Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

A los que lloran la muerte de un ser querido (I Parte)

Escrito de C.W. Leadbeater

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Noche tras noche,
a las almas de los hombres se les permite volar
Desde sus redes en donde yacen cautivas.


Noche tras noche, desde sus jaulas, cada alma vuela
Hacia el infinito; ya no se es más esclavo o rey.
Aún por un instante, cada noche el corcel del Espíritu
Es de los arreos del cuerpo liberado:
“El Dormir es Hermano de la Muerte”: ven, este enigma lee.


Pero para que al amanecer no se rezaguen,
Cada alma Él la une con largas ataduras,
Que desde estas arboledas y llanuras Él puede revocar
A esos espíritus errantes de su yugo cotidiano.”


Jalal-ud-din (Poeta Sufí)



Hermano: has perdido, por la muerte, a uno a quien amabas entrañablemente, uno que quizás era para ti todo en el mundo; y por consiguiente, a ti te parece aquel mundo vacío, y que la vida ya no vale la pena.

Sientes que te abandonó para siempre la alegría; que para ti, en adelante, la existencia no puede ser sino tristeza sin esperanza; un angustioso anhelo para renovar el “contacto de una mano desaparecida, y el timbre de una voz que se extinguió”.

Estás pensando principalmente acerca de ti mismo y de tu intolerable pérdida; pero hay además otro dolor. Se agrava tu pesar por la incertidumbre respecto al estado actual del ser que amaste; sientes que se ha ido pero ignoras a dónde.

Deseas fervorosamente que él esté bien, mas, cuando levantas los ojos, todo lo encuentras vacío; cuando llamas, no hay respuesta; y, por consiguiente, te sumerges en la desesperación y la duda, y formas una nube que te vela el Sol que jamás se oculta.

Tu sentimiento es completamente natural; yo, que escribo, lo comprendo perfectamente, y mi corazón está lleno de simpatía para todos los afligidos como tú.

Pero deseo hacer algo más que brindarte simpatía; confío en que pueda aportarte ayuda y alivio. Tal ayuda y alivio han llegado a miles que estuvieron en tu mismo triste caso. ¿Por qué no han de poder llegar a ti también?

Dices: ¿cómo puede haber alivio ni esperanza para mí?

Existe la esperanza de alivio para ti porque tu pesar se funda en un falso concepto: te afliges por algo que realmente no ha sucedido. Cuando comprendas los hechos dejarás de afligirte.

Contestas: mi pérdida es un hecho real. ¿Cómo podrás ayudarme sin devolverme al que murió?

Comprendo perfectamente tu sentimiento; sin embargo, ten un poco de paciencia conmigo, y trata de asimilar tres principales premisas, las que me propongo presentarte; primero meramente como afirmaciones generales, y después en detalle convincente.

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* * *


Tu pérdida es solamente un hecho aparente; es aparente sólo desde el aspecto en que tú lo ves. Deseo llevarte a otro punto de vista. Tu desconsuelo es el resultado de un gran engaño; de la ignorancia de las leyes de la naturaleza; permíteme ayudarte en el camino hacia el conocimiento por medio de la explicación de unas pocas y sencillas verdades las cuales podrás estudiar más ampliamente y a voluntad.


Pierde todo desasosiego o incertidumbre respecto al estado del ser que amas; porque la vida después de la muerte ya dejó de ser un misterio.
El mundo más allá de la tumba existe bajo las mismas leyes naturales propias de éste que conocemos, y ha sido explorado con científica precisión.


No debes afligirte, porque tu desconsuelo hace daño a tu amado. Con que sólo logres abrir tu mente a la verdad, ya no te afligirás más.


Pensarás, tal vez, que éstas son simples conjeturas; más permíteme preguntarte: ¿Qué base tienes para tu actual creencia al respecto, sea cual fuere?
Supones que debes tener tal creencia porque la enseña alguna Iglesia o porque se la considera fundada en lo escrito en algún libro sagrado, o porque es la creencia general de los que te rodean: la aceptada opinión de tu época.

Más si procuras librar tu mente de preceptos, verás que esas opiniones también descansan en una mera afirmación, puesto que las Iglesias enseñan dogmas distintos, y las palabras del libro sagrado pueden ser y han sido interpretadas de diferentes maneras.

