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Archive for 17 de Noviembre de 2006

Los Chakras (I)


por C. W. Leadbeater.

Traducción directa del inglés: Federico Climent Terrer.


Prefacio

Cuando un hombre comienza a agudizar sus sentidos de modo que pueda percibir algo más de lo que los otros perciben, se despliega ante él un nuevo y fascinador mundo, y los chakras son de las primeras cosas de dicho mundo que le llaman la atención. Se le presentan las gentes bajo un nuevo aspecto y descubre en las personas mucho que antes estaba oculto a su vista; y por tanto, es capaz de comprender, apreciar y en caso necesario auxiliar al prójimo mucho mejor de lo que antes le era posible.

Los pensamientos y emociones de las gentes se manifiestan a sus ojos con toda claridad de forma y color; y el grado de su evolución y las condiciones de su salud son para él notorios en vez de conjeturables. El brillante colorido y el rápido e incesante movimiento de los chakras colocan a las gentes bajo la inmediata observación del investigador, quien naturalmente desea conocer qué son y significan.

El objeto de esta monografía es dilucidar dicho punto y dar a quienes aún no han intentado educir sus latentes facultades una idea de esta pequeña parte de lo que ven y en la medida que les es posible comprenden sus más dichosos hermanos.

fin de evitar desde luego toda mala inteligencia, conviene tener muy en cuenta que nada hay de fantástico ni contra naturaleza respecto de la potencia visiva que capacita a algunos para percibir más que otros, pues consiste sencillamente en una extensión de las facultades con que todos estamos familiarizados, y quien dicha extensión logra puede percibir vibraciones más rápidas que las a que los sentidos físicos están normalmente habituados a responder.

En el transcurso de la evolución ya su debido tiempo todos ampliarán sus ordinarias facultades, pero hay quienes se han tomado el trabajo de agudizarlas antes que los demás, a costa de una labor mucho más ardua de la que la generalidad de las gentes querría emprender.

Bien sé que son todavía muchísimos los tan atrasados respecto de la marcha del mundo, que niegan tal amplitud de facultades, como hay todavía aldeanos que nunca han visto una locomotora ferroviaria o salvajes del África Central que no creen en la solidificación del agua.

Me faltan tiempo y espacio para argüir contra tan invencible ignorancia, y me contraigo a recomendar mi obra Clarividencia y otras de distintos autores que tratan del mismo asunto, a cuantos deseen investigarlo. La clarividencia se ha comprobado centenares de veces, y no puede dudar de ella quien sea capaz de ponderar el valor de las pruebas.


Mucho se ha escrito sobre los chakras, pero todo ello en sánscrito o en alguno de los varios idiomas vernáculos de la India, y hasta muy recientemente no se había publicado nada sobre ellos en inglés. Los mencioné hacia el año 1910 en La Vida interna, y desde entonces ha aparecido la magnífica obra The Serpent Power de sir John Woodroffe, y se han traducido algunos tratados indos.

En The Serpent Power se reproducen los dibujos simbólicos que de los chakras usan los yoguis indos; pero en cuanto se me alcanza, las ilustraciones que exornan esta monografía son el primer intento para representar los chakras tal como efectivamente aparecen ante los ojos de quienes los pueden ver.


A la verdad, me movió principalmente a escribir esta monografía, el deseo de mostrar los hermosísimos dibujos trazados por mi amigo el Rev. Edward Warner, a quien manifiesto lo muchísimo que le debo por el tiempo y trabajo empleados en tal tarea. También he de agradecerle a mi infatigable colaborador, el profesor Ernest Wood, la compilación y cotejo de los valiosos informes que respecto a las opiniones dominantes en la India sobre nuestro asunto contiene el capítulo V, según verá el lector.

Como quiera que estaba yo atareado en otra obra, se contrajo en un principio mi intención a coleccionar y reimprimir cuanto desde tiempo muy atrás había escrito sobre los chakras y darlo como texto explicativo de las ilustraciones; pero al repasar los artículos se me acudieron algunas insinuaciones, y un poco de investigación me dio a conocer puntos adicionales que he insertado debidamente.

Uno de los más interesantes es que el año 1895 la doctora Besant observó la vitalidad del globo y el anillo kundalini y los catalogó como hipermetaproto elementos, aunque entonces la investigación no fue lo bastante extensa para descubrir la relación de ambos elementos entre sí y la importante parte que desempeñan en la economía de la vida humana.

C. W. L.



Capítulo I


Los Centros de Fuerza. Significado de la Palabra

La palabra chakra es sánscrita y significa rueda. También se usa en varias acepciones figuradas, incidentales y por extensión, como en inglés y en español. De la propia suerte que hablamos de la rueda del destino o de la fortuna, así también los budistas hablan de la rueda de la vida y de la muerte, y designan con el nombre de Dhamma- chakkappavattana Sutta (1) el primer sermón en que el Señor Buda predicó su doctrina, nombre que el profesor Rhys Davids traduce poéticamente por «la puesta en marcha de las ruedas de la regia carroza del Reino de la Justicia». Este es el exacto significado de la expresión para el budista devoto, aunque la traducción de las palabras en sentido recto es «el giro de la rueda de la Ley».

El uso en acepción figurada de la palabra chakra, de que tratamos en este momento, se refiere a una serie de vórtices semejantes a ruedas que existen en la superficie del doble etéreo del hombre.


Explicaciones Preliminares

Como es posible que este libro caiga en manos de alguien no familiarizado con la terminología teosófica, no estará de más una preliminar explicación.

En las superficiales y ordinarias conversaciones, el hombre suele hablar de su alma, como si el cuerpo por cuyo medio habla fuese su verdadero ser, y que el alma fuera una propiedad o feudo del cuerpo, algo semejante a un globo cautivo que sobre el cuerpo flota ligado a él en cierto modo. Esta afirmación es vaga, inexacta y errónea. La verdadera es su contraria.

El hombre es un alma que posee un cuerpo, o en realidad varios cuerpos, porque además del cuerpo visible por cuyo medio despacha sus negocios en este bajo mundo, tiene otros cuerpos invisibles a la visión ordinaria con los que se relaciona con los mundos emocional y mental. Sin embargo, de momento no tratamos de estos otros cuerpos.


Durante el pasado siglo se adelantó enormemente en el conocimiento de los pormenores del cuerpo físico, y los fisiólogos están ahora familiarizados con sus desconcertantes complejidades y tienen al menos una idea general de cómo funciona su asombrosamente intrincado mecanismo.



El doble Etéreo

Desde luego que los fisiólogos han limitado su atención a la parte del cuerpo físico bastante densa para que la vean los ojos, y la mayor parte de ellos desconocen probablemente la existencia de aquel grado de materia, todavía física, aunque invisible, a que en Teosofía llamamos etérea (2).


Esta parte invisible del cuerpo físico es de suma importancia para nosotros, porque es el vehículo por el cual fluyen las corrientes vitales que mantienen vivo el cuerpo, y sirve de puente para transferir las ondulaciones del pensamiento y la emoción desde el cuerpo astral al cuerpo físico denso. Sin tal puente intermedio no podría el ego utilizar las células de su cerebro. El clarividente lo ve como una distinta masa de neblina gris violeta débilmente luminosa, que interpenetra la parte densa del cuerpo físico y se extiende un poco más allá de éste.


La vida del cuerpo físico cambia incesantemente y para vivir necesita continua alimentación de tres distintas fuentes. Ha de tener manjares para la digestión, aire para la respiración y tres modalidades de vitalidad para la asimilación. Esta vitalidad es esencialmente una fuerza, pero cuando está revestida de materia nos parece como si fuera un elemento químico sumamente refinado. Existe dicha fuerza o energía en todos los planos, aunque por de pronto, y para el objeto que nos ocupa sólo hemos de considerar su manifestación y expresión en el plano físico.


Para mejor comprensión de todo esto conviene conocer algún tanto la constitución y ordenamiento de la parte etérea de nuestro cuerpo. He tratado hace muchos años de este asunto en diversas obras, y el comandante Powell ha coleccionado recientemente todo cuanto hasta ahora se ha escrito sobre el particular, y lo ha publicado en su libro: “The Etheric Double.”



Los Centros

Los chakras o centros de fuerza son puntos de conexión o enlace por los cuales fluye la energía de uno a otro vehículo o cuerpo del hombre. Quienquiera que posea un ligero grado de clarividencia los puede ser fácilmente en el doble etéreo, en cuya superficie aparecen en forma de depresiones semejantes a platillos o vórtices, y cuando ya del todo desenvueltos semejan círculos de unos cinco centímetros de diámetro que brillan mortecinamente en el hombre vulgar, pero que el excitarse vívidamente, aumentan de tamaño y se les ve como refulgentes y coruscantes torbellinos a manera de diminutos soles. A veces hablamos de estos centros cual si toscamente se correspondieran con determinados órganos físicos; pero en realidad están en la superficie del doble etéreo que se proyecta ligeramente más allá del cuerpo denso.


Si miramos en derechura hacia abajo la corola de una convulvácea, tendremos una idea del aspecto general del chakra. (Lámina VIII) semejaría la espina dorsal un tallo céntrico del que de trecho en trecho brotan las flores con sus corolas en la superficie del cuerpo etéreo.


La fig. I, representa los siete centros de que tratamos, y la Tabla I da sus nombres en sánscrito y en español.


Todas estas ruedas giran incesantemente, y por el cubo o boca abierta de cada una de ellas fluye de continuo la energía del mundo superior, la manifestación de la corriente vital dimanante del Segundo Aspecto del Logos Solar, a la que llamamos energía primaria, de naturaleza séptuple, todas cuyas modalidades actúan en cada chakra, aunque con particular predominio de una de ellas según el chakra. Sin este influjo de energía no existiría el cuerpo físico.


Por lo tanto, los centros o chakras actúan en todo ser humano, aunque en las personas poco evolucionadas es tardo su movimiento, el estrictamente necesario para formar el vórtice adecuado al influjo de energía. En el hombre bastante evolucionado refulgen y palpitan con vívida luz, de suerte que por ellos pasa una muchísimo mayor cantidad de energía, y el individuo obtiene por resultado el acrecentamiento de sus potencias y facultades.



Forma de los Vórtices.

La divina energía que desde el exterior se derrama en cada centro, determina en la superficie del cuerpo etéreo, y en ángulo recto con su propia dirección, energías secundarias en circular movimiento ondulatorio, de la propia suerte que una barra imanada introducida en un carrete de inducción provoca una corriente eléctrica que fluye alrededor del carrete en ángulo recto con la dirección del imán.


Una vez que entra en el vórtice la energía primaria, vuelve a irradiar de sí misma en ángulos rectos, pero en líneas rectas, como si el centro del vórtice fuese el cubo de una rueda y las radiaciones de la primaria energía sus radios, los cuales enlazan a guisa de corchetes el doble etéreo con el cuerpo astral. El número de radios difiere en cada uno de los centros y determina el número de ondas o pétalos que respectivamente exhiben. Por esto los libros orientales suelen comparar poéticamente los chakras con flores.


Cada una de las energías secundarias que fluyen alrededor de la depresión semejante a un platillo tiene su peculiar longitud de onda y una luz de determinado color; pero en vez de moverse en línea recta como la luz, se mueve en ondas relativamente amplias de diverso tamaño, cada una de las cuales es múltiplo de las menores ondulaciones que entraña.


El número de ondulaciones está determinado por el de radios de la rueda, y la energía secundaria ondula por debajo y por encima de las radiaciones de la energía primaria, a la manera de una labor de cestería que pudiera entretejerse alrededor de los radios de una rueda de carruaje. Las longitudes de onda son infinitesimales y probablemente cada ondulación las contiene a millares.


Según fluyen las energías alrededor del vórtice, las diferentes clases de ondulaciones se entrecruzan unas con otras como en labor de cestería y producen la forma semejante a la corola de convulvácea a que ya anteriormente me he referido.


Sin embargo, todavía se parecen más los chakras a unas salserillas de ondulado cristal iridiscente como las que se fabrican en Venecia. Todas estas ondulaciones o pétalos tienen el tornasolado y trémulo brillo de la concha, aunque generalmente cada una de ellas ostenta su predominante color según denotan las ilustraciones. Este nacarino aspecto argéntico suele estar comparado en los tratados sánscritos con el rielar de la luna en la superficie de las aguas del mar.



Las Ilustraciones.

Las ilustraciones que adornan el texto (3) representan los chakras tal como los percibe un muy evolucionado y discreto clarividente que ya ha disciplinado los suyos lo bastante para que actúen ordenadamente.


Desde luego que ni los colores de las ilustraciones ni ningún color de este mundo tienen la suficiente luminosidad para igualar al del chakra respectivo; pero al menos da el dibujo una idea del verdadero aspecto de estas ruedas de luz.
Por lo ya expuesto, se comprenderá que los centros difieren de tamaño y brillo según la persona, y aun en un mismo sujeto pueden ser unos más vigorosos que otros.


Todos están dibujados en tamaño natural, excepto el sahasrara o centro coronario, que ha convenido ampliarlo para distinguir su asombrosa riqueza de pormenores.
En el caso de un hombre que sobresalga excelentemente en las cualidades expresadas por medio de determinado centro, no sólo aparecerá éste de mucho mayor tamaño, sino especialmente radiante y emitiendo fúlgidos rayos de oro. Ejemplo de esto nos ofrece la precipitación que del aura de Stainton Moseyn hizo la señora Blavatsky, que se conserva en el relicario de la Sede Central de la Sociedad Teosófica en Adyar y se reprodujo, aunque muy imperfectamente, en la obra del coronel Olcott titulada ” Old Diary Leaves.”


Los chakras se dividen naturalmente en tres grupos: inferior, medio y superior. Pueden denominarse respectivamente: fisiológico, personal y espiritual.
Los chakras primero y segundo tienen pocos radios o pétalos y su función es transferir al cuerpo dos fuerzas procedentes del plano físico. Una de ellas es el fuego serpentino de la tierra y la otra la vitalidad del sol.


Los centros tercero, cuarto y quinto, que constituyen el grupo medio, están relacionados con las fuerzas que por medio de la personalidad recibe el ego. El tercer centro las transfiere a través de la parte inferior del cuerpo astral; el cuarto por medio de la parte superior de este mismo cuerpo; y el quinto por el cuerpo mental.


Todos estos centros alimentan determinados ganglios nerviosos del cuerpo denso. Los centros sexto y séptimo, independientes de los demás, están respectivamente relacionados con el cuerpo pituitario y la glándula pineal, y solamente se ponen en acción cuando el hombre alcanza cierto grado de desarrollo espiritual.


He oído decir que cada pétalo de los chakras representa una cualidad moral cuya actualización pone el chakra en actividad. Por ejemplo, según el upanishad Dhyiinabindu, los pétalos del chakra cardíaco representan devoción, pereza, cólera, claridad y otras cualidades análogas.


Por mi parte no he observado todavía nada que compruebe esta afirmación, y no se comprende fácilmente cómo puede ser así, porque los pétalos resultan de la acción de ciertas fuerzas notoriamente distinguibles, y en cada chakra están o no activas, según se hayan o no actualizado dichas fuerzas, de suerte que el desenvolvimiento de los pétalos no tiene más directa relación con la moralidad del individuo que la que pueda tener el robustecimiento del bíceps.


He observado personas de no muy alta moralidad en quienes algunos chakras estaban plenamente activos, mientras que otras personas sumamente espirituales y de nobilísima conducta los tenían escasamente vitalizados, por lo que me parece que no hay necesaria conexión entre ambos desenvolvimientos.


Sin embargo, se observan ciertos fenómenos en que bien pudiera apoyarse tan extraña idea. Aunque la semejanza con los pétalos está determinada por las mismas fuerzas que giran alrededor del centro, alternativamente por encima y debajo de los radios, difieren éstos en carácter porque la fuerza o energía influyente se subdivide en sus partes o cualidades componentes; y por lo tanto, cada radio emite una influencia peculiar, siquiera débil, que afecta a la energía secundaria que por él pasa y altera algún tanto su matiz.
Varios de estos matices pueden denotar una modalidad de la energía favorable al desenvolvimiento de una cualidad moral; y luego de fortalecida esta cualidad, son más intensas las correspondientes vibraciones. En consecuencia la tenuidad o reciedumbre del matiz denotará la posesión en menor o mayor grado de la respectiva cualidad.




I) El Chakra Fundamental.


El primer centro, el rádico o fundamental situado en la base del espinazo, recibe una energía primaria que emite cuatro radios; y por lo tanto, dispone sus ondulaciones de modo que parezca dividida en cuadrantes alternativamente rojos y anaranjados con oquedades entre ellos, de lo que resulta como si estuviesen señalados con el signo de la cruz, y por ello se suele emplear la cruz por símbolo de este centro, una cruz a veces flamígera para indicar el fuego serpentino residente en este chakra.


Cuando actúa vigorosamente es de ígneo color rojo-anaranjado, en íntima correspondencia con el tipo de vitalidad que le transfiere el chakra esplénico. En efecto, observaremos en cada chakra análoga correspondencia con el color de su vitalidad.



II) El Chakra Esplénico.


El segundo chakra está situado en el bazo y su función es especializar, subdividir y difundir la vitalidad dimanante del sol. Esta vitalidad surge del chakra esplénico subdividida en siete modalidades, seis de ellas correspondientes a los seis radios del chakra y la séptima queda concentrado en el cubo de la rueda. Por lo tanto, tiene este chakra seis pétalos u ondulaciones de diversos colores y es muy radiante, pues refulge como un sol. En cada una de las seis divisiones de la rueda predomina el color de una de las modalidades de la energía vital. Estos colores son: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violado; es decir, los mismos colores del espectro solar menos el índigo o añil.



III) El Chakra Umbilical.


El tercer chakra está situado en el ombligo, o mejor diríamos en el plexo solar, y recibe la energía primaria que subdivide en diez radiaciones, de suerte que vibra como si estuviese dividido en diez ondulaciones o pétalos. Está íntimamente relacionado con sentimientos y emociones de diversa índole. Su color predominante es una curiosa combinación de varios matices del rojo, aunque también contiene mucha parte del verde. Las divisiones son alternativas y principalmente rojas y verdes.



IV) El Chakra Cardíaco.


El cuarto chakra situado en el corazón es de brillante color de oro y cada uno de sus cuadrantes está dividido en tres partes, por lo que tiene doce ondulaciones, pues su energía primaria se subdivide en doce radios.



V) El Chakra Laríngeo.


El quinto centro está situado en la garganta y tiene diez y seis radios correspondientes a otras tantas modalidades de la energía. Aunque hay bastante azul en su color, el tono predominante es el argéntico brillante, parecido al fulgor de la luz de la luna cuando riela en el mar. En sus radios predominan alternativamente el azul y el verde.



VI) El Chakra Frontal.


El sexto chakra situado en el entrecejo, parece dividido en dos mitades, una en que predomina el color rosado, aunque con mucho amarillo, y la otra en que sobresale una especie de azul purpúreo. Ambos colores se corresponden con los de la vitalidad que el chakra recibe. Acaso por esta razón dicen los tratados orientales que este chakra sólo tiene dos pétalos; pero si observamos las ondulaciones análogas a las de los chakras anteriores, veremos que cada mitad está subdividida en cuarenta y ocho ondulaciones, o sean noventa y seis en total, porque éste es el número de las radiaciones de la primaria energía recibida por el chakra.


El brusco salto de diez y seis a noventa y seis radios, y la todavía mayor variación súbita de noventa y seis a novecientos setenta y dos radios que tiene el chakra coronario, demuestran que son chakras de un orden enteramente distinto de los hasta ahora considerados.


No conocemos todavía todos los factores que determinan el número de radios de un chakra; pero es evidente que representan modalidades de la energía primaria, y antes de que podamos afirmar algo más sobre el particular, será necesario hacer centenares de observaciones y comparaciones repetidamente comprobadas.


Entretanto, no cabe duda de que mientras las necesidades de la personalidad pueden satisfacerse con limitados tipos de energía, en los superiores y permanentes principios del hombre encontramos una tan compleja multiplicidad que requiere para su expresión mucho mayores y selectas modalidades de energía.



VII) El Chakra Coronario.


El séptimo chakra en lo alto de la cabeza, es el más refulgente de todos cuando está en plena actividad, pues ofrece abundancia de indescriptibles efectos cromáticos y vibra con casi inconcebible rapidez. Parece que contiene todos los matices del espectro, aunque en el conjunto predomina el violado.


Los libros de la India le llaman la flor de mil pétalos, y no dista mucho esta denominación de la verdad, pues son novecientas sesenta las radiaciones de la energía primaria que recibe. Cada una de estas radiaciones aparece fielmente reproducida en la lámina del frontispicio, aunque es muy difícil señalar la separación de pétalos.
Además, tiene este chakra una característica que no poseen los otros, y consiste en una especie de subalterno torbellino central de un blanco fulgurante con el núcleo de color de oro.


Este vórtice subsidiario es menos activo y tiene doce ondulaciones propias.
Generalmente, el chakra coronario es el último que se actualiza. Al principio no difiere en tamaño de los demás; pero a medida que el hombre adelanta en el sendero del perfeccionamiento espiritual, va acrecentándose poco a poco hasta cubrir toda la parte superior de la cabeza.


Otra particularidad acompaña a su desenvolvimiento. Al principio es, como todos los demás chakras, una depresión del doble etéreo, por la que penetra la divina energía procedente del exterior; pero cuando el hombre se reconoce rey de la divina luz y se muestra longánima con cuanto le rodea, el chakra coronario se revierte por decirlo así de dentro afuera, y ya no es un canal receptor, sino un radiante foco de energía, no una depresión, sino una prominencia erecta sobre la cabeza como una cúpula, como una verdadera corona de gloria.


Las imágenes pictóricas y esculturales de las divinidades y excelsos personajes de Oriente, suelen mostrar esta prominencia, como se ve en la estatua del Señor Buda en Borobudur (isla de Java) reproducida en la figura 2. Este es el acostumbrado método de representar la prominencia y en tal forma aparece sobre la cabeza de millares de imágenes del Señor Buda en el mundo oriental.


En algunos casos, los dos tercios de este chakra se representan en forma de bóveda, constituí da por los novecientos sesenta pétalos y encima otra bóveda menor constituida por las doce radiaciones del vórtice subalterno. Así aparece en la cabeza de la derecha de la fig. 2, que es la de la estatua o imagen de Brahma en el Hokkédo de Todaiji de Nara (Japón), cuya antigüedad se remonta al año 749.


El tocado de esta cabeza representa el chakra coronario con la guirnalda de llamas que de él brotan, y es diferente de la representación del mismo chakra en la cabeza de la estatua de Buda.
También se echa de ver dicha prominencia en la simbología cristiana, como, por ejemplo, en las coronas de los veinticuatro ancianos, quienes las echaban delante del trono del Señor.


En el hombre muy evolucionado, el chakra coronarlo fulgura con esplendor tanto, que ciñe su cabeza como una verdadera corona; y el significado del antedicho pasaje del Apocalipsis es que todo cuanto el hombre ha conseguido, el magnificente karma acumulado, toda la asombrosa energía espiritual que engendra, todo lo echa perpetuamente a los pies del Logos para que lo emplee en su obra.
Así una y otra vez, repetidamente, está echando ante el trono del Señor su áurea corona, porque continuamente la restaura la energía dimanante de su interior.




Continuará.


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Los Espíritus Elementales de la Naturaleza (I)


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En 1.930 en la ciudad de Buenos Aires nace Jorge Angel Livraga Rizzi. Doctor en Filosofía, Historia y Arqueología. Premio Nacional de Poesía en Argentina en 1951. Miembro Aca­démico de la Universidad Filo Bizan­tina. Caballero Cubicular de la Real Orden de San Ildefonso y San Atilano. Cruz de París en Ciencias, Artes y Letras. Director «Honoris Causa» del Museo Arqueológico «Rodrigo Caro” de España, son algunos de sus títulos.

Fundador y Primer Director Internacional de la Organización Nueva Acrópolis, ha realizado, dentro de su ingente labor cultural y humanística numerosos trabajos, ensayos, conferencias y char­las, así como numerosos cursos de Filosofía Esotérica.

De entre sus publicaciones podríamos, entre otras, mencionar:
Lotos (poemas), Móassy el Perro, Ankor el Discípulo, Cartas a Delia y Fernando, El Alquimista, Ideario (tomo I, II y III), Fun­damentos del Ideal Acropolitano…

Todas sus obras han sido tra­ducidas y publicadas en numerosos idiomas, entre ellos, español, inglés, alemán, italiano, griego, portugués…


PROLOGO

Según las reglas clásicas -que han durado miles de años porque son eficaces- existe en toda comunicación un método natural compuesto por tres partes vertebradas:

1) El Prólogo, en el cual el Autor explica el por qué y cómo va a tratar el tema.

2) El Tema en sí o Logos: lo que el Autor quiere decir al Lector, en el caso de un libro.

3) El Epílogo, que constituye el remate y justi­ficación final de lo tratado, el cual es a la vez resu­men y moraleja. .

Este pequeño Manual se ceñirá a esas reglas porque pretende ser eficaz, dentro de las limitacio­nes del Tema y del Autor.

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A medida que se acerca el final del conflictivo siglo XX (el siglo de oro para los que lo soñaron, pero de hierro para los que tuvimos que vivirlo; en el cual estallaron las más pavorosas guerras, se derrumbaron los más altos edificios éticos, se con­taminó el habitáculo natural del Hombre -la Naturaleza- y, por lo tanto, el Hombre mismo) y se levantan del caos de la inconsciencia colectiva los monstruos milenarios del materialismo, el ateísmo y la maldad, ha surgido, por la vieja ley de la compensación, un interés redentor respecto a la Faz Oculta de la Vida.

Este interés, que puede ser motor de insospe­chadas transformaciones de la sociedad, se ha visto también afectado por el medio en el cual se desa­rrolla, y sobre Ciencias Ocultas se han puesto a opinar cuantos pudieron hacerla, olvidando que toda Ciencia, exotérica o esotérica, tiene también su propia Raíz, su propia Teoría y su propia Prác­tica.

Es dañoso improvisar, y si se quiere inventar, hay que hacerlo según las leyes naturales que rigen los inventos. Ignorar esta metodología básica lleva a un tipo de ciencia-ficción en donde se toma por real lo que no existe y se pasa de largo ante las realidades, siendo el resultado final un amasijo de ignorancia y desconcierto que provoca desplaza­mientos de la atención hacia lo instintivo y lo efímero, quemándose rápidamente, con mucho humo y poca llama, lo que pudo constituir un faro de esperanza y un foco de conocimiento alejado del intelectualismo que ha convertido al siglo XX en un fracaso, y en cámara de tortura para millones de hombres.

Ante este apogeo de la farsa disfrazada de Ver­dad, queremos aportar una pequeña pero verídica Luz. Y esta entrega no responde a ninguna finali­dad mezquina que espere premios de aprobación o de retribución; es un acto puro de Amor.

Haciendo honor a la verdad, jamás pensamos escribir esto y ponerlo a disposición pública. Pero visto tanto farsante que se ha puesto a fantasear sobre el tema y convertidas en zarzas sangrientas, impregnadas de diabolismo, las sublimes rosas cuyo perfume permite a las almas sensibles la per­cepción de éstas, aunque sea en las tinieblas, nos decidimos a levantar una diminuta punta del mile­nario velo. Velo que no era necesario cuando los Hombres vivían en contacto con los Mundos Suti­les y sus habitantes. Cuando no les temían. Cuando no pretendían utilizados instrumentándolos en beneficio de sus pasiones.

Este pequeño Manual es, entonces, un paso hacia la esperanza, hacia la creencia en un mundo nuevo y mejor.


El tema central, los Elementales o Espíritus de la Naturaleza, será tratado de la manera más senci­lla posible, a partir de una cosmovisión que per­mita descubrir, al lector espiritualmente preparado para ello, un mundo de seres que no son sobrenatu­rales sino que existen en su propia dimensión, sean percibidos o no por quienes están presos en su propia esfera centrada en los sentidos corporales.

