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Una figura enigmática: H. P. Blavatsky

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En estos tiempos en que la disolución de las diferentes formas del Materialismo del siglo XIX, han llevado al gran público a un interés enorme por las antiguas doctrinas del Esoterismo y la Magia, me ha parecido conveniente escribir sobre ese verdadero enigma que, en el siglo pasado, constituyó Helena Petrovna Blavatsky.

Cierto es que, en los límites de brevedad impuestos a esta obra, no han de caber muchas interesantes características de tan extraña personalidad y aún menos su colosal obra de recopilación e interpretación hecha sobre textos antiguos de Oriente y Occidente.


Una vida fuera de lo común

Nació en Ekaterinoslav, ciudad situada en la orilla derecha del río Dnieper, que lleva sus aguas al Mar Negro, frente a Odessa, Rusia. En la medianoche que va del 30 al 31 de julio de 1831. Es curioso que esta noche, para el pueblo ruso, es la equivalente a la “Noche de San Juan” en otras regiones de Europa Occidental… Una noche mágica.

Fue primogénita de una noble familia. Por línea paterna, hija del Coronel Pedro Hahn y nieta del Teniente General Alexis Hahn de Rotenstern, de Macklemburgo, Alemania, establecido en Rusia; y por parte de madre, de la pariente del Zar, Helena Fadeff. Su abuela fue la Princesa Helena Dolgorouki. Fue bautizada según los ritos de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Nacida prematuramente, su salud fue endeble desde muy niña. Creció reconcentrada en sí misma y silenciosa. Dotada de innegables poderes parapsicológicos innatos, el ambiente que la rodeaba, exageradamente inclinado a la superstición ya calificar de “brujería” todo aquello que fuese desacostumbrado, la aisló aún más en el seno de su aristocrática familia,
prefiriendo la compañía de los servidores de su casa o de los niños pastores y errantes que llegaban a su puerta. Paseándose por el museo natural del palacete de sus padres, frente a cada animal disecado, improvisaba largas charlas sobre las características de ese animal en vida y lo que había visto.
Se hizo especialmente odiosa al predecir, con absoluta certeza, el día de la muerte de algunos viejos parientes y amigos que frecuentaban sus salones. Lo hacía con la inocencia de una niña, pero al verse cumplidos los presagios, todos comenzaron a temerla.

Sus ayas de Ucrania la entretenían hablándole de hadas, gnomos y hechizos, pero pronto sintieron ante la niña verdadero terror, pues ella les anticipaba lo que le pensaban decir, leyendo sus pensamientos y provocando risas, ruidos y vientos a voluntad en las habitaciones solitarias. Tenía para ese entonces 4 años.

Recibió la educación básica de una dama de la nobleza rusa de aquella época: leer y escribir en ruso, rudimentos de inglés y de francés. También estudió música y demostró una gran aptitud para ejecutar en el piano.

Muerta su madre, a los 11 años fue a vivir con su abuela, en Seratow, donde su abuelo era Gobernador Civil. De carácter difícil y salud tan endeble que frecuentemente se la veía como moribunda, vivía, según cuenta la misma H. P. B., “empapada en Agua Bendita”. Su abuela tenía un museo, de los más prestigiosos en Rusia en cuanto a Historia Natural, y la niña reencontró su infantil pasión por hablar sobre esas piezas, aún de las correspondientes a animales prehistóricos de los cuales se sabía en ese entonces más bien nada que poco.

También a los 11 años la sorprendemos cabalgando a horcajadas, cosa prohibida para una señorita de encumbrada familia. A los 14 cayó de su silla de montar y ante la vista de varios testigos se mantuvo en el aire, suspendida de manera increíble hasta volver al asiento.

Todo ello inclinó a la familia a casarla lo antes posible. Así y pese a sus protestas, la desposaron a los 16 años con un anciano de 70, Nicforo Blavatsky, Subgobernador de la Provincia de Erevan, en Transcaucasia.
Tres meses más tarde, la extraordinaria jovencita que llevaría por el resto de su vida el apellido de Blavatsky en memoria de aquel bondadoso hombre que pudo haber sido su abuelo, se escapó de palacio a caballo y luego, de grumete, embarcó hacia Alejandría. Tardó diez años en volver a Rusia, para que su matrimonio fuese legalmente nulo.

Este período de su vida es muy oscuro. Contactó con espiritistas (que en aquel entonces estaban tan de moda como hoy los ufólogos o los santones) y recorrió numerosos países de Europa, África y América. Su familia, como el conde de Vitte, la hizo víctima de grandes ataques y burlas. Su espíritu andariego y su juventud la llevaron, disfrazada de muchacho, a ser reportero de guerra en las tropas de Garibaldi en las luchas del Río de la Plata, entre el Imperio Portugués y los nuevos Países hispanoparlantes. Una “reportera” de guerra en aquel tiempo era algo tan inusual que cuando se supo sufrió prisión por eso.


Fue una viajera incansable a pesar de su mala salud que le hacía sufrir tormentos y angustias. Pero siempre al borde de la muerte, curaba rápidamente sin auxilios médicos y proseguía su marcha.

De carácter frecuentemente irascible, dotada de gran carisma y autoridad, no temía meterse en las más atrevidas aventuras en los lugares más remotos e incivilizados del mundo. Poseía el “don de lenguas” y así, no sólo comprendía y hablaba los más extraños dialectos, sino que leía jeroglíficos egipcios, sánscrito, griego, latín y cuanto signo gráfico hubiese dejado el hombre a través del tiempo.