El dogma aceptado de tu época, no se basa en conocimiento exacto alguno; es sencillamente cosa de oídas. Estos asuntos que nos afectan tan íntima y profundamente, son demasiado trascendentales para basarlos en meras conjeturas o en vagas creencias: exigen la certeza que se desprende de la investigación científica y la clasificación. Ya se ha emprendido tal investigación, se ha efectuado tal clasificación; y el resultado de una y otra es el que deseo poner ante tu vista.

No pido creencia ciega alguna; relato lo que yo mismo conozco como hechos evidentes y te invito a examinarlos.

Consideremos una por una estas premisas.

Para aclararte el asunto de la constitución del hombre, debo decirte un poco más de lo que generalmente conocen aquellos que no han hecho estudios especiales en la materia.

Has oído decir, vagamente, que el hombre posee un algo inmortal que se llama alma, la cual se supone que sobrevive a la muerte del cuerpo. Quiero que deseches esa vaguedad, y que comprendas que, aun siendo cierto el concepto, es un aserto de los hechos muy restringido.

No digas: “Considero que tengo alma” son “Sé que soy alma”. Porque esa es la pura verdad; el hombre es un alma, y tiene un cuerpo. El cuerpo no es el hombre.

Lo que tú llamas la muerte no es sino el acto de despojarse de una vestidura inservible, y esto no implica el fin del hombre así como no implicaría el fin tuyo quitarte la chaqueta. Por consiguiente, no has perdido a tu amigo: solamente has perdido de vista el abrigo en el cual acostumbrabas verlo envuelto.

El abrigo se fue, mas no el hombre que lo vestía; seguramente, es el hombre lo que tú amabas, y no su vestidura.

Antes de que puedas entender las condiciones de tu amigo, precisa que comprendas la tuya.

Haz un esfuerzo para asimilarte el hecho de que tú eres un ser inmortal; inmortal, porque en esencia eres divino, porque eres una chispa del mismo Fuego de dios; que has vivido por largas edades antes de vestir este ropaje que llamas un cuerpo; y que vivirás por muchas edades después que él se haya desecho en polvo.

“Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”. Esto no es una adivinanza o una creencia piadosa; es un hecho científico definido, susceptible de prueba, como podrías verlo por medio de la literatura sobre el particular, si te tomaras el trabajo de leerla.

Lo que has considerado como tu vida es en realidad un solo día de tu verdadera vida como alma, cosa igualmente cierta respecto de tu amado, por consiguiente él no está muerto; es únicamente su cuerpo lo que se desechó.

Sin embargo, no por esto debieras pensar de él como de un mero aliento sin cuerpo, o de manera alguna que sea menos él mismo de lo que antes era.

Como afirmó San Pablo hace mucho tiempo: “Hay un cuerpo natural, y hay un cuerpo espiritual”.

La gente entiende mal esa observación, porque considera estos cuerpos como sucesivos, y no comprende que todos nosotros poseemos el uno y el otro, aun ahora. Tú, que lees esto, posees tanto un cuerpo “natural” o físico, el cual puedes ver, como otro cuerpo interno, que no puedes ver: el que llamaba San Pablo “espiritual”.

Y cuando desechas el físico, aún retienes aquel otro y más fino vehículo, quedas revestido de tu “cuerpo espiritual”. Si simbolizamos el cuerpo físico como una chaqueta o abrigo, podemos pensar de este cuerpo espiritual como de la ropa interior que el hombre viste debajo de esa vestidura externa.

Si esa idea ya se te aclara, avancemos otro paso.

No es, solamente, en lo que llamas la muerte donde desechas aquel sobretodo de materia densa; cada noche, al dormir, te separas de él por un rato, y andas vagando por el mundo en tu cuerpo espiritual, invisible, con respecto a este mundo denso, pero claramente visible para aquellos amigos que estuvieran usando, a la vez, sus cuerpos espirituales; porque cada cuerpo ve únicamente aquello que está en su propio nivel.

Tu cuerpo físico ve solamente otros cuerpos físicos; tu cuerpo espiritual ve solamente otros cuerpos espirituales. Cuando vuelves a ponerte tu chaqueta, es decir, cuando vuelves a tu cuerpo más denso, y despiertas a este mundo inferior, suele suceder que tienes algún recuerdo, aunque generalmente muy embrollado, de lo que has visto cuando estuviste en otra parte, y lo llamas un sueño vívido.

Por tanto, puede descubrirse el sueño como una especie de muerte temporal, consistiendo la diferencia en que no te separas de tu chaqueta de modo tan radical que quedes impedido de volver a ponértelo.

