Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

La Teosofía como filosofía del pensamiento y de la acción

Conferencia dada en París el 23 de abril de 1927

Traducido de “Le Revue Théosophique”, por Brillante, publicado en la revista “El Loto Blanco” de Agosto de 1927.

En la literatura inglesa existe un poema muy conocido debido a la pluma de Georges Herbert, que vivió hace doscientos años. En él se lee lo siguiente:


“Cuando Dios creó al hombre, tenía a Su lado una copa llena de bendiciones.
“Démosle, dijo, todas las posibles bienaventuranzas; que en él se compendien todas las felicidades del mundo”.

Y el hombre tuvo la fuerza en primer lugar; después la belleza, la sabiduría, el honor, la alegría. Casi todo el contenido de la copa había ya pasado al hombre, cuando Dios se detuvo. De todos aquellos tesoros, en la copa sólo quedaba el descanso.

“Si diera también esa joya a mi criatura, dijo Dios, adorará él mis dádivas y no a mí. Adoraría el descanso, el reposo en la creación y no al Dios Creador; y sería un mal para el Creador y para la criatura. Que conserve, pues, las otras dádivas; pero en una agitación dolorosa. Sea él rico y que se fatigue para que, al menos, si la bondad no le guía, que el cansancio le traiga al fin a mi corazón”.

Hay instantes en la vida del alma en que ese cansancio se afirma día y noche. Son aquellos en que el alma quiere y debe comprender; aquellos en que se presenta la pregunta: ¿Qué soy yo?

A las almas que han llegado a ese punto de su evolución, les presenta la Teosofía su doctrina psicológica, su teoría del yo.
Ese problema del yo, lo resuelve la Teosofía. Ella afirma que todo ser humano, es un fragmento del Gran Universo. A ese fragmento le llamamos el alma, y llamamos Dios al proceso de la vida universal. ¿Qué lazos, qué relaciones unen aquella Unidad a este Todo, aquella alma a este Dios?
El concepto que de Dios presenta la Teosofía es el de todas las grandes fes, de todas las grandes religiones. Dios es el gran todo, omnisciente, omnipotente, belleza absoluta.

En verdad, cuando nos contemplamos con nuestros pecados, con nuestras limitaciones, sobre todo a través de las ideas cristianas, nos parece Dios un Ser trascendente, distinto de la vida humana. Pero la Teosofía afirma que todas las maravillas de belleza que en Dios están, están igualmente en el hombre.
El hombre es un fragmento que lo contiene todo. La Teosofía proclama que el hombre tiene en sí la naturaleza misma de lo divino.

¿Qué debe ser, pues, nuestra vida en nuestra actividad diaria?
Nuestra vida debe consistir en manifestar lo divino que está en nosotros.
Cuando piensan los cristianos en la relación que les une con Dios, lo hacen en general, como se dice en las reuniones piadosas para ponerse bien con Dios. La Teosofía afirma que la finalidad, la única finalidad de nuestra vida, consiste en revelar lo divino que está en nosotros mismos.

¿Cómo, pues, puede el alma llegar a revelar al mundo las joyas del divino tesoro? Una parábola titulada «los lapidarios», lo explica en estos términos:

“Las gemas rugosas cuya superficie sólo hace un instante estaba cubierta de la arcilla secular, están ahora sobre la mesa del lapidario. Él las coge una tras otra, y las coloca sobre la rueda que gira rápida. A medida que se pulimentan, se oye un quejido agudo, como si la piedra preciosa llorase en su sufrimiento. Pero el lapidario no tiene derecho a detenerse, pues conoce el fin y los medios. Una a una, se ensanchan las facetas; lentamente, seguramente, cada piedra toma su forma. Por fin, a pesar de los quejidos, se termina la obra. La gema refulge ahora transmitiendo la pura luz del Sol, relumbra para regocijo de las almas sin guardar nada para sí”.

Tal es la posición en que nos encontramos. Somos diamantes brutos colocados en la rueda del lapidario, para ser allí pulimentados, hasta que todas las facetas de nuestra alma reflejen armoniosamente las maravillas de la vida que envía el Sol a la tierra.

Mas para recorrer todo ese proceso del alma humana, se precisan muchas existencias. Sin una idea de la larga serie de vidas a través de las cuales debemos pasar para revelar poco a poco lo divino que está en nosotros, es imposible comprender cómo pueda llegar el hombre a la perfección.

