Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

C. W. Leadbeater

A los que lloran la muerte de un ser querido (I Parte)

Escrito de C.W. Leadbeater

leadbetter1.jpg

Noche tras noche,
a las almas de los hombres se les permite volar
Desde sus redes en donde yacen cautivas.


Noche tras noche, desde sus jaulas, cada alma vuela
Hacia el infinito; ya no se es más esclavo o rey.
Aún por un instante, cada noche el corcel del Espíritu
Es de los arreos del cuerpo liberado:
“El Dormir es Hermano de la Muerte”: ven, este enigma lee.


Pero para que al amanecer no se rezaguen,
Cada alma Él la une con largas ataduras,
Que desde estas arboledas y llanuras Él puede revocar
A esos espíritus errantes de su yugo cotidiano.”


Jalal-ud-din (Poeta Sufí)



Hermano: has perdido, por la muerte, a uno a quien amabas entrañablemente, uno que quizás era para ti todo en el mundo; y por consiguiente, a ti te parece aquel mundo vacío, y que la vida ya no vale la pena.

Sientes que te abandonó para siempre la alegría; que para ti, en adelante, la existencia no puede ser sino tristeza sin esperanza; un angustioso anhelo para renovar el “contacto de una mano desaparecida, y el timbre de una voz que se extinguió”.

Estás pensando principalmente acerca de ti mismo y de tu intolerable pérdida; pero hay además otro dolor. Se agrava tu pesar por la incertidumbre respecto al estado actual del ser que amaste; sientes que se ha ido pero ignoras a dónde.

Deseas fervorosamente que él esté bien, mas, cuando levantas los ojos, todo lo encuentras vacío; cuando llamas, no hay respuesta; y, por consiguiente, te sumerges en la desesperación y la duda, y formas una nube que te vela el Sol que jamás se oculta.

Tu sentimiento es completamente natural; yo, que escribo, lo comprendo perfectamente, y mi corazón está lleno de simpatía para todos los afligidos como tú.

Pero deseo hacer algo más que brindarte simpatía; confío en que pueda aportarte ayuda y alivio. Tal ayuda y alivio han llegado a miles que estuvieron en tu mismo triste caso. ¿Por qué no han de poder llegar a ti también?

Dices: ¿cómo puede haber alivio ni esperanza para mí?

Existe la esperanza de alivio para ti porque tu pesar se funda en un falso concepto: te afliges por algo que realmente no ha sucedido. Cuando comprendas los hechos dejarás de afligirte.

Contestas: mi pérdida es un hecho real. ¿Cómo podrás ayudarme sin devolverme al que murió?

Comprendo perfectamente tu sentimiento; sin embargo, ten un poco de paciencia conmigo, y trata de asimilar tres principales premisas, las que me propongo presentarte; primero meramente como afirmaciones generales, y después en detalle convincente.

demoniosastr.jpg

* * *


Tu pérdida es solamente un hecho aparente; es aparente sólo desde el aspecto en que tú lo ves. Deseo llevarte a otro punto de vista. Tu desconsuelo es el resultado de un gran engaño; de la ignorancia de las leyes de la naturaleza; permíteme ayudarte en el camino hacia el conocimiento por medio de la explicación de unas pocas y sencillas verdades las cuales podrás estudiar más ampliamente y a voluntad.


Pierde todo desasosiego o incertidumbre respecto al estado del ser que amas; porque la vida después de la muerte ya dejó de ser un misterio.
El mundo más allá de la tumba existe bajo las mismas leyes naturales propias de éste que conocemos, y ha sido explorado con científica precisión.


No debes afligirte, porque tu desconsuelo hace daño a tu amado. Con que sólo logres abrir tu mente a la verdad, ya no te afligirás más.


Pensarás, tal vez, que éstas son simples conjeturas; más permíteme preguntarte: ¿Qué base tienes para tu actual creencia al respecto, sea cual fuere?
Supones que debes tener tal creencia porque la enseña alguna Iglesia o porque se la considera fundada en lo escrito en algún libro sagrado, o porque es la creencia general de los que te rodean: la aceptada opinión de tu época.

Más si procuras librar tu mente de preceptos, verás que esas opiniones también descansan en una mera afirmación, puesto que las Iglesias enseñan dogmas distintos, y las palabras del libro sagrado pueden ser y han sido interpretadas de diferentes maneras.

El dogma aceptado de tu época, no se basa en conocimiento exacto alguno; es sencillamente cosa de oídas. Estos asuntos que nos afectan tan íntima y profundamente, son demasiado trascendentales para basarlos en meras conjeturas o en vagas creencias: exigen la certeza que se desprende de la investigación científica y la clasificación. Ya se ha emprendido tal investigación, se ha efectuado tal clasificación; y el resultado de una y otra es el que deseo poner ante tu vista.

No pido creencia ciega alguna; relato lo que yo mismo conozco como hechos evidentes y te invito a examinarlos.

Consideremos una por una estas premisas.

Para aclararte el asunto de la constitución del hombre, debo decirte un poco más de lo que generalmente conocen aquellos que no han hecho estudios especiales en la materia.

Has oído decir, vagamente, que el hombre posee un algo inmortal que se llama alma, la cual se supone que sobrevive a la muerte del cuerpo. Quiero que deseches esa vaguedad, y que comprendas que, aun siendo cierto el concepto, es un aserto de los hechos muy restringido.

No digas: “Considero que tengo alma” son “Sé que soy alma”. Porque esa es la pura verdad; el hombre es un alma, y tiene un cuerpo. El cuerpo no es el hombre.

Lo que tú llamas la muerte no es sino el acto de despojarse de una vestidura inservible, y esto no implica el fin del hombre así como no implicaría el fin tuyo quitarte la chaqueta. Por consiguiente, no has perdido a tu amigo: solamente has perdido de vista el abrigo en el cual acostumbrabas verlo envuelto.

El abrigo se fue, mas no el hombre que lo vestía; seguramente, es el hombre lo que tú amabas, y no su vestidura.

Antes de que puedas entender las condiciones de tu amigo, precisa que comprendas la tuya.

