Dedicado a: A. S. P. + hacia Todo lo Justo, lo Bueno y lo Bello +

Los Espíritus Elementales de la Naturaleza (I)


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En 1.930 en la ciudad de Buenos Aires nace Jorge Angel Livraga Rizzi. Doctor en Filosofía, Historia y Arqueología. Premio Nacional de Poesía en Argentina en 1951. Miembro Aca­démico de la Universidad Filo Bizan­tina. Caballero Cubicular de la Real Orden de San Ildefonso y San Atilano. Cruz de París en Ciencias, Artes y Letras. Director «Honoris Causa» del Museo Arqueológico «Rodrigo Caro” de España, son algunos de sus títulos.

Fundador y Primer Director Internacional de la Organización Nueva Acrópolis, ha realizado, dentro de su ingente labor cultural y humanística numerosos trabajos, ensayos, conferencias y char­las, así como numerosos cursos de Filosofía Esotérica.

De entre sus publicaciones podríamos, entre otras, mencionar:
Lotos (poemas), Móassy el Perro, Ankor el Discípulo, Cartas a Delia y Fernando, El Alquimista, Ideario (tomo I, II y III), Fun­damentos del Ideal Acropolitano…

Todas sus obras han sido tra­ducidas y publicadas en numerosos idiomas, entre ellos, español, inglés, alemán, italiano, griego, portugués…


PROLOGO

Según las reglas clásicas -que han durado miles de años porque son eficaces- existe en toda comunicación un método natural compuesto por tres partes vertebradas:

1) El Prólogo, en el cual el Autor explica el por qué y cómo va a tratar el tema.

2) El Tema en sí o Logos: lo que el Autor quiere decir al Lector, en el caso de un libro.

3) El Epílogo, que constituye el remate y justi­ficación final de lo tratado, el cual es a la vez resu­men y moraleja. .

Este pequeño Manual se ceñirá a esas reglas porque pretende ser eficaz, dentro de las limitacio­nes del Tema y del Autor.

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A medida que se acerca el final del conflictivo siglo XX (el siglo de oro para los que lo soñaron, pero de hierro para los que tuvimos que vivirlo; en el cual estallaron las más pavorosas guerras, se derrumbaron los más altos edificios éticos, se con­taminó el habitáculo natural del Hombre -la Naturaleza- y, por lo tanto, el Hombre mismo) y se levantan del caos de la inconsciencia colectiva los monstruos milenarios del materialismo, el ateísmo y la maldad, ha surgido, por la vieja ley de la compensación, un interés redentor respecto a la Faz Oculta de la Vida.

Este interés, que puede ser motor de insospe­chadas transformaciones de la sociedad, se ha visto también afectado por el medio en el cual se desa­rrolla, y sobre Ciencias Ocultas se han puesto a opinar cuantos pudieron hacerla, olvidando que toda Ciencia, exotérica o esotérica, tiene también su propia Raíz, su propia Teoría y su propia Prác­tica.

Es dañoso improvisar, y si se quiere inventar, hay que hacerlo según las leyes naturales que rigen los inventos. Ignorar esta metodología básica lleva a un tipo de ciencia-ficción en donde se toma por real lo que no existe y se pasa de largo ante las realidades, siendo el resultado final un amasijo de ignorancia y desconcierto que provoca desplaza­mientos de la atención hacia lo instintivo y lo efímero, quemándose rápidamente, con mucho humo y poca llama, lo que pudo constituir un faro de esperanza y un foco de conocimiento alejado del intelectualismo que ha convertido al siglo XX en un fracaso, y en cámara de tortura para millones de hombres.

Ante este apogeo de la farsa disfrazada de Ver­dad, queremos aportar una pequeña pero verídica Luz. Y esta entrega no responde a ninguna finali­dad mezquina que espere premios de aprobación o de retribución; es un acto puro de Amor.

Haciendo honor a la verdad, jamás pensamos escribir esto y ponerlo a disposición pública. Pero visto tanto farsante que se ha puesto a fantasear sobre el tema y convertidas en zarzas sangrientas, impregnadas de diabolismo, las sublimes rosas cuyo perfume permite a las almas sensibles la per­cepción de éstas, aunque sea en las tinieblas, nos decidimos a levantar una diminuta punta del mile­nario velo. Velo que no era necesario cuando los Hombres vivían en contacto con los Mundos Suti­les y sus habitantes. Cuando no les temían. Cuando no pretendían utilizados instrumentándolos en beneficio de sus pasiones.

Este pequeño Manual es, entonces, un paso hacia la esperanza, hacia la creencia en un mundo nuevo y mejor.


El tema central, los Elementales o Espíritus de la Naturaleza, será tratado de la manera más senci­lla posible, a partir de una cosmovisión que per­mita descubrir, al lector espiritualmente preparado para ello, un mundo de seres que no son sobrenatu­rales sino que existen en su propia dimensión, sean percibidos o no por quienes están presos en su propia esfera centrada en los sentidos corporales.

El materialismo del siglo XIX no podía conce­bir la televisión y el sonido de la voz humana transmitida a distancia, cabalgando ondas de ener­gía para las cuales no existen los muros más espe­sos ni los obstáculos físicos. Tampoco, que se pudiesen ver los huesos de un ser vivo a través de su carne.

No queremos abrumar con ejemplos por todos conocidos, pero sí recordar que lo sobrenatu­ral lo es sólo para aquellos que tienen un concepto estrecho de lo que es natural. Los rayos ultraviole­tas e infrarrojos existen, aunque nuestro ojo desnudo no pueda percibirlos bajo formas e imágenes.

Los Elementales existen, aunque la enorme mayo­ría de los hombres haya perdido la capacidad de percibirlos. Esos seres llamados por el moderno esoterismo Elementales, por el hinduísmo Devas y por el cristianismo Ángeles, son tan variados y diferentes entre sí como pueden serio, sin dejar de ser vegetales, un ciprés de un trébol.

Hagamos un esfuerzo conjunto. Volvamos a ser niños, volvamos a creer y a entender. Dentro del gran fracaso del siglo XX conformemos un módulo de supervivencia que parta hacia un horizonte luminoso y verídico, dejando atrás los temores de la noche y los alientos corporizados de la Gran Bestia de la ignorancia, el intelectualismo estéril y la desesperación.


CAPITULO I


EL MEGACOSMOS

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Según los antiguos, existen ciclos tan largos en el Universo que a los humanos les merece, uno sólo de ellos, el nombre de Eternidad. Esta es una nominación evasiva, pues en verdad el hombre no puede concebir la Eternidad sino la Duración Constante. Y aun esta Duración padece de una conceptuación deficiente, pues no entendemos cuán­do comienza ni cuándo termina, sin dejar por ello de existir.

Todo intento de racionalización de este fenó­meno se nos escapa, como el agua entre los dientes de un tenedor. Tan sólo percibimos la mínima humedad que el paso del liquido dejó sobre el uten­silio. Pero es lo único que de ello podemos obtener y a esto nos aferramos para tener, aunque sea, un atisbo de conciencia de aquello que rebasa nuestra conciencia en si.


Lo que llamamos Megacosmos -por darle un nombre lo más apropiado posible- constituye el conjunto de galaxias separadas por millones de años-luz en lo material y todo aquello que por ser inmaterial tiene para el hombre una existencia evi­dente pero irreal para sus sentidos y para su inteli­gencia. Es… el Misterio. De ello jamás hablan los verdaderos esoteristas; y si se ven forzados, lo hacen de manera tal que no puedan extraerse defi­niciones que, por sus naturalezas, nieguen, limitán­dolo, aquello de lo cual tratan.

En el origen y la finalidad del Megacosmos están los Enigmas, todo lo que ignoramos e ignora­remos mientras estemos bajo nuestra humana con­dición. Ni siquiera podemos definirlo por negación, pues negar algo es ya darle una condición y abrir opinión.

Nuestra única seguridad interna es que en ello está Dios; pero no el Dios bueno, o con cualquier otro atributo humanizado. Simplemente Dios. Simplemente Misterio. Es lo que ignoramos, sacra­lizado por su dimensión sobrehumana, para-racional y totalmente fuera de nuestro alcance conceptual…

Los indos le llamaban la No-Cosa y lo mismo hicieron todos los esoteristas de todos los pueblos. Todo está allí y nada está allí. Y no nos excluimos nosotros mismos, los Seres Humanos.


EL COSMOS

De la primera Dualidad – Teos y Caos, Pu­rusha y Prakriti o como se la quiera llamar- nació el Cosmos Inteligible, el que tenemos posibilidad de entender. De la entropía eterna del Megacosmos pasamos ahora a otra entropía, el Cosmos, que es dinámico, que marcha, se transforma y en el gran Juego de Maya, enfrenta miles de espejos. En él nacemos y morimos y renacemos miríadas de veces.

El Cosmos es axiológico y tiene una estructura piramidal que procura la selección de los más aptos con el fin de que ayuden a los menos aptos. En este Mundo hay verdad y mentira, placer y dolor, vida y muerte. Los ciclos son definidos y definitorios; existe el Karma. Se hace mérito o demérito. El número de elementos que lo componen es fijo y siempre igual, pero sus combinaciones son tan numerosas que bien podemos llamarlas infinitas.

Aquí todo es válido, todo tiene propiedad, pero asimismo todo es relativo. Conocemos lo grande por comparación con lo pequeño, aquello que en presencia de algo aún mas chico se vuelve compa­rativamente grande. Tenemos idea del movimiento por relación entre dos o mas cuerpos; según en el que fijemos nuestra atención, diremos de él que está inmóvil. Si por ejemplo viajamos en un auto­móvil y nos concentramos en una montaña a la vera del camino, nos parecerá que es nuestro vehí­culo el que corre, pero bastaría con bajar los ojos y fijarlos en la guantera del coche para que la mon­taña se nos haga fugitiva.


Nuestra bendición y nuestra maldición en este Cosmos es que siempre, alguna- vez, alcanzamos lo que deseamos y damos veracidad a lo que creemos veraz, y viceversa. Percibimos a Dios si en El cree­mos; la fe es el corazón de toda inteligencia.

Este Cosmos, que nos es inteligible sin mas intermediarios, es nuestro propio habitáculo: la Galaxia a la cual pertenecemos, el Sistema Solar al cual pertenecemos, el Planeta al cual pertenece­mos, el País que habitamos y el suelo que pi­samos.

Nuestra excesiva consubstanciación con nues­tro cuerpo material y con su entorno nos ha muti­lado los sentidos para percibir, salvo como sensa­ciones primarias, toda vida que se desarrolle en una frecuencia vibratoria que escape, por debajo o por arriba, a nuestro estrecho espectro septenario, del cual tan sólo hemos desarrollado cuatro rayos, y en este cuarto estamos fijos, percibiendo los otros seis como extremidades extendidas de un Hexagra­maton que rodease un punto central.