Queda igualmente demostrado que, cuando duermes, entras a la misma condición por la cual ha pasado el ser amado por ti.

Ahora procederé a explicarte cuál es esa condición.

Han corrido muchas teorías respecto a la vida después de la muerte, casi todas ellas basadas en falsas comprensiones de las antiguas escrituras.

En un tiempo se aceptaba, casi universalmente en Europa, el horrible dogma de lo que se llamaba sempiterno castigo, ahora, ya nadie, fuera de los más rematadamente ignorantes, cree en él. Fue basado en una mala traducción de ciertas palabras atribuidas a Cristo, y mantenido por los monjes medievales como un espantajo conveniente con qué asustar a las masas ignorantes para que se portaran bien. A medida que el mundo avanzaba en la civilización, empezaron los hombres a comprender que tal dogma era no sólo blasfemo, sino ridículo.

Los religiosos modernos lo han reemplazado, por consiguiente, por sugestiones algo más sanas; pero generalmente vagas y enteramente apartadas de la sencillez de la verdad. Todas las Iglesias han complicado sus doctrinas, porque insistieron en empezar con el absurdo e infundado dogma de una cruel e iracunda Deidad, la cual se complacía en hacer daño a su pueblo.

Ellas importaron esa espantosa doctrina del primitivo Judaísmo, en lugar de aceptar la enseñanza del Cristo de que Dios es un Padre amoroso. La gente que ha podido asimilarse el hecho fundamental de que Dios es Amor, y que Su Universo se gobierna por medio de leyes sabias y eternas, ha empezado a darse cuenta de que estas leyes deben obedecerse, tanto en el mundo de más allá de la tumba como en éste.

Pero aún son vagas tales creencias. Nos hablan de un lejano Cielo, de un día del juicio en el remoto porvenir; pero nos informan poco respecto de lo que sucede aquí y ahora. Los que enseñan, ni pretenden tener experiencia personal alguna de las condiciones que reinan después de la muerte. No nos dicen lo que ellos mismos saben, sino solamente lo que han oído de otros.

¿Cómo podrá satisfacernos eso?

La verdad es que ya pasó el día de la creencia ciega. Hemos llegado a la era del conocimiento científico, y ya las ideas que carecen de razón y sentido común son inaceptables.

No existe razón alguna para que los métodos de la ciencia no se apliquen a la elucidación de problemas que en otros días se dejaban enteramente a la religión.

Somos espíritus; más vivimos en un mundo material; un mundo que, sin embargo, apenas comprendemos parcialmente.

Todo el conocimiento que acerca de él tenemos, nos llega por medio de nuestros sentidos; pero estos sentidos son muy imperfectos.

Podemos ver los objetos sólidos; usualmente podemos ver los líquidos, salvo que estuvieran absolutamente claros; mas los gases, en la mayoría de los casos, nos son invisibles.

La investigación demuestra que hay otras especies de materia mucho más imperceptibles que los gases más tenues, a las cuales no responden nuestros sentidos físicos, de modo que no podemos llegar a conocerlas por medios físicos. Sin embargo, podemos llegar a relacionarnos con ellas; podemos investigarlas, pero únicamente por medio de aquel “cuerpo espiritual” de que se hizo antes referencia; porque aquel tiene sus sentidos así como éste los tiene.

La mayoría de los hombres no han aprendido a usarlos todavía, pero este poder puede adquirirse por el hombre. Sabemos que esto puede ser, porque ha sido así adquirido; y los que lo hayan logrado pueden percibir mucho de lo que se oculta a la vista del hombre común.

Aprenden que este mundo nuestro es mucho más maravilloso de lo que jamás hubiéramos supuesto: que, aún cuando los hombres hayan vivido en él por miles de años, la mayoría se quedó totalmente ignorante de toda la parte más hermosa y superior de la vida.

La línea de investigación a que me refiero ha dado ya muchos resultados maravillosos, y cada día nos ofrece nuevas perspectivas. Esta información puede obtenerse en la Sabiduría Divina de la cual nos interesa ahora considerar una parte tan sólo, la del nuevo conocimiento que nos ofrece acerca de la vida más allá de lo que llamamos muerte, y la condición de los que la experimentan.

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* * *

Lo Primero que aprendemos es que la muerte no es el fin de la vida, como ignorantemente hemos presumido, sino meramente el paso de una etapa de vida a otra.