Haz un esfuerzo para asimilarte el hecho de que tú eres un ser inmortal; inmortal, porque en esencia eres divino, porque eres una chispa del mismo Fuego de dios; que has vivido por largas edades antes de vestir este ropaje que llamas un cuerpo; y que vivirás por muchas edades después que él se haya desecho en polvo.

“Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”. Esto no es una adivinanza o una creencia piadosa; es un hecho científico definido, susceptible de prueba, como podrías verlo por medio de la literatura sobre el particular, si te tomaras el trabajo de leerla.

Lo que has considerado como tu vida es en realidad un solo día de tu verdadera vida como alma, cosa igualmente cierta respecto de tu amado, por consiguiente él no está muerto; es únicamente su cuerpo lo que se desechó.

Sin embargo, no por esto debieras pensar de él como de un mero aliento sin cuerpo, o de manera alguna que sea menos él mismo de lo que antes era.

Como afirmó San Pablo hace mucho tiempo: “Hay un cuerpo natural, y hay un cuerpo espiritual”.

La gente entiende mal esa observación, porque considera estos cuerpos como sucesivos, y no comprende que todos nosotros poseemos el uno y el otro, aun ahora. Tú, que lees esto, posees tanto un cuerpo “natural” o físico, el cual puedes ver, como otro cuerpo interno, que no puedes ver: el que llamaba San Pablo “espiritual”.

Y cuando desechas el físico, aún retienes aquel otro y más fino vehículo, quedas revestido de tu “cuerpo espiritual”. Si simbolizamos el cuerpo físico como una chaqueta o abrigo, podemos pensar de este cuerpo espiritual como de la ropa interior que el hombre viste debajo de esa vestidura externa.

Si esa idea ya se te aclara, avancemos otro paso.

No es, solamente, en lo que llamas la muerte donde desechas aquel sobretodo de materia densa; cada noche, al dormir, te separas de él por un rato, y andas vagando por el mundo en tu cuerpo espiritual, invisible, con respecto a este mundo denso, pero claramente visible para aquellos amigos que estuvieran usando, a la vez, sus cuerpos espirituales; porque cada cuerpo ve únicamente aquello que está en su propio nivel.

Tu cuerpo físico ve solamente otros cuerpos físicos; tu cuerpo espiritual ve solamente otros cuerpos espirituales. Cuando vuelves a ponerte tu chaqueta, es decir, cuando vuelves a tu cuerpo más denso, y despiertas a este mundo inferior, suele suceder que tienes algún recuerdo, aunque generalmente muy embrollado, de lo que has visto cuando estuviste en otra parte, y lo llamas un sueño vívido.

Por tanto, puede descubrirse el sueño como una especie de muerte temporal, consistiendo la diferencia en que no te separas de tu chaqueta de modo tan radical que quedes impedido de volver a ponértelo.

Queda igualmente demostrado que, cuando duermes, entras a la misma condición por la cual ha pasado el ser amado por ti.

Ahora procederé a explicarte cuál es esa condición.

Han corrido muchas teorías respecto a la vida después de la muerte, casi todas ellas basadas en falsas comprensiones de las antiguas escrituras.

En un tiempo se aceptaba, casi universalmente en Europa, el horrible dogma de lo que se llamaba sempiterno castigo, ahora, ya nadie, fuera de los más rematadamente ignorantes, cree en él. Fue basado en una mala traducción de ciertas palabras atribuidas a Cristo, y mantenido por los monjes medievales como un espantajo conveniente con qué asustar a las masas ignorantes para que se portaran bien. A medida que el mundo avanzaba en la civilización, empezaron los hombres a comprender que tal dogma era no sólo blasfemo, sino ridículo.

Los religiosos modernos lo han reemplazado, por consiguiente, por sugestiones algo más sanas; pero generalmente vagas y enteramente apartadas de la sencillez de la verdad. Todas las Iglesias han complicado sus doctrinas, porque insistieron en empezar con el absurdo e infundado dogma de una cruel e iracunda Deidad, la cual se complacía en hacer daño a su pueblo.

Ellas importaron esa espantosa doctrina del primitivo Judaísmo, en lugar de aceptar la enseñanza del Cristo de que Dios es un Padre amoroso. La gente que ha podido asimilarse el hecho fundamental de que Dios es Amor, y que Su Universo se gobierna por medio de leyes sabias y eternas, ha empezado a darse cuenta de que estas leyes deben obedecerse, tanto en el mundo de más allá de la tumba como en éste.

Pero aún son vagas tales creencias. Nos hablan de un lejano Cielo, de un día del juicio en el remoto porvenir; pero nos informan poco respecto de lo que sucede aquí y ahora. Los que enseñan, ni pretenden tener experiencia personal alguna de las condiciones que reinan después de la muerte. No nos dicen lo que ellos mismos saben, sino solamente lo que han oído de otros.

¿Cómo podrá satisfacernos eso?

La verdad es que ya pasó el día de la creencia ciega. Hemos llegado a la era del conocimiento científico, y ya las ideas que carecen de razón y sentido común son inaceptables.

No existe razón alguna para que los métodos de la ciencia no se apliquen a la elucidación de problemas que en otros días se dejaban enteramente a la religión.

Somos espíritus; más vivimos en un mundo material; un mundo que, sin embargo, apenas comprendemos parcialmente.

Todo el conocimiento que acerca de él tenemos, nos llega por medio de nuestros sentidos; pero estos sentidos son muy imperfectos.

Podemos ver los objetos sólidos; usualmente podemos ver los líquidos, salvo que estuvieran absolutamente claros; mas los gases, en la mayoría de los casos, nos son invisibles.

La investigación demuestra que hay otras especies de materia mucho más imperceptibles que los gases más tenues, a las cuales no responden nuestros sentidos físicos, de modo que no podemos llegar a conocerlas por medios físicos. Sin embargo, podemos llegar a relacionarnos con ellas; podemos investigarlas, pero únicamente por medio de aquel “cuerpo espiritual” de que se hizo antes referencia; porque aquel tiene sus sentidos así como éste los tiene.

La mayoría de los hombres no han aprendido a usarlos todavía, pero este poder puede adquirirse por el hombre. Sabemos que esto puede ser, porque ha sido así adquirido; y los que lo hayan logrado pueden percibir mucho de lo que se oculta a la vista del hombre común.