Es preciso, digo, que el alma ocupe cuerpo tras cuerpo, para hacer de ellos instrumentos de sus revelaciones sucesivas. Esta es la idea que formula Tennyson, el célebre poeta inglés, cuando dice:

“El Señor alquiló la casa del bruto al alma del hombre, y el hombre dijo: ¿os debo algo? y el Señor respondió: Todavía no; pero límpiala lo mejor que puedas, y te alquilaré otra mejor”.

Así pues, á través de estas moradas carnales, cada una de las cuales es temporal y nos conduce a otra mayor, nos elevamos hacia la perfección de la revelación de lo divino que está en nosotros.

En el curso de esas vidas sucesivas, el objeto principal es crear, producir, modelar, formar. En cuanto comprendemos lo que significa ese florecimiento de lo divino en nosotros, nos damos cuenta de que la vida es una creaci6n análoga a la que realiza el artista que toma un bloque de mármol bruto, y con la imagen de la estatua futura en sus ojos, martillea y cincela hasta que ha quitado del bloque todo lo que no es su imagen.

La vida, con sus torturas, sus sufrimientos, sus agonías, es una creación continua, una escultura ininterrumpida. Los dolores son el mallete y el cincel del escultor.
Si comprendemos que así es, trabajaremos útilmente, y poco a poco se operará la revelación de la imagen divina latente en nosotros. La materia que tenemos que esculpir, son nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y emociones, nuestros actos.

Pensamientos, sentimientos, actos de la vida corriente, he aquí la materia que debemos moldear para revelar la imagen divina.
Para ayudarnos a llevar a cabo este trabajo largo y difícil, los grandes fundadores de religiones vienen en nuestra ayuda. Hay en efecto una ciencia, una técnica de ese arte de la escultura del alma; y la religión es la filosofía misma de esa creación continua.

Cometemos errores sin número porque en nosotros existe una dualidad. Por un lado, lo animal en nosotros. Por otra parte, tenemos un ideal que se opone a los instintos que nuestra pasada herencia ha dejado en nosotros. Nuestros errores se acumulan, pero la obra de la escultura tiene que continuarse. Sin cesar, sin descanso, debemos crear en nosotros, debemos crearnos a nosotros mismos.
Pero aquí hay un punto particularmente importante: hay que crear, no hay que imitar.

Sin duda, al comienzo de la vida no podemos privarnos de imitar. El niño es un imitador. Pero sólo cuando empezamos a crear, empezamos vivir. La verdadera vida cristiana no consiste en imitar las formas que de ella han dado los cristianos del pasado. Sólo cuando el alma crea su propia y nueva forma de cristianismo, se convierte en el verdadero espejo de la vida vivida por el Maestro que fundó la religión cristiana.

Cada uno de los hombres ejecuta esa labor según su temperamento, en diferentes dominios: religión, ciencias, artes, filantropía. A cada hombre, Dios le ha concedido un don: su particular temperamento. Cada hombre es el revelador de un aspecto especial de lo divino, y cada uno manifiesta al exterior el arquetipo del pensamiento divino en él colocado. Únicamente en la medida en que creamos ese arquetipo en las formas visibles de nuestra vida, percibimos la inmortalidad que está en nosotros.

La meditación no nos conduce a ese resultado. La ciencia, en el dominio de la cual se trata de probar la inmortalidad por medio de fenómenos, no conduce tampoco al objetivo de que hablo. Sólo cuando hemos creado algo de esa imagen de lo divino que está en nosotros, conocemos por experiencia personal, un poco del misterio de la inmortalidad.

Así como cada alma está destinada a la creación, así el mundo va creando perpetuamente. Hay grados en esa creación, razas en la evolución humana. Unas son creadas sencillamente; otras con esplendidez. Cada raza es una historia de la creación humana.
Si se consideran así las cosas, se ve la cultura del mundo desde un nuevo punto de vista. Entonces se presenta como una serie de creaciones sucesivas. Y si aceptamos la doctrina de la reencarnación, sabemos que nosotros mismos hemos tomado parte en esas creaciones pasadas; de modo tal, que habiendo conocido ya la inmortalidad por medio de nuestra creación, conocemos también lo que es Dios en realidad.

No es por medio de oraciones; no es por las maceraciones, los sacrificios o la penitencia, como se llega al conocimiento de Dios.
Es creando, dando libertad, en la naturaleza y en la vida, a las fuerzas creadoras, que son el mismo Dios y que está en nosotros.
Eso es lo que revela a Dios, que se descubre a medida que nosotros creamos, que formamos objetivamente la imagen de Dios que está en nosotros, exteriorizándola.

¡Qué importa que él alma dé un nombre a ese conjunto de que forma parte! Los nombres sólo son etiquetas que se pueden cambiar; la realidad sobre la cual se fijan, permanece igual. Así pues, al llegar al pináculo de nuestra creación, nos percatamos de que esas etiquetas sólo son nombres; pues entonces, con nombres o sin ellos se conoce al mismo Dios.

