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Pensamientos sobre los Elementales (I)

Por_ H. P. Blavatsky

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Quien estas líneas escribe, ha dedicado años enteros al estudio de estos seres invisibles–y por completo insensibles– llamados por varios nombres en todos los países bajo el sol, y conocidos con el genérico de espíritus. Sólo la nomenclatura aplicada a estos naturales de las esferas por la iglesia Católica –buenos o malos– no tiene fin.

La gran cronología de sus nombres simbólicos, es un estudio. Abrid cualquier relato de la creación en el primer Purâna que os venga a la mano, y mirad la variedad de apelaciones conferidas a estas criaturas divinas y semi–divinas (producto de dos clases de creaciones: la Prakrita y la Vaikrita o Padma, la primaria y la secundaria), evolucionadas todas del cuerpo de Brahmâ. Solamente el Urdhwasrota (1)de la tercera creación abraza una variedad de seres con características e idiosincrasias suficientes para el estudio durante toda una vida.

Lo mismo sucede con los relatos egipcios, caldeos, griegos, fenicios o cualquiera otros. Las huestes de estos seres son innumerables. Los antiguos paganos, sin embargo –y especialmente los neoplatónicos de Alejandría–, conocían lo que creían, y distinguían sus diferentes órdenes. Ninguno los consideraba bajo el punto de vista sectario como lo hacen las iglesias cristianas. Se ocupaban de ellos, por el contrario, con un conocimiento mucho mayor, pues hacían una distinción mucho más acertada de las diferentes naturalezas de estos seres, que los Padres de la iglesia lo hicieron nunca. Con arreglo a la línea de conducta que estos últimos se habían trazado, todos los ángeles que no habían sido reconocidos como servidores del Jehovah de los judíos, eran proclamados demonios.

Los efectos de esta creencia, más tarde erigida en un dogma, los encontramos ahora afirmándose en el Karma de los muchos millones de espiritistas educados y mantenidos en las respectivas creencias de sus iglesias. Aun cuando un espiritista se haya divorciado hace mucho tiempo de las creencias teológicas y clericales; aunque sea un cristiano liberal o antiliberal, un deísta o un ateo, que haya sabiamente rechazado toda creencia en los demonios, y que demasiado razonable para considerar a sus visitadores como ángeles puros, haya aceptado lo que crea un justo término medio, sin embargo, no reconocerá a otros espíritus que los de los muertos.

Este es su Karma y también el de las iglesias colectivamente. En las últimas, es natural un fanatismo tan obstinado y un tal prejuicio: es su regla de conducta; pero en el espiritismo libre, es imperdonable. No puede haber dos opiniones sobre este asunto.

Tiene que ser, o la creencia completa o la absoluta incredulidad en los espíritus. Si un hombre es escéptico y descreído, nada tenemos que decir; pero una vez que cree en los fantasmas y espíritus, cambia la cuestión. No hay hombre ni mujer que esté libre de todo prejuicio y de ideas preconcebidas, que pueda creer que en un infinito de vida y de ser –digamos sólo en nuestro sistema solar–, que en todo este espacio sin límites, en el cual los espiritistas sitúan su Paraíso (2), haya solamente dos ordenes de seres conscientes: los hombres y sus espíritus, mortales encarnados e inmortales desencarnados.

El futuro guarda para la humanidad extrañas sorpresas, y la Teosofía, o más bien sus partidarios, serán del todo vengados en días no muy lejanos. No hay por qué tratar de una cuestión que ha sido tan discutida por los teósofos, y que solamente ha acarreado oprobio, persecución y enemistad a los escritores. Por lo tanto, no nos saldremos de nuestra senda para decir mucho más.

Los elementales y los elementarios de los kabalistas y teósofos, han sido suficientemente ridiculizados. Desde Porfirio hasta los demonologistas de los siglos pasados han aportado hechos tras hechos y han aglomerado pruebas sobre pruebas; pero con tan poco efecto como el que pudiese tener un cuento de hadas relatado a niños.

Raro libro, en verdad, el del vicio Conde de Gabalis, inmortalizado por el Abate de Villars, y traducido y publicado ahora en Bath. Aconsejo a los que tengan inclinaciones humorísticas, que lo lean y reflexionen sobre él. Doy este consejo con objeto de hacer un paralelo. La que estas líneas escribe, lo leyó hace años y lo ha vuelto a leer ahora con más atención aún que la primera vez. Su humilde opinión con respecto a la obra, si a alguien le importa saberla, es que se puede buscar durante meses, sin encontrarla nunca, la demarcación entre los Espíritus de las secciones espiritistas y las sílfides y ondinas de aquel satírico francés.

Hay algo que suena de una manera siniestra en los sarcasmos joviales y en las chanzas de su autor, quien a la vez que señalaba con el dedo del ridículo lo que era creencia suya, tenía probablemente el presentimiento de su propio y acelerado Karma (3), bajo la forma del asesinato.

La manera con que presenta al Conde de Gabalis, es digna de atención: “Cierto día me asombré al ver entrar a un hombre de una apostura de las más dignas, quien saludándome gravemente, me dijo en francés, pero con acento extranjero: –Adora, hijo mío, adora al Dios más grande de los Sabios; y no te llenes de orgullo porque envíe a ti uno de los hijos de Sabiduría para convertirte en un miembro de la Sociedad y hacerte participar de las maravillas de la Omnipotencia” (4) .

No hay más que una contestación que dar a aquellos que, haciendo hincapié en obras semejantes, se ríen del Ocultismo. Servitissimo la da con enojada frase en su introducción Cartas a mi Señor en la obra arriba nombrada. “Yo lo hubiera persuadido (al autor del Gabalis) de que cambiase por completo la forma de su obra –escribe–, pues esta forma burlona de llevarla adelante no me parece propia del asunto. Estos misterios de la Kábala son cosas serias que muchos de mis amigos estudian muy seriamente;… los brujos son ciertamente demasiado peligrosos para ser tratados en burla”. Verbum sat sapienti.

Son peligrosos sin duda alguna. Pero desde que la historia empezó a registrar pensamientos y hechos, media humanidad se ha burlado de la otra media, ridiculizando sus más caras creencias. Esto, sin embargo, no puede cambiar un hecho en una ficción, ni tampoco destruye a las sílfides, ondinas y gnomos de la Naturaleza, si los hay; pues estos últimos, ligados con las salamandras, podrían destruir a los incrédulos y perjudicar a las compañías de seguros, a pesar de que éstas creen menos en las salamandras vengativas que en los incendios causados por casualidad y por accidentes.

Los teósofos creen en los espíritus tanto como los espiritistas, pero creen que son tan diferentes en sus variedades como las tribus haladas en el aire. Hay entre ellos halcones sanguinarios y murciélagos vampiros, así como hay palomas y ruiseñores. Ellos creen en ángeles, porque muchos los han visto

“… a la cabecera del enfermo, ¿De quiénes eran la voz tierna Y los pasos silenciosos? En donde los corazones afligidos destilaban como el sauce vagaban ellos entre los vivos y los muertos”.



Continuará…

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