Aprenden que este mundo nuestro es mucho más maravilloso de lo que jamás hubiéramos supuesto: que, aún cuando los hombres hayan vivido en él por miles de años, la mayoría se quedó totalmente ignorante de toda la parte más hermosa y superior de la vida.

La línea de investigación a que me refiero ha dado ya muchos resultados maravillosos, y cada día nos ofrece nuevas perspectivas. Esta información puede obtenerse en la Sabiduría Divina de la cual nos interesa ahora considerar una parte tan sólo, la del nuevo conocimiento que nos ofrece acerca de la vida más allá de lo que llamamos muerte, y la condición de los que la experimentan.

lapazseaconvosotros.jpg

* * *

Lo Primero que aprendemos es que la muerte no es el fin de la vida, como ignorantemente hemos presumido, sino meramente el paso de una etapa de vida a otra.

Ya he dicho que es como el quitarse un abrigo; pero que, después, el hombre se encuentra vestido con su acostumbrada ropa interior –el cuerpo espiritual-. Pero que, aun cuando por ser tanto más fino, San Pablo lo llamó el “espiritual”, es siempre un cuerpo, y por consiguiente, material, aunque la materia de la cual se compone sea mucho más fina que cualquiera de las conocidas comúnmente por nosotros.

El cuerpo físico sirve al espíritu como medio.

Sin ese cuerpo como instrumento no le sería posible comunicarse con este mundo, ni recibir impresiones de él. Vemos aquí que el cuerpo espiritual sirve exactamente para el mismo propósito; el de actuar como intermediario del espíritu con el mundo superior y espiritual. Pero este mundo espiritual no es algo vago, lejano y fuera de alcance; es, sencillamente, una parte superior del mundo que actualmente habitamos.

Ni por un momento niego que hay otros mundos mucho más elevados y más remotos; estoy afirmando tan sólo que lo que comúnmente se llama muerte no tiene nada que ver con ellos, y que es meramente un traspaso de una etapa o condición a otra, en este mundo que todos conocemos.

Puede decirse que el hombre que hace tal cambio se vuelve invisible para ti; pero si lo piensas bien, verás que el hombre siempre te ha sido invisible, que lo que acostumbras mirar era únicamente el cuerpo que él habitaba. Ahora él habita otro cuerpo más delicado, el cual se encuentra más allá de tu vista ordinaria; pero no necesariamente, de modo alguno, fuera de tu alcance.

El primer punto por realizar es el de que, aquellos que llamamos los muertos, no nos han dejado. Hemos sido educados en una creencia compleja, la cual implica que cada muerte es un milagro separado y maravilloso, que cuando el alma abandona el cuerpo se desvanece y entra, de alguna manera, en un cielo más allá de las estrellas –sin indicación relativa al medio mecánico de tránsito empleado para cruzar el aterrador espacio-.

Los procesos de la Naturaleza son, sin duda, maravillosos, y, para nosotros, a menudo incomprensibles; pero jamás contrarían a la razón ni al sentido común.

Cuando te quitas tu chaqueta en tu casa, no por eso vuelas a la cumbre de una montaña lejana; quedas parado exactamente donde estabas antes, aunque puede ser que presentes una apariencia externa diferente.

Precisamente, del mismo modo, cuando un hombre deja su cuerpo físico, se queda exactamente donde estaba antes. Es cierto que tú no lo ves ya, pero esto no implica que él haya ido a otra parte, sino que el cuerpo que ahora usa es invisible a tus ojos físicos.

Probablemente sabes que nuestros ojos no responden sino en proporción muy pequeña a las vibraciones que existen en la Naturaleza, y por consiguiente las únicas substancias que podemos ver son aquellas que pueden reflejar esas especiales ondulaciones.

La vista de tu “cuerpo espiritual” es igualmente cuestión de respuesta a cierta clase de ondulaciones; pero estas son de orden totalmente distinto de las físicas, proviniendo de un tipo de materia mucho más fino.

Por el momento, todo lo que nos concierne entender es que, por medio de tu cuerpo físico, puedes ver y tocar el mundo físico únicamente, mientras que por medio del “cuerpo espiritual” puedes ver y tocar las cosas del mundo espiritual. Y recuerda que éste no es, en sentido alguno, otro mundo, sino sencillamente una parte más refinada de este mundo.

Una vez más te repito que hay otros mundos, pero que no nos conciernen por ahora.

El ser que tú consideres ausente, en realidad aún está contigo. Cuando te hallas junto a él, tu en el cuerpo físico y él en el vehículo espiritual, no están consciente de su presencia porque no le puedes ver; mas, cuando tú dejas tu cuerpo físico durante el sueño profundo, te juntas a él con plena y perfecta conciencia, y tu unión con él es en todos sentidos tan completa como antes. De modo que, durante el sueño, te hallas feliz cerca de aquel ser a quien amas; únicamente durante las horas de vigilia es cuando sientes la separación.

Desgraciadamente, para la mayoría de nosotros existe un lapso entre la conciencia física y la conciencia del cuerpo espiritual, de tal suerte que, aun cuando en la última podemos recordar perfectamente la primera, muchos encontramos imposible el traer a la vida de vigilia la memoria de lo que hace el alma cuando, durante el sueño, está ausente del cuerpo físico. Si tal memoria fuera perfecta para nosotros, no existiría, de verdad, la muerte.

Algunos hombres han alcanzado ya esta continuada conciencia, y todos la podrán alcanzar gradualmente, porque es parte del desenvolvimiento natural de los poderes el alma. En muchos, tal desenvolvimiento ha empezado ya, y a éstos les llega fragmentos de memoria; pero hay una tendencia a calificarlos meramente como sueños, y por lo tanto, sin valor, tendencia que prevalece especialmente entre los que no han hecho estudio de los sueños y no comprenden lo que realmente son.

Más, aunque todavía sólo unos pocos poseen vista y memoria plena, ay muchos que han podido sentir la presencia de sus seres amados, aun sin poderlos ver, y hay otros que, aun sin memoria definida, despiertan del reposo con una sensación de paz y bendición, resultante de lo ocurrido en aquel mundo superior.