Por lo tanto, si la obra de la vida consiste en crear, vemos que la obligación en que estamos, consiste en observar una regla de nuestras acciones.
Creamos para sentir nuestra unidad con el gran Creador. En esas condiciones, el verdadero pecado” de esta rellgi6n, es la pereza.

Estar satisfecho y gozar de la vida sin crear, ese es el gran pecado en la vida del hombre. Se puede gozar de la vida y crear; se puede sufrir y crear: Tanto en un caso como en otro, lo que importa es la creación. Lo esencial es que cada hombre produzca una fuerza, emane una fuerza, traiga un cambio al mundo exterior.

Quizá al comienzo pueda la fuerza parecer que produce efectos deplorables. Vale más la maldad que la ociosidad. Vale más la fuerza que crea, que la ociosidad que deja al mundo en el estado en que lo ha encontrado.
Debemos tener presente sin cesar que nuestro verdadero Evangelio es el de la producción perpetua; que nuestro deber consiste en crear, traer cambios, modificar la sociedad, modificar el Universo.

Para esto es precisa una virtud, la virtud de creer, descrita por la Biblia, que la llama inocencia de las manos, integridad del corazón; virtud que consiste para el hombre en volverse ese mito de que hablaba Cristo.
¿Cómo llegar a ello? Podemos hacerlo bastante bien, obedeciendo al principio de esta liberación de lo divino que está en nosotros, no reclamando nunca un salario, no buscando jamás una recompensa. Debemos actuar porque en nosotros está el Dios creador, y no para obtener la aprobación de algunos o para glorificarse y regocijarse del éxito.
En una poesía titulada «El salario», el poeta inglés Tennyson ha expuesto magníficamente este concepto de la vida:

“La gloria de las armas, de la oratoria, del cantar,
gloria es que se funda en fugaz palabra, y se pierde en el mar,
Tampoco tiende el alma, tampoco ama la gloria,
sólo por la virtud, y pugnando en justicia llegar a la victoria
Lo único que ella quiere es la gloria de ser,
de marchar a su frente, aun sin vencer.
La pena del pecado es la aniquilación,
y si el premio a la virtud fuera caer en polvo,
¿qué tendría de útil el valor del tesón,
para llegar a ser una lombriz de tierra o un gusano hediondo?
El alma no desea parodias de placeres,
ni salvación austera del justo que va al cielo;
no quiere reposar bajo verdes laureles,
ni gozar de un Edén que calme todo anhelo.
Lo único que ambiciona es ir, alta la frente,
sabiendo que jamás le alcanzará la muerte”.

A partir del momento en que ha podido uno elevarse a ese concepto de la vida, se reconoce en verdad lo que es la pureza. No hay ya idea del mérito ni aquí ni después de esta vida, no hay recompensa. Ya no se busca tan siquiera la aprobación de Dios. Desde este momento, surge la gloriosa visión.
Ya se había obtenido la visión de la inmortalidad, ya el hombre tenía la visión de lo que es Dios. Ahora sucede otra visión a aquellas. El hombre ve que es un miembro de una multitud inmensa de trabajadores; que forma parte de la cohorte de los que conservan el gran programa que va realizando el divino Creador; se reconoce como uno de los discípulos de los Grandes Instructores, que no anhelan ni desean nada más que otras ocasiones de crear o de ser instrumentos entre las manos del gran Escultor, para llevar a cabo la obra maravillosa de la perpetua creación del mundo.

Cuando hemos llegado a este grado de poder reconocer que toda vida verdadera es creación, empezamos a ver que todos los hombres son necesarios. Ninguno de esos hombres es rival de otro; ninguna religión es rival de otra. La ciencia no es enemiga de la religión; el arte no es rival de la filosofía. Sólo hay, en todos los dominios, un gran compañerismo para llevar a efecto una obra común.
Todos los actos de la vida, ya se manifiesten en la iglesia, en el laboratorio, en el taller, en la granja, son necesarios para que la revelación de lo divino que está en el hombre, sea completa en toda la humanidad. Cada uno de nosotros tiene necesidad de muchos martillazos y cortes de cincel para que esa revelación se acerque. Las circunstancias varían en la vida; los sufrimientos nos son impuestos, para que cada alma pueda revelar la belleza del arquetipo divino que está en ella.