Ya he dicho que es como el quitarse un abrigo; pero que, después, el hombre se encuentra vestido con su acostumbrada ropa interior –el cuerpo espiritual-. Pero que, aun cuando por ser tanto más fino, San Pablo lo llamó el “espiritual”, es siempre un cuerpo, y por consiguiente, material, aunque la materia de la cual se compone sea mucho más fina que cualquiera de las conocidas comúnmente por nosotros.

El cuerpo físico sirve al espíritu como medio.

Sin ese cuerpo como instrumento no le sería posible comunicarse con este mundo, ni recibir impresiones de él. Vemos aquí que el cuerpo espiritual sirve exactamente para el mismo propósito; el de actuar como intermediario del espíritu con el mundo superior y espiritual. Pero este mundo espiritual no es algo vago, lejano y fuera de alcance; es, sencillamente, una parte superior del mundo que actualmente habitamos.

Ni por un momento niego que hay otros mundos mucho más elevados y más remotos; estoy afirmando tan sólo que lo que comúnmente se llama muerte no tiene nada que ver con ellos, y que es meramente un traspaso de una etapa o condición a otra, en este mundo que todos conocemos.

Puede decirse que el hombre que hace tal cambio se vuelve invisible para ti; pero si lo piensas bien, verás que el hombre siempre te ha sido invisible, que lo que acostumbras mirar era únicamente el cuerpo que él habitaba. Ahora él habita otro cuerpo más delicado, el cual se encuentra más allá de tu vista ordinaria; pero no necesariamente, de modo alguno, fuera de tu alcance.

El primer punto por realizar es el de que, aquellos que llamamos los muertos, no nos han dejado. Hemos sido educados en una creencia compleja, la cual implica que cada muerte es un milagro separado y maravilloso, que cuando el alma abandona el cuerpo se desvanece y entra, de alguna manera, en un cielo más allá de las estrellas –sin indicación relativa al medio mecánico de tránsito empleado para cruzar el aterrador espacio-.

Los procesos de la Naturaleza son, sin duda, maravillosos, y, para nosotros, a menudo incomprensibles; pero jamás contrarían a la razón ni al sentido común.

Cuando te quitas tu chaqueta en tu casa, no por eso vuelas a la cumbre de una montaña lejana; quedas parado exactamente donde estabas antes, aunque puede ser que presentes una apariencia externa diferente.

Precisamente, del mismo modo, cuando un hombre deja su cuerpo físico, se queda exactamente donde estaba antes. Es cierto que tú no lo ves ya, pero esto no implica que él haya ido a otra parte, sino que el cuerpo que ahora usa es invisible a tus ojos físicos.

Probablemente sabes que nuestros ojos no responden sino en proporción muy pequeña a las vibraciones que existen en la Naturaleza, y por consiguiente las únicas substancias que podemos ver son aquellas que pueden reflejar esas especiales ondulaciones.

La vista de tu “cuerpo espiritual” es igualmente cuestión de respuesta a cierta clase de ondulaciones; pero estas son de orden totalmente distinto de las físicas, proviniendo de un tipo de materia mucho más fino.

Por el momento, todo lo que nos concierne entender es que, por medio de tu cuerpo físico, puedes ver y tocar el mundo físico únicamente, mientras que por medio del “cuerpo espiritual” puedes ver y tocar las cosas del mundo espiritual. Y recuerda que éste no es, en sentido alguno, otro mundo, sino sencillamente una parte más refinada de este mundo.

Una vez más te repito que hay otros mundos, pero que no nos conciernen por ahora.

El ser que tú consideres ausente, en realidad aún está contigo. Cuando te hallas junto a él, tu en el cuerpo físico y él en el vehículo espiritual, no están consciente de su presencia porque no le puedes ver; mas, cuando tú dejas tu cuerpo físico durante el sueño profundo, te juntas a él con plena y perfecta conciencia, y tu unión con él es en todos sentidos tan completa como antes. De modo que, durante el sueño, te hallas feliz cerca de aquel ser a quien amas; únicamente durante las horas de vigilia es cuando sientes la separación.

Desgraciadamente, para la mayoría de nosotros existe un lapso entre la conciencia física y la conciencia del cuerpo espiritual, de tal suerte que, aun cuando en la última podemos recordar perfectamente la primera, muchos encontramos imposible el traer a la vida de vigilia la memoria de lo que hace el alma cuando, durante el sueño, está ausente del cuerpo físico. Si tal memoria fuera perfecta para nosotros, no existiría, de verdad, la muerte.