Recuerda siempre que este es el mundo inferior y aquél el superior, y que en este caso, el mayor contiene en sí lo menor.

En aquella conciencia recuerdas perfectamente lo que sucede en ésta, porque a medida que te transportas de ésta a aquella al sumirte en el sueño, estás desechando un impedimento: el obstáculo del cuerpo inferior; mas al retornar a esta vida inferior, asumes de nuevo esa carga, y al asumirla se te velan de nuevo las facultades superiores y caes en el olvido. Síguese, pues como consecuencia, que si deseas participar una noticia a un amigo difunto, no tienes más que formularla con claridad en tu mente al dormir, con la resolución de decírsela, y puedes tener la seguridad de hacerlo así en cuanto te encuentres con él.

Puede que a veces quieras consultarle sobre algún punto, y aquí el hueco entre las dos formas de conciencia te impedirá generalmente traer una contestación clara. Sin embargo, aunque no pudieras regresar con un recuerdo definido, a menudo despertarás con una impresión bien determinada respecto a su deseo y decisión, y por regla general, podrás suponer que tal impresión es verídica.

No obstante, debieras consultarlo lo menos posible, puesto que, como veremos más adelante, es censurable molestar a los supuestos muertos, en su mundo inferior, con asuntos que pertenecen al departamento de esta vida, del cual ellos se han liberado.

Esto nos conduce a la consideración de la vida que llevan los muertos.

Existe en ella muchas y grandes variaciones; pero, cuando menos, es casi siempre más dichosa que la vida terrestre. Así lo expresa una escritura antigua:
“Las almas de los justos quedan en poder de Dios, y ningún tormento las tocará. A la vista de los ignorantes parece que murieron, lo que se toma, de nuestro lado, como la destrucción total; pero ellas gozan de la paz”.

Debemos librarnos de teorías anticuadas; el muerto no salta repentinamente a un cielo imposible ni tampoco cae en un infierno aún más imposible. En verdad, no existe infierno alguno en el antiguo y malvado sentido de la palabra, y no hay en ninguna parte, ni en ningún sentido, más infierno que el que el hombre se fabrique para sí mismo.

Trata de comprender claramente que la muerte no cambia en absoluto al hombre; que éste no se convierte súbitamente en un gran santo o un ángel, ni tampoco se le dota repentinamente con toda la sabiduría de las edades; que queda siendo exactamente el mismo hombre el día después de su muerte que lo fuera el día antes, con las mismas emociones, la misma disposición, el mismo desarrollo intelectual. La única diferencia consiste en haber perdido su cuerpo físico.

Trata de comprender exactamente lo que eso significa:
Significa la libertad absoluta de poder sustraerse del dolor y la fatiga, también la liberación de todos los deberes fastidiosos, entera libertad (probablemente por la vez primera en su vida) para hacer exactamente lo que le plazca.

En la vida física el hombre se encuentra constantemente coartado; si no constituye parte de la pequeña minoría con medios de vida independiente, estará siempre obligado a trabajar para adquirir dinero, dinero que tiene que poseer para poder comprar alimentos, vestido y abrigo para sí y para los que dependen de él. En pocos casos excepcionales, tales como los de los artistas, pintores y músicos, el trabajo del hombre es un goce; pero en la mayoría de los casos es una forma de labor a la que nunca se dedicaría sino por necesidad.

En este mundo espiritual ya no hay necesidad de dinero, de alimento ni abrigo, puesto que su gloria y su hermosura se brindan a todos sus habitantes sin dinero ni precio.

En su tenue materia, en el cuerpo espiritual, puede el ser moverse en todas direcciones, como le plazca; si ama el arte, puede gastar todo su tiempo en contemplar las obras magistrales de los hombres más prominentes; si fuera músico, podría pasar de una a otra de las principales orquestas del mundo, o gastar su tiempo en escuchar a los más célebres ejecutantes.

Cualquiera que haya sido su goce especial en la tierra, su gusto favorito, puede dedicarse a él enteramente, y proseguirlo al extremo, con la más amplia libertad, con tal que su goce sea el del intelecto o de las emociones superiores, para gratificación del cual no necesita la posesión de un cuerpo físico.

Así se verá, de una vez, que todo hombre razonable y de buenas costumbres es infinitamente más feliz después de la muerte que antes, puesto que tiene tiempo amplio, no sólo para el placer, sino para su progreso realmente satisfactorio en las líneas que más le interesan.

¿No habrá, pues, en aquel mundo almas infelices? Sí, porque tal vida es necesariamente una secuela de ésta, y el hombre queda en todos conceptos tal cual era antes de abandonar su cuerpo. Si sus goces en este mundo fueron bajos y groseros, se encontrará en aquel mundo sin poder gratificar tales deseos; un borracho sufrirá deseos inextinguibles de beber, sin cuerpo ya con el cual apaciguarlos; al glotón le harán falta los placeres de la mesa; el avariento no encontrará oro que amontonar.

El hombre que se ha acostumbrado a ceder en la tierra a las pasiones indignas sentirá que aún le corroen. La persona sensual aún palpitará con apetencias que ya no pueden ser satisfechas; el hombre celoso es aún desgarrado por sus celos, tanto más, cuanto que ya no puede impedir los actos de quien fue objeto de sus celos.

Tales personas indudablemente sufren, -pero únicamente esa clase de seres- únicamente aquellas cuyas tendencias y pasiones fueron groseras y físicas en su naturaleza. Y aún ellas pueden dominar en absoluto su propia suerte; con sólo vencer tales inclinaciones inmediatamente se libran del sufrimiento que sus impulsos causan.

Recuerda siempre que no hay tal castigo; no hay más que el resultado natural de una causa definida; de modo que sólo se necesita remover la causa y cesa el efecto, no siempre inmediatamente, sino en cuanto la energía de la causa se agota.

Hay muchas personas que habiendo evitado esos vicios notorios, han vivido, sin embargo, lo que puede llamarse vidas mundanas, importándoles principalmente, la sociedad y sus convencionalismos, y pensando únicamente en el goce propio.

Tales personas no pasan por sufrimiento agudo en el mundo espiritual, pero muy a menudo lo consideran insípido y pesado.