El materialismo del siglo XIX no podía conce­bir la televisión y el sonido de la voz humana transmitida a distancia, cabalgando ondas de ener­gía para las cuales no existen los muros más espe­sos ni los obstáculos físicos. Tampoco, que se pudiesen ver los huesos de un ser vivo a través de su carne.

No queremos abrumar con ejemplos por todos conocidos, pero sí recordar que lo sobrenatu­ral lo es sólo para aquellos que tienen un concepto estrecho de lo que es natural. Los rayos ultraviole­tas e infrarrojos existen, aunque nuestro ojo desnudo no pueda percibirlos bajo formas e imágenes.

Los Elementales existen, aunque la enorme mayo­ría de los hombres haya perdido la capacidad de percibirlos. Esos seres llamados por el moderno esoterismo Elementales, por el hinduísmo Devas y por el cristianismo Ángeles, son tan variados y diferentes entre sí como pueden serio, sin dejar de ser vegetales, un ciprés de un trébol.

Hagamos un esfuerzo conjunto. Volvamos a ser niños, volvamos a creer y a entender. Dentro del gran fracaso del siglo XX conformemos un módulo de supervivencia que parta hacia un horizonte luminoso y verídico, dejando atrás los temores de la noche y los alientos corporizados de la Gran Bestia de la ignorancia, el intelectualismo estéril y la desesperación.


CAPITULO I


EL MEGACOSMOS

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Según los antiguos, existen ciclos tan largos en el Universo que a los humanos les merece, uno sólo de ellos, el nombre de Eternidad. Esta es una nominación evasiva, pues en verdad el hombre no puede concebir la Eternidad sino la Duración Constante. Y aun esta Duración padece de una conceptuación deficiente, pues no entendemos cuán­do comienza ni cuándo termina, sin dejar por ello de existir.

Todo intento de racionalización de este fenó­meno se nos escapa, como el agua entre los dientes de un tenedor. Tan sólo percibimos la mínima humedad que el paso del liquido dejó sobre el uten­silio. Pero es lo único que de ello podemos obtener y a esto nos aferramos para tener, aunque sea, un atisbo de conciencia de aquello que rebasa nuestra conciencia en si.


Lo que llamamos Megacosmos -por darle un nombre lo más apropiado posible- constituye el conjunto de galaxias separadas por millones de años-luz en lo material y todo aquello que por ser inmaterial tiene para el hombre una existencia evi­dente pero irreal para sus sentidos y para su inteli­gencia. Es… el Misterio. De ello jamás hablan los verdaderos esoteristas; y si se ven forzados, lo hacen de manera tal que no puedan extraerse defi­niciones que, por sus naturalezas, nieguen, limitán­dolo, aquello de lo cual tratan.

En el origen y la finalidad del Megacosmos están los Enigmas, todo lo que ignoramos e ignora­remos mientras estemos bajo nuestra humana con­dición. Ni siquiera podemos definirlo por negación, pues negar algo es ya darle una condición y abrir opinión.

Nuestra única seguridad interna es que en ello está Dios; pero no el Dios bueno, o con cualquier otro atributo humanizado. Simplemente Dios. Simplemente Misterio. Es lo que ignoramos, sacra­lizado por su dimensión sobrehumana, para-racional y totalmente fuera de nuestro alcance conceptual…

Los indos le llamaban la No-Cosa y lo mismo hicieron todos los esoteristas de todos los pueblos. Todo está allí y nada está allí. Y no nos excluimos nosotros mismos, los Seres Humanos.


EL COSMOS

De la primera Dualidad – Teos y Caos, Pu­rusha y Prakriti o como se la quiera llamar- nació el Cosmos Inteligible, el que tenemos posibilidad de entender. De la entropía eterna del Megacosmos pasamos ahora a otra entropía, el Cosmos, que es dinámico, que marcha, se transforma y en el gran Juego de Maya, enfrenta miles de espejos. En él nacemos y morimos y renacemos miríadas de veces.

El Cosmos es axiológico y tiene una estructura piramidal que procura la selección de los más aptos con el fin de que ayuden a los menos aptos. En este Mundo hay verdad y mentira, placer y dolor, vida y muerte. Los ciclos son definidos y definitorios; existe el Karma. Se hace mérito o demérito. El número de elementos que lo componen es fijo y siempre igual, pero sus combinaciones son tan numerosas que bien podemos llamarlas infinitas.

Aquí todo es válido, todo tiene propiedad, pero asimismo todo es relativo. Conocemos lo grande por comparación con lo pequeño, aquello que en presencia de algo aún mas chico se vuelve compa­rativamente grande. Tenemos idea del movimiento por relación entre dos o mas cuerpos; según en el que fijemos nuestra atención, diremos de él que está inmóvil. Si por ejemplo viajamos en un auto­móvil y nos concentramos en una montaña a la vera del camino, nos parecerá que es nuestro vehí­culo el que corre, pero bastaría con bajar los ojos y fijarlos en la guantera del coche para que la mon­taña se nos haga fugitiva.


Nuestra bendición y nuestra maldición en este Cosmos es que siempre, alguna- vez, alcanzamos lo que deseamos y damos veracidad a lo que creemos veraz, y viceversa. Percibimos a Dios si en El cree­mos; la fe es el corazón de toda inteligencia.

Este Cosmos, que nos es inteligible sin mas intermediarios, es nuestro propio habitáculo: la Galaxia a la cual pertenecemos, el Sistema Solar al cual pertenecemos, el Planeta al cual pertenece­mos, el País que habitamos y el suelo que pi­samos.

Nuestra excesiva consubstanciación con nues­tro cuerpo material y con su entorno nos ha muti­lado los sentidos para percibir, salvo como sensa­ciones primarias, toda vida que se desarrolle en una frecuencia vibratoria que escape, por debajo o por arriba, a nuestro estrecho espectro septenario, del cual tan sólo hemos desarrollado cuatro rayos, y en este cuarto estamos fijos, percibiendo los otros seis como extremidades extendidas de un Hexagra­maton que rodease un punto central.


EL MICROCOSMOS

En sentido amplio lo constituye el Hombre, y en sentido estricto cada hombre o mujer. El es­quema está planteado en la actualidad según una dualidad básica: Yo y mi Entorno. Yo soy el punto central de este esquema, Y mis otras seis posibilida­des de concienciar se reducen, al considerar el Huevo Aurico de mi Entorno, a cinco -que son mis cinco sentidos. Ha nacido el Pentagramaton. ¡He aquí al Hombre!

En el Hombre del siglo XX. las herramientas, por sofisticadas que sean, no pasan de ser extensio­nes de nuestros brazos o nuestros pies. La radio lo es de nuestras orejas. La televisión de nuestra vista. Un satélite artificial no es más que la trans­mutación de la piedra que lanza al aire un niño que juega.

Todas son extensiones de nuestras posibili­dades, pero no profundizaciones.

La cultura del siglo XX es una cultura hori­zontal, que se expande rápidamente como una masa de aceite, pero que, a medida que se expan­de, se adelgaza y se diluye en una fibrilación perimetral. Y aparecen huecos y desgarramientos en su propio seno. La sobreextensión la convierte en especular y sus características la fuerzan a jue­gos caleidoscópicos desconcertantes de surrealismo artístico, social, económico, psicológico y religioso. No hay raíces ni perspectivas. El sistema está bloqueado.

El Hombre desplaza velozmente su cuerpo, pero viaja atrapado en sí mismo, ciego y sordo, sin capacidad para el asombro filosófico y menos aún para la. proyección metafísica. No se concibe el bien, sino la beneficencia; no se aprecia la paz del corazón sino la comodidad de las nalgas; no se medita sino que se especula. El Mundo se ha trans­formado en una cesta de grillos presos que hacen mucho ruido pero que no pueden trascender las mallas de un parloteo desesperado, aturdidos todos por sus propias colisiones psicológicas.

La opción es cruelmente simple: o se muere loco o se guarda silencio y se trata de vivir plena­mente en todas las direcciones del Espacio-Tiempo.

Una buena apertura es el conocer otras dimen­siones, donde moran otros tipos de seres. Esos que, cuando el Hombre no estaba contaminado por su propia aglomeración exterior e interior, percibía.

Para ello es indispensable que el Hombre se sienta de nuevo parte del Universo; ni su dueño ni su esclavo, simplemente parte de ese Macrobios que es el Cosmos en el cual está insertado el Microcosmos o Antropos. Descartemos las contra­dicciones inventadas en la Cámara de los Espejos y vayamos a las armonizaciones que nos son naturales.


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CAPITULO II


EL UNIVERSO COMO SER VIVO


Esta no es una hipótesis de trabajo ni una teo­ría; es una realidad. La Vida-Una es y está en todo. Lo que se llama vulgarmente nacimiento y muerte es mera transfiguración, cambios de as­pecto según la perspectiva desde la cual se ob­serva.

La entropía que mencionamos anteriormente es una cualidad del Universo por la cual nada se pierde, nada se gana, todo se transforma, siendo los cuerpos meras sombras de los espíritus sobre la dimensión en que estos espíritus tienen sus con­ciencias.

Así, cuando el hombre tiene sed de cuerpo, renace físicamente pues su Karma acumulado cabalga sus deseos y sus temores. Se está siempre donde se desea o se teme estar.

Esto es posible porque, aunque la materia parezca discontinua, una gama riquísima de ener­gías lo une todo. La energía es continua y su conti­nuidad no merma con las diferencias de sentido e intensidad. El mar embravecido o tranquilo, en baja o alta marea, no deja de ser mar. No confun­damos el Ser con sus cualidades. Incluso la Exis­tencia es solamente la primera cualidad del Ser.

Dado que el Ser es, por propia definición, tam­bién Existe. O sea que vive. La vida del Ser o de Dios (de este Dios que sí podemos percibir e inter­pretar Sus Obras pues es Dios-En el Cosmos, o Dios Cósmico, o Anima Mundi) es el Jiva de los indos, el Mahaprana que es soporte de todos. los módulos pránicos, por pequeños que sean, modela­dos por la Inteligencia y sostenidos por la Vo­luntad.

Lo mineral, lo vegetal, lo animal, lo humano, lo heroico, el mundo de los dioses y la Columna de Luz que los Re-une, todo vive, todo alienta, todo vibra y se mueve o se aquieta.

Aquel que pudo abrir sus ojos a la Vida, lo per­cibe por doquier. Una Vida inteligente, volunta­riosa en su querer ser. Toma las formas y den­sidades que necesita. Se vuelve pez en las aguas, cervatillo en los bosques, roca en las montañas, relámpago en el cielo, beso en los labios, brillo en la espada, murmullos en el silencio, formas fugiti­vas tras lúcidas en las noches, voces que nos hablan desde dentro de nosotros mismos, música de piedra en los viejos templos y arquitectura inmaterial en Wagner.

Todo vive por siempre dentro de este Ciclo de Vida, dentro de este Macrobios cuyo Espíritu es Dios-Nuestro-Señor. La muerte no existe.


PLANOS DE VIBRACION EN EL UNIVERSO


Aun siendo la Substancia Una, esta Substancia vibra y es rica en matices que otorgan diferentes oportunidades de formas de vida. Dentro de nues­tro Universo, y más concretamente en nuestro Sistema Solar, existen diez planos de vibración según puede entenderlos el hombre. De los tres superio­res no vamos a escribir. Los siete restantes, que tienen importancia directa para el Hombre son, de arriba a abajo:


  • DE LA VOLUNTAD ESPIRITUAL, llamado por los indos Atma. Es el más elevado y está como in­sertado en el tercer Plano Cósmico de la Tríada o Logos Solar. De este Plano de la Voluntad Espi­ritual no se pueden dar características más detalla­das pues supera en mucho la capacidad humana de entender. Está más allá de la mente y aun de la intuición. Es el Gran Amenti de los egipcios; el vértice superior del Rombo de los Magos, del Cua­drado Mágico bañado en la Luz de Ammón, y es el Gran Azul, el Nilo Celeste donde navega la Barca de Millones de Años (una forma de mencionar a la Barca-Que-Boga-En-La-Eternidad).


  • DE LA INTUICION, llamado por los indos Budhi, el Plano de la Luz desde donde parten todas las Iluminaciones Espirituales, representadas por la aureola que nimba las cabezas de las imáge­nes de Cristo o de Buda. Es el Mundo de los Devas o Angeles y de aquellos que han llegado a la Gran Santidad. En este plano, la relación Sujeto-­Objeto-Cualidad se da simultáneamente, pues el Tiempo -por lo menos desde el punto de vista humano- no existe allí. Es la Mansión del Amor, de la Concordia. Allí está Shan-Gri-La, el Jardín Maravilloso donde los lotos jamás cierran sus péta­los, según la vieja creencia Bud de chinos y tibetanos.


  • DE LA MENTE, llamado por los indos Ma­nas. Aquí moran las series numéricas y los arqueti­pos. En este plano tiene el Hombre insertada su Chispa Mental o el llamado Cuerpo Causal, som­bra luminosa de sus potencias aún no desarrolladas en los dos planos que le son superiores. Es la Morada del Yo totalmente diferenciado o Ego. Es el Plano de los Ideales, de las Ideas Puras, del Ser Individual. Para los egipcios es Horus-En-El-­Horizonte. Es el plano del vehículo del Espíritu Santo y la Sustancia de la parte superior de la Copa o Graal.


  • DE LA MENTE CON DESEOS, llamada Ka­ma-Manas por los indos. Es la Sala de los Espe­jos. La sede de la multiplicidad y de la multipli­cación de las formas. Es el Cofre de las Alhajas. Del brillo o luz reflejada y de la oscuridad; la Man­sión de Pandora. La Esperanza y el Miedo. Es la Fragua de Vulcano donde se forjan los Artefactos. Donde las ideas se persiguen y se alcanzan, se unen y se separan. Los Mayavirupas o ideas­-formas nacen y se desarrollan antes de precipitarse o de elevarse. Aquí viven los deseos y se conoce la angustia.


  • DE LA PSIQUIS O DOBLES LUMINOSOS, es el mundo vibratorio en el cual los Arquetipos y los deseos toman formas orgánicas constituidas de materia sutil o energía polarizada. Muchas de estas formas tienen sus contrapartes en el mundo más denso, el físico; y aunque se las llama dobles, los verdaderos dobles son los robots orgánicos que son sus sombras. Por ello, los egipcios llamaban a los cuerpos humanos en este plano Kha o Doble Luminoso y le reconocían poderes sobre la mate­ria. Los hindúes llaman a los cuerpos hechos con esta materia psicológica Linga-Sharira, cuerpos inapresables por medios físicos. La energía polari­zada sobre arquetipos, y la que los sustenta, es lo que los cabalistas medioevales entendían como Luz Astral en su parte más burda, pues hay otra Luz Astral que no está en este plano, sino en el segundo, que es donde se desarrollan los Sambhogas de los Santos y Budas.


Como cada uno de estos Mundos tiene a su vez en si el reflejo de todos los demás, aparte del pro­pio (aunque los Anales de Recuerdos, llamados en India Anales Akáshicos no tienen su raíz aquí. pues necesitan de sustancia mental para regis­trarse), es en el subplano mental de este plano o Mundo Psíquico en donde se reflejan los recuerdos y hacen que las vidas pasadas de los hombres lle­guen hasta su conciencia y puedan verse.

Sin la Luz Astral serían como películas ya impresionadas pero que no se podrían, por transparencia, visuali­zar con la relativa facilidad con que logran impac­tar a muchas personas. También en este Mundo hay reflejos de las cosas que van a suceder, pues estando más cerca del Plano Causal, los impulsos pasan por aquí antes de llegar a la Tierra física.

Los sonidos, los colores y algunos perfumes, tienen en este Mundo su patria natural. Ya vere­mos más adelante cómo los Elementales extraen de este plano la raíz del armónico adorno con que vis­ten a la Naturaleza.

  • DE LA ENERGIA, llamado por los indos Plano Pránico, en donde los egipcios sitúan su Llave de la Vida en su más terrenal expresión, que se mani­festaba como Ankh. Aquí la energía se polariza constantemente y de manera muy compleja, y mediante una dinámica electrotérmica (por decirlo en términos actuales que se parecen en algo a lo que queremos realmente decir), y el mantenimiento de una densidad media de la materia, se regulan las relaciones de velocidad relativa, de distancia, de cooperación entre los vectores de fuerza. Los efec­tos de estas fuerzas son los que plasman los cuer­pos físicos, corno lo hacen las limaduras de hierro sobre el huso magnético de un imán. En este plano están los cuerpos más densos de los Elementales y en él efectuarán sus fenómenos corrientes.


  • DE LA MATERIA, donde los indos sitúan al Stula Sharira o cuerpo físico humano que, con su entorno físico, es lo que conforma el habitat nor­mal de los hombres, el soporte de todos sus actos. Es el Mundo de la Substancia, el Malkuth de los cabalistas, siempre movido y coloreado por el Seki­nah. Es, efectivamente, el mundo de la dualidad por excelencia. Si la definición clásica de Materia es la de todo aquello que puede ocupar un lugar en el espacio, hagamos la salvedad que ese espacio debe ser físico. Tan físico como la Materia, y ese espacio no es más que la Sombra de la Energía, la limitación de la Libertad -en cuanto le otorgue­mos a esta controvertida palabra el significado de atributo del Ser, más allá de la imagen restrictiva materialista de los seres como pluralidad dialéctica carentes de la suficiente Realidad para Ser en Sí.

La Energía desacelerada se convierte en Mate­ria visible a los ojos físicos. Atrapada y amonto­nada en nódulos gravitatorios, la energía se trans­forma en cosa, con sus propiedades, algunas in­trínsecas y otras que le vienen desde planos más sutiles corno en el vulgar caso de la radioactividad, expresión registrada de la actividad íntima de la Materia.

Pero eso que llamamos intimidad es a la vez profundización y escape de la cárcel estre­cha de la materia, cárcel en verdad tan sólo de barrotes, pues los vientos energéticos la traspasan continuamente. Y recordemos que los mismos barrotes no son más que viento detenido o desacelerado.


Para los esoteristas hay dos Mundos que no tie­nen realidad: el primero que mencionamos, por estar muy por encima de nuestra posibilidad de captación y al cual tan sólo hacemos referencia por habitar en él la cualidad de la Voluntad, sinónimo filosófico de Existencia; y el último o Físico, por ser sólo la sombra pasajera de Divinos Objetos, en marcha hacia Objetivos que no son perceptibles desde la perspectiva materialista.

Pero en esta irrealidad tenemos nuestro cuerpo carnal, con el cual nos hemos encariñado tanto los humanos, y nada más que por ello debemos darle importancia y validez, ya que las cosas tienen el valor que les otorgamos. Fuera del Valor Real que cada una pueda tener, para el Hombre esto es así. Imperioso y circunstancial. Cuando se está sediento en el desierto, vale más un vaso de agua que una tone­lada de diamantes o una pintura pompeyana. La vida es tenida por bien y la muerte por mal.

Todo se rige en base a esta primordial dualidad. La Vida-­Una no es percibida corrientemente.


CAPITULO III


QUE SON LOS ELEMENTOS

Según conceptos milenarios sobre la. constitu­ción del Cosmos, éste estaría constituido sobre la base de un solo Elemento. Esto respondería al con­cepto de unidad que prima sobre los posteriores procesos de armonización de las dualidades de los inteligibles. Pero siendo el Arquetipo uno, la Sus­tancia debe ser, por fuerza, una en esencia. A esto se referían las publicaciones de Demócrito sobre el átomo como parte indivisible sobre la que se asen­taba el Cosmos.

No es el llamado átomo, que desde hace medio siglo el Hombre desintegra, al que se refirieron los antiguos griegos. El que hoy llamamos átomo (que literalmente significa sin par­tes y por lo tanto indivisible) no pasa de ser una micromolécula integrada a su vez por muy variados elementos. El átomo de los clásicos está más allá de todo lo que conoce la ciencia actual.

Pero en el plano manifestado en que nos move­mos y nos es dado percibir y entender, podemos afirmar que existen cuatro Elementos: la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego. Estos cuatro forman dos cruces generativas interpenetradas, ya que la Tie­rra y el Aire tienen movimiento horizontal y el Agua y el Fuego, vertical. Así, la Tierra es fecun­dada por el Agua y el Aire es fecundado por el Fuego. De estos cruzamientos surgen elementos vitales que se caracterizan por su impulso y acción benefactora para el Hombre: la fertilidad material y la fertilidad energética.

No han de entenderse estos cuatro Elementos como la Tierra física, el Agua física, el Aire físico y el Fuego físico, sino como grupos mucho mayo­res que se representan exotéricamente por los cua­tro nombrados. Asimismo se corresponden con los cuatro planos inferiores de la Naturaleza: la Tierra con lo Físico, el Agua con lo Energético, el Aire con lo Psíquico y el Fuego con lo Mental.

En Alquimia son los cuatro estratos que se plasman en el interior del Atanor. En la base, la Sal; en el medio las dos formas de Mercurio, y en la parte superior el Azufre coronado por el Fénix de Fuego, forma de quinto Elemento que en estado natural es imposible hallar, pues es muy inestable al estar aún en su etapa formativa.

Los cuatro Elementos influyen en las caracte­rísticas de las cosas y así oímos hablar, aunque no siempre con conocimiento de causa, de vegetales de Agua, de piedras de Aire o de signos zodiacales de Fuego. En verdad, los cuatro Elementos son como cuatro impulsos o notas musicales fundamen­tales de nuestra Naturaleza, dentro de la tónica de Unidad Dinámica que la caracteriza, que permite que estas cuatro Modalidades se interpenetren y sean arquitecturadas por el Plan Divino que nos rige.


QUE SON LOS ELEMENTALES

Son Formas de Vida dentro de los Elementos. Obviamente es muy difícil explicar las característi­cas básicas que habrían de definidos, pues al no estar sus cuerpos en el plano estrictamente físico en que se desarrolla nuestro entorno visual y audi­tivo, o mejor expresado, al no estar sus cuerpos en la posición en que nos es fácil ver las cosas; aun­que puedan estar de alguna manera en lo físico, se nos aparecen como inexistentes fantasías de los hombres primitivos o de los niños desocupados.

Estas formas de vida tienen sus cuerpos en el Plano Pránico y no por debajo de éste. Pero como los Planos no están cortados como por navaja, sino que hay una gradación casi infinita entre ellos, y las circunstancias de la Naturaleza no son siempre las mismas (con variaciones que conocemos como el día y la noche, las épocas del año, la altura, la profundidad, la mayor o menor carga de electrici­dad estática, las diferentes presiones atmosféricas y las diversas temperaturas, los componentes pasaje­ros del aire como son las concentraciones de Agua, de Ozono, etc., sumado el todo terrestre a las influencias de los astros, especialmente del Sol y de la Luna), en ciertas ocasiones los Elementales caen en una mayor materialización que los hace sencillamente visibles. Pero aun en tan favorables condiciones no son observados normalmente.

Daremos un ejemplo: una hoja rígida de papel que estuviese sostenida a veinticinco metros de nuestros ojos, en pleno día, sería perfectamente visible si nos mostrase alguna de sus caras de manera perpendicular a nuestro ángulo de visión. Pero si estuviese de perfil e inmóvil, o se moviese al mismo tiempo que aquello que le sirve de fondo, sería en la práctica invisible para los que no estu­viesen a la espera de su presencia.

Difícilmente la podría percibir aquel que a priori negase la exis­tencia de esa hoja de papel y no pusiese ninguna atención en descubrirla. Esto explicaría -aunque luego tocaremos más extensamente el tema- por qué las páginas de los viejos libros, las tabletas de arcilla, los papiros y los pergaminos, están llenos de referencias a los Espíritus de la Naturaleza y en cambio los elementos culturales de nuestra forma de civilización materialista y positiva carezcan de esas referencias.

Para un conjunto humano que llega a negar alma a los vegetales y animales que vemos, toca­mos y devoramos; para quienes la fidelidad amo­rosa de un animal doméstico, o la presencia y compañía vivificadora de un árbol o un rosal no dice nada más allá de formas y colores que atri­buye a la casualidad o a más o menos inventadas leyes genéticas mientras los despoja sistemática­mente de todo atributo metafísico, es difícil expli­car la existencia y presencia de los Espíritus de la Naturaleza.

De allí que este intento no está diri­gido a los pocos, ni tiene intenciones elitistas, sino que, ofreciéndose a todos, da por descontado que mientras no varíen aún más las características materialistas de inmediata herencia, serán sus pro­pios lectores los que se autoexcluirán de sus beneficios.


QUE ANTIGUEDAD REGISTRADA TIENEN LOS ELEMENTALES


Según las enseñanzas esotéricas, son más viejos aún que el Hombre mismo sobre la Tierra. Ellos ­-habitantes, guardianes y consubstanciados con los Elementos- existen como formas manifestadas desde que el Mundo existe. Cuando éste era tan sólo una masa de gases radioactivos y materia incandescente, los Elementales del Fuego lo vela­ron; al aparecer los gases estables en su composi­ción química y la época de los grandes vientos, los Elementales del Aire cuidaron que la evolución de esos incipientes gases y su estratificación sobre la recién consolidada corteza terrestre, se volviese cada vez más apta para las formas de vida física que estaban planeadas.

Cuando los gases se hicie­ron pesados y se precipitaron como las primeras aguas y éstas cubrieron la casi totalidad del pla­neta, dando lugar a las primeras formas realmente materiales de vida. los Elementales del Agua traba­jaron y fueron modificando el primitivo aspecto del líquido elemento, en aquel entonces fuertemente sobrecargado de materias pesadas en suspensión, cosa que le daba una característica casi coloidal en los asentamientos, mientras que las altas olas roza­ban con sus espumas aún no blancas las nubes bajas y compactas.

Más tarde, como inmensas tor­tugas aletargadas, surgieron los escudos continen­tales, y sobre ellos velaron los Elementales de la Tierra dándoles características de fertilidad y ayu­dando a la enorme población forestal que posibilitó formas de vida superiores y la plasmación de la Humanidad misma.

Cada cosa en el Universo tiene su Espíritu Guardián. El Planeta también lo tenía y a él obe­decían las jerarquías de los Espíritus de la Natura­leza cuando empezaron los días y las noches. Aún lo tiene y lo tendrá hasta su desaparición. Es el Dyan-Chohan del Libro tibetano de Dzyan, el Alma Resplandeciente que rige la Tierra, o el Anima Mundi de los latinos (pues anima y mueve, y no hay que confundirlo con el Espíritu o Ego Planetario del cual la Tierra física seria el cuerpo).

Este conocimiento es milenario y no sabemos cuándo empezó. Desde el mencionado libro tibe­tano hasta todas las demás referencias de la anti­güedad, nos hablan de estos procesos que a la sombra de nuestra alienación científica pueden parecemos cuentos para no dormir.

Pero los Elementales, como ésos que siendo pequeños y débiles, pueden entrar en relación con los hombres, también llenan los libros viejos. Desde Sumer hasta Egipto y desde China hasta lo poco que sabemos de las culturas de América y del África Negra, pasando por Polinesia y los habitan­tes de las zonas cercanas a los Polos, y llegando a los siglos que nos precedieron en la civilización de Europa, los Espíritus de la Naturaleza tienen papel relevante en aquellas formas de vivir menos conta­minadas y más naturales.

Narraciones sobre Genios, Gnomos, Ondinas, Elfos y toda la extensa gama de Elementales, ati­borran la Historia de la Humanidad de tal manera que sin ellos no sería igual su desarrollo ni su narración, como podemos comprobar desde el Mito de Enkídu y Gilgamesh, pasando por la Odisea homérica, las Sagas de Arturo y Merlín, hasta los que enseñaron a danzar a Isadora Duncan e inspi­raron los vidrios de Gallé.

Hasta hace muy poco, sus representaciones adornaron las proas de los navíos, y aún tienen cientos de estatuas en el mundo, bien en los par­ques, bien sobre las rocas que dan al mar.