Algunos hombres han alcanzado ya esta continuada conciencia, y todos la podrán alcanzar gradualmente, porque es parte del desenvolvimiento natural de los poderes el alma. En muchos, tal desenvolvimiento ha empezado ya, y a éstos les llega fragmentos de memoria; pero hay una tendencia a calificarlos meramente como sueños, y por lo tanto, sin valor, tendencia que prevalece especialmente entre los que no han hecho estudio de los sueños y no comprenden lo que realmente son.

Más, aunque todavía sólo unos pocos poseen vista y memoria plena, ay muchos que han podido sentir la presencia de sus seres amados, aun sin poderlos ver, y hay otros que, aun sin memoria definida, despiertan del reposo con una sensación de paz y bendición, resultante de lo ocurrido en aquel mundo superior.

Recuerda siempre que este es el mundo inferior y aquél el superior, y que en este caso, el mayor contiene en sí lo menor.

En aquella conciencia recuerdas perfectamente lo que sucede en ésta, porque a medida que te transportas de ésta a aquella al sumirte en el sueño, estás desechando un impedimento: el obstáculo del cuerpo inferior; mas al retornar a esta vida inferior, asumes de nuevo esa carga, y al asumirla se te velan de nuevo las facultades superiores y caes en el olvido. Síguese, pues como consecuencia, que si deseas participar una noticia a un amigo difunto, no tienes más que formularla con claridad en tu mente al dormir, con la resolución de decírsela, y puedes tener la seguridad de hacerlo así en cuanto te encuentres con él.

Puede que a veces quieras consultarle sobre algún punto, y aquí el hueco entre las dos formas de conciencia te impedirá generalmente traer una contestación clara. Sin embargo, aunque no pudieras regresar con un recuerdo definido, a menudo despertarás con una impresión bien determinada respecto a su deseo y decisión, y por regla general, podrás suponer que tal impresión es verídica.

No obstante, debieras consultarlo lo menos posible, puesto que, como veremos más adelante, es censurable molestar a los supuestos muertos, en su mundo inferior, con asuntos que pertenecen al departamento de esta vida, del cual ellos se han liberado.

Esto nos conduce a la consideración de la vida que llevan los muertos.

Existe en ella muchas y grandes variaciones; pero, cuando menos, es casi siempre más dichosa que la vida terrestre. Así lo expresa una escritura antigua:
“Las almas de los justos quedan en poder de Dios, y ningún tormento las tocará. A la vista de los ignorantes parece que murieron, lo que se toma, de nuestro lado, como la destrucción total; pero ellas gozan de la paz”.

Debemos librarnos de teorías anticuadas; el muerto no salta repentinamente a un cielo imposible ni tampoco cae en un infierno aún más imposible. En verdad, no existe infierno alguno en el antiguo y malvado sentido de la palabra, y no hay en ninguna parte, ni en ningún sentido, más infierno que el que el hombre se fabrique para sí mismo.

Trata de comprender claramente que la muerte no cambia en absoluto al hombre; que éste no se convierte súbitamente en un gran santo o un ángel, ni tampoco se le dota repentinamente con toda la sabiduría de las edades; que queda siendo exactamente el mismo hombre el día después de su muerte que lo fuera el día antes, con las mismas emociones, la misma disposición, el mismo desarrollo intelectual. La única diferencia consiste en haber perdido su cuerpo físico.

Trata de comprender exactamente lo que eso significa:
Significa la libertad absoluta de poder sustraerse del dolor y la fatiga, también la liberación de todos los deberes fastidiosos, entera libertad (probablemente por la vez primera en su vida) para hacer exactamente lo que le plazca.

En la vida física el hombre se encuentra constantemente coartado; si no constituye parte de la pequeña minoría con medios de vida independiente, estará siempre obligado a trabajar para adquirir dinero, dinero que tiene que poseer para poder comprar alimentos, vestido y abrigo para sí y para los que dependen de él. En pocos casos excepcionales, tales como los de los artistas, pintores y músicos, el trabajo del hombre es un goce; pero en la mayoría de los casos es una forma de labor a la que nunca se dedicaría sino por necesidad.

En este mundo espiritual ya no hay necesidad de dinero, de alimento ni abrigo, puesto que su gloria y su hermosura se brindan a todos sus habitantes sin dinero ni precio.