Pueden juntarse con otras de su mismo tipo; pero, generalmente, encuentran en ellas algo monótono, ya que no puede haber competencia ni en el vestir, ni en la general ostentación; mientras que las personas del tipo mejor y más inteligentes con quienes desean juntarse actúan, por regla general, de modo distinto, y les son, por consiguiente casi inaccesibles.

Pero, cualquier hombre de intelectualidad racional, o de artísticos sentimientos, se encontrará infinitamente más feliz fuera de su cuerpo físico que dentro de él; y debe recordarse que es siempre posible que un hombre desarrolle en aquel mundo un interés racional si su discernimiento lo impulsa a ello.


Los vivos nacen de los muertos, del mismo modo que éstos nacen de aquéllos.
Platón (El Fedón)

* * *

guardian_angel.jpg

Continuará…


Los Chakras (I)


por C. W. Leadbeater.

Traducción directa del inglés: Federico Climent Terrer.


Prefacio

Cuando un hombre comienza a agudizar sus sentidos de modo que pueda percibir algo más de lo que los otros perciben, se despliega ante él un nuevo y fascinador mundo, y los chakras son de las primeras cosas de dicho mundo que le llaman la atención. Se le presentan las gentes bajo un nuevo aspecto y descubre en las personas mucho que antes estaba oculto a su vista; y por tanto, es capaz de comprender, apreciar y en caso necesario auxiliar al prójimo mucho mejor de lo que antes le era posible.

Los pensamientos y emociones de las gentes se manifiestan a sus ojos con toda claridad de forma y color; y el grado de su evolución y las condiciones de su salud son para él notorios en vez de conjeturables. El brillante colorido y el rápido e incesante movimiento de los chakras colocan a las gentes bajo la inmediata observación del investigador, quien naturalmente desea conocer qué son y significan.

El objeto de esta monografía es dilucidar dicho punto y dar a quienes aún no han intentado educir sus latentes facultades una idea de esta pequeña parte de lo que ven y en la medida que les es posible comprenden sus más dichosos hermanos.

fin de evitar desde luego toda mala inteligencia, conviene tener muy en cuenta que nada hay de fantástico ni contra naturaleza respecto de la potencia visiva que capacita a algunos para percibir más que otros, pues consiste sencillamente en una extensión de las facultades con que todos estamos familiarizados, y quien dicha extensión logra puede percibir vibraciones más rápidas que las a que los sentidos físicos están normalmente habituados a responder.

En el transcurso de la evolución ya su debido tiempo todos ampliarán sus ordinarias facultades, pero hay quienes se han tomado el trabajo de agudizarlas antes que los demás, a costa de una labor mucho más ardua de la que la generalidad de las gentes querría emprender.

Bien sé que son todavía muchísimos los tan atrasados respecto de la marcha del mundo, que niegan tal amplitud de facultades, como hay todavía aldeanos que nunca han visto una locomotora ferroviaria o salvajes del África Central que no creen en la solidificación del agua.

Me faltan tiempo y espacio para argüir contra tan invencible ignorancia, y me contraigo a recomendar mi obra Clarividencia y otras de distintos autores que tratan del mismo asunto, a cuantos deseen investigarlo. La clarividencia se ha comprobado centenares de veces, y no puede dudar de ella quien sea capaz de ponderar el valor de las pruebas.


Mucho se ha escrito sobre los chakras, pero todo ello en sánscrito o en alguno de los varios idiomas vernáculos de la India, y hasta muy recientemente no se había publicado nada sobre ellos en inglés. Los mencioné hacia el año 1910 en La Vida interna, y desde entonces ha aparecido la magnífica obra The Serpent Power de sir John Woodroffe, y se han traducido algunos tratados indos.

En The Serpent Power se reproducen los dibujos simbólicos que de los chakras usan los yoguis indos; pero en cuanto se me alcanza, las ilustraciones que exornan esta monografía son el primer intento para representar los chakras tal como efectivamente aparecen ante los ojos de quienes los pueden ver.


A la verdad, me movió principalmente a escribir esta monografía, el deseo de mostrar los hermosísimos dibujos trazados por mi amigo el Rev. Edward Warner, a quien manifiesto lo muchísimo que le debo por el tiempo y trabajo empleados en tal tarea. También he de agradecerle a mi infatigable colaborador, el profesor Ernest Wood, la compilación y cotejo de los valiosos informes que respecto a las opiniones dominantes en la India sobre nuestro asunto contiene el capítulo V, según verá el lector.

Como quiera que estaba yo atareado en otra obra, se contrajo en un principio mi intención a coleccionar y reimprimir cuanto desde tiempo muy atrás había escrito sobre los chakras y darlo como texto explicativo de las ilustraciones; pero al repasar los artículos se me acudieron algunas insinuaciones, y un poco de investigación me dio a conocer puntos adicionales que he insertado debidamente.

Uno de los más interesantes es que el año 1895 la doctora Besant observó la vitalidad del globo y el anillo kundalini y los catalogó como hipermetaproto elementos, aunque entonces la investigación no fue lo bastante extensa para descubrir la relación de ambos elementos entre sí y la importante parte que desempeñan en la economía de la vida humana.

C. W. L.



Capítulo I


Los Centros de Fuerza. Significado de la Palabra

La palabra chakra es sánscrita y significa rueda. También se usa en varias acepciones figuradas, incidentales y por extensión, como en inglés y en español. De la propia suerte que hablamos de la rueda del destino o de la fortuna, así también los budistas hablan de la rueda de la vida y de la muerte, y designan con el nombre de Dhamma- chakkappavattana Sutta (1) el primer sermón en que el Señor Buda predicó su doctrina, nombre que el profesor Rhys Davids traduce poéticamente por «la puesta en marcha de las ruedas de la regia carroza del Reino de la Justicia». Este es el exacto significado de la expresión para el budista devoto, aunque la traducción de las palabras en sentido recto es «el giro de la rueda de la Ley».

El uso en acepción figurada de la palabra chakra, de que tratamos en este momento, se refiere a una serie de vórtices semejantes a ruedas que existen en la superficie del doble etéreo del hombre.


Explicaciones Preliminares

Como es posible que este libro caiga en manos de alguien no familiarizado con la terminología teosófica, no estará de más una preliminar explicación.