Las abuelas (…en el tiempo en que los niños eran niños, los adultos adultos y los ancianos ancianos, bien estuviesen en posesión de títulos universitarios, de nobleza, o fuesen analfabetas) contaban a sus nietecitos, sobre los Espíritus de la Naturaleza, deliciosos cuentos donde los persona­jes eran ondinas, gnomos, hadas, elfos, de los que se describían características de forma y de vida, prodigios y apariciones.

La misma creencia católica en un Ángel de la Guarda que cuida a las criaturas hasta que cum­plen los siete años, tiene raíces mucho más anti­guas que el propio cristianismo, y desde la Arcadia hasta América todos creían que los niños, por su pureza y fragilidad, tenían un Espíritu Guardián que les evitaba muchos. accidentes y protegía de las fieras, dándoles asimismo orientaciones para volver a sus casas cuando estaban perdidos.

Lo más curioso de todo esto es. que en pueblos tan disímiles, los Espíritus de la Naturaleza se representan de manera semejante en sus distintas interpretaciones artísticas. En la tradición se habla de los mismos seres Elementales en la Europa Central del siglo XV que en el corazón de la India del segundo milenio A. C.

Si tenemos en cuenta que muchos de estos gru­pos humanos no se conocían ni sospechaban su mutua existencia, el que hayan tenido tantos pun­tos de coincidencia en la descripción de los Ele­mentales, nos lleva a márgenes que rebasan toda posible casualidad Es evidente que todos vieron las mismas o muy parecidas cosas y que obraban de las mismas maneras. Se los atraía, se los conju­raba, se los repelía o se los temía… pero siempre de la misma manera.

Esto reafirma que estaban, dife­rentes pueblos, ante un mismo tipo de fenómeno y que por lógica unicidad humana lo trataban de parecida forma. Como ante un no todos hicieron puentes más o menos sofisticados, pero puentes al fin. Y si todos los pueblos antiguos han hablado de los nos y de los puentes que construyeron sobre ellos, es evidente que los nos eran una presencia real. Lo mismo vale para los Elementales que eran para todos los pueblos antiguos una presencia real, que llega hasta nuestros días a través del folklore y los viejos tratados.

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CAPITULO IV


COMO SON LOS ELEMENTALES, SUS FORMAS Y MANIFESTACIONES

Dada la finalidad de este pequeño libro, nos referiremos ahora a las formas que asumen a la visión y percepción humanas los Elementales.

Anteriormente hemos dicho que los Espíritus de la Naturaleza tenían por cuerpos formas de energía y que no eran estrictamente físicos o mate­riales en la versión común del término, aunque la energía es también material y a diario nos muestra sus efectos en el plano más denso de acción.

El hecho de que la llamada electricidad sea energía y normalmente invisible, no quita que al correr por la superficie de un cable metálico produzca fenóme­nos materiales traducidos en movimiento de pesa­das piezas de una máquina, que a la vez mueve o traslada toneladas de materia. Y todos conocemos los fenómenos meteorológicos que se traducen en rayos y relámpagos, centellas y luces de San Telmo.

Por otra parte, la existencia de estados vibrato­rios intermedios entre la energía invisible y la materia visible, hace que según se rebasan esas fronteras, de arriba a abajo, la posibilidad de observación humana de los Elementales se poten­cie, aun sin proponérselo. Pero normalmente los E!ementales tienen su parte más densa o cuerpo en el Plano Energético, pudiendo en condiciones favo­rables, ya citadas, reflejarse hasta cierta corporei­dad en las zonas etéricas que son mezcla y enlace entre lo que podemos llamar energía -cuya carac­terística es la carencia de forma perceptible por nuestros sentidos -y la materia-cuyas características nos son evidentes y fácilmente registrables-.

De ello podemos colegir que los Elementales tie­nen como propiedad una plasticidad mucho más veloz que la nuestra, siendo sus formas más inesta­bles y dinámicas. Cuando esas formas se lentifican es cuando se corporizan y su visión se vuelve. más fácil, bien por factores naturales que mencionamos anteriormente, o bien por la voluntad de quien quiera verlos; voluntad que ha de ser fuerte pero no agresiva, pues cualquier inestabilidad en ella reper­cute en los Espíritus de la Naturaleza y los ahu­yenta hacia sus refugios energéticos y a los juegos ópticos propios de su extraordinario poder para disimularse en los mismos Elementos en que habitan.

Aunque sus variedades son prácticamente infi­nitas, como también lo son las de todos los seres vivos, podemos citar algunos ejemplos clásicos de Elementales:

LOS DE LA TIERRA: GNOMOS, HADAS y ENANOS.

Denominación extraída del Griego, genomos, o «el que vive dentro de la tierra». La variedad de estos Espíritus de los Elementos es, como en todos los demás, tan grande que abarca desde ciertos monstruos (que así podríamos llamarlos basándo­nos en el latín, en el sentido de prodigios o altera­ciones de lo normal, y siendo para ellos la tierra sólida el ámbito en el que se mueven, como para los humanos lo es el aire, no encuentran otra resis­tencia en las más duras rocas, que nosotros ante las ráfagas de viento), hasta los pequeños enanos que refleja el folklore de todos los pueblos.

De los pri­meros podemos decir que están en continuo movi­miento, en expansión y retracción, pudiendo alcan­zar tamaños semejantes al de los más grandes mamíferos conocidos. Los segundos, de aspecto humanoide, no suelen levantar del suelo más de un par de palmos.

Estos últimos son los más conocidos: enanos u hombrecillos inocentes, bondadosos y crueles co­mo los niños. Carecen de toda conciencia ética y no podríamos decir de ellos que son buenos ni malos.

Traviesos por naturaleza, gustan burlarse de quienes los buscan torpemente y son, en cambio, sumisos servidores de los verdaderos Magos. Aun­que los tiene que haber de ambos sexos, ni las narraciones ni mi propia observación registran hembras. El aspecto suele aparentar una edad madura, aunque no representa lo que nosotros lla­mamos edad, pues viven siglos y no conocen, como nosotros, los estados de niñez, adultez y vejez. Sus apariencias son siempre las mismas.

Salvo la cabeza, grande en relación al cuerpo como en el caso de los enanos humanos, son bien proporcionados.

Van siempre vestidos y parece ser que, sobre un patrón de ropa a la manera campesina, copian las modas humanas que les son contemporáneas cuan­do nacen, y así las guardan todos los siglos que duran sus vidas. No existe apariencia de desgaste en dichas ropas, aunque no dan la sensación de ser nuevas sino arrugadas y ajadas como si fuesen muy viejas, pero indestructibles.

Aun en los mayores grados de materialización, obtenidos tan sólo en condiciones especiales y en lugares no frecuentados por los humanos, no emi­ten sonidos ni los perciben.

Huyen del Sol y aman la luz de la Luna, de los pequeños candiles y de las luciérnagas.

Apacibles, suelen estar mucho tiempo inmó­viles.

Los hay no mayores que la altura de un puño, no más altos que un pulgar, como dicen los cuentos para niños. Estos son muy difíciles de percibir por los adultos, aunque ellos han de creer todo lo con­trario, pues en presencia o cercanía de los humanos se esconden tras las cosas, en los rincones menos iluminados o, aprovechando su poder de pasar a través de la materia, en los cajones de los muebles que no han sido abiertos en mucho tiempo.

Gustan de la cercanía de los niños y les sugieren lugares y posiciones para sus juguetes, bailes y cantos, ron­das y juegos de escondrijos. Traviesos, hacen encantamientos psíquicos que evitan a los adultos el hallar pequeñas cosas como ser lapiceros, gafas, agujas, clavos.

Retirado el velo, se divierten viendo cómo se encuentran las cosas perdidas, a veces en lugares distintos a los que estaban, lo que presu­pone en ellos una cierta posibilidad de traslación, aunque es mucho más corriente que sus propios encantamiento s, unidos a los desconciertos, angus­tias y apuros que provocan sus travesuras en los humanos, hagan que sean las mismas personas las que llevan el objeto en la mano y lo colocan en otras partes sin ser concientes de ello.

En las épocas de las Corporaciones Laborales, cuando el hombre no había automatizado su posibi­lidad de trabajo y cuando ponía verdadero interés en él -tal cual lo vuelven a poner los artesanos- ­los pequeños Gnomos eran sus invisibles compañe­ros de taller, sus ayudantes de tareas. En casos excepcionales, algunos ocultistas lograron con su magia hacer trabajar ejércitos de Gnomos, materia­lizados por lo menos en parte, en su auxilio; pero tal tipo de trabajos forzados desagradan a los Ele­mentales, los que gustan tener cierta iniciativa que es un equivalente al juego o diversión.


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También se han registrado en Oriente una variedad de Gnomos, o simplemente mutaciones de los mismos, que llegan a tener una apariencia humana normal y que ayudan a los viajeros en los caminos, pueden hablar y dar consejos, aunque no comen ni duermen como los humanos y tampoco envejecen.

En estos casos están siempre solos y son confundidos con monjes. La misma versión la encontramos en la antigua Grecia., pues los monakhós eran los emisarios de Hernies que, en las encrucijadas de los caminos, tenían sus escondrijos y cuidaban las primitivas ermitas.


Se decía de ellos que no comían ni amaban, ni hablaban casi, prefi­riendo hacerse entender por señales. La tradición quiere que tuviesen algo en su anatomía diferente a la de los humanos: las puntas de las orejas, lo que los emparentaba con otro tipo de Elementales de los bosques que luego fueron llamados Silvanos.

El típico gorro de Hermes servía para ocultar esta anormalidad, que muchas veces fue relacionada con el Mito del Rey con orejas de burro y dotado de poderes parapsicológicos, como Midas.


Los Gnomos u hombrecillos pueden, si lo desean, trasladarse con enorme velocidad y estar instantáneamente donde quieren estar. Y así, hacen pequeños servicios a los Magos que están en rela­ción de trabajo con ellos, como avisos en base a ligeros golpes dados en muebles, y otros que .vere­mos más adelante. A pesar de no tener un alma en grado de diferenciación, como la humana., logran la apariencia de ella bajo la influencia de un ocultista práctico que pueda comunicarse efectivamente con ellos.

Las Hadas son asimismo Elementales de la Tierra. aunque sus múltiples variedades y la tradi­ción literaria y popular las exalta de tal manera que, en numerosos países, la denominación es sinó­nimo de hechicera o maga, como en la versión de la Baja Edad Media y la Renacentista del Mito de Merlín en la Saga de Arturo, en donde Morgana aparece como un Hada.

De apariencia similar a la humana, sus tamaños varían entre el diminuto y el de una persona normal.

Regidas asimismo por la Luna, gustan reunirse en lugares alejados de toda presencia humana y bailar en círculos en los prados circundados de bosques. La especial forma de reproducción de las setas, que configura una expansión de la especie en forma de anillo, ha emparentado estos vegetales, en la tradición popular, con los círculos de la Hadas. Es que, ciertamente, son las Hadas muy expertas en el conocimiento de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales.

Hábiles en encantamientos, magias y hechicerías, inspiran a los curadores naturales sus extrañas y a la vez rudas artes, en donde se mezcla la intuición con el recuerdo mutilado de una ciencia perdida.

Cierta variedad está estrechamente ligada a los humanos, y en las viejas monarquías solían dar a los recién nacidos sus regalos en forma de bendi­ciones, o de maldiciones si había circunstancias negativas de por medio. Gustan de los niños en general, sugiriéndoles juegos y protegiéndolos de los peligros, e inspirándoles telepáticamente las acciones que los preserven vivos y alegres.

Son atraídas por las golosinas y dulces, cuyo perfume y doble las tienta a correr con la, para ellas no siempre grata, compañía humana. Gustan de los sonidos armónicos y de las figuras geométri­cas circulares. De aspecto femenino, no conozco si las hay varones. No son las contrapartes femeninas de los Gnomos, como vulgarmente se cree, pues sus características y naturalezas son distintas y se ignoran los unos a los otros, como pasa con anima­les de diferentes especies.


LOS DEL AGUA: SIRENAS, NEREIDAS, ONDINAS, NINFAS.

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Las llamadas Sirenas, lo son de la superficie del agua de mar. Sirenas, del latín Siren, del griego Seiren, son «las que encantan o seducen». Relacio­nadas con la música en la antigüedad, se las hacía hijas de Melpómene. Se las describe con cabeza de mujer y cuerpo de ave y también de pez. Alia­das de las formas elementales que rigen las brisas marinas, producen sonidos armoniosos muy pareci­dos a la voz humana, que pueden imitar por sus poderes telepáticos.

Podríamos colocarlas en la cúspide jerárquica de toda una gama de Elementa­les que, siendo de Agua, necesitan de la combina­ción con el Aire para vivir. En el otro extremo estarían las pequeñísimas criaturas que viven tan sólo en la espuma, que nacen y se disuelven con ella, sobre todo en las noches de Luna llena. Según la antigua medicina, tenían estas últimas la capaci­dad de realizar extraordinarias curaciones en quie­nes se bañaban en las aguas. También servían a los Magos que podían leer augurio s en la reflexión de la luz lunar o Camino de plata de la Luna Llena sobre el mar en calma.

Existe otra variedad de Sirenas que aparecen en las noches en que las olas se vuelven fosfores­centes al estar saturadas de formas animales, como las llamadas Noctilucas. Traen malos presagios y peores recuerdos. Están relacionadas con el anti­guo misterio de la Luna Sumergida del cual no hablaremos.

Las Nereidas son poderosos Espíritus de la Naturaleza femeninos que servían de escolta a Afrodita, la Nacida de la Espuma. Pueden alcan­zar grandes profundidades y habitan en grutas sumergidas. Su alta jerarquía las hacía también compañeras de Anfitrite, la esposa de Poseidón, Rey del Mar y de las Grutas Subterráneas, antiguo Señor de los Terremotos, y de los Caballos, por lo que las espumas rizadas que alzan las olas se identifican con las crines de los caballos de Posei­dón.

Tradicionalmente relacionadas con la realeza y el señorío, se las hace proteger las difíciles maniobras de los antiguos barcos de vela de los reyes y los emperadores. Sus contrapartes masculi­nas son los Tritones, también del séquito de Nep­tuno; responden al Trino Poder del Reflejo del Logos sobre el Gran Espejo o Cristal Negro de ori­gen Terrestre e Igneo, guardado en Thule para la Corona del Rey del Mundo. Tienen, como las Nereidas, el cuerpo en su mitad superior semejante al humano, y en su mitad inferior como de pez alargado, a la manera de la serpiente de mar.

Ataviados con algas y corales, perlas y conchas, tocan supersónicas caracolas etéreas anunciando el paso de los triunfadores. Conocen el secreto de los tesoros sumergidos y en ocasiones se los representa como violentos ejecutores de la voluntad de su Amo, que con su tridente mágico, bien mantiene a los barcos sobre las aguas, o los empuja a las rocas y los desfonda. En épocas pasadas aconsejaban a los humanos viajeros en Ciencias perdidas, prove­nientes de Continentes sumergidos.

Las Ondinas deben su nombre al latín, unda, literalmente: «ola», Habitan en los ríos, especial­mente en las regiones donde corren entre rocas y producen cascadas y espumas rumorosas. Otras variedades son marinas y viven en las costas y pla­yas, siempre en lugares recogidos, donde haya oquedades. Su forma se parece a la de una mujer en su parte superior, teniendo indefinido el cuerpo de cintura para abajo o semejando lienzos siempre húmedos que lo recubriesen.

De muy largos cabe­llos, nadan a enorme velocidad y en muchas oca­siones se confunden con las Nereidas. Las tra­diciones las pintan peinando sus largas cabelleras en actitudes muy femeninas y en general dan una sensación de debilidad y fragilidad si las compara­mos a la pujante y orgullosa fuerza de las Nerei­das. En la antigüedad se atribuía a estas criaturas el tratar de encantar a los viajeros que, en parajes solitarios, se detenían junto a los torrentes; los invi­taban a sus grutas a beber un licor mágico .que les hacía enfrentarse con sus propios engendras inte­riores. Sólo los puros y fuertes podían vencer y liberarse de peligrosos pactos con las Ondinas, de ojos hipnóticos y dueñas de ciertas joyas, probable­mente anillos, que ofrecían con la intención de que el caballero que las aceptase quedara de ellas prendado y rendido.

Las Ninfas -cuyo nombre proviene del latín lynpha, «agua», y del griego nymphe en relación con las fuentes y manantiales- son Elementales de apariencia femenina, bellísimas, que habitan en lagos y en aguas tranquilas. Son asimismo guardia­nas de los manantiales escondidos en la foresta. A las Ninfas se les atribuye un aspecto totalmente humano hasta el extremo de no diferenciarse de las mujeres. En la antigüedad se les atribuía el ser guardianas de los remolinos y ser tanto maléficas como benéficas, mostrando un carácter caprichoso y delicioso a la vez que podía tentar a los mismos Dioses.

De aquellos tiempos nos llega muy vivida la imagen enjoyada de Aretusa, reflejada en las cerámicas de culturas helenísticas de la Magna Grecia, generalmente recipientes en relación con el agua, bien sola o mezclada con vino. Es característico su complicado tocado de perlas y cintas sobre los trabajados cabellos.

En la Saga de Arturo, emparentada con la del Rey del Mundo y el Mago Merlín, es una Ninfa la que devuelve de los lagos las espadas mágicas que darán fe de realeza a los galantes caballeros. Asimismo aparecen en la lla­mada mitología germánica en relación con Tann­hauser. Emblemas de belleza venusíaca, las Ninfas están relacionadas con el amor sublimado y celoso, y contrario al amor carnal.

Sus venganzas contra los caballeros que les son infieles suelen ser terri­bles. Eternamente hermosas y jóvenes, poseen ese secreto de la continua juventud a la que están con­denadas, y castigan otorgando la tan discutida gra­cia de no morir. Pero su inmortalidad no es la espiritual y conciente, sino la deshumanizada, y la tradición quiere que sus intentos amorosos tengan por fin el humanizarse y adquirir un sentido huma­no de la vida y de la muerte. Criaturas enigmáticas, son expertas en encantamientos, en metales mági­cos y en piedras preciosas en el seno de las cuales se pueden ver cosas lejanas, pasadas y futuras.

LOS DEL AIRE: SILFOS y ELFOS.

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El nombre de las criaturas Elementales que denominamos Silfos es de difícil raíz etimológica, probablemente galorromana y derivada de los soni­dos que producían los vientos en las arpas druídi­cas que, como las eólicas griegas, solían suspen­derse colgando de los árboles sagrados, para inter­pretar una música no humana.

Estos Espíritus de la Naturaleza se caracterizan por vivir exclusiva­mente en el aire; son muy difíciles de percibir dada su naturaleza inestable, fluídica, dotada de muy veloces movimientos de tal modo que el investiga­dor debe clavarlos en algo que no se mueva para poder hacer el más somero estudio.

Este sistema enfurece a los Silfos y les causa dolor. No tanto por la sujeción en sí, sino porque se les priva de movimiento, sin el cual desfallecen y llegan a morir. Es su necesidad constante el correr y trasla­darse. Tan sólo tienen apariencia humana en su cabeza, pues el resto del cuerpo, de difícil estudio, es parecido a la imagen que tenemos de los ánge­les, pero menos apacibles y no siempre con sólo dos alas.

Tampoco estas alas, en los casos de Ele­mentales del nivel en que los estamos describiendo, son tan blancas, agradables ni emplumadas como las de las imágenes griegas, romanas y cristianas. Estas han sido extraídas de tipos de Elementales superiores de los cuales haremos referencia más adelante.

Los Elfos (del celta Faeries) son Elementales de formas muy bellas y muy pequeñitas. A la manera de mariposas etéreas, viven en las cerca­nías y en la corola de las flores. Sus cuerpos son antropomorfos y los hay de figuras femeninas o masculinas, aunque ello no tenga estricta relación con su reproducción, pues copian formas humanas.

Sus vestidos son a la manera de túnicas cortas y livianas. Sus movimientos constantes son semejan­tes a los de las abejas cuando liban en las flores. Extremadamente energéticos, tienen grandes pode­res curativos aunque en ese tipo de trabajo se exte­núan hasta morir. Su radio de acción llega hasta donde lo hace el perfume de la flor.

Las flores sin perfume no tienen Elfos de este tipo. Son, en algu­nas de sus variedades, muy afectos a los humanos, sobre todo a los niños y a los que tengan inocencia y sensibilidad artística. La luz los excita y la oscu­ridad los apacigua. Gustan de los sonidos suaves, de los colores y de la luz reflejada en los espejos no muy pulidos.

Sus graciosas figuritas se completan con pequeñas alas parecidas a las de las libélulas y mariposas, pero más hermosas, etéreas y en cons­tante movilidad, a la manera de los colibríes. Uni­dos de las manos suelen hacer aros de danzas y promueven los encantamientos benéficos. Sus ta­maños varían entre un palmo de altura hasta menos de un centímetro. A veces se aquietan, como si durmiesen, en actitudes muy dulces. Otras, parecen estar pensativos u oyendo lo que los humanos no pueden oír. Son la gracia angelical personificada.


LOS DEL FUEGO: LAS SALAMANDRAS.

Estos Elementales son los más alejados en sus formas a la humana. El nombre que reciben tiene un oscurísimo origen etimológico oriental, de apor­tación árabe, que los relaciona con la famosa uni­versidad de Salamanca, que en el Bajo Medioevo europeo gozaba del esplendor de la plenitud del Islam. Ciertamente, allí se efectuaron estudios y trabajos sobre Alquimia, y bajo este término gené­rico se cobijan multitud de conocimientos, entre ellos los de los Espíritus de la Naturaleza, en especial los que calientan y también coronan el Atanor.

En el fuego de las chimeneas se les puede ver a la manera de serpientes negras, preferentemente en posición vertical, que se mueven velozmente y se retuercen sobre sí mismas.

El tamaño de las Salamandras varía, desde el de pequeñas lombrices que se mueven en los fogo­nes y hogueras, hasta las enormes que plasman las curiosas formas de los relámpagos y los rayos.

Nadie que no tenga santidad y experiencia debe atreverse a intentar algún contacto con estos podero­sos Seres, pues también rigen los impulsos electro biónicos que corren por el sistema nervioso humano.

Hay metales que las adormecen y contienen, de manera que pueden colaborar en la eficacia de un amuleto con formas de Magia demasiado peligro­sas para ser comentadas sin los previos compromi­sos que hacen a los hombres incorruptibles.

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OTRAS VARIEDADES DE ELEMENTALES.


Aunque este tema será desarrollado en otro Capítulo, creo prudente señalar que los Espíritus de la Naturaleza que hemos descrito, son sólo los ejemplos más típicos de aquellos que se han refle­jado fuertemente en el llamado folklore y en la tra­dición de los humanos.

La gama de Elementales es inmensa, desde los Regentes de los Planetas y aun de las estrellas, hasta los que mantienen con su vida la de los átomos.

En los Misterios de la antigüedad se hacía refe­rencia a ellos. Se los representaba con figuras geo­métricas, palabras sin aparente significado y cifras numéricas hoy incomprensibles. Las referencias son veladas e indirectas. Es imposible encasillados en uno sólo de los Elementos.

Son los que rigen los momentos del nacimiento y de la muerte de todos los Seres manifestados y también de las cosas; el traspaso de las Almas por los distintos umbrales. Los que se mueven en un espacio-tiempo que no es el que conocemos y en el que vivimos.

Son los que vigilan la marcha del Reloj de la Historia desde afuera de esa maquinaria de causas y efectos encadenados de manera lógica. Los que cuidan de los Anales en donde se puede leer el pasado y el futuro.

Son Ángeles y Demonios. También los Drago­nes cuyo aliento calienta la Tierra. Las almas de los cristales geológicos que reinan sobre la estratifi­cación de los minerales y que han condensado la luz de estrellas desaparecidas a nuestra vista. Los Genios de las joyas. Otros, aprisionados en formas mentales de los Dioses, a través de los eones espe­ran el momento de comandar las delicadas opera­ciones del nacimiento y de la muerte de las galaxias: son los que habitan los cometas, ya sea los que fecundan determinadas zonas del espacio para que nazcan nuevos mundos, o los que quedan como último resto de otros astros pasados y deri­van hacia los cementerios de estrellas. Asimismo, los más simples cometas que enlazan, como elec­trones de valencia, un sistema solar con otro.

Y más cerca nuestro, son los que moran en las entrañas de los volcanes y de las nubes. Los que manejando invisibles pinceles, pintan los ama­neceres y los atardeceres. Los que despiertan la vegetación en Primavera y la adormecen cuando se acerca el Invierno. Los que rigen la suerte en los cruces de caminos, en grutas encantadas y en mon­tañas mágicas.

Son los Genios que dan y quitan dones. Los que tocan la frente de los elegidos y los que hacen resbalar los pies de los que cayeron en desgracia.

Quien escribe esto sabe que en nuestro materia­lista siglo XX lo que acaba de mencionar suena a cuento para niños o a ciencia-ficción. Y así debe ser, pues estos conocimientos vienen del pasado y del futuro. Son desconocidos e ignorados en el pre­sente. Pero, sin embargo, se refieren a realidades, algunas de las cuales se hacen sentir nítidamente en la vida e inspiración de muchas personas, aun­que la educación recibida les bloquee la capacidad de percibir o imaginar las causas, y aceptan lo que pasa con estólida resignación con la característica amargura o la animalesca alegría que surge de estar sometidos a la enanocracia.

Quien no pueda salir de la jaula del materialismo, jamás podrá percibir estas maravillas ocultas en la Naturaleza ni verá las huellas de los Pasos de Dios sobre la Tierra.


CAPITULO V

COMO VIVEN LOS ELEMENTALES. SUPERVIVENCIA, SOCIEDAD Y RELIGION


Aunque más adelante lo explicaremos más lar­gamente, debemos partir de la base de que toda observación y estudio de los Elementales por los humanos, refleja las características de los primeros aunque fuertemente teñidas y deformadas por las características propias de los segundos.

Podríamos pensar que al no tener el Hombre actual conciencia de la existencia de los Elementa­les, éstos hacen su vida libremente según sus pro­pias naturalezas. Esto es falso. Cuando los hom­bres ignoraban la existencia de las bacterias, al someter sus alimentos a temperaturas altas me­diante la inmersión en agua hirviendo o a la exposi­ción directa de una fuente de calor, destruían los microorganismos y los modificaban obligándolos a encapsularse, sin importarle al fenómeno la con­ciencia que de ese fenómeno tengan cualquiera de las partes afectadas.

De la misma manera los Hombres, con sus diferentes formas de vida, más o menos mecaniza­das e intoxicantes, con sus desperdicios propios y los de sus actividades laborales, con sus ansias y sus temores, con sus cambios de formas religiosas en. ciclos de tiempo relativamente cortos para los Elementales, les afectan profundamente. También los Elementales modifican las vidas de los Hom­bres, pues intervienen en los fenómenos climáticos, en la fauna y en la flora, especialmente la no doméstica, y aun en las formas de sentimiento y pensamiento individual y colectivo de los Seres Humanos.


SUPERVIVENCIA Y FORMAS DE REPRODUCCION.


Al referimos a los Elementales de una forma tan genérica como lo estamos haciendo, no pode­mos establecer promedios mínimos ni máximos en la vida de éstos, pues es tan grande su variedad que algunos -como los ya mencionados de la espuma­se manifiestan durante pocos segundos o aun frac­ciones de segundos, y otros, gigantescos habitantes de los abismos marinos o de los macizos montaño­sos, viven docenas de miles de años.

Si profundiza­mos un poco más el tema y consideramos que son Elementales los que rigen las variaciones de las órbitas de los elementos subatómicos y de los lla­mados Nidos de Galaxias – ya que configuran la Inteligencia Elemental de toda forma de energía­ nos encontramos con que los límites anteriormente mencionados son simples muestras en medida humana para que podamos entender algo sin per­demos en lo insondable de lo infinitamente pe­queño y lo infinitamente grande, ya que toda cuestión de tamaño es relativa para nuestra concepción; y para el Hombre, tal como dijese Protá­goras, el Hombre es la medida de todas las cosas.