En su tenue materia, en el cuerpo espiritual, puede el ser moverse en todas direcciones, como le plazca; si ama el arte, puede gastar todo su tiempo en contemplar las obras magistrales de los hombres más prominentes; si fuera músico, podría pasar de una a otra de las principales orquestas del mundo, o gastar su tiempo en escuchar a los más célebres ejecutantes.

Cualquiera que haya sido su goce especial en la tierra, su gusto favorito, puede dedicarse a él enteramente, y proseguirlo al extremo, con la más amplia libertad, con tal que su goce sea el del intelecto o de las emociones superiores, para gratificación del cual no necesita la posesión de un cuerpo físico.

Así se verá, de una vez, que todo hombre razonable y de buenas costumbres es infinitamente más feliz después de la muerte que antes, puesto que tiene tiempo amplio, no sólo para el placer, sino para su progreso realmente satisfactorio en las líneas que más le interesan.

¿No habrá, pues, en aquel mundo almas infelices? Sí, porque tal vida es necesariamente una secuela de ésta, y el hombre queda en todos conceptos tal cual era antes de abandonar su cuerpo. Si sus goces en este mundo fueron bajos y groseros, se encontrará en aquel mundo sin poder gratificar tales deseos; un borracho sufrirá deseos inextinguibles de beber, sin cuerpo ya con el cual apaciguarlos; al glotón le harán falta los placeres de la mesa; el avariento no encontrará oro que amontonar.

El hombre que se ha acostumbrado a ceder en la tierra a las pasiones indignas sentirá que aún le corroen. La persona sensual aún palpitará con apetencias que ya no pueden ser satisfechas; el hombre celoso es aún desgarrado por sus celos, tanto más, cuanto que ya no puede impedir los actos de quien fue objeto de sus celos.

Tales personas indudablemente sufren, -pero únicamente esa clase de seres- únicamente aquellas cuyas tendencias y pasiones fueron groseras y físicas en su naturaleza. Y aún ellas pueden dominar en absoluto su propia suerte; con sólo vencer tales inclinaciones inmediatamente se libran del sufrimiento que sus impulsos causan.

Recuerda siempre que no hay tal castigo; no hay más que el resultado natural de una causa definida; de modo que sólo se necesita remover la causa y cesa el efecto, no siempre inmediatamente, sino en cuanto la energía de la causa se agota.

Hay muchas personas que habiendo evitado esos vicios notorios, han vivido, sin embargo, lo que puede llamarse vidas mundanas, importándoles principalmente, la sociedad y sus convencionalismos, y pensando únicamente en el goce propio.

Tales personas no pasan por sufrimiento agudo en el mundo espiritual, pero muy a menudo lo consideran insípido y pesado.

Pueden juntarse con otras de su mismo tipo; pero, generalmente, encuentran en ellas algo monótono, ya que no puede haber competencia ni en el vestir, ni en la general ostentación; mientras que las personas del tipo mejor y más inteligentes con quienes desean juntarse actúan, por regla general, de modo distinto, y les son, por consiguiente casi inaccesibles.

Pero, cualquier hombre de intelectualidad racional, o de artísticos sentimientos, se encontrará infinitamente más feliz fuera de su cuerpo físico que dentro de él; y debe recordarse que es siempre posible que un hombre desarrolle en aquel mundo un interés racional si su discernimiento lo impulsa a ello.


Los vivos nacen de los muertos, del mismo modo que éstos nacen de aquéllos.
Platón (El Fedón)

* * *

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Continuará…

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5 respuestas

  1. YAJANIA RIVAS

    No he podido encontrar el libro pero con sólo leer esta parte siento un poco de paz y tranquilidad en mi alma.
    Porque se que mi madre esta bien después que partió.

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    25 de enero de 2010 en 21:24

  2. Veronica

    Espero que así sea…

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    21 de septiembre de 2009 en 19:53

  3. Johanna

    Hay tanto dolor tras la perdida de un ser querido, leer esto ha sido como un rayo de sol que lumino mi oscuro mundo.

    Gracias

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    30 de junio de 2008 en 17:43

  4. Norma Licea

    Me trae un poco de paz esta lectura y me da la esperanza de un reencuentro con mi hijo que partió el 14 de febrero del 2007, es muy doloroso y esto me da Fe.

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    30 de mayo de 2008 en 16:39

  5. mary carmen

    Hermoso, me ayudo mucho en su momento.

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    11 de marzo de 2008 en 18:55

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