En las superficiales y ordinarias conversaciones, el hombre suele hablar de su alma, como si el cuerpo por cuyo medio habla fuese su verdadero ser, y que el alma fuera una propiedad o feudo del cuerpo, algo semejante a un globo cautivo que sobre el cuerpo flota ligado a él en cierto modo. Esta afirmación es vaga, inexacta y errónea. La verdadera es su contraria.

El hombre es un alma que posee un cuerpo, o en realidad varios cuerpos, porque además del cuerpo visible por cuyo medio despacha sus negocios en este bajo mundo, tiene otros cuerpos invisibles a la visión ordinaria con los que se relaciona con los mundos emocional y mental. Sin embargo, de momento no tratamos de estos otros cuerpos.


Durante el pasado siglo se adelantó enormemente en el conocimiento de los pormenores del cuerpo físico, y los fisiólogos están ahora familiarizados con sus desconcertantes complejidades y tienen al menos una idea general de cómo funciona su asombrosamente intrincado mecanismo.



El doble Etéreo

Desde luego que los fisiólogos han limitado su atención a la parte del cuerpo físico bastante densa para que la vean los ojos, y la mayor parte de ellos desconocen probablemente la existencia de aquel grado de materia, todavía física, aunque invisible, a que en Teosofía llamamos etérea (2).


Esta parte invisible del cuerpo físico es de suma importancia para nosotros, porque es el vehículo por el cual fluyen las corrientes vitales que mantienen vivo el cuerpo, y sirve de puente para transferir las ondulaciones del pensamiento y la emoción desde el cuerpo astral al cuerpo físico denso. Sin tal puente intermedio no podría el ego utilizar las células de su cerebro. El clarividente lo ve como una distinta masa de neblina gris violeta débilmente luminosa, que interpenetra la parte densa del cuerpo físico y se extiende un poco más allá de éste.


La vida del cuerpo físico cambia incesantemente y para vivir necesita continua alimentación de tres distintas fuentes. Ha de tener manjares para la digestión, aire para la respiración y tres modalidades de vitalidad para la asimilación. Esta vitalidad es esencialmente una fuerza, pero cuando está revestida de materia nos parece como si fuera un elemento químico sumamente refinado. Existe dicha fuerza o energía en todos los planos, aunque por de pronto, y para el objeto que nos ocupa sólo hemos de considerar su manifestación y expresión en el plano físico.


Para mejor comprensión de todo esto conviene conocer algún tanto la constitución y ordenamiento de la parte etérea de nuestro cuerpo. He tratado hace muchos años de este asunto en diversas obras, y el comandante Powell ha coleccionado recientemente todo cuanto hasta ahora se ha escrito sobre el particular, y lo ha publicado en su libro: “The Etheric Double.”



Los Centros

Los chakras o centros de fuerza son puntos de conexión o enlace por los cuales fluye la energía de uno a otro vehículo o cuerpo del hombre. Quienquiera que posea un ligero grado de clarividencia los puede ser fácilmente en el doble etéreo, en cuya superficie aparecen en forma de depresiones semejantes a platillos o vórtices, y cuando ya del todo desenvueltos semejan círculos de unos cinco centímetros de diámetro que brillan mortecinamente en el hombre vulgar, pero que el excitarse vívidamente, aumentan de tamaño y se les ve como refulgentes y coruscantes torbellinos a manera de diminutos soles. A veces hablamos de estos centros cual si toscamente se correspondieran con determinados órganos físicos; pero en realidad están en la superficie del doble etéreo que se proyecta ligeramente más allá del cuerpo denso.


Si miramos en derechura hacia abajo la corola de una convulvácea, tendremos una idea del aspecto general del chakra. (Lámina VIII) semejaría la espina dorsal un tallo céntrico del que de trecho en trecho brotan las flores con sus corolas en la superficie del cuerpo etéreo.


La fig. I, representa los siete centros de que tratamos, y la Tabla I da sus nombres en sánscrito y en español.


Todas estas ruedas giran incesantemente, y por el cubo o boca abierta de cada una de ellas fluye de continuo la energía del mundo superior, la manifestación de la corriente vital dimanante del Segundo Aspecto del Logos Solar, a la que llamamos energía primaria, de naturaleza séptuple, todas cuyas modalidades actúan en cada chakra, aunque con particular predominio de una de ellas según el chakra. Sin este influjo de energía no existiría el cuerpo físico.


Por lo tanto, los centros o chakras actúan en todo ser humano, aunque en las personas poco evolucionadas es tardo su movimiento, el estrictamente necesario para formar el vórtice adecuado al influjo de energía. En el hombre bastante evolucionado refulgen y palpitan con vívida luz, de suerte que por ellos pasa una muchísimo mayor cantidad de energía, y el individuo obtiene por resultado el acrecentamiento de sus potencias y facultades.



Forma de los Vórtices.

La divina energía que desde el exterior se derrama en cada centro, determina en la superficie del cuerpo etéreo, y en ángulo recto con su propia dirección, energías secundarias en circular movimiento ondulatorio, de la propia suerte que una barra imanada introducida en un carrete de inducción provoca una corriente eléctrica que fluye alrededor del carrete en ángulo recto con la dirección del imán.


Una vez que entra en el vórtice la energía primaria, vuelve a irradiar de sí misma en ángulos rectos, pero en líneas rectas, como si el centro del vórtice fuese el cubo de una rueda y las radiaciones de la primaria energía sus radios, los cuales enlazan a guisa de corchetes el doble etéreo con el cuerpo astral. El número de radios difiere en cada uno de los centros y determina el número de ondas o pétalos que respectivamente exhiben. Por esto los libros orientales suelen comparar poéticamente los chakras con flores.


Cada una de las energías secundarias que fluyen alrededor de la depresión semejante a un platillo tiene su peculiar longitud de onda y una luz de determinado color; pero en vez de moverse en línea recta como la luz, se mueve en ondas relativamente amplias de diverso tamaño, cada una de las cuales es múltiplo de las menores ondulaciones que entraña.