EL MICROCOSMOS

En sentido amplio lo constituye el Hombre, y en sentido estricto cada hombre o mujer. El es­quema está planteado en la actualidad según una dualidad básica: Yo y mi Entorno. Yo soy el punto central de este esquema, Y mis otras seis posibilida­des de concienciar se reducen, al considerar el Huevo Aurico de mi Entorno, a cinco -que son mis cinco sentidos. Ha nacido el Pentagramaton. ¡He aquí al Hombre!

En el Hombre del siglo XX. las herramientas, por sofisticadas que sean, no pasan de ser extensio­nes de nuestros brazos o nuestros pies. La radio lo es de nuestras orejas. La televisión de nuestra vista. Un satélite artificial no es más que la trans­mutación de la piedra que lanza al aire un niño que juega.

Todas son extensiones de nuestras posibili­dades, pero no profundizaciones.

La cultura del siglo XX es una cultura hori­zontal, que se expande rápidamente como una masa de aceite, pero que, a medida que se expan­de, se adelgaza y se diluye en una fibrilación perimetral. Y aparecen huecos y desgarramientos en su propio seno. La sobreextensión la convierte en especular y sus características la fuerzan a jue­gos caleidoscópicos desconcertantes de surrealismo artístico, social, económico, psicológico y religioso. No hay raíces ni perspectivas. El sistema está bloqueado.

El Hombre desplaza velozmente su cuerpo, pero viaja atrapado en sí mismo, ciego y sordo, sin capacidad para el asombro filosófico y menos aún para la. proyección metafísica. No se concibe el bien, sino la beneficencia; no se aprecia la paz del corazón sino la comodidad de las nalgas; no se medita sino que se especula. El Mundo se ha trans­formado en una cesta de grillos presos que hacen mucho ruido pero que no pueden trascender las mallas de un parloteo desesperado, aturdidos todos por sus propias colisiones psicológicas.

La opción es cruelmente simple: o se muere loco o se guarda silencio y se trata de vivir plena­mente en todas las direcciones del Espacio-Tiempo.

Una buena apertura es el conocer otras dimen­siones, donde moran otros tipos de seres. Esos que, cuando el Hombre no estaba contaminado por su propia aglomeración exterior e interior, percibía.

Para ello es indispensable que el Hombre se sienta de nuevo parte del Universo; ni su dueño ni su esclavo, simplemente parte de ese Macrobios que es el Cosmos en el cual está insertado el Microcosmos o Antropos. Descartemos las contra­dicciones inventadas en la Cámara de los Espejos y vayamos a las armonizaciones que nos son naturales.


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CAPITULO II


EL UNIVERSO COMO SER VIVO


Esta no es una hipótesis de trabajo ni una teo­ría; es una realidad. La Vida-Una es y está en todo. Lo que se llama vulgarmente nacimiento y muerte es mera transfiguración, cambios de as­pecto según la perspectiva desde la cual se ob­serva.

La entropía que mencionamos anteriormente es una cualidad del Universo por la cual nada se pierde, nada se gana, todo se transforma, siendo los cuerpos meras sombras de los espíritus sobre la dimensión en que estos espíritus tienen sus con­ciencias.

Así, cuando el hombre tiene sed de cuerpo, renace físicamente pues su Karma acumulado cabalga sus deseos y sus temores. Se está siempre donde se desea o se teme estar.

Esto es posible porque, aunque la materia parezca discontinua, una gama riquísima de ener­gías lo une todo. La energía es continua y su conti­nuidad no merma con las diferencias de sentido e intensidad. El mar embravecido o tranquilo, en baja o alta marea, no deja de ser mar. No confun­damos el Ser con sus cualidades. Incluso la Exis­tencia es solamente la primera cualidad del Ser.

Dado que el Ser es, por propia definición, tam­bién Existe. O sea que vive. La vida del Ser o de Dios (de este Dios que sí podemos percibir e inter­pretar Sus Obras pues es Dios-En el Cosmos, o Dios Cósmico, o Anima Mundi) es el Jiva de los indos, el Mahaprana que es soporte de todos. los módulos pránicos, por pequeños que sean, modela­dos por la Inteligencia y sostenidos por la Vo­luntad.

Lo mineral, lo vegetal, lo animal, lo humano, lo heroico, el mundo de los dioses y la Columna de Luz que los Re-une, todo vive, todo alienta, todo vibra y se mueve o se aquieta.

Aquel que pudo abrir sus ojos a la Vida, lo per­cibe por doquier. Una Vida inteligente, volunta­riosa en su querer ser. Toma las formas y den­sidades que necesita. Se vuelve pez en las aguas, cervatillo en los bosques, roca en las montañas, relámpago en el cielo, beso en los labios, brillo en la espada, murmullos en el silencio, formas fugiti­vas tras lúcidas en las noches, voces que nos hablan desde dentro de nosotros mismos, música de piedra en los viejos templos y arquitectura inmaterial en Wagner.

Todo vive por siempre dentro de este Ciclo de Vida, dentro de este Macrobios cuyo Espíritu es Dios-Nuestro-Señor. La muerte no existe.


PLANOS DE VIBRACION EN EL UNIVERSO


Aun siendo la Substancia Una, esta Substancia vibra y es rica en matices que otorgan diferentes oportunidades de formas de vida. Dentro de nues­tro Universo, y más concretamente en nuestro Sistema Solar, existen diez planos de vibración según puede entenderlos el hombre. De los tres superio­res no vamos a escribir. Los siete restantes, que tienen importancia directa para el Hombre son, de arriba a abajo:


  • DE LA VOLUNTAD ESPIRITUAL, llamado por los indos Atma. Es el más elevado y está como in­sertado en el tercer Plano Cósmico de la Tríada o Lagos Solar. De este Plano de la Voluntad Espi­ritual no se pueden dar características más detalla­das pues supera en mucho la capacidad humana de entender. Está más allá de la mente y aun de la intuición. Es el Gran Amenti de los egipcios; el vértice superior del Rombo de los Magos, del Cua­drado Mágico bañado en la Luz de Ammón, y es el Gran Azul, el Nilo Celeste donde navega la Barca de Millones de Años (una forma de mencionar a la Barca-Que-Boga- En- La- Eternidad).


  • DE LA INTUICION, llamado por los indos Budhi, el Plano de la Luz desde donde parten todas las Iluminaciones Espirituales, representadas por la aureola que nimba las cabezas de las imáge­nes de Cristo o de Buda. Es el Mundo de los Devas o Angeles y de aquellos que han llegado a la Gran Santidad. En este plano, la relación Sujeto-­Objeto-Cualidad se da simultáneamente, pues el Tiempo -por lo menos desde el punto de vista humano- no existe allí. Es la Mansión del Amor, de la Concordia. Allí está Shan-Gri-La, el Jardín. Maravilloso donde los lotos jamás cierran sus péta­los, según la vieja creencia Bud de chinos y tibetanos.


  • DE LA MENTE, llamado por los indos Ma­nas. Aquí moran las series numéricas y los arqueti­pos. En este plano tiene el Hombre insertada su Chispa Mental o el llamado Cuerpo Causal, som­bra luminosa de sus potencias aún no desarrolladas en los dos planos que le son superiores. Es la Morada del Yo totalmente diferenciado o Ego. Es el Plano de los Ideales, de las Ideas Puras, del Ser Individual. Para los egipcios es Horus-En-El­Horizonte. Es el plano del vehículo del Espíritu Santo y la Sustancia de la parte superior de la Copa o Graal.


  • DE LA MENTE CON DESEOS, llamada Ka­ma-Manas por los indos. Es la Sala de los Espe­jos. La sede de la multiplicidad y de la multipli­cación de las formas. Es el Cofre de las Alhajas. Del brillo o luz reflejada y de la oscuridad; la Man­sión de Pandora. La Esperanza y el Miedo. Es la Fragua de Vulcano donde se forjan los Artefactos. Donde las ideas se persiguen y se alcanzan, se unen y se separan. Los Mayavirupas o ideas­-formas nacen y se desarrollan antes de precipitarse o de elevarse. Aquí viven los deseos y se conoce la angustia.


  • DE LA PSIQUIS O DOBLES LUMINOSOS, es el mundo vibratorio en el cual los Arquetipos y los deseos toman formas orgánicas constituidas de materia sutil o energía polarizada. Muchas de estas formas tienen sus contrapartes en el mundo más denso, el físico; y aunque se las llama dobles, los verdaderos dobles son los robots orgánicos que son sus sombras. Por ello, los egipcios llamaban a los cuerpos humanos en este plano Kha o Doble Luminoso y le reconocían poderes sobre la mate­ria. Los hindúes llaman a los cuerpos hechos con esta materia psicológica Linga-Sharira, cuerpos inapresables por medios físicos. La energía polari­zada sobre arquetipos, y la que los sustenta, es lo que los cabalistas medioevales entendían como Luz Astral en su parte más burda, pues hay otra Luz Astral que no está en este plano, sino en el segundo, que es donde se desarrollan los Sambhogas de los Santos y Budas.


    Como cada uno de estos Mundos tiene a su vez en si el reflejo de todos los demás, aparte del pro­pio (aunque los Anales de Recuerdos, llamados en India Anales Akáshicos no tienen su raíz aquí. pues necesitan de sustancia mental para regis­trarse), es en el subplano mental de este plano o Mundo Psíquico en donde se reflejan los recuerdos y hacen que las vidas pasadas de los hombres lle­guen hasta su conciencia y puedan verse.

    Sin la Luz Astral serían como películas ya impresionadas pero que no se podrían, por transparencia, visuali­zar con la relativa facilidad con que logran impac­tar a muchas personas. También en este Mundo hay reflejos de las cosas que van a suceder, pues estando más cerca del Plano Causal, los impulsos pasan por aquí antes de llegar a la Tierra física.

    Los sonidos, los colores y algunos perfumes, tienen en este Mundo su patria natural. Ya vere­mos más adelante cómo los Elementales extraen de este plano la raíz del armónico adorno con que vis­ten a la Naturaleza.

     

    • DE LA ENERGIA, llamado por los indos Plano Pránico, en donde los egipcios sitúan su Llave de la Vida en su más terrenal expresión, que se mani­festaba como Ankh. Aquí la energía se polariza constantemente y de manera muy compleja, y mediante una dinámica electrotérmica (por decirlo en términos actuales que se parecen en algo a lo que queremos realmente decir), y el mantenimiento de una densidad media de la materia, se regulan las relaciones de velocidad relativa, de distancia, de cooperación entre los vectores de fuerza. Los efec­tos de estas fuerzas son los que plasman los cuer­pos físicos, corno lo hacen las limaduras de hierro sobre el huso magnético de un imán. En este plano están los cuerpos más densos de los Elementales y en él efectuarán sus fenómenos corrientes.