Es probable que el lector, cada vez que se men­cionan los Elementales en cuanto rectores de las Fuerzas de la Naturaleza -como las que se mani­fiestan en el constante marchar de las cosas, ya sea de las corrientes eléctricas, las atracciones gravita­torias o la circulación de la sangre- piense que estamos corporizando e inventando espíritus y seres en donde tan sólo existen relaciones entre masas de materia o de energía.

Desde el punto de vista materialista eso es cierto, pues quiere esta visión particular y restrin­gida del Mundo medir y pesar todos los aspectos y exteriorizaciones, las propiedades y los atributos, desentendiéndose del porqué en la constante alie­nación del cómo. Así, nadie puede definir lo que es Fuerza si no es por los efectos que la hacen per­ceptible, aunque para la mentalidad exotérica esto basta. Y si no basta, se recurre a la muletilla de la casualidad y se la pone en la cabecera del desfile de los acontecimientos.

Gracias al desarrollo de la técnica en la especialidad de computación, pode­mos hoy hacer en segundos, cálculos que miles de hombres no habrían podido hacer consumiendo todas sus vidas en ello, y tenemos comprobado que la suma de casualidades con que se quieren expli­car los fenómenos naturales es imposible.

Al con­trario, queda cada vez más demostrado que existe una causalidad con una evidente cascada de cau­salidades que dan sentido a la Vida y a sus movi­mientos, puesto que las computadoras, después de todo simples ábacos perfeccionados que son pro­gramados según la capacidad inteligente de quienes las manejan, muestran que con lo poco que sabe­mos ya basta para negar la casualidad de los fenó­menos naturales, y que existe un sentido de la Vida, un inmenso plan, un ritmo como de danza en el Universo y asimismo, que si consideramos tan sólo materia y energía como dos formas menos y más sutil de una misma cosa, el Universo se de­tendría, pues en su ecosistema hacen falta elementos inteligentes y sensibles que prevengan en lo posible los accidentes, que activen a manera de invisibles catalizadores determinados procesos, y que justifiquen una forma de psiquismo de la Naturaleza que vamos descubriendo.

A ese factor X, como gustan llamado algunos científicos de avanzadas concepciones, nosotros le llamamos Elementales o Moradores de los Elementos. Este es un conocimiento viejo como el mismo Hombre y sus restos se conservan en el folklore de todos los pueblos, más o menos deformado por la supersti­ción y la fantasía, por las costumbres y por las necesidades; pero es básicamente cierto.

Tal vez, por dar un ejemplo cualquiera, los Red Caps no sean como los narran los campesinos escoceses, siempre buscando nueva sangre para colorear sus gorros y encaramados en las ruinas de los castillos; pero es inevitablemente cierto que donde hubo grandes batallas y matanzas, y donde han quedado restos de osamentas y armas que estuvieron mojadas en sangre, en los teatros de esos cruentos encuentros en los que la desesperación y el terror hicieron mella en tantos hombres y animales, se conserven por un tiempo formas men­tales y psíquicas que impregnen de alguna manera el entorno, cosa que cualquier persona sensible puede percibir aunque no sea exactamente lo que se llama un médium.

Descartar esta posibilidad a prior es bastante anticientífico, y más aún antifilosófico. Donde hubo fuego, queda por un tiempo la tibieza de los rescoldos. y por donde corrió el agua se percibe humedad. Los actuales métodos técnicos basados en la percepción de los rayos infrarrojos delatan, por la mancha de frío completamente invi­sible a nuestros ojos, dónde estuvo aparcado un automóvil en un lejano día de sol. Pero los briosos caballos de la técnica muerden el freno de un auriga casi ciego que es la Ciencia actual.

Recurramos pues a la Vieja Ciencia, a las Tra­diciones y al Conocimiento Esotérico en búsqueda de la verdad, de la cual una gota vale mas que un océano de mentiras por muy codificadas y publica­das que estén.

Así, los Elementales nacen, viven y mueren como todas las cosas manifestadas. La Ley es una para todos Y Dios sabrá por qué es así. Lo que resulta evidente para nosotros es que todo lo que entra en lo que llamamos existencia, se desgasta y modifica hasta hacer peligrar sus características originales.

La Inteligencia que nos rige ha optado por la renovación de las formas en preservación de lo más interno e importante, así como nosotros cambiamos la ropa usada por otra nueva cuando lo consideramos necesario y nos es posible hacerlo. Pero aun este ejemplo doméstico requiere una per­cepción del desgaste y un cálculo de posibilidades de reemplazo y de las modalidades del mismo a la luz de la experiencia anterior y de la capacidad presente de renovar.

Debemos tener en cuenta nuestra tendencia más o menos subconsciente de antropomorfizarlo todo y extender los detalles de nuestro ciclo vital a los demás seres, cosa generalmente falsa, pues cada forma de vida tiene, por fuerza de su propia naturaleza, características que le son propias más acá de la Ley única que nos rige.

Que todo se renueve no quiere decir que forzosamente lo haga de la misma manera y en el mismo lapso de tiempo. Si bien los Elementales que están más cerca de los hombres, o sea los que éstos pueden percibir más fácilmente y viceversa, tienden a una antropomorfia, por ser el hombre un arquetipo, dentro de su cápsula evolutiva difieren en muchas características.

Hay Elementales que son parecidísimos a los hombres, y por tanto, parecidas son sus formas de nacer, vivir y morir. Incluso en circunstancias favo­rables han llegado a corporizarse tanto que, trans­formando su energía en materia (nada milagroso: de la misma manera se transforma la energía potencial de una piedra suspendida, en el cúmulo de fenómenos físicos de su caída; se hacen visibles y se cristalizan los gases pasando del estado invisi­ble al liquido y al sólido; o las grasas y proteínas se transforman en tejido adiposo visible y tangible en el cuerpo humano) han convivido con las personas, y hasta mantuvieron con ellas amoríos y guerras.

En algunos de los casos han sido detectados como Espíritus de la Naturaleza, bien por su extraordina­ria longevidad, por parir las hembras sin necesidad de cordón umbilical o por la sangre de otro color que la de los humanos. Asimismo se han visto rodeados por los fenómenos que hoy llamamos parapsicológicos que la cuidadosa observación de nuestros antepasados no ha dejado de registrar, como ser el dar evidente vivificación a los pastos con sólo danzar sobre ellos, o poder señalar con toda seguridad el lugar exacto de tesoros escondi­dos, vetas de metales preciosos o aguas subterrá­neas.

La vieja afirmación de que algunas Casas Reales tuvieron sus orígenes en el cruce de un humano con un Espíritu de la Naturaleza, o con un semidiós, o con un dios mismo, no es tan descabe­llada como hoy nos parece al ver los restos petrifi­cados de esas otrora dinámicas y creativas Casas Reales. Pero la Ley de los Ciclos es inexorable, y si los antiguos reyes hacían prodigios, los actuales necesitan de la aprobación figurativa de sus pueblos.

Otros Elementales son tan simples como un pequeño tejido energético, sin forma definida ni capacidad para hacer otra cosa que flotar en las cercanías de los rincones de las casas. o bajo las raí­ces de los árboles. La reproducción de éstos nada tiene que ver con la humana y mas bien la podría­mos comparar con la partenogénesis celular.

Son simples jirones de vida que no pueden ni quieren vencer el magnetismo del suelo cerca del cual se arrastran. Con ellos juegan frecuentemente los gatos domésticos, enganchándolos en las proyec­ciones magnéticas de las puntas de sus uñas. Los hay, también. que son verdaderos desperdicios eté­ricos que abundan y se amontonan en los lugares donde hay malos olores, miasmas, aires sobrecar­gados de las opacas emanaciones de los cuerpos enfermos, o perfumes venenosos de drogas y de plantas maléficas.

La reproducción de éstos es rápida. a la manera de los esporos en los hongos, y se los ahuyenta haciendo correr aire yagua limpios, haciendo penetrar la luz del Sol y aumentando toda forma de higiene física, desde el muy simple jabón hasta las nubes del incienso y la mirra o el estora­que quemados sobre una plancha caliente o carboncillos. Los populares palillos de incienso tienen poca eficacia pues están confeccionados comercialmente con mezclas inadecuadas de productos in­nobles.

Como sería inacabable mencionar las diferentes formas de supervivencia y reproducción de los Elementales, daremos un ejemplo de una forma media de vida, en un habitat restringido. Nos referimos a los Gnomos que habitan los lugares poblados de pinos. Son éstos criaturas tímidas, que por su gran longevidad (comparada a la nuestra) llevan copias de las ropas que usaban los campesinos de pasados siglos.

Carecen aparentemente de toda sexualidad re productiva, aunque son víctimas de una gran sen­sibilidad, de manera que cualquier emoción que tenga una mota de violencia los espanta y los hace desaparecer, sutilizando sus formas y mimetizán­dose en las ramas y cortezas.

Se alimentan de las excrecencias áuricas de las resinas de los árboles y de sus perfumes, por lo que suelen aceptar obsequios altamente perfumados (entiéndase por aceptar el acercarse a ellos y ab­sorber sus emanaciones).

No gustan de la compañía de los hombres aun­que su innata curiosidad hace que jamás estén ale­jados de ellos y los observen frecuentemente. Incluso les gastan bromas, que es una forma infan­til de comunicación, produciendo ruidillos en la noche, tendiendo engaños psíquicos que hagan difi­cultoso el hallazgo de pequeños objetos justamente cuando son necesarios, o materializándose muy fugazmente a lo lejos de manera que dejan a los hombres y mujeres, preferentemente jóvenes, con­fusos y temerosos.

Pero las concentraciones huma­nas los aterran y los dobles de los hombres aplastan los suyos y los emponzoñan hasta produ­cirles terribles enfermedades y la propia muerte, que es para ellos, como para nosotros, el abandono de sus vehículos más densos, con la diferencia que en el caso de los Elementales la conciencia indivi­dual desaparece como acto, fundida en el Alma Grupal de su Pueblo o Grupo Etnico.

Tienen instinto de supervivencia, pero no les desespera la muerte pues tampoco tienen imaginación como para verse en otra situación que en la que en ese momento se ven. Les cuesta recordar y hay casi que forzarlos a ello, y aunque saben muchas cosas de manera innata sobre las propiedades de las plantas y las relaciones de los astros con los fe­nómenos terrestres, sólo contestan si se les pregunta y si se les sabe preguntar muy pacientemente, vol­viendo al mismo tópico mil veces si es necesario.

Al no poderse materializar jamás de manera completa, están incapacitados de hablar, si bien oyen, aun en gamas que escapan a nuestros oídos. Así se comunican con los humanos que gozan de su amistad, y en cierta forma imperan sobre ellos, en base a señas y esbozos telepáticos, haciendo la comunicación dificultosa y al principio muy lenta y desalentadora.

Sus apariencias son siempre como de viejecitos, aunque entre ellos notan las diferencias que les da la edad.

En determinadas épocas del año, cuando hay humedad y la Luna se ve tan sólo ocasionalmente a través de las nubes, en horas cercanas a la media­noche, se los ve pulular en las ramas de los pinos. En otras ocasiones, de las axilas que esas ramas forman con los troncos o con otras ramas mayores, ellos extraen su prole, que creció dentro de una forma de saco amniótico etéreo del color de la resina.

Siendo muy pequeños, los recién nacidos son en forma y proporción idénticos a sus mayores, y su desarrollo se percibe tan sólo por el aumento de tamaño, mas no por otras variaciones que se puedan apreciar dentro de las especiales condiciones en que, se comprenderá, son observados.


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SOCIEDAD Y RELIGION. SISTEMAS DE GOBIERNO.

Como no nos cansaremos de recordar al lector, la cantidad de variedades de los llamados Espíritus de la Naturaleza o Elementales, es tan grande como la que podríamos registrar en Reino Ani­mal; difieren las costumbres de las jirafas y de las tortugas, las de los perros y las de los peces. Ante un problema de igual magnitud, nos encontramos con el agravante de que, siendo los Elementales seres cuya corporización normal se da en el plano de la energía, y son por lo tanto inmateriales e invi­sibles para la inmensa mayoría de los Humanos -y cuando visibles, lo son de manera restringida-, toda generalización está condenada al fracaso.

Así, prefiriendo una pequeña verdad a una gran mentira, nos vamos a referir otra vez a un caso específico: los Gnomos que habitan en los pinares.

Viven en sociedad, en tribu, formando una familia extendida en donde cada uno guarda su individualismo, aunque está y se siente plenamente unido al resto de la comunidad. Como compara­ción pueden valer las relaciones que se establecen espontáneamente entre los niños humanos antes de haber sido contaminados por la educación (o mejor dicho, antieducación) a que hoy los someten los mayores.

Para un niño, el que otro tenga alguna diferencia de color de piel, sea tartamudo o cojo, puede ser motivo de broma, pero jamás de segrega­ción del grupo. Se lo invitará y hasta se lo forzará a mantenerse cerca y se lo tendrá en cuenta para todo. En donde los niños y los Elementales pueden mostrarse individualistas es tan sólo en pequeños secretos y travesuras que no quieren comunicar a los otros, como si de algo mágico se tratase.

Esta sociedad no es comunitaria, a la manera de la que propone Platón y la casi totalidad de los sociólogos de una manera u otra, tal vez porque no cabe en las expectativas de los Elementales la noción de progreso y no pueden concebir un Estado, en el verdadero sentido y según la defini­ción platónica del mismo.

Cada Elemental trabaja y vive para sí pero en apretado compañerismo con los demás, y aparte de algunas cómicas rencillas, sabe que puede contar con todos, aunque se cuidará mucho de no interfe­rir la labor de los otros sin necesidad.

Si bien tienen el alimento aparentemente asegu­rado, por lo menos en lo inmediato, y no se nota desgaste en sus ropas y saben prepararse sus propias medicinas, se los ve constantemente ocupados.

No se entienda por esto que están en febril movi­miento a la manera de las abejas de una colmena. pero el espíritu es el mismo, aunque el ritmo apa­rezca como mucho más apacible y libre. Más ade­lante escribiremos sobre sus ocios y juegos. Ahora lo hacemos del trabajo, aunque en los Elementales todas las formas de actividad y modos de vida están de alguna manera eslabonados y es difícil saber dónde termina una para empezar la siguiente.

Los Elementales están muy relacionados con el Reino Vegetal, el Animal, y aun el Humano, si les permitiésemos, con una vida más cercana a la Naturaleza, acercarse a nosotros. Velan incansa­bles sobre labores tales como las de repasar el aura de las plantas, hoja por hoja, y de los pastos brizna por brizna. Refuerzan con inyecciones energéticas las partes poco vigorosas, y mediante formas de excitaciones de unas fibras sobre otras alcanzan a modificar la orientación de una rama o de una hoja para que realicen mejor los fenómenos fotoquími­cos y físicos que permiten vivir a los vegetales y ayudar al entorno con sus exhalaciones.

Magnetizan a los animales, los atraen o los espantan según las conveniencias. También tratan de hacer lo mismo con los seres humanos, especial­mente con los niños muy pequeños, pero son recha­zados por los ruidos destemplados de las maqui­narias, por los olores de los insecticidas y por los vapores alcohólicos, y muy especialmente por las formas astrales de cólera y por las ideas-forma de maldad, usurpación o asesinato.

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Los Elementales de los pinares, salvo en las difíciles excepciones en que alguno de ellos entre en relación y brinde obediencia a un humano, no se alejan jamás de 1m área restringida, normalmente alrededor de un árbol cada grupo y de un bosque todos juntos.

Su forma de sociedad es semejante a una Teo­cracia, pues cada grupo tiene un monarca, pero éste cumple con funciones que podríamos llamar religiosas y su mandato no emana de elecciones ni consensos sino de la Gracia otorgada por el Espí­ritu, Genio o Totem de la tribu.

El sistema de gobierno es absolutamente natu­ral, o sea piramidal y popular. una jerarquía ina­movible, proba, ejemplar, que trabaja y se preo­cupa más por su pueblo que por sí misma, no negando sus atenciones a nadie. Los pocos culpa­bles por faltar a la observación de esta ley milena­ria de la costumbre tradicional, son apresados, amonestados y puestos a trabajar en tareas vigila­das hasta que poco a poco se reintegran a una comunidad que no les recordará jamás sus delitos, si así podemos llamar a lo que más bien parecen simples olvidos o productos de interferencias psico­lógicas que tan sólo hallarían en lo humano para­lelo con algunas formas de locura obsesiva no peligrosa.

El rey es el rey como el agua es el agua y la Luna es la Luna. A ningún Elemental se le ocurri­ría discutir eso o ponerlo en duda. No teniendo una mente como la nuestra, no conciben los cambios ni las revoluciones. Están sanamente contentos con lo que conocen y, por las dudas, no aspiran a conocer nada más.

Muchas veces, reflexionando sobre ellos, me ha sorprendido la inmensa sabiduría mi­lenaria de sus sistemas y lo grandemente constructi­vos que son para el Plan de la Naturaleza, y las muchas bondades que otorgan sin esperar por ello recompensa alguna, ni concebir siquiera una forma de pago por su dación al todo. Si a veces sienten inclinación por alguna golosina o por la presencia de algún humano que los haya encantado, no tie­nen en su sentimiento ningún afán posesivo ni pasión alguna; simplemente se acercan a ellos como el caminante se acerca a un fuego, a veces más por curiosidad y por la busca de un dulce y suave placer que por otra cosa.

Los Elementales tienen sus secretos, equivalen­tes a nuestros secretos de Estado, y no sé por qué el rey “es el rey ni por qué sus ayudantes son elegi­dos por él de entre los muchos del grupo. Sí sé que el conjunto los respeta definitivamente y que, a su manera, pueden dar mil razones de la mayor mag­nitud de sus gobernantes… Pero no de dónde ellos provienen.

Se reúnen en periódicas asambleas, en noches de Luna llena, en las que forman verdaderas comi­siones de trabajo, se mantienen informados de la marcha de toda la comunidad, de quiénes murieron y quiénes nacieron y de cualquier otra novedad, todo con un espíritu de gran paz y experiencia, como quien realiza un rito millones de veces repetido.

Aunque todos parecen iguales y no conozco escuelas que los diferencien, algunos son más sabios que otros en determinados temas y mutua­mente se consultan. Se atienden. Se ayudan. Ante un humano aceptado por ellos, le llevarán de uno a otro para tratar de contestar sus preguntas ante las que hay que estar siempre preparado para lentísi­mas y fraccionarias respuestas que luego habrá que encajar unas con’ otras, para lo cual los Elementa­les parecen totalmente incapaces.

El humano que haya logrado entrar en su encantamiento y se haya hecho amigo de uno de ellos, se convertirá automáticamente en su amo, pues otra forma de relación que el mando y la obe­diencia no entienden. Su mismo sentido de compa­ñerismo entre ellos no es más que el compartir determinadas ordenanzas y deberes, obligaciones y derechos. Así, obedecerán al humano mientras éste a su vez respete sus naturalezas y no les obligue a hacer nada que esté en contra de sus costumbres y aceptaciones.

En estos casos, se esfuerzan muchísimo en ser útiles y hasta llegan a materializarse puntualmente para hacer sonar fuertemente una puerta o golpear un mueble, adelantando la llegada de su amo a su casa, por ejemplo. Es tan armónica la forma de sociedad que mantienen que, cuando por excepción, alguno de ellos está bajo la influen­cia de un humano, otros le hacen sus trabajos pen­dientes y le ayudan en todo lo posible a que cumpla bien su nueva tarea. De alguna manera es para todos una inocente y dulce alegría que alguien del Reino Humano, al que admiran mucho, se com­porte benéfica y respetuosamente con alguno de ellos.

Cada uno tiene un nombre y por él se recono­cen, aunque por razones rituales lo cambian periódicamente.

De sus respuestas se extrae que son muy conocedores de todas las ciencias naturales, incluyendo la medicina y la astrología. Pero su sapiencia es heredada, práctica, y no sabrían teorizar sobre los fenómenos registrados y evidentes. Llevan el Arte intrínsecamente y gustan de bailar y hacer Sonar rústicos instrumentos astrales, así como de combi­nar las vibraciones que nosotros reconocemos como colores una vez plasmadas en las cortezas, las hojas y las raíces.

Ya narraremos algunas labores de otras varie­dades de Elementales.

La religión de los Elementales que habitan los pinos es una forma de Naturalismo que se centra en el culto al Espíritu del árbol que los cobija; a El hacen ofrendas de danzas y de aportes de energía astral y energética. Como sumo sacerdote actúa el rey, pero todos participan de manera activa, no debiendo entender al rey-sacerdote como un inter­mediario sino como un maestro de'” ceremonias.

Tienen sus épocas para estos cultos, así como tie­nen épocas pata nacer y épocas para morir. Una sola alarma, que yo sepa, los congrega a deshora, y es la aparición sobre la superficie de la tierra de unos enormes monstruos Elementales que habitan en las profundidades, y que estirando una trompa succionadora los tragan, alimentándose aparente­mente de ellos, en gran cantidad. No he registrado medios de defensa contra la amenaza, sino la sim­ple evasión y prevención.

Un árbol no muere hasta que no muere su raíz. Cuando ello. ocurre, sus Elementales servidores y devotos hacen una compleja ceremonia para trasplan­tar el Genio o Espíritu del árbol -que fuera de su con­tenido material, asume en los pinos una extraña forma alta, alargada y casi humanoide- a una semilla o retoño.

Todo el pueblo, ayudado por los demás pueblos Elementales del bosque, si los hubiese, ayudarán en la ímproba tarea de que el nuevo árbol crezca sano y libre de plagas, depredacio­nes e incendios. Cuando llegue a un cierto número de años y cobre una forma adulta, lo convertirán en el Centro Religioso del grupo, y el ciclo recomienza.

Más allá de este totemismo que a los humanos puede parecer estrecho, los Elementales tienen una sensación religiosa superior, como de Algo que fuese el Dios del Árbol y del Universo todo, al que ven como un inmenso árbol cuajado de estrellas, coincidiendo misteriosamente con las tradiciones del Árbol Luminoso que aún recogen el Cristia­nismo, el Brahmanismo y los cabalistas hebreos. Pero evitan referirse a Ello demostrando una pru­dencia y practicidad mística de la cual los humanos suelen estar desprovistos.

Así, supervivencia individual, Sociedad, Reli­gión y esbozo de Estado, se funden en una sola forma, o mejor dicho, sentido de vivir, sin mayor conciencia de la inmortalidad, pero no concibiendo la muerte como nada definitivo sino como una expresión más de los ciclos de la Naturaleza inexo­rable y, dentro de sus alcances, inmutable.


Continuará…

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Guía para el Conocimiento de Sí Mismo


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INTRODUCCION


El objeto de este tratado es el de transmitir conocimiento concerniente al ser humano. El método de representación está arreglado en tal forma que el lector va identificándose con lo que se va describiendo, de manera tal que, en el curso de la lectura, ésta se convierte en una especie de auto-conferencia. Si este soliloquio toma una forma tal que las fuerzas que pueden despertarse en toda alma, y que hasta entonces permanecían ocultas, se revelen, entonces esta lectura conduce a un verdadero trabajo interior anímico; y el alma puede entonces verse gradualmente impelida a hacer ese viaje anímico que verdaderamente la conduciría a la contemplación del mundo espiritual. Lo que se tenía que impartir, por lo tanto, se da en forma de ocho meditaciones que pueden practicarse efectivamente.

Si así se hace, pueden ser adoptadas para provocar en el alma mediante su propia profundización íntima, eso de que en ellas se habla.

Por un lado, ha sido mi objeto dar algo a aquellos lectores que ya están familiarizados con la literatura que trata de las cosas suprasensibles, según esto se entiende aquí. Y así, por el estilo de la descripción, por la comunicación directamente relacionada con la experiencia anímica, quizás aquellos que tienen conocimiento de la vida suprasensible encontrarán algo que pueda parecerles de importancia. Por otra parte, muchos encontrarán que por este método de representación, pueden obtener bastante provecho muchos que están aún aún distantes de las realizaciones de la ciencia espiritual.

Aunque esta obra es como una ampliación de mis otros escritos en cl dominio de la ciencia espiritual, puede ser leída independientemente de ellos.

En mis obras “Teosofía” y la “Ciencia Oculta” me esforcé en representar las cosas tal como se muestran a la observación humana, cuando ésta asciende a lo Espiritual. En esas obras, el método de representación es descriptivo, y su dirección está prescripta de conformidad con la ley expresada por las cosas mismas. En este libro, sin embargo, el método de representación es diferente, Aquí se describe lo que puede experimentar un alma cuando comienza a caminar por el sendero del espíritu de cierta manera. Este tratado puede, por lo tanto, ser considerado como una relación de las experiencias del Alma. Pero debe tenerse en cuenta que las experiencias obtenidas en esta forma, tal como se describen aquí, deben asumir una forma individual en cada uno, de acuerdo con sus propias peculiaridades.

Me he esforzado en hacer justicia a este hecho, de manera que uno pueda imaginarse que lo aquí descrito ha sido realmente vivido por un alma individual, tal como se representa. El título de este tratado es, por consiguiente “Una Guía para el Conocimiento de Sí Mismo”. Puede ayudar a otras almas a vivir esta proyección en los mundos espirituales y llegar a la meta correspondiente, y es en realidad una ampliación de mi libro “La Iniciación”.

Solamente se exponen aquí experiencias fundamentales de naturaleza espiritual científica. Dar informaciones en esta forma respecto a otras esferas de la Ciencia Espiritual, queda suspendido por el momento.

Rudolf Steiner (Agosto de 1912)


PRIMERA MEDITACION

En la que se intenta obtener una Verdadera Idea del Cuerpo Físico.


Cuando el alma se sumerge en los fenómenos del mundo exterior, por medio de la percepción física, no puede decirse -después de un verdadero auto-análisis- que el alma perciba esos fenómenos, o que realmente experimente las cosas del mundo externo. Porque durante el tiempo de su entrega, en su devoción al mundo exterior, el alma en realidad nada sabe de sí misma. El hecho en realidad es, más bien, que la luz solar, radiando de las cosas por el espacio en diversos colores, vive o se experimenta a sí misma en el alma. Cuando el alma goza de un acontecimiento cualquiera, en el momento de goce ella es realmente gozo, en cuanto sea consciente de ser algo.

El goce se experimenta en el alma. El alma es una con su experiencia del mundo. No se siente a sí misma como algo separado que siente alegría, goce, admiración, satisfacción o miedo. Es, en realidad, alegría, admiración, satisfacción o miedo. Si el alma admitiera siempre este hecho, entonces, y sólo entonces, aparecerían en su verdadera luz las ocasiones cuando se retira experiencia del mundo exterior y se contempla a sí misma.

Estos momentos aparecerían entonces como formando una vida de carácter completamente especial, que enseguida se vería es del todo distinto de la vida ordinaria del alma. Y es con esta clase de vida especial cómo comienzan a despuntar en la conciencia los misterios de la existencia psíquica, y estos misterios, a su vez, son en realidad la fuente de todos los demás misterios del mundo. Porque dos mundos -uno interior y el otro exterior- se presentan al espíritu del hombre, tan pronto como el alma durante un tiempo más o menos largo, deja de ser una con el mundo exterior y se retira a la soledad de su propia existencia.

Ahora bien, esta retirada o retraimiento no es ningún proceso simple, que, una vez llevado a cabo pueda ser repetido de nuevo en la misma forma. Es más bien algo así, como el comienzo de un viaje o jornada hacia mundos antes desconocidos.

Una vez que se ha dado comienzo a esta jornada, cada paso evocará o dará origen a otros, y será a la vez la preparación de los siguientes. Es el primer paso el que capacita al alma para dar el siguiente, y cada paso aporta un conocimiento más completo acerca de la contestación a la pregunta: “¿Qué es el hombre en el verdadero sentido de la palabra?”. Mundos se abren que antes estaban ocultos a1 concepto ordinario de la vida y sin embargo, sólo en esos mundos pueden encontrarse los hechos que revelarán la verdad acerca de ese mismo concepto. Y aún cuando ninguna respuesta demostrara ser omniabarcante y final, las respuestas obtenidas en esa jornada anímica interna, van más allá de cuanto los sentidos, o el intelecto a ellos 1igado, pueden dar jamás. Porque este “algo más” es necesario al hombre, y encontrará que es así, cuando realmente y seriamente analice su propia naturaleza.