El número de ondulaciones está determinado por el de radios de la rueda, y la energía secundaria ondula por debajo y por encima de las radiaciones de la energía primaria, a la manera de una labor de cestería que pudiera entretejerse alrededor de los radios de una rueda de carruaje. Las longitudes de onda son infinitesimales y probablemente cada ondulación las contiene a millares.


Según fluyen las energías alrededor del vórtice, las diferentes clases de ondulaciones se entrecruzan unas con otras como en labor de cestería y producen la forma semejante a la corola de convulvácea a que ya anteriormente me he referido.


Sin embargo, todavía se parecen más los chakras a unas salserillas de ondulado cristal iridiscente como las que se fabrican en Venecia. Todas estas ondulaciones o pétalos tienen el tornasolado y trémulo brillo de la concha, aunque generalmente cada una de ellas ostenta su predominante color según denotan las ilustraciones. Este nacarino aspecto argéntico suele estar comparado en los tratados sánscritos con el rielar de la luna en la superficie de las aguas del mar.



Las Ilustraciones.

Las ilustraciones que adornan el texto (3) representan los chakras tal como los percibe un muy evolucionado y discreto clarividente que ya ha disciplinado los suyos lo bastante para que actúen ordenadamente.


Desde luego que ni los colores de las ilustraciones ni ningún color de este mundo tienen la suficiente luminosidad para igualar al del chakra respectivo; pero al menos da el dibujo una idea del verdadero aspecto de estas ruedas de luz.
Por lo ya expuesto, se comprenderá que los centros difieren de tamaño y brillo según la persona, y aun en un mismo sujeto pueden ser unos más vigorosos que otros.


Todos están dibujados en tamaño natural, excepto el sahasrara o centro coronario, que ha convenido ampliarlo para distinguir su asombrosa riqueza de pormenores.
En el caso de un hombre que sobresalga excelentemente en las cualidades expresadas por medio de determinado centro, no sólo aparecerá éste de mucho mayor tamaño, sino especialmente radiante y emitiendo fúlgidos rayos de oro. Ejemplo de esto nos ofrece la precipitación que del aura de Stainton Moseyn hizo la señora Blavatsky, que se conserva en el relicario de la Sede Central de la Sociedad Teosófica en Adyar y se reprodujo, aunque muy imperfectamente, en la obra del coronel Olcott titulada ” Old Diary Leaves.”


Los chakras se dividen naturalmente en tres grupos: inferior, medio y superior. Pueden denominarse respectivamente: fisiológico, personal y espiritual.
Los chakras primero y segundo tienen pocos radios o pétalos y su función es transferir al cuerpo dos fuerzas procedentes del plano físico. Una de ellas es el fuego serpentino de la tierra y la otra la vitalidad del sol.


Los centros tercero, cuarto y quinto, que constituyen el grupo medio, están relacionados con las fuerzas que por medio de la personalidad recibe el ego. El tercer centro las transfiere a través de la parte inferior del cuerpo astral; el cuarto por medio de la parte superior de este mismo cuerpo; y el quinto por el cuerpo mental.


Todos estos centros alimentan determinados ganglios nerviosos del cuerpo denso. Los centros sexto y séptimo, independientes de los demás, están respectivamente relacionados con el cuerpo pituitario y la glándula pineal, y solamente se ponen en acción cuando el hombre alcanza cierto grado de desarrollo espiritual.


He oído decir que cada pétalo de los chakras representa una cualidad moral cuya actualización pone el chakra en actividad. Por ejemplo, según el upanishad Dhyiinabindu, los pétalos del chakra cardíaco representan devoción, pereza, cólera, claridad y otras cualidades análogas.


Por mi parte no he observado todavía nada que compruebe esta afirmación, y no se comprende fácilmente cómo puede ser así, porque los pétalos resultan de la acción de ciertas fuerzas notoriamente distinguibles, y en cada chakra están o no activas, según se hayan o no actualizado dichas fuerzas, de suerte que el desenvolvimiento de los pétalos no tiene más directa relación con la moralidad del individuo que la que pueda tener el robustecimiento del bíceps.


He observado personas de no muy alta moralidad en quienes algunos chakras estaban plenamente activos, mientras que otras personas sumamente espirituales y de nobilísima conducta los tenían escasamente vitalizados, por lo que me parece que no hay necesaria conexión entre ambos desenvolvimientos.


Sin embargo, se observan ciertos fenómenos en que bien pudiera apoyarse tan extraña idea. Aunque la semejanza con los pétalos está determinada por las mismas fuerzas que giran alrededor del centro, alternativamente por encima y debajo de los radios, difieren éstos en carácter porque la fuerza o energía influyente se subdivide en sus partes o cualidades componentes; y por lo tanto, cada radio emite una influencia peculiar, siquiera débil, que afecta a la energía secundaria que por él pasa y altera algún tanto su matiz.
Varios de estos matices pueden denotar una modalidad de la energía favorable al desenvolvimiento de una cualidad moral; y luego de fortalecida esta cualidad, son más intensas las correspondientes vibraciones. En consecuencia la tenuidad o reciedumbre del matiz denotará la posesión en menor o mayor grado de la respectiva cualidad.




I) El Chakra Fundamental.


El primer centro, el rádico o fundamental situado en la base del espinazo, recibe una energía primaria que emite cuatro radios; y por lo tanto, dispone sus ondulaciones de modo que parezca dividida en cuadrantes alternativamente rojos y anaranjados con oquedades entre ellos, de lo que resulta como si estuviesen señalados con el signo de la cruz, y por ello se suele emplear la cruz por símbolo de este centro, una cruz a veces flamígera para indicar el fuego serpentino residente en este chakra.


Cuando actúa vigorosamente es de ígneo color rojo-anaranjado, en íntima correspondencia con el tipo de vitalidad que le transfiere el chakra esplénico. En efecto, observaremos en cada chakra análoga correspondencia con el color de su vitalidad.



II) El Chakra Esplénico.


El segundo chakra está situado en el bazo y su función es especializar, subdividir y difundir la vitalidad dimanante del sol. Esta vitalidad surge del chakra esplénico subdividida en siete modalidades, seis de ellas correspondientes a los seis radios del chakra y la séptima queda concentrado en el cubo de la rueda. Por lo tanto, tiene este chakra seis pétalos u ondulaciones de diversos colores y es muy radiante, pues refulge como un sol. En cada una de las seis divisiones de la rueda predomina el color de una de las modalidades de la energía vital. Estos colores son: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violado; es decir, los mismos colores del espectro solar menos el índigo o añil.