    • DE LA MATERIA, donde los indos sitúan al Stula Sharira o cuerpo físico humano que, con su entorno físico, es lo que conforma el habitat nor­mal de los hombres, el soporte de todos sus actos. Es el Mundo de la Substancia, el Malkuth de los cabalistas, siempre movido y coloreado por el Seki­nah. Es, efectivamente, el mundo de la dualidad por excelencia. Si la definición clásica de Materia es la de todo aquello que puede ocupar un lugar en el espacio, hagamos la salvedad que ese espacio debe ser físico. Tan físico como la Materia, y ese espacio no es más que la Sombra de la Energía, la limitación de la Libertad -en cuanto le otorgue­mos a esta controvertida palabra el significado de atributo del Ser, más allá de la imagen restrictiva materialista de los seres como pluralidad dialéctica carentes de la suficiente Realidad para Ser en Sí-.

    La Energía desacelerada se convierte en Mate­ria visible a los ojos físicos. Atrapada y amonto­nada en nódulos gravitatorios, la energía se trans­forma en cosa, con sus propiedades, algunas in­trínsecas y otras que 1e vienen desde planos más sutiles corno en el vulgar caso de la radioactividad, expresión registrada de la actividad íntima de la Materia.

    Pero eso que llamamos intimidad es a la vez profundización y escape de la cárcel estre­cha de la materia, cárcel en verdad tan sólo de barrotes, pues los vientos energéticos la traspasan continuamente. Y recordemos que los mismos barrotes no son más que viento detenido o desacelerado.

     


    Para los esoteristas hay dos Mundos que no tie­nen realidad: el primero que mencionamos, por estar muy por encima de nuestra posibilidad de captación y al cual tan sólo hacemos referencia por habitar en él la cualidad de la Voluntad, sinónimo filosófico de Existencia; y el último o Físico, por ser sólo la sombra pasajera de Divinos Objetos, en marcha hacia Objetivos que no son perceptibles desde la perspectiva materialista.

    Pero en esta irrealidad tenemos nuestro cuerpo carnal, con el cual nos hemos encariñado tanto los humanos, y nada más que por ello debemos darle importancia y validez, ya que las cosas tienen el valor que les otorgamos. Fuera del Valor Real que cada una pueda tener, para el Hombre esto es así. Imperioso y circunstancial. Cuando se está sediento en el desierto, vale más un vaso de agua que una tone­lada de diamantes o una pintura pompeyana. La vida es tenida por bien y la muerte por mal.

    Todo se rige en base a esta primordial dualidad. La Vida-­Una no es percibida corrientemente.


     

    CAPITULO III


    QUE SON LOS ELEMENTOS

    Según conceptos milenarios sobre la. constitu­ción del Cosmos, éste estaría constituido sobre la base de un solo Elemento. Esto respondería al con­cepto de unidad que prima sobre los posteriores procesos de armonización de las dualidades de los inteligibles. Pero siendo el Arquetipo uno, la Sus­tancia debe ser, por fuerza, una en esencia. A esto se referían las publicaciones de Demócrito sobre el átomo como parte indivisible sobre la que se asen­taba el Cosmos.

    No es el llamado átomo, que desde hace medio siglo el Hombre desintegra, al que se refirieron los antiguos griegos. El que hoy llamamos átomo (que literalmente significa sin par­tes y por lo tanto indivisible) no pasa de ser una micromolécula integrada a su vez por muy variados elementos. El átomo de los clásicos está más allá de todo lo que conoce la ciencia actual.

    Pero en el plano manifestado en que nos move­mos y nos es dado percibir y entender, podemos afirmar que existen cuatro Elementos: la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego. Estos cuatro forman dos cruces generativas interpenetradas, ya que la Tie­rra y el Aire tienen movimiento horizontal y el Agua y el Fuego, vertical. Así, la Tierra es fecun­dada por el Agua y el Aire es fecundado por el Fuego. De estos cruzamientos surgen elementos vitales que se caracterizan por su impulso y acción benefactora para el Hombre: la fertilidad material y la fertilidad energética.

    No han de entenderse estos cuatro Elementos como la Tierra física, el Agua física, el Aire físico y el Fuego físico, sino como grupos mucho mayo­res que se representan exotéricamente por los cua­tro nombrados. Asimismo se corresponden con los cuatro planos inferiores de la Naturaleza: la Tierra con lo Físico, el Agua con lo Energético, el Aire con lo Psíquico y el Fuego con lo Mental.

    En Alquimia son los cuatro estratos que se plasman en el interior del Atanor. En la base, la Sal; en el medio las dos formas de Mercurio, y en la parte superior el Azufre coronado por el Fénix de Fuego, forma de quinto Elemento que en estado natural es imposible hallar, pues es muy inestable al estar aún en su etapa formativa.

    Los cuatro Elementos influyen en las caracte­rísticas de las cosas y así oímos hablar, aunque no siempre con conocimiento de causa, de vegetales de Agua, de piedras de Aire o de signos zodiacales de Fuego. En verdad, los cuatro Elementos son como cuatro impulsos o notas musicales fundamen­tales de nuestra Naturaleza, dentro de la tónica de Unidad Dinámica .que la caracteriza, que permite que estas cuatro Modalidades se interpenetren y sean arquitecturadas por el Plan Divino que nos rige.


    QUE SON LOS ELEMENTALES

    Son Formas de Vida dentro de los Elementos. Obviamente es muy difícil explicar las característi­cas básicas que habrían de definidos, pues al no estar sus cuerpos en el plano estrictamente físico en que se desarrolla nuestro entorno visual y audi­tivo, o mejor expresado, al no estar sus cuerpos en la posición en que nos es fácil ver las cosas; aun­que puedan estar de alguna manera en lo físico, se nos aparecen como inexistentes fantasías de los hombres primitivos o de los niños desocupados.

    Estas formas de vida tienen sus cuerpos en el Plano Pránico y no por debajo de éste. Pero como los Planos no están cortados como por navaja, sino que hay una gradación casi infinita entre ellos, y las circunstancias de la Naturaleza no son siempre las mismas (con variaciones que conocemos como el día y la noche, las épocas del año, la altura, la profundidad, la mayor o menor carga de electrici­dad estática, las diferentes presiones atmosféricas y las diversas temperaturas, los componentes pasaje­ros del aire como son las concentraciones de Agua, de Ozono, etc., sumado el todo terrestre a las influencias de los astros, especialmente del Sol y de la Luna), en ciertas ocasiones los Elementales caen en una mayor materialización que los hace sencillamente visibles. Pero aun en tan favorables condiciones no son observados normalmente.

    Daremos un ejemplo: una hoja rígida de papel que estuviese sostenida a veinticinco metros de nuestros ojos, en pleno día, sería perfectamente visible si nos mostrase alguna de sus caras de manera perpendicular a nuestro ángulo de visión. Pero si estuviese de perfil e inmóvil, o se moviese al mismo tiempo que aquello que le sirve de fondo, sería en la práctica invisible para los que no estu­viesen a la espera de su presencia.

    Difícilmente la podría percibir aquel que a priori negase la exis­tencia de esa hoja de papel y no pusiese ninguna atención en descubrirla. Esto explicaría -aunque luego tocaremos más extensamente el tema- por qué las páginas de los viejos libros, las tabletas de arcilla, los papiros y los pergaminos, están llenos de referencias a los Espíritus de la Naturaleza y en cambio los elementos culturales de nuestra forma de civilización materialista y positiva carezcan de esas referencias.

    Para un conjunto humano que llega a negar alma a los vegetales y animales que vemos, toca­mos y devoramos; para quienes la fidelidad amo­rosa de un animal doméstico, o la presencia y compañía vivificadora de un árbol o un rosal no dice nada más allá de formas y colores que atri­buye a la casualidad o a más o menos inventadas leyes genéticas mientras los despoja sistemática­mente de todo atributo metafísico, es difícil expli­car la existencia y presencia de los Espíritus de la Naturaleza.

    De allí que este intento no está diri­gido a los pocos, ni tiene intenciones elitistas, sino que, ofreciéndose a todos, da por descontado que mientras no varíen aún más las características materialistas de inmediata herencia, serán sus pro­pios lectores los que se autoexcluirán de sus beneficios.


    QUE ANTIGUEDAD REGISTRADA TIENEN LOS ELEMENTALES


    Según las enseñanzas esotéricas, son más viejos aún que el Hombre mismo sobre la Tierra. Ellos ­-habitantes, guardianes y consubstanciados con los Elementos- existen como formas manifestadas desde que el Mundo existe. Cuando éste era tan sólo una masa de gases radioactivos y materia incandescente, los Elementales del Fuego lo vela­ron; al aparecer los gases estables en su composi­ción química y la época de los grandes vientos, los Elementales del Aire cuidaron que la evolución de esos incipientes gases y su estratificación sobre la recién consolidada corteza terrestre, se volviese cada vez más apta para las formas de vida física que estaban planeadas.

    Cuando los gases se hicie­ron pesados y se precipitaron como las primeras aguas y éstas cubrieron la casi totalidad del pla­neta, dando lugar a las primeras formas realmente materiales de vida. los Elementales del Agua traba­jaron y fueron modificando el primitivo aspecto del líquido elemento, en aquel entonces fuertemente sobrecargado de materias pesadas en suspensión, cosa que le daba una característica casi coloidal en los asentamientos, mientras que las altas olas roza­ban con sus espumas aún no blancas las nubes bajas y compactas.

    Más tarde, como inmensas tor­tugas aletargadas, surgieron los escudos continen­tales, y sobre ellos velaron los Elementales de la Tierra dándoles características de fertilidad y ayu­dando a la enorme población forestal que posibilitó formas de vida superiores y la plasmación de la Humanidad misma.

    Cada cosa en el Universo tiene su Espíritu Guardián. El Planeta también lo tenía y a él obe­decían las jerarquías de los Espíritus de la Natura­leza cuando empezaron los días y las noches. Aún lo tiene y lo tendrá hasta su desaparición. Es el Dyan-Chohan del Libro tibetano de Dzyan, el Alma Resplandeciente que rige la Tierra, o el Anima Mundi de los latinos (pues anima y mueve, y no hay que confundirlo con el Espíritu o Ego Planetario del cual la Tierra física seria el cuerpo).

    Este conocimiento es milenario y no sabemos cuándo empezó. Desde el mencionado libro tibe­tano hasta todas las demás referencias de la anti­güedad, nos hablan de estos procesos que a la sombra de nuestra alienación científica pueden parecemos cuentos para no dormir.