Para principiar esta jornada por los reinos de nuestra propia alma, son necesarios sentido común y rígida lógica. Forman un punto de partida seguro para lanzarse a los reinos suprasensibles, que el alma después de todo, está ansiosa por alcanzar.

Muchas almas preferirían no preocuparse de tal punto de partida, dando más bien un salto hacia esos mundos suprasensibles, pero toda alma sana, aún sí al principio hubiera eludido esas consideraciones como desagradables, acaba por someterse a ellas más tarde. Porque por mucho que sea tal conocimiento que uno haya obtenido de los mundos suprasensibles, saliendo de otro punto de partida, sólo se puede obtener una base sólida siguiendo los métodos y razonamientos expuestos aquí.

En la vida del alma puede llegar un momento en que ésta se diga a si misma: “Debes retraerte de todo lo que un mundo exterior pueda darte, si no te quieres ver forzada a confesar que eres solamente un “Ser Sin Sentido” experimentándose a sí mismo; pero esto haría la vida imposible, porque es bien claro que lo que uno percibe en torno suyo existe independientemente de uno: existía sin mí y continuará existiendo sin mí. ¿Por qué entonces se perciben los colores en mí, mientras que mi percepción bien puede ser sin importancia o consecuencia para ellos ¿Por qué construyen mi cuerpo las fuerzas y substancias del mundo externo? Detenido pensamiento probará que este cuerpo sólo adquiere vida como manifestación externa de mí. Es una parte del mundo externo transformada en mí. Y, además realizo que me es necesario.

Porque, para principiar, yo no podría tener ninguna experiencia interior sin mis sentidos, que sólo el cuerpo ruede poner a mi disposición. Yo estaría vacío sin mi cuerpo, como lo estaba en el principio, El me da, por medio de los sentidos, substancia y plenitud interiores. Y entonces seguirán todas esas reflexiones que son esenciales a toda humana existencia, si uno no quiere ponerse en insoportable contradicción con uno mismo en ciertos momentos que llegan a todo ser humano. Este cuerpo -tal como existe en este momento- es la expresión de la experiencia del alma. Sus procesos son tales como para permitir al alma vivir en él y obtener experiencia de sí misma por su intermedio.

Un tiempo llegará, sin embargo, cuando esto no será así. La vida del cuerpo quedará algún día sujeta a leyes completamente diferentes de las que hoy obedece mientras vive para mi y para que yo pueda obtener mi experiencia anímica. Quedará sujeto a esas leyes de acuerdo con las cuales obran las fuerzas y substancias de la naturaleza, y que nada tienen que hacer conmigo y con mi vida. El cuerpo, al que debo la experiencia de mi alma, será absorbido por los procesos generales del mundo y existirá allí en una forma que nada tiene de común con lo que lo experimento dentro de mí mismo.

Esta reflexión puede evocar en la experiencia interior todo el horror del pensamiento de la muerte, pero sin mezcla de los sentimientos meramente personales que ordinariamente suelen relacionarse con este pensamiento. Cuando tales sentimientos personales prevalecen, no es fácil establecer la calma, ese estado deliberado de la mente necesario para la adquisición del conocimiento. Es natural que el hombre quiera saber algo sobre la muerte y sobre una vida del alma independiente de la disolución del cuerpo.

Pero la relación existente entre el hombre mismo y estas cuestiones es, quizás más que nada en el mundo, lo más apropiado para confundir su juicio objetivo y para inducirlo a aceptar como respuestas genuinas sólo aquellas que están inspiradas por sus propios deseos. Porque es imposible obtener verdadero conocimiento de cualquier clase en los mundos espirituales, sin estar dispuestos a aceptar con completo desinterés personal un “No” con la misma facilidad que un “Sí”. Y sólo necesitamos mirar conscientemente dentro de nosotros mismos, para estar convencidos distintamente del hecho de que no aceptamos el conocimiento de una extinción de la vida del alma junto con la muerte del cuerpo, con la misma ecuanimidad que el conocimiento opuesto, que enseña que el alma continúa existiendo después de la muerte.

Sin duda alguna, hay gente que honradamente cree en la aniquilación del alma al extinguirse la vida del cuerpo, y que disponen sus vidas de acuerdo con su creencia, pero aún estas personas no dejan de tener sus prejuicios respecto a tal creencia. Es verdad que no permiten que el miedo de la aniquilación y el deseo de continuar existiendo, se lleven lo mejor de las razones que haya distintamente en favor de dicha aniquilación, hasta cierto punto.

El concepto de esas personas es más lógico que el de otros que inconscientemente construyen o aceptan argumentos en favor de una existencia continuada, porque hay un ardiente deseo en las profundidades de sus almas por dicha existencia continuada. No obstante, la opinión de los que niegan la inmortalidad no es menos parcial, sólo que en forma diferente. Entre ellos hay algunos que construyen una cierta idea de lo que es la vida y la existencia.

Esta idea los fuerza a pensar en ciertas condiciones, sin las cuales la vida es imposible. Su opinión sobre la existencia los conduce a la conclusión de que las condiciones de la vida del alma no pueden seguir presentes cuando aquella se separa del cuerpo, y esas personas no notan que ellas han sentado desde el mismo principio una idea de las condiciones necesarias para la existencia de la vida, y no pueden creer en una continuación de ella después de la muerte, por la sencilla razón de que de acuerdo con su propia idea preconcebida, no hay posibilidad de imaginar una existencia sin cuerpo, y aún cuando no estuvieran así fanatizados por sus propios deseos, están limitados por su propia idea, de la que no pueden emanciparse.

Mucha confusión prevalece aún en estas materias, y sólo son necesarios pocos ejemplos para demostrar las futuras posibilidades que existen en esa dirección. Por ejemplo, el pensamiento de que el cuerpo, por medio de cuyos procesos el alma manifiesta su vida, será abandonado al mundo exterior, y seguirá entonces sujeto a leyes que no tienen relación con la vida interior, pone la experiencia de la muerte ante el alma en tal forma que ninguna consideración o deseo personal necesitan entrar en la mente. Y mediante este pensamiento somos guiados a una cuestión simple e impersonal, de conocimiento abstracto. Entonces, también apuntará el pensamiento de que la idea de la muerte no es importante en sí misma, sino en cuanto ella pueda arrojar luz sobre la vida, y entonces tendremos que llegar a la conclusión de que es posible comprender el problema de la vida por medio de la comprensión de la naturaleza de la muerte.

El hecho de que el alma desee continuada existencia, debería, en toda circunstancia, ponernos en guardia contra cualquier opinión que el alma misma se forme acerca de su propia inmortalidad. Porque, ¿por qué los hechos del mundo prestarían la menor atención a los sentimientos del alma? Es un pensamiento posible que el alma, cual una llama producida por un combustible, meramente surja de la substancia del cuerpo y con él se extinga. Y en realidad, la necesidad de formarse alguna opinión respecto a su propia naturaleza, bien podría guiar al alma a este pensamiento, con el resultado de que entonces se sentiría a sí misma desprovista de todo significado. Sin embargo, este pensamiento podría ser la verdadera realidad del asunto, aunque ello hiciera sentirse al alma sin significado.

Cuando el alma vuelve sus ojos al cuerpo, sólo debería tomar en consideración lo que el cuerpo le puede revelar. Entonces parecería como si en la naturaleza estuvieran activas esas leyes que arrastran substancias y fuerzas en un proceso de cambio continuo, y como si esas leyes controlaran el cuerpo y sólo después de un intervalo lo arrastraran en el proceso general de cambio mutuo entre la fuerza y la materia.

Podemos presentarnos esto en cualquier forma que queramos: puede ser científicamente admisible.

Pero con respecto a la verdadera realidad, es completamente imposible. Podrá parecernos la única idea científicamente clara y razonable, y que todo lo demás no son más que creencias subjetivas, podemos imaginárnoslo así, pero no podemos adherirnos a esta idea con una mente libre de todo prejuicio. Y ese es el punto. No lo que el alma de acuerdo con su propia naturaleza siente ser una necesidad, sino solamente aquello que el mundo exterior, al que pertenece el cuerpo, hace evidente por sí mismo, es lo que debe tomarse en consideración.

Después de la muerte, este mundo externo absorbe la materia y las fuerzas del cuerpo, el que entonces sigue y está sujeto a leyes que son completamente indiferentes a lo que ocurre en el cuerpo durante la vida. Estas leyes (que son de naturaleza física y química) tienen la misma relación con el cuerpo como con cualesquier otras cosas inanimadas del mundo exterior, y es imposible imaginarse que esta indiferencia del mundo exterior con respecto al cuerpo humano empiece solamente en el momento de la muerte, y no hubiera existido durante la vida.

Una idea de las relaciones entre nuestro cuerpo y el mundo físico, no puede obtenerse de la vida, sino solamente imprimiendo en nuestra mente el pensamiento de que todo lo que nos pertenece como vehículo de nuestros sentidos, y como medios por los cuales el alma realiza su vida -todo esto es tratado por el mundo físico en una forma que sólo se hace clara cuando miramos más allá de los límites de nuestra vida física y consideramos que llegará un momento cuando no tendremos en torno nuestro el cuerpo en que ahora estamos adquiriendo experiencia de nosotros mismos. Todo otro concepto de la relación entre el mundo externo y el cuerpo produce la sensación de que no está de acuerdo con la realidad. Sin embargo. la idea de que sólo desde el momento de la muerte se revela la verdadera relación entre el cuerpo y el mundo externo, no contradice ninguna experiencia real ni del mundo externo ni del interno.

El alma no siente este pensamiento como insoportable, no le es penoso que la materia y las fuerzas de su cuerpo sean entregadas a los procesos del mundo exterior que nada tienen que ver con su propia vida. Entregándose por completo a la vida en forma perfectamente libre de prejuicios, no puede descubrir en sus propias profundidades ningún deseo que surja del cuerpo. que haga desagradable el pensamiento de la disolución de éste después de la muerte, la idea sólo se torna penosa cuando implica que la materia y las fuerzas del cuerpo, al volver al mundo exterior, se llevan consigo el alma y las experiencias de su vida. Esta idea sería insoportable por la misma razón que cualquier otra idea que no descanse confiadamente en la manifestación del mundo exterior.

Atribuir al mundo externo una relación completamente diferente con el cuerpo mientras dura la vida y otra después de la muerte, es una idea absolutamente fútil, y como tal será siempre repelida por la realidad; mientras que la idea de que la relación entre el mundo exterior y el cuerpo permanece la misma antes y después de la muerte, es completamente sana.

El alma al mantener este último punto de vista se siente perfectamente en armonía con la evidencia de los hechos. Siente que esta idea no está en conflicto con los hechos que hablan por sí mismos, y a los cuales no es necesario agregar ningún pensamiento artificial.

No siempre es uno capaz de observar y apreciar en qué perfecta armonía se encuentran los sentimientos sanos y naturales del alma con las manifestaciones de la naturaleza. Esto puede parecer tan evidente que no necesite comentario alguno, y, sin embargo, este hecho aparentemente insignificante es sumamente ilustrativo y luminoso. La idea de que el cuerpo sea disuelto en los elementos, nada tiene de insoportable, pero, por otro lado, el pensamiento de que el alma comparte el destino del cuerpo es absurdo.

Hay muchas razones personales y humanas que prueban esto, pero esos razonamientos deben ser dejados a un lado en la investigación objetiva.

Aparte de estas razones, sin embargo, la atención impersonal a las enseñanzas del mundo exterior, demuestra que no puede atribuirse una inf1uencia diferente al mundo externo sobre el alma antes y después de la muerte. El hecho es concluyente; esta idea se presenta como una necesidad y se mantiene contra todas las objeciones que puedan elevarse contra ella. Todo el que medite este pensamiento, plenamente consciente de sí mismo, sentirá su decisiva verdad. Y en realidad, tanto el que cree, como el que niega la inmortalidad, piensan de esta manera. Los segundos dirán probablemente que las condiciones de los procesos corporales durante la vida están involucrados en las leyes que rigen el cuerpo después de la muerte; pero se equivocan si creen realmente que pueden imaginar que estas leyes guardan relación diferente con el cuerpo durante la vida, mientras es vehículo de1 alma, que la que existe después de la muerte.

La única idea posible en sí misma es que la combinación especial de fuerzas, que viene a la existencia junto con el cuerpo, se mantiene tan indiferente al cuerpo en su carácter de vehículo del alma, como esas combinaciones de fuerzas que producen los procesos en el cuerpo muerto. Esta indiferencia no existe de parte del alma, sino de parte del último y de las fuerzas del cuerpo.

El alma adquiere experiencia de sí misma por medio del cuerpo, pero el cuerpo vive en con y por medio del mundo externo, y no concede mayor importancia a los fenómenos psíquicos que a los del mundo exterior. Uno llega a la conclusión de que el calor y el frío del mundo exterior tienen una influencia sobre la circulación de la sangre en nuestro cuerpo, que es análoga a las emociones de miedo y de vergüenza que existen en el alma.

Así que, en primer término, sentimos dentro de nosotros las leyes del mundo exterior, que están activas en esa combinación especial de materiales, que se manifiesta bajo la forma del cuerpo humano. Sentimos este cuerpo como miembro del mundo exterior, pero permanecemos en la ignorancia por lo que toca a su trabajo interno. La ciencia exterior de nuestros días nos da algunas informaciones respecto a cómo se combinan las leyes del mundo externo con esa entidad particular que se presenta como cuerpo humano. Esperemos que este conocimiento vaya haciéndose más completo en el futuro.

Pero este creciente conocimiento, no puede crear diferencia alguna en la actitud que el alma tiene que adoptar para meditar acerca de su relación con el cuerpo. Al contrario aportará más y más evidencia de que las leyes del mundo exterior permanecen en la misma relación con el alma antes y después de la muerte. Es una ilusión esperar que el progreso del conocimiento de la naturaleza demostrará hasta qué punto los procesos corporales son agentes de la vida del alma. Reconoceremos cada vez más claramente lo que tiene lugar en el cuerpo durante la vida pero los procesos en cuestión serán siempre sentidos por el alma como algo fuera de ella en la misma forma que los procesos del cuerpo después de la muerte.

El cuerpo debe por lo tanto, aparecer en el mundo externo como una combinación de fuerzas y substancias, que existe por sí mismo y es explicable por sí mismo como miembro del mundo exterior. La Naturaleza hace crecer una planta y luego la disuelve. La Naturaleza rige el cuerpo humano y lo hace desaparecer dentro de su propia esfera, Si el hombre toma su posición respecto a la Naturaleza con tales ideas .puede olvidarse de sí mismo y de todo lo que hay en él. y sentir su cuerpo como miembro del mundo externo, Si piensa en tal forma acerca de sus relaciones consigo mismo y con la Naturaleza, experimenta en relación consigo mismo eso que llamamos su cuerpo físico.


SEGUNDA MEDITACION

En la que se intenta formarse un verdadero Concepto del Cuerpo Elemental o Etérico.


Dada la idea que el alma tiene que formarse en relación con el hecho de la muerte. puede ser forzada a una incertidumbre completa por lo que toca a su propio ser. y se producirá este caso cuando crea que no puede obtener conocimiento de cualquier otro mundo, que no sea el mundo de los sentidos y de aquello que el intelecto sea capaz de comprobar acerca de ese mundo. La vida ordinaria del alma dirige su atención al cuerpo físico. Vea ese cuerpo absorbido después de la muerte en el laboratorio de la Naturaleza, lo que no tiene conexión con lo que el alma ha experimentado como propia existencia antes de la muerte.

El alma puede saber (mediante la meditación precedente) que el cuerpo físico, durante la vida, mantiene la misma relación con la Naturaleza que después de muerto, pero esto no conduce más allá del conocimiento acerca de la dependencia interna de sus propias experiencias hasta el momento de la muerte.

Lo que ocurre al cuerpo físico después de la muerte, es evidente mediante la observación de1 mundo exterior. Pero esta observación no es posible con respecto a la experiencia interna. Mientras el alma se percibe a sí misma por medio de los sentidos en su vida ordinaria, no puede ver más allá de los límites de 1a muerte. Si el alma es incapaz de formarse ideas que vayan más allá del mundo exterior, que absorbe su cuerpo al morir, entonces no hay posibilidad alguna para ella respecto a todo lo que concierne a su propio ser, salvo la de mirar hacia la nada y el vacío del otro lado de la muerte.

Si no es así, entonces el alma tiene que percibir el mundo exterior por otros medios que no sean los sentidos y el intelecto a ellos ligado. Estos pertenecen al cuerpo y se disuelven con él. Lo que ellos nos dicen no puede conducir a otra cosa que no sea el resultado de la primera meditación. Y este resultado consiste meramente en que el alma se diga a si misma “Estoy sujeta a mi cuerpo. Este cuerpo está sujeto a leyes naturales que guardan conmigo la misma relación que todas las demás leyes naturales.

Mediante ellas me convierto en miembro del mundo exterior, cuyo hecho realizo distintamente al considerar lo que al mundo hace con mi cuerpo después de la muerte. Durante la vida me proporciona los sentidos y el intelecto, lo que me impide ver el verdadero estado de las cosas con respecto a mis experiencias, después de la muerte.

Y esta relativa conclusión sólo puede conducir a das resultados. O bien se suspende toda investigación ulterior acerca del misterio del alma, abandonando todo esfuerzo para adquirir conocimiento en este sentido; o bien se hacen esfuerzos para obtener mediante la experiencia interna del alma, lo que el mundo exterior rehúsa. Estos esfuerzos pueden producir un aumento de poder y energía con respecto a la experiencia interna, que no podría obtenerse de otro modo en la vida ordinaria.

En la vida ordinaria, el hombre tiene cierta cantidad de energía en sus experiencias internas, en su vida del sentimiento y del pensamiento. Por ejemplo, él puede pensar cierto pensamiento con tanta frecuencia como se produzca un impulso interno o externo que lo incite a ello.

Sin embargo, puede elegir voluntariamente un pensamiento dado y repetirlo una y otra vez sin ningún motivo externo, y con una energía tan intensa que lo haga vivir como una realidad interior. Y ese pensamiento, mediante repetidos esfuerzos, puede ser convertido en el objeto exclusivo de nuestra experiencia interna y mientras así lo hacemos, podemos mantener alejadas todas las impresiones y recuerdos o memorias que pudieran surgir en el alma. Y entonces es posible entregarse tan por completo a ciertos pensamientos o sentimientos, con exclusión de cualesquier otros, hasta poder convertirlos en una realidad interna.

Sin embargo, si tal experiencia interna ha de conducir a resultados realmente importantes, debe llevarse a cabo de acuerdo con ciertas leyes probadas. Dichas leyes están registradas por la ciencia de la vida espiritual. En mi obra “La Iniciación” se mencionan un gran número de estas reglas o leyes. Con ese método se obtiene la vigorización de los poderes de la experiencia interna. Esta experiencia se condensa en cierta forma. El resultado de esto lo conoceremos mediante la observación de nosotros mismos cuando la actividad interna descrita ha sido continuada durante un tiempo suficientemente largo.

Es verdad que se necesita mucha paciencia antes de que aparezcan resultados convincentes. Pero si no estamos dispuestos a ejercitar esa paciencia durante años enteros, nunca obtendremos nada de importancia.

Aquí solo es posible dar un ejemplo de esos resultados, porque los hay de muchas clases, y el que aquí se menciona es apropiado para coadyuvar y adelantar el método particular de meditación que estamos describiendo.

Un hombre puede llevar a cabo el fortalecimiento interno de la vida de su alma, como se ha indicado, durante un largo período, sin que nada haya ocurrido en su vida interna que le haga variar su forma de pensar usual con respecto al mundo. Súbitamente, sin embargo, puede ocurrirle lo siguiente. Naturalmente, el incidente que vamos a describir puede no ocurrir exactamente en la misma forma a dos personas diferentes. Pero si llegamos a la concepción de una experiencia de esta clase, habremos logrado la comprensión de todo el asunto en cuestión.

Puede llegar un momento en que el alma logre una experiencia interna de sí misma en una forma completamente nueva. Al principio ocurrirá generalmente que el alma, durante el sueño, se despierte, por decirlo así en un sueño. Pero en seguida sentimos que esta experiencia no puede ser comparada con un sueño ordinario. Estamos completamente aislados del mundo de los sentidos y del intelecto, y sin embargo, sentimos esta experiencia en la misma forma que si estuviéramos completamente despiertos ante el mundo exterior en la vida corriente.

Con ese objeto empleamos ideas análogas a las que tenemos en la vida ordinaria, pero sabemos muy bien que estamos experimentando cosas diferentes de las que normalmente están unidas a esas ideas. Esas ideas se emplean solamente como medios de expresar una experiencia que no habíamos tenido nunca antes, y que podemos ver es imposible para nosotros tenerla en la vida ordinaria.

Sentimos, por ejemplo, como si estuviéramos rodeados por una tormenta. Oímos el trueno y vemos los relámpagos, y sin embargo, sabemos que estamos en nuestra habitación. Nos sentimos compenetrados por una fuerza que antes nos era completamente desconocida. Entonces nos imaginamos que vemos rajaduras en las paredes en torno nuestro, y nos decimos a nosotros mismos, o a alguno que creamos está cerca de nosotros: “Me encuentro en grandes dificultades, los rayos atraviesan la casa y se apoderan de mí. Los siento que me toman y me disuelven”.

Cuando esta serie de representaciones ha pasado, la experiencia interior pasa de nuevo a las condiciones ordinarias del alma. Nos encontramos de nuevo en nosotros mismos, pero con la memoria de la experiencia que hemos tenido. Sí esta memoria es tan vívida y correcta como cualquier otra, nos permitirá formarnos una opinión de la experiencia.

Y entonces conocemos inmediatamente que hemos pasado por algo que no puede ser experimentado por ningún sentido físico, ni por la inteligencia ordinaria, porque sentimos que la descripción dada y comunicada a otros o a nosotros mismos, es sólo un modo de expresar esa experiencia. Aunque la expresión sea un medio de comprensión, la experiencia en sí nada tiene de común con ella. Sabemos que no necesitamos ninguno de nuestros sentidos para tener dicha experiencia.

Aquel que la atribuyera a una actividad oculta de los sentidos o del cerebro, no conoce en realidad el verdadero carácter de esta experiencia. Lo que hace es adherirse a la descripción que habla de rayos, truenos, rajaduras en las paredes, y, por consiguiente, cree que esta experiencia del alma es solamente un eco de la vida ordinaria. Considera la cosa corno una visión en el sentido ordinario de la palabra. No puede verlo de otra manera. No toma en consideración, sin embargo, que cuando uno describe esa experiencia, está empleando las palabras rayos, truenos, rajaduras en las paredes, como representaciones de lo que se ha experimentado, y que uno no debe tomar la representación por la experiencia misma.

Es verdad que la cosa parece como si uno hubiera visto realmente esos cuadros. Pero uno no se encontraba en la misma relación con el fenómeno de los relámpagos o rayos en este caso, como cuando los está viendo con los ojos físicos; uno ve a través del rayo algo que está tras él y que es completamente diferente: contempla algo que no puede ser experimentado en el mundo exterior de los sentidos.

Con objeto de que pueda juzgarse correctamente, es necesario que el alma que ha tenido tales experiencias, una vez que estas han pasado, se encuentre sobre una base sólida respecto al mundo exterior ordinario. Debe ser capaz de contrastar claramente lo que ha tenido como experiencia especial, con sus experiencias ordinarias en el mundo exterior. Aquellos que en la vida ordinaria están ya predispuestos a dejarse llevar por toda clase de fantasías respecto a todas las cosas, son los más incapaces de juzgar con rectitud. Cuanto más sano, quizás cuanto más sobrio, sea e1 sentido de 1a realidad que uno tenga, tanto mejor podremos formarnos un juicio valioso de tales cosas. Uno solo puede lograr confianza en las experiencias suprasensibles, cuando siente respecto al mundo ordinario, que percibe claramente sus procesos y objetos tal como realmente son.

Cuando en esta forma quedan reunidas todas las condiciones necesarias. y tenemos razones para creer que no hemos sido engañados por una visión ordinaria, entonces sabemos que hemos tenido una experiencia en la que el cuerpo no estaba transmitiendo percepciones. Hemos logrado una percepción directa mediante el fortalecimiento del alma, fuera del cuerpo. Hemos obtenido la certidumbre de una experiencia fuera del cuerpo.

Es evidente que en esta esfera, las diferencias naturales entre la fantasía o la ilusión, y la verdadera observación hecha fuera del cuerpo, no pueden ser indicadas en otra forma que en el reino de la percepción externa de los sentidos. Puede acontecer que alguno tenga una imaginación muy activa con respecto al gusto. y, por lo tanto, con solo pensar en la limonada, tenga la misma sensación que si la estuviera bebiendo realmente. La diferencia, sin embargo, en tal caso es evidente, dada la asociación natural en las circunstancias actuales de la vida.

Y así sucede también con esas experiencias que se tienen fuera del cuerpo. Con objeto de llegar a un concepto plenamente convincente en esta esfera, es necesario que nos familiaricemos con ella en una forma perfectamente sana, adquiriendo la facultad de observar los detalles de la experiencia y de corregir unas cosas mediante las otras.

Mediante una experiencia como la descrita, obtenemos la posibilidad de observar lo que pertenece a nuestro propio ser, no solamente mediante los sentidos y el intelecto, -o en otras palabras los instrumentos corporales- sino por otros medios.

Ahora, no solamente sabemos algo más acerca del mundo, que lo que esos instrumentos nos permiten conocer, sino que, además, lo sabemos en una forma diferente, y esto es especialmente importante. Un alma que pase por esta transformación interior, comprenderá más y más claramente que los oprimentes problemas de la existencia no pueden ser resueltos en el mundo de los sentidos, porque los sentidos y el intelecto no pueden penetrar bastante profundamente en el mundo en conjunto. Las almas que así se transforman para ser capaces de lograr experiencias fuera del cuerpo, pueden penetrar en esos problemas con mayor profundidad; y precisamente en lo que ellas han dejado escrito acerca de sus experiencias, es donde se encuentran los medios para resolver los enigmas del alma.

Ahora bien una experiencia que tiene lugar fuera del cuerpo es de naturaleza completamente diferente de las que se hacen corporalmente. Esto se ve por la opinión misma que puede formarse acerca de 1as experiencias descritas, cuando, una vez pasadas, se restablece la condición de vigilia ordinaria, y la memoria ha recuperado su estado claro y vívido. El alma siente el cuerpo físico como una cosa separada del resto del mundo, y parece tener una existencia real solo en cuanto pertenece al alma. No es así, sin embargo, con lo que experimentamos dentro de nosotros cuando estamos fuera del cuerpo, porque entonces nos sentimos ligados con todo lo que pudiéramos llamar el mundo externo.

Lo que nos rodea se siente como si nos perteneciera, como si fueran nuestras manos en el mundo de los sentidos. No hay indiferencia hacia el mundo exterior, cuando llegamos al alma del mundo interno.

Nos sentimos completamente entretejidos con lo que aquí podríamos llamar el mundo. Sentimos sus actividades en forma de corrientes que atravesaran nuestro propio ser. No hay una línea divisoria distinta entre un mundo interior y un mundo exterior. Lo que nos rodea pertenece al alma que observa como las dos manos físicas pertenecen a nuestra cabeza física.

A pesar de esto, sin embargo, podemos decir que una cierta parte de este mundo exterior nos pertenece más que el resto que nos rodea, en la misma forma en que hablamos de la cabeza como independiente de las manos o de los pies. Así como el alma llama “su cuerpo” a una parte del mundo físico externo. así también cuando vive fuera del cuerpo, puede considerar una parte del mundo externo suprasensible como si le perteneciera. Cuando penetramos en observación al reino accesible a nosotros, más allá del mundo de los sentidos, podemos muy bien decir que un cuerpo, que no perciben los sentidos, nos pertenece. Podemos llamar este cuerpo, el cuerpo etérico o elemental, pero al emplear la palabra “etérico” no debemos permitir que se establezca en nuestra mente ninguna conexión con ese estado de materia sutil que la ciencia llama “éter”.