Cuando nos esforzamos en reconocer a ese Dios latente en nosotros, cometemos errores; pero sólo son faltas, sólo son errores; no son pecados. Esas faltas revelan únicamente una técnica torpe de nuestro arte de vivir.
Que el aprendiz de escultor estropee un bloque de mármol a causa de un golpe de cincel torpe, y no cometerá por ello un pecado. Ha sido torpe, no culpable.
Muchos que quieren crear, que buscan la realización de lo divino en sí mismos, creen encontrar la luz cuando no siguen más que a fantasmas…
Caen en el mal, como decimos, y se percatan de que no han seguido la luz. Se presenta un fantasma, y le siguen; surge otro, y abandonan al primero para ir con el segundo.
Pero puesto que esa técnica torpe puede perfeccionarse, lo mismo que la del aprendiz escultor, no se pueden considerar como pecados los errores cometidos.

Esto es lo que explica en términos precisos, el gran místico sufí Omar Khayam:“Pues he aprendido lo siguiente: Sea que la luz de la única verdad lleve al amor, o que la gloria me consuma por completo, vale más haberla vislumbrado un momento en la cantina, que estar ciego de ella en la iglesia”.

Cuando Beatriz divisa al Dante, después de su larga lucha hacia la luz, recordad lo que le hace decir el gran poeta de Italia: “Sé muy bien ya por instinto que la luz eterna resplandeciente en una sola visión, inflama de amor. Si alguna otra cosa seduce al amante, no es más que un rayo mal vislumbrado de esa misma luz”.

Por lo tanto, lucha tras lucha, sufrimiento tras sufrimiento, martillazo tras martillazo, ascendemos hacia la luz. Nos imaginamos ver la luz, y nos engañamos. De ahí el sufrimiento, debido a que vemos mal.
Pero sufrir es aprender la técnica de arte de esta revelación de lo divino. Hace muy poco, recientemente, un poeta americano, en una obra de insignificante valor literario, exponía esta lección en una composición poética, titulada

“El látigo”:

“¡Qué más da el sufrimiento! ¡Qué me importa que mi corazón se rompa!
Hay palabras que debo escribir, hay canciones que debo cantar.
Defoe (el autor de Robinson Crusoe), ha dado alaridos en su asilo. Raleigh ha gemido en su prisión. Shakespeare, Dante y muchos otros, han gritado bajo el látigo. ¿Cómo un pobre vagabundo iba a ser poeta sin ser encarcelado, o al menos sin lágrimas y sin tortura?
La obra de la vida es amarga. ¡Rómpanse, pues, vuestros corazones! Hay palabras que se deben escribir, hay canciones que se deben cantar…”

Así es como hay que comprender el sufrimiento, las tragedias de nuestras existencias. Si pudiéramos ver detrás de esos sufrimientos, más allá de esos sufrimientos, así como vemos en invierno un seto en el que no se ven más que ramas y espinas, con la visión próxima de la rosa que florezca en la primavera, igual que lo canta el Dante en los versos que siguen, entonces aprenderíamos la lección última de la vida.

Escuchad lo que el Dante dice:

“He visto todo el invierno las duras espinas: mas he aquí una rosa que ha florecido en este tallo…”

Aquí abajo, en el invierno de nuestra vida, podemos obtener una visión de la rosa de la primavera. Si aprendemos que la vida no es la felicidad, ni el sufrimiento, sino una creación continua, llevaremos a cabo nuestra obra por medio de la dicha, por medio del sufrimiento, ¿Qué se precisa para alcanzar tal resultado?
Por de pronto, cambiar los móviles de nuestros actos. No reclamar recompensa, salario ni material ni espiritual. Después, encontrar en nosotros esa pureza que hace que seamos realmente libres, que la creación es una obra que se basta a sí misma, y no un trabajo que deba ser retribuido.
Después, si hemos obtenido esa visión de la inmortalidad de Dios, si comprendemos el compañerismo en el servicio, llegaremos al conocimiento de lo que es realmente la salvación. Quedamos liberados de esta pequeña personalidad que encierra al Dios en nosotros, y llegamos a la visión del Creador en nosotros mismos.

Conocer la unidad de nuestro yo y del Creador, tal es la salvación. Cuando la conciencia humana sabe que la criatura es el mismo Dios, ve a Dios, ya no ve a la criatura.

Esto es como decir que la salvación no se obtiene por la plegaria, por la meditación, por las buenas obras. Se obtiene por la utilización de todo esto en la creación de una vida que reconoce lo divino trabajando en nosotros y fuera de nosotros, para crear y para ofrecer al mundo.
Poco importa que entendamos que esta ofrenda se dirige al hombre o que se dirige a Dios; cuando se sabe lo que es ofrecer la propia creación al mundo, está uno salvado.

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