Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Profecías de H.P.B. para el III Milenio


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Compilado por: José Rubio Sánchez & José Miguel Cuesta Puertes.


PRÓLOGO


Queremos con este libro rendir un homenaje a Helena Petrovna Han Fadéef de Blavatsky, al tiempo que pretendemos que su legado, quizá un tanto complejo para los que se adentran por primera vez en el umbral del esoterismo, pueda ser entendido por un mayor número de lectores.

Helena Blavatsky es hoy día un clásico en el cosmos esotérico, pero su vida y obra están envueltas en el misterio, por el velo de la diosa a la que dedicó su primera obra: Isis. Ella misma fue un enigma, incluso para los que la conocieron en vida. Pero no pretendemos dirigir a ese puerto las próximas páginas de este libro, aunque sí dedicaremos un breve capítulo a mostrar algunas pinceladas de su apasionante existencia.

Tampoco vamos a extendernos en la interpretación de sus obras, la polémica Isis sin Velo o la desbordante Doctrina Secreta; o en sus otros escritos, como son la Clave de la Teosofía, la Voz del Silencio, Por las Grutas y Selvas del Indostán, o cientos de artículos publicados en su día en revistas como Lucifer, The Theosophist, The Path, o Le Lotus Bleu, por poner algún ejemplo. Obra ingente que, ya de por sí, muestra la esforzada labor de esta aristócrata rusa.

Nuestro principal interés pretende, en cambio, centrarse en una de las numerosas facetas de está Maga Rusa: la profética –termino que intentaremos definir más adelante–, además de desear que renazca el interés por el capital mensaje que se aprecia en las doctrinas que tan fervorosamente trasmitió, incansable, hasta el fin de sus días. Doctrinas no conocidas con suficiente profundidad, creemos, y dignas de una revisión exhaustiva en los albores del III Milenio.

Helena Blavatsky abrió, en el siglo XIX, las puertas de Occidente al conocimiento y misticismo Oriental, y permitió desvelar las claves que el esoterismo tradicional había perdido tras la caída del mundo clásico, ocultas en la tenebrosa –en algunos aspectos– Edad Media, para que el mundo civilizado encontrase sus auténticas raíces y el fundamento que le permitiese construir una civilización mucho más humana y hermanada con la Naturaleza.

Para lograr su propósito utilizó un método sencillo pero enormemente esclarecedor: la comparación de Religiones, Ciencias, Artes y Filosofías; del pasado y del presente; de Oriente y Occidente, y tomó como aval de sus asertos el conocimiento expresado en cientos de citas de todo tipo de autores, de todas las ramas del saber y de todas las épocas y naciones.

Su labor la realizó en pleno siglo decimonónico, siglo ampliamente materialista y escéptico, resultado de una contradictoria Revolución Francesa, y de una Revolución Industrial que llevó la civilización por raíles esencialmente distintos de los tradicionales. Un siglo donde se cuestionaron los casi inamovibles dogmas de la Iglesia, y donde el creciente positivismo arrinconó la espiritualidad incluso en el mismo Oriente. El Hombre creía hallarse en el umbral de la más alta cima de la evolución, a un paso de convertir la Tierra en un paraíso. Los descubrimientos, tanto científicos, arqueológicos, como médicos, se acumularon, preparando lo que sería el vertiginoso siglo XX. Las grandes utopías tomaron forma en la mente de los pensadores y sabios, que veían en sus manos los elementos materiales que les llevarían a plasmarlas.

En aquel momento de gozne histórico, donde el péndulo había recorrido su camino de repulsa hacia la idea de Dios y la Religión, dirigiéndose a la afirmación del individuo y deificación de la razón; convulsionado con nuevas propuestas sociales y violentos conflictos, en aquel momento, repetimos, surgió Blavatsky, la que, utilizando las mismas armas de los eruditos y sabios de su tiempo, devolvió al mundo una Filosofía Hermética perdida desde hacia milenios para Occidente, o al menos algunas de las claves que permitirían recuperarla. Y la Sociedad Teosófica, creada principalmente por ella, se encargó de divulgar ese conocimiento, estableciendo numerosas sedes filantrópicas y publicando incontables libros que llevaron por todo el orbe aquellas enseñanzas, no exentas de esperanza.

De esa sociedad surgieron otras muchas, directa o indirectamente, como la Antroposófica de Rudolf Steiner o la Fraternidad Blanca Universal de Omraam Mikhael Aivanhov, la Iglesia Católica Liberal, la Escuela Arcana, los Gnósticos, la Llama Eterna, o la Iglesia de Aetherius, entre otras. Numerosos personajes bebieron en su fuente, desde Einstein a Jung, Herman Hesse, Rudyard Kipling, o Gandhi.

No hubo ámbito en el que no influyeran: en el cine (Greta Garbo, Chaplin, La Atlántida, el continente perdido, Horizontes Perdidos); la literatura (Aldous Huxley, H.P.Lovecraft, R.E.Howard, Valle-Inclán, Ruben Darío, Rider Haggard, Edgard Rice Burroughs, Leon Tolstoy, Yeats, H.G.Wells, Conan Doyle); la pintura (Nicholas Roerich, Mondrian, Kandinsky); la música (Skriabin); filósofos (Bertrand Russell); científicos (Thomas Edison, William Gates, Alfred Russel Wallace, Camilo Flammarion, Gastón Maspero); e incluso la política fue influida por sus doctrinas. La misma Sociedad Teosófica, o sus miembros individualmente, impulsaron numerosas asociaciones con intereses tan novedosos en aquella época como la revalorización de la mujer, el vegetarianismo, o la lucha contra la vivisección. Crearon instituciones como la Sociedad Vegetariana de Francia, la Sociedad de Criminología y de Defensa Social, Antivivisección, Protección de los animales o la Liga Braille.

Dos de los movimientos más conocidos, patrocinados por la teosofía y en los que se vislumbran sus ideales, fueron los Scouts y el Esperanto. También alentaron la instauración de la Sociedad de las Naciones. En definitiva, de esa fuente bebió y se inspiró el movimiento Hippie y se nutre hoy el denominado Nueva Era, y si en la actualidad prácticamente todo el mundo conoce la doctrina de la Reencarnación, habla de la diosa Gea, de vegetarianismo, del poder de los colores o la música, de los viajes astrales, de la hipnosis, de civilizaciones desaparecidas como la Atlántida o la Lemuria, magnetismo, quiromancia y tantos otros temas esotéricos, es gracias al esfuerzo de la inagotable Helena, que trabajó toda su vida para hacer llegar a sus contemporáneos el mensaje de la Sabiduría Antigua, desperdigado por el mundo como los trozos de un gran rompecabezas. Nunca Helena se proclamó poseedora de la Verdad.

Siempre definió su labor, utilizando la imagen volteriana, como el lazo que pretendía unir el ramillete de conocimientos que le habían sido revelados en sus viajes alrededor del mundo, por sabios de todos los países y de todas las razas. Esa es la columna vertebral de su obra: la existencia de Maestros en todas las épocas de la historia, que han custodiado y mantenido encendida la llama del Saber, sobre todo en los momentos de mayor oscurantismo de la Humanidad.

Ecléctica, respetuosa con todas las religiones, aunque no con sus formas caducas a las que atacó duramente. Polémica, odiada y admirada, hasta el último suspiro ondeó el estandarte de la Filosofía Esotérica, proclamando que:

«No hay religión superior a la Verdad.»


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