    Pero los Elementales, como ésos que siendo pequeños y débiles, pueden entrar en relación con los hombres, también llenan los libros viejos. Desde Sumer hasta Egipto y desde China hasta lo poco que sabemos de las culturas de América y del África Negra, pasando por Polinesia y los habitan­tes de las zonas cercanas a los Polos, y llegando a los siglos que nos precedieron en la civilización de Europa, los Espíritus de la Naturaleza tienen papel relevante en aquellas formas de vivir menos conta­minadas y más naturales.

    Narraciones sobre Genios, Gnomos, Ondinas, Elfos y toda la extensa gama de Elementales, ati­borran la Historia de la Humanidad de tal manera que sin ellos no sería igual su desarrollo ni su narración, como podemos comprobar desde el Mito de Enkídu y Gilgamesh, pasando por la Odisea homérica, las Sagas de Arturo y Merlín, hasta los que enseñaron a danzar a Isadora Duncan e inspi­raron los vidrios de Gallé.

    Hasta hace muy poco, sus representaciones adornaron las proas de los navíos, y aún tienen cientos de estatuas en el mundo, bien en los par­ques, bien sobre las rocas que dan al mar.

    Las abuelas (…en el tiempo en que los niños eran niños, los adultos adultos y los ancianos ancianos, bien estuviesen en posesión de títulos universitarios, de nobleza, o fuesen analfabetas) contaban a sus nietecitos, sobre los Espíritus de la Naturaleza, deliciosos cuentos donde los persona­jes eran ondinas, gnomos, hadas, elfos, de los que se describían características de forma y de vida, prodigios y apariciones.

    La misma creencia católica en un Ángel de la Guarda que cuida a las criaturas hasta que cum­plen los siete años, tiene raíces mucho más anti­guas que el propio cristianismo, y desde la Arcadia hasta América todos creían que los niños, por su pureza y fragilidad, tenían un Espíritu Guardián que les evitaba muchos. accidentes y protegía de las fieras, dándoles asimismo orientaciones para volver a sus casas cuando estaban perdidos.

    Lo más curioso de todo esto es. que en pueblos tan disímiles, los Espíritus de la Naturaleza se representan de manera semejante en sus distintas interpretaciones artísticas. En la tradición se habla de los mismos seres Elementales en la Europa Central del siglo XV que en el corazón de la India del segundo milenio A. C.

    Si tenemos en cuenta que muchos de estos gru­pos humanos no se conocían ni sospechaban su mutua existencia, el que hayan tenido tantos pun­tos de coincidencia en la descripción de los Ele­mentales, nos lleva a márgenes que rebasan toda posible casualidad Es evidente que todos vieron las mismas o muy parecidas cosas y que obraban de las mismas maneras. Se los atraía, se los conju­raba, se los repelía o se los temía… pero siempre de la misma manera.

    Esto reafirma que estaban, dife­rentes pueblos, ante un mismo tipo de fenómeno y que por lógica unicidad humana lo trataban de parecida forma. Como ante un no todos hicieron puentes más o menos sofisticados, pero puentes al fin. Y si todos los pueblos antiguos han hablado de los nos y de los puentes que construyeron sobre ellos, es evidente que los nos eran una presencia real. Lo mismo vale para los Elementales que eran para todos los pueblos antiguos una presencia real, que llega hasta nuestros días a través del folklore y los viejos tratados.

     

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    CAPITULO IV


    COMO SON LOS ELEMENTALES, SUS FORMAS Y MANIFESTACIONES

    Dada la finalidad de este pequeño libro, nos referiremos ahora a las formas que asumen a la visión y percepción humanas los Elementales.

    Anteriormente hemos dicho que los Espíritus de la Naturaleza tenían por cuerpos formas de energía y que no eran estrictamente físicos o mate­riales en la versión común del término, aunque la energía es también material y a diario nos muestra sus efectos en el plano más denso de acción.

    El hecho de que la llamada electricidad sea energía y normalmente invisible, no quita que al correr por la superficie de un cable metálico produzca fenóme­nos materiales traducidos en movimiento de pesa­das piezas de una máquina, que a la vez mueve o traslada toneladas de materia. Y todos conocemos los fenómenos meteorológicos que se traducen en rayos y relámpagos, centellas y luces de San Telmo.

    Por otra parte, la existencia de estados vibrato­rios intermedios entre la energía invisible y la materia visible, hace que según se rebasan esas fronteras, de arriba a abajo, la posibilidad de observación humana de los Elementales se poten­cie, aun sin proponérselo. Pero normalmente los E!ementales tienen su parte más densa o cuerpo en el Plano Energético, pudiendo en condiciones favo­rables, ya citadas, reflejarse hasta cierta corporei­dad en las zonas etéricas que son mezcla y enlace entre lo que podemos llamar energía -cuya carac­terística es la carencia de forma perceptible por nuestros sentidos -y la materia-cuyas características nos son evidentes y fácilmente registrables-.

    De ello podemos colegir que los Elementales tie­nen como propiedad una plasticidad mucho más veloz que la nuestra, siendo sus formas más inesta­bles y dinámicas. Cuando esas formas se lentifican es cuando se corporizan y su visión se vuelve. más fácil, bien por factores naturales que mencionamos anteriormente, o bien por la voluntad de quien quiera verlos; voluntad que ha de ser fuerte pero no agresiva, pues cualquier inestabilidad en ella reper­cute en los Espíritus de la Naturaleza y los ahu­yenta hacia sus refugios energéticos y a los juegos ópticos propios de su extraordinario poder para disimularse en los mismos Elementos en que habitan.

    Aunque sus variedades son prácticamente infi­nitas, como también lo son las de todos los seres vivos, podemos citar algunos ejemplos clásicos de Elementales:

    LOS DE LA TIERRA: GNOMOS, HADAS y ENANOS.

     

    Denominación extraída del Griego, genomos, o «el que vive dentro de la tierra». La variedad de estos Espíritus de los Elementos es, como en todos los demás, tan grande que abarca desde ciertos monstruos (que así podríamos llamarlos basándo­nos en el latín, en el sentido de prodigios o altera­ciones de lo normal, y siendo para ellos la tierra sólida el ámbito en el que se mueven, como para los humanos lo es el aire, no encuentran otra resis­tencia en las más duras rocas, que nosotros ante las ráfagas de viento), hasta los pequeños enanos que refleja el folklore de todos los pueblos.

    De los pri­meros podemos decir que están en continuo movi­miento, en expansión y retracción, pudiendo alcan­zar tamaños semejantes al de los más grandes mamíferos conocidos. Los segundos, de aspecto humanoide, no suelen levantar del suelo más de un par de palmos.

    Estos últimos son los más conocidos: enanos u hombrecillos inocentes, bondadosos y crueles co­mo los niños. Carecen de toda conciencia ética y no podríamos decir de ellos que son buenos ni malos.

    Traviesos por naturaleza, gustan burlarse de quienes los buscan torpemente y son, en cambio, sumisos servidores de los verdaderos Magos. Aun­que los tiene que haber de ambos sexos, ni las narraciones ni mi propia observación registran hembras. El aspecto suele aparentar una edad madura, aunque no representa lo que nosotros lla­mamos edad, pues viven siglos y no conocen, como nosotros, los estados de niñez, adultez y vejez. Sus apariencias son siempre las mismas.

    Salvo la cabeza, grande en relación al cuerpo como en el caso de los enanos humanos, son bien proporcionados.

    Van siempre vestidos y parece ser que, sobre un patrón de ropa a la manera campesina, copian las modas humanas que les son contemporáneas cuan­do nacen, y así las guardan todos los siglos que duran sus vidas. No existe apariencia de desgaste en dichas ropas, aunque no dan la sensación de ser nuevas sino arrugadas y ajadas como si fuesen muy viejas, pero indestructibles.

    Aun en los mayores grados de materialización, obtenidos tan sólo en condiciones especiales y en lugares no frecuentados por los humanos, no emi­ten sonidos ni los perciben.

    Huyen del Sol y aman la luz de la Luna, de los pequeños candiles y de las luciérnagas.

    Apacibles, suelen estar mucho tiempo inmó­viles.

    Los hay no mayores que la altura de un puño, no más altos que un pulgar, como dicen los cuentos para niños. Estos son muy difíciles de percibir por los adultos, aunque ellos han de creer todo lo con­trario, pues en presencia o cercanía de los humanos se esconden tras las cosas, en los rincones menos iluminados o, aprovechando su poder de pasar a través de la materia, en los cajones de los muebles que no han sido abiertos en mucho tiempo.

    Gustan de la cercanía de los niños y les sugieren lugares y posiciones para sus juguetes, bailes y cantos, ron­das y juegos de escondrijos. Traviesos, hacen encantamientos psíquicos que evitan a los adultos el hallar pequeñas cosas como ser lapiceros, gafas, agujas, clavos.

    Retirado el velo, se divierten viendo cómo se encuentran las cosas perdidas, a veces en lugares distintos a los que estaban, lo que presu­pone en ellos una cierta posibilidad de traslación, aunque es mucho más corriente que sus propios encantamiento s, unidos a los desconciertos, angus­tias y apuros que provocan sus travesuras en los humanos, hagan que sean las mismas personas las que llevan el objeto en la mano y lo colocan en otras partes sin ser concientes de ello.

    En las épocas de las Corporaciones Laborales, cuando el hombre no había automatizado su posibi­lidad de trabajo y cuando ponía verdadero interés en él -tal cual lo vuelven a poner los artesanos- ­los pequeños Gnomos eran sus invisibles compañe­ros de taller, sus ayudantes de tareas. En casos excepcionales, algunos ocultistas lograron con su magia hacer trabajar ejércitos de Gnomos, materia­lizados por lo menos en parte, en su auxilio; pero tal tipo de trabajos forzados desagradan a los Ele­mentales, los que gustan tener cierta iniciativa que es un equivalente al juego o diversión.


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    También se han registrado en Oriente una variedad de Gnomos, o simplemente mutaciones de los mismos, que llegan a tener una apariencia humana normal y que ayudan a los viajeros en los caminos, pueden hablar y dar consejos, aunque no comen ni duermen como los humanos y tampoco envejecen.

    En estos casos están siempre solos y son confundidos con monjes. La misma versión la encontramos en la antigua Grecia., pues los monakhós eran los emisarios de Hernies que, en las encrucijadas de los caminos, tenían sus escondrijos y cuidaban las primitivas ermitas.


    Se decía de ellos que no comían ni amaban, ni hablaban casi, prefi­riendo hacerse entender por señales. La tradición quiere que tuviesen algo en su anatomía diferente a la de los humanos: las puntas de las orejas, lo que los emparentaba con otro tipo de Elementales de los bosques que luego fueron llamados Silvanos.

    El típico gorro de Hermes servía para ocultar esta anormalidad, que muchas veces fue relacionada con el Mito del Rey con orejas de burro y dotado de poderes parapsicológicos, como Midas.


