadas a la recepción del conocimiento, o sea, ver por los ojos, oír con los oídos e inhalar el principio de la vida por las ventanas de la nariz. La séptima, hace ambas cosas, recibe y da. Recibe alimento para el mantenimiento del cuerpo físico, y por medio de la lengua revela el conocimiento adquirido por los ojos y oídos, y los varios sentidos de percepción.

De estas siete aberturas, seis están destinadas a la acumulación de conocimiento, en tanto que sólo la séptima es la que revela o disemina aquello que ha sido logrado. Conforme a esta proporción, el hombre debería recibir seis veces más que lo que da.

Pitágoras sostenía que el mejor modo de entrenar la mente era dedicarla, exclusivamente, por un definido período de tiempo, a la recepción del conocimiento. Aquellos que querían ser sus discípulos aceptaban el voto llamado “silencia pitagórico”, esto es, controlar el habla por un período de cinco años. No pudiendo tomar parte en ninguna discusión, los discípulos fueron, gradualmente, comprendiendo profundamente que era mucho más provechoso el ser oyente; porque como interviniente, uno se vuelve, invariablemente, tan personalmente interesado en sostener su posición que pierde de vista la proposición como un todo.

El segundo objetivo perseguido por Pitágoras era el logro del autocontrol; porque un individuo que puede controlar su palabra por cinco años, con seguridad, posee un cierto grado de autocontrol. El tercer propósito era eliminar los buscadores superficiales del conocimiento. La mera curiosidad, Pitágoras lo sabía, no podía resistir esa rigurosa prueba, en tanto que aquellos que eran capaces de esperar cinco años sin perder su interés, eran también suficientemente sinceros para responder a las instrucciones conferidas.


Además, otro gran maestro formuló un sistema de inestimable valor pera aquel que desea seguir la vida filosófica. Consiste en un curso de autoanálisis. Se hace un inventario de cada facultad y tendencia. Considerando al número 100 como dechado de perfección, el discípulo estima, lo más conscientemente que pueda, el grado de desarrollo de esas facultades en su propia naturaleza. Si es deshonesto en su estimación, él es el único que sufre. Los porcentajes logrados se suman entre si y se saca un promedio.

Aceptando ese promedio como “standard”, el discípulo procura elevar aquellas facultades que caigan demasiado de ese promedio. Aquellas facultades que estuvieran a un nivel normal no hacía especial esfuerzo en mejorarlas, y así, con el esfuerzo que hace por elevar sus facultades defectuosas, logra un equilibrio en las diversas partes de su propia naturaleza. Más tarde, deberá hacerse una nueva estimación de valores, y seguir, así, el mismo procedimiento.



CÓMO PENSAR Y QUÉ PENSAR


La palabra educación viene del latín educo, significando “extraer”, “educir”, “dar de si”. Quiere decir, entonces, que la más elevada forma de educación es aquella que más evoca, y por la cual el individuo se expresa al máximo, desarrollando su propia naturaleza. El sistema educacional del mundo moderno, sin embargo, ha sido diseñado para suplir las necesidades de las masas y, en consecuencia, es injusto para el individuo, ya que no estimula el esfuerzo individual de cada intelecto. La teoría moderna de enseñanza está mayormente basada en el esfuerzo de instruir al estudiante en qué debe pensar más que en cómo aprender a pensar.

Lo populoso de las escuelas modernas y la gran cantidad de alumnos que se reúnen en cada clase también crea dificultades, siendo casi imposible dedicar pensamiento y cuidado a las necesidades individuales de cada discípulo. La educación moderna es grandemente una cuestión de memoria, requiriendo, comparativamente, poco ejercitamiento del elemento del pensamiento original. Al niño se le enseña que esto y aquello es así, pero no el por qué. Como resultado llega a poseer un conocimiento razonable de las cosas como ellas son, pero, prácticamente no tiene ningún conocimiento porqué son así y su posible mejoramiento.

Esta condición es muy notable en las instituciones superiores de enseñanza, donde debiera darse mayor lugar a la originalidad. Cuando prepara una lección para su clase, el estudiante puede ser fácilmente reprobado si llega a expresar su propia opinión. No tiene derecho a tener su opinión. Su deber es escuchar reverente y respetuosamente las opiniones de sus profesores y de las eminentes autoridades que citan sus maestros. Esta actitud casi inquisitorial de la así llamada enseñanza, paraliza la iniciativa que es de vitalísima importancia para el progreso científico y filosófico de la raza.

En los tiempos venideros, se comprenderá, sin lugar a dudas, que el caudal más valioso para una nación lo constituye esas mentes más finamente organizadas, capaces de pensar por si mismas. “Todo el mundo”, señala Emerson, “está frente a un suceso imprevisto cuando Dios pone en libertad a un pensador”. En la mayoría de los casos, aquellos a quienes el mundo considera como sus mentes más grandes tienen pensamientos prestados o sustraídos de los demás. Unos pocos, inteligencias respetadas y veneradas, son los que piensan sesudamente para sus pueblos, razas e instituciones.

Hay dos causas que producen el letargo mental. La primera es producida por una mente poderosa que, eclipsando los intelectos que le rodean hace que los demás acepten instintivamente sus conclusiones como superiores a las de ellos. Resulta, pues, que encontramos, comúnmente, grandes intelectos, como soles, rodeados por planetas negativos o satélites que intentan brillar con un poco de la luz reflejada en ellos por el intelecto alrededor del cual giran. La segunda, es que la actitud científica es de extremo escepticismo y crítica. Cualquiera que sea suficientemente imprudente para disentir con los descubrimientos de las mentes eminentes, será objeto de una persecución sin tregua.

Se hace todo esfuerzo para obligarlo, como a Galileo, a que se arrodille y se retracte. Después que sus propios colegas lo han arrastrado a una muerte prematura, las generaciones venideras, percibiendo que los ataques que le hicieran fueron inmerecidos, hacen su apología y erigen un monumento a la memoria del intelecto martirizado.

La humanidad teme cumplimentar a un hombre, más después de haber permitido que alguien se muera en la miseria, su memoria se perpetúa en la piedra con un alarde tal, que lo gastado podría haber prolongado la existencia de aquél que honran si se lo hubiesen dado en vida. Entre los griegos hay una copla que viene a propósito, y dice: “Siete ciudades pelearon por Homero muerto; y en ellas había mendigado su pan cuando vivo”.






Ver: La Cultura de la Mente (II)



Continuará…

liberatumente.jpg

“Un antiguo filósofo dijo, cierta vez, que hay algunas cosas que sólo pueden ser entendidas yendo hacía ellas y permaneciendo en su presencia silenciosamente. Después de un tiempo, la cosa que deseamos entender fluirá dentro de nuestra conciencia y se convertirá en parte de nosotros mismos. Cuando nosotros y la cosa que deseamos conocer se identifiquen en esa forma, entonces – y sólo entonces – nos revelara su naturaleza real.”