Así como la simple reflexión sobre la relación existente entre el hombre y el mundo exterior de la Naturaleza, conduce al concepto del cuerpo físico, lo que está de acuerdo con los hechos, así también la jornada del alma a los reinos perceptibles fuera del cuerpo físico, conduce al reconocimiento de un cuerpo elemental o etérico.

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TERCERA MEDITACION

En la que se intenta formarse una idea de la Cognición Clarividente del Mundo Elemental.


Cuando tenemos percepciones por intermedio del cuerpo elemental, y no por los sentidos físicos, experimentamos un mundo que permanece desconocido para la percepción de los sentidos y para el pensamiento intelectual ordinario. Si queremos comparar este mundo con algo perteneciente a la vida ordinaria, no encontraremos nada más apropiado que el mundo de la memoria.

Así como los recuerdos emergen de las intimidades del alma, así también surgen las experiencias suprasensibles del cuerpo elemental. En el caso de un recuerdo, el alma sabe que se trata de algo relacionado con una experiencia pasada en el mundo de los sentidos, y en una forma similar, la concepción suprasensible implica una relación, Así como el recuerdo, por su misma naturaleza. se presenta como algo que no puede ser descrito como un simple cuadro de la imaginación, así sucede también con la concepción suprasensible. Esta última surge de la experiencia anímica, pero se manifiesta en seguida como una experiencia interna que está relacionada con algo externo.

Una experiencia pasada se hace presente en el alma mediante el recuerdo. Pero es mediante una concepción suprasensible de algo, que alguna vez podrá ser encontrado en alguna parte en el mundo suprasensible, como esa concepción se convierte en una experiencia interna del alma. La misma naturaleza de los conceptos suprasensibles, imprime sobre nuestra mente la necesidad de contemplarlos como comunicaciones de un mundo suprasensible, que se manifiesta en nuestra alma.

El progreso que hagamos en esta forma con nuestras experiencias en los mundos suprasensibles, depende de la cantidad de energía que dediquemos al fortalecimiento de nuestra vida anímica.

Llegar a la convicción de que una planta no es simplemente aquello que percibimos en el mundo de los sentidos, lo mismo que llegar a igual convicción con respecto a toda la tierra, pertenece a la misma esfera de experiencia suprasensible. Si cualquiera que haya logrado la facultad de percibir cuando se encuentra fuera del cuerpo físico, contempla una planta verá, además de lo que sus sentidos le están mostrando, una forma delicada que compenetra la planta. Esta forma se presenta como una entidad de fuerza; y entonces él se verá llevado a considerar esta entidad como aquello que construye la planta con los materiales y las fuerzas del mundo físico, produciendo asimismo la circulación de la savia.

Podrá decir -empleando un símil no del todo apropiado- que hay algo en la planta que pone la savia en movimiento, en la misma forma en que su propia alma mueve su brazo. Observa algo interno en la planta, y debe conceder cierta independencia a este principio interno de la planta en su relación con esa parte que perciben los sentidos. Debe también admitir que este principio interno existía antes de que existiera la planta física.

Entonces, si continúa observando cómo la planta crece, se desarrolla y produce simientes, y cómo nuevas plantas surgen de éstas, verá que la energía suprasensible es especialmente fuerte en las simientes, En este periodo el ser físico es casi insignificante en cierto modo, mientras que la entidad suprasensible se encuentra altamente diferenciada y contiene todo lo que, desde el mundo suprasensible, contribuye al crecimiento de la planta.

Ahora bien, en la misma forma, mediante la observación suprasensible de toda la tierra, descubrimos una entidad de energía que podemos saber con absoluta certidumbre que existía antes de que todo lo sensorialmente perceptible viniera a la existencia. En esta forma llegamos a la experiencia de la presencia de esas fuerzas suprasensibles que cooperaron en la formación y desarrollo de la tierra en el pasado. Lo que así experimentamos podemos muy bien llamarlo entidades, raíces elementales o etéricas, o bien cuerpos elementales de las plantas y de la tierra, así como también llamamos cuerpo elemental o etérico al vehículo con que obtenemos percepciones de otro orden cuando estamos fuera del organismo físico.

Aún al principio, cuando comenzamos a poder observar suprasensiblemente, podemos atribuir entidades-raíces de esta clase a ciertas cosas y procesos, aparte de sus cualidades ordinarias, que son perceptibles en el mundo de los sentidos. Podemos hablar de un cuerpo etérico perteneciente a la planta o a la tierra. Sin embargo, los seres elementales que se perciben en esta forma, no son, absolutamente, los únicos que se revelan a la experiencia suprasensible. Caracterizamos el cuerpo elemental de una planta diciendo que construye una forma con las substancias y fuerzas del mundo físico y por ende, que así manifiesta su vida en un cuerpo físico.

Pero también podemos observar seres que llevan una existencia elemental, sin manifestar su vida en un cuerpo físico y así es como ante la observación suprasensible se revelan entidades que son puramente elementales. No es, como si dijéramos, que experimentamos una adición al mundo físico; experimentamos o percibimos otro mundo, en el que el mundo de los sentí dos se presenta como algo que pudiéramos comparar a trozos de hielo flotando en el agua. El observador que sólo pudiera ver el hielo y no el agua, podría muy bien atribuir realidad solamente al hielo y no al agua y similarmente, si sólo tomamos en cuenta aquello que se manifiesta a los sentidos, podemos negar la existencia del mundo suprasensible, del que el mundo de los sentidos, en realidad es sólo una parte, así como los trozos flotantes de hielo son una parte del agua en que sobrenadan.

Ahora es digno de notarse que aquellos que pueden hacer observaciones suprasensibles, describen lo que ven haciendo uso de expresiones tomadas de las percepciones de los sentidos. y así es cómo se habla del cuerpo elemental de un ser perteneciente al mundo de los sentidos, o del de uno puramente elemental, como manifestándose en un cuerpo definido de luz de muchos colores. Estos colores centellean, brillan o radian, y parece que estos fenómenos luminosos y cromáticos fueran la manifestación de su vida.

Pero aquello de que está hablando realmente el observador, es completamente invisible, y él sabe perfectamente que la luz o los colores que describe, tienen tanto que ver con lo que está percibiendo realmente, como la letra en que se comunica un hecho tiene que hacer con el hecho mismo. Y, no obstante, esa experiencia suprasensible no es arbitrariamente expresada mediante caprichosas percepciones de los sentidos. El cuadro visto está realmente ante el observador y es similar a una impresión de los sentidos, y esto es así porque durante las experiencias suprasensibles, la liberación del cuerpo físico no es nunca completa.

El cuerpo físico está todavía conectado con el cuerpo elemental, y reduce así las experiencias suprasensibles a una forma perceptible a los sentidos. De esta manera es como la descripción dada de un ser elemental se da como una combinación fantástica de impresiones sensoriales. Pero, a pesar de ello, cuando es dada en esa forma, es una verdadera descripción de lo que se ha experimentado. Porque hemos visto realmente lo que estamos describiendo. El error que puede cometerse no es el de describir la visión como tal, sino el de tomar la visión por la realidad, en vez de aquello que la visión indica: la realidad que está tras ella.

Un hombre que hubiera nacido ciego que nunca hubiera visto los colores, cuando desarrollara la correspondiente facultad perceptiva, no describiría los seres elementales en tal forma que hablara de colores radiantes, haría uso de expresiones que le fueran familiares. Pero para las personas que pueden ver físicamente, es completamente apropiado que en sus descripciones hagan uso de expresiones tales como luz radiante o cuerpo de colores. Con su auxilio pueden dar una impresión de lo que ha visto el observador en el mundo elemental, y esto es así no sólo por lo que respecta a las comunicaciones hechas por un clarividente, (esto es, uno que puede percibir por medio de su cuerpo elemental) a un no-clarividente, sino también para comunicaciones cambiadas entre clarividentes.

En el mundo de los sentidos, el hombre vive en su cuerpo físico, y este cuerpo envuelve las observaciones suprasensibles en formas perceptibles a los sentidos. Por lo tanto, la descripción de observaciones suprasensibles hecha por medio de las imágenes sensoriales que aquéllas producen, en la vida ordinaria de la tierra es un medio útil de comunicación.

El punto es, que aquél que recibe tales comunicaciones, siente en su alma algo que guarda una verdadera relación con el hecho en cuestión. y en verdad esas imágenes son comunicadas para evocar, precisamente, ese sentimiento o experiencia. Tales como son, no pueden ser encontradas en el mundo exterior. Esa es su principal característica y también la razón porque evocan experiencias o sentimientos que no tienen relación alguna con las cosas materiales.

Al principio de su clarividencia al discípulo le será difícil independizarse de las imágenes. Sin embargo, cuando su facultad se desenvuelva más, sentirá el deseo de inventar medios de comunicación más arbitrarios para describir lo que haya visto, y esto implicará la necesidad de explicar los signos que emplee. Cuanto mayor sean las exigencias de nuestros días demandando la difusión general del conocimiento suprasensible, tanto mayor será la necesidad de aderezar ese conocimiento con expresiones de uso corriente en la vida diaria del mundo físico.

Ahora bien, las experiencias suprasensibles pueden venir al discípulo por sí solas, y entonces tendrá la oportunidad de aprender algo respecto al mundo suprasensible por experiencia personal, según sea más o menos frecuentemente favorecido por ese mundo, al brillar en la vida ordinaria de su alma. Una facultad de orden superior es la de poder obtener percepciones clarividentes a voluntad. El camino hacia el desarrollo de esta facultad es el resultado, ordinariamente, de una continuación enérgica del fortalecimiento interior del alma, pero mucho depende también de establecer cierta nota-clave en el alma. Es necesaria una actitud mental tranquila y calma cuando se afronta el mundo suprasensible -una actitud que está tan lejos por un lado del ardiente deseo de experimentar lo más posible en la forma más clara, como lo está por otra parte de una total falta de interés por ese mundo.

El deseo ardiente tiene un efecto difusivo, que produce algo así como una neblina invisible ante la vista clarividente, en tanto que la falta de interés actúa en tal forma que aunque los hechos suprasensibles se manifiesten realmente, no son notados. Esta falta de interés se muestra de vez en cuando en una forma peculiar. Hay personas que honradamente desean tener alguna experiencia suprasensible, pero se hacen a priori una idea definida acerca de lo que esas experiencias deben ser, para aceptarlas como reales. Entonces, cuando la verdadera experiencia llega, pasan fugitivas sin despertar el menor interés, simplemente porque no eran tales como se las habían imaginado.

En el caso de la clarividencia voluntaria, llega un momento en el curso de la actividad anímica interior, en que sabemos que estamos experimentando algo que jamás habíamos experimentado antes.

Esta experiencia no es definida, pero un sentimiento vago y general nos asegura que no estamos confrontando el mundo exterior de los sentidos, ni tampoco dentro de él, ni siquiera dentro de nosotros mismos, como en la vida ordinaria del alma.

La experiencia exterior y la interior se funden en una, en un sentimiento de vida antes desconocido para el alma, respecto al cual, sin embargo, el alma sabe que no podría sentirlo si estuviera viviendo solamente en el mundo externo por medio de los sentidos o por sus sentimientos y recuerdos ordinarios. Sentimos, además, que durante este estado del alma, hay algo de un mundo antes desconocido que la penetra. No podemos, sin embargo, llegar a un concepto de este algo desconocido. Tenemos la experiencia, pero no podemos formarnos idea de ella.

Así encontramos que cuando tenemos tal experiencia, se produce un sentimiento como si hubiera algún obstáculo en nuestros cuerpos físicos que nos impidiera formarnos un concepto de qué es lo que está penetrando en nuestra alma. Sin embargo, si continuamos los esfuerzos interiores anímicos, sentiremos al cabo de cierto tiempo que nos hemos sobrepuestos a nuestra resistencia corporal. El aparato físico del intelecto sólo era antes capaz de formarse ideas en relación con las experiencias del mundo sensorial.

Es, al principio, incapaz de producir como idea aquello que presiona por manifestarse surgiendo del mundo suprasensible. Por lo tanto, debe ser preparado para que pueda hacerlo. En la misma forma en que un niño está rodeado por el mundo exterior, y tiene que preparar su aparato intelectual, mediante la experiencia en ese mundo, antes de que pueda formar ideas de lo que lo rodea, así también la humanidad en general, es incapaz de formar ideas sobre el mundo suprasensible. El clarividente que desea progresar, prepara su propio aparato para formar ideas de manera que pueda trabajar en un nivel superior, exactamente en la misma forma en que el niño se prepara para trabajar en el mundo de los sentidos. Hace que sus pensamientos fortalecidos trabajen sobre este aparato, y como natural consecuencia, éste es poco a poco remodelado; se hace capaz de incluir el mundo suprasensible en el reino de sus ideas.

Así vemos, pues, cómo mediante la actividad anímica, podemos influir y remodelar nuestro propio cuerpo. Al principio, el cuerpo obra como un poderoso contrapeso a la vida del alma; lo sentimos como un cuerpo extraño dentro de nosotros.

Pero poco a poco notamos cómo se va adaptando más y más a las experiencias del alma, hasta que, finalmente, no lo sentimos absolutamente, sino que nos encontramos con que el mundo suprasensible está ante nosotros, en la misma forma en que no sentimos la existencia del ojo con la que estamos mirando el mundo de los colores. El cuerpo, por lo tanto, debe hacerse imperceptible, antes de que el alma pueda contemplar el mundo suprasensible.

Cuando en esta forma hemos logrado deliberadamente convertirnos en clarividentes, podremos, por regla general, reproducir ese estado a voluntad si nos concentramos en algún pensamiento que seamos capaces de experimentar en forma particularmente poderosa, dentro de nosotros mismos. Y como resultado de entregarnos de esa manera a un pensamiento dado, se presenta la clarividencia.

Al principio no podemos ver nada definido que deseemos ver especialmente. Cosas o acontecimientos suprasensibles, para las que no estamos preparados en ninguna forma, o que deseamos evocar, se introducirán en la vida del alma. Pero, sin embargo, continuando nuestros esfuerzos interiores, llegaremos también a adquirir la facultad de dirigir el ojo espiritual hacia aquellas cosas que deseamos investigar.

Cuando hemos olvidado una experiencia, tratamos de traerla a nuestra memoria evocando en la mente algo relacionado con esa experiencia; y en la misma forma, como clarividentes, podemos tratar de comenzar por una experiencia que razonablemente está ligada con lo que queremos encontrar. Al entregarnos con intensidad a la experiencia conocida, encontraremos, tarde o temprano, esa experiencia que estábamos buscando. Sin embargo, en general, es digno de notarse que es de la mayor importancia para el clarividente esperar tranquilamente el momento propicio.

No deberíamos desear atraer nada. Si la experiencia deseada no llega, es mejor abandonar la investigación por un tiempo y tratar de conseguir una oportunidad en otro momento. El aparato humano de la cognición necesita desarrollarse tranquilamente hasta el nivel de ciertas experiencias. Si no tenemos la paciencia de esperar ese desenvolvimiento, haremos observaciones incorrectas o erróneas.


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CUARTA MEDITACION

En la que se intenta formarse un concepto del Guardián del Umbral.

Una vez que el alma ha logrado la facultad de hacer observaciones. mientras está fuera del cuerpo físico, pueden presentarse ciertas dificultades con respecto a su vida emocional. Puede verse obligada a asumir una actitud diferente hacia si misma, de la que estaba antes acostumbrada. El alma estaba habituada a considerar el mundo físico como exterior a sí misma, en tanto que consideraba toda experiencia interna como su posesión particular.

Sin embargo, tratándose del mundo suprasensible, no puede asumir respecto a éste la misma actitud que hacia el mundo externo. Tan pronto como el alma percibe el mundo suprasensible en torno de sí, debe sumergirse en él hasta cierto punto; no puede considerarse a si misma como separada de lo que la rodea, como le pasaría en el mundo externo y debido a este hecho todo lo que podría llamarse nuestro propio mundo interno en relación con el mundo suprasensible, asume un cierto carácter que no es fácilmente reconciliable con la idea de la intimidad privada. No podemos decir ya más, “Yo pienso”, “yo siento” o “yo tengo mis pensamientos y les doy la forma que me agrada”. En cambio debemos decir: ” Algo piensa en mí, algo hace surgir emociones en mí, algo forma pensamientos en mí y los obliga a venir en una forma absolutamente definida, haciendo sentir su presencia en mi conciencia”.

Ahora bien, este sentí miento puede contener algo extraordinariamente deprimente, cuando la forma en que se presentan las experiencias suprasensibles es tal como para darnos la certeza de que estamos realmente experimentando una realidad y no perdiéndonos en fantasías o ilusiones imaginarias.

Tal como es, parecería indicar que el mundo suprasensible que nos rodea quisiera sentir y pensar por sí mismo, pero que se ve obstaculizado en la realización de sus intenciones. Al mismo tiempo tenemos la sensación de que aquello que quiere entrar en el alma es la verdadera realidad y la única que puede dar una explicación de todo lo que antes habíamos experimentado como real. Este sentimiento también da la impresión de que la realidad suprasensible se muestra como algo cuyo valor trasciende infinitamente la realidad antes conocida por el alma. Este sentimiento es, por lo tanto, deprimente, porque nos obliga a sentir que nos vamos a ver forzados a querer el próximo paso que hay que dar.

Este descansa en la verdadera naturaleza de lo que, debido a esa experiencia interior, nos hace dar este paso. Si no lo damos, sentiremos esto como una negación de nuestro propio ser o como una auto-aniquilación. Y, no obstante, podemos a la vez sentir que no podemos darlo, o que, si lo intentamos, quedará imperfecto.

Todo ello se desarrolla en la idea siguiente: Tal como el alma ahora es, se encuentra con una tarea ante ella, que no puede dominar, porque tal como es ahora, se ve rechazada por el mundo suprasensible que la rodea, porque el mundo suprasensible no la quiere tener en su reino, y así es cómo llega el alma a sentirse en contradicción con el mundo suprasensible: y tiene que decirse a sí misma: “Yo no soy tal como para hacer posible para mí el mezclarme con ese mundo, y, sin embargo, solo allí puedo conocer la verdadera realidad de mí relación con él; porque yo me he separado, yo misma, del reconocimiento de la Verdad.”

Este sentimiento implica una experiencia que nos hará más y más claro y decisivo el exacto valor de nuestra propia alma. Sentimos que tanto nosotros como toda nuestra vida están basados en un error. Y, sin embargo, este error es diferente de otros errores. Los otros son pensados, pero éste es una experiencia viviente. Un error que sólo es un error de pensamiento, puede ser corregido cuando el pensamiento erróneo es substituido por el correcto. Pero el error que ha sido experimentado se ha convertido en parte de la vida de nuestra alma misma; nosotros mismos somos el error; no podemos corregirlo sencillamente, porque, pensemos como pensemos, allí está, es parte de la realidad, y ésta, también es nuestra propia realidad. Esta experiencia es completamente aplastadora para el yo.

Sentimos nuestro ser más íntimo, penosamente rechazado por todo lo que deseamos. Este sufrimiento, que se siente en cierto estadio de la jornada del alma, está mucho más allá de todo lo que como dolor pueda ser sentido en el mundo físico, y por lo tanto puede exceder a todo cuanto hayamos sido capaces de dominar en la vida de nuestra alma. Puede tener el efecto de paralizarnos. El alma se encuentra ante el tremendo problema: ¿de dónde sacaré la fuerza necesaria para arrastrar la carga arrojada sobre mí?

Y el alma debe encontrar esa fortaleza dentro de su propia vida. Consiste en algo que podría ser caracterizado como valor interior, como audacia interna.

Con objeto de poder seguir adelante en la jornada del alma, debemos habernos desarrollado hasta tal punto, que la fuerza que nos permita trazar nuestras experiencias surja dentro de nosotros y produzca ese valor y audacia interior, en un grado tal como jamás fue necesario para la vida en el cuerpo físico. Esa fortaleza sólo puede producirla

el verdadero conocimiento de sí mismo, y en realidad, solamente al llegar a este estado de desenvolvimiento, es cuando comprendemos qué poco sabíamos realmente acerca de nosotros mismos. Nos hemos entregado a nuestras experiencias interiores sin observarlas, como uno observa una parte del mundo exterior. Los pasos que hemos dado para llegar a la facultad de experimentar extrafísicamente, nos permiten obtener un medio especial de conocernos a nosotros mismos.

Aprendemos en cierto sentido a contemplarnos desde un punto de vista que sólo puede encontrarse fuera del cuerpo físico, y el sentimiento de depresión antes mencionado, constituye por si mismo el principio del verdadero conocimiento de sí mismo. Comprender que uno mismo está en relaciones erróneas con el mundo exterior es un signo de que uno está comenzando a realizar la verdadera naturaleza de su propia alma.

Está en la naturaleza del alma humana el sentir esa iluminación acerca de sí misma como algo doloroso, y sólo cuando sufrimos este dolor, es cuando nos damos cuenta de cuán fuerte es el deseo natural que experimentamos de sentirnos nosotros mismos tal como somos: ser seres humanos de importancia y valor. Puede parecer feo que esto sea así; pero debemos afrontar esta fealdad de nuestro propio ser sin prejuicios. No lo habíamos notado antes, sencillamente porque no habíamos penetrado bastante profundamente, con plena conciencia, dentro de nuestro propio ser. y sólo cuando lo hacemos es cuando percibimos cuán profundamente amamos aquello en nosotros que nos vemos obligados a calificar como feo. El poder del amor propio se muestra entonces en toda su enormidad.

Y al mismo tiempo descubrimos cuán poco inclinados nos encontramos a dejar a un lado ese amor propio, y aunque sólo se trate de esas cualidades anímicas relacionadas con nuestra vida ordinaria y los demás, las dificultades son todavía bastante grandes. Entonces aprendemos, por ejemplo, mediante el verdadero conocimiento de nosotros mismos, que aunque antes creíamos que sólo teníamos buenos sentimientos para alguno, sin embargo, en las profundidades de nuestra alma estamos alimentando odios o envidias hacia esa persona, y entonces comprendemos que estos sentimientos que hasta ahora no han surgido a la superficie, algún día tratarán de manifestarse, y también entonces comprenderemos cuán superficial sería decirse a sí mismo: “Ahora que ves las cosas tales y como son, desarraiga esa envidia y ese odio”.

Porque descubrimos que armados solamente con este pensamiento nos sentiremos extraordinariamente débiles cuando llegue el día en que surja el deseo de expresar nuestra envidia o de satisfacer nuestro odio con todo su poder elemental. Estas diferentes clases de autoconocimiento se manifiestan en las diferentes personas de acuerdo con la constitución especial de sus almas. Aparece cuando comienza la experiencia fuera del cuerpo, porque entonces nuestro conocimiento de nosotros mismos se convierte en verdadero, y ya no está teñido por nuestro deseo de modelarnos en talo cual forma, como quisiéramos ser.

Este especial conocimiento de sí es doloroso y deprimente para el alma, pero si queremos lograr la facultad de experimentar fuera del cuerpo, no puede ser evitado, porque necesariamente lo evoca la posición especial que tenemos que adoptar con respecto a nuestra propia alma. Se requieren los más fuertes poderes del alma, aunque sólo fuera cuestión de un ser humano ordinario que estuviera tratando de conocerse a sí mismo en una manera general. Nos estamos observando desde el punto de vista fuera del de nuestra vida interna anterior.

Tenemos que decirnos: “Yo he contemplado y juzgado las cosas y ocurrencias del mundo, de acuerdo con mi naturaleza humana. Ahora debo tratar de imaginarme que no puedo contemplarlas y juzgarlas de esa manera. Pero entonces ya no seré lo que soy. Seré nada sencillamente”, y no sería solamente el hombre que en el torbellino de la vida diaria, que rara vez piensa acerca del mundo o de la vida, el que a sí mismo tendría que dirigirse en esta forma.

Cualquier hombre de ciencia o filósofo, tendría que hacerlo así también. Porque hasta la filosofía no es más que observaciones y juicios acerca del mundo, de acuerdo con las cualidades individuales y las condiciones de la vida humana. Ahora bien, estos juicios no pueden mezclarse con la existencia o las cosas suprasensibles. Es rechazado por ellas, y con ello es rechazado todo lo que hemos tenido hasta ese momento. Tenemos que mirar para atrás, sobre toda nuestra alma, sobre nuestro ego mismo, como algo que debe dejarse a un lado cuando queremos entrar en el mundo suprasensible. El alma, sin embargo, no puede dejar de considerar a este ego como su ser real hasta que entra en los reinos suprasensibles. El alma debe considerarlo como el verdadero ser humano, y debe decirse a sí misma: “Mediante este, mi ego, debo formarme ideas del mundo; no debo perder este ego mío si no quiero desaparecer yo misma como ser”.

Existe en el alma una fuerte tendencia a preservar y resguardar al ego en todo sentido, para no perder pie absolutamente.

Lo que así siente el alma como absolutamente necesario en la vida ordinaria, debe ser abandonado cuando entra en el reino suprasensible. Tiene que cruzar allí un umbral, donde debe abandonar tras suyo no solamente esta o aquella otra preciosa posesión, sino el ser mismo que antes creía que era. El alma debe ser capaz de decirse a sí misma: “Eso que hasta ahora me pareció mi más segura verdad, debo ahora, en el otro lado del umbral del mundo suprasensible, considerarlo como mi más profundo error.”

Ante semejante demanda, el alma puede muy bien retroceder. El sentimiento puede ser tan fuerte que los pasos necesarios pueden parecer como un abandono de su propio ser, como un reconocimiento de su propia nada, de manera que admita, más o menos completamente en el umbral, su propia impotencia para satisfacer las demandas puestas ante ella. Este reconocimiento puede tomar todas las formas posibles. Puede aparecer meramente como un instinto, y creer el discípulo que piensa y obra de acuerdo con él, algo completamente diferente de lo que realmente es puede, por ejemplo, sentir un gran disgusto por todas las verdades suprasensibles.

Puede considerarlas como sueños o fantasías imaginarias. y lo hará así porque en esas profundidades de su alma, que ignora, existe un terror secreto por esas verdades. Sentirá que sólo puede vivir con lo que sus sentidos y sus juicios intelectuales pueden admitir, Entonces evitará de llegar al umbral del mundo suprasensible, y disimulará su actitud diciendo: “Eso que se supone está más allá del umbral no es admisible ni por la ciencia ni por la razón”. El hecho, sin embargo, es que él ama la razón y la ciencia tal como las conoce porque están entretejidas con su ego, esta es una forma muy frecuente de amor propio y como tal, no puede ser llevada al mundo suprasensible.

También puede suceder que no solamente se produzca este alto instintivo ante el umbral. El discípulo puede proceder conscientemente hacia el umbral y luego dar vuelta en redondo, porque teme lo que está ante él. Pero entonces no podrá borrar tan fácilmente de la vida ordinaria de su alma el efecto de haberse así aproximado a él, y ese efecto será que una gran debilidad se difundirá sobre toda la vida de su alma.

Lo que debería suceder es simplemente esto que el discípulo al entrar en el mundo suprasensible se capacite para renunciar a eso que en su vida ordinaria considera como la más profunda verdad, y se adapte a un modo diferente de sentir y juzgar las cosas.

Pero al mismo tiempo debe tener presente que cuando nuevamente confronte el mundo físico, debe emplear la manera de sentir y de juzgar que son apropiadas al mundo físico. Debe no sólo aprender a vivir en dos mundos diferentes, sino también a vivir en cada uno de ellos de manera completamente diferente, y no debe permitir que su sano juicio, que necesita en la vida ordinaria del mundo de la razón y de los sentidos, sea oprimido por el hecho de verse obligado a emplear otra clase de discernimiento cuando se encuentra en el otro mundo.