    Los Gnomos u hombrecillos pueden, si lo desean, trasladarse con enorme velocidad y estar instantáneamente donde quieren estar. Y así, hacen pequeños servicios a los Magos que están en rela­ción de trabajo con ellos, como avisos en base a ligeros golpes dados en muebles, y otros que .vere­mos más adelante. A pesar de no tener un alma en grado de diferenciación, como la humana., logran la apariencia de ella bajo la influencia de un ocultista práctico que pueda comunicarse efectivamente con ellos.

    Las Hadas son asimismo Elementales de la Tierra. aunque sus múltiples variedades y la tradi­ción literaria y popular las exalta de tal manera que, en numerosos países, la denominación es sinó­nimo de hechicera o maga, como en la versión de la Baja Edad Media y la Renacentista del Mito de Merlín en la Saga de Arturo, en donde Morgana aparece como un Hada.

    De apariencia similar a la humana, sus tamaños varían entre el diminuto y el de una persona normal.

    Regidas asimismo por la Luna, gustan reunirse en lugares alejados de toda presencia humana y bailar en círculos en los prados circundados de bosques. La especial forma de reproducción de las setas, que configura una expansión de la especie en forma de anillo, ha emparentado estos vegetales, en la tradición popular, con los círculos de la Hadas. Es que, ciertamente, son las Hadas muy expertas en el conocimiento de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales.

    Hábiles en encantamientos, magias y hechicerías, inspiran a los curadores naturales sus extrañas y a la vez rudas artes, en donde se mezcla la intuición con el recuerdo mutilado de una ciencia perdida.

    Cierta variedad está estrechamente ligada a los humanos, y en las viejas monarquías solían dar a los recién nacidos sus regalos en forma de bendi­ciones, o de maldiciones si había circunstancias negativas de por medio. Gustan de los niños en general, sugiriéndoles juegos y protegiéndolos de los peligros, e inspirándoles telepáticamente las acciones que los preserven vivos y alegres.

    Son atraídas por las golosinas y dulces, cuyo perfume y doble las tienta a correr con la, para ellas no siempre grata, compañía humana. Gustan de los sonidos armónicos y de las figuras geométri­cas circulares. De aspecto femenino, no conozco si las hay varones. No son las contrapartes femeninas de los Gnomos, como vulgarmente se cree, pues sus características y naturalezas son distintas y se ignoran los unos a los otros, como pasa con anima­les de diferentes especies.


    LOS DEL AGUA: SIRENAS, NEREIDAS, ONDINAS, NINFAS.

     

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    Las llamadas Sirenas, lo son de la superficie del agua de mar. Sirenas, del latín Siren, del griego Seiren, son «las que encantan o seducen». Relacio­nadas con la música en la antigüedad, se las hacía hijas de Melpómene. Se las describe con cabeza de mujer y cuerpo de ave y también de pez. Alia­das de las formas elementales que rigen las brisas marinas, producen sonidos armoniosos muy pareci­dos a la voz humana, que pueden imitar por sus poderes telepáticos.

    Podríamos colocarlas en la cúspide jerárquica de toda una gama de Elementa­les que, siendo de Agua, necesitan de la combina­ción con el Aire para vivir. En el otro extremo estarían las pequeñísimas criaturas que viven tan sólo en la espuma, que nacen y se disuelven con ella, sobre todo en las noches de Luna llena. Según la antigua medicina, tenían estas últimas la capaci­dad de realizar extraordinarias curaciones en quie­nes se bañaban en las aguas. También servían a los Magos que podían leer augurio s en la reflexión de la luz lunar o Camino de plata de la Luna Llena sobre el mar en calma.

    Existe otra variedad de Sirenas que aparecen en las noches en que las olas se vuelven fosfores­centes al estar saturadas de formas animales, como las llamadas Noctilucas. Traen malos presagios y peores recuerdos. Están relacionadas con el anti­guo misterio de la Luna Sumergida del cual no hablaremos.

    Las Nereidas son poderosos Espíritus de la Naturaleza femeninos que servían de escolta a Afrodita, la Nacida de la Espuma. Pueden alcan­zar grandes profundidades y habitan en grutas sumergidas. Su alta jerarquía las hacía también compañeras de Anfitrite, la esposa de Poseidón, Rey del Mar y de las Grutas Subterráneas, antiguo Señor de los Terremotos, y de los Caballos, por lo que las espumas rizadas que alzan las olas se identifican con las crines de los caballos de Posei­dón.

    Tradicionalmente relacionadas con la realeza y el señorío, se las hace proteger las difíciles maniobras de los antiguos barcos de vela de los reyes y los emperadores. Sus contrapartes masculi­nas son los Tritones, también del séquito de Nep­tuno; responden al Trino Poder del Reflejo del Logos sobre el Gran Espejo o Cristal Negro de ori­gen Terrestre e Igneo, guardado en Thule para la Corona del Rey del Mundo. Tienen, como las Nereidas, el cuerpo en su mitad superior semejante al humano, y en su mitad inferior como de pez alargado, a la manera de la serpiente de mar.

    Ataviados con algas y corales, perlas y conchas, tocan supersónicas caracolas etéreas anunciando el paso de los triunfadores. Conocen el secreto de los tesoros sumergidos y en ocasiones se los representa como violentos ejecutores de la voluntad de su Amo, que con su tridente mágico, bien mantiene a los barcos sobre las aguas, o los empuja a las rocas y los desfonda. En épocas pasadas aconsejaban a los humanos viajeros en Ciencias perdidas, prove­nientes de Continentes sumergidos.

    Las Ondinas deben su nombre al latín, unda, literalmente: «ola», Habitan en los ríos, especial­mente en las regiones donde corren entre rocas y producen cascadas y espumas rumorosas. Otras variedades son marinas y viven en las costas y pla­yas, siempre en lugares recogidos, donde haya oquedades. Su forma se parece a la de una mujer en su parte superior, teniendo indefinido el cuerpo de cintura para abajo o semejando lienzos siempre húmedos que lo recubriesen.

    De muy largos cabe­llos, nadan a enorme velocidad y en muchas oca­siones se confunden con las Nereidas. Las tra­diciones las pintan peinando sus largas cabelleras en actitudes muy femeninas y en general dan una sensación de debilidad y fragilidad si las compara­mos a la pujante y orgullosa fuerza de las Nerei­das. En la antigüedad se atribuía a estas criaturas el tratar de encantar a los viajeros que, en parajes solitarios, se detenían junto a los torrentes; los invi­taban a sus grutas a beber un licor mágico .que les hacía enfrentarse con sus propios engendras inte­riores. Sólo los puros y fuertes podían vencer y liberarse de peligrosos pactos con las Ondinas, de ojos hipnóticos y dueñas de ciertas joyas, probable­mente anillos, que ofrecían con la intención de que el caballero que las aceptase quedara de ellas prendado y rendido.

    Las Ninfas -cuyo nombre proviene del latín lynpha, «agua», y del griego nymphe en relación con las fuentes y manantiales- son Elementales de apariencia femenina, bellísimas, que habitan en lagos y en aguas tranquilas. Son asimismo guardia­nas de los manantiales escondidos en la foresta. A las Ninfas se les atribuye un aspecto totalmente humano hasta el extremo de no diferenciarse de las mujeres. En la antigüedad se les atribuía el ser guardianas de los remolinos y ser tanto maléficas como benéficas, mostrando un carácter caprichoso y delicioso a la vez que podía tentar a los mismos Dioses.

     

    De aquellos tiempos nos llega muy vivida la imagen enjoyada de Aretusa, reflejada en las cerámicas de culturas helenísticas de la Magna Grecia, generalmente recipientes en relación con el agua, bien sola o mezclada con vino. Es característico su complicado tocado de perlas y cintas sobre los trabajados cabellos.

    En la Saga de Arturo, emparentada con la del Rey del Mundo y el Mago Merlín, es una Ninfa la que devuelve de los lagos las espadas mágicas que darán fe de realeza a los galantes caballeros. Asimismo aparecen en la lla­mada mitología germánica en relación con Tann­hauser. Emblemas de belleza venusíaca, las Ninfas están relacionadas con el amor sublimado y celoso, y contrario al amor carnal.

    Sus venganzas contra los caballeros que les son infieles suelen ser terri­bles. Eternamente hermosas y jóvenes, poseen ese secreto de la continua juventud a la que están con­denadas, y castigan otorgando la tan discutida gra­cia de no morir. Pero su inmortalidad no es la espiritual y conciente, sino la deshumanizada, y la tradición quiere que sus intentos amorosos tengan por fin el humanizarse y adquirir un sentido huma­no de la vida y de la muerte. Criaturas enigmáticas, son expertas en encantamientos, en metales mági­cos y en piedras preciosas en el seno de las cuales se pueden ver cosas lejanas, pasadas y futuras.

     

    LOS DEL AIRE: SILFOS y ELFOS.

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    El nombre de las criaturas Elementales que denominamos Silfos es de difícil raíz etimológica, probablemente galorromana y derivada de los soni­dos que producían los vientos en las arpas druídi­cas que, como las eólicas griegas, solían suspen­derse colgando de los árboles sagrados, para inter­pretar una música no humana.

    Estos Espíritus de la Naturaleza se caracterizan por vivir exclusiva­mente en el aire; son muy difíciles de percibir dada su naturaleza inestable, fluídica, dotada de muy veloces movimientos de tal modo que el investiga­dor debe clavarlos en algo que no se mueva para poder hacer el más somero estudio.

    Este sistema enfurece a los Silfos y les causa dolor. No tanto por la sujeción en sí, sino porque se les priva de movimiento, sin el cual desfallecen y llegan a morir. Es su necesidad constante el correr y trasla­darse. Tan sólo tienen apariencia humana en su cabeza, pues el resto del cuerpo, de difícil estudio, es parecido a la imagen que tenemos de los ánge­les, pero menos apacibles y no siempre con sólo dos alas.

    Tampoco estas alas, en los casos de Ele­mentales del nivel en que los estamos describiendo, son tan blancas, agradables ni emplumadas como las de las imágenes griegas, romanas y cristianas. Estas han sido extraídas de tipos de Elementales superiores de los cuales haremos referencia más adelante.

    Los Elfos (del celta Faeries) son Elementales de formas muy bellas y muy pequeñitas. A la manera de mariposas etéreas, viven en las cerca­nías y en la corola de las flores. Sus cuerpos son antropomorfos y los hay de figuras femeninas o masculinas, aunque ello no tenga estricta relación con su reproducción, pues copian formas humanas.