Sus poderes parapsicológicos se acentuaron con sus viajes, y shamanes y faquires llegaron a admirar sus proezas, que ella realizaba muy de vez en cuando y sólo si le venía en gana hacerlo, defraudando así la curiosidad de muchos periodistas y espantando otras veces a gentes desprevenidas.


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Sus artículos, casi siempre con seudónimo, llenaron las páginas de los principales periódicos de la época Victoriana, en la que se vivía un clima propenso a la aventura y al exotismo de los lugares casi inexplorados que recorría H.P.B.

En 1875, a los 44 años de edad y luego de haber conocido al entonces famoso periodista, el Coronel Olcott, funda en New York la Sociedad Teosófica. Se cuenta que en la sesión inaugural, se materializó a la vista de todos un misterioso anillo en su dedo, que luego sería transmitido de mano en mano por todos los Presidentes de la Sociedad Teosófica. El autor de esta nota lo vio y tocó. Su piedra es extraña, tiene grabados signos parecidos al sánscrito y cambia de color frecuentemente.

Contrariamente a lo que se cree, aunque H.P.B. fuese cofundadora de la Sociedad Teosófica y trabajase para ella el resto de su vida, su primer Presidente fue Olcott, y ella manifestó de inmediato que, habiendo cumplido su misión, no se le considerase ya como Miembro de dicha Sociedad, pues no quería dañarla con lo que ella hiciese ni tampoco sentirse atada a compromisos con la gente.

Esta Sociedad resultó un éxito y se extendió rápidamente por todo el Globo, teniendo su capitalidad en Adyar, India, gracias a una importante donación hecha por el Rajá de Benarés.

Acosada por las críticas y por su estado de salud cada vez más malo que le impedía, entre otras cosas, controlar los fenómenos paranormales que la rodeaban a toda hora, se dedicó a escribir sus Obras; éstas llegaron a tener
tal éxito, que su Isis sin Velo se vendió totalmente en su primera edición antes de que saliese de máquinas, debiendo reimprimirse y durando la segunda edición en inglés 24 horas.

La “Teosofía”, que marchaba a hombros de la Sociedad Teosófica, impregnó a millones de personas, especialmente las de alto rango y condición artística, científica y filosófica, aunque siempre contó con la oposición de las instituciones oficiales, especialmente las inglesas, y con la aversión de la Iglesia Católica y de anglicanos. También, más tarde, la combatiría la Masonería, el Espiritismo y los Brahmanes de la India. H.P.B. tuvo gran cantidad de enemigos personales que la denigraron; el principal: R. Guénon.
Sus críticas a los anarquistas y al gobierno de las mayorías, la hicieron también odiosa ante la vista de importantes medios de comunicación.

En 1885 decide residir en Londres, donde se pone en contacto con Annie Besant, la Condesa Wachtmeister y las Duquesas de Adlemar y de Pomar. H.P.B. es llamada entonces “la mujer más sabia de su tiempo”, y se dedica a su monumental obra: La Doctrina Secreta, basada en gran parte en apuntes de sus anteriores viajes. Sus distinguidas y cultas acompañantes cuentan cosas extraordinarias de ella, como lectura de libros a distancia, conversaciones a dos voces con seres invisibles, cartas llegadas de remotos lugares por medios extraordinarios y escritas en signos indescifrables aún para los peritos del Museo Británico, a los que, con extraño sentido de humor H.P.B. les enviaba a veces alguna parte de su correspondencia.

Esta mujer, que había predicho el descubrimiento de Troya por Schliemann y afirmaba que en el siglo XX la gente vería a través de nuevos “espejos mágicos”, televisores, ya no podía retener el Alma en el cuerpo.
Ella misma afirmó, alguna vez, que sus misteriosos Maestros le habían dado 5 años de vida “extra”, para terminar su obra. y la terminó, aunque el “Séptimo Libro” de Doctrina Secreta quedara en apuntes manuscritos recopilados luego para una “Sección” o “Escuela Esotérica” de la Sociedad Teosófica que funcionó hasta 1950.

En los últimos cuatro años de su vida logró controlar y suprimir los fenómenos paranormales que le habían acompañado en toda su existencia.

Su actividad y ritmo de trabajo se volvieron febriles. Mientras la Sociedad Teosófica se había convertido en una potencia mundial desde todo punto de vista, ella se mantenía lo más aislada posible con las damas mencionadas y de este período sabemos muy poco. Su casa de Lansdowne Road fue llamada la Blavatsky Lodge. Su figura se hizo tan mítica que se internalizó, terminando su vida, muy envejecida y enferma, carente de muchos cuidados elementales ya que ni a sus compañeras de casa dejaba que colaborasen con ella, sentada en una silla y con un lápiz en la mano.

Era el 8 de mayo de 1891. El médico que certificó su defunción la atribuyó a un tipo de gripe y al mal clima londinense. Su cadáver fue cremado y la casi totalidad de las cenizas se aventaron sobre el Támesis.

Su último fenómeno: los médicos la habían declarado fuera de peligro a las 11 de la mañana de ese 8 de mayo… Ella esperó que se fuesen, se levantó de la cama, se sentó en su mesa de trabajo y murió tal cual lo había predicho días antes. Tan suavemente, que quienes estaban a su lado no se dieron cuenta por largo rato.


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