Adoptar esta actitud es difícil para la naturaleza humana. y la capacidad de hacerlo se adquiere solamente mediante un fortalecimiento continuado y persistente, así como de una gran paciencia, en la vida psíquica. Todos los que pasan por la experiencia del umbral, comprenden que es una ventaja en la vida ordinaria no haber llegado tan lejos. Los sentimientos que se despiertan son tales que uno no puede sino pensar que esta ventaja o protección procede de alguna entidad poderosa que protege al hombre del peligro de pasar por el terror de la aniquilación de sí mismo en el umbral.

Tras el mundo externo de la vida ordinaria, hay otro. Ante el umbral de este mundo, un guardián severo está vigilando, impidiendo al hombre conocer lo que son las leyes del mundo suprasensible. Porque todas las dudas y todas las incertidumbres concernientes a ese mundo son, después de todo, mucho más llevaderas que la visión de lo que uno debe dejar tras suyo cuando quiere cruzar el umbral.

El discípulo es protegido contra esta experiencia, mientras no avance hasta el umbral mismo. El hecho de que reciba descripciones de las experiencias que hayan tenido los que ya cruzaron este umbral, no cambia en nada el hecho de que está protegido. Por el contrario, esas comunicaciones pueden prestarle buenos servicios cuando se esté aproximando al umbral. En este caso, como en muchos otros, una cosa se hace mejor si uno ya tiene una idea de ella anticipadamente.

Pero por lo que toca al conocimiento de sí mismo que debe lograr el viajero en el mundo suprasensible, en nada es afectado por ese conocimiento preliminar. No está por lo tanto en armonía con los hechos, el clarividente o aquel que está familiarizado por la clarividencia, que dice que estas cosas no deberían ser mencionadas absolutamente a las personas que no estén a punto de resolverse a entrar en el mundo suprasensible.

Estamos viviendo en una época en que el hombre debe familiarizarse más y más con la naturaleza del mundo suprasensible, si es que la vida de su alma debe igualar a las demandas que la vida ordinaria tiene sobre él. La difusión del conocimiento suprasensible, incluyendo el conocimiento del guardián del umbral, es una de las tareas del momento y del futuro inmediato.



QUINTA MEDITACION

En la que se intenta formarse una Idea del Cuerpo Astral.


Cuando experimentamos, por medio de nuestro cuerpo elemental, un mundo suprasensible que nos rodea, nos sentimos menos separados de ese mundo, que lo que nos sentimos del mundo físico cuando estamos en nuestro cuerpo físico. y, sin embargo, guardamos una relación con este mundo suprasensible, que podemos expresar diciendo que hemos atraído hacia nosotros ciertas substancias del mundo elemental, en forma de cuerpo elemental, así como en el mundo físico llevamos parte de sus fuerzas materiales bajo la forma de nuestro cuerpo físico. Vemos que sucede así cuando tratamos de abrirnos camino en el mundo suprasensible, estando fuera del cuerpo físico.

Puede suceder que tengamos ante nosotros un hecho o un ser del mundo suprasensible. Puede estar allí, y podemos verlo, pero no sabemos lo qué es. Si somos bastante fuertes, podemos arrojarlo afuera, pero sólo retrayéndonos nosotros mismos al mundo de los sentidos, mediante enérgica concentración en las experiencias de ese mundo. Sin embargo, no podemos quedarnos en el mundo suprasensible y comparar con otros seres o hechos el ser o hecho percibido. y no obstante, sólo así es como podríamos formarnos una idea correcta de lo que vemos.

En esta forma, nuestra “vista” en el mundo suprasensible puede estar limitada a la percepción de cosas individuales, sin la facultad de moverse libremente de una cosa a la otra. Entonces nos sentimos como aprisionados por esa cosa individual.

Veamos la razón de esta limitación. Esta sólo podrá ser encontrada, cuando mediante un ulterior desenvolvimiento, la vida anímica interna se haya fortalecido aún más, y lleguemos al punto en que ya no encontramos más esta limitación, y entonces descubriremos que la razón por la que no podíamos movernos de una cosa a otra, se encontraba en nuestra propia alma.

Comprendemos que la vista en el mundo suprasensible difiere en esta forma de la percepción en el mundo de los sentidos. Uno puede, por ejemplo, ver en el mundo físico todas las cosas visibles si tiene ojos en buenas condiciones. Si uno ve una cosa, también puede, con los mismos ojos ver todas las demás cosas. Pero no sucede así en el mundo suprasensible.

Uno puede tener los órganos de percepción suprasensible desarrollados en tal forma que sólo puede experimentar este o aquel hecho, pero si hemos de percibir otro hecho, el órgano perceptor debe ser desarrollado especialmente con este objeto. Este desenvolvimiento le da a uno la sensación de que un órgano se ha despertado a una región particular del mundo suprasensible. Uno siente como si el cuerpo elemental estuviera como dormido con respecto al mundo suprasensible y como si tuviera que ser despertado con respecto a cada cosa en particular. En realidad es posible hablar de estar dormido o despierto en el mundo elemental, pero estos no son estados alternados como el mundo físico. Son estados que existen en el hombre simultáneamente.

Mientras no hemos logrado la facultad de percibir mediante nuestro cuerpo elemental, ese cuerpo, está dormido. Siempre llevamos este cuerpo con nosotros, pero es un cuerpo dormido. Con el fortalecimiento de nuestra vida anímica, comienza el despertar, pero al principio, de sólo una parte del cuerpo elemental. Cuanto más se despierta nuestro ser elemental, tanto más profundamente penetramos en el mundo elemental.

En el mundo elemental no hay nada que pueda ayudar al alma a producir este despertamiento. Por mucho que le sea dable contemplar, la percepción de una cosa no agrega nada a la posibilidad de percibir otra. La libertad de movimientos en el mundo suprasensible no puede lograrse con el auxilio de nada que se encuentre en el mundo elemental.

Cuando continuamos los ejercicios para fortalecer el alma, vamos adquiriendo más y más poder para movernos en regiones particulares. Y con todo esto, nuestra atención se va viendo atraída hacia algo en nosotros que no pertenece al mundo elemental, sino que descubrimos en nosotros mediante nuestra experiencia en ese mundo. Nos sentimos como seres particulares en el mundo suprasensible, que parecen ser los dueños y señores de sus cuerpos elementales; y que gradualmente están despertando estos cuerpos a la conciencia suprasensible.

Cuando hemos llegado hasta aquí un sentimiento de intensa soledad sobrecoge al alma. Nos encontramos en un mundo que es elemental en todas direcciones; nos vemos a nosotros mismos dentro de un espacio elemental infinito, como seres que no pueden encontrar en parte alguna a su semejante.

No queremos decir con esto que todo desenvolvimiento de la clarividencia deba llevar a esta tremenda soledad pero todo aquel que conscientemente y mediante sus propios esfuerzos, fortalezca así su alma, se encontrará con ella. Y si sigue a algún maestro que le va dando indicaciones, paso a paso, con objeto de facilitar su desenvolvimiento, se encontrará un día quizás tarde, con que su maestro lo ha abandonado a sí mismo. Se encontrará con que lo ha abandonado en plena soledad en el mundo elemental. Sólo después comprenderá que aquél se vio obligado a abandonarlo a sí mismo, cuando llegó la oportunidad de que sólo en sí mismo confiara.

En esta estadía de la jornada del alma, el discípulo se siente como un desterrado en el mundo elemental. Pero ahora puede seguir adelante si ha despertado en sí suficiente fortaleza, mediante su ejercitamiento interior. Puede comenzar a ver cómo emerge un nuevo mundo -no en el mundo elemental sino en sí mismo- un mundo que no está identificado ni con el mundo físico ni con el elemental. El discípulo en tal caso ve que un segundo mundo suprasensible se agrega al primero. Este segundo mundo suprasensible es al principio completamente un mundo interior.

El discípulo tiene la sensación de que lo lleva consigo y de que está sólo con él. Para comparar este estado con algo del mundo de los sentidos, tomemos el siguiente caso. Uno ha perdido todos sus seres queridos, y ahora solo tiene consigo el recuerdo de ellos en su alma.

Ellos viven para él solamente como pensamientos. El discípulo se encuentra frente a este segundo mundo suprasensible en tal forma como si lo llevara dentro de sí, pero sabe que se lo tiene separado de su realidad. No obstante, siente que esta realidad dentro de su alma, sea la que fuere, es algo mucho más real que un simple recuerdo del mundo de los sentidos. Este mundo suprasensible vive una vida independiente dentro de su propia alma.

Todo lo que se encuentra está ansiando salirse del alma y llegar a algo diferente. Así siente uno como un mundo dentro de sí mismo pero un mundo que no quiere permanecer allí. Esto da la sensación de ser partido en pedazos por cada uno de los detalles de ese mundo. Y se llega a un punto en que estos detalles se liberan, en que rompen algo así como una costra psíquica y se escapan. Y entonces uno se siente tanto más pobre por todo lo que en esta forma se ha escapado del alma.

Entonces aprende uno que esa parte de la realidad suprasensible que está en el alma, y que uno es capaz de amar por sí misma y no simplemente porque se encuentra realmente en el alma, se comporta de una manera particular. Lo que uno puede amar así profundamente no se escapa del alma, no fuerza su camino fuera del alma ciertamente, sino que se lleva al alma consigo. Y se la lleva a esa región donde vive en su verdadera realidad. Una especie de unión con la esencia real tiene lugar entonces, pues antes, uno sólo llevaba algo así como un reflejo de esa esencia real en el interior. El amor mencionado aquí, debe ser,. sin embargo, de la clase que se experimenta en el mundo suprasensible.

En el mundo de los sentidos uno sólo puede prepararse para ese amor. Y esta preparación tiene lugar cuando uno fortifica su capacidad para amar en el mundo de los sentidos. Cuanto mayor es el amor de que uno es capaz en el mundo físico, tanta mayor capacidad subsiste para el mundo suprasensible.

Con respecto a las entidades individuales del mundo suprasensible este obra como sigue. Por ejemplo, uno no puede ponerse en contacto con los seres suprasensibles reales que están en relación con las plantas del mundo físico si uno no ama las plantas en el mundo de los sentidos, y así sucesivamente. Sin embargo, puede cometerse un error con respecto a estas cosas. Puede suceder que alguien en el mundo físico mire el reino vegetal con completa indiferencia y que, no obstante, haya una afinidad inconsciente con ese reino, oculta en el alma. Y luego, cuando se entre en el mundo suprasensible, puede despertarse ese amor.

Pero la unión con seres del mundo suprasensible, no depende solamente del amor. Otros sentimientos, tales como, por ejemplo, el respeto y la reverencia que el alma pueda sentir por un ser cuando por vez primera sienta la imagen de este ser surgir en ella tiene el mismo efecto. Sin embargo, estas cualidades deben pertenecer a las cualidades íntimas del alma. Y entonces en esta forma uno aprenderá a conocer esos seres del mundo suprasensible, a quienes uno mismo les abrió el camino con dichas cualidades internas. Una manera segura de conocer el mundo suprasensible, consiste en obtener acceso a los diferentes seres por medio de nuestra relación con sus reflejos.

En el mundo de los sentidos amamos a un ser después de haber aprendido a conocerlo; en el segundo mundo suprasensible podemos amar la imagen de un ser antes de encontrarnos con el ser mismo, cuando esta imagen se presenta antes que el encuentro actual.

Lo que el alma en esta forma aprende a conocer dentro de sí misma, no es el cuerpo elemental.

Guarda una relación con ese cuerpo como su despertador. Es un ser que mora dentro del alma; se siente en la misma forma que sentiríase uno mismo durante el sueño, si no estuviera inconsciente; o sea, lo que sentiríase uno mismo si estuviera consciente fuera del cuerpo, mientras éste está dormido y fuera uno a despertarlo para sacarlo del sueño. Y de esta manera el alma aprende a conocer un ser dentro de sí misma que es un tercer algo, aparte del cuerpo físico y del elemental. Llamemos a este algo, el cuerpo astral, y esta expresión por el momento no significará nada más que aquello que, en la forma descrita, se experimenta dentro de este segundo mundo suprasensible.

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SEXTA MEDITACION

En la que se intenta formarse un concepto del Cuerpo del Ego o Cuerpo Mental..


La sensación de encontrarse fuera del cuerpo físico es mucho más fuerte durante las experiencias con el cuerpo astral que durante las obtenidas en el cuerpo elemental. En el caso del cuerpo elemental, si bien nos sentimos fuera de la región en que existe el cuerpo físico, sin embargo, nos sentimos conectados con este último.

En el cuerpo astral sentimos el cuerpo físico como algo fuera de nuestro propio ser. Al pasar al cuerpo elemental sentimos algo como una expansión de nuestro propio ser, pero al identificar nuestra conciencia con el cuerpo astral, es como si diéramos súbitamente un salto dentro de otro ser. Y sentimos un mundo de seres espirituales radiando sus actividades adentro de ese ser. Nos sentimos en una forma u otra conectados o relacionados con esos seres. Y por grados vamos aprendiendo en qué forma están relacionados estos seres mutuamente.

Para nuestra conciencia humana, el mundo se ensancha en dirección a lo espiritual. Por ejemplo, contemplamos seres espirituales que producen la sucesión de las épocas en el desarrollo de la humanidad y así comprendemos que los diferentes caracteres de las diversas épocas han sido estampados sobre ellas por entidades espirituales reales. Estos son los Espíritus del Tiempo o Poderes Primordiales (Archai). Aprendemos también a conocer otros seres, cuya vida psíquica es tal que sus pensamientos son al mismo tiempo fuerzas activas de la Naturaleza.

Vamos entonces comprendiendo que solamente para la percepción física las fuerzas de la Naturaleza parecen estar constituidas como dicha percepción física se las imagina. En realidad, en todas partes, donde está obrando una fuerza de la Naturaleza, se está expresando el pensamiento de algún ser, así como el alma humana encuentra su expresión en los movimientos de la mano. Pero esto no es como si el hombre con la ayuda de una teoría pudiera colocar mentalmente seres vivientes tras todos los procesos naturales, porque cuando estamos en nuestro cuerpo astral entramos en relaciones tan concretas y reales con esos seres: como las relaciones que puedan tener en el mundo físico diversos individuos.

Entre los espíritus en cuyo reino entramos así descubrimos una serie de gradaciones y por lo tanto podemos así hablar de un mundo de más elevadas jerarquías. Y esos seres, cuyos pensamientos se manifiestan a la percepción física como fuerzas de la Naturaleza podemos denominarlos los Espíritus de la Forma.

La experiencia en ese mundo presupone que sentimos nuestro ser físico como algo fuera de nosotros, en la misma forma que en la existencia física contemplamos una planta como algo fuera de nosotros, y esta sensación de estar fuera de lo que en la vida ordinaria sentimos como nuestro propio ser, es muy penosa si no va acompañada por otra experiencia determinada. Si el trabajo interno del alma ha sido enérgicamente llevado a cabo y ha conducido a la debida profundización y fortalecimiento de la vida anímica, esta pena no será muy pronunciada. Porque una entrada lenta y gradual en esta segunda experiencia puede ser lograda simultáneamente con nuestra entrada en el cuerpo astral como vehículo natural.

Esta segunda experiencia consiste en obtener la capacidad de considerar todo lo que antes llenaba y estaba relacionado con nuestra alma. como una especie de recuerdo, de manera que quedemos en la misma relación con nuestro ego primitivo, como lo estamos con nuestros recuerdos en la vida física. Y sólo mediante esta experiencia llegamos a la plena conciencia de nosotros mismos como entidades que viven en su propio ser en un mundo completamente diferente del de los sentidos.

Entonces poseemos el conocimiento de que lo que arrastramos tras de nosotros y que antes considerábamos como nuestro ego, es algo completamente diferente de lo que realmente somos. Ahora podemos situarnos frente a nosotros mismos y podemos formarnos una idea concerniente a eso que ahora confronta nuestra propia alma y que antes decía “Esto soy yo”.

Ahora el alma ya no dice más “Esto soy yo”, sino “Yo llevo esto conmigo”. Y así como el ego en la vida ordinaria se siente independiente de sus propios recuerdos, así también nuestro ego recién descubierto se siente independiente de su ego anterior. Ahora siente que pertenece a un mundo de seres puramente espirituales.

Y conforme esta experiencia, (que es una experiencia real y no una teoría) viene a nosotros, comprendemos lo qué es realmente aquello que habíamos considerado como nuestro ego. Se presenta como un tejido de recuerdos producido por los cuerpos físico, elemental y astral, en la misma forma que una imagen se reproduce en un espejo y de la misma manera que un hombre no se identifica con su imagen reflejada en el espejo, tampoco el alma que se siente en el mundo espiritual se identifica con aquello que experimenta en el mundo de los sentidos.

La comparación con la imagen reflejada, debe tomarse, por supuesto, solamente como una comparación. Porque la imagen reflejada desaparece cuando nosotros cambiamos de posición respecto al espejo, mientras que el tejido de recuerdos que representa lo que somos en el mundo físico y que consideramos como nuestro propio ser, tiene un grado de independencia mayor que la imagen en el espejo. En cierto sentido es un ser por sí mismo. Y, sin embargo, para el ser anímico real, es solamente como una imagen de sí mismo.

El ser real del alma siente que esta imagen es necesaria para la manifestación de su yo real. Este ser real sabe que es algo diferente, pero también sabe que jamás habría llegado a obtener ningún conocimiento real de sí mismo, si al principio no se hubiera identificado con su propia imagen en ese mundo que, después de su ascensión al mundo espiritual, se convierte en un mundo externo.

El tejido de recuerdos o memorias que ahora consideramos como nuestro ego anterior, puede ser llamado “Cuerpo del Ego” o “Cuerpo Mental”. La palabra cuerpo debe ser tomada en un sentido más amplio que el que usualmente se adjudica a ese término. Por “cuerpo” aquí queremos indicar todo lo que experimentamos como perteneciente a nosotros mismos, y respecto a lo cual no decimos “Somos eso”, sino “Poseemos eso”.

Sólo cuando la clarividencia consciente ha llegado al punto en que experimenta como suma de recuerdos aquello que antes consideraba ser uno mismo, sólo entonces es cuando es posible lograr una experiencia real de lo que se oculta tras el fenómeno de la muerte. Porque entonces hemos llegado a un mundo verdaderamente real, en el que nos sentimos como seres que pueden retener, como recuerdo, lo que ha sido experimentado en el mundo de los sentidos. Esta suma total de experiencias en el mundo físico, requiere para que pueda continuar su existencia un ser que pueda retenerla en la misma forma en que el ego ordinario conserva sus memorias.

El conocimiento suprasensible revela el hecho de que el hombre tiene una existencia dentro del mundo de seres espirituales, y que es él mismo quien conserva dentro de sí su vida física como recuerdo. La pregunta acerca de qué es lo que sucederá después de la muerte, con todo lo que yo ahora soy, recibe la siguiente contestación del clarividente. “Continuarás siendo lo que eres en la misma proporción en que te consideres un ser espiritual entre otros seres espirituales”.

Comprendemos la naturaleza de estos seres espirituales y entre ellos nuestra propia naturaleza. Y este conocimiento es experiencia directa. Por él sabemos que los seres espirituales, y con ellos nuestra propia alma, tienen una existencia de la que la vida física es sólo una manifestación pasajera.

Si a la conciencia ordinaria según se ve en la Primera Meditación, le parece que el cuerpo pertenece a un mundo cuya parte real queda probada por su disolución en él después de la muerte; la observación clarividente enseña que el ego humano real pertenece a un mundo al que es atraído por lazos completamente diferentes de los que relacionan al cuerpo físico con las leyes de la Naturaleza. Los lazos que unen al ego con los seres espirituales del mundo suprasensible no son afectados en su naturaleza íntima ni por el nacimiento ni por la muerte.

En la existencia física estos lazos sólo se muestran en una forma especial. Lo que aparece en este mundo es la expresión de realidades de naturaleza suprasensible. Ahora bien como el hombre es un ser suprasensible, y así aparece efectivamente ante la observación suprasensible, los lazos que unen las almas en el mundo suprasensible no son afectados por la muerte y esa pregunta ansiosa que surge ante la conciencia ordinaria del alma en esta forma primitiva: “¿Encontraré después de la muerte a aquellos con quienes he estado unido durante la vida física?” debe ser contestada enfáticamente por la afirmativa por todo investigador real, que pueda juzgar de acuerdo con la experiencia.

Todo cuanto se ha dicho sobre el ser del alma experimentándose a si misma como una realidad espiritual en el mundo de otros seres espirituales, puede ser visto y confirmado mediante el fortalecí miento de la vida de nuestra alma en la forma ya mencionada, siendo posible facilitar la tarea mediante el desenvolvimiento de ciertos sentimientos. En la vida ordinaria del mundo físico adoptamos tal actitud respecto a todo nuestro destino, que generalmente sentimos simpatía o antipatía por los diferentes sucesos.

Un observador imparcial tendrá que admitir que estas simpatías o antipatías son de las más fuertes que el hombre sea capaz de sentir. La reflexión antedicha nos prestará un gran servicio en la vida de nuestra alma. Sin embargo, podemos encontrar con frecuencia que las simpatías y antipatías de la clase mencionada, que somos capaces de descartar, sólo han desaparecido de nuestra conciencia inmediata.

Se han retirado a los más profundos estratos de la humana naturaleza y se manifiestan como ciertas modalidades del alma, o como sentimiento de laxitud u otra sensación en el cuerpo. La imperturbabilidad real con respecto al destino sólo se adquiere cuando nos comportamos en este asunto en la misma forma que cuando nos abandonamos en la concentración a pensamientos o sensaciones, con el objeto de fortalecer la vida de nuestra alma en general. Reflexiones que sólo conduzcan a una comprensión intelectual no son suficientes.

Es necesario vivir intensamente con tal reflexión y continuar en ella durante un período de tiempo, mientras se mantienen apartadas todas las experiencias relativas a los sentidos u otros recuerdos de la vida ordinaria. Mediante estos ejercicios llegamos a una actitud fundamental de la mente hacia el destino.

Es posible deshacerse radicalmente de toda simpatía o antipatía a este respecto, hasta considerar finalmente todo cuanto nos suceda con la misma indiferencia con que un observador contemplaría como cae el agua de una montaña sobre el valle al pie. No queremos decir que en esta forma lleguemos a contemplar nuestro destino sin sentimiento de ninguna clase. El que se vuelve indiferente a cuanto le suceda no se encuentra en buen camino.

Uno ciertamente no permanece indiferente ante el mundo externo con respecto a aquellas cosas que no nos atañen como parte de nuestro destino. Contemplamos las cosas que suceden ante nosotros con placer o pena. No hay que buscar indiferencia hacia la vida cuando andamos tras el conocimiento suprasensible, sino la transformación del interés directo que el ego se toma en su propio destino. Es muy posible que mediante esa transformación, la vividez de la vida del sentimiento sea aumentada y no debilitada.

En la vida ordinaria derramamos lágrimas por muchas cosas que suceden como destino a nuestra alma. Sin embargo, podemos llegar a un punto de vista tal en que el destino de los demás despierte en nuestra alma el mismo interés y sentimiento profundos que pudieran producirnos nuestras propias experiencias. Es más fácil llegar a esa actitud con respecto a nuestras propias capacidades mentales. No es tal fácil, después de todo, experimentar una gran alegría cuando descubrimos en otro una cierta capacidad o talento, como cuando la descubrimos en nosotros mismos.

Cuando mediante la observación de nosotros mismos tratamos de penetrar en las profundidades de nuestra alma, podemos descubrir mucha satisfacción egoísta por las cosas que somos capaces de hacer nosotros mismos. Una unión meditativa intensa y repetida con el pensamiento de que en muchos casos es completamente indiferente al curso de la vida humana el que, seamos nosotros o cualquier otro, capaces de hacer ciertas cosas, nos puede hacer adelantar un largo camino hacia la verdadera imperturbabilidad con respecto a que lo que sentimos, es la obra más íntima del destino en nuestra vida. Este fortalecimiento de la vida interna del alma, por el pensamiento, cuando se hace en debida forma, nunca puede llevar a aniquilar nuestros sentimientos por lo que toca a nuestras propias capacidades. En cambio, son transformados y comprendemos entonces la necesidad de comportarnos de acuerdo con estas capacidades.

Ya hemos, pues, indicado la dirección que toma este fortalecimiento de la vida del alma mediante el pensamiento. Aprendemos a conocer algo en nosotros que aparece al alma como un segundo ser dentro de sí. y esto se nota especialmente, cuando relacionamos con ello pensamientos que muestran cómo en la vida ordinaria producimos tal o cual suceso en nuestro destino. Podemos ver que tal o cual suceso no habrían ocurrido, si no nos hubiéramos portado de cierta manera en algún período anterior de nuestra vida.

Lo que nos ocurre hoy, es, ciertamente, en muchos sentidos, el resultado de lo que hicimos ayer. Ahora podremos, con la intención de llevar la experiencia de nuestra alma más allá del punto al que hayamos llegado, contemplar retrospectivamente nuestra existencia pasada, podemos descubrir cómo nosotros mismos nos hemos preparado nuestro destino futuro. Al hacer esta tentativa podemos retroceder hasta el punto cuando la conciencia se despierta en el niño, que le permite luego en la vida recordar lo que ha experimentado.

Y si nos ponemos a hacer esta retrospección en tal forma que combinemos con ella una actitud mental que elimine las simpatías y antipatías usuales egoístas con respecto a nuestro propio destino, entonces, al llegar a ese punto mencionado de la memoria, nos confrontamos y podemos decirnos: “En ese momento se nos presentó por primera vez la posibilidad de sentirnos a nosotros mismos y de trabajar conscientemente sobre la vida de nuestra alma, pero este ego nuestro estaba allí antes, y fue él quien, aunque no trabajando conscientemente en nosotros, nos trajo la capacidad de conocer, así como todo lo demás que ahora sabemos.

Esta actitud respecto a nuestro propio destino, produce lo que ninguna reflexión intelectual es capaz de producir. Aprendemos a contemplar los acontecimientos de la vida con ecuanimidad, los afrontamos sin prejuicios; pero vemos en el ser que nos aporta estos acontecimientos a nuestro propio ser. Y cuando nos contemplamos en esta forma, encontramos que las condiciones de nuestro propio destino, que ya nos fueron dadas al nacer, están conectadas con nuestro propio ser. Y entonces llegamos a la convicción de que así como hemos trabajado sobre nosotros mismos, desde que despertó nuestra conciencia, así también habíamos obrado antes de que nuestra conciencia presente se despertara.

Ahora bien, al llegar así a la realización de un ego superior dentro de nuestro ego ordinario, no sólo nos conduce a admitir que nuestro pensamiento nos demuestra la existencia teórica de la existencia de tal ego superior, sino que también nos hace comprender la viviente actividad de este ego, como un poder dentro de nosotros mismos en toda su realidad, y entonces sentimos el ego ordinario como una creación del otro. Este sentimiento es, en realidad el primer paso hacia la contemplación del ser espiritual del alma. Y si no conduce a nada, es simplemente porque nos quedamos satisfechos con sólo el principio. Este principio puede bien ser apenas una sensación vaga e indefinida y puede permanecer así durante un largo tiempo.

Pero si proseguimos enérgicamente la interior actividad y ejercitamiento que nos ha llevado a este principio, llegaremos por último a contemplar el alma como un ser espiritual. Y al llegar a este estadio, comprenderemos fácilmente por qué alguno que no tenga experiencia en estas materias puede decir que al creer en ellas vemos las cosas, y que sólo hemos creado una imagen fantástica de un ego superior, mediante la auto-sugestión. Pero el que ha pasado por la experiencia, sabe perfectamente que esa objeción deriva de la falta de esa experiencia misma, ya que todos los que se desarrollan seriamente en esta forma, adquieren al mismo tiempo la capacidad de distinguir entre las realidades y las imágenes creadas por la propia imaginación.

La actividad interior y la experiencia que son necesarias durante esta jornada del alma sí se efectúan en debida forma, nos hace desarrollar la mayor circunspección con respecto a la imaginación y la realidad. Cuando sistemáticamente tratamos de experimentarnos nosotros mismos en el ego superior, como seres espirituales, consideraremos como experiencia principal la descrita al principio de esta meditación, y contemplaremos el resto simplemente como un auxilio en la jornada del alma.