    Sus vestidos son a la manera de túnicas cortas y livianas. Sus movimientos constantes son semejan­tes a los de las abejas cuando liban en las flores. Extremadamente energéticos, tienen grandes pode­res curativos aunque en ese tipo de trabajo se exte­núan hasta morir. Su radio de acción llega hasta donde lo hace el perfume de la flor.

    Las flores sin perfume no tienen Elfos de este tipo. Son, en algu­nas de sus variedades, muy afectos a los humanos, sobre todo a los niños y a los que tengan inocencia y sensibilidad artística. La luz los excita y la oscu­ridad los apacigua. Gustan de los sonidos suaves, de los colores y de la luz reflejada en los espejos no muy pulidos.

    Sus graciosas figuritas se completan con pequeñas alas parecidas a las de las libélulas y mariposas, pero más hermosas, etéreas y en cons­tante movilidad, a la manera de los colibríes. Uni­dos de las manos suelen hacer aros de danzas y promueven los encantamientos benéficos. Sus ta­maños varían entre un palmo de altura hasta menos de un centímetro. A veces se aquietan, como si durmiesen, en actitudes muy dulces. Otras, parecen estar pensativos u oyendo lo que los humanos no pueden oír. Son la gracia angelical personificada.


     

    LOS DEL FUEGO: LAS SALAMANDRAS.

     

    Estos Elementales son los más alejados en sus formas a la humana. El nombre que reciben tiene un oscurísimo origen etimológico oriental, de apor­tación árabe, que los relaciona con la famosa uni­versidad de Salamanca, que en el Bajo Medioevo europeo gozaba del esplendor de la plenitud del Islam. Ciertamente, allí se efectuaron estudios y trabajos sobre Alquimia, y bajo este término gené­rico se cobijan multitud de conocimientos, entre ellos los de los Espíritus de la Naturaleza, en especial los que calientan y también coronan el Atanor.

    En el fuego de las chimeneas se les puede ver a la manera de serpientes negras, preferentemente en posición vertical, que se mueven velozmente y se retuercen sobre sí mismas.

    El tamaño de las Salamandras varía, desde el de pequeñas lombrices que se mueven en los fogo­nes y hogueras, hasta las enormes que plasman las curiosas formas de los relámpagos y los rayos.

    Nadie que no tenga santidad y experiencia debe atreverse a intentar algún contacto con estos podero­sos Seres, pues también rigen los impulsos electro biónicos que corren por el sistema nervioso humano.

    Hay metales que las adormecen y contienen, de manera que pueden colaborar en la eficacia de un amuleto con formas de Magia demasiado peligro­sas para ser comentadas sin los previos compromi­sos que hacen a los hombres incorruptibles.

     

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    OTRAS VARIEDADES DE ELEMENTALES.


    Aunque este tema será desarrollado en otro Capítulo, creo prudente señalar que los Espíritus de la Naturaleza que hemos descrito, son sólo los ejemplos más típicos de aquellos que se han refle­jado fuertemente en el llamado folklore y en la tra­dición de los humanos.

    La gama de Elementales es inmensa, desde los Regentes de los Planetas y aun de las estrellas, hasta los que mantienen con su vida la de los átomos.

    En los Misterios de la antigüedad se hacía refe­rencia a ellos. Se los representaba con figuras geo­métricas, palabras sin aparente significado y cifras numéricas hoy incomprensibles. Las referencias son veladas e indirectas. Es imposible encasillados en uno sólo de los Elementos.

    Son los que rigen los momentos del nacimiento y de la muerte de todos los Seres manifestados y también de las cosas; el traspaso de las Almas por los distintos umbrales. Los que se mueven en un espacio-tiempo que no es el que conocemos y en el que vivimos.

    Son los que vigilan la marcha del Reloj de la Historia desde afuera de esa maquinaria de causas y efectos encadenados de manera lógica. Los que cuidan de los Anales en donde se puede leer el pasado y el futuro.

    Son Ángeles y Demonios. También los Drago­nes cuyo aliento calienta la Tierra. Las almas de los cristales geológicos que reinan sobre la estratifi­cación de los minerales y que han condensado la luz de estrellas desaparecidas a nuestra vista. Los Genios de las joyas. Otros, aprisionados en formas mentales de los Dioses, a través de los eones espe­ran el momento de comandar las delicadas opera­ciones del nacimiento y de la muerte de las galaxias: son los que habitan los cometas, ya sea los que fecundan determinadas zonas del espacio para que nazcan nuevos mundos, o los que quedan como último resto de otros astros pasados y deri­van hacia los cementerios de estrellas. Asimismo, los más simples cometas que enlazan, como elec­trones de valencia, un sistema solar con otro.

    Y más cerca nuestro, son los que moran en las entrañas de los volcanes y de las nubes. Los que manejando invisibles pinceles, pintan los ama­neceres y los atardeceres. Los que despiertan la vegetación en Primavera y la adormecen cuando se acerca el Invierno. Los que rigen la suerte en los cruces de caminos, en grutas encantadas y en mon­tañas mágicas.

    Son los Genios que dan y quitan dones. Los que tocan la frente de los elegidos y los que hacen resbalar los pies de los que cayeron en desgracia.

    Quien escribe esto sabe que en nuestro materia­lista siglo XX lo que acaba de mencionar suena a cuento para niños o a ciencia-ficción. Y así debe ser, pues estos conocimientos vienen del pasado y del futuro. Son desconocidos e ignorados en el pre­sente. Pero, sin embargo, se refieren a realidades, algunas de las cuales se hacen sentir nítidamente en la vida e inspiración de muchas personas, aun­que la educación recibida les bloquee la capacidad de percibir o imaginar las causas, y aceptan lo que pasa con estólida resignación con la característica amargura o la animalesca alegría que surge de estar sometidos a la enanocracia.

    Quien no pueda salir de la jaula del materialismo, jamás podrá percibir estas maravillas ocultas en la Naturaleza ni verá las huellas de los Pasos de Dios sobre la Tierra.


    CAPITULO V

    COMO VIVEN LOS ELEMENTALES. SUPERVIVENCIA, SOCIEDAD Y RELIGION


    Aunque más adelante lo explicaremos más lar­gamente, debemos partir de la base de que toda observación y estudio de los Elementales por los humanos, refleja las características de los primeros aunque fuertemente teñidas y deformadas por las características propias de los segundos.

    Podríamos pensar que al no tener el Hombre actual conciencia de la existencia de los Elementa­les, éstos hacen su vida libremente según sus pro­pias naturalezas. Esto es falso. Cuando los hom­bres ignoraban la existencia de las bacterias, al someter sus alimentos a temperaturas altas me­diante la inmersión en agua hirviendo o a la exposi­ción directa de una fuente de calor, destruían los microorganismos y los modificaban obligándolos a encapsularse, sin importarle al fenómeno la con­ciencia que de ese fenómeno tengan cualquiera de las partes afectadas.

    De la misma manera los Hombres, con sus diferentes formas de vida, más o menos mecaniza­das e intoxicantes, con sus desperdicios propios y los de sus actividades laborales, con sus ansias y sus temores, con sus cambios de formas religiosas en. ciclos de tiempo relativamente cortos para los Elementales, les afectan profundamente. También los Elementales modifican las vidas de los Hom­bres, pues intervienen en los fenómenos climáticos, en la fauna y en la flora, especialmente la no doméstica, y aun en las formas de sentimiento y pensamiento individual y colectivo de los Seres Humanos.


    SUPERVIVENCIA Y FORMAS DE REPRODUCCION.


    Al referimos a los Elementales de una forma tan genérica como lo estamos haciendo, no pode­mos establecer promedios mínimos ni máximos en la vida de éstos, pues es tan grande su variedad que algunos -como los ya mencionados de la espuma­se manifiestan durante pocos segundos o aun frac­ciones de segundos, y otros, gigantescos habitantes de los abismos marinos o de los macizos montaño­sos, viven docenas de miles de años.

    Si profundiza­mos un poco más el tema y consideramos que son Elementales los que rigen las variaciones de las órbitas de los elementos subatómicos y de los lla­mados Nidos de Galaxias - ya que configuran la Inteligencia Elemental de toda forma de energía­ nos encontramos con que los límites anteriormente mencionados son simples muestras en medida humana para que podamos entender algo sin per­demos en lo insondable de lo infinitamente pe­queño y lo infinitamente grande, ya que toda cuestión de tamaño es relativa para nuestra concepción; y para el Hombre, tal como dijese Protá­goras, el Hombre es la medida de todas las cosas.

    Es probable que el lector, cada vez que se men­cionan los Elementales en cuanto rectores de las Fuerzas de la Naturaleza -como las que se mani­fiestan en el constante marchar de las cosas, ya sea de las corrientes eléctricas, las atracciones gravita­torias o la circulación de la sangre- piense que estamos corporizando e inventando espíritus y seres en donde tan sólo existen relaciones entre masas de materia o de energía.

    Desde el punto de vista materialista eso es cierto, pues quiere esta visión particular y restrin­gida del Mundo medir y pesar todos los aspectos y exteriorizaciones, las propiedades y los atributos, desentendiéndose del porqué en la constante alie­nación del cómo. Así, nadie puede definir lo que es Fuerza si no es por los efectos que la hacen per­ceptible, aunque para la mentalidad exotérica esto basta. Y si no basta, se recurre a la muletilla de la casualidad y se la pone en la cabecera del desfile de los acontecimientos.

    Gracias al desarrollo de la técnica en la especialidad de computación, pode­mos hoy hacer en segundos, cálculos que miles de hombres no habrían podido hacer consumiendo todas sus vidas en ello, y tenemos comprobado que la suma de casualidades con que se quieren expli­car los fenómenos naturales es imposible.

    Al con­trario, queda cada vez más demostrado que existe una causalidad con una evidente cascada de cau­salidades que dan sentido a la Vida y a sus movi­mientos, puesto que las computadoras, después de todo simples ábacos perfeccionados que son pro­gramados según la capacidad inteligente de quienes las manejan, muestran que con lo poco que sabe­mos ya basta para negar la casualidad de los fenó­menos naturales, y que existe un sentido de la Vida, un inmenso plan, un ritmo como de danza en el Universo y asimismo, que si consideramos tan sólo materia y energía como dos formas menos y más sutil de una misma cosa, el Universo se de­tendría, pues en su ecosistema hacen falta elementos inteligentes y sensibles que prevengan en lo posible los accidentes, que activen a manera de invisibles catalizadores determinados procesos, y que justifiquen una forma de psiquismo de la Naturaleza que vamos descubriendo.

    A ese factor X, como gustan llamado algunos científicos de avanzadas concepciones, nosotros le llamamos Elementales o Moradores de los Elementos. Este es un conocimiento viejo como el mismo Hombre y sus restos se conservan en el folklore de todos los pueblos, más o menos deformado por la supersti­ción y la fantasía, por las costumbres y por las necesidades; pero es básicamente cierto.