III) El Chakra Umbilical.


El tercer chakra está situado en el ombligo, o mejor diríamos en el plexo solar, y recibe la energía primaria que subdivide en diez radiaciones, de suerte que vibra como si estuviese dividido en diez ondulaciones o pétalos. Está íntimamente relacionado con sentimientos y emociones de diversa índole. Su color predominante es una curiosa combinación de varios matices del rojo, aunque también contiene mucha parte del verde. Las divisiones son alternativas y principalmente rojas y verdes.



IV) El Chakra Cardíaco.


El cuarto chakra situado en el corazón es de brillante color de oro y cada uno de sus cuadrantes está dividido en tres partes, por lo que tiene doce ondulaciones, pues su energía primaria se subdivide en doce radios.



V) El Chakra Laríngeo.


El quinto centro está situado en la garganta y tiene diez y seis radios correspondientes a otras tantas modalidades de la energía. Aunque hay bastante azul en su color, el tono predominante es el argéntico brillante, parecido al fulgor de la luz de la luna cuando riela en el mar. En sus radios predominan alternativamente el azul y el verde.



VI) El Chakra Frontal.


El sexto chakra situado en el entrecejo, parece dividido en dos mitades, una en que predomina el color rosado, aunque con mucho amarillo, y la otra en que sobresale una especie de azul purpúreo. Ambos colores se corresponden con los de la vitalidad que el chakra recibe. Acaso por esta razón dicen los tratados orientales que este chakra sólo tiene dos pétalos; pero si observamos las ondulaciones análogas a las de los chakras anteriores, veremos que cada mitad está subdividida en cuarenta y ocho ondulaciones, o sean noventa y seis en total, porque éste es el número de las radiaciones de la primaria energía recibida por el chakra.


El brusco salto de diez y seis a noventa y seis radios, y la todavía mayor variación súbita de noventa y seis a novecientos setenta y dos radios que tiene el chakra coronario, demuestran que son chakras de un orden enteramente distinto de los hasta ahora considerados.


No conocemos todavía todos los factores que determinan el número de radios de un chakra; pero es evidente que representan modalidades de la energía primaria, y antes de que podamos afirmar algo más sobre el particular, será necesario hacer centenares de observaciones y comparaciones repetidamente comprobadas.


Entretanto, no cabe duda de que mientras las necesidades de la personalidad pueden satisfacerse con limitados tipos de energía, en los superiores y permanentes principios del hombre encontramos una tan compleja multiplicidad que requiere para su expresión mucho mayores y selectas modalidades de energía.



VII) El Chakra Coronario.


El séptimo chakra en lo alto de la cabeza, es el más refulgente de todos cuando está en plena actividad, pues ofrece abundancia de indescriptibles efectos cromáticos y vibra con casi inconcebible rapidez. Parece que contiene todos los matices del espectro, aunque en el conjunto predomina el violado.


Los libros de la India le llaman la flor de mil pétalos, y no dista mucho esta denominación de la verdad, pues son novecientas sesenta las radiaciones de la energía primaria que recibe. Cada una de estas radiaciones aparece fielmente reproducida en la lámina del frontispicio, aunque es muy difícil señalar la separación de pétalos.
Además, tiene este chakra una característica que no poseen los otros, y consiste en una especie de subalterno torbellino central de un blanco fulgurante con el núcleo de color de oro.


Este vórtice subsidiario es menos activo y tiene doce ondulaciones propias.
Generalmente, el chakra coronario es el último que se actualiza. Al principio no difiere en tamaño de los demás; pero a medida que el hombre adelanta en el sendero del perfeccionamiento espiritual, va acrecentándose poco a poco hasta cubrir toda la parte superior de la cabeza.


Otra particularidad acompaña a su desenvolvimiento. Al principio es, como todos los demás chakras, una depresión del doble etéreo, por la que penetra la divina energía procedente del exterior; pero cuando el hombre se reconoce rey de la divina luz y se muestra longánima con cuanto le rodea, el chakra coronario se revierte por decirlo así de dentro afuera, y ya no es un canal receptor, sino un radiante foco de energía, no una depresión, sino una prominencia erecta sobre la cabeza como una cúpula, como una verdadera corona de gloria.


Las imágenes pictóricas y esculturales de las divinidades y excelsos personajes de Oriente, suelen mostrar esta prominencia, como se ve en la estatua del Señor Buda en Borobudur (isla de Java) reproducida en la figura 2. Este es el acostumbrado método de representar la prominencia y en tal forma aparece sobre la cabeza de millares de imágenes del Señor Buda en el mundo oriental.


En algunos casos, los dos tercios de este chakra se representan en forma de bóveda, constituí da por los novecientos sesenta pétalos y encima otra bóveda menor constituida por las doce radiaciones del vórtice subalterno. Así aparece en la cabeza de la derecha de la fig. 2, que es la de la estatua o imagen de Brahma en el Hokkédo de Todaiji de Nara (Japón), cuya antigüedad se remonta al año 749.


El tocado de esta cabeza representa el chakra coronario con la guirnalda de llamas que de él brotan, y es diferente de la representación del mismo chakra en la cabeza de la estatua de Buda.
También se echa de ver dicha prominencia en la simbología cristiana, como, por ejemplo, en las coronas de los veinticuatro ancianos, quienes las echaban delante del trono del Señor.


En el hombre muy evolucionado, el chakra coronarlo fulgura con esplendor tanto, que ciñe su cabeza como una verdadera corona; y el significado del antedicho pasaje del Apocalipsis es que todo cuanto el hombre ha conseguido, el magnificente karma acumulado, toda la asombrosa energía espiritual que engendra, todo lo echa perpetuamente a los pies del Logos para que lo emplee en su obra.
Así una y otra vez, repetidamente, está echando ante el trono del Señor su áurea corona, porque continuamente la restaura la energía dimanante de su interior.




Continuará.


chakras_sistemanervioso1.jpg


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 58 seguidores