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SEPTIMA MEDITACION

En la que se intenta formarse una Idea del Carácter de la Experiencia en los Mundos Suprasensibles


Las experiencias que indicamos ser necesarias para el alma, si quiere penetrar en los mundos suprasensibles, pueden parecer aterradoras para muchas personas. Estas pueden decir que no sabrían lo que les ocurriría si se aventuraran en esa jornada o cómo se las arreglarían para soportarla. Bajo la influencia de este sentimiento es fácil hacerse la opinión de que es mejor no emprender artificialmente el desarrollo del alma, sometiéndose en cambio tranquilamente a la dirección de la que el alma permanece inconsciente, esperando su efecto en el futuro sobre la vida interna de la humanidad.

Sin embargo, este pensamiento debe ser reprimido por toda persona capaz de convertir en poder viviente dentro de sí el pensamiento de que es natural en el hombre el progreso, y que si no se prestara atención a estas cosas, significaría simplemente paralizar ciertas fuerzas en el alma que están esperando ser desarrolladas, las fuerzas del autodesenvolvimiento están presentes en toda alma humana, y ni una sola de ellas dejará de responder al estímulo de desarrollarlas, si en una forma u otra puede aprender algo acerca de estos poderes y su importancia.

Además, nadie se dejará aterrorizar por la ascensión a los mundos superiores, salvo que de antemano haya adoptado una falsa posición respecto al proceso por el que tiene que pasar. Este proceso ha sido descrito en las precedentes meditaciones. Y si hay que expresarlo en palabras que, naturalmente, han tenido que ser tomadas de la existencia humana ordinaria, sólo puede ser expresado en esa forma. Porque las experiencias en el sendero del conocimiento suprasensible, están relacionadas con el alma humana en tal forma que son exactamente similares a lo que, por ejemplo, un fuerte sentimiento de soledad, una sensación de estar flotando sobre un abismo, o algo parecido, puedan significar para el alma del hombre. El experimentar estos sentimientos y sensaciones produce los poderes necesarios para andar por el sendero del conocimiento.

Son los gérmenes de los frutos del conocimiento suprasensible. Todas estas experiencias, en cierto sentido, llevan algo en ellas que está oculto muy profundamente en ellas mismas. Cuando son experimentadas, este elemento oculto es llevado a un estado de elevada tensión, y entonces algo hace surgir el sentimiento de soledad, que envuelve a este “algo” oculto como un velo y luego penetra y empuja la vida del alma como un nuevo medio de conocimiento.

Sin embargo, debe uno tomar en cuenta que cuando se penetra en el verdadero sendero, algo más se presenta en seguida tras toda esa experiencia.

Cuando la una ha ocurrido, la otra no puede dejar de presentarse. Cuando algo tiene que ser soportado, aparece inmediatamente el poder de soportarlo firmemente, si reflexionamos con calma sobre este poder y también si nos tomamos el tiempo necesario para tomar nota de aquello que quiere manifestarse en el alma. Cuando algo penoso aparece, y cuando al mismo tiempo existe un sentimiento seguro en el alma de que pueden encontrarse fuerzas que harán el sufrimiento llevadero, y con las cuales nos podemos relacionar, nos es posible adoptar una actitud tal hacia esas experiencias (que serían insoportables en el curso de la vida ordinaria) que más bien nos colocan en situación de espectadores de nuestras propias experiencias. Y es así como las personas que en su camino hacia el conocimiento suprasensible pasan por muchas subas y bajas de grandes oleadas de sentimiento, demuestran sin embargo una perfecta ecuanimidad en su vida ordinaria.

Es por supuesto muy posible que las experiencias internas reaccionen sobre el estado de la mente en nuestra vida externa en el mundo físico, de tal manera que por un tiempo no podamos estar en armonía con nosotros mismos y con la vida en la forma en que nos era posible hacerlo antes de que entráramos en el sendero.

Y entonces nos veremos obligados a extraer de lo que ya ha sido obtenido dentro de nosotros mismos, tantas fuerzas como nos hagan falta para encontrar de nuevo nuestro equilibrio. Y si se sigue el sendero del conocimiento debidamente, no hay situación ninguna en la vida en que esto no sea posible.

El mejor sendero hacia el conocimiento será siempre el que conduzca al mundo suprasensible mediante el fortalecimiento y condensación de la vida del alma basado en meditaciones internas, durante las cuales se retengan en la mente ciertos pensamientos o sentimientos. En este caso no se trata de experimentar un pensamiento o una emoción como de costumbre en el mundo físico; sino que el punto es vivir enteramente con y dentro del pensamiento o emoción, concentrando todos los poderes de nuestra alma en él, de manera que llene la conciencia por completo durante el tiempo en que así nos retraemos. Pensamos, por ejemplo, en un pensamiento que ha dado al alma alguna convicción de cualquier clase. Dejemos a un lado todo poder de convicción que pueda tener, y vivamos en él una y otra vez hasta convertirnos en uno con él.

No es necesario que este pensamiento sea de cosas pertenecientes a los mundos superiores, aunque un pensamiento así sería más efectivo. Para esta meditación interna podemos usar un pensamiento tomado de la experiencia ordinaria. Por ejemplo, las emociones que representan resoluciones de amor altruista, y que seamos capaces de encender en nosotros hasta el más elevado grado de calor y de sincera experiencia humana, son muy fructíferas.

También son muy efectivas, especialmente por lo que toca al conocimiento, las representaciones simbólicas, bien sean obtenidas directamente de la vida, o aceptadas por consejo de ciertas personas que puedan ser expertas en la materia, porque conocen la efectividad de los medios empleados. de acuerdo con lo que ellas mismas hayan obtenido de ellos.

Mediante estas meditaciones, que deben convertirse en un hábito, mas aún, en una necesidad de la vida, de la misma manera que respirar es necesario para la vida del cuerpo, concentraremos los poderes del alma, y mediante la concentración los fortaleceremos. Solamente es necesario que durante el tiempo de meditación interior permanezcamos en un estado tal que ni las impresiones exteriores de los sentidos, ni ningún recuerdo de ellas influyan en el alma.

Todos los recuerdos de lo que hayamos experimentado en nuestra vida ordinaria, todo lo que dé placer o dolor al alma, debe permanecer en silencio, de manera que el alma pueda abandonarse exclusivamente a lo que hayamos determinado que la ocupe. La capacidad para adquirir el conocimiento suprasensible sólo se desarrolla legítimamente con lo que hayamos logrado en esta forma, mediante la meditación interna, el contenido y forma de la cual han sido fijados por nuestra propia alma.

El punto importante no es la fuente de donde hayamos derivado el objeto de la meditación; podemos tomar el sujeto de un perito en estas materias, o bien de las obras escritas sobre ciencia espiritual; lo que importa es hacer de su substancia una experiencia íntima de nuestra propia vida y no elegirlo de entre los pensamientos que puedan surgir en nuestra propia alma, o de las cosas que nos sentimos inclinados a considerar como el mejor objeto para la meditación.

Tal objeto tiene poco poder, porque el alma ya está familiarizada con él, y por lo tanto no puede hacer el esfuerzo necesario para unificarse con él. Porque es al hacer este esfuerzo como se encuentran los medios efectivos para adquirir las facultades del conocimiento suprasensible, y no en el hecho de unificarse con la substancia de la meditación en sí.

También podemos llegar a la visión suprasensible en otras formas. Hay personas que pueden llegar a una ferviente meditación e íntima experiencia interna por razón de su propia constitución. Y así pueden liberar poderes para adquirir conocimiento suprasensible en su propia alma. Esos poderes pueden manifestarse súbitamente por sí mismos en almas que no parecen absolutamente predestinadas a esas experiencias. La vida suprasensible del alma puede despertar en las formas más variadas; pero sólo podemos llegar a una experiencia, de la que seamos dueños como lo somos en nuestra vida ordinaria, sin andamos por el sendero del conocimiento aquí descrito. Cualquier otra irrupción del mundo suprasensible en las experiencias del alma significarán que esas experiencias han entrado en ella a la fuerza, y la persona en cuestión o bien se perderá en ellas, o quedará a merced de cualquier engaño concebible por lo que toca a su valor, su verdadero significado y su importancia en el mundo suprasensible real.

Es sumamente importante tener bien en cuenta que en el sendero hacia el conocimiento suprasensible el alma cambia. Puede muy bien suceder que en la vida ordinaria en el mundo físico, uno no tenga la menor inclinación a caer en ilusiones o engaños, pero que al entrar en el mundo suprasensible caiga víctima de esas ilusiones o engaños en la forma más tonta y crédula. Puede también ocurrir que en el mundo físico tengamos un sano juicio y una buena intuición por la verdad y comprender que no debemos pensar solamente de una cosa o acontecimiento para satisfacer nuestro egoísmo, sino juzgarla correctamente; y, sin embargo, a pesar de esto, podemos llegar a no ver en el mundo suprasensible más que lo que satisfaga nuestro egoísmo.

Debemos recordar cómo este egoísmo colorea todo lo que miramos. Estamos observando solamente aquello a que nuestro egoísmo dirige su mirada de acuerdo con sus propias inclinaciones, aunque quizás no nos demos cuenta de que es el egoísmo el que está dirigiendo nuestra mirada espiritual. Y entonces será muy natural que tomemos lo que veamos por la verdad. Sólo podemos protegernos contra esta eventualidad si en el sendero hacia el conocimiento suprasensible, mediante un cuidadoso examen de nosotros mismos y un esfuerzo enérgico, desarrollamos cada vez más nuestra capacidad para discernir verdaderamente cuánto egoísmo se encuentra en nuestra propia alma y en qué sentidos se manifiesta. Sólo entonces podremos emanciparnos por grados de su tiranía si en nuestras meditaciones nos esforzamos sin descanso en poner ante nosotros la posibilidad de que nuestra alma esté, en talo cual respecto, bajo su dominio.

A la ilimitada movilidad del alma en los mundos superiores le corresponde aclarar en qué diferente manera reaccionan ciertas cualidades del alma sobre el mundo espiritual y en qué forma en el mundo físico. Esto se hace evidente cuando dirigimos nuestra atención a las cualidades morales del alma.

En el mundo físico hacemos la distinción entre las leyes de la Naturaleza y las de la moralidad. Cuando deseamos explicar los procesos naturales, no podemos hacer uso de ideas morales. Explicamos una planta ponzoñosa de acuerdo con las leyes naturales, pero no la condenamos moralmente por ser ponzoñosa. Comprendemos claramente que, con respecto al reino animal, sólo puede haber, en el mejor caso, algo parecido a moralidad, y que un juicio moral en el estricto sentido de la palabra no haría más que perturbar el asunto.

Sólo en las circunstancias de la vida humana, es cuando el juicio moral acerca del valor de la existencia comienza a ser de importancia. El hombre mismo basa su propio valor en este juicio cuando llega al punto en que puede juzgar imparcialmente. Sin embargo, nadie soñaría en considerar las leyes de la Naturaleza como idénticas o siquiera parecidas con las leyes morales, sin contempla la existencia física correctamente.

Tan pronto como entramos en los mundos superiores, todo esto cambia. Cuantos más espirituales son los mundos en que entramos, tanto más coinciden lo que pudiéramos llamar la ley natural y la ley moral. En el mundo físico, sabemos que sólo hablamos metafóricamente cuando decimos que una mala acción está quemando el alma. Sabemos muy bien que el fuego natural es una cosa completamente diferente. Pero esta distinción no existe en los mundos suprasensibles; porque allí el odio y la envidia son fuerzas que actúan de tal manera, que podemos denominar sus efectos como las “leyes naturales” de ese mundo.

El odio y la envidia producen aquí el efecto de que el ser odiado o envidiado reacciona sobre el que odia o envidia en una forma consumidora o ardiente de manera que se establecen así procesos destructivos que hieren a los seres espirituales. El amor obra en tal forma en los mundos espirituales que su efecto es como una irradiación de calor productivo y elevador.

Esto ya puede ser observado en el cuerpo elemental del hombre. Dentro del mundo de los sentidos, la mano que comete un acto inmoral debe ser explicada en su actividad de acuerdo con las leyes naturales, lo mismo que una mano que sólo sirviera a la moralidad. Pero ciertas partes elementales del hombre permanecen sin desarrollarse cuando no existen los correspondientes sentimientos morales.

Y debemos explicar la formación imperfecta de los órganos elementales por la imperfección de las cualidades morales, en la misma forma como los procesos naturales son explicados por la ley natural. Por otra parte, no debemos jamás deducir la conclusión de que debido a un desarrollo imperfecto de un órgano físico, la parte correspondiente del cuerpo elemental debe también estar imperfectamente desarrollada.

Debemos tener en cuenta que en los diferentes mundos prevalecen diferentes leyes. Una persona puede tener un órgano físico imperfectamente desarrollado, pero al mismo tiempo el órgano elemental correspondiente puede no sólo ser normalmente perfecto, sino mucho más perfecto que imperfecto está el físico.

En una forma muy significativa se presenta la diferencia entre los mundos suprasensible y físico en todo lo que concierne a las ideas de belleza y fealdad. La forma en que estas ideas se emplean en la existencia física pierde todo su significado tan pronto como entramos en los mundos suprasensibles.

Hermoso, por ejemplo, sólo puede ser llamado aquel ser que es capaz de comunicar todas sus experiencias internas a los otros seres de su mundo, de manera que éstos puedan tomar parte en la totalidad de su experiencia. La capacidad de manifestar todo lo que vive dentro de uno mismo, y de no tener que ocultar nada, puede ser llamado “hermoso” en los mundos superiores. Y en estos mundos este concepto de la belleza coincide completamente con la sinceridad sin reservas con la manifestación honrada y franca de todo lo que un ser lleva consigo. Y similarmente, puede llamarse feo al ser que no quiere mostrar externamente su propio contenido interno, y que retiene y oculta su propia experiencia de los otros seres con respecto a ciertas cualidades.

Este ser se retrae de su ambiente espiritual. Este concepto de la fealdad, coincide con el de manifestación falta de sinceridad de uno mismo. Mentir y ser feo son realidades que en los mundos espirituales son idénticas, de manera tal que un ser que parece feo es un ser engañoso.

Lo que en el mundo sensorial conocemos como deseos, también aparecen con un significado completamente diferente en el mundo espiritual. Los deseos que en el mundo físico surgen de la naturaleza interna del alma humana, no existen en el mundo espiritual. Lo que podrían llamarse deseos en ese mundo son causados por lo que se ve externamente. Un ser aquí que sienta no poseer cierta cualidad que debería tener contemplará otro ser que está dotado de esa cualidad. Además, no podrá impedir el tener a este otro ser siempre ante sí.

Así como en el mundo físico el ojo ve todo lo que naturalmente es visible, así también en el mundo suprasensible la falta de una cualidad siempre atrae a un ser a la vecindad de otro, cuyo ser está dotado de la cualidad en cuestión. Y la visión de este otro ser se convierte en un continuo reproche que actúa como una fuerza real alimentando en el ser que tiene ese defecto, el deseo de corregirse. Y esto es completamente diferente de un deseo en el mundo físico, porque en el mundo espiritual el libre albedrío no queda alterado por esas circunstancias. Un ser puede oponerse a eso que la vista de algo podría evocar dentro de sí. Y entonces lograría gradualmente ser separado de su modelo.

La consecuencia, sin embargo, sería que el ser que así se oponga a su modelo, iría a parar a mundos en que las condiciones de la existencia serían peores que las que hubiera tenido en el mundo a que en cierto sentido estaba predestinado.

Todo esto muestra al alma que su mundo de conceptos debe transformarse cuando penetra en los reinos suprasensibles. Las ideas deben cambiar y ampliarse, uniéndose con otras si queremos describir los mundos suprasensibles correctamente. Esta es la razón por la que las descripciones de los mundos suprasensibles dadas en términos del mundo físico, sin ninguna alteración, son siempre insatisfactorias. Podemos comprender que es el resultado de un sentimiento humano normal, si usamos en el mundo físico, más o menos simbólicamente o como de aplicación inmediata, ideas que sólo adquieren su plena significación con respecto a los mundos suprasensibles.

Y así es como podemos sentir realmente como feo el mentir, pero al comparar el carácter de esta idea en el mundo suprasensible, se encontrará que el uso de esas palabras en el mundo físico es sólo una reflexión, resultando esto del hecho de que todos los diferentes mundos están relacionados unos con otros, y estas relaciones las percibimos vaga e inconscientemente en el mundo físico. Sin embargo, debemos tener presente que en el mundo físico una mentira, que sentimos es fea, no es necesariamente fea en su apariencia exterior, y crearíamos sólo confusión si quisiéramos explicar la fealdad en el mundo físico como el resultado de la falsedad. No obstante, en el mundo suprasensible, todo lo falso, visto bajo su verdadera luz, nos hace la impresión de ser de apariencia fea.

Y nuevamente aquí hay que guardarse contra posibles engaños. El alma puede encontrar en el mundo suprasensible un ser que pueda ser caracterizado como maligno, aunque se manifieste en una forma que debiéramos llamar hermosa, de acuerdo con las ideas de belleza que traemos del mundo físico.

Y en tal caso no nos será posible juzgarlo correctamente antes de que hayamos penetrado en el corazón del ser en cuestión. Y entonces descubriremos que la “hermosa” manifestación era sólo una máscara que no armonizaba con la naturaleza del ser, y que eso que creíamos hermoso, de acuerdo con las ideas que traíamos del mundo físico, impresiona nuestra mente con fuerza particular, como feo.

Y tan pronto como esto ocurra el ser maligno ya no podrá engañarnos más con su “belleza”, y tendrá que revelarse en su debida forma, que sólo puede ser una expresión imperfecta de lo que está dentro. Este fenómeno del mundo suprasensible pone en evidencia cómo tienen que ser transformados los conceptos humanos cuando entramos en ese mundo.



OCTAVA MEDITACION

En la que le intenta formarse una idea de la forma en que el Hombre contempla sus Repetidas Vidas Pasadas.


No debiéramos realmente hablar de peligros durante la jornada del alma por los mundos suprasensibles, si esta jornada se hace en la forma debida. El método no conduciría a su meta si entre las instrucciones psíquicas dadas hubiera de aquellas que crean peligros para el discípulo. La meta está más bien en hacer el alma fuerte, concentrar sus fuerzas, de manera que el hombre sea capaz de soportar las experiencias de su alma, que necesita pasar cuando quiere ver y comprender otros mundos, además del físico. Además, una diferencia esencial entre el mundo físico y el mundo suprasensible es que la visión, percepción y comprensión están relacionadas unas con otras en una forma completamente distinta en los dos mundos.

Cuando oímos hablar de alguna parte del mundo físico, tenemos cierto derecho a sentir que lograremos arribar a una comprensión completa de él observándolo y percibiéndolo. No creemos haber comprendido un paisaje o un cuadro hasta que lo hemos visto. Pero los mundos suprasensibles pueden ser comprendidos completamente si con mente abierta aceptamos una descripción correcta de ellos. Con objeto de comprender y de experimentar todas las fuerzas necesarias para el fortalecimiento y completamiento de la vida que pertenece a los mundos espirituales, sólo necesitamos las descripciones de aquellos que pueden verlas.

El conocimiento real acerca de esos mundos, directamente, sólo puede lograrse por aquellos que pueden hacer investigaciones fuera del cuerpo físico. Las descripciones de los mundos espirituales sólo pueden darlas los videntes. Pero el conocimiento de estos mundos que sea necesario para la vida del alma puede obtenerse mediante sólo la comprensión. Y es perfectamente posible no ser capaz de contemplar los mundos suprasensibles uno mismo y sin embargo comprenderlos con todas sus peculiaridades, con una comprensión que el alma en ciertas circunstancias tiene perfecto derecho a pedir y que en realidad debe pedir.

Por lo tanto es también posible de que eligiéramos nuestros elementos de meditación de la suma de conceptos que ya hemos adquirido concerniente a los mundos espirituales. Estos medios de meditación son absolutamente los mejores y los que nos conducirán con más seguridad a la meta.

Aunque esta noción pueda parecer muy natural, sin embargo no sería correcto creer que el conocimiento de los mundos superiores obtenido mediante la comprensión antes de llegar a la visión suprasensible, pueda ser un obstáculo para el desarrollo de esa visión. Al contrario, es más fácil y seguro tratar de conseguir la clarividencia con algunos conocimientos preliminares, que sin ellos. Bien sea que nos quedemos con el entendimiento solamente o que tratemos de obtener la clarividencia, esto dependerá de que se despierte o no un intenso deseo íntimo de lograr el conocimiento directo. Si existe tal deseo, no podemos dejar de buscar toda oportunidad de comenzar una jornada personal en los mundos suprasensibles.

El deseo de comprender los mundos superiores se difundirá más y más entre los hombres de nuestros días porque una observación atenta de la evolución humana muestra que desde ahora en adelante, las almas humanas están entrando en un estadio de desenvolvimiento en el que no podrán encontrar su verdadera relación con la vida si les falta esta comprensión de los mundos suprasensibles.

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Cuando hemos llegado a un punto, en nuestra jornada psíquica, que llevamos en nosotros como “memoria” lo que llamamos “nosotros” o nuestro yo en la vida física, y nos experimentamos nosotros en otro ego recién nacido, entonces somos capaces de ver nuestra vida extendiéndose más allá de los límites de la vida terrestre.

Ante nuestros ojos espirituales se presenta el hecho de que hemos tomado parte en otra vida, en el mundo espiritual, antes de nuestra existencia actual en el mundo de los sentidos; y en esa vida espiritual es donde se encuentran las causas reales que modelaron nuestra existencia física. Nos familiarizamos con el hecho de que antes de recibir un cuerpo físico y antes de que entráramos en la existencia física, vivíamos una vida puramente espiritual.

Vemos cómo ese ser humano en que nos hemos convertido, con sus facultades e inclinaciones, fue preparado durante una vida que tuvimos en un mundo puramente espiritual, antes del nacimiento. Nos vemos como seres que vivieron espiritualmente antes de su entrada en el mundo de los sentidos, y que ahora están tratando de vivir como seres físicos con aquellas facultades y características psíquicas que quedaron unidas a ellos originalmente y que se desarrollaron después de su nacimiento. Sería un error decir: ¿Cómo es posible que en esa vida espiritual yo haya aspirado a poseer facultades e inclinaciones que ahora que las tengo no me gustan absolutamente?

Nada importa que en el mundo de los sentidos una cosa guste al alma o no. Ese no es el punto. El alma tiene puntos de vista completamente diferentes para sus aspiraciones en el mundo espiritual que los que tiene en el mundo de los sentidos. El carácter de la sabiduría y de la voluntad es completamente diferente en los dos mundos.

En la vida espiritual sabemos que para beneficio de nuestra evolución total necesitamos cierta clase de vida en el mundo físico, la que una vez que la tenemos puede parecer desagradable o deprimente para el alma; ya pesar de ello luchamos por ella, porque en la existencia espiritual no preferimos lo que es simpático o agradable, sino lo que es necesario para el debido desarrollo de nuestro ser individual.

Y lo mismo sucede con respecto a los acontecimientos de la vida. Los contemplamos y vemos como los hemos preparado en el mundo espiritual, tanto lo desagradable y antipático, como lo simpático y agradable, y como hemos sido nosotros mismos los que hemos provocado los impulsos que dieron origen tanto a nuestras experiencias dolorosas como felices en la existencia física. Pero aún así puede parecernos incomprensible, mientras sólo vivamos en el mundo físico, que hayamos sido nosotros mismos los creadores de talo cual situación en la vida.

En el mundo espiritual, sin embargo, hemos tenido lo que pudiéramos llamar visión o percepción suprasensible, que nos hizo decir: “Tendrás que pasar por tal experiencia desagradable o antagónica, porque sólo tal experiencia puede hacerte adelantar un paso más en tu desarrollo total”.

Desde el punto de vista del mundo físico solamente, no es posible nunca decidir cuánto hace adelantar a un ser humano una vida terrestre en su evolución total.

Habiendo realizado la existencia espiritual que precede a la terrestre, vemos las razones por las cuales en nuestra vida espiritual hemos creado cierto destino para la siguiente vida terrestre. Y estas razones nos conducirán más atrás aún, hacia una vida terrestre anterior vivida en el pasado. Del carácter de esa vida terrestre anterior, de las experiencias hechas y las capacidades adquiridas en ella, dependen los deseos en la siguiente vida espiritual de corregir las experiencias defectuosas y desarrollar las capacidades descuidadas entonces, mediante una nueva vida en la tierra.

En el mundo espiritual uno siente una injusticia cometida por uno mismo contra otro ser humano, como una perturbación de la armonía del mundo, y entonces comprendemos la necesidad de encontrarnos nuevamente con ese ser humano en la tierra en nuestra próxima vida terrestre, con objeto de poder ponernos en tal relación con él como para poder reparar el error cometido.

Durante el desarrollo progresivo del alma el límite de su visión se va extendiendo sobre una serie de vidas terrestres anteriores. Y en esta forma llegamos mediante la observación. al conocimiento de la verdadera historia de la vida de nuestro ego superior. Vemos que el hombre va a través de su existencia total en una sucesión de vidas sobre la tierra, y que entre estas repetidas vidas terrestres, pasa a través de estados puramente espirituales de existencia, que están relacionados con sus vidas terrestres de acuerdo con ciertas leyes.

De esta manera, el conocimiento de existencias repetidas en la tierra se eleva a la esfera de la observación. (Con objeto de evitar un error muy frecuente, es necesario llamar la atención al hecho siguiente, de que se trata más ampliamente en otras obras mías. La suma total de la existencia de un hombre no se desarrolla en una repetición ilimitada de vidas. Cierto número de repeticiones tienen lugar, pero tanto antes del principio como después del fin de la serie, se encuentran estados de existencia completamente distintos, y todo esto muestra en su totalidad ser un desarrollo inspirado por una sabiduría sublime).

El conocimiento de las vidas terrestres repetidas, puede ser también alcanzado mediante una observación razonable de la existencia física. En mis libros “Teosofía”, y “An Outline of Occult Science” (Bosquejo de la Ciencia Oculta), así como en otras obras, se ha hecho la tentativa de probar la reencarnación mediante razonamientos característicos de la doctrina moderna de la evolución en la ciencia natural. Se muestra allí cómo el pensamiento lógico y la investigación que realmente sigue el método científico y sus resultados hasta sus últimas consecuencias, se ven absolutamente forzados a aceptar la idea de la evolución que nos presenta la ciencia moderna en el sentido de considerar como ser verdadero a la individualidad psíquica del hombre, como algo que está evolucionando a través de una serie de existencias físicas alternadas con vidas intermedias puramente espirituales. Las pruebas aducidas en esas obras, son naturalmente pasibles de muchas ampliaciones y desarrollo.

Pero no parece injustificada la opinión de que las pruebas en esta materia tienen precisamente el mismo valor científico que lo que en general se llama prueba científica. No hay nada en la ciencia de las cosas espirituales que no pueda ser confirmado por pruebas de esa clase. Pero, por supuesto, tenemos que admitir que la dificultad que encontraremos para hacer admitir pruebas científicas espirituales será mucho mayor que para las pruebas de la ciencia natural.

Esto no es debido a que su lógica sea menos estricta, sino porque frente a esas pruebas deja uno de sentir esos hechos físicos básicos que hacen tan fácil la aceptación de las pruebas de la ciencia natural. Esto nada tiene que hacer con la conclusividad del razonamiento mismo. Y si somos capaces de comparar sin prejuicios las pruebas de la ciencia natural con las dadas análogamente por la ciencia espiritual, quedaremos convencidos de que su poder concluyente es igual. Y de esta manera, la fuerza de tales pruebas puede ser agregada a lo que el investigador de los mundos espirituales tiene que dar como descripción de las sucesivas vidas terrestres que resultan de tal visión.

Una parte puede soportar a la otra en la formación de una convicción de la verdad de la reencarnación humana basada simplemente en la comprensión razonable. Aquí hemos hecho el ensayo de mostrar el camino que lleva más allá de la comprensión mental a la visión suprasensible de esta reencarnación.