    Tal vez, por dar un ejemplo cualquiera, los Red Caps no sean como los narran los campesinos escoceses, siempre buscando nueva sangre para colorear sus gorros y encaramados en las ruinas de los castillos; pero es inevitablemente cierto que donde hubo grandes batallas y matanzas, y donde han quedado restos de osamentas y armas que estuvieron mojadas en sangre, en los teatros de esos cruentos encuentros en los que la desesperación y el terror hicieron mella en tantos hombres y animales, se conserven por un tiempo formas men­tales y psíquicas que impregnen de alguna manera el entorno, cosa que cualquier persona sensible puede percibir aunque no sea exactamente lo que se llama un médium.

    Descartar esta posibilidad a prior es bastante anticientífico, y más aún antifilosófico. Donde hubo fuego, queda por un tiempo la tibieza de los rescoldos. y por donde corrió el agua se percibe humedad. Los actuales métodos técnicos basados en la percepción de los rayos infrarrojos delatan, por la mancha de frío completamente invi­sible a nuestros ojos, dónde estuvo aparcado un automóvil en un lejano día de sol. Pero los briosos caballos de la técnica muerden el freno de un auriga casi ciego que es la Ciencia actual.

    Recurramos pues a la Vieja Ciencia, a las Tra­diciones y al Conocimiento Esotérico en búsqueda de la verdad, de la cual una gota vale mas que un océano de mentiras por muy codificadas y publica­das que estén.

    Así, los Elementales nacen, viven y mueren como todas las cosas manifestadas. La Ley es una para todos Y Dios sabrá por qué es así. Lo que resulta evidente para nosotros es que todo lo que entra en lo que llamamos existencia, se desgasta y modifica hasta hacer peligrar sus características originales.

    La Inteligencia que nos rige ha optado por la renovación de las formas en preservación de lo más interno e importante, así como nosotros cambiamos la ropa usada por otra nueva cuando lo consideramos necesario y nos es posible hacerlo. Pero aun este ejemplo doméstico requiere una per­cepción del desgaste y un cálculo de posibilidades de reemplazo y de las modalidades del mismo a la luz de la experiencia anterior y de la capacidad presente de renovar.

    Debemos tener en cuenta nuestra tendencia más o menos subconsciente de antropomorfizarlo todo y extender los detalles de nuestro ciclo vital a los demás seres, cosa generalmente falsa, pues cada forma de vida tiene, por fuerza de su propia naturaleza, características que le son propias más acá de la Ley única que nos rige.

    Que todo se renueve no quiere decir que forzosamente lo haga de la misma manera y en el mismo lapso de tiempo. Si bien los Elementales que están más cerca de los hombres, o sea los que éstos pueden percibir más fácilmente y viceversa, tienden a una antropomorfia, por ser el hombre un arquetipo, dentro de su cápsula evolutiva difieren en muchas características.

    Hay Elementales que son parecidísimos a los hombres, y por tanto, parecidas son sus formas de nacer, vivir y morir. Incluso en circunstancias favo­rables han llegado a corporizarse tanto que, trans­formando su energía en materia (nada milagroso: de la misma manera se transforma la energía potencial de una piedra suspendida, en el cúmulo de fenómenos físicos de su caída; se hacen visibles y se cristalizan los gases pasando del estado invisi­ble al liquido y al sólido; o las grasas y proteínas se transforman en tejido adiposo visible y tangible en el cuerpo humano) han convivido con las personas, y hasta mantuvieron con ellas amoríos y guerras.

    En algunos de los casos han sido detectados como Espíritus de la Naturaleza, bien por su extraordina­ria longevidad, por parir las hembras sin necesidad de cordón umbilical o por la sangre de otro color que la de los humanos. Asimismo se han visto rodeados por los fenómenos que hoy llamamos parapsicológicos que la cuidadosa observación de nuestros antepasados no ha dejado de registrar, como ser el dar evidente vivificación a los pastos con sólo danzar sobre ellos, o poder señalar con toda seguridad el lugar exacto de tesoros escondi­dos, vetas de metales preciosos o aguas subterrá­neas.

    La vieja afirmación de que algunas Casas Reales tuvieron sus orígenes en el cruce de un humano con un Espíritu de la Naturaleza, o con un semidiós, o con un dios mismo, no es tan descabe­llada como hoy nos parece al ver los restos petrifi­cados de esas otrora dinámicas y creativas Casas Reales. Pero la Ley de los Ciclos es inexorable, y si los antiguos reyes hacían prodigios, los actuales necesitan de la aprobación figurativa de sus pueblos.

    Otros Elementales son tan simples como un pequeño tejido energético, sin forma definida ni capacidad para hacer otra cosa que flotar en las cercanías de los rincones de las casas. o bajo las raí­ces de los árboles. La reproducción de éstos nada tiene que ver con la humana y mas bien la podría­mos comparar con la partenogénesis celular.

    Son simples jirones de vida que no pueden ni quieren vencer el magnetismo del suelo cerca del cual se arrastran. Con ellos juegan frecuentemente los gatos domésticos, enganchándolos en las proyec­ciones magnéticas de las puntas de sus uñas. Los hay, también. que son verdaderos desperdicios eté­ricos que abundan y se amontonan en los lugares donde hay malos olores, miasmas, aires sobrecar­gados de las opacas emanaciones de los cuerpos enfermos, o perfumes venenosos de drogas y de plantas maléficas.

    La reproducción de éstos es rápida. a la manera de los esporos en los hongos, y se los ahuyenta haciendo correr aire yagua limpios, haciendo penetrar la luz del Sol y aumentando toda forma de higiene física, desde el muy simple jabón hasta las nubes del incienso y la mirra o el estora­que quemados sobre una plancha caliente o carboncillos. Los populares palillos de incienso tienen poca eficacia pues están confeccionados comercialmente con mezclas inadecuadas de productos in­nobles.

    Como sería inacabable mencionar las diferentes formas de supervivencia y reproducción de los Elementales, daremos un ejemplo de una forma media de vida, en un habitat restringido. Nos referimos a los Gnomos que habitan los lugares poblados de pinos. Son éstos criaturas tímidas, que por su gran longevidad (comparada a la nuestra) llevan copias de las ropas que usaban los campesinos de pasados siglos.

    Carecen aparentemente de toda sexualidad re productiva, aunque son víctimas de una gran sen­sibilidad, de manera que cualquier emoción que tenga una mota de violencia los espanta y los hace desaparecer, sutilizando sus formas y mimetizán­dose en las ramas y cortezas.

    Se alimentan de las excrecencias áuricas de las resinas de los árboles y de sus perfumes, por lo que suelen aceptar obsequios altamente perfumados (entiéndase por aceptar el acercarse a ellos y ab­sorber sus emanaciones).

    No gustan de la compañía de los hombres aun­que su innata curiosidad hace que jamás estén ale­jados de ellos y los observen frecuentemente. Incluso les gastan bromas, que es una forma infan­til de comunicación, produciendo ruidillos en la noche, tendiendo engaños psíquicos que hagan difi­cultoso el hallazgo de pequeños objetos justamente cuando son necesarios, o materializándose muy fugazmente a lo lejos de manera que dejan a los hombres y mujeres, preferentemente jóvenes, con­fusos y temerosos.

    Pero las concentraciones huma­nas los aterran y los dobles de los hombres aplastan los suyos y los emponzoñan hasta produ­cirles terribles enfermedades y la propia muerte, que es para ellos, como para nosotros, el abandono de sus vehículos más densos, con la diferencia que en el caso de los Elementales la conciencia indivi­dual desaparece como acto, fundida en el Alma Grupal de su Pueblo o Grupo Etnico.

    Tienen instinto de supervivencia, pero no les desespera la muerte pues tampoco tienen imaginación como para verse en otra situación que en la que en ese momento se ven. Les cuesta recordar y hay casi que forzarlos a ello, y aunque saben muchas cosas de manera innata sobre las propiedades de las plantas y las relaciones de los astros con los fe­nómenos terrestres, sólo contestan si se les pregunta y si se les sabe preguntar muy pacientemente, vol­viendo al mismo tópico mil veces si es necesario.

    Al no poderse materializar jamás de manera completa, están incapacitados de hablar, si bien oyen, aun en gamas que escapan a nuestros oídos. Así se comunican con los humanos que gozan de su amistad, y en cierta forma imperan sobre ellos, en base a señas y esbozos telepáticos, haciendo la comunicación dificultosa y al principio muy lenta y desalentadora.

    Sus apariencias son siempre como de viejecitos, aunque entre ellos notan las diferencias que les da la edad.

    En determinadas épocas del año, cuando hay humedad y la Luna se ve tan sólo ocasionalmente a través de las nubes, en horas cercanas a la media­noche, se los ve pulular en las ramas de los pinos. En otras ocasiones, de las axilas que esas ramas forman con los troncos o con otras ramas mayores, ellos extraen su prole, que creció dentro de una forma de saco amniótico etéreo del color de la resina.

    Siendo muy pequeños, los recién nacidos son en forma y proporción idénticos a sus mayores, y su desarrollo se percibe tan sólo por el aumento de tamaño, mas no por otras variaciones que se puedan apreciar dentro de las especiales condiciones en que, se comprenderá, son observados.


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    SOCIEDAD Y RELIGION. SISTEMAS DE GOBIERNO.

    Como no nos cansaremos de recordar al lector, la cantidad de variedades de los llamados Espíritus de la Naturaleza o Elementales, es tan grande como la que podríamos registrar en Reino Ani­mal; difieren las costumbres de las jirafas y de las tortugas, las de los perros y las de los peces. Ante un problema de igual magnitud, nos encontramos con el agravante de que, siendo los Elementales seres cuya corporización normal se da en el plano de la energía, y son por lo tanto inmateriales e invi­sibles para la inmensa mayoría de los Humanos -y cuando visibles, lo son de manera restringida-, toda generalización está condenada al fracaso.

    Así, prefiriendo una pequeña verdad a una gran mentira, nos vamos a referir otra vez a un caso específico: los Gnomos que habitan en los pinares.

    Viven en sociedad, en tribu, formando una familia extendida en donde cada uno guarda su individualismo, aunque está y se siente plenamente unido al resto de la comunidad. Como compara­ción pueden valer las relaciones que se establecen espontáneamente entre los niños humanos antes de haber sido contaminados por la educación (o mejor dicho, antieducación) a que hoy los someten los mayores.

    Para un niño, el que otro tenga alguna diferencia de color de piel, sea tartamudo o cojo, puede ser motivo de broma, pero jamás de segrega­ción del grupo. Se lo invitará y hasta se lo forzará a mantenerse cerca y se lo tendrá en cuenta para todo. En donde los niños y los Elementales pueden mostrarse individualistas es tan sólo en pequeños secretos y travesuras que no quieren comunicar a los otros, como si de algo mágico se tratase.

    Esta sociedad no es comunitaria, a la manera de la que propone Platón y la casi totalidad de los sociólogos de una manera u otra, tal vez porque no cabe en las expectativas de los Elementales la noción de progreso y no pueden concebir un Estado, en el verdadero sentido y según la defini­ción platónica del mismo.

    Cada Elemental trabaja y vive para sí pero en apretado compañerismo con los demás, y aparte de algunas cómicas rencillas, sabe que puede contar con todos, aunque se cuidará mucho de no interfe­rir la labor de los otros sin necesidad.

    Si bien tienen el alimento aparentemente asegu­rado, por lo menos en lo inmediato, y no se nota desgaste en sus ropas y saben prepararse sus propias medicinas, se los ve constantemente ocupados.

    No se entienda por esto que están en febril movi­miento a la manera de las abejas de una colmena. pero el espíritu es el mismo, aunque el ritmo apa­rezca como mucho más apacible y libre. Más ade­lante escribiremos sobre sus ocios y juegos. Ahora lo hacemos del trabajo, aunque en los Elementales todas las formas de actividad y modos de vida están de alguna manera eslabonados y es difícil saber dónde termina una para empezar la siguiente.

    Los Elementales están muy relacionados con el Reino Vegetal, el Animal, y aun el Humano, si les permitiésemos, con una vida más cercana a la Naturaleza, acercarse a nosotros. Velan incansa­bles sobre labores tales como las de repasar el aura de las plantas, hoja por hoja, y de los pastos brizna por brizna. Refuerzan con inyecciones energéticas las partes poco vigorosas, y mediante formas de excitaciones de unas fibras sobre otras alcanzan a modificar la orientación de una rama o de una hoja para que realicen mejor los fenómenos fotoquími­cos y físicos que permiten vivir a los vegetales y ayudar al entorno con sus exhalaciones.

    Magnetizan a los animales, los atraen o los espantan según las conveniencias. También tratan de hacer lo mismo con los seres humanos, especial­mente con los niños muy pequeños, pero son recha­zados por los ruidos destemplados de las maqui­narias, por los olores de los insecticidas y por los vapores alcohólicos, y muy especialmente por las formas astrales de cólera y por las ideas-forma de maldad, usurpación o asesinato.

     

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    Los Elementales de los pinares, salvo en las difíciles excepciones en que alguno de ellos entre en relación y brinde obediencia a un humano, no se alejan jamás de 1m área restringida, normalmente alrededor de un árbol cada grupo y de un bosque todos juntos.

    Su forma de sociedad es semejante a una Teo­cracia, pues cada grupo tiene un monarca, pero éste cumple con funciones que podríamos llamar religiosas y su mandato no emana de elecciones ni consensos sino de la Gracia otorgada por el Espí­ritu, Genio o Totem de la tribu.

    El sistema de gobierno es absolutamente natu­ral, o sea piramidal y popular. una jerarquía ina­movible, proba, ejemplar, que trabaja y se preo­cupa más por su pueblo que por sí misma, no negando sus atenciones a nadie. Los pocos culpa­bles por faltar a la observación de esta ley milena­ria de la costumbre tradicional, son apresados, amonestados y puestos a trabajar en tareas vigila­das hasta que poco a poco se reintegran a una comunidad que no les recordará jamás sus delitos, si así podemos llamar a lo que más bien parecen simples olvidos o productos de interferencias psico­lógicas que tan sólo hallarían en lo humano para­lelo con algunas formas de locura obsesiva no peligrosa.

    El rey es el rey como el agua es el agua y la Luna es la Luna. A ningún Elemental se le ocurri­ría discutir eso o ponerlo en duda. No teniendo una mente como la nuestra, no conciben los cambios ni las revoluciones. Están sanamente contentos con lo que conocen y, por las dudas, no aspiran a conocer nada más.

    Muchas veces, reflexionando sobre ellos, me ha sorprendido la inmensa sabiduría mi­lenaria de sus sistemas y lo grandemente constructi­vos que son para el Plan de la Naturaleza, y las muchas bondades que otorgan sin esperar por ello recompensa alguna, ni concebir siquiera una forma de pago por su dación al todo. Si a veces sienten inclinación por alguna golosina o por la presencia de algún humano que los haya encantado, no tie­nen en su sentimiento ningún afán posesivo ni pasión alguna; simplemente se acercan a ellos como el caminante se acerca a un fuego, a veces más por curiosidad y por la busca de un dulce y suave placer que por otra cosa.

    Los Elementales tienen sus secretos, equivalen­tes a nuestros secretos de Estado, y no sé por qué el rey “es el rey ni por qué sus ayudantes son elegi­dos por él de entre los muchos del grupo. Sí sé que el conjunto los respeta definitivamente y que, a su manera, pueden dar mil razones de la mayor mag­nitud de sus gobernantes… Pero no de dónde ellos provienen.

    Se reúnen en periódicas asambleas, en noches de Luna llena, en las que forman verdaderas comi­siones de trabajo, se mantienen informados de la marcha de toda la comunidad, de quiénes murieron y quiénes nacieron y de cualquier otra novedad, todo con un espíritu de gran paz y experiencia, como quien realiza un rito millones de veces repetido.

    Aunque todos parecen iguales y no conozco escuelas que los diferencien, algunos son más sabios que otros en determinados temas y mutua­mente se consultan. Se atienden. Se ayudan. Ante un humano aceptado por ellos, le llevarán de uno a otro para tratar de contestar sus preguntas ante las que hay que estar siempre preparado para lentísi­mas y fraccionarias respuestas que luego habrá que encajar unas con’ otras, para lo cual los Elementa­les parecen totalmente incapaces.

    El humano que haya logrado entrar en su encantamiento y se haya hecho amigo de uno de ellos, se convertirá automáticamente en su amo, pues otra forma de relación que el mando y la obe­diencia no entienden. Su mismo sentido de compa­ñerismo entre ellos no es más que el compartir determinadas ordenanzas y deberes, obligaciones y derechos. Así, obedecerán al humano mientras éste a su vez respete sus naturalezas y no les obligue a hacer nada que esté en contra de sus costumbres y aceptaciones.

    En estos casos, se esfuerzan muchísimo en ser útiles y hasta llegan a materializarse puntualmente para hacer sonar fuertemente una puerta o golpear un mueble, adelantando la llegada de su amo a su casa, por ejemplo. Es tan armónica la forma de sociedad que mantienen que, cuando por excepción, alguno de ellos está bajo la influen­cia de un humano, otros le hacen sus trabajos pen­dientes y le ayudan en todo lo posible a que cumpla bien su nueva tarea. De alguna manera es para todos una inocente y dulce alegría que alguien del Reino Humano, al que admiran mucho, se com­porte benéfica y respetuosamente con alguno de ellos.

    Cada uno tiene un nombre y por él se recono­cen, aunque por razones rituales lo cambian periódicamente.

    De sus respuestas se extrae que son muy conocedores de todas las ciencias naturales, incluyendo la medicina y la astrología. Pero su sapiencia es heredada, práctica, y no sabrían teorizar sobre los fenómenos registrados y evidentes. Llevan el Arte intrínsecamente y gustan de bailar y hacer Sonar rústicos instrumentos astrales, así como de combi­nar las vibraciones que nosotros reconocemos como colores una vez plasmadas en las cortezas, las hojas y las raíces.

    Ya narraremos algunas labores de otras varie­dades de Elementales.

    La religión de los Elementales que habitan los pinos es una forma de Naturalismo que se centra en el culto al Espíritu del árbol que los cobija; a El hacen ofrendas de danzas y de aportes de energía astral y energética. Como sumo sacerdote actúa el rey, pero todos participan de manera activa, no debiendo entender al rey-sacerdote como un inter­mediario sino como un maestro de’” ceremonias.

    Tienen sus épocas para estos cultos, así como tie­nen épocas pata nacer y épocas para morir. Una sola alarma, que yo sepa, los congrega a deshora, y es la aparición sobre la superficie de la tierra de unos enormes monstruos Elementales que habitan en las profundidades, y que estirando una trompa succionadora los tragan, alimentándose aparente­mente de ellos, en gran cantidad. No he registrado medios de defensa contra la amenaza, sino la sim­ple evasión y prevención.

    Un árbol no muere hasta que no muere su raíz. Cuando ello. ocurre, sus Elementales servidores y devotos hacen una compleja ceremonia para trasplan­tar el Genio o Espíritu del árbol -que fuera de su con­tenido material, asume en los pinos una extraña forma alta, alargada y casi humanoide- a una semilla o retoño.

    Todo el pueblo, ayudado por los demás pueblos Elementales del bosque, si los hubiese, ayudarán en la ímproba tarea de que el nuevo árbol crezca sano y libre de plagas, depredacio­nes e incendios. Cuando llegue a un cierto número de años y cobre una forma adulta, lo convertirán en el Centro Religioso del grupo, y el ciclo recomienza.

    Más allá de este totemismo que a los humanos puede parecer estrecho, los Elementales tienen una sensación religiosa superior, como de Algo que fuese el Dios del Árbol y del Universo todo, al que ven como un inmenso árbol cuajado de estrellas, coincidiendo misteriosamente con las tradiciones del Árbol Luminoso que aún recogen el Cristia­nismo, el Brahmanismo y los cabalistas hebreos. Pero evitan referirse a Ello demostrando una pru­dencia y practicidad mística de la cual los humanos suelen estar desprovistos.

    Así, supervivencia individual, Sociedad, Reli­gión y esbozo de Estado, se funden en una sola forma, o mejor dicho, sentido de vivir, sin mayor conciencia de la inmortalidad, pero no concibiendo la muerte como nada definitivo sino como una expresión más de los ciclos de la Naturaleza inexo­rable y, dentro de sus alcances, inmutable.


     

    Continuará…

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    3 comentarios

    1. Mary Gutiérrez V.

      Fascinada con todo el relato, eso era precisamente lo que estaba buscando. Me gustaría tener contacto, con el doctor Jorge Ángel Livraga, me encantaría hacerle unas preguntas con relación al texto.

      Gracias por éste enlace, besos.

      Mary

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      16 de octubre de 2009 en 17:58

    2. Buenas tardes, bellísimo sitio, lleno de hermosa información.

      Gracias por el texto de “los Espíritus de la Naturaleza” muy bueno.

      Voy a agregarlo a los links de mi Blog.

      Saludos

      Me gusta

      11 de mayo de 2008 en 21:36

    3. Mercedes Franco

      Es muy bello su sitio, tengo “LA PIEDRA DEL DUENDE”, cuando quiera publicar en ese blog, escríbame.

      Mercedes

      Me gusta

      1 de abril de 2008 